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El limonero cuento de Georgina Espinosa Gaubeca
Los limones eran del tamaño de un melón. Cayeron, todos, sobre mi cabeza. También me cubrieron el cuerpo. Las orejas quedaron asomadas al cielo. Mi madre lloraba encerrada en su recámara. La culpa no le dejaba ni tomar un baño. Ella insistió tanto a mi padre en que quería un árbol de limones. Pero no cualquier árbol, el de los limones que crecen del tamaño de un melón. A mí me gustaba el agua de limón helada. Con uno solo alcanzaba para la que tomábamos durante dos días. La bebíamos con un poco de azúcar. El fin de semana, hasta dos o tres jarras.
Mi madre me acostaba bajo el árbol sobre
una manta. La sombra cubría todo el jardín. Huíamos del sol que nos
calentaba la cabeza. Pero yo me quedaba dormido bajo el árbol, con el
viento que mecía sus hojas. Mi madre dormía la siesta dentro de la casa
y se asomaba por la ventana de vez en cuando para mirarme descansar boca
arriba.
El árbol se sacudió tan fuerte que pensé
que saldríamos volando con las raíces y todo. De pronto, el viento sopló
en direcciones opuestas al mismo tiempo. Lo agitó con tal fuerza que los
limones se soltaron de las ramas y me sepultaron en el pasto. Mi madre
me quitó los limones del cuerpo con ambas manos. Me tomó en sus brazos y
me llevó al interior de la casa. Empapado en jugo de limón y en las
lágrimas de mi madre, no pude abrir los ojos por el ardor. Apreté los
párpados y sólo veía luces de colores que se movían por el negro
infinito. Las ventanas no dejaban de azotarse.
El cielo se oscureció y la lluvia se
alejó. Los colores se difuminaron en el agua. Los pies helados se
inmovilizaron con los truenos que partieron a los limones en dos. Mi
cuerpo flotaba en el jardín, las gotas caían sobre mis párpados
cerrados. Soñé que nadaba dentro de la jarra de limones. Soñé que bebía
toda el agua agria y opaca que se mezclaba con las gotas de sangre que
escurrían de mi frente. Tomé un baño de jugo de limón, de gotas de
granizo y lodo. Los gusanos tocaban mis talones, jugaban con ellos. Las
hormigas subían por mis piernas como de costumbre, pero ahora eran
muchas más. Los insectos se trepaban a mi cuerpo para alcanzar a
respirar en la superficie. Mi padre podó el árbol. Lo desbarató con odio
en cachos pequeños. Después lo golpeó hasta hacerlo astillas. Quedó un
tronquito que se elevaba del suelo. El pasto se secó y se lo llevó el
aire. La tierra deshidratada se escondió entre las grietas. Ya no había
limones, ni pastos, ni agua a cántaros. Mi madre ya no se asomaba por la
ventana para mirarme, se quedaba en cama. Lloraba por horas. Ya no
preparaba limonada.
Georgina Espinosa Gaubeca (Ciudad de México, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y complementó su formación en Comunicación Audiovisual en la Universidad de Barcelona. Actualmente es editora del portal de noticias de Prodigy MSN y trabajó en la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM. Ha publicado en diversos medios periodísticos y publicitarios, y fue redactora de la revista Conozca más. Lleva el blog: www.nostalgiadora.blogspot.com |
Georgina Espinosa Gaubeca
Originalmente
publicado en Revista "Punto en Línea" Nº 36 - 31 enero 2012
http://www.puntoenlinea.unam.mx/
Editada por la Universidad Nacional Autónoma de México
Link del cuento: https://puntoenlinea.unam.mx/?view=article&id=629
Ver, además:
Georgina Espinosa Gaubeca en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
Email: echinope@gmail.com
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