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Los cuernos del poeta
cuento de Ramsés
Guerrero
Interrumpí los bocados de todos para decir
que mi padre era poeta, uno muy improvisado, pero lo era. Pues entonces
yo soy un fino escultor porque soy albañil, Miguel, mi hermano mayor, se
deshizo a carcajadas tras decir su ocurrencia. Mi otro hermano, Víctor,
también se reía aunque con la cara todavía ensombrecida por la presencia
espesa de la muerte. Mis dos cuñadas se limitaron a negar con la cabeza
mientras sonreían. Los niños ni se inmutaron de la broma: estaban muy
encerrados en sí mismos; mi hija en su mundo y mis sobrinos en sus
primitivos juegos con la comida.
Sobre la mesa había dos pollos rostizados, un plato hondo con rajas en
escabeche, un vaso de crema, una botella de cátsup, pan, tortillas y una
gran botella de Coca Cola. Habían pasado ocho días desde que mi
padre había muerto. Con su partida vino la avalancha de lamentos,
condolencias, papeleos, llantos y era la primera vez que podíamos comer
a solas. Nada más mis hermanos y yo. Bueno, junto a nuestras familias.
Ese linaje que iba desapareciendo, cayendo al vacío como frutos maduros:
primero mi madre, luego mi hermano menor y ahora despedíamos a mi padre.
Por un momento me invadió la duda de quién sería el siguiente en
desaparecer, si la vida sería lógica y respetaría la cronología de
nacimiento o si por el contrario el capricho de la muerte tomaría a
alguno de mis sobrinos, a mi hija, a mí o a mis cuñadas.
Miré a mi pequeña, su tez blanca, su pureza de niña, lo insoportable que
a veces me parecían sus distracciones, como en ese momento en que sin
mirar el plato acariciaba con un tenedor su fría pieza de pollo bañada
en cátsup. Ella miraba a sus tíos comiendo con mucha avidez, con la
vista fija en ellos como si fueran seres de museo, sus ojos se encendían
con curiosidad por el modo en que se comportaba su propia sangre que a
la vez era tan diferente a ella. Luego miré a mis sobrinos. Actuaban
como pequeñas fieras, los tres pequeños eran hombres y comían todos de
un mismo plato aunque cada uno tuviera el suyo, compartían el bolillo
con las manos pegajosas por los pellejos de pollo, todos sus actos
estaban regidos por una autonomía envidiable en la que nadie les
enseñaba a comer. Mis cuñadas no podían comer en paz, se la pasaban
atentas a los deseos repentinos de sus maridos: calienta las tortillas,
trae servilletas, revisa a los niños, tira los huesos. ¿Habrá condena
más grave que comer sin comer? Nos encontramos así, mi hija y yo,
mirando a nuestra familia que a la vez resultaba muy extraña para ambas;
éramos un oxímoron en la mesa: de poco apetito, nos causaba incomodidad
compartir vaso, no nos gustaba que nos interrumpieran mientras comíamos
y a ninguna de las dos nos encantaba el pollo rostizado.
En cuanto terminamos de comer, los niños salieron a jugar al patio.
Primero corrieron mis sobrinos y mi hija fue tras ellos con sus pasitos
parsimoniosos para verlos jugar; ella siempre ha preferido observar y
sus primos aceptan ese rol pasivo en el juego. Desde la mesa yo los
observaba, corriendo en ese patio situado al centro de la casa, con
macetas pesadas, plantas que ya habían ganado una independencia tal que
nadie recordaba si se regaban o no pero seguían vivas, una bicicleta
olvidada y el suelo con tramos llenos de sarro, ese que fue campo de
juego en nuestra infancia ahora constituía una breve herencia que
entregábamos a nuestros hijos para que jugaran todo aquello que ya no
sabíamos jugar.
Si bien es cierto que siempre me sentí diferente a mis tres hermanos eso
no disminuyó el amor que nos teníamos, ni las fantasías que nos
construimos en ese patio. Jugamos con nuestros perros, con gatos,
tuvimos pollitos de colores y dos pericos; bailábamos, hacíamos shows de
lucha, box, carreras y corridas de toros; mis juegos favoritos eran
aquellos en donde fingíamos que vendíamos pan o que teníamos un tianguis
en el patio constituido por muñequitos decapitados, frutas y plastilinas.
Luego llegó la edad en que decidí ya no jugar, a mis hermanos les llegó
también pero más tarde y se apartaron a un lugar creado por mi padre, el
mundo de hombres, mientras tanto yo me relegué a mi mundo de mujeres, un
lugar en donde habitaba con mi madre pero que ella no había creado.
Cuando era joven y estaba con amigas o salía a escondidas a fiestas con
algún novio de pronto me invadía una nostalgia rara. Extrañaba ser niña
junto a mis hermanos, no me gustaba vivir en mundos separados.
Volví a la realidad, fuera de mis ideas. Traté de insistir, convencer a
mis hermanos para que leyeran aquello que había encontrado en el cuarto
de mi padre cuando murió y yo estaba buscando sus papeles para obtener
su certificado de defunción. Si algo aprendí con el fallecimiento de mi
madre y mi hermano fue que la muerte es molesta por lo burocrática que
resulta. Ni alma ni energía, lo único que queda cuando partimos son
papeles indescifrables que algún familiar no tan triste tendrá que
arreglar. Yo me hice cargo del papeleo con mi padre porque soy curiosa y
tengo alma de archivista, además era un modo de recompensar a mis
hermanos que se hicieron cargo de los trámites cuando murió mi madre y
nuestro hermano.
Les conté cómo había llegado a los poemas, me encontraba ahí, ahogada
entre documentos incompletos, recibos bancarios borrosos, actas viejas y
contradictorias, fotos amarillentas, cuando de pronto di con un folder
lleno de hojas. Reconocía la caligrafía de mi padre y reconocía los
obstáculos ortográficos en sus versos más personales: confundir el uso
de la s, omitir la h o el milenario problema de la v y la b. Había de
todo, poemas terminados, algunos incompletos, otros tantos
incomprensibles o mezclados con cálculos de los gastos del mandado,
números telefónicos o recados sin destinatario claro. Todo era un lienzo
para los pensamientos poéticos de mi padre: tickets de compra, volantes
de pizza, estados de cuenta, recibos de luz… El problema es que las
superficies perecen y mi padre también.
Estaba lista para leer un poema que papá había escrito para mi hermano
muerto, pero Miguel me interrumpió para decir que mi padre no hacía
poemas, que los poemas eran para los mariposones. Mi papá era un torero
con los huevos bien puestos, sentenció. Dejé por la paz el tema porque
no estaba dispuesta a escuchar más, recordé que la adultez convirtió a
mis hermanos en bestias. Era suficiente para mí saber que mi padre no
era un bruto como siempre lo imaginé y que al menos al final de su vida
había logrado decir algo fuera de los toros.
Es que era cierto, mi padre fue torero y muy bueno, o al menos eso
supongo. La casa estaba tapizada por fotos en blanco y negro con sus
atuendos raros, también había cuadros al óleo y dos figuras de bronce en
forma de toro, las pobres estatuillas y los marcos estaban cubiertos por
un polvo milenario. Mi padre, Miguel Ángel “el Garapiña” Arroyo, era
como un pontífice del toreo y cada tanto lo visitaban viejos con olor a
tabaco acompañados de jóvenes toreros, para que mi padre les diera la
bendición. Cuando yo tenía la edad de mi hija admiraba a mi padre, me
gustaba mirar sus fotos, la cara endurecida pero hermosa, el cuerpo
erguido y vigoroso exquisitamente adornado por los atuendos exagerados y
llenos de texturas que sin tocarlas podía sentir. Mi padre era un Teseo
frente a los toros más salvajes.
Cuando era pequeña suponía que los toros eran malos por naturaleza y por
eso mi papá terminaba con ellos, mi cerebro infantil concluyó que mi
padre era un salvador frente al mal. Las cosas se rompieron cuando mi
padre nos llevó a todos para ser espectadores de la tauromaquia, mis
hermanos mostraron interés, pero yo quedé horrorizada por los mares de
sangre. Observé a los toros y aunque envestían con enojo sus ojos
reflejaban desesperación. Contra toda mi voluntad de niña sin soberanía
mi madre nos llevó tras bambalinas, todo era sangre, los toros flácidos
de muerte eran arrastrados hasta un cuartucho de madera y ahí comenzaba
el enriquecimiento de los comerciantes sobre el cadáver de un animal.
Apareció mi padre con la cara brillante y las manos sucias de sangre, se
había convertido en un hombre más alto y más grueso; o quizá sólo era el
atuendo, las hormonas, la virilidad insensata que corre por las venas
después de dar muerte. Me sacudió el cabello y luego junto a mis
hermanos bebió la sangre de un toro gigantesco al que le había dado
muerte minutos antes, él estaba convencido de que aquello era un rito de
buen augurio. Ahí mi Teseo se empequeñeció, aprendí a temerle al héroe y
el terror fue ganándole sitio a la admiración.
Nada mejoró durante mi adolescencia. Para entonces mi padre estaba
retirado, era un alcohólico de costumbre, llegaba de madrugada,
ensuciaba y volteaba la cocina para comerse un taco frío de lo que
encontrara y subía hasta la pieza matrimonial exigiendo sexo absurdo a
gritos. Esa sexualidad irracional de hombre lascivo poseído por sus
vicios; mientras tanto a mi madre le pesaba la existencia cada mañana.
Murió mi madre, murió por compasión a sí misma; mi madre no era libre y
estoy convencida que no amaba a mi padre, pero en aquellos años parecía
imposible exigir amor o libertad y yo creo que por eso prefirió morirse
de un día para otro. Que intempestiva y dolorosa es la muerte de una
madre. En el velorio de mamá, el torero estaba ebrio, llorando comenzó a
comparar la muerte de mi madre con una cornada que recibió en el ochenta
y cuatro, decía: me duele aquí, aquí, tocándose debajo del pecho
izquierdo. Para entonces mi padre no era un héroe, era un demonio
odioso, un hombre toro, minotauro salvaje y estúpido al que le guardaba
rencor. Lo veía siendo un hombre patético, lloriqueando en el ataúd y me
preguntaba ¿por qué no se muere el borracho de mi papá en lugar de mi
madre? ¿Por qué la vida es injusta y nos deja habitados de monstruos?
No soportaba estar en casa sin mi madre, la palabra hogar perdió sentido
con su ausencia. Me fui a vivir con mi novio, pero nunca me casé y de
ese fugaz nuevo hogar resultó mi hija. Aunque mi padre no decía nada
abiertamente, sabía que el asunto le incomodaba; para su cabeza (cabeza
de buey) era pecado tener hijos fuera del matrimonio. Cuando mi relación
se fue al traste él se quedó en silencio, aunque se moría por
reprocharme con un te lo dije.
La presencia de mi pequeña suavizó las
cosas; no era el mejor abuelo, pero al menos intentaba ser menos
cretino. Se presentaba sobrio siempre que estaba con su nieta y aunque
le hablaba de toros nunca me pidió llevarla a ver una corrida. Le
contaba historias a mi hija (incluso aquellas que no me había contado ni
siquiera a mí), ella por alguna razón lo escuchaba atenta y eso a mi
padre le encantaba. Siempre terminaba sus anécdotas diciendo, bueno pero
esto ya es arte de viejos, salvajadas de abuelos, no me hagas mucho
caso.
Cuando pensábamos que la muerte ya había tenido suficiente tributo, vino
el fallecimiento de mi hermano Sebastián. Era el menor, el más sensible,
el más hermoso y el menos brusco de los hombres; mi padre lo presionaba
porque no tenía novia, le decía que seguro era un desviado y lo trataba
con innecesaria rudeza. Sebastián tenía la misma personalidad que mi
madre, no sabía mandar al diablo a la gente, sólo se le opacaba su
carita. Machacado por dolores de cabeza no atendidos, su cerebro se
cansó y una mañana su rostro de Apolo se volvió de mármol: conservó la
belleza pero perdió la vida. La muerte de mi hermano sacudió por
completo a mi padre. La culpa le retumbó en el alma, ese minotauro
cargaba en cada cuerno la muerte de un ser amado. Dejó el alcohol y se
hizo creyente, se metió a una escuela secundaria para ancianos y siempre
lo veía escribiendo o cocinando pescado con verduras. Hablaba de toros
con menos frecuencia, hablaba menos en general, se quedaba pensando
mientras miraba a la nada.
Yo no disfrutaba mucho visitándolo, pero mi hija le tenía afecto al
viejo y a mi padre le alegraba el alma ver a su nieta crecer. En una de
esas tardes-noches en que lo visitamos, mi hija se quedó dormida en el
sillón, nos quedamos un buen rato juntos sin decir nada, con un café
caliente en la mano. Él rompió el silencio con una anécdota rara:
Antes de pegarle a las corridas, a eso de los dieciséis, yo era obrero
en una fábrica de papel. Tenía un amigo mucho más viejo que yo, era muy
pobre, me contaba cosas de señores que yo no terminaba de entender
porque no tenía hijos ni obligaciones. Pero de todas las cosas que me
contaba, una sola se me quedó grabada, mija, el señor cada tres meses se
compraba un cóctel de camarón en el mercado de La Viga y se encerraba en
el baño de su casa para comérselo solo, sin darle ni un camarón a sus
hijos o a su esposa. La mujer le perdonaba el pecado, pero los niños
tocaban la puerta por curiosidad y luego porque querían probar el sabor
de los camarones. Me contó que a uno de los hijos lo atropellaron. Mi
amigo lloraba destrozado porque vendería el alma al diablo por darle un
camaroncito al niño… hasta ahora que Diosito me quitó a uno de mis niños
entiendo lo que dijo el señor, pero cuando te das cuenta es muy tarde
para darle camarones a tus hijos.
El silencio que se produjo fue hondo y frío. Los ojos se le pusieron
cristalinos, la sonrisa invertida que anuncia el llanto se dibujó en los
labios de mi papá, y justo cuando estaba a punto de llorar se volvió a
meter en la piel del toro, tomó un trago gigante de su café caliente y
carraspeó. Aquella anécdota desmitificó a mi padre, ya no era mi padre,
no era un diablo, ni un monstruo mítico. Era un hombre atormentado por
sus errores, con un cariño necio y que sólo fue capaz de decir todo
aquello que le dolía por medio de una figura retórica que incluía
camarones. Lo vi fijamente, se me dibujó como un hombre prehistórico.
Vestido con una playera vieja de tirantes que permitía ver sus brazos
ancianos pero macizos, se veía como si tuviera encima el pelaje raído de
un animal cazado. ¿Cuántos siglos llevará el hombre sufriendo sin
llorar? ¿Cuántos hombres son poetas silentes? ¿Cuántos hijos desconocen
el sabor de los camarones? No sé. No tuve más que decir aquella noche.
Entonces las no respuestas se prolongaron hasta que la niña despertó y
partimos a casa.
Aquel fue el único día en que mi padre me demostró una cara tan cercana
a la sensibilidad de un poeta. Fuera de esa noche se me presentaba como
un hombre de pocas palabras, que me daba abrazos mal coordinados, su
poca capacidad de afecto se dirigía a sus nietos. Desconozco quién era
el hijo preferido de mi padre. Sé que yo no era la predilecta porque le
recordaba a mi madre, pero sí sé que mi hija se ganó toda la ternura del
abuelo. Es curioso: yo no era ni por asomo su hija preferida y él para
mí tampoco era el ser más grato, pero manteníamos demasiada comunicación
por la niña. Es por eso que yo me encontré con el cadáver de mi padre.
En una de esas visitas al abuelo nadie abría la puerta a pesar de que mi
hija no dejaba de tocar como desesperada, entonces tuve que usar la
llave de mi viejo hogar en contra de todos mis principios. Recorrimos el
patio juntas, caminamos hasta la casa, llamamos varias veces a mi padre:
papá, pa, señor arroyo, belito, abue, abuelito. Calculé las
posibilidades, preferí dejar a la niña sentada en la sala y subí a solas
hasta la recámara. Las escaleras de granito se me hicieron eternas, las
paredes me rodeaban de un helado insoportable, la casa se me hizo
gigantesca de pronto, el techo me llegó a los cielos, los pasos para
llegar al pomo de la puerta me pesaron en el vientre. Cuando abrí la
habitación ahí yacía mi padre, con el aspecto de un fruto seco,
tranquilo en su lecho e incluso me aventuro a decir que feliz; no estoy
segura de lo que sentí, pero me reproché duramente por no poder ni
querer llorar. Cerré la puerta y llamé de inmediato a mis hermanos.
El tiempo perdió consistencia, así que no podría decir cuánto tardó la
familia en llegar. Mi hija y yo esperábamos sentadas en la sala; ella no
decía nada pero era capaz de comprender las cosas: aquella era su
primera experiencia con la muerte. El primero en arribar a la casa fue
Víctor, que después de visitar a mi padre bajó con la cara descompuesta
y se fue desmoronando en el sillón sin llorar. Luego entró en la casa
Miguel, subió a la pieza y se escuchaba en la planta baja el murmullo de
una llamada, bajó llorando y me abrazó. Fue un abrazo para sí mismo
porque yo estaba incólume. Finalmente llegaron los de la funeraria para
mover el cadáver. Mi niña no supo esperar, fue tanta su necesidad de
mirar al abuelo una última vez que se coló entre las piernas adultas
mientras lo movían de la cama. Observó sangre saliendo de la boca de su
abuelo. Al igual que yo hace algunos años con los toros, ella quedó
impactada por aquel líquido oscuro. Me gustaría decirle que no tenga
miedo, que la sangre es normal y que a su abuelo me lo encontré en paz.
Los niños terminaron de jugar y los adultos de comer. Recogimos la mesa,
concentramos toda la basura en bolsas, acordamos que luego veríamos los
asuntos de herencia y nos despedimos. Mi hija y yo nos fuimos a casa en
autobús. Mi hija me miraba fijamente durante el camino, tenía la duda en
la boca hasta que no soportó más y en casa me preguntó: ¿Por qué tú no
lloras por el abuelito? No tuve ni idea de qué responder, no sabía cómo
explicarle que su dulce abuelo para mí había sido una decepción de
padre. Creo que no tiene edad para entender que no todo es absoluto, ni
siquiera yo entiendo lo que siento hacia mi padre. Mi pequeña lloró y yo
trataba de consolarla acariciando su cabello, le aseguré que su abuelo
ya estaba descansando. Me atreví a decirle que su abuelo la cuidaba
desde el cielo, aunque por dentro me preguntaba si realmente mi padre
era digno de morir en paz. Dejé que las lágrimas pasaran y juntas leímos
algunos poemas de papá. A lo mejor la poesía me ayuda a encontrar ese
pozo de lágrimas reservado para él. Espero que al menos sus versos laven
toda la sangre, muerte y enojo que mancha la cabeza de nuestra
familia. |