Intelectuales en debate en este 2007
Parte II

Gentileza de Luis D. Gutiérrez Espinoza (Perú)

 

Como una necesidad de que no se pierdan las ideas manifestadas por todo, este archivo único abarca los mensajes que circularon hasta la salida de la declaración del secretariado de la UNEAC. Si alguno ve una errata o una pifia, por favor arreglelo. Arreglar es “tarea de todos”. Y agregar lo que falte también.

 

pronostican un año más caliente

Querida amiga, me he quedado asombrado por todas las ideas que se mueven por estos días en el ámbito intelectual. Parece que la TV para agasajar a los artistas cubanos en el nuevo año y a  la comidilla intelectual, en lugar de un pavo, les ofreció un "Pavón". A esta hora, me imagino  que esos dirigentes mediáticos anden por esos pasillos-y ante tantas cartas encendidas- corriendo como ratas, con la fe que los caracteriza ( fe de ratas) y justificando que lo de Pavon fue un "error de impronta".

Parece que en el afán de retransmitir cosas viejas, están retransmitiendo también viejos errores. Lo de Papito Serguera el otro día fue sólo en calidad de avance, y si de avances se trata yo lo habría puesto en un programa de ciencia ysalud, como un avance de la Liga Contra la "Cerguera".y las maravillas de operar con láser...con láser-veza en la mano....

A raíz de todo esto que está pasando he hecho el compromiso de convertirme este año en un voraz (espera que ya voraz) televidente y no perder ni por un segundo nada de lo que nuestros funcionarios de la TV se enorgullecen en mostrar en la pantalla chica porque... mira me perdí La impronta y fue algo improntante y me perdí el diálogo abierto con Quesada, al que no padecí por suerte en persona, pero padecemos todavía a sus discípulos .El enturbió los sueños de muchos artistas  que vieron reducir sus sueños a verdaderas "quesadillas" (mezcla de plato mexicano donde el queso se funde y el mal dormir) En ambos casos terminas fundido.

Por lo pronto veo que se avecina un gran reality show y por qué no, en cualquier momento podremos ver un programa con los enemigos más solicitados de la semana. Yo, por si acaso, ya estoy haciendo mi listica y para no perder tiempo mañana mismo enviaré a "Contra el Olvido" mi primera carta. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. Quién quita que el programa resulte un éxito y los mejores enemigos vayan a una competencia mensual, anual o quinquenal, como los enemigos que todavía se recuerdan del "quinquenio gris".

Como ves los meteorólogos no se equivocaron al pronosticar un año muy, pero muy caliente.

Un abrazo y por favor no circules este mensaje y si lo haces trata de que sea al mayor número de personas posible.

Un beso Doime.

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De Aries Morales

Respuesta a lo que no considero a estas alturas una polémica:
Desiderio, me ha llegado en el día de ayer, toda esta información, algo sobre lo que no considero una polémica, pues no hay forma de polemizar con lo que es tan justo y obvio. Era en los 60s una joven inquieta, intelectual, distinta, diferente y por supuesto bastante conflictiva como tu bien me conociste, que padecí de la feroz batida de Papito Serguera, cuando en el año 67 me encontraba trabajando ya como musicalizadora, en la emisora Radio Liberación, una emisora nacional con un perfil cultural, imagínate lo que pasé, las contradicciones que viví, cuando ni siquiera el jazz podía ser utilizado en mi trabajo, y  que decir de los Beatles, sufrimiento que todos padecimos. Aún recuerdo las críticas que me hizo Papito personalmente cuando aparecí en los créditos del Programa "Mientras tanto" junto a Silvio Rodríguez, (si recuerdas, yo era la muchacha que aparecía en los créditos tomada de la mano con Silvio, por toda la ciudad). Lo que se desencadenó por este grupo, horror y misterio que incluyó a la UMAP, represión, persecuciones, no puedo olvidar a Ana Lasalle cortándome el pelo en Copelia, acción que me costó pasar varios días en la estación de Zapata y Dos, en fin, éramos tan jóvenes... que no nos queremos acordar y por supuesto no podemos permitir que se repitan estos hechos. Años después, cuando pensábamos que todo se había estabilizado, muchos de los mismos jóvenes sufrimos el período de Aldana, por supuesto ya no tan obvio, y ya no tan jóvenes, pero nos hizo a muchos salirnos de la radio por actitudes similares a las anteriores. Ahora, en el momento en que toda la intelectualidad  cubana debe unir fuerzas a favor de la integración nacional, a favor de la estabilidad de la nación, no se puede permitir ningún tipo de amenaza,  porque así hay que considerarlo, una amenaza a la cultura nacional. Aún se encuentra por los pasillos de la televisión nacional Armando Quesada, es que acaso  podemos olvidar el Quesadato?, el teatro cubano es antes y después del Quesadato. No tendrá él que ver con estas trasmisiones?. Cómo una institución puede confiar en una persona que destruyó a tantos y tantos creadores, eso me preguntaba cuando hasta hace apenas dos años, me encontraba ocupando la plaza de Especialista principal de Teatro en la Televisión Cubana, (de la cual me jubilé prontamente) y tropezaba con algunos de estos antiguos dirigentes. Conozco jóvenes inquietos que se encuentran haciendo un gran esfuerzo por ser escuchados artísticamente dentro de la televisión, conozco que además, se han constituido Grupos de Creación que efectivamente se reúnen semanalmente para el análisis de la programación, considero importante que estas valoraciones que estamos haciendo deben llegar a los Grupos creativos donde hay jóvenes creadores que estoy segura desconocen nuestra historia, la historia de  los artistas, poetas, escritores, realizadores que un día  transitamos por estas pantallas, por estos medios y nos aplastaron como cucarachas. Es significativo que aún haya temas que importan a la población que no se han tocado, ya Fresa y Chocolate es un clásico del cine universal, y aún la Televisión cubana  no se ha decidido a estrenarla. Así que por supuesto ni esperar que un día nuestro pueblo pueda disfrutar de la genial apología a la ciudad de Fernando Pérez, Suite Habana. Se ha visto como "algo excepcional" el tratamiento de algunos temas escabrosos tratados en alguna que otra novela últimamente. En fin de qué estamos hablando, Es como si fuera otro país, otro tipo de cubano el  que se refleja en pantalla, en esta pantalla donde aún no estamos reflejando con toda la capacidad necesaria debates sobre racialidad y racismo, homofobia, entre otras discriminaciones. Es por ello que es tan importante esta reflexión, es por ello que no se puede permitir que avancen los que sabemos, desde hace tantos y tantos años, muchos ya, quienes son los verdaderos enemigos de la  cultura nacional, los verdaderos enemigos de los artistas y el arte más progresista. Es por ello que los jóvenes realizadores deben conocer la verdadera trascendencia de este hecho, y el peligro que implica la  nueva aparición de estos personajes en la escena de la cultura nacional. Debates como este hay que enfrentarlos con la honestidad y valentía de los que estamos trabajando en este país por una cultura mejor, por un futuro mas funcional a nuestro pueblo. Aries Morales Desiderio Navarro
<criterio@cubarte.cult.cu>:
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Gris, gris, ¿el quinquenio es gris?

(Ejemplo de lo acaecido por causa de’l reςelo que fizo una grabadora mal enςendida)

  Ahora que, convocados por Criterios, un grupo de brillantes intelectuales cubanos encabezará la muy necesaria reflexión acerca del Quinquenio Gris y que la intelectualidad nacional de dentro y fuera (definitivamente y pésele a quien le pese, esos adverbios se han hecho menos distantes en los últimos tiempos) se entrega combativa a teorizar al respecto, quiero decir qué ha sido para mí el desmatizado y temporalmente vago quinquenio. Lo hago porque no podré estar presente en los debates organizados por Criterios y porque hace años quería contarme esta historia, como quien espanta un insecto incómodo y persistente o exorciza un recuerdo que, a fuerza de robustecerse en su contacto con una realidad que no cede, se niega a palidecer con el curso de los años y el advenimiento de la desmemoria senil.

En septiembre de 1975 tenía aún 21 años y estudiaba Letras en la Universidad de Oriente. Los que conocen el escenario saben que el extremo oriental cubano es la parte del país que ha recibido con mayor fuerza no solo los escasos eventos sísmicos que a veces nos remecen, sino también los períodos de rectificación de errores, las etapas de reafirmación revolucionaria, las profundizaciones ideológicas de diverso tipo y cualquier otro ajuste o apriete de tornillo de los muchos ocurridos durante el último casi medio siglo cubano. La Universidad de Oriente fue duramente castigada por estremecimientos de esa clase entre 1968 y los primeros años setenta, una historia en la que tomaron parte (y sufrieron) amigos intelectuales que encontré a mi llegada a la alta casa de estudios y con algunos de los cuales fundaría luego la Casa del Caribe. Pero esa es otra historia.

Resulta que en septiembre de 1975 un grupo de escritores radicados en La Habana (es decir, nacionales) y miembros de la UNEAC visitaron el taller literario de la Facultad de Humanidades. Yo no pertenecía al taller (nunca pertenecí a ninguno) pero fui al encuentro, curioso por ver y escuchar a los escritores consagrados. La directiva del taller había impreso (en mimeógrafo, como correspondía a la aldea aún no global) un folletito con obras de los talleristas, y así se llegó a la noche esperada. Todavía puedo ver el salón, en el Decanato de Humanidades: no demasiado grande, con una mesa oval (la misma que luego este humilde servidor trasladaría a uno de los cuentos de Un tigre perfumado sobre mi huella) alrededor de la cual nos sentamos: los aprendices en una cabeza y los escritores nacionales desplegados como un tribunal sapiente y magnánimo, siguiendo la ya mencionada disposición oval.

Todo en principio transcurrió normalmente (las presentaciones, los primeros intercambios, las bromas típicas de esos encuentros, las indicaciones de cómo se desarrollaría la actividad), hasta que el azar hizo concurrir dos hechos aparentemente desconectados. El primero y decisivo corrió del lado de la falta de malicia. Cuando se abrió la lectura de los materiales acopiados entre los miembros del taller, alguien de su directiva colocó una grabadora en el centro de la mesa. Para grabar las opiniones de los experimentados escritores, aclaró, toda vez que así podrían ser estudiadas luego por los neófitos presentes y ausentes. Era una grabadora de cinta y, ahora que la miro desde el tiempo transcurrido y los modernos microchips, me doy cuenta de que se ha ido haciendo más tosca, más imponente, más antediluviana.

El segundo hecho traía también su toque de ingenuidad, aunque en otra dimensión. En el folleto preparado por el taller, más bien hacia el final, aparecía un poema que había sido favorecido con alguna circulación entre el alumnado de Letras. No tanto por su calidad, sino más bien por la persona a quien estaba dedicado: el profesor Ricardo Repilado. Muchos de los que estudiamos en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente por aquellos tiempos hemos reconocido la deuda discipular que tenemos con el Repi, pero también recordamos su estricta disciplina, su cortante ironía y la culta exigencia que imperaba en sus clases. Pues, como Repilado era por norma el último que entraba a su aula y al parecer había dejado fuera varias veces a cierto estudiante con aspiraciones de poeta, este último le dedicó un breve poema bajo el título de “Los poetas llegan tarde a clases”. ¿Quién podía suponer que esta leve venganza estudiantil se convertiría en explosivo detonante ideológico al casual encuentro con una grabadora? Nosotros no.

Aun cuando en la actividad se había establecido la regla de que solo serían debatidos los textos de aquellos talleristas que estuvieran presentes (y el autor del poema antes señalado no estaba), a media sesión uno de los visitantes, escritor con enorme poder por aquella época en la UNEAC, alzó su mano y dijo que había leído en el folleto un texto que él no podía dejar de comentar. Y ahí mismo se largó una encendida diatriba contra la actitud elitista de aquel autor, que por escribir poesía se consideraba diferente al resto de sus compañeros y exigía un trato distinto. Así comenzaban las desviaciones de los intelectuales que, como en el caso de Heberto Padilla, terminaban en la traición, el hipercriticismo pequeño burgués, etc., etc.

Se produjo un momento de honda estupefacción, pero únicamente entre los principiantes. Con extrema celeridad y durante casi una hora, cada uno de los avezados escritores visitantes fue tomando la palabra según el orden que ocupaban en torno a la mesa y declarando enfáticamente ante el monótono girar de los carretes de la grabadora su rechazo a aquella terrible actitud elitista de los intelectuales que se iban alejado del pueblo y terminaban haciéndole el juego al enemigo. Uno a uno y sin pausa, aquellos adultos (algunos tendrían hijos de nuestra edad o poco menos), profesionales de la escritura (se suponía, se suponía), llenos de libros publicados y premios recibidos repetían los mismos argumentos, casi con las mismas palabras, no para grabárnoslas por insistencia, sino para dejar grabado en la cinta magnetofónica el testimonio de su espíritu combativo.

Al joven de 21 años que entonces era le costó mucho trabajo entender lo que estaba pasando, y si no salí de allí directo a pedir una cita con el psiquiatra, fue porque a la hora de recoger los bates Grillo Longoria (que era o había sido hasta fecha muy reciente Fiscal de la República) echó mano a su mejor tono de abuelo comprensivo para preguntar a sus colegas si no estaban siendo demasiado suspicaces y convirtiendo en terrible acto de traición ideológica el poema escrito por un estudiante universitario a quien le costaba trabajo levantarse temprano. La comprensión total de lo sucedido y del protagonismo que la grabadora había tenido esa noche me llegó al día siguiente, en conversación con el poeta guantanamero Marino Wilson Jay, quien no había podido asistir a la actividad. No pocos de los escritores invitados esa noche y la inmensa mayoría de los entonces jóvenes anfitriones aún viven.

Cuando escucho el término Quinquenio Gris, indefectiblemente revive en mi memoria esa noche: la tensión que cuajó el ambiente, el miedo meticuloso que corría por debajo de las palabras, la autocensura irracional que nublaba la inteligencia de aquellos hombres y no les permitía reconocer los límites del absurdo. Solo que, honradamente, para mí no se trata de un recuerdo ya distante por treinta años de andadura. Esa noche vuelve a ocurrir cada vez que tropiezo con el virus más beligerante y nocivo que padece la intelectualidad cubana, la cautela; cada vez que alguien se pregunta (o me pregunta) si actuar de cierta manera sería conveniente; cada vez que observo cómo intelectuales hasta ayer políticamente correctos y muy cuidadosos de sus opiniones en Cuba, se convierten en recalcitrantes acusadores de sus compañeros una vez situados en la otra orilla y conscientes de hacia dónde soplan los aires de la conveniencia; cada vez que (incluso acá, en Santo Domingo) algún colega me ofrece el silencio como opción menos comprometedora o me recuerda que ya no estoy obligado a opinar. Por eso escribí en el mensaje enviado a Desiderio Navarro hace una semana que el rechazo a la reaparición de Luis Pavón (y lo que él representa) no atañía solo a quienes habían sido directamente afectados por los gendarmes culturales de entonces, sino a todos los intelectuales cubanos con dignidad.

Creo haber estado presente en un momento definitorio para la cristalización de la etiqueta Quinquenio Gris, durante el Encuentro de Narrativa Cubana que ayudé a organizar (junto a Jorge Luis Hernández y Aida Bahr) en el Santiago de Cuba de 1980. Ambrosio Fornet fue un intelectual clave en aquellos encuentros y también para la recuperación de nuestra generación, esa que llegó a los veinte años en los fragores del período nefasto. Pienso que el ensayista intentaba signar con su denominación una época de cierre, dogmatismo, persecución y unanimidad fabricada desde la exclusión y el sometimiento; una época entonces muy cercana, que era necesario conjurar para seguir adelante y crecer como personas y como escritores. Había que trazar una línea divisoria, y en ese sentido creo que sirvió el nombre. Aquellos debates sostenidos en medio del calor santiaguero de 1980 (en parte de los cuales participó Armando Hart, entonces ministro de Cultura) aceleraron la publicación de algunas de las novelas más interesantes de los años ochenta en Cuba, incluyendo títulos que habían permanecido entrampados por la censura, como Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz.

En la última de aquellas jornadas santiagueras, celebrada en 1988, volvió a debatirse en torno al ya famoso quinquenio y su proyección en los años posteriores, entonces con mejor perspectiva y la participación de jóvenes narradores que habían emergido en los ochenta. De manera no planificada, las discusiones terminaron con la elaboración y firma de un documento de protesta por la golpiza que dos o tres días antes miembros del MININT habían propinado a un grupo de poetas reunidos en Matanzas, lo que dejó muy en claro (si para alguien hubiera permanecido oscuro) que no habíamos estado haciendo la metódica disección de un fósil atrapado bajo las capas geológicas del olvido.

Por eso, porque el debate en torno a aquel período puede servir otra vez de punto de partida para reconocer el presente y otear hacia el futuro, me parece totalmente oportuna la actual invitación a reexaminar el quinquenio, su verdadera extensión o la intensidad real de su grisura; cuántas veces su impronta (para usar una palabra súbitamente de moda) ha resurgido después o las formas en que muchos de sus procedimientos se han mimetizado para continuar actuando con total virulencia. Pero siempre que el análisis no se detenga en una tajante dicotomía de víctimas y victimarios, siempre que no se excluya el examen de la responsabilidad que el sector intelectual ha tenido en todo esto, la manera en que se mantiene fértil la semilla de cautela, doble moral, sometimiento y oportunismo que el llamado Quinquenio Gris sembró, como si los carretes ominosos de aquella grabadora amenazaran con seguir girando por los siglos de los siglos.

 

José M. Fernández Pequeño

 

 YO TUVE UN SUEÑO...

 

Confieso que no soy buen televidente. La televisión me resulta aburrida, pues casi con los títulos de los programas puedo adivinar el final. Sin embargo, creo que últimamente, además de aburrida, está dando señales raras. Cuando me enteré de que Jorge Serguera había aparecido en La diferencia, no le presté mucha atención, pues pensé que no merecía la pena ni un comentario. Cuando reapareció Luis Pavón en Impronta, comencé a preocuparme, aunque tengo confianza en que estas extrañas coincidencias no anuncien un cambio de orientación en la política cultural de la Revolución. Sin embargo, en una reflexión más pausada y teniendo en cuenta otras informaciones, creo que dado el momento en que nos encontramos y ante un público joven o poco informado, valdría la pena dejar mi opinión. Es la primera vez que lo hago por este medio, pues sigo pertenenciendo a la Galaxia Gutenberg.

No se trata ni de Serguera ni de Pavón, sino de lo que representan: son las ideas deformadas, las cavernícolas doctrinas, los pésimos métodos, y especialmente "la diferencia" y "la impronta" que dejaron. Tiene razón Desiderio cuando declara que el silencio y la pasividad, especialmente en estos momentos, pueden resultar complicidad. No me gusta mucho participar en las polémicas, porque muchas veces terminan en ofensas personales que nada tienen que ver con la madurez y la responsabilidad que exige el debate cultural. Sin embargo, me acosté pensando en eso, y tuve un sueño... Un sueño en el que Serguera, Pavón o Quesada comparecían en televisión, pero también Silvio, y Pablo, y Leo, y Estorino, y Arrufat, y Reynaldo, y Pablo Armando, y César, y Ramiro Guerra, civilizadamente, como suelen hacerlo, expresaban su opinión sobre el saldo de sus desempeños. Yo soñaba con la libertad inherente al verdadero Socialismo, el que Fidel ha dejado abonado para que fertilice en el siglo XXI; la libertad cuyo exceso el propio Fidel dijo preferir a su carencia.

En mi sueño, estaban definitivamente enterradas todas las rémoras de los fracasados socialismos que se "desmerengaron" en el siglo XX, entre otras causas, por la falta de esa libertad. En mi sueño no se dudaba en llevar a un revolucionario a la televisión, o a la radio, porque los medios divulgaban logros pero también analizaban insatisfacciones, y acogían a los diferentes tipos de revolucionarios que están haciendo la Revolución todos los días, ahora mismo, y no promovían solo el triunfalismo, no pocas veces máscara del oportunismo. En mi sueño se profundizaba en la realidad social, con respeto pero con valentía, con un humanismo que no navegaba en la superficie, sino que se sumergía en la profundidad; los voceros oficiales asumían su trabajo sin sonrojos, dignificándolo, pero los demás no tenían por qué serlo, o creerse serlo, o intentar serlo. En mi sueño se suprimía el lenguaje esotérico e impersonal, las personas morían de cáncer y no de una "larga y penosa enfermedad", de un infarto del miocardio y no de una "repentina enfermedad"; no había ambigüedades autorales; se exponían todos los argumentos, y si se respondía a algo, o a alguien, primero se daban a conocer los criterios --o las infamias-- de ese algo o de ese alguien; al pueblo más culto del mundo no se le trataba como a parvulitos. En mi sueño nunca era suicida decir la verdad, discrepar desde posiciones honestas; no había que hacerles caso a los anónimos porque no se daban motivos para su existencia, excepto la cobardía y la bajeza del remitente. La "doble moral" era, sencillamente, inmoralidad, y la mayor de todas las contrarrevoluciones posibles, la cobardía. En mi sueño no se enganchaban en el carro de la crítica al "pavonato" o al "serguerato", sergueritas y pavoncitos prestos a marcar en todas las colas, y no podía ser así porque corrían el riesgo de ser desemascarados; y se les enseñaba a las más nuevas generaciones que no se es más revolucionario cuanto más "talibán" se sea, sino cuando con mayor decencia y honestidad se actúe. En mi sueño los dirigentes de todos los niveles, como servidores públicos que son, aparecían en pantalla también para decir que se habían equivocado, que habían cometido un error, que se disculpaban por los males ocasionados, que les ofrecían excusas a los perjudicados por las consecuencias de sus desconocimientos, de sus debilidades o de sus negligencias. Las rendiciones de cuenta salían del confesionario, la autocrítica no era un padrenuestro absolutorio, la crítica no se podía confundir con la vileza. En mi sueño... bueno ahí desperté.

 JUAN NICOLÁS PADRÓN

 Nota: Como fuiste tú quien me enviaste esta seguidilla, te agradecería que la continuaras.

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Me apresuro en reenviar una carta que me parece muy importante. La he recibido por varias vías, pero prefiero re-direccionarla para evitar que alguien se sienta desinformado.  Si ya la han recibido, mejor. Aunque la carta de Mariela Castro Espí se halla dirigida a Reynaldo (González?),  deja muy claro su deseo de dar a conocer a todos sus ideas. Lo cual es una suerte. Espero que su participación sea más frecuente y estimule a otros a hacer lo mismo por esta vía del correo electrónico que, como sabemos, es una de las alternativas con que actualmente contamos, y que no debería ser (ni será) la única.  La piedra en el agua ha comenzado a tocar todas las orillas, en este caso, aquélla que --al menos para mí-- había permanecido remota, o que conocía sólo por "tradición oral".  Si algunos pensaron que esa piedra sólo iba a ser tragada por el torbellino, o que iba a regresar para partirnos la cabeza, es hora de alejar esa idea.

abrazos

Orlando Hernández

Estimado Reynaldo.

Camilo me pasó el debate porque sabe que me interesa y, por supuesto, deseo participar. No soy artista ni escritora, pero como cubana identificada con un proyecto social revolucionario que pretende conquistar toda la justicia me siento conmovida con estos comentarios y el temor a que se diluyan momentos de la historia, que aunque nos duelan y avergüencen, deberían analizarse profundamente para evitar que se repitan. Evidentemente las experiencias del pasado no fueron suficientemente esclarecidas, ni oportunamente normadas y eso es lo que me preocupa.

En mi opinión, estos programas de televisión muestran sólo la punta del iceberg y la reacción provocada responde a malestares más profundos que aún no tienen el respaldo necesario de nuestra sociedad, expresado en sus políticas. Esto es, justamente, lo que más me interesa, que a raíz de las inquietudes provocadas por los ¿descuidos? o ¿torpezas? de la programación televisiva, podamos analizar y discutir estilos de pensar, ambivalencias, ausencia de definiciones coherentes en la política institucional del ICRT que debe saber expresar nuestra política cultural, educacional, de la mujer, etc.

           Como militante del PCC, aspiro a una respuesta inteligente de la organización, en condición de facilitadora y coordinadora del debate, para que se consideren todas las inquietudes y sugerencias que responsablemente se hagan y podamos colaborar con este proceso dialéctico permanente y necesario, de abordar y elaborar las contradicciones inevitables de todos los procesos.

            Recibe mis afectuosos saludos,

            Mariela Castro Espín

Carta para no ser un espíritu prisionero 
Reina María Rodríguez, Ciudad de La Habana


lunes 15 de enero de 2007

Hará  unos  cuatro  años  leí  un  libro que bajo el título Un espíritu   prisionero,   publicado  por  Galaxia  Gutenberg  y traducido del ruso por Selma Ancira, recopila textos de Marina Tsvietáieva,  fragmentos  de  su  diario,  relatos  y  poemas. 

También  aparecen,  hacia  el  final de este libro, documentos extraídos de los archivos de la KGB. 

Un  espíritu  prisionero  trae una introducción que dice: "los escritores rusos, crecidos en espacios donde la libertad no ha abundado,  siempre se han sentido portadores de esta libertad; por  eso  su  suerte  casi  siempre  ha sido aciaga. La muerte temprana  de  Pushkin  y  Lérmontov,  la  locura  de Gógol, el cautiverio  de  Dostoievski,  la  censura  --fiel compañera de todos  ellos que tuteló con especial celo la obra de Tólstoi y Chéjov,  son  algunos  ejemplos del pasado". Y prosigue: "esta tradición  se  ha  visto  perfeccionada en la época soviética: años  de loas, de cantatas y también de silencios, prisiones y exterminios...".

Recordemos,  pienso  ahora,  a  Mandelshtam, a Pasternak, a la Ajmátova,  que  ni  siquiera  tuvo  un  cementerio.  No puedo, después de haber leído a estos autores y conocer cómo vivieron y  murieron  (Mayakovski, por ejemplo, y Marina, que se ahorcó en  Yelábuga), quedarme con los brazos cruzados ante algo que me  parece,  a la distancia de aquellos hechos, y en esta isla en  el  centro  del Caribe, una tragedia para la nación cubana que ya vivió expulsiones y censuras por los años setenta y aún sigue viviéndolas.

"¿Unas  condiciones favorables? --escribe Marina-- se sabe que para  el  artista  éstas  no  existen...  La vida misma es una condición   desfavorable...".   Pero  las  condiciones  pueden endurecerse  aún  más, y esto es lo que he sentido durante los últimos  días. Cuando me reuní en Estocolmo en el año 1994 con escritores  del  exilio,  comprendí  que  la  tragedia  de  la separación  no  se resolvía con eventos ni diálogos. Aquel mal (abierto  y  sin  cicatrizar) estaba allí, donde la venganza y los   remordimientos  habían  hecho  una  yaga  purulenta  que confiscaba  toda  posibilidad de cura. Los participantes de un lado  y del otro se insultaban primero dentro de la reunión, y se  abrazaban después en los pasillos, como si las dos orillas se  unieran en aquellos abrazos efímeros. Mi ingenuidad sirvió de  puente  para  entregar  a  Heberto  Padilla unos poemas de autores  jóvenes  desconocidos  por  él  (entre  ellos, los de Antonio  José Ponte) que Heberto usó después para una ponencia sobre  poesía  cubana que leyó en Madrid ese mismo año durante el encuentro "La Isla entera".

Pensé  que  sólo  cosas  como  los afectos y la poesía podrían borrar  el odio y los resentimientos, porque siempre he creído en  la escritura como un modo de salvación o terapia. Pues, ya que todos estábamos enfermos de paranoia (incluso, los que por ser  muy jóvenes no participamos directamente de las tensiones y  rupturas de los años setenta, cargábamos con ese fantasma y el  complejo  de  culpa de "no parecer revolucionarios" cuando opinábamos  o  hacíamos algo diferente). Teníamos que poner la pomada  contra el dolor, la letra en cursiva de la experiencia vivida  y  los  ejemplos  (a  la  que se refieren ahora tantas cartas  de estos últimos días), como una parte de la sanación: no  puede volver aquella época "dura", pero ¿cómo eliminar hoy las secuelas que todavía subsisten? ¿Cómo enfrentar sus causas sin examinar a fondo los motivos?

Al  entregar aquellos poemas de jóvenes desconocidos a Heberto Padilla  (que  quiso  venir  de visita a Cuba y siempre le fue negado  "el permiso", hasta que la muerte se lo otorgó), hacía un  acto  de  limpieza  personal  tratando  de comunicarme, de entendernos,  porque  no  podía  suceder  con  alguien de esta época,  lo  que  sucedió en el pasado, porque nosotros, creía, éramos diferentes.

Con  los  acontecimientos  de  febrero  del  2003,  después de discusiones  que tomaron un año en el seno del ejecutivo de la Unión  de  Escritores  y  la  final, pero rápida desactivación ("muerte  por  silenciador",  la llamo, sin derecho a tener un papel  por  escrito  ni  una apelación) de Antonio José Ponte, poeta,  narrador  y  ensayista,  escritor de la generación que sucede  a  la mía, la desesperación no me ha dejado tranquila.

Muy  pocos  no aceptaron aquella medida y la mayoría calló. Si silencio  esto ahora, sentiría una vergüenza que no me dejaría vivir  en paz. Si he trabajado por la cultura, es pensando que cualquier  desviación  hacia zonas de mutilaciones, censuras y métodos  represivos  para  los artistas serían abolidos con la confianza  en  el trabajo creador, que es la primera fuente de cultura  que  permite  la  proliferación  de  voces,  matices, estilos, ideas, todo en un haz diverso.

Cuando  recuerdo  las palabras de Lutero que Marina pone en su boca:  "¡No  me  he  de someter! ¡Nada ni nadie me ha de atar, porque el bien que más estimo es mi propia y libre voluntad de elegir,  pues  sin ella muere el espíritu!", pienso que eso es por  destino  el  único objetivo que tiene un escritor. Sé que ninguna   literatura   tiene  valor  si  nos  plegamos  a  las facilidades  o vanidades que de ella provienen sin sacrificios del  espíritu,  sin  opinión,  sin  carácter,  y si soportamos cualquier  herida hecha a un escritor, porque, ¿qué es la obra de  un  artista,  sino  un  pequeño  peldaño  en  la  escalera construida  por tantos otros? ¿Qué es un escritor, sino un pez hambriento que devora de otra carne, la sustancia? Un hueso de la  misma  vértebra, su juicio; ese verbo de su inconformidad, de la ruptura  entre  cuerda  floja  y abismo. Entre poder y realidad. Entre realidad y deseo.

"Desactivar" es una palabra ajena. Un escritor vive siempre de otros; se activa con otros, y no se desactiva, sin desactivar también  al  conjunto  con  los  que  se formó, compró libros, discutió  autores,  sus  vidas.  Para  el  arte  no existe ese término  que no pertenece al rango de lo estético. Un escritor que  ha emprendido esa tarea con su destino no se desactiva ni después de muerto, pero al hacerlo por decreto, nos desactivan en espíritu con él; en espíritu con los que habitan los libros que  él  nos prestó, las ideas y las historias que compartimos juntos.  Pues,  no  hay  reglamento  ni  código  que  ponga en práctica  esa  palabra  que  no puede existir más que para las bombas, las maquinarias, los artefactos, no para las voces de una  nación. Porque estaríamos desactivando toda la literatura acumulada con él (en él) y desmontando todo ese engranaje de pasado y sabiduría.

Escribo  esta  carta para recordar otras escenas en las que no participaron  Pavón  y  sus  acólitos,  pero  donde estuvieron presentes también. Se es cómplice de manera retroactiva. Se es cómplice  (hasta  sin  querer)  en  la futuridad. Hay imágenes pirograbadas en el interior de nuestras mentes que son modelos que  debemos  vencer. "Vigilar  y  castigar" son modelos que debemos vencer; miedos que debemos vencer para acercarnos al riesgo  de  la verdad. Horrores que debemos vencer y que no se vencen con formalidades, con compromisos, decretos, desactivaciones. La salida fácil y abrupta del ahora, será un hueco  negro  en  nuestras  cabezas, una oscuridad más, y toda dureza  pone  a  relieve  la  fragilidad de otro acto oscuro y tenebroso. Sólo  redes  extendidas  con  flexibilidad  harán posible un tejido sin grietas.

Odio  esta grieta en mi escritura, en mi vida. La grieta de la pérdida de la confianza; de la vida que otro está viviendo sin mí, en algún libro, en cualquier pasado que ahora recuerdo. Mi silencio determinaría también la atrocidad cometida, el dolor.

Obedezco  sólo  a los muertos ilustres de los anaqueles, a sus voces  que dicen: "todo lo que ha sido relatado es --infinito.

Así,  un  crimen  no  confesado,  por  ejemplo --continúa". No quiero  tener  mi espíritu prisionero, no hay prisión peor que esa, la del espíritu.  Uno  está  preso  en  uno  mismo, incapacitado  para  decir  o  hacer,  sentir  o pensar. Uno se convierte  en  un  títere,  en  un  zombi,  en  un mendigo. Un escritor no vale dos fragmentos de un periódico cualquiera. No hay  expulsión  para una obra; para cada detalle logrado de un oficio  que  cuesta  la  vida.  Cuidar la página, el poema, la opinión,  los  desafíos  a  la  realidad,  las  posturas  y la ambigüedad, incluso, las  equivocaciones,  las  diferencias políticas y los "No". Ese "non rifutto" del poema de Cavafis.

He  obtenido  algunos premios literarios, pido el premio mayor para  un  artista:  el del respeto por uno, en todos y por las diferencias. La  patria de un escritor es la misma, pero a la vez,  doble  y  distinta,  por  ser una patria también mental.

Sacarlo   de  esa  primera  patria  no  cuesta  mucho:  visas, permisos,  pasaportes,  es  fácil.  Sacarlo  de  la patria del escritor, no sostenerlo en ella, divorciarlo de su contexto es un  crimen  contra esa legión que vigila desde los anaqueles y por  ellos,  por  los  que  de  sus  libros no se podrán sacar ¡jamás!; por todos esos muertos que ya no juzgamos más que por sus  obras,  hay que sostenerlo, a uno, en muchos, a todos, en alguno, aunque cueste toneladas de diferencias y sutilezas.

Durante  noches  de  desvelos ha quedado claro dentro de mí el lugar  de  una  mancha  que  no  me  pertenece. ¡No quiero esa mancha!, la discutí con todos los argumentos que tuve en cada oportunidad, pero no quiero  ser  cómplice de ella, aun sin quererlo. Tampoco  hubo  reuniones  posteriores donde pudiera tratar ese tema, porque no hubo más reuniones desde entonces y ¡pasaron  cuatro  años! que decidieron mi separación afectiva del conjunto que decidió aquella sanción y asesinato: y el No.

Hoy,  mientras  leo  correos  y correos llegados de diferentes partes  pidiendo  una  sanación  (y  para curar hay que raspar primero  y  duele), pienso en lo que sintió Antonio José Ponte cuando  ninguna  de sus cartas a los escritores del gremio fue respondida.  Pienso  en  Heberto  Padilla,  que no pudo volver físicamente a la Isla cuando ya estaba muy enfermo.

La poesía tiene una libertad que no le está conferida más que a ella. En nombre de esa libertad (utópica) que da la poesía a un artista, condeno la medida tomada con el creador de Corazón de Skitalietz, de Cuentos de  todas partes del Imperio, de Contrabando  de  sombras, de Las comidas profundas, de Asiento en  las ruinas, de Un seguidor de Montaigne mira La Habana, de In  the  cold  of  the  Malecón,  de  El  libro perdido de los origenistas, de La fiesta vigilada, y apelo hoy (en el 2007), como  si no hubiera pasado un segundo (porque este tiempo está medido por el destino del arte y los artistas trabajan "para la eternidad"), al espacio de reflexión pequeño todavía, incipiente, creado a partir de la crítica al pavonato reactivada por un grupo de escritores y artistas cubanos, para devolverlo a él (simbólicamente), y a otros, a la única patria de los escritores de todos los tiempos y lugares: la patria de la página de la cultura a la que pertenecen.

Si no existe un espacio público para la defensa de los artistas; para sus ideas; el lugar para una amplia polémica del  espíritu, las diferencias, la crítica y la confrontación del pensamiento reactivado a cada momento, entonces, ¿qué nos guarece?

Y  lo  que  me  pregunto cuando otros ejemplos salen a flote y tantos  silencios  se  rompen  por  una  vía  inusual  (ya que carecemos de otras vías para nombrarnos intelectuales), es qué cosa  somos.  No  es un problema de este nombre hoy o de aquel otro  de  ayer; de los  rostros que detentan el poder por un tiempo, sino del mecanismo de los relojes que dicen: detener, expulsar,  reprimir.  De  la  legalidad  con la que el artista pueda  defender  sus utopías y hasta sus negaciones. Aunque no son  problemas que atañen sólo a los artistas y escritores: es un  problema de todos. Porque mientras quede una paja o basura en el ojo de alguno, no habrá visión para construir esa cabaña de  Dersu Uzala, si antes no limpiamos bien la montaña que hay que  escalar  juntos,  sin  límites  geográficos,  mentales  o políticos  (los  de adentro, los de afuera); si no pensamos en qué  vamos  a  legarles  a  los  que  vendrán  y con qué hojas prenderán  ese  fuego de la cultura, nos quedará sólo el vacío estéril del silencio por juez.

Subject: Bojeando.el.Pavonato

Estimados compañeros en Debate:

Hace dos años escribí un artículo en el que reflexionaba sobre cuanto nos tocaba de cerca el llamado “derrumbe del socialismo europeo”. Estudié en la URSS entre 1987 y 1990 y estas ideas nacieron de la experiencia, de mi andar por las calles de esa vieja ciudad, hablar con su gente, de intercambiar con alumnos y profesores de la entonces flamante Escuela Superior del Partido de Moscú. Parte de ese artículo se incluyó como una intervención mía en la Mesa Redonda de Temas acerca del asunto a fines del 2004, donde tantas cosas importantes se dijeron, entre las que recuerdo la exposición de Desiderio Navarro sobre las clases sociales en el socialismo. Por supuesto, todo ese debate no salió de los recintos de la revista, un hecho que puede repetirse ahora con Ambrosio Fornet y Criterios.

Este debate que se ha abierto hoy, que tiene como tema central nuestra preocupación por el futuro (un acto de nobleza intelectual, de actitud de vanguardia, en este mundo en el que tantos se preocupan solo por su presente) me ha instado a hacer público una parte de ese artículo, aquella que trata de conectar lo ocurrido entonces, con nosotros, que aborda lo ocurrido allí no solo como arqueología política. Me ha parecido mejor que improvisar otras palabras, a veces debilitadas por la urgencia y la diversidad de enfoques.

Entre las líneas de aquel texto veo hoy, como dibujándose, períodos grises, e incluso más oscuros. Cuando algunos piden nombres de culpables, listas, creo que lo mejor es no detenernos en esos asuntos de práctica y continuar el camino hacia la esencia, allí tal vez nos estén esperando todas las dudas, todas las explicaciones.

A continuación esta segunda parte del artículo, que titulé en aquel momento “Lecturas desde el muro”:

“Un suspicaz profesor de la Escuela Superior del PCUS, que nos impartía las conferencias de Derecho Internacional, nos confesó una vez: "Tenemos que revisar tantas cosas, camaradas. Nos cansamos de repetirlas, de oírnos decirlas, sin reparar mucho en ellas. ¿Por qué centralismo democrático y no democracia centralizada?, ¿como conciliar dialécticamente el “total poder del pueblo" con la condición de “fuerza dirigente superior del Partido” que hace ya de ese poder del pueblo un “poder inferior, de segundo orden?”.No era él un revisionista ni un renegado. Era un hombre sensible, honesto, que nos contaba con orgullo de sus días de konsomol en el Baikal-Amur, que sufría por el curso que tomaba el país, y que viendo que ya nada lo apuntalaría, nos pedía siempre sacar nosotros las adecuadas lecciones de lo que les ocurría, luchar por salvarnos del naufragio.

Su sentido llamado —y el de todos aquellos que más de una vez habían dicho en sus clases que el marxismo era la única teoría sociológica científica, que ella nos permitía predecir acertadamente el futuro, en sus directrices esenciales, claro, construirlo de acuerdo con las leyes del desarrollo social—, sigue hoy en pie a más de una tres lustros de la catástrofe. Y a ese llamado debemos acudir con especial voluntad y responsabilidad. Pero para oírlo y convertirlo en reflexión  útil tendremos, eso sí, que partir de dos principios esenciales: a) sentirnos amenazados también, no dejar que nuestro optimismo y alguna dosis de chovinismo nos impulsen a creernos tan distintos que eso nos signifique la inmunidad, y b) lograr que la autoevaluación se abra paso con la carga de cientificidad, objetividad, espíritu de renovación, que están implícitos en el marxismo mismo.

Se trata, a fin de cuentas, no de adoptar una especial postura, sino actuar como verdaderos marxistas. Mirarnos hacia adentro con ese valor, ese compromiso con la verdad, que está en Marx, Engels y Lenin, que está en la obra de aquellos marxistas que por resultar incómodos al dogma de la III Internacional aún esperan por formar parte de la historia oficial del marxismo. Durante muchos años, revisar lo que iba o podía ir mal se convirtió a los ojos de la burocracia partidista (burocracia que en el poder, por muy de nuevo tipo que fuese, no dejó de actuar como todo poder) en revisar el marxismo. Ya nos queda claro para todos la paradoja de que en las sociedades llamadas socialistas encontró el marxismo su peor espacio para continuarse desarrollando. De guía pasó a subordinado dócil de las fuerzas partidistas. Su misión se redujo a apuntalar, justificar, y popularizar una teoría congelada, como si el desarrollo hubiera terminado ahí.

Alguien pudiera objetar que hubo libertades para que el marxismo creara, elaborara, se aventurara por todos los senderos que estimase. Formalmente fue así. No se encontrará un documento que diga lo contrario. Pero esa será uno de los temas al que habrá que dedicar reflexiones en el futuro: el problema de la libertad real en una sociedad que en su proyección humanista, en su propia legalidad, pareció asegurar esa libertad. Cada sociedad que llega a la historia es superior a la anterior pero trae también nuevos problemas. El socialismo no fue menos, solo que los del socialismo aún esperan por una identificación  como primer paso para su solución.

Cada sociedad tiene su modalidad de control social, de subordinación social. Del abierto del esclavismo, donde jurídicamente no eres dueño de ti, el capitalismo pasó a un control económico: económicamente no eres dueño de ti. Y el socialismo estableció el suyo: el control ideológico. De la tiranía del capital en el socialismo se pasó a la tiranía de la ideología. Y no hablo aquí de si la ideología es buena o mala, hablo de un su acción totalizadora, monopólica.

Queriendo hacer bien, ¿no creó el socialismo, como una prolongación de esa dictadura del proletariado —intento teórico de establecer una “dictadura buena”— una dictadura del “bien”, una dictadura que creyó que porque eran buenos los fines se podían emplear medios que si bien no dejaron muertos ni desaparecidos (una generalización arriesgada conociendo el radicalismo estaliniano), oprimió mentes y corazones, instituyó la intolerancia como principio?

La ideología marxista en el poder no tuvo contendientes legales. Los nuevos Marx no pudieron contar con una Gaceta del Rhim, los nuevos Engels no tuvieron un Duhrings con quien polemizar. Todo estaba hecho, acabado. Había pasado la etapa de la duda, de la elaboración, y nos encontrábamos en la fase de la ejecución. La suspicacia, la sagacidad, la lucidez, se reservó para mirar las odiosas huestes del enemigo. Al enemigo le exigíamos datos, les virábamos al revés sus estadísticas, especulábamos con sus destinos. Pero esa inteligencia se tornaba canto y loa si se trataba de echar una mirada sobre la obra que construíamos. La apologética demostró que no era pariente solo de la teología.

El realismo socialista no se circunscribió al campo del arte. Si a la literatura se le pidió mostrar el futuro, presentar como reales ya los hombres que vendrían, al resto de las instituciones se les permeó del mismo postulado. Comenzó la emulación a ver quién presentaba más datos que atestiguaran que el hombre del futuro ya gateaba en las guarderías de Moscú o Berlín. Las estadísticas se pusieron al servicio de ese realismo socialista que era verdaderamente idealismo socialista. Para evitar puntos de vista, tesis, teorías que lastraran el optimismo de las masas, el principio de que el Partido tenga su prensa se convirtió en uno parecido: la prensa debe ser del Partido. Los que debíamos rendir culto a la dialéctica materialista desterramos toda posibilidad de contradicción. Y cuando llegó el momento de evaluar cómo se comportaba nuestra realidad, a ojos marxistas, siempre compleja, poliédrica, tensa, no nos incomodó que lo que viésemos en el espejo fuese una unanimidad y un consenso, una alineación, tan perfectos como tan increíbles a la luz de la más mediana sociología. Las ciencias sociales se estancaron porque no tenían nada que resolver, las tareas de pensar, enjuiciar y decidir habían pasado a las manos del Partido.

La relación partido-sociedad civil se edulcoró de modo casi risible. El partido, como centro irradiador, condenó a todo lo demás a periferia. Ese centro absoluto dejó que todo lo demás existiese y creciese solo formalizado. La concepción de Lenin de las poleas de transmisión refiriéndose a las organizaciones de masas dejó claro quien hacía girar a quien, en un sentido  totalmente contrario a la concepción marxista de la sociedad civil. No era la sociedad la que se daba el estado, sino el estado el que, sabio, fiel, de buenas intenciones, se reproducía en la sociedad. Las organizaciones sociales no representaban a sus miembros ante la sociedad sino al partido ante sus miembros, una inversión de los extremos del embudo, de la dirección del flujo.

Una vez dije, en cierto debate, que lo más doloroso fue que en aquellos países el socialismo murió sancionado por sus propios postulados. Lo acosaron sus promesas incumplidas, sus expectativas sin saldar, sus lemas y consignas vaciados de contenido real. No solo la burguesía incumplió su Igualdad, Hermandad y Fraternidad. Tendremos que teorizar sobre el problema de esos diseños utópicos, atractivos inicialmente para las masas, que después nadie sabe cómo convertir en realidad. La libertad superior del ciudadano socialista, enfrentado a “lo permisible a un ciudadano, debido a la aguda lucha de clases”, salió perdiendo por amplio margen. La democracia se convirtió, es cierto, en poder “para” el pueblo (el pueblo como receptor), pero apenas desarrolló ese “del pueblo y por el pueblo” que refleja la propiedad sobre el poder y la ejecución de ese poder por el pueblo como sujeto.

No pretendo totalizar. Son estos y otros muchos, muchísimos, los temas que esperan todavía hoy por nuestra discusión. Coincido con Armando Chaguaceda en lo expuesto en su artículo “El discreto encanto de cierta Academia” (La Gaceta de Cuba, No.6, La Habana, 2005). Aprecio en el pensamiento cubano una comodidad, un plegarse sutil. Escribo, publico, y si no me hacen caso no importa. Unos deslizan sus verdades con tal eufemismo que parecen ideas de un malabarista y no de alguien obligado por su profesión y su lugar en la sociedad a hablar alto y claro; otros, sabiendo que la vida a su alrededor les espera, palpitante, en ebullición, no se cansan de dar bisturí sobre el cuerpo del socialismo fallecido, el malo, insinuando aquí, pespunteando allá, como si ese medio tono los salvase a la vez de dos cosas: del castigo reservado a los que callan y del peligro que ronda a los que osan hablar fuera de libreto.

De ese modo se ha articulado un discurso académico inocuo, paralelo, que no se toca con el discurso político, que coexiste con él en una paz caballeresca, que acepta que su espacio son las revistas, los eventos, y se siente feliz de ese espacio, como si ello significase libertad y conquista. Así esos espacios se convierten en canales por donde desagua la “presión intelectual”, canales que no van al mar de la vida, al presente, que no fertilizan la polémica, sino que cumplen una función tranquilizadora, conformante. ¿No estaremos aceptando todos la peor y más moderna de la censura? ¿Esa mediante la cual a la idea nueva se le deja nacer en el papel para anularla en el eco, en la resonancia, en el consumo? Pero añado otra pregunta: Si la academia se comporta hoy así, ¿no es responsable cada sociedad de los rumbos éticos que toman sus ciudadanos: jóvenes, mujeres, trabajadores manuales e intelectuales? 

Respondiendo a esta última pregunta es probable demos con una explicación a esos acomodos académicos. Y entonces se alteren los polos, y los culpables pasen a ser solo víctimas. Pero ello es un asunto que supondría otra reflexión, particular y prolongada.

Concluyo recordando aquel verano de 1987, y la plaza Mayacovski, y mis arrepentidos profesores de la Escuela del PCUS, y la indiferencia con la que miles de moscovitas esperaban en 1990 que otros decidieran sus destinos. Estos temas y recuerdos, tienen todos para mí, lo confieso, un especial vínculo no solo con el porvenir, sino con la memoria y la nostalgia. Cada vez que oigo una hermosa canción tradicional rusa, o miro una postal dedicada al Primero de Mayo, asomando en ella la Plaza Roja engalanada y su enhiesto Kremlin al fondo; cada vez que contemplo alguna de las fotos que guardo de aquellos años, tomadas en otoño o invierno, junto al monumento a los hombres de Panfílov o rodeados por unos hospitalarios koljosianos del Cáucaso, siento que la deuda nuestra con aquellos "ex" es una deuda de hermanos y no de primos distantes. Y lo más importante: una partida que no ha terminado, que apenas empieza, donde nosotros, los de la ostrav sbabodi (Isla de la Libertad), seguimos jugándonos el futuro”.

 Félix Sánchez

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Subject: entrevista de Ernesto Juan a Papito Serguera

Arturo, me he mantenido al tanto del debate sobre el tema Pavón/Papito/Torquesada/Congreso Nacional de Educación y Cultura ´71, asunto del cual que imagino estés saturado.

Me comunico contigo por tres motivos: el primero es para felicitarte a tí y al resto de los colegas que han hecho público dicho debate. El segundo es para recordarte que tuve la suerte de entrevistar a Papito Serguera en 2001 para mi libro "John Lennon en La Habana with a little help from my friends" y abordar asuntos relacionados con la prohibición de los Beatles en los medios masivos cubanos durante los años 60 y 70, mientras el ICR estaba bajo su dirección. Es un placer para mí, en medio de todos estos momentos de reflexión, poner esa entrevista a tu disposición y de todos los que no la conocen. Y el tercer motivo es para hacer valer que "La diferencia", un par de semanas después de Papito, también tuvo sentado en pantalla, durante varios interminables minutos, a nuestro querido César Portillo de la Luz, quien aprovechó la ocasión para volver a vincular, con desagrado, muy fuera de contexto, y como el más furibundo y fanático detractor del rock en Cuba, a la Revolución con los hippies. Deben recordarse sus puntos de vista en aquel programa "Díálogo abierto", de enero de 2001, a pocas semanas de la develación de la escultura de John Lennon, que también publiqué en mi libro y que asimismo pongo a tu disposición.

 Un abrazo,

 Ernesto Juan

PAPITO SERGUERA:

“Los Beatles no estuvieron prohibidos en Cuba”

por Ernesto Juan Castellanos

(tomado del libro John Lennon en La Habana with a little help from my friends. Ediciones Unión, 2005)

A mi casa no entró la televisión hasta 1973. Y no por problemas en la antena ni deficiencias de la transmisión, sino porque fue en ese año cuando mi papá se ganó un Rubin 205 en blanco y negro por sus méritos laborales. Hasta ese momento me había conformado con mirar, sin ver nada en la pantalla, un Phillips de bombillos  que solo servía para poner adornos de yeso y búcaros con flores sobre él.

Y cuando se ganó, también por merecimiento sindical, un apartamento de microbrigadas en el reparto Bahía, tuvo la mejor excusa para donarlo a un vecino con iguales necesidades ornamentales. Entonces solo me interesaban los Muñe, las Aventuras, Caritas, Amigo y sus amiguitos, Variedades infantiles, Tía Tata, A jugar y La comedia silente. Por mi exigua cultura radial y televisiva, cuando comencé a investigar cómo funcionaba en Cuba la promoción de lo que se conocía como “música popular”, sobre todo la anglófona, traté de localizar a los promotores musicales de aquellos años. Solo que muchos ya no estaban a mi alcance. Unos porque habían dejado el mundo de los pecadores, y otros porque vivían a 90 millas al norte. Pero aún quedaban algunos con memoria suficiente como para recordar aquellos años bajo el azote de mi acucioso cuestionario.

Tuve la gran suerte de localizar a Jorge Serguera. El nombre puede sonar ahora algo insípido y común, pero si aclaro que su nom de plume es Papito Serguera, el director general del ICR entre 1966 y 1973, quizás comience a tomar matices, aunque sea con un cierto sabor amargo, en la memoria de muchos jóvenes de entonces, ahora cincuentones y sesentones.

Porque Papito lleva una coletilla gris en su nombre: se dice que él fue quien prohibió a los Beatles en Cuba. Cuando lo llamé para pedirle una entrevista no sabía qué decirle. Quería evitar por todos los medios mencionar el asunto de la escultura de John Lennon y los comentarios populares de que él había sido el malhechor de la ley seca de la música popular anglófona. Ni loco. Ni siquiera me atreví a mencionar la palabra “Beatles”.

–¿Sobre qué es tu libro? –cuestionó con curiosidad del otro lado de la línea.

–Mm… sobre cultura y los medios masivos de difusión durante los años 60 –respondí, y me sentí enormemente orgulloso de no mentir.

–¿Y para cuándo quieres la entrevista? –preguntó con cierta inflexión entre conformidad y aprobación.

–¿Puede ser para mañana mismo? –aproveché sin titubeos el impulso de la conversación.

–Está bien, pero tiene que ser temprano.

Llegué tan temprano a su casa que aún estaba durmiendo. Como nunca lo había visto en mi vida, ni siquiera en fotos, supuse que iba a enfrentarme a un hombre gordo, senil, prepotente y fumador de tabacos.

Pero no, aunque Papito tiene sesenta y nueve años, no aparenta tanta edad, no es gordo, es aceptablemente afable, tiene buen sentido del humor, y no fuma.

Cuando lo nombraron director general del ICR solo tenía treinta y tres años. Y ya había sido embajador de Cuba en Argelia y el Congo. “En esa época mucha gente decía que yo era el embajador más joven del mundo –me comentó con orgullo–, aunque no he hecho de eso un mérito o un dato original de mi vida ni mucho menos”.

–Lo imagino como un muchacho con una extraordinaria y enérgica vocación por los medios y la cultura.

–Nada de eso. Yo no tenía experiencia anterior ni vocación alguna por los medios masivos, ni de escritor, ni de guionista, ni de director, ni de fotógrafo. A mí simplemente me pusieron a dirigir el ICR cuando concluí mi misión en África con un doble propósito: primero, teniendo en cuenta mi conocimiento general en el terreno de las humanidades y, segundo, por mi experiencia política en el trato de los problemas nacionales e internacionales.

Antes del triunfo de la Revolución, Papito Serguera se graduó de abogado. Era conocido por haber defendido varias causas políticas en los tribunales de urgencia en su natal Santiago de Cuba. El más importante de sus juicios fue la Causa 67, que inculpaba a los participantes en los alzamientos del 30 de noviembre de 1956 en Santiago, La Ermita y Puerto Padre, y a los expedicionarios del Granma capturados luego del desembarco del 2 de diciembre.

–Yo fui famoso en la audiencia de Santiago por acusar a Batista y decir que era él quien tenía que estar sentado en el banquillo de los acusados. Y junto con Lucas Morán le pedí el cadáver de Frank País a Salas Cañizares, quien había ido a buscarme la semana anterior al tribunal para matarme.

Poco después se exiló en los Estados Unidos, hasta que regresó a su país para unirse a la guerrilla de Fidel en la Sierra Maestra, donde obtuvo los grados de comandante del Ejército Rebelde antes triunfo de la Revolución en 1959. Siete años después, era el director general del Instituto Cubano de Radiodifusión.

–¿Quién lo precedió en la dirección del ICR?

–Los directores luego del triunfo revolucionario fueron, en orden, Carlos Franqui, Gregorio Ortega, Ramiro Puertas y Aurelio Martínez. Después comencé a dirigirlo yo.

–¿Cómo estaba estructurado ese organismo entonces?

–Cuando yo llegué no había realmente tal estructura organizativa.

Tanto la radio como la televisión estaban entramadas de manera  caótica. No existía una estructura de programas tampoco. Esa la establecían los propios directores de los programa. A ello había que añadir un vicio: esa falta de estructura y de organización dio lugar a una parcelación en la programación. Existía el programa de fulano, de fulana, de mengano y de esperancejo. Y ya eso era clásico.

»Quiere esto decir que lejos de responder a un proyecto cultural, la programación respondía a intereses personales, y ello generó problemas que luego fue difícil combatir y suprimir.

»Como tú comprenderás, la dirección de un aparato de aquella naturaleza no podía estar en manos de un solo hombre. Así, un grupo de compañeros y yo organizamos la estructura del ICR en pos de una mejor calidad de la programación. Y acabamos con el caudillismo, la jefatura, los dueños de programas y los males que persistían, que era muy fácil ver a dónde conducían. Si tú eras director de un espacio musical y venía una muchacha bonita a quien le gustaba cantar, tú sabes que eso terminaba en la cama. Había una cola enorme. Te puedes dar cuenta de que todo eso se prestaba a una cadena infinita de problemas, que incluso me atribuyeron a mí, porque la gente decía: “¡Papito acabó en el ICR!”

–Cuando me propuse entrevistarlo, mucha gente me dijo que usted nunca iba a aceptar porque era quien había prohibido a los Beatles.

–Mira, no fui yo quien prohibió a los Beatles, y te voy a hablar de eso más adelante.

La entonación de su respuesta me convenció de que había accedido a la entrevista preparado para discutir sobre el tema. Eso me hizo sentir más relajado y evaporó, por el momento, los temores que tenía en cuanto a la tensión que podía tomar la conversación cuando llegara el momento. No se molestó, pero tampoco me respondió de inmediato.

–Cuando yo comencé en el ICR, allí había mucho desorden, porque todo el mundo se sentía dueño de aquello. Y al yo tomar medidas

para erradicar eso, se perjudicaron, como tú comprenderás, cientos de intereses. Y tantos intereses perjudicados no iban a quedarse callados. Esa contradicción, de la única manera que te la puedo explicar en una etapa en la que tuve que acabar con los intereses predominantes y establecer nuevas reglas de funcionamiento y organización, dio lugar a la desaparición de los mediocres. Algunos se fueron para los Estados Unidos, otros para sus casas y otros para otros ministerios.

–¿Y qué pasó con Silvio Rodríguez?

–Me atribuyen un incidente con Silvio, y es verdad que lo hubo. En primer lugar, Silvio tenía un programa en la televisión que se lo di yo: Mientras tanto. Él comenzaba y tenía calidad. Alberto Vera me había dicho que era bueno, como mismo lo eran miles de muchachos. No vayas tú a pensar que él era el único. Entonces lo consideré, y Moya, quien era el director de ese espacio, vino a hablar conmigo. “Bueno, está bien, vamos a hacer un programa así que se llame Mientras tanto.” También había hecho algo similar para Tata Güines, Felo Bergaza y Omara Portuondo. Lo pusimos en el canal 2 para levantar la televidencia de ese canal. Y pegó.

»En una ocasión, Silvio hizo una apología de los Beatles en el programa, no sé si fue porque Moya lo escribió en el guión. Y vino alguien y me lo dijo. ¡Si él estaba allí para tocar su guitarra y cantar sus canciones, ¿por qué tenía que buscarme líos con los Beatles?! ¡Que deje a los Beatles en paz! Dijo algo así como que él se inspiraba en ellos… Está bien, pero allí había una polémica muy seria, chico.

»Déjame decirte lo siguiente. Yo oigo a los Beatles y los he oído toda la vida. Ahora bien, había dirigentes nacionales que estaban en contra, no de ellos, sino de la llamada “música moderna”, que había cambiado los timbres y sonoridades de cuando éramos adolescentes. Y había otros que estaban en contra de la música cantada en inglés, porque según ellos deformaba la ideología. ¿Tú me entiendes, verdad? Era gente con mucha autoridad. Era una presión increíble, porque era una presión poderosa.

»No obstante, yo creé Radio Cordón de La Habana, una emisora que ponía música moderna el día entero. Luego surgió Nocturno, una idea de Ñico Hernández, recientemente fallecido. El programa más escuchado de música moderna en esa época era el que tenía Chucho Herrera, Sorpresa musical, y nunca nadie lo molestó. Ni a su programa ni a Nocturno.

»Lo que más se conoce es lo que me pasó con Silvio, que dicen que además me dedicó una canción. No sé si le puso Nube gris, Nube negra, Ojalá… una cosa de esas. Si me dedicó una canción, ¿qué le voy a hacer? Pasaré a la historia como el elemento en el que se inspiró Silvio Rodríguez para hacer una canción. Yo lamento mucho que Goethe no se haya inspirado en mí, porque yo no había nacido todavía. O Dostoievsky.

–¿Pero tanto lío por haber dado una simple opinión sobre los Beatles?

–Sí, chico. Si tú estás para cantar, no me des esos criterios. En un tema tan candente como era en esos momentos el de la música moderna, que tú te me bajes con una apología de los Beatles, y a través de un medio masivo, ¡y en vivo…! Si hubiera sido un programa grabado y hubiera tenido tiempo para corregirlo, le hubiera dicho: “se te fue la mano aquí”. Pero para entonces, desafortunadamente, ya existía una enemistad personal entre Silvio y yo.

»Alfredo Guevara, por su parte, que estaba en el ICAIC, hizo un grupo experimental de música y se llevó para allá a Leo Brouwer, a

Silvio y a dos o tres más. Y parecía el protector frente a la agresividad y violencia cultural de Papito Serguera. No, chico, ni yo soy un violento cultural ni nunca he violentado culturalmente a nadie. Pero además, el primer hecho cultural en importancia de Cuba en el siglo XX es la Revolución Cubana, y su autor es Fidel Castro. Y yo soy parte activa de esa Revolución y comandante del Ejército Rebelde. Así que si vamos a hablar de cultura vamos a empezar por la Revolución. ¡Y yo estaba ahí desde el inicio, no es que me haya integrado después! Si el problema es la reacción cultural mía, eso estaba determinado por las normas políticas impuestas por el sistema educativo, deficiente o no, que había recibido en la provincia en que, afortunadamente o desafortunadamente, me tocó nacer, que es la del mambisado de Cuba.

El sentido del humor de Papito Serguera desapareció. Su tono y volumen de voz subieron a picos preocupantes. Me incliné ligeramente hacia atrás en mi sillón y realicé un discreto paneo visual en búsqueda de alguna salida de emergencia. Pero su próxima oración fue más suave, por fortuna, porque noté que los muros que rodean el patio de su casa estaban bastante altos.

–Que no me vengan con música moderna, ni antigua, ni contemporánea –continuó–, porque yo era un pequeño burguesito que bailaba con Frank Sinatra, Tony Bennet, Artie Shaw, Tommy Dorsey y Duke Ellington…, que era lo que se bailaba en mi época. Lo mismo bailaba un danzón que un son, un mambo, un rock and roll, o una conga en los carnavales. Yo no tengo predilección por ningún timbre musical, pero respeto los gustos de las personas. Así que no soy capaz de imponerte una música.

»Creo que fue una visión equivocada del problema por parte de algunos compañeros. Pero bien, uno también tiene que tener en cuenta eso, porque en la política tú no andas solo. Quiero decirte que en el problema mío de la dirección del ICR jamás interfirieron Fidel o Raúl. Ellos siempre respetaron mis puntos de vista, aunque a veces me plantearan algunas preocupaciones. Entonces estaba de moda aquella famosa cosa del diversionismo ideológico.

»Ahora, si plantean el problema desde posiciones de responsabilidad, también hay que oír mis argumentos. Pero eso nunca ha ocurrido, y aparezco yo como culpable sin haber sido nunca juzgado.

–¿Y cuando aquello a usted le gustaban el rock and roll y la música en inglés?

–¡Pero claro! Mira, yo vivía en Nueva York antes del triunfo de la Revolución y oía mucho rock and roll. Ahora, te estoy diciendo que el problema no se estaba planteando en el terreno de la música, sino de la política. Y yo no tenía nada que ver con eso, pero tenía que responder disciplinadamente a los problemas políticos, porque uno no es revolucionario impunemente.

»Ahora bien, ¿quieren discutir eso conmigo? ¡Pues vamos a discutirlo por la radio, la televisión o con la pluma en la mano si es necesario! ¡Que no me vengan con historias! Es muy fácil polemizar con alguna gente. Conmigo la cosa es diferente, porque ideas como estas las defendí en los tribunales, metido en veinte rollos cuando era abogado en la época de Batista, rodeado por fusiles y armas largas, y no les tuve miedo ni a él ni a sus secuaces, para que sepas cómo era el juego.

»¡Así que cómo tú te vas a aparecer aquí con eso de los Beatles! Yo que había hecho gárgaras con puntillas, eso para mí es hacer gárgaras con chocolate. ¿Qué es lo que pretenden: disminuirme, humillarme o desacreditarme? ¡Si persigues alguna de las tres y quieres sancionarme históricamente, vamos para la prensa pública y vamos a la polémica! Abre las páginas y vamos para la calle. Y no me estoy refiriendo a la máxima dirección de la política en Cuba, sino a aquellos que propagaron esos rumores.

Durante nuestra conversación había notado que Serguera usaba indistintamente la segunda persona del singular y la del plural, así que no pude deslindar si esta vez se estaba refiriendo directamente a mí. Pero como no me consideraba de los que propagaban aquellos rumores, porque cuando él era director del ICR yo era un niño feliz que disfrutaba más a los Yoyo que a los Beatles, le pregunté:

–¿Y usted escuchaba a los Beatles mientras estaban prohibidos?

–¡Los escuchaba y los sigo escuchando! Y quien te diga que no lo hacía te está diciendo mentiras.

»Mira, yo no quería usar calificativos para no ofender, pero lo que pasó con los Beatles y la música en inglés fue que el ICR era un medio que estaba monopolizado por gente de la pseudocultura.

–¿Y hasta cuándo estuvo dirigiendo ese medio pseudocultural?

–Hasta el año 73, y nunca más volví. Cuando he ido a ver a algún amigo mío lo he visto afuera, en la acera. Además, no me interesa. Supe que los estudios de P y 23 desaparecieron, los de

Mazón y San Miguel también. Me enteré de que habían convertido esos estudios en oficinas. ¡Es increíble! Un estudio de televisión vale ciento y pico mil dólares y lleva una dificultad tecnológica que tú no te puedes imaginar. Sin embargo, muy fácilmente levantaron una pared, pusieron un buró, sacaron esto y aquello, y le metieron un falso techo.

–¿Por qué se fue del ICR?

–No, en política yo no me voy de ningún lugar; me van.

–Bueno, ¿por qué lo fueron?

–Me imagino que la presión de todos los intereses que dañé tiene que haber sido muy grande, porque esas cosas no ocurren impunemente.

Pero no fue porque hubiera un error en específico.

–¿Y qué justificación le dieron para quitarlo de su puesto?

–Ninguna, pero tampoco la pedí. Solamente me dijeron que me

iban a sustituir. Yo no tengo que discutir eso. Fue una decisión política y yo soy un hombre disciplinado. Nunca pedí una explicación porque a mí no hay que explicarme nada. Te estoy diciendo que si entré en este juego fue porque me lo propuse y acepto una disciplina: no puedo convertirme en un contestatario de algo que yo acepté.  Ahora bien, no hay duda de que dirigir un medio masivo es conflictivo, no solamente en Cuba. En cualquier lugar que tú dirijas una emisora de radio y televisión te vas a buscar problemas. Es más fácil transar.

–Sin embargo, tengo entendido que en 1966, cuando usted comenzó a dirigir el ICR, ya se estaba produciendo un cambio en la política cultural y se estaba comenzando a divulgar algo de música en inglés.

–No, eso no es verdad. Al contrario, cuando yo llegué fue todo lo contrario. Mira, siempre se puso música en inglés, pero no había una prohibición por escrito. Lo que había era… Mira, chico, ¿quieres que te explique el origen del mal? El origen del mal está en que los problemas culturales, cuando se ven impactados por la política, conducen a errores. Ahora bien, los problemas políticos son fundamentales antes de los culturales. ¿Y qué ocurre? La defensa de la Revolución lleva a decisiones que son acertadas o desacertadas. Toda decisión en la política es coyuntural. Si no, hubiera una receta para la política como la hay para hacer un huevo frito.

»¿Qué ocurrió entonces? Se estableció la práctica –porque no fue una directiva o una resolución gubernamental– de que si un cantante se iba del país lo prohibían en la radio. Por eso, antes que los Beatles, los primeros prohibidos aquí fueron grandes cantantes cubanos como Orlando Vallejo, Celia Cruz y Olga Guillot. Pero no solamente pasó con cantantes, sino también con arreglistas formidables, que cuando se iban del país inmediatamente prohibían todas las canciones con arreglos suyos.

»La eliminación de todos esos artistas creó un vacío, porque eran gente de calidad. Y hubo que sustituirlos con otros de muy poca calidad o por muy poca gente de calidad. Eso provocaba una repetición, una reiteración, de músicos como Barbarito Diez y Elena Burke… y la gente se quejaba.

»Está bien, en un momento determinado, eso desempeñó un papel… ¡que se pudo haber suprimido después! Pero esa política perduró y, sin embargo, aún no se sabe quién es el culpable.

–¿Cómo era la política que definía qué se podía o no poner en la radio y la televisión?

–No existía tal política en la COR (Comisión de Orientación Revolucionaria), hoy DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria).  Esa tuve que elaborarla yo con la gente que me ayudó en la estructura del ICR.

–¿Y cuándo comenzó a desmembrarse esa situación?

–No lo sé. El problema es que aquello se convirtió en ley, en directiva, a lo mejor de la COR, a lo mejor del Partido Comunista de Cuba. Y hubo sanciones a los jóvenes, y hasta gente separada de la UJC y del PCC. Y ello también valía para el pelo largo. Ahora, ¿por qué me van a echar a mí la culpa del pelo largo, si no tengo nada que ver con eso, porque yo era de los barbudos y peludos de la Sierra Maestra? ¿Por qué la van a coger conmigo? ¿Por qué van a hacer recaer toda esa responsabilidad en Papito Serguera?

–¡Pero en el ICR tampoco dejaban que la gente tuviera el pelo largo!

–Coño, pero si te lo estoy diciendo. A mí me llamaban: “¡Oye, no puede ser!” ¿Y qué tú quieres que yo haga? Dime, ¿qué hubieras hecho tú? ¡Es increíble! Yo entré a La Habana el 8 de enero de 1959 con un pelo largo que me daba por aquí. Y lo mantuvimos así hasta que nos pelamos. El pelo largo y la barba los inventamos nosotros mismos, los rebeldes. Y de pronto aquello fue una prohibición… ¿Qué tiene que ver el pelo con la gente o con sus ideas? ¿No te das cuenta de que la contradicción era demasiado grande? Mira, yo tampoco perseguí homosexuales ni los mandé para las UMAP. ¿Por qué la van a coger conmigo?

»El mundo del arte y la cultura es muy complejo. Yo no creo que tenga carácter para lidiar con eso. Nunca me imaginé lo que era el ICR, porque si lo hubiera sabido, jamás hubiera aceptado su dirección.

»Pero te digo una cosa. Ni los Beatles, ni ningún grupo musical extranjero, estuvieron prohibidos en Cuba en mi tiempo. ¿Qué ocurrió? Los Beatles eran, de una manera o de otra, representantes de una música cuyas tonalidades habían cambiado en relación con las anteriores. Entonces, objetivamente, como ocurrió esto de Silvio, se me quiso ver a mí como un enemigo de la llamada “música moderna”.

»Ahora bien, los rumores no hay quien los detenga. Había instituciones para discutir eso. ¿Por qué no se va a esas instituciones de origen a pedirles una explicación? ¿Por qué van a decir que todo eso dependió de Serguera porque era el director del ICR? ¿Qué tengo yo que ver con eso? Vamos a hablar de manera institucional y a oírle a cada cual sus razones. A lo mejor vas a descubrir que yo era de los que estaba en contra de que se tomaran esas medidas. La música moderna se consideraba diversionismo ideológico. Y yo no inventé esa frase. Yo consideraba que eso era un error, un absurdo, un disparate, que la música no tiene barreras.

–Y si no estaba a favor de todo aquel absurdo, ¿por qué no trató de hacer entrar en razón a quienes pensaban que la música en inglés y  el pelo largo eran síntomas de debilidad ideológica?

–Sí, lo hice, y aún conservo algunas cartas que escribí a altos dirigentes de este país donde yo doy mi opinión sobre el tema.

–¿Y le respondieron?

–No. Esas cosas no se responden.

13 de abril de 2001

Díalogo Abierto (15 enero 2001) con César Portillo de la Luz, Guille Vilar y Ernesto Juan

(tomado del libro John Lennon en La Habana with a little help from my friends. Ediciones Unión, 2005)

 El éxito de la escultura de Lennon levantó tanto polvo que el lunes 15 enero de 2001, treinta y ocho días después de su develación, el programa de la televisión cubana Diálogo abierto invitó a su espacio a los compositores César Portillo de la Luz y Rosendo Ruiz, al realizador Guille Vilar y a mí, a dialogar en vivo sobre el tema “¿Por qué Lennon  en La Habana?”

Con la ausencia de Rosendo Ruiz, las fuerzas del debate (o del diálogo, como aclaró el conductor y periodista Pedro de la Hoz al comienzo) estuvieron desproporcionadas, lo que se hizo más manifiesto cuando Portillo de la Luz encauzó su crítica:

–La historia está plagada de pacifistas verbales y de soñadores místicos –dijo ante varios millones de televidentes–. Nosotros somos un país de soñadores, pero pagamos muy caro por nuestros sueños, que se concretan en hechos, no en postulados solamente. Yo como cubano pienso que no tengo que agradecerle nada a Clinton, que impugnó la guerra en Vietnam, y la historia más reciente nos ha demostrado hasta dónde ha sido consecuente su pacifismo. Los hippies la impugnaron también, y los Beatles, y Lennon junto con ellos, pero era una guerra a la cual pudieron haber sido arrastrados todos. Así que hay que ver qué tipo de guerras denunciaban.

»O sea, ese conflicto que fue impugnado verbalmente por tanta gente, cuando hubo que ir a desactivar las minas de Haiphong, fue Cuba quien tuvo que poner los zapadores. Entonces tenemos que estar claros, porque se puede ser muy notorio artísticamente, y desde esas posiciones pronunciarnos en sentido político, pero de pronunciarnos a ser consecuentes en los hechos…

»Ser solidario… sí, de palabra todos podemos serlo, pero ¿cuántos países están enviando médicos al Tercer Mundo ahora para que llegue la salud a donde no existía? Eso es sueño, pero materializado. Es una solidaridad que se expresa en hechos, no en postulados.

»¿Saben porqué digo esto? Porque ese monumento a Lennon no es un monumento al artista, sino al pacifista. Yo acepto que la gente tiene derecho a ser fanático en lo artístico, pero tenemos que saber separar la simpatía y la dimensión artística de un sujeto con su representatividad en otros terrenos.

»Incluso, me parece que es una idea un poco bastante peregrina involucrar a personas que hay que suponer que por su volumen de trabajo y envergadura de responsabilidades no pueden estar al tanto de la vida y milagros de muchos artistas en el mundo. Y no quiero hablar aquí de las aberraciones que habla la gente en la calle de Lennon.

–¿Se justifica la presencia de un monumento a Lennon en La Habana? –le preguntó la conductora y directora del programa, Loly Estévez, después de que cada uno de los invitados dio sus puntos de vista.

–A mí hay que aclararme si es un monumento al artista o al pacifista, porque como artista podemos medir su obra, pero su condición de pacifista verbal también la podemos ponderar. Porque, además, impugnar una guerra a la cual él pudo ser arrastrado, mientras tanto hay pueblos que tienen que liberar guerras de liberación y otros que tienen que soportar guerras de agresión, como fue el caso nuestro, ¿qué guerra estuvo impugnando Lennon o quien fuera? Hay que definir eso, porque ser pacifista con relación a la guerra a la que me pueden arrastrar a mí es una cosa, y ser pacifista como principio de humanismo y civilización es otra cuestión. Entonces pienso que ni los Beatles, ni los hippies, ni Clinton, fueron consecuentes como pacifistas en el sentido de que Cuba tuvo que soportar una guerra de agresión durante mucho tiempo y ninguno de esos personajes hizo nada en concreto en favor de nuestro país.

»Pero, además, yo vi nacer esta idea en la UNEAC y sé que Sacha, quien pronunció el último discurso el día de la develación, estaba en eso, y esta iniciativa la colegió una cúpula estrecha, en un círculo cerrado, sin contar con la Asociación de Músicos, y como la extensión de este programa es limitada, pienso que tendremos que colegiar esto interdisciplinariamente, fuera de este marco, e incluso con instituciones que no están aquí.

Pavón, Serguera o la política cultural revolucionaria

por Yoani Sánchez (La Habana)

Las únicas víctimas del pavonato no fueron los escritores, poetas y críticos que vieron frustrada su creación, tachado un párrafo o prohibido un libro, sino también todos aquellos que debíamos haber consumido y bebido del cauce natural de la cultura cubana; pero que tuvimos al final un producto parametrado y esquemático, con el cual apenas si nos identificamos. Los que debimos crecer aprendiendo en las escuelas textos de Virgilio, de Cabrera Infante y de Gastón Baquero, vimos reducido el espectro a los incuestionables nombres de la cultura decimonónica y a los textos del intachable Manuel Cofiño, cuyos cuentos y novelas no resultaban incómodos para los censores.

Me pregunto que sería ahora de nosotros si además del verso –repetido hasta el cansancio- de “tengo lo que tenía que tener” hubiéramos contado con el grito desgarrado de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Quizás seríamos más tolerantes, aceptaríamos mejor la diferencia; pues toda mutilación y censura termina por conformar en el receptor una mentalidad plana y en una sola dimensión, que se asusta cuando descubre todo lo que se le ha ocultado o negado. Varias generaciones formadas y nutridas con la rigurosa selección de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, terminaron por considerar la producción artística como propiedad de otros, a quienes se les otorgó el derecho de decantar y filtrar lo que posteriormente íbamos a conocer. Ese es quizás (parafraseando a Dagoberto Valdés) uno de los daños antropológicos más importantes causados por la censura revolucionaria.

Para los iniciadores de esta polémica resulta fácil señalar y nombrar a los causantes de muchos de sus males, pero no podemos hacer lo mismo los millones de cubanos que carecimos, sin siquiera saber que había algo más, de lo que nos correspondía por el sólo hecho de haber nacido en esta tierra rica en talentos artísticos y literarios. Para mis contemporáneos, nombres como Pavón, Serguera o Quesada, sólo son crípticas referencias entre académicos, pues para nosotros la sombra de la parametración y las tijeras del quinquenio gris, no tenían un nombre en específico, sino que se identificaban con la política cultural de la Revolución. A veces la inocencia puede ser sabia.

Esa misma política cultural inundó nuestras mentes infantiles con dibujos animados soviéticos que devorábamos sin saber exactamente qué era una estepa, un álamo o un zorro. Privilegió la obra de Guillén sobre la de Eliseo Diego; hizo que Martí nos pareciera –a fuerza de descontextualizarlo y manipularlo- una figura aburrida. En la pretensión de hacernos el pueblo más culto del mundo, nos atragantaron de conocimientos, pero no nos enseñaron a debatir, a reflexionar ni a escuchar al otro. Repetimos y calcamos el estilo de los discursos políticos y convertimos al arte y a la cultura en un “arma de lucha”. 

Algunos responsables de esta política ya fueron levantados de sus sillas, pero los cargos que ellos ocupaban no han sido removidos de la estructura. Cuál otro Pavón o qué nuevo Papito Serguera acechan detrás de la actual producción literaria y televisiva cubana. Cuál de sus, ya permanentes, tentáculos determina que el Noticiero Nacional de Televisión sea la burda caricatura del “todo está bien adentro y todo mal afuera”. Cómo es posible que todavía hoy, los pocos espacios de reflexión y debate de la pequeña pantalla se reduzcan a la simplicidad de si es mejor el regetón o la trova, o si la moda es una banalidad o una necesidad. Con tantas cosas por debatir, es frustrante que se dedique cada día una hora y media a ese sordo soliloquio que se llama la Mesa Redonda, donde los participantes se desgañitan queriendo parecer cada uno más revolucionario que el otro. Es lamentable el constante mirar la paja en el ojo del vecino del norte, mientras la viga del nuestro nos crucifica o aplasta.

Si el quinquenio gris ya pasó, por qué no nos reunimos para llorar la muerte de Cabrera Infante y hacer la autocrítica de la atrocidad que lo llevó al exilio y lo empujó a su “Mea Cuba”. Qué nuevo Pavón prohíbe que las novelas de Zoe Valdés se vendan dentro de Cuba, para que nosotros podamos valorar su verdadero peso artístico y no tengamos que esperar que el Ministro de Cultura las descarte en nuestro nombre. La larga sombra del pavonato nos quita todavía el disfrute de las novelas de Jesús Díaz, cubano hasta los tuétanos, sólo porque algunos han confundido cultura con Revolución y en ese entuerto han terminado por parametrar no sólo al arte, sino a todos los cubanos en categorías esquemáticas como “revolucionario”, “gusano”, “marioneta del imperialismo” y otras tantas burradas, como si nosotros no fuéramos, al igual que nuestra cultura, un múltiple, extenso y variopinto caudal.

Resulta significativo que todo este debate se haya desarrollado, precisamente, por correo electrónico, pues - sin ser esa la intención- es una manera de excluirlo y aislarlo del gran público, que no tiene la dicha de contar con una dirección electrónica “.cult.cu” y es incapaz de pagar los prohibitivos precios del acceso a Internet. Si la vía de los “emilios” es el escalón más elevado con que cuenten los intelectuales cubanos para realizar una polémica, eso demuestra que los otros medios les están vedados. Cómo pueden ser ellos la conciencia crítica de una nación si apenas pueden hacer llegar sus opiniones a quienes la conforman.

Si la intolerancia y el desenfreno que movieron al ex fiscal, director del ICRT, ya son polvo sobre polvo, quiénes entonces condenaron al periodista Adolfo Sánchez Saínz a 15 años de cárcel, por escribir lo que pensaba. Si el pavonato ya pasó y lo de Serguera es un mal recuerdo, por qué nadie nos regala en la radio nacional la cálida voz de Celia Cruz, para que nos sacuda con aquello de “sin permiso no se puede cortar”, como tampoco se puede podar y cercenar el espontáneo brote de nuestra cultura. Quiénes aupan y mantienen el cerco a los que editan desde dentro de Cuba la revista digital Consenso. Cuál discípulo de Pavón y Serguera, está detrás de la expulsión de Antonio José Ponte de la UNEAC, detrás de los comisarios que manosean y descartan ciertos libros en cada editorial, de los profesores universitarios que blanden su autoridad para aplastar los criterios “peligrosos” que surgen entre sus alumnos, de los dirigentes políticos que sugieren entre sus subordinados que hay que “salirle al paso” a los que piensen diferente.

Aprovechemos esta oportunidad  que se nos abre para debatir sobre temas que no son exclusivos ni de los intelectuales, ni de los cubanos radicados en la isla y mucho menos de los revolucionarios. El debate debe incluir a todos los sectores de nuestra sociedad, debe dar espacio a las críticas, a las catarsis colectivas y privadas que han aguardado tanto tiempo. Debe valorar y criticar no sólo las estructuras culturales sino también las de orden político y gubernamental, pasando por el tan debilitado entramado cívico. Hay que sumar a esta polémica a los verdaderos propietarios de la cultura, a los que agobiados por los problemas del cada día y desengañados por no verlos reflejados en los medios, han optado por enajenarse de la producción cultural cubana. Detener este debate tan necesario sería censurar como Pavón; es volver a prohibir como Serguera y parametrar como Quesada.

Basta ya, de separarnos, enfrentarnos y predisponernos los unos contra los otros. Ustedes, que comenzaron la polémica, nos deben a mí -y a los jóvenes como yo- el no dejar que nos cercenen nuestra cultura, nosotros, a su vez, se lo debemos a nuestros hijos. Ese es el único “parámetro” que no podemos incumplir.

A: Reynaldo González

De Marina Ochoa

Ante todo pido disculpas por entrar tan tarde al debate. Tengo la vida bastante complicada precisamente por el clima de indiferencia, incapacidad y/o corrupción que estoy constatando en todas las instancias  del  “aparato” de  la Vivienda.

¡Estoy horrorizada! Y hago mención de ello porque mi criterio es que lo que acabó con el socialismo de los países de Este fue la impune  mezcla de intereses de los que se hicieron millonarios durante el socialismo, oportunismo, corrupción y represión Impunidad criminal gracias a la ausencia de espacios  para la crítica, el debate y de cultura crítica, por supuesto. Gorbachov y Eltsin solo le dieron  el tiro de gracia… todos debemos reflexionar sobre esto y a los que les corresponde, actuar en consecuencia.

No soy una teórica y  te hablo desde mis principios y vivencias.

Creo que es el momento de irse a las esencias o mejor dicho a otras esencias. Y voy a referirme al impacto en primera instancia, desmoralizador de la represión. A la confusión y paralización que produce. Eso explicaría  en parte que la respuesta desde la cultura, en muchas ocasiones,  no haya tenido la consistencia necesaria.

Yo conozco bien de esto. Las asambleas de depuración de la Escuela de Arquitectura (segundo quinquenio  de los 60) me produjeron, en plena adolescencia un verdadero terror y confusión. La falta de correspondencia entre el discurso político pleno de conceptos elevados y la bajeza de la praxis me apabulló No entendía nada, no podía articular nada. Conocí el sabor de la impotencia. Muchos de los integrantes de los tribunales de “depuración” están en el exilio. “!Depuración”, por Dios, parece importado del fascismo!

Más tarde, en los 70, fue en la Escuela de periodismo. Yo era alumna de Eduardo Heras y volvió a repetirse  lo mismo.

En ambos momento devaluar la esencia humana de los emplazados era parte de la estrategia.

Luego vino un período en que parecíamos que habíamos sufrido una suerte de amnesia colectiva, de la cual no queríamos despertar  para no pasarnos la cuenta de nuestra ¿debilidad?  Y luego, un nuevo golpe bajo con Alicia…frustrado porque fue respondido  por los cineastas y por los miembros de la cultura que nos apoyaron con principios, unidad, coherencia y firmeza.

Nosotros logramos salvar  las diferencias  entre nosotros, que existen, como en todas partes y nos declaramos una tregua para luchar por salvaguardar nuestro proyecto cultural, en lo que todavía estamos.

Ahora pregunto a los que emplazan a nuestros intelectuales por no dar respuestas “enérgicas” en su momento, ¿es más meritorio marchar al exilio, elección que es un derecho que no cuestiono, que recoger los fragmentos de nuestras esencias, sensibilidades, ilusiones, e incluso de nuestro ser revolucionario y quedarnos aquí, luchando a nuestra manera, como se pueda, y como no se pueda también por rescatar un proyecto cultural en el que creemos? Hay que respetar la manera de bregar de cada uno, porque  en todos los casos han sido producto de procesos traumáticos que nos ha sobrepasado.

Creo que debemos expresar clara y coherentemente a que país aspiramos, a qué cultura. Por esto propongo retomar  los presupuestos que estuvieron presente en el período fundador de la cultura de la Revolución, desvirtuados más tarde por las interpretaciones coyunturales, obtusas, oportunistas  y convenientes de las Palabras a los Intelectuales, que lamentablemente se prestan para eso por adolecer del mal de la falta de definición de conceptos.

Retomar “la inclinación por las vanguardias, la autonomía de la expresión, la independencia de las evoluciones individuales, la búsqueda de las raices de la sensibilidad creadora y el intento de poner de manifiesto los valores espirituales del hombre”, presente en Orígenes”y  lo que Carlos Rafael Rodríguez, (¡Ojo!, sobrenombrado el “príncipe del marxismo  cubano “) expresó el 23 de marzo de 1982, en el 30 aniversario de la fundación de la sociedad Nuestro Tiempo: “La cultura nacional lo es en la medida en que la esencia propia sea capaz de expresarse de los modos más disímiles y universales. Si se profundiza bien en la nación propia se llega por ese camino a la otra parte, al encuentro con los demás. No a la transculturación ni a la cultura transnacional sino a una cultura propia, atravesada por todas las corrientes de la época … cultura comprometida estética y políticamente pero con amplitud cultural, sin dogmatismos infecundos ni presencia sectaria que cierre los caminos" es mi propuesta. La conciliación entre vanguardia política y vanguardia artística solo es posible en un ambiente cultural  donde se logre la cohesión a partir de la confrontación entre criterios diferentes y sobre la base de “la lealtad a su propio tiempo, a sus potencialidades intelectuales y artísticas, a sus compromisos revolucionarios y humanos”

Creo que hay que alejar de nuestra vida cultural y política el “coco” de  la glasnot . La permanencia de la Revolución cubana es un síntoma de que nuestras “especifidades” son más fuertes que nuestras “regularidades”. No se puede aplazar más la cultura del ejercicio del criterio, del debate o lo pagaremos caro, aún más caro que hasta ahora. Nuestro pueblo es el pueblo más indefenso del mundo ante la avalancha de la cultura neolibreral. Se modeló con esmero su dramaturgia pasiva  como receptor.  Como consumidor  en todos los sentidos, de lo que le den.

La batalla de ideas debe ser eso: batalla y creo que este debate ilustra como ninguno lo que debiera ser. 

Espero haber contribuido en algo a este debate.

Un abrazo grande

Marina

Gentileza de Luis D. Gutiérrez Espinoza (Perú)

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