|
Intelectuales en debate en este 2007 Gentileza de Luis D. Gutiérrez Espinoza (Perú) |
|
Como
una necesidad de que no se pierdan las ideas manifestadas por todo, este
archivo único abarca los mensajes que circularon hasta la salida de la
declaración del secretariado de la UNEAC. Si alguno ve una errata o una
pifia, por favor arreglelo. Arreglar es “tarea de todos”.
Y agregar lo que falte también. pronostican
un año más caliente Querida
amiga, me he quedado asombrado por todas las ideas que se mueven por estos
días en el ámbito intelectual. Parece que la TV para agasajar a los
artistas cubanos en el nuevo año y a la comidilla intelectual, en
lugar de un pavo, les ofreció un "Pavón". A esta hora, me
imagino que esos dirigentes mediáticos anden por esos pasillos-y
ante tantas cartas encendidas- corriendo como ratas, con la fe que
los caracteriza ( fe de ratas) y justificando que lo de Pavon fue un
"error de impronta". Parece
que en el afán de retransmitir cosas viejas, están retransmitiendo
también viejos errores. Lo de Papito Serguera el otro día fue sólo en
calidad de avance, y si de avances se trata yo lo habría puesto en un
programa de ciencia ysalud, como un avance de la Liga Contra la
"Cerguera".y las maravillas de operar con láser...con láser-veza
en la mano.... A
raíz de todo esto que está pasando he hecho el compromiso de convertirme
este año en un voraz (espera que ya voraz) televidente y no
perder ni por un segundo nada de lo que nuestros funcionarios de la TV se
enorgullecen en mostrar en la pantalla chica porque... mira me perdí La
impronta y fue algo improntante y me perdí el diálogo abierto con
Quesada, al que no padecí por suerte en persona, pero padecemos todavía
a sus discípulos .El enturbió los sueños de muchos artistas
que vieron reducir sus sueños a verdaderas "quesadillas"
(mezcla de plato mexicano donde el queso se funde y el mal dormir) En
ambos casos terminas fundido. Por
lo pronto veo que se avecina un gran reality show y por qué no, en
cualquier momento podremos ver un programa con los enemigos más
solicitados de la semana. Yo, por si acaso, ya estoy haciendo mi listica y
para no perder tiempo mañana mismo enviaré a "Contra el
Olvido" mi primera carta. Es hora de poner las cartas sobre la mesa.
Quién quita que el programa resulte un éxito y los mejores enemigos
vayan a una competencia mensual, anual o quinquenal, como los enemigos que
todavía se recuerdan del "quinquenio gris". Como
ves los meteorólogos no se equivocaron al pronosticar un año muy, pero
muy caliente. Un
abrazo y por favor no circules este mensaje y si lo haces trata de que sea
al mayor número de personas posible. Un
beso Doime. ------------------------- De
Aries Morales Gris,
gris, ¿el quinquenio es gris? (Ejemplo
de lo acaecido por causa de’l reςelo que fizo una grabadora mal enςendida) Ahora
que, convocados por Criterios, un grupo de brillantes intelectuales
cubanos encabezará la muy necesaria reflexión acerca del Quinquenio Gris
y que la intelectualidad nacional de dentro y fuera (definitivamente y pésele
a quien le pese, esos adverbios se han hecho menos distantes en los últimos
tiempos) se entrega combativa a teorizar al respecto, quiero decir qué ha
sido para mí el desmatizado y temporalmente vago quinquenio. Lo hago
porque no podré estar presente en los debates organizados por Criterios
y porque hace años quería contarme esta historia, como quien espanta un
insecto incómodo y persistente o exorciza un recuerdo que, a fuerza de
robustecerse en su contacto con una realidad que no cede, se niega a
palidecer con el curso de los años y el advenimiento de la desmemoria
senil. En
septiembre de 1975 tenía aún 21 años y estudiaba Letras en la
Universidad de Oriente. Los que conocen el escenario saben que el extremo
oriental cubano es la parte del país que ha recibido con mayor fuerza no
solo los escasos eventos sísmicos que a veces nos remecen, sino también
los períodos de rectificación de errores, las etapas de reafirmación
revolucionaria, las profundizaciones ideológicas de diverso tipo y
cualquier otro ajuste o apriete de tornillo de los muchos ocurridos
durante el último casi medio siglo cubano. La Universidad de Oriente fue
duramente castigada por estremecimientos de esa clase entre 1968 y los
primeros años setenta, una historia en la que tomaron parte (y sufrieron)
amigos intelectuales que encontré a mi llegada a la alta casa de estudios
y con algunos de los cuales fundaría luego la Casa del Caribe. Pero esa
es otra historia. Resulta
que en septiembre de 1975 un grupo de escritores radicados en La Habana
(es decir, nacionales) y miembros de la UNEAC visitaron el taller
literario de la Facultad de Humanidades. Yo no pertenecía al taller
(nunca pertenecí a ninguno) pero fui al encuentro, curioso por ver y
escuchar a los escritores consagrados. La directiva del taller había
impreso (en mimeógrafo, como correspondía a la aldea aún no global) un
folletito con obras de los talleristas, y así se llegó a la noche
esperada. Todavía puedo ver el salón, en el Decanato de Humanidades: no
demasiado grande, con una mesa oval (la misma que luego este humilde
servidor trasladaría a uno de los cuentos de Un tigre perfumado sobre
mi huella) alrededor de la cual nos sentamos: los aprendices en una
cabeza y los escritores nacionales desplegados como un tribunal sapiente y
magnánimo, siguiendo la ya mencionada disposición oval. Todo
en principio transcurrió normalmente (las presentaciones, los primeros
intercambios, las bromas típicas de esos encuentros, las indicaciones de
cómo se desarrollaría la actividad), hasta que el azar hizo concurrir
dos hechos aparentemente desconectados. El primero y decisivo corrió del
lado de la falta de malicia. Cuando se abrió la lectura de los materiales
acopiados entre los miembros del taller, alguien de su directiva colocó
una grabadora en el centro de la mesa. Para grabar las opiniones de los
experimentados escritores, aclaró, toda vez que así podrían ser
estudiadas luego por los neófitos presentes y ausentes. Era una grabadora
de cinta y, ahora que la miro desde el tiempo transcurrido y los modernos
microchips, me doy cuenta de que se ha ido haciendo más tosca, más
imponente, más antediluviana. El
segundo hecho traía también su toque de ingenuidad, aunque en otra
dimensión. En el folleto preparado por el taller, más bien hacia el
final, aparecía un poema que había sido favorecido con alguna circulación
entre el alumnado de Letras. No tanto por su calidad, sino más bien por
la persona a quien estaba dedicado: el profesor Ricardo Repilado. Muchos
de los que estudiamos en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente
por aquellos tiempos hemos reconocido la deuda discipular que tenemos con
el Repi, pero también recordamos su estricta disciplina, su cortante ironía
y la culta exigencia que imperaba en sus clases. Pues, como Repilado era
por norma el último que entraba a su aula y al parecer había dejado
fuera varias veces a cierto estudiante con aspiraciones de poeta, este último
le dedicó un breve poema bajo el título de “Los poetas llegan tarde a
clases”. ¿Quién podía suponer que esta leve venganza estudiantil se
convertiría en explosivo detonante ideológico al casual encuentro con
una grabadora? Nosotros no. Aun
cuando en la actividad se había establecido la regla de que solo serían
debatidos los textos de aquellos talleristas que estuvieran presentes (y
el autor del poema antes señalado no estaba), a media sesión uno de los
visitantes, escritor con enorme poder por aquella época en la UNEAC, alzó
su mano y dijo que había leído en el folleto un texto que él no podía
dejar de comentar. Y ahí mismo se largó una encendida diatriba contra la
actitud elitista de aquel autor, que por escribir poesía se consideraba
diferente al resto de sus compañeros y exigía un trato distinto. Así
comenzaban las desviaciones de los intelectuales que, como en el caso de
Heberto Padilla, terminaban en la traición, el hipercriticismo pequeño
burgués, etc., etc. Se
produjo un momento de honda estupefacción, pero únicamente entre los
principiantes. Con extrema celeridad y durante casi una hora, cada uno de
los avezados escritores visitantes fue tomando la palabra según el orden
que ocupaban en torno a la mesa y declarando enfáticamente ante el monótono
girar de los carretes de la grabadora su rechazo a aquella terrible
actitud elitista de los intelectuales que se iban alejado del pueblo y
terminaban haciéndole el juego al enemigo. Uno a uno y sin pausa,
aquellos adultos (algunos tendrían hijos de nuestra edad o poco menos),
profesionales de la escritura (se suponía, se suponía), llenos de libros
publicados y premios recibidos repetían los mismos argumentos, casi con
las mismas palabras, no para grabárnoslas por insistencia, sino para
dejar grabado en la cinta magnetofónica el testimonio de su espíritu
combativo. Al
joven de 21 años que entonces era le costó mucho trabajo entender lo que
estaba pasando, y si no salí de allí directo a pedir una cita con el
psiquiatra, fue porque a la hora de recoger los bates Grillo Longoria (que
era o había sido hasta fecha muy reciente Fiscal de la República) echó
mano a su mejor tono de abuelo comprensivo para preguntar a sus colegas si
no estaban siendo demasiado suspicaces y convirtiendo en terrible acto de
traición ideológica el poema escrito por un estudiante universitario a
quien le costaba trabajo levantarse temprano. La comprensión total de lo
sucedido y del protagonismo que la grabadora había tenido esa noche me
llegó al día siguiente, en conversación con el poeta guantanamero
Marino Wilson Jay, quien no había podido asistir a la actividad. No pocos
de los escritores invitados esa noche y la inmensa mayoría de los
entonces jóvenes anfitriones aún viven. Cuando
escucho el término Quinquenio Gris, indefectiblemente revive en mi
memoria esa noche: la tensión que cuajó el ambiente, el miedo meticuloso
que corría por debajo de las palabras, la autocensura irracional que
nublaba la inteligencia de aquellos hombres y no les permitía reconocer
los límites del absurdo. Solo que, honradamente, para mí no se trata de
un recuerdo ya distante por treinta años de andadura. Esa noche vuelve a
ocurrir cada vez que tropiezo con el virus más beligerante y nocivo que
padece la intelectualidad cubana, la cautela; cada vez que alguien se
pregunta (o me pregunta) si actuar de cierta manera sería conveniente;
cada vez que observo cómo intelectuales hasta ayer políticamente
correctos y muy cuidadosos de sus opiniones en Cuba, se convierten en
recalcitrantes acusadores de sus compañeros una vez situados en la otra
orilla y conscientes de hacia dónde soplan los aires de la conveniencia;
cada vez que (incluso acá, en Santo Domingo) algún colega me ofrece el
silencio como opción menos comprometedora o me recuerda que ya no
estoy obligado a opinar. Por eso escribí en el mensaje enviado a
Desiderio Navarro hace una semana que el rechazo a la reaparición de Luis
Pavón (y lo que él representa) no atañía solo a quienes habían sido
directamente afectados por los gendarmes culturales de entonces, sino a
todos los intelectuales cubanos con dignidad. Creo
haber estado presente en un momento definitorio para la cristalización de
la etiqueta Quinquenio Gris, durante el Encuentro de Narrativa Cubana que
ayudé a organizar (junto a Jorge Luis Hernández y Aida Bahr) en el
Santiago de Cuba de 1980. Ambrosio Fornet fue un intelectual clave en
aquellos encuentros y también para la recuperación de nuestra generación,
esa que llegó a los veinte años en los fragores del período nefasto.
Pienso que el ensayista intentaba signar con su denominación una época
de cierre, dogmatismo, persecución y unanimidad fabricada desde la
exclusión y el sometimiento; una época entonces muy cercana, que era
necesario conjurar para seguir adelante y crecer como personas y como
escritores. Había que trazar una línea divisoria, y en ese sentido creo
que sirvió el nombre. Aquellos debates sostenidos en medio del calor
santiaguero de 1980 (en parte de los cuales participó Armando Hart,
entonces ministro de Cultura) aceleraron la publicación de algunas de las
novelas más interesantes de los años ochenta en Cuba, incluyendo títulos
que habían permanecido entrampados por la censura, como Las iniciales
de la tierra, de Jesús Díaz. En
la última de aquellas jornadas santiagueras, celebrada en 1988, volvió a
debatirse en torno al ya famoso quinquenio y su proyección en los años
posteriores, entonces con mejor perspectiva y la participación de jóvenes
narradores que habían emergido en los ochenta. De manera no planificada,
las discusiones terminaron con la elaboración y firma de un documento de
protesta por la golpiza que dos o tres días antes miembros del MININT habían
propinado a un grupo de poetas reunidos en Matanzas, lo que dejó muy en
claro (si para alguien hubiera permanecido oscuro) que no habíamos estado
haciendo la metódica disección de un fósil atrapado bajo las capas geológicas
del olvido. Por
eso, porque el debate en torno a aquel período puede servir otra vez de
punto de partida para reconocer el presente y otear hacia el futuro, me
parece totalmente oportuna la actual invitación a reexaminar el
quinquenio, su verdadera extensión o la intensidad real de su grisura; cuántas
veces su impronta (para usar una palabra súbitamente de moda) ha
resurgido después o las formas en que muchos de sus procedimientos se han
mimetizado para continuar actuando con total virulencia. Pero siempre que
el análisis no se detenga en una tajante dicotomía de víctimas y
victimarios, siempre que no se excluya el examen de la responsabilidad que
el sector intelectual ha tenido en todo esto, la manera en que se mantiene
fértil la semilla de cautela, doble moral, sometimiento y oportunismo que
el llamado Quinquenio Gris sembró, como si los carretes ominosos de
aquella grabadora amenazaran con seguir girando por los siglos de los
siglos. José
M. Fernández Pequeño YO
TUVE UN SUEÑO... Confieso
que no soy buen televidente. La televisión me resulta aburrida, pues casi
con los títulos de los programas puedo adivinar el final. Sin embargo,
creo que últimamente, además de aburrida, está dando señales raras.
Cuando me enteré de que Jorge Serguera había aparecido en La
diferencia, no le presté mucha atención, pues pensé que no merecía
la pena ni un comentario. Cuando reapareció Luis Pavón en Impronta,
comencé a preocuparme, aunque tengo confianza en que estas extrañas
coincidencias no anuncien un cambio de orientación en la política
cultural de la Revolución. Sin embargo, en una reflexión más pausada y
teniendo en cuenta otras informaciones, creo que dado el momento en
que nos encontramos y ante un público joven o poco informado, valdría la
pena dejar mi opinión. Es la primera vez que lo hago por este medio, pues
sigo pertenenciendo a la Galaxia Gutenberg. No
se trata ni de Serguera ni de Pavón, sino de lo que representan: son las
ideas deformadas, las cavernícolas doctrinas, los pésimos métodos,
y especialmente "la diferencia" y "la impronta" que
dejaron. Tiene razón Desiderio cuando declara que el silencio y la
pasividad, especialmente en estos momentos, pueden resultar
complicidad. No me gusta mucho participar en las polémicas, porque muchas
veces terminan en ofensas personales que nada tienen que ver con la
madurez y la responsabilidad que exige el debate cultural. Sin embargo, me
acosté pensando en eso, y tuve un sueño... Un sueño en el que Serguera,
Pavón o Quesada comparecían en televisión, pero también Silvio,
y Pablo, y Leo, y Estorino, y Arrufat, y Reynaldo, y Pablo
Armando, y César, y Ramiro Guerra, civilizadamente, como suelen hacerlo, expresaban
su opinión sobre el saldo de sus desempeños. Yo soñaba con la libertad
inherente al verdadero Socialismo, el que Fidel ha dejado abonado para que
fertilice en el siglo XXI; la libertad cuyo exceso el propio Fidel dijo
preferir a su carencia. En
mi sueño, estaban definitivamente enterradas todas las rémoras de los
fracasados socialismos que se "desmerengaron" en el siglo XX,
entre otras causas, por la falta de esa libertad. En mi sueño no se
dudaba en llevar a un revolucionario a la televisión, o a la radio,
porque los medios divulgaban logros pero también analizaban
insatisfacciones, y acogían a los diferentes tipos de revolucionarios que
están haciendo la Revolución todos los días, ahora mismo, y no promovían
solo el triunfalismo, no pocas veces máscara del oportunismo. En mi sueño
se profundizaba en la realidad social, con respeto pero con valentía, con
un humanismo que no navegaba en la superficie, sino que se sumergía en la
profundidad; los voceros oficiales asumían su trabajo sin sonrojos,
dignificándolo, pero los demás no tenían por qué serlo, o creerse
serlo, o intentar serlo. En mi sueño se suprimía el lenguaje esotérico
e impersonal, las personas morían de cáncer y no de una "larga y
penosa enfermedad", de un infarto del miocardio y no de una
"repentina enfermedad"; no había ambigüedades autorales; se
exponían todos los argumentos, y si se respondía a algo, o a alguien,
primero se daban a conocer los criterios --o las infamias-- de ese algo o
de ese alguien; al pueblo más culto del mundo no se le trataba como a
parvulitos. En mi sueño nunca era suicida decir la verdad, discrepar
desde posiciones honestas; no había que hacerles caso a los anónimos
porque no se daban motivos para su existencia, excepto la cobardía y la
bajeza del remitente. La "doble moral" era, sencillamente,
inmoralidad, y la mayor de todas las contrarrevoluciones posibles, la
cobardía. En mi sueño no se enganchaban en el carro de la crítica
al "pavonato" o al "serguerato", sergueritas y
pavoncitos prestos a marcar en todas las colas, y no podía ser así
porque corrían el riesgo de ser desemascarados; y se les enseñaba a las
más nuevas generaciones que no se es más revolucionario cuanto más
"talibán" se sea, sino cuando con mayor decencia y honestidad
se actúe. En mi sueño los dirigentes de todos los niveles, como
servidores públicos que son, aparecían en pantalla también para decir
que se habían equivocado, que habían cometido un error, que se
disculpaban por los males ocasionados, que les ofrecían excusas a los
perjudicados por las consecuencias de sus desconocimientos, de sus
debilidades o de sus negligencias. Las rendiciones de cuenta salían del
confesionario, la autocrítica no era un padrenuestro absolutorio, la crítica
no se podía confundir con la vileza. En mi sueño... bueno ahí desperté. JUAN
NICOLÁS PADRÓN Nota:
Como fuiste tú quien me enviaste esta seguidilla, te agradecería que la
continuaras. ---------------- Me
apresuro en reenviar una carta que me parece muy importante. La he
recibido por varias vías, pero prefiero re-direccionarla para
evitar que alguien se sienta desinformado. Si ya la han
recibido, mejor. Aunque la carta de Mariela Castro Espí se halla
dirigida a Reynaldo (González?), deja muy claro su deseo de dar
a conocer a todos sus ideas. Lo cual es una suerte. Espero que
su participación sea más frecuente y estimule a otros a hacer lo mismo
por esta vía del correo electrónico que, como sabemos, es una de
las alternativas con que actualmente contamos, y que no debería ser (ni
será) la única. La piedra en el agua ha comenzado a tocar
todas las orillas, en este caso, aquélla que --al menos para mí-- había
permanecido remota, o que conocía sólo por "tradición
oral". Si algunos pensaron que esa piedra sólo iba a
ser tragada por el torbellino, o que iba a regresar para partirnos la
cabeza, es hora de alejar esa idea. abrazos Orlando
Hernández Estimado
Reynaldo. Camilo
me pasó el debate porque sabe que me interesa y, por supuesto, deseo
participar. No soy artista ni escritora, pero como cubana identificada
con un proyecto social revolucionario que pretende conquistar toda la
justicia me siento conmovida con estos comentarios y el temor a que se
diluyan momentos de la historia, que aunque nos duelan y avergüencen,
deberían analizarse profundamente para evitar que se repitan.
Evidentemente las experiencias del pasado no fueron suficientemente
esclarecidas, ni oportunamente normadas y eso es lo que me preocupa. En
mi opinión, estos programas de televisión muestran sólo la punta del
iceberg y la reacción provocada responde a malestares más profundos
que aún no tienen el respaldo necesario de nuestra sociedad, expresado
en sus políticas. Esto es, justamente, lo que más me interesa, que a
raíz de las inquietudes provocadas por los ¿descuidos? o ¿torpezas?
de la programación televisiva, podamos analizar y discutir estilos de
pensar, ambivalencias, ausencia de definiciones coherentes en la política
institucional del ICRT que debe saber expresar nuestra política
cultural, educacional, de la mujer, etc.
Como militante del PCC, aspiro a una respuesta inteligente de la
organización, en condición de facilitadora y coordinadora del debate,
para que se consideren todas las inquietudes y sugerencias que
responsablemente se hagan y podamos colaborar con este proceso dialéctico
permanente y necesario, de abordar y elaborar las contradicciones
inevitables de todos los procesos.
Recibe mis afectuosos saludos,
Mariela Castro Espín Carta para no ser un espíritu prisionero Subject:
Bojeando.el.Pavonato Estimados
compañeros en Debate: Hace
dos años escribí un artículo en el que reflexionaba sobre cuanto nos
tocaba de cerca el llamado “derrumbe del socialismo europeo”. Estudié
en la URSS entre 1987 y 1990 y estas ideas nacieron de la experiencia, de
mi andar por las calles de esa vieja ciudad, hablar con su gente, de
intercambiar con alumnos y profesores de la entonces flamante Escuela
Superior del Partido de Moscú. Parte de ese artículo se incluyó como
una intervención mía en la Mesa Redonda de Temas
acerca del asunto a fines del 2004, donde tantas cosas importantes se
dijeron, entre las que recuerdo la exposición de Desiderio Navarro sobre
las clases sociales en el socialismo. Por supuesto, todo ese debate no
salió de los recintos de la revista, un hecho que puede repetirse ahora
con Ambrosio Fornet y Criterios. Este debate que se ha abierto hoy, que tiene
como tema central nuestra preocupación por el futuro (un acto de nobleza
intelectual, de actitud de vanguardia, en este mundo en el que tantos se
preocupan solo por su presente) me ha instado a hacer público una parte
de ese artículo, aquella que trata de conectar lo ocurrido entonces, con
nosotros, que aborda lo ocurrido allí no solo como arqueología política.
Me ha parecido mejor que improvisar otras palabras, a veces debilitadas
por la urgencia y la diversidad de enfoques. Entre las líneas de aquel texto veo hoy,
como dibujándose, períodos grises, e incluso más oscuros. Cuando
algunos piden nombres de culpables, listas, creo que lo mejor es no
detenernos en esos asuntos de práctica y continuar el camino hacia la
esencia, allí tal vez nos estén esperando todas las dudas, todas las
explicaciones. A continuación esta segunda parte del artículo,
que titulé en aquel momento “Lecturas desde el muro”: “Un
suspicaz profesor de la Escuela Superior del PCUS, que nos impartía las
conferencias de Derecho Internacional, nos confesó una vez: "Tenemos
que revisar tantas cosas, camaradas. Nos cansamos de repetirlas, de oírnos
decirlas, sin reparar mucho en ellas. ¿Por qué centralismo democrático
y no democracia centralizada?, ¿como conciliar dialécticamente el
“total poder del pueblo" con la condición de “fuerza dirigente
superior del Partido” que hace ya de ese poder del pueblo un “poder
inferior, de segundo orden?”.No era él un revisionista ni un renegado.
Era un hombre sensible, honesto, que nos contaba con orgullo de sus días
de konsomol en el Baikal-Amur, que sufría por el curso que tomaba el país,
y que viendo que ya nada lo apuntalaría, nos pedía siempre sacar
nosotros las adecuadas lecciones de lo que les ocurría, luchar por
salvarnos del naufragio. Su
sentido llamado —y el de todos aquellos que más de una vez habían
dicho en sus clases que el marxismo era la única teoría sociológica
científica, que ella nos permitía predecir acertadamente el futuro, en
sus directrices esenciales, claro, construirlo de acuerdo con las leyes
del desarrollo social—, sigue hoy en pie a más de una tres lustros de
la catástrofe. Y a ese llamado debemos acudir con especial voluntad y
responsabilidad. Pero para oírlo y convertirlo en reflexión
útil tendremos, eso sí, que partir de dos principios esenciales:
a) sentirnos amenazados también, no dejar que nuestro optimismo y alguna
dosis de chovinismo nos impulsen a creernos tan distintos que eso nos
signifique la inmunidad, y b) lograr que la autoevaluación se abra paso
con la carga de cientificidad, objetividad, espíritu de renovación, que
están implícitos en el marxismo mismo. Se
trata, a fin de cuentas, no de adoptar una especial postura, sino actuar
como verdaderos marxistas. Mirarnos hacia adentro con ese valor, ese
compromiso con la verdad, que está en Marx, Engels y Lenin, que está en
la obra de aquellos marxistas que por resultar incómodos al dogma de la
III Internacional aún esperan por formar parte de la historia oficial del
marxismo. Durante muchos años, revisar lo que iba o podía ir mal se
convirtió a los ojos de la burocracia partidista (burocracia que en el
poder, por muy de nuevo tipo que fuese, no dejó de actuar como todo
poder) en revisar el marxismo. Ya nos queda claro para todos la paradoja
de que en las sociedades llamadas socialistas encontró el marxismo su
peor espacio para continuarse desarrollando. De guía pasó a subordinado
dócil de las fuerzas partidistas. Su misión se redujo a apuntalar,
justificar, y popularizar una teoría congelada, como si el desarrollo
hubiera terminado ahí. Alguien
pudiera objetar que hubo libertades para que el marxismo creara,
elaborara, se aventurara por todos los senderos que estimase. Formalmente
fue así. No se encontrará un documento que diga lo contrario. Pero esa
será uno de los temas al que habrá que dedicar reflexiones en el futuro:
el problema de la libertad real en una sociedad que en su proyección
humanista, en su propia legalidad, pareció asegurar esa libertad. Cada
sociedad que llega a la historia es superior a la anterior pero trae también
nuevos problemas. El socialismo no fue menos, solo que los del socialismo
aún esperan por una identificación
como primer paso para su solución. Cada
sociedad tiene su modalidad de control social, de subordinación social.
Del abierto del esclavismo, donde jurídicamente no eres dueño de ti, el
capitalismo pasó a un control económico: económicamente no eres dueño
de ti. Y el socialismo estableció el suyo: el control ideológico. De la
tiranía del capital en el socialismo se pasó a la tiranía de la ideología.
Y no hablo aquí de si la ideología es buena o mala, hablo de un su acción
totalizadora, monopólica. Queriendo
hacer bien, ¿no creó el socialismo, como una prolongación de esa
dictadura del proletariado —intento teórico de establecer una
“dictadura buena”— una dictadura del “bien”, una dictadura que
creyó que porque eran buenos los fines se podían emplear medios que si
bien no dejaron muertos ni desaparecidos (una generalización arriesgada
conociendo el radicalismo estaliniano), oprimió mentes y corazones,
instituyó la intolerancia como principio? La
ideología marxista en el poder no tuvo contendientes legales. Los nuevos
Marx no pudieron contar con una Gaceta
del Rhim, los nuevos Engels no tuvieron un Duhrings con quien
polemizar. Todo estaba hecho, acabado. Había pasado la etapa de la duda,
de la elaboración, y nos encontrábamos en la fase de la ejecución. La
suspicacia, la sagacidad, la lucidez, se reservó para mirar las odiosas
huestes del enemigo. Al enemigo le exigíamos datos, les virábamos al revés
sus estadísticas, especulábamos con sus destinos. Pero esa inteligencia
se tornaba canto y loa si se trataba de echar una mirada sobre la obra que
construíamos. La apologética demostró que no era pariente solo de la
teología. El
realismo socialista no se circunscribió al campo del arte. Si a la
literatura se le pidió mostrar el futuro, presentar como reales ya los
hombres que vendrían, al resto de las instituciones se les permeó del
mismo postulado. Comenzó la emulación a ver quién presentaba más datos
que atestiguaran que el hombre del futuro ya gateaba en las guarderías de
Moscú o Berlín. Las estadísticas se pusieron al servicio de ese
realismo socialista que era verdaderamente idealismo socialista. Para
evitar puntos de vista, tesis, teorías que lastraran el optimismo de las
masas, el principio de que el Partido tenga su prensa se convirtió en uno
parecido: la prensa debe ser del Partido. Los que debíamos rendir culto a
la dialéctica materialista desterramos toda posibilidad de contradicción.
Y cuando llegó el momento de evaluar cómo se comportaba nuestra
realidad, a ojos marxistas, siempre compleja, poliédrica, tensa, no nos
incomodó que lo que viésemos en el espejo fuese una unanimidad y un
consenso, una alineación, tan perfectos como tan increíbles a la luz de
la más mediana sociología. Las ciencias sociales se estancaron porque no
tenían nada que resolver, las tareas de pensar, enjuiciar y decidir habían
pasado a las manos del Partido. La
relación partido-sociedad civil se edulcoró de modo casi risible. El
partido, como centro irradiador, condenó a todo lo demás a periferia.
Ese centro absoluto dejó que todo lo demás existiese y creciese solo
formalizado. La concepción de Lenin de las poleas de transmisión refiriéndose
a las organizaciones de masas dejó claro quien hacía girar a quien, en
un sentido totalmente
contrario a la concepción marxista de la sociedad civil. No era la
sociedad la que se daba el estado, sino el estado el que, sabio, fiel, de
buenas intenciones, se reproducía en la sociedad. Las organizaciones
sociales no representaban a sus miembros ante la sociedad sino al partido
ante sus miembros, una inversión de los extremos del embudo, de la
dirección del flujo. Una
vez dije, en cierto debate, que lo más doloroso fue que en aquellos países
el socialismo murió sancionado por sus propios postulados. Lo acosaron
sus promesas incumplidas, sus expectativas sin saldar, sus lemas y
consignas vaciados de contenido real. No solo la burguesía incumplió su
Igualdad, Hermandad y Fraternidad. Tendremos que teorizar sobre el
problema de esos diseños utópicos, atractivos inicialmente para las
masas, que después nadie sabe cómo convertir en realidad. La libertad
superior del ciudadano socialista, enfrentado a “lo permisible a un
ciudadano, debido a la aguda lucha de clases”, salió perdiendo por
amplio margen. La democracia se convirtió, es cierto, en poder “para”
el pueblo (el pueblo como receptor), pero apenas desarrolló ese “del
pueblo y por el pueblo” que refleja la propiedad sobre el poder y la
ejecución de ese poder por el pueblo como sujeto. No
pretendo totalizar. Son estos y otros muchos, muchísimos, los temas que
esperan todavía hoy por nuestra discusión. Coincido con Armando
Chaguaceda en lo expuesto en su artículo “El discreto encanto de cierta
Academia” (La Gaceta de Cuba,
No.6, La Habana, 2005). Aprecio en el pensamiento cubano una comodidad, un
plegarse sutil. Escribo, publico, y si no me hacen caso no importa. Unos
deslizan sus verdades con tal eufemismo que parecen ideas de un
malabarista y no de alguien obligado por su profesión y su lugar en la
sociedad a hablar alto y claro; otros, sabiendo que la vida a su alrededor
les espera, palpitante, en ebullición, no se cansan de dar bisturí sobre
el cuerpo del socialismo fallecido, el malo, insinuando aquí,
pespunteando allá, como si ese medio tono los salvase a la vez de dos
cosas: del castigo reservado a los que callan y del peligro que ronda a
los que osan hablar fuera de libreto. De
ese modo se ha articulado un discurso académico inocuo, paralelo, que no
se toca con el discurso político, que coexiste con él en una paz
caballeresca, que acepta que su espacio son las revistas, los eventos, y
se siente feliz de ese espacio, como si ello significase libertad y
conquista. Así esos espacios se convierten en canales por donde desagua
la “presión intelectual”, canales que no van al mar de la vida, al
presente, que no fertilizan la polémica, sino que cumplen una función
tranquilizadora, conformante. ¿No estaremos aceptando todos la peor y más
moderna de la censura? ¿Esa mediante la cual a la idea nueva se le deja
nacer en el papel para anularla en el eco, en la resonancia, en el
consumo? Pero añado otra pregunta: Si la academia se comporta hoy así,
¿no es responsable cada sociedad de los rumbos éticos que toman sus
ciudadanos: jóvenes, mujeres, trabajadores manuales e intelectuales?
Respondiendo
a esta última pregunta es probable demos con una explicación a esos
acomodos académicos. Y entonces se alteren los polos, y los culpables
pasen a ser solo víctimas. Pero ello es un asunto que supondría otra
reflexión, particular y prolongada. Concluyo
recordando aquel verano de 1987, y la plaza Mayacovski, y mis arrepentidos
profesores de la Escuela del PCUS, y la indiferencia con la que miles de
moscovitas esperaban en 1990 que otros decidieran sus destinos. Estos
temas y recuerdos, tienen todos para mí, lo confieso, un especial vínculo
no solo con el porvenir, sino con la memoria y la nostalgia. Cada vez que
oigo una hermosa canción tradicional rusa, o miro una postal dedicada al
Primero de Mayo, asomando en ella la Plaza Roja engalanada y su enhiesto
Kremlin al fondo; cada vez que contemplo alguna de las fotos que guardo de
aquellos años, tomadas en otoño o invierno, junto al monumento a los
hombres de Panfílov o rodeados por unos hospitalarios koljosianos del Cáucaso,
siento que la deuda nuestra con aquellos "ex" es una deuda de
hermanos y no de primos distantes. Y lo más importante: una partida que
no ha terminado, que apenas empieza, donde nosotros, los de la ostrav sbabodi (Isla de la Libertad), seguimos jugándonos el
futuro”. Félix
Sánchez --------------------------------- Subject:
entrevista de Ernesto Juan a Papito Serguera Arturo,
me he mantenido al tanto del debate sobre el tema Pavón/Papito/Torquesada/Congreso
Nacional de Educación y Cultura ´71, asunto del cual que imagino estés
saturado. Me comunico contigo por tres motivos: el
primero es para felicitarte a tí y al resto de los colegas que han hecho
público dicho debate. El segundo es para recordarte que tuve la suerte de
entrevistar a Papito Serguera en 2001 para mi libro "John Lennon en
La Habana with a little help from my friends" y abordar asuntos
relacionados con la prohibición de los Beatles en los medios masivos
cubanos durante los años 60 y 70, mientras el ICR estaba bajo su dirección.
Es un placer para mí, en medio de todos estos momentos de reflexión,
poner esa entrevista a tu disposición y de todos los que no la conocen. Y
el tercer motivo es para hacer valer que "La diferencia", un par
de semanas después de Papito, también tuvo sentado en pantalla, durante
varios interminables minutos, a nuestro querido César Portillo de la Luz,
quien aprovechó la ocasión para volver a vincular, con desagrado, muy
fuera de contexto, y como el más furibundo y fanático detractor del rock
en Cuba, a la Revolución con los hippies. Deben recordarse sus puntos de
vista en aquel programa "Díálogo abierto", de enero de 2001, a
pocas semanas de la develación de la escultura de John Lennon, que también
publiqué en mi libro y que asimismo pongo a tu disposición. Un abrazo, Ernesto Juan PAPITO
SERGUERA: “Los
Beatles no estuvieron prohibidos en Cuba” por
Ernesto Juan Castellanos (tomado
del libro John Lennon en La Habana with a little help from my friends. Ediciones
Unión, 2005) A
mi casa no entró la televisión hasta 1973. Y no por problemas Y
cuando se ganó, también por merecimiento sindical, un apartamento de
microbrigadas en el reparto Bahía, tuvo la mejor excusa para donarlo a un
vecino con iguales necesidades ornamentales. Entonces solo me interesaban
los Muñe, las Aventuras, Caritas, Amigo y sus amiguitos, Variedades
infantiles, Tía Tata, A jugar y La comedia silente. Por mi exigua cultura
radial y televisiva, cuando comencé a investigar cómo funcionaba en Cuba
la promoción de lo que se conocía como “música popular”, sobre todo
la anglófona, traté de localizar a los promotores musicales de aquellos
años. Solo que muchos ya no estaban a mi alcance. Unos porque habían
dejado el mundo de los pecadores, y otros porque vivían a 90 millas al
norte. Pero aún quedaban algunos con memoria suficiente como para
recordar aquellos años bajo el azote de mi acucioso cuestionario. Tuve
la gran suerte de localizar a Jorge Serguera. El nombre puede Porque
Papito lleva una coletilla gris en su nombre: se dice que él –¿Sobre
qué es tu libro? –cuestionó con curiosidad del otro lado de –Mm…
sobre cultura y los medios masivos de difusión durante los –¿Y
para cuándo quieres la entrevista? –preguntó con cierta inflexión
entre conformidad y aprobación. –¿Puede
ser para mañana mismo? –aproveché sin titubeos el impulso de la
conversación. –Está
bien, pero tiene que ser temprano. Llegué
tan temprano a su casa que aún estaba durmiendo. Como Pero
no, aunque Papito tiene sesenta y nueve años, no aparenta Cuando
lo nombraron director general del ICR solo tenía treinta y –Lo
imagino como un muchacho con una extraordinaria y enérgica
vocación
por los medios y la cultura. –Nada
de eso. Yo no tenía experiencia anterior ni vocación alguna Antes
del triunfo de la Revolución, Papito
Serguera se graduó de –Yo
fui famoso en la audiencia de Santiago por acusar a Batista y decir que
era él quien tenía que estar sentado en el banquillo de los acusados. Y
junto con Lucas Morán le pedí el cadáver de Frank País a Salas Cañizares,
quien había ido a buscarme la semana anterior al tribunal para matarme. Poco
después se exiló en los Estados Unidos, hasta que regresó a
su
país para unirse a la guerrilla de Fidel en la Sierra Maestra, donde
obtuvo los grados de comandante del Ejército Rebelde antes triunfo de la
Revolución en 1959. Siete años después, era el director general del
Instituto Cubano de Radiodifusión. –¿Quién
lo precedió en la dirección del ICR? –Los
directores luego del triunfo revolucionario fueron, en orden, –¿Cómo
estaba estructurado ese organismo entonces? –Cuando
yo llegué no había realmente tal estructura organizativa. Tanto
la radio como la televisión estaban entramadas de manera
caótica. No existía una estructura de programas tampoco. Esa la
establecían los propios directores de los programa. A ello había que añadir
un vicio: esa falta de estructura y de organización dio lugar a una
parcelación en la programación. Existía el programa de fulano, de
fulana, de mengano y de esperancejo. Y ya eso era clásico. »Quiere
esto decir que lejos de responder a un proyecto cultural, la
programación
respondía a intereses personales, y ello generó problemas que luego fue
difícil combatir y suprimir. »Como
tú comprenderás, la dirección de un aparato de aquella naturaleza no
podía estar en manos de un solo hombre. Así, un grupo de compañeros y
yo organizamos la estructura del ICR en pos de una mejor calidad de la
programación. Y acabamos con el caudillismo, la jefatura, los dueños de
programas y los males que persistían, que era muy fácil ver a dónde
conducían. Si tú eras director de un espacio musical y venía una
muchacha bonita a quien le gustaba cantar, tú sabes que eso terminaba en
la cama. Había una cola enorme. Te puedes dar cuenta de que todo eso se
prestaba a una cadena infinita de problemas, que incluso me atribuyeron a
mí, porque la gente decía: “¡Papito acabó en el ICR!” –Cuando
me propuse entrevistarlo, mucha gente me dijo que usted –Mira,
no fui yo quien prohibió a los Beatles, y te voy a hablar de La
entonación de su respuesta me convenció de que había accedido a la
entrevista preparado para discutir sobre el tema. Eso me hizo sentir más
relajado y evaporó, por el momento, los temores que tenía en cuanto a la
tensión que podía tomar la conversación cuando llegara el momento. No
se molestó, pero tampoco me respondió de inmediato. –Cuando
yo comencé en el ICR, allí había mucho desorden, porque
todo
el mundo se sentía dueño de aquello. Y al yo tomar medidas para
erradicar eso, se perjudicaron, como tú comprenderás, cientos de
intereses. Y tantos intereses perjudicados no iban a quedarse callados.
Esa contradicción, de la única manera que te la puedo explicar en una
etapa en la que tuve que acabar con los intereses predominantes y
establecer nuevas reglas de funcionamiento y organización, dio lugar a la
desaparición de los mediocres. Algunos se fueron para los Estados Unidos,
otros para sus casas y otros para otros ministerios. –¿Y
qué pasó con Silvio Rodríguez? –Me
atribuyen un incidente con Silvio, y es verdad que lo hubo. En »En
una ocasión, Silvio hizo una apología de los Beatles en el programa, no
sé si fue porque Moya lo escribió en el guión. Y vino alguien y me lo
dijo. ¡Si él estaba allí para tocar su guitarra y cantar sus canciones,
¿por qué tenía que buscarme líos con los Beatles?! ¡Que deje a los
Beatles en paz! Dijo algo así como que él se inspiraba en ellos… Está
bien, pero allí había una polémica muy seria, chico. »Déjame
decirte lo siguiente. Yo oigo a los Beatles y los he oído toda la vida.
Ahora bien, había dirigentes nacionales que estaban en contra, no de
ellos, sino de la llamada “música moderna”, que había cambiado los
timbres y sonoridades de cuando éramos adolescentes. Y había otros que
estaban en contra de la música cantada en inglés, porque según ellos
deformaba la ideología. ¿Tú me entiendes, verdad? Era gente con mucha
autoridad. Era una presión increíble, porque era una presión poderosa. »No
obstante, yo creé Radio Cordón de La Habana, una emisora que ponía música
moderna el día entero. Luego surgió Nocturno, una idea de Ñico Hernández,
recientemente fallecido. El programa más escuchado de música moderna en
esa época era el que tenía Chucho Herrera, Sorpresa musical, y nunca
nadie lo molestó. Ni a su programa ni a Nocturno. »Lo
que más se conoce es lo que me pasó con Silvio, que dicen que además me
dedicó una canción. No sé si le puso Nube gris, Nube negra, Ojalá…
una cosa de esas. Si me dedicó una canción, ¿qué le voy a hacer? Pasaré
a la historia como el elemento en el que se inspiró Silvio Rodríguez
para hacer una canción. Yo lamento mucho que Goethe no se haya inspirado
en mí, porque yo no había nacido todavía. O Dostoievsky. –¿Pero
tanto lío por haber dado una simple opinión sobre los –Sí,
chico. Si tú estás para cantar, no me des esos criterios. En un
tema
tan candente como era en esos momentos el de la música moderna, que tú
te me bajes con una apología de los Beatles, y a través de un medio
masivo, ¡y en vivo…! Si hubiera sido un programa grabado y hubiera
tenido tiempo para corregirlo, le hubiera dicho: “se te fue la mano aquí”.
Pero para entonces, desafortunadamente, ya existía una enemistad personal
entre Silvio y yo. »Alfredo
Guevara, por su parte, que estaba en el ICAIC, hizo un Silvio
y a dos o tres más. Y parecía el protector frente a la agresividad y
violencia cultural de Papito Serguera. No, chico, ni yo soy un violento
cultural ni nunca he violentado culturalmente a nadie. Pero además, el
primer hecho cultural en importancia de Cuba en el siglo XX es la Revolución
Cubana, y su autor es Fidel Castro. Y yo soy parte activa de esa Revolución
y comandante del Ejército Rebelde. Así que si vamos a hablar de cultura
vamos a empezar por la Revolución. ¡Y yo estaba ahí desde el inicio, no
es que me haya integrado después! Si el problema es la reacción cultural
mía, eso estaba determinado por las normas políticas impuestas por el
sistema educativo, deficiente o no, que había recibido en la provincia en
que, afortunadamente o desafortunadamente, me tocó nacer, que es la del
mambisado de Cuba. El
sentido del humor de Papito Serguera desapareció. Su tono y –Que
no me vengan con música moderna, ni antigua, ni contemporánea –continuó–,
porque yo era un pequeño burguesito que bailaba con
Frank Sinatra, Tony Bennet, Artie Shaw, Tommy Dorsey y Duke Ellington…,
que era lo que se bailaba en mi época. Lo mismo bailaba un danzón que un
son, un mambo, un rock and roll, o una conga en los carnavales. Yo no
tengo predilección por ningún timbre musical, pero respeto los gustos de
las personas. Así que no soy capaz de imponerte una música. »Creo
que fue una visión equivocada del problema por parte de »Ahora,
si plantean el problema desde posiciones de responsabilidad, también hay
que oír mis argumentos. Pero eso nunca ha ocurrido, y aparezco yo como
culpable sin haber sido nunca juzgado. –¿Y
cuando aquello a usted le gustaban el rock and roll y la música
en
inglés? –¡Pero
claro! Mira, yo vivía en Nueva York antes del triunfo de la »Ahora
bien, ¿quieren discutir eso conmigo? ¡Pues vamos a discutirlo por la
radio, la televisión o con la pluma en la mano si es necesario! ¡Que no
me vengan con historias! Es muy fácil polemizar con alguna gente. Conmigo
la cosa es diferente, porque ideas como estas las defendí en los
tribunales, metido en veinte rollos cuando era abogado en la época de
Batista, rodeado por fusiles y armas largas, y no les tuve miedo ni a él
ni a sus secuaces, para que sepas cómo era el juego. »¡Así
que cómo tú te vas a aparecer aquí con eso de los Beatles! Yo que había
hecho gárgaras con puntillas, eso para mí es hacer gárgaras con
chocolate. ¿Qué es lo que pretenden: disminuirme, humillarme o
desacreditarme? ¡Si persigues alguna de las tres y quieres sancionarme
históricamente, vamos para la prensa pública y vamos a la polémica!
Abre las páginas y vamos para la calle. Y no me estoy refiriendo a la máxima
dirección de la política en Cuba, sino a aquellos que propagaron esos
rumores. Durante
nuestra conversación había notado que Serguera usaba –¿Y
usted escuchaba a los Beatles mientras estaban prohibidos? –¡Los
escuchaba y los sigo escuchando! Y quien te diga que no lo »Mira,
yo no quería usar calificativos para no ofender, pero lo que –¿Y
hasta cuándo estuvo dirigiendo ese medio pseudocultural? –Hasta
el año 73, y nunca más volví. Cuando he ido a ver a Mazón
y San Miguel también. Me enteré de que habían convertido –¿Por
qué se fue del ICR? –No,
en política yo no me voy de ningún lugar; me van. –Bueno,
¿por qué lo fueron? –Me
imagino que la presión de todos los intereses que dañé tiene Pero
no fue porque hubiera un error en específico. –¿Y
qué justificación le dieron para quitarlo de su puesto? –Ninguna,
pero tampoco la pedí. Solamente me dijeron que me iban
a sustituir. Yo no tengo que discutir eso. Fue una decisión política y
yo soy un hombre disciplinado. Nunca pedí una explicación porque a mí
no hay que explicarme nada. Te estoy diciendo que si entré en este juego
fue porque me lo propuse y acepto una disciplina: no puedo convertirme en
un contestatario de algo que yo acepté.
Ahora bien, no hay duda de que dirigir un medio masivo es
conflictivo, no solamente en Cuba. En cualquier lugar que tú dirijas una
emisora de radio y televisión te vas a buscar problemas. Es más fácil
transar. –Sin
embargo, tengo entendido que en 1966, cuando usted comenzó a dirigir el
ICR, ya se estaba produciendo un cambio en la –No,
eso no es verdad. Al contrario, cuando yo llegué fue todo lo »¿Qué
ocurrió entonces? Se estableció la práctica –porque no fue »La
eliminación de todos esos artistas creó un vacío, porque eran »Está
bien, en un momento determinado, eso desempeñó un papel… ¡que se pudo
haber suprimido después! Pero esa política perduró y, sin embargo, aún
no se sabe quién es el culpable. –¿Cómo
era la política que definía qué se podía o no poner en la –No
existía tal política en la COR (Comisión de Orientación
Revolucionaria), hoy DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria).
Esa tuve que elaborarla yo con la gente que me ayudó en la
estructura del ICR. –¿Y
cuándo comenzó a desmembrarse esa situación? –No
lo sé. El problema es que aquello se convirtió en ley, en directiva, a
lo mejor de la COR, a lo mejor del Partido Comunista de Cuba. Y hubo
sanciones a los jóvenes, y hasta gente separada de la UJC y del PCC. Y
ello también valía para el pelo largo. Ahora, ¿por qué me van a echar
a mí la culpa del pelo largo, si no tengo nada que ver con eso, porque yo
era de los barbudos y peludos de la Sierra Maestra? ¿Por qué la van a
coger conmigo? ¿Por qué van a hacer recaer toda esa responsabilidad en
Papito Serguera? –¡Pero
en el ICR tampoco dejaban que la gente tuviera el pelo largo! –Coño,
pero si te lo estoy diciendo. A mí me llamaban: “¡Oye, no »El
mundo del arte y la cultura es muy complejo. Yo no creo que »Pero
te digo una cosa. Ni los Beatles, ni ningún grupo musical extranjero,
estuvieron prohibidos en Cuba en mi tiempo. ¿Qué ocurrió? Los Beatles
eran, de una manera o de otra, representantes de una música cuyas
tonalidades habían cambiado en relación con las anteriores. Entonces,
objetivamente, como ocurrió esto de Silvio, se me quiso ver a mí como un
enemigo de la llamada “música moderna”. »Ahora
bien, los rumores no hay quien los detenga. Había instituciones para
discutir eso. ¿Por qué no se va a esas instituciones de origen a
pedirles una explicación? ¿Por qué van a decir que todo eso dependió
de Serguera porque era el director del ICR? ¿Qué tengo yo que ver con
eso? Vamos a hablar de manera institucional y a oírle a cada cual sus
razones. A lo mejor vas a descubrir que yo era de los que estaba en contra
de que se tomaran esas medidas. La música moderna se consideraba
diversionismo ideológico. Y yo no inventé esa frase. Yo consideraba que
eso era un error, un absurdo, un disparate, que la música no tiene
barreras. –Y
si no estaba a favor de todo aquel absurdo, ¿por qué no trató de
hacer
entrar en razón a quienes pensaban que la música en inglés y
el pelo largo eran síntomas de debilidad ideológica? –Sí,
lo hice, y aún conservo algunas cartas que escribí a altos dirigentes de
este país donde yo doy mi opinión sobre el tema. –¿Y
le respondieron? –No.
Esas cosas no se responden. 13
de abril de 2001 Díalogo
Abierto (15 enero 2001) con César Portillo de la Luz, Guille Vilar y
Ernesto Juan (tomado
del libro John Lennon en La Habana with a little help from my friends. Ediciones
Unión, 2005) El éxito de la escultura
de Lennon levantó tanto polvo que el lunes 15 enero de 2001, treinta y
ocho días después de su develación, el programa de la televisión
cubana Diálogo abierto invitó a su espacio a los compositores César
Portillo de la Luz y Rosendo Ruiz, al realizador Guille Vilar y a mí, a
dialogar en vivo sobre el tema “¿Por qué Lennon
en La Habana?” Con
la ausencia de Rosendo Ruiz, las fuerzas del debate (o del –La
historia está plagada de pacifistas verbales y de soñadores místicos
–dijo ante varios millones de televidentes–. Nosotros somos un país
de soñadores, pero pagamos muy caro por nuestros sueños, que se
concretan en hechos, no en postulados solamente. Yo como cubano pienso que
no tengo que agradecerle nada a Clinton, que impugnó la guerra en
Vietnam, y la historia más reciente nos ha demostrado hasta dónde ha
sido consecuente su pacifismo. Los hippies la impugnaron también, y los
Beatles, y Lennon junto con ellos, pero era una guerra a la cual pudieron
haber sido arrastrados todos. Así que hay que ver qué tipo de guerras
denunciaban. »O
sea, ese conflicto que fue impugnado verbalmente por tanta
gente,
cuando hubo que ir a desactivar las minas de Haiphong, fue
Cuba
quien tuvo que poner los zapadores. Entonces tenemos que estar claros,
porque se puede ser muy notorio artísticamente, y desde esas posiciones
pronunciarnos en sentido político, pero de pronunciarnos a ser
consecuentes en los hechos… »Ser
solidario… sí, de palabra todos podemos serlo, pero ¿cuántos países
están enviando médicos al Tercer Mundo ahora para que llegue la salud a
donde no existía? Eso es sueño, pero materializado. Es una solidaridad
que se expresa en hechos, no en postulados. »¿Saben
porqué digo esto? Porque ese monumento a Lennon no es un monumento al
artista, sino al pacifista. Yo acepto que la gente tiene derecho a ser fanático
en lo artístico, pero tenemos que saber separar la simpatía y la dimensión
artística de un sujeto con su representatividad en otros terrenos. »Incluso,
me parece que es una idea un poco bastante peregrina –¿Se
justifica la presencia de un monumento a Lennon en La Habana? –le
preguntó la conductora y directora del programa, Loly Estévez, después
de que cada uno de los invitados dio sus puntos de vista. –A
mí hay que aclararme si es un monumento al artista o al pacifista, porque
como artista podemos medir su obra, pero su condición de pacifista verbal
también la podemos ponderar. Porque, además, impugnar una guerra a la
cual él pudo ser arrastrado, mientras tanto hay pueblos que tienen que
liberar guerras de liberación y otros que tienen que soportar guerras de
agresión, como fue el caso nuestro, ¿qué guerra estuvo impugnando
Lennon o quien fuera? Hay que definir eso, porque ser pacifista con relación
a la guerra a la que me pueden arrastrar a mí es una cosa, y ser
pacifista como principio de humanismo y civilización es otra »Pero,
además, yo vi nacer esta idea en la UNEAC y sé que Sacha, Pavón,
Serguera o la política cultural revolucionaria por
Yoani Sánchez (La Habana) Las
únicas víctimas del pavonato no fueron los escritores, poetas y críticos
que vieron frustrada su creación, tachado un párrafo o prohibido un
libro, sino también todos aquellos que debíamos haber consumido y bebido
del cauce natural de la cultura cubana; pero que tuvimos al final un
producto parametrado y esquemático, con el cual apenas si nos
identificamos. Los que debimos crecer aprendiendo en las escuelas textos
de Virgilio, de Cabrera Infante y de Gastón Baquero, vimos reducido el
espectro a los incuestionables nombres de la cultura decimonónica y a los
textos del intachable Manuel Cofiño, cuyos cuentos y novelas no
resultaban incómodos para los censores. Me
pregunto que sería ahora de nosotros si además del verso –repetido
hasta el cansancio- de “tengo lo que tenía que tener” hubiéramos
contado con el grito desgarrado de “la maldita circunstancia del agua
por todas partes”. Quizás seríamos más tolerantes, aceptaríamos
mejor la diferencia; pues toda mutilación y censura termina por conformar
en el receptor una mentalidad plana y en una sola dimensión, que se
asusta cuando descubre todo lo que se le ha ocultado o negado. Varias
generaciones formadas y nutridas con la rigurosa selección de “dentro
de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, terminaron por
considerar la producción artística como propiedad de otros, a quienes se
les otorgó el derecho de decantar y filtrar lo que posteriormente íbamos
a conocer. Ese es quizás (parafraseando a Dagoberto Valdés) uno de los
daños antropológicos más importantes causados por la censura
revolucionaria. Para
los iniciadores de esta polémica resulta fácil señalar y nombrar a los
causantes de muchos de sus males, pero no podemos hacer lo mismo los
millones de cubanos que carecimos, sin siquiera saber que había algo más,
de lo que nos correspondía por el sólo hecho de haber nacido en esta
tierra rica en talentos artísticos y literarios. Para mis contemporáneos,
nombres como Pavón, Serguera o Quesada, sólo son crípticas referencias
entre académicos, pues para nosotros la sombra de la parametración y las
tijeras del quinquenio gris, no tenían un nombre en específico, sino que
se identificaban con la política cultural de la Revolución. A veces la
inocencia puede ser sabia. Esa
misma política cultural inundó nuestras mentes infantiles con dibujos
animados soviéticos que devorábamos sin saber exactamente qué era una
estepa, un álamo o un zorro. Privilegió la obra de Guillén sobre la de
Eliseo Diego; hizo que Martí nos pareciera –a fuerza de
descontextualizarlo y manipularlo- una figura aburrida. En la pretensión
de hacernos el pueblo más culto del mundo, nos atragantaron de
conocimientos, pero no nos enseñaron a debatir, a reflexionar ni a
escuchar al otro. Repetimos y calcamos el estilo de los discursos políticos
y convertimos al arte y a la cultura en un “arma de lucha”.
Algunos
responsables de esta política ya fueron levantados de sus sillas, pero
los cargos que ellos ocupaban no han sido removidos de la estructura. Cuál
otro Pavón o qué nuevo Papito Serguera acechan detrás de la actual
producción literaria y televisiva cubana. Cuál de sus, ya permanentes,
tentáculos determina que el Noticiero Nacional de Televisión sea la
burda caricatura del “todo está bien adentro y todo mal afuera”. Cómo
es posible que todavía hoy, los pocos espacios de reflexión y debate de
la pequeña pantalla se reduzcan a la simplicidad de si es mejor el regetón
o la trova, o si la moda es una banalidad o una necesidad. Con tantas
cosas por debatir, es frustrante que se dedique cada día una hora y media
a ese sordo soliloquio que se llama la Mesa Redonda, donde los
participantes se desgañitan queriendo parecer cada uno más
revolucionario que el otro. Es lamentable el constante mirar la paja en el
ojo del vecino del norte, mientras la viga del nuestro nos crucifica o
aplasta. Si
el quinquenio gris ya pasó, por qué no nos reunimos para llorar la
muerte de Cabrera Infante y hacer la autocrítica de la atrocidad que lo
llevó al exilio y lo empujó a su “Mea Cuba”. Qué nuevo Pavón prohíbe
que las novelas de Zoe Valdés se vendan dentro de Cuba, para que nosotros
podamos valorar su verdadero peso artístico y no tengamos que esperar que
el Ministro de Cultura las descarte en nuestro nombre. La larga sombra del
pavonato nos quita todavía el disfrute de las novelas de Jesús Díaz,
cubano hasta los tuétanos, sólo porque algunos han confundido cultura
con Revolución y en ese entuerto han terminado por parametrar no sólo al
arte, sino a todos los cubanos en categorías esquemáticas como
“revolucionario”, “gusano”, “marioneta del imperialismo” y
otras tantas burradas, como si nosotros no fuéramos, al igual que nuestra
cultura, un múltiple, extenso y variopinto caudal. Resulta
significativo que todo este debate se haya desarrollado, precisamente, por
correo electrónico, pues - sin ser esa la intención- es una manera de
excluirlo y aislarlo del gran público, que no tiene la dicha de contar
con una dirección electrónica “.cult.cu” y es incapaz de pagar los
prohibitivos precios del acceso a Internet. Si la vía de los
“emilios” es el escalón más elevado con que cuenten los
intelectuales cubanos para realizar una polémica, eso demuestra que los
otros medios les están vedados. Cómo pueden ser ellos la conciencia crítica
de una nación si apenas pueden hacer llegar sus opiniones a quienes la
conforman. Si
la intolerancia y el desenfreno que movieron al ex fiscal, director del
ICRT, ya son polvo sobre polvo, quiénes entonces condenaron al periodista
Adolfo Sánchez Saínz a 15 años de cárcel, por escribir lo que pensaba.
Si el pavonato ya pasó y lo de Serguera es un mal recuerdo, por qué
nadie nos regala en la radio nacional la cálida voz de Celia Cruz, para
que nos sacuda con aquello de “sin permiso no se puede cortar”, como
tampoco se puede podar y cercenar el espontáneo brote de nuestra cultura.
Quiénes aupan y mantienen el cerco a los que editan desde dentro de Cuba
la revista digital Consenso. Cuál discípulo de Pavón y Serguera, está
detrás de la expulsión de Antonio José Ponte de la UNEAC, detrás de
los comisarios que manosean y descartan ciertos libros en cada editorial,
de los profesores universitarios que blanden su autoridad para aplastar
los criterios “peligrosos” que surgen entre sus alumnos, de los
dirigentes políticos que sugieren entre sus subordinados que hay que
“salirle al paso” a los que piensen diferente. Aprovechemos
esta oportunidad que se nos
abre para debatir sobre temas que no son exclusivos ni de los
intelectuales, ni de los cubanos radicados en la isla y mucho menos de los
revolucionarios. El debate debe incluir a todos los sectores de nuestra
sociedad, debe dar espacio a las críticas, a las catarsis colectivas y
privadas que han aguardado tanto tiempo. Debe valorar y criticar no sólo
las estructuras culturales sino también las de orden político y
gubernamental, pasando por el tan debilitado entramado cívico. Hay que
sumar a esta polémica a los verdaderos propietarios de la cultura, a los
que agobiados por los problemas del cada día y desengañados por no
verlos reflejados en los medios, han optado por enajenarse de la producción
cultural cubana. Detener este debate tan necesario sería censurar como
Pavón; es volver a prohibir como Serguera y parametrar como Quesada. Basta
ya, de separarnos, enfrentarnos y predisponernos los unos contra los
otros. Ustedes, que comenzaron la polémica, nos deben a mí -y a los jóvenes
como yo- el no dejar que nos cercenen nuestra cultura, nosotros, a su
vez, se lo debemos a nuestros hijos. Ese es el único “parámetro”
que no podemos incumplir. A:
Reynaldo González De
Marina Ochoa Ante
todo pido disculpas por entrar tan tarde al debate. Tengo la vida bastante
complicada precisamente por el clima de indiferencia, incapacidad y/o
corrupción que estoy constatando en todas las instancias
del “aparato” de la Vivienda. ¡Estoy
horrorizada! Y hago mención de ello porque mi criterio es que lo que acabó
con el socialismo de los países de Este fue la impune
mezcla de intereses de los que se hicieron millonarios durante el
socialismo, oportunismo, corrupción y represión Impunidad criminal
gracias a la ausencia de espacios para
la crítica, el debate y de cultura crítica, por supuesto. Gorbachov y
Eltsin solo le dieron el tiro
de gracia… todos debemos reflexionar sobre esto y a los que les
corresponde, actuar en consecuencia. No
soy una teórica y te hablo
desde mis principios y vivencias. Creo
que es el momento de irse a las esencias o mejor dicho a otras esencias. Y
voy a referirme al impacto en primera instancia, desmoralizador de la
represión. A la confusión y paralización que produce. Eso explicaría
en parte que la respuesta desde la cultura, en muchas ocasiones,
no haya tenido la consistencia necesaria. Yo
conozco bien de esto. Las asambleas de depuración de la Escuela de
Arquitectura (segundo quinquenio de
los 60) me produjeron, en plena adolescencia un verdadero terror y confusión.
La falta de correspondencia entre el discurso político pleno de conceptos
elevados y la bajeza de la praxis me apabulló No entendía nada, no podía
articular nada. Conocí el sabor de la impotencia. Muchos de los
integrantes de los tribunales de “depuración” están en el exilio.
“!Depuración”, por Dios, parece importado del fascismo! Más
tarde, en los 70, fue en la Escuela de periodismo. Yo era alumna de
Eduardo Heras y volvió a repetirse lo
mismo. En
ambos momento devaluar la esencia humana de los emplazados era parte de la
estrategia. Luego
vino un período en que parecíamos que habíamos sufrido una suerte de
amnesia colectiva, de la cual no queríamos despertar
para no pasarnos la cuenta de nuestra ¿debilidad?
Y luego, un nuevo golpe bajo con Alicia…frustrado porque fue
respondido por los cineastas
y por los miembros de la cultura que nos apoyaron con principios, unidad,
coherencia y firmeza. Nosotros
logramos salvar las
diferencias entre nosotros, que existen, como en todas partes y nos Ahora
pregunto a los que emplazan a nuestros intelectuales por no dar respuestas
“enérgicas” en su momento, ¿es más meritorio marchar al exilio,
elección que es un derecho que no cuestiono, que recoger los fragmentos
de nuestras esencias, sensibilidades, ilusiones, e incluso de nuestro ser
revolucionario y quedarnos aquí, luchando a nuestra manera, como se
pueda, y como no se pueda también por rescatar un proyecto cultural en el
que creemos? Hay que respetar la manera de bregar de cada uno, porque
en todos los casos han sido producto de procesos traumáticos que
nos ha sobrepasado. Creo
que debemos expresar clara y coherentemente a que país aspiramos, a qué
cultura. Por esto propongo retomar los
presupuestos que estuvieron presente en el período fundador de la cultura
de la Revolución, desvirtuados más tarde por las interpretaciones
coyunturales, obtusas, oportunistas y
convenientes de las Palabras a los Intelectuales, que lamentablemente se
prestan para eso por adolecer del mal de la falta de definición de
conceptos. Retomar
“la inclinación por las vanguardias, la autonomía de la expresión, la
independencia de las evoluciones individuales, la búsqueda de las raices
de la sensibilidad creadora y el intento de poner de manifiesto los
valores espirituales del hombre”, presente en Orígenes”y lo que Carlos Rafael Rodríguez, (¡Ojo!, sobrenombrado el
“príncipe del marxismo cubano
“) expresó el 23 de marzo de 1982, en el 30 aniversario de la fundación
de la sociedad Nuestro Tiempo: “La cultura nacional lo es en la medida
en que la esencia propia sea capaz de expresarse de los modos más disímiles
y universales. Si se profundiza bien en la nación propia se llega por ese
camino a la otra parte, al encuentro con los demás. No a la
transculturación ni a la cultura transnacional sino a una cultura propia,
atravesada por todas las corrientes de la época … cultura comprometida
estética y políticamente pero con amplitud cultural, sin dogmatismos
infecundos ni presencia sectaria que cierre los caminos" es mi
propuesta. La conciliación entre vanguardia política y vanguardia artística
solo es posible en un ambiente cultural
donde se logre la cohesión a partir de la confrontación entre
criterios diferentes y sobre la base de “la lealtad a su propio tiempo,
a sus potencialidades intelectuales y artísticas, a sus compromisos
revolucionarios y humanos” Creo
que hay que alejar de nuestra vida cultural y política el “coco” de
la glasnot . La permanencia de la Revolución cubana es un síntoma
de que nuestras “especifidades” son más fuertes que nuestras
“regularidades”. No se puede aplazar más la cultura del ejercicio del
criterio, del debate o lo pagaremos caro, aún más caro que hasta ahora.
Nuestro pueblo es el pueblo más indefenso del mundo ante la avalancha de
la cultura neolibreral. Se modeló con esmero su dramaturgia pasiva
como receptor. Como consumidor en
todos los sentidos, de lo que le den. La
batalla de ideas debe ser eso: batalla y creo que este debate ilustra como
ninguno lo que debiera ser. Espero
haber contribuido en algo a este debate. Un
abrazo grande Marina |
Gentileza de Luis D. Gutiérrez Espinoza (Perú)
|
Ir a índice de América |
Ir a índice de Cuba |
Ir a página inicio |
Ir a mapa del sitio |