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El ascensor del hotel se detuvo en la tercera planta, la puerta se abrió
y el bellboy Ernesto miró entrar a una gringa rubia de figura
deslumbrante. Vestía sólo un sostén azul marino y una tanga del mismo
tono, la cual se vislumbraba a través de un pareo de encaje negro que
llevaba anudado a la cintura. Se miraron a los ojos durante el saludo
habitual, ella con un aire coqueto y él tratando de disimular su
interés. La rubia se colocó frente a la puerta, de espaldas a Ernesto,
de modo que él pudo disfrutar la excelente perspectiva de su trasero en
forma de corazón. A ella pareció no importarle; por el contrario,
deslizó una mano cerca de la línea entre sus nalgas, como alisándose el
pareo, dándole a la tela una irresistible forma bipartita. Ernesto lo
interpretó como una suerte de insinuación. Cuando el ascensor llegó a la
planta baja, ambos salieron y tomaron rumbos opuestos. Al volverse el
bellboy para admirar el cuerpo escultural de la extranjera,
advirtió sorprendido que ella también lo miraba mientras se iban
distanciando.
El resto de la tarde lo consumió en especulaciones en torno a la gringa.
Se miraba a cada oportunidad en los espejos, preguntándose si cabría la
posibilidad de que ella se fijase verdaderamente en él. Más tarde
concluyó que tal vez la cicatriz que le adornaba el labio inferior le
había sugerido a la rubia un detalle sensual; al fin de cuentas a Cancún
llegaban desde matrimonios ancianos hasta nómadas de gustos excéntricos.
Esa misma noche aprovechó cada servicio para buscarla en los pasillos,
alrededor del spa y en otros lugares donde podría encontrarla.
Reclinado en su módulo, fantaseó con la idea de que la gringa hablaba a
Recepción pidiendo ayuda por unas cortinas que se habían atorado. Contra
toda lógica, su capitán le encomendaba a él encargarse de ello. Se
miraba entrando a su habitación y encontrándola sola, envuelta
únicamente en una bata color púrpura, con la bastilla por encima del
límite inferior de las nalgas. La rubia trepaba en un sillón para
mostrarle que efectivamente las cortinas estaban obstruidas, pero desde
su altura lo miraba de una forma lúbrica y desvergonzada. Ernesto se
miró a sí mismo también trepando en el sillón para arreglar entre los
dos el desperfecto, de modo que su miembro endurecido se prensaba contra
las nalgas torneadas de la mujer. Después su fantasía se transformó en
una erección dolorosa, lenguas enlazando y desenlazándose, caricias
obscenas y al fin gemidos de placer y dolor mezclados, al grado en que
no soportó más las imágenes en su cabeza y tuvo que correr al baño a
desahogarse.
Al inicio de la jornada siguiente, ayudó con la entrega de una Mini
Cooper a un empleado novato de la arrendadora de autos que poseía un
despacho dentro del hotel. Los clientes eran un gringo joven con
tatuajes en los brazos y la rubia del ascensor. Durante el trámite la
gringa no miró a Ernesto ni de reojo; en cambio concentraba los ojos en
la cara del gringo, le acomodaba la ropa con delicadeza y se colgaba de
su cuello para besarlo repetidas veces. Ernesto fingía no prestarles
mayor atención. Simulaba enfocarse en el chequeo de la gasolina y del
aceite y en llenar parte de la boleta de registro de condiciones; no era
la primera vez que ayudaba a un empleado novato de esa compañía pues era
amigo del agente de rentas. Cuando revisaron por entero el vehículo, la
rubia ocupó el asiento del volante. Al encender el auto, colocó dos
dedos en sus labios y luego los agitó en un ademán de dirigir un beso,
mientras miraba a Ernesto por el espejo lateral. Éste quedó atónito. El
Mini Cooper salió a todo motor.
―Pinches gringos codos, quieren siempre lo mejor pero no están
dispuestos a pagarlo. Lo que se tardó el rentador en convencerlos ―dijo
con sorna el empleado de la arrendadora. Ernesto se limitó a escucharlo
con una sonrisa imperturbable.
Al día siguiente fue su descanso. Acostado en su sofá, temió la
posibilidad de que la pareja de gringos ya no estuviera en el hotel a su
regreso. Pensó que lamentaría mucho no enterarse por lo menos de cuáles
eran las verdaderas intenciones de la rubia respecto a él. De cualquier
modo, si la pareja no se había marchado, estaba decidido a averiguarlo.
Si habría que tener sexo apresurado en un ascensor, en una bodega o en
la noche a la orilla de la playa, estaba dispuesto a correr el riesgo.
“No todos los días tienes la oportunidad de cogerte a una extranjera, y
si ésta es rubia pues con mucha más razón”, se dijo. “Además, una
aventura en el hotel sería un recuerdo demasiado excitante”.
Al regresar a su puesto, el empleado de la arrendadora de autos le
informó con cierta malicia que “la gringa del Mini Cooper” le preguntó
por él. Ernesto quiso saber más detalles, pero el chico le aseguró que
sólo había sido eso. Después le habló del problema que tuvo el agente de
rentas con la pareja de gringos, pues ésta se negaba a pagar una llanta
afectada durante el arrendamiento. Al final, después de muchos alegatos,
solucionaron el problema reparándola. Ernesto le preguntó si la pareja
continuaba en el hotel y el chico le respondió que sí.
―Se ve que te gusta la gringuita, ¿verdad? ―le dijo con mirada pícara―.
El otro día vi cómo te lanzó un beso.
Ernesto sonrió con orgullo, un tanto más seguro de sí mismo.
Por la noche llevó un equipaje a la zona de las cabañas en torno a la
alberca. Al pasar junto a ésta, miró a una mujer de traje de baño azul
nadando sola. Ya de regreso, a medida que se fue acercando, constató
emocionado que era la gringa de siempre. Apenas ella lo miró, nadó hacia
la orilla. Él de inmediato moderó sus pasos. La rubia apoyó los brazos
en el reborde de la piscina y el mentón sobre las manos, le dio las
buenas noches de un modo amigable y le preguntó cómo estaba. Ernesto le
contestó que estaba bien y le devolvió la pregunta. “Fine, thank you”,
dijo ella sonriendo. Después lo felicitó, como si él fuera el director o
el dueño, por el excelente servicio que les habían brindado a ella y a
su “amigo”, y enseguida, en plan de juego lo invitó a meterse a nadar.
Él por supuesto se negó. Ambos rieron. Antes de despedirse, la gringa le
dijo que si gustaba tomar algo, una cerveza u otra cosa, cualquier día
ella podría invitárselo en su “room”, “o aquí en la alberca”, dijo en
español. Él se lo agradeció, disimulando su enorme alegría, y la dejó
sola.
Esa noche al llegar a su casa se acostó pensando en la rubia, en sus
pechos bronceados y en sus nalgas turgentes. Volvió a fantasear con
ella: en esta ocasión, la gringa pasaba por su módulo y solicitaba al
capitán de bellboys que le concediera llevarse a Ernesto para
un asunto privado. El capitán lo miraba con envidia, sin poder negarse
ante tal solicitud. Entonces ella se lo llevaba de la mano como un
trofeo y lo empujaba de espaldas hacia dentro de su cuarto. Apenas
cerraba la puerta, le bajaba el pantalón y se acuclillaba a darle sexo
oral. Su faena tenía mucho de obscenidad y urgencia. Ernesto se masturbó
un buen rato con esa imagen en la mente, sabiendo en el fondo que tales
escenas se alimentaban de las películas pornográficas que a menudo
compraba.
Al día siguiente no vio a la gringa por ninguna parte. La buscó
inútilmente en todos los lugares por los que caminó ese día. Preguntó al
trabajador de la arrendadora de autos, pero éste le informó que tampoco
la había visto. Esa noche volvió a su casa casi resignado a vivir con la
expectativa frustrada de lo que habría pasado si esa tarde se hubieran
tomado las cervezas. Pensó en preguntar en Recepción, pero ante la
obviedad de la pregunta que le haría la recepcionista (¿para qué la
necesitas?), advirtió que era una idea totalmente absurda. Se reconfortó
pensando que tal vez ella había sufrido algún incidente o cualquier otra
cosa que le impidió salir de su cuarto.
La noche siguiente aprovechó un servicio para buscarla en la piscina,
pero la encontró vacía. Sin embargo, el agua estaba agitada, reflejando
en las ramas de los arbustos la luz azul de los faros. Estaba a punto de
regresar, cuando escuchó un siseo proveniente de las ramas. Caminó hacia
allí y vio a la rubia asomarse haciéndole señas para que se acercara
más. Ernesto la obedeció y cuando estuvo más próximo, ella lo tomó por
el cuello y empezó a besarlo con fiereza, en tanto le acariciaba el falo
por encima de la ropa. Tras unos minutos le abrió el pantalón, sacó su
miembro enhiesto y se dedicó a propinarle, ya en la realidad, el mejor
sexo oral de su vida. Él no creía completamente lo que estaba
sucediendo. Los labios de la gringa eran toda una fantasía pornográfica:
rojos, carnosos y suaves. La lengua era una serpiente furibunda y a la
vez sensual que amenazaba con hacer estallar su cráneo. Después de unos
minutos, la rubia lo desnudó de la cintura para abajo y lo hizo montar
sobre ella, haciendo a un lado su tanga azul. Ernesto la poseía con
urgencia y embeleso, agasajando ávidamente los muslos y las nalgas de la
mujer. En cierto momento cayó en la cuenta de que no estaba usando
protección. Sintió un miedo súbito que casi le puso flácido el pene. Aun
así volvió a concentrarse, pensando ingenuamente que en cuanto terminara
iría a lavarse con desinfectante al baño.
Cuando él ya estaba a unos segundos del orgasmo, la rubia se puso a
gritar a todo pulmón: “¡Help me, help me, please. I´m being raped!” Eran
gritos espantosos que resonaban por toda la zona, llevados por la brisa
fresca del océano. Una recamarera que pasaba cerca corrió a pedir
auxilio para la mujer. Ernesto no pudo comprender nada con exactitud en
esos momentos. Se limitó a vestirse y a volver deprisa a su módulo en la
entrada.
No había cruzado el lobby cuando su gerente lo llamó a su
oficina. Al acudir, ahí estaba la gringa, su “amigo” de los tatuajes, el
director general y la recamarera. Entonces se enteró por el director de
que los gringos pedían, a cambio de evitar un escándalo ante las
autoridades y la prensa, que les reembolsaran en efectivo su cuenta ya
pagada en el hotel, la cual superaba los cuatro mil dólares. Ernesto
intentó explicar los pormenores del incidente, pero el director le
ordenó con una serenidad cargada de rabia que cerrara la boca. No tenía
dudas de que se trataba de un chantaje bien premeditado. Le resultó
evidente que si acudían a un tribunal habría posibilidades de que el
hotel triunfara, pero del escándalo no se librarían. Comprendiendo su
derrota, le preguntó a Ernesto con una calma inverosímil si prefería ser
despedido o seguir trabajando y pagar poco a poco la cuenta de la
pareja. Ernesto miró con odio a la gringa, y de pronto recordó que no la
vio con otro traje de baño más que el azul. Sintió un asco repentino y
la certeza de no haber usado protección se le clavó como un dardo letal.
A Ernesto no le quedó más opción que la segunda. Seguramente después de
pagar la cuenta sería despedido. |