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Los compositores, esas leyendas crónica de Pablo Espinosa Zurdos, flacos, chaparros, elegantes, pobres, alegres, sordos, guapos, sanos, ricos, ciegos, gordos, obsesivos, maniáticos, místicos, enfermizos, retraídos, mundanos, solitarios... A lo largo de la historia, los compositores han legado leyendas nacidas, las más de ellas, del imaginario popular, de esa pulsión humana de idealizar, romantizar, enaltecer o sobajar a quien destaca. La sordera de Beethoven es un ejemplo de ese afán de imaginar. Se opta por el lado negativo, el sufrimiento y paradoja de un músico que no puede escuchar su propia música cuando en realidad se trata de un asunto de peculiar relevancia: Beethoven escuchaba de manera diferente: conocía los sonidos antes de perder el sentido del oído y al leer sus partituras escuchaba en su mente sus obras. También ponía el oído sobre el piso o sobre la tapa del piano y al activar las teclas distinguía las vibraciones producidas por el sonido. De hecho, hoy en día se han desarrollado modalidades en algunas salas de concierto donde los sordos pueden percibir sinfonías poniendo la palma de sus manos sobre superficies planas de madera, ya en los respaldos de las butacas, ya en la anatomía de la sala de conciertos, como las disponibles por ejemplo en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, donde quienes ocupan las primeras filas de las secciones de coro y de orquesta pueden probar poniendo la palma de sus manos sobre la superficie de madera que tienen frente a sí. Volvamos a Beethoven, ese personaje preferido para la novelería. Cuando asumió que era sordo se volvió aun más irascible y se sentó a escribir como poseído. Se empeñó y logró que le permitieran dirigir el estreno de su Novena sinfonía. Él, que escondía su sordera, iba nueve compases atrás de la orquesta y cuando la obra terminó él no escuchó los aplausos y siguió dirigiendo. Solo, íngrimo y solo. Chaparro, rechoncho y fuerte, don Ludwig van es un ejemplo también de resistencia, lucha contra el infortunio. Lector ferviente de Rousseau, republicano convencido, amante perfecto de la “amante inmortal”, como se infiere de la carta que hallaron escondida entre sus pertenencias luego de su muerte. No estaba dirigida a nadie con nombre y apellido. La hipótesis más gustada es que se trataba de un tratado de hiperromanticismo, el acto de rendición, la derrota de un enamorado siempre rechazado. Fabricante de leyendas: Beethoven sumergía su potente cabeza en agua fría antes de sentarse a escribir, para despejar la mente. Salía a la calle, devoto caminante, y daba largos trancos tarareando a todo pulmón las tonadas que acudían a su cabeza despeinada. Regresaba presuroso o se sentaba bajo la sombra de un árbol para anotar esos bosquejos. Infancia desdichada, padre alcohólico, feo, pobre, el joven Beethoven llegó a Viena para conquistar el mundo y lo primero que hizo, para tal efecto, fue comprarse una peluca, medias de seda y botines a la moda. Fue uno de los últimos, con Haydn, en usar ese adminículo tan asociado a la historia de la música. Vemos a Gérard Depardieu en el filme Todas las mañanas del mundo sudando bajo su pesada peluca encarnando a Lully. Peluca pesada y blanca, por empeño en empolvarla y perfumarla. Porque la peluca no se inventó solamente para calmar la calvicie: tenían significados bárbaros, como en la antigua Roma, cuando de los cabellos de los alemanes vencidos en batalla fabricaban las pelucas rubias que causaban furor. Al envejecer, la reina Isabel Iª, calva, formó una linda colección de pelucas rojas. También tenían fines sanitarios en épocas de falta de higiene mortal: prevenir los piojos, ocultar la mugre y la suciedad. Los hombres las empezaron a usar cuando el rey Luis XIII de Francia las puso de moda, hasta los hombros y luego el rey Carlos II de Inglaterra las hizo obligatorias, a pesar de que fueran tan pesadas e incómodas y caras, las fabricadas con cabello humano, aunque proliferaron las baratas, con pelo de cabra o de caballo. Usar peluca se volvió sinónimo de distinción, categoría, caché. Lo que ahora sucede con el uso de la corbata, que mentes apocadas imponen como obligatoria y mentes libres disfrutan como adminículo. Vivaldi, Handel, Salieri. Compositores empelucados. La historia de la música sería muy diferente si aparecieran retratos de ellos sin peluca. Despelucados. Los sin peluca también generaron leyendas, como Schubert, a quien apodaban El Champiñón. Otro compositor tímido, rechonchito, chaparrón, “una bola de carne”. Así lo describían y él en su turno se retrataba: “vivo oprimido por mis penas”: depresiones profundas y crónicas contra las que luchaba: se sentaba a escribir a diario, desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde. Amaba la música de Mozart: “cuando suena la música de Mozart, se puede oír el canto de los ángeles”. Otro compositor feo, despreciado, rechazado por las mujeres pero con una capacidad infinita de crear belleza. Un feo capaz de crear la belleza más conmovedora. Hay otras caras de las leyendas, diferentes a las adheridas al sufrimiento y untadas al saber, a la indagación de los misterios, por ejemplo, el uso del número 3 en Mozart masón, en cuya ópera masónica y ritualista La flauta mágica aparecen 3 acordes mayores al inicio, 3 hadas, 3 niños que conducen al protagonista a través del bosque, 3 instrumentos mágicos, 3 pruebas a vencer, 3 cualidades del protagonista, 3 templos. Erik Satie no fue masón sino rosacruz y escribió siempre en función del número 3 como culto a la tercera persona divina y cultivo de las tres cualidades: belleza, claridad, sutileza: 3 sarabandas, 3 gimnopedias, 3 gnosedias, 3 “pedazos en forma de pera”. Simbolismo trinitario que data de la Antigüedad, del trinum o tiubiu, de la base de los signos de la perfección, de la filosofía de Platón en la imagen del ser supremo en sus 3 personalidades: material, intelectual, espiritual; en la filosofía de Aristóteles: el 3 como el principio, medio y fin, el símbolo de la armonía perfecta. Perfección y ego. Muchos compositores han creído perseguir la perfección cuando en realidad perseguían su ego, ese elefante en medio de la sala. Mahler, Gustav Mahler es un generador de leyendas de todo color, como el rubor que acude a las mejillas de muchos mahlerianos frente a la pantalla cuando discurre el filme Mahler auf der Couch (Mahler en el diván), de Percy y Felix Adlon. Esa película redignifica la personalidad, figura y obra de Alma Schindler (18791964), una figura definitiva de la cultura vienesa de principios del siglo XX, junto con Gustav Klimt, Walter Gropius, Alban Berg, sus iguales. Ese filme pone de relieve lo que pocos mahlerianos estarían dispuestos a aceptar, dada la elevada calidad de su música: que era un pobre diablo emocionalmente hablando. Un monstruo horrible que victimizó, engañó, sometió y borró del planeta, pues ella quería ser también compositora, a su mismísima mujer, Alma Mahler, a quien convirtió en su esclava, en la garante de su egolatría. Gustav Mahler, ese monstruo de persona que escribió música digna de los ángeles, se hizo sordo y ciego de los anhelos de su esposa, a quien no sólo desatendió sino a quien aniquiló toda esperanza de ser compositora. No fue a ese grado atroz la situación de Nannerl Mozart, a quien se atribuyen varias de las obras que quedaron a nombre de su hermano, Wolfgangus Amadeus Muzartus, y su fama queda como la hermana modosita que tocaba el piano a cuatro manos mientras su padre el violín en largas giras por Europa. Mucho debemos a Maria Anna Walburga Ignatia Mozart (1751-1829): ella infundió el amor por la música en su hermano menor, Joannes Chrysostomus Wolfangus Theophilus Mozart (1756-1791). Volfi quería ser como Nannerl. Gracias a ella se hizo músico. Fue por ella por quien se hizo compositor. A lo largo de su vida la adoró, cuidó, mimó, conservó el lenguaje secreto que se inventaron. En sus cartas menciona partituras de Nannerl, o Marianne, como también la llamaban, y la alienta a seguir escribiendo música, como apoyó sus decisiones frente a las arbitrariedades de su padre, Leopold, quien en 1769, cuando Nannerl cumplió 18 años, le prohibió seguir exhibiendo sus talentos musicales, porque había llegado a la edad casadera. Y le prohibió casarse con quien ella amaba y la casó con un magnate y ella crió a tres hijos: Leopold Alois Panthaleon, Jeanette y Maria Babette. Una mujer no debía ser compositora, sino madre de familia, obedeció don Leopoldo los rigores del status quo social. Y nos privó de una compositora prodigiosa. Nannerl no es la única compositora que escribió obras que firmaron otros. Recientes investigaciones confirman lo que se sabía: la soprano alemana Anna Magdalena Wicken, segunda esposa de Bach, con quien procreó 12 hijos casada por amor, autónoma cuando soltera con un salario elevado, compositora, escribió varias de las obras que quedaron firmadas por su marido. Fue la copista de su esposo y su caligrafía era casi idéntica a la de él y escribió, aseguran varios investigadores, algunas de las obras más amadas de los seguidores del músico alemán, entre ellas las mismísimas Seis suites para violonchelo solo y las hermosas Variaciones Goldberg. Ah, también el primer preludio de El clave bien temperado. Pero la historia no quiere justicia ni igualdad de género. Quiere leyendas. Cuando Johann Sebastian muere, Anna Magdalena quedó desprotegida por completo. El acta de defunción dice: “mujer pobre de 59 años”. Numerología. Richard Wagner nació, vivió y murió atado al número 13: nació en un año 13. Las letras de su nombre y apellido suman 13, así como los números de su año de nacimiento: 1813. Fue un 13 de octubre cuando tomó la decisión de dedicarse a la música. Estuvo en destierro 13 años. Escribió 13 óperas de las cuales Tannhauser la terminó un 13 de abril y fue estrenada el 13 de marzo. La primera vez que dirigió una orquesta fue un 13 de septiembre. Se instaló en Bayreuth un 13 de agosto y dejó ese hogar un 13 de septiembre. Recibió la última visita de su suegro, Franz Liszt, un 13 de enero y falleció al mes siguiente, el 13 de febrero. Volfi Mozart era zurdo, como lo fueron Schumann, Beethoven, Vivaldi, Rachmaninov y Ravel, flaco francés que escribió su Concierto para la mano izquierda no por ser zurdo sino por cariño a su amigo Paul Wittgenstein, hermano del filósofo Ludwig Wittgenstein y reconocido pianista que solía sentarse a tocar a cuatro manos con Mahler y Brahms y Richard Strauss pero que en la Primera Guerra Mundial resultó amputado de su brazo derecho, de lo que se recuperó anímicamente y volvió a ser pianista gracias a ese concierto que le dedicó Ravel y otros que le hicieron a su vez Prokofiev (paisano de los soldados rusos que le infringieron las heridas que causaron la pérdida del brazo), Britten, Hindemith y Richard Strauss. Conlon Nancarrow no era zurdo. Era de izquierda. Perteneció al Partido Comunista de Estados Unidos, su país natal, luchó al lado de los republicanos en España y se nacionalizó mexicano. Volfi Mozart fue un experto jugador de billar. Su mente funcionaba de manera matemática y gozaba del azar: lanzaba los dados y de la secuencia resultante escribía música. Giuseppe Verdi fue un compositor acaudalado. Se levantaba temprano, desayunaba, salía a andar a caballo, inspeccionaba sus viñedos, visitaba a sus acreedores para cobrarles la renta. La música no parecía tener importancia en su casa de rico. Evitaba discusiones sobre temas musicales y advertía a sus visitantes que no hallarían partitura alguna cerca de él en ese hogar. Erik Satie vivía en una pocilga plagada de partituras mugrosas. A Johann Sebastian Bach le gustaba vivir en la cocina de su casa, escribiendo música rodeado de sus 20 hijos y sus 14 gallinas. A Debussy le gustaba vivir más en casa de Madame Vesnier que en la propia. La señora Vesnier era estudiante de canto a quien él acompañaba al piano. Fue el primero de los grandes amores del músico. Ella era mayor que él y estaba casada. El marido, ignorante del romance, tomó también cariño al chaparrito Claude y lo recibía con placer en casa. En su madurez, a Jean Sibelius le gustaba vivir en su casa de campo donde convivía con el bosque y el vuelo de las grullas, espectáculo que le llenaba los ojos de húmeda fascinación. Demasiado pobre para poseer un piano, Hugo Wolf estudió la literatura de ese instrumento en una biblioteca pública, leyendo las obras como si fueran novelas. Allí vivía. Pobres, ricos, guapos, feos, chaparros, esbeltos, panzones, recios, enfermizos, apasionados, devorados por las llamas de la pasión. Con todos sus fulgores y miserias, los compositores, seres humanos como cualquier hijo de vecino, resultan ser los grandes generadores de leyendas. Ay, los compositores. |
crónica de Pablo Espinosa
Publicado, originalmente, en: Revista de la Universidad de México Noviembre de 2015
Revista de la Universidad de México es una publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México
Link del texto: https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/1c85c6b4-54c2-40d1-bdb4-a0f63e88d117/los-compositores-esas-leyendas
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Pablo Espinosa, en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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