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El microbio del amor Cuento de Otto Miguel Cione Un sabio norteamericano acaba de descubrir el microbio del amor! Así como suena: el microbio del amor!!! ¡Qué soberbio descubrimiento; que cambio formidable en el destino de las generaciones humanas futuras; qué cúmulo de desmentidos científicos, psíquicos, morales y sentimentales; qué alcances y derivaciones inauditas en la relaciones sexuales; qué bancarrota de la ciencia de amar! Más que el radium en la física y en la química modernas, más que Freud con sus teorías filosóficas, más que Einstein con su teoría de la relatividad, el nuevo descubrimiento va a influir en la humanidad de una manera decisiva. Aquello tan decantado de los poetas: “la pasión volcánica, arrolladora, incendiaria, absorbente, única, etc.” es una simple invención. Lo otro de: "te amo con toda mi sangre, mi cerebro y mi ser”, una mentira vulgar! ¡Ah! El bendito corazón, noble víscera encargada de tareas obsesionantes, pesadas, metódicas, graves, sistemáticas, al que se le imputaba todo lo relacionado con el amor, como si el pobre tuviera tiempo para complicar su mecánica tarea cuotidiana con la terrible misión de inspirar, alimentar, acrecentar y matar el amor, ese pretexto de la naturaleza para que los seres de distinto sexo se ayunten y aumenten la especie según afirma Schopenahuer. Sería como encargarle a la maquinaria de un vapor que se distrajera de su fundamental tarea para pasajeros. A dónde iría a parar el barco! ¡Bueno! Todo: pasión, atracción, simpatía, coup de poudre, conquista lenta, demonio sexual, amor tranquilo, amor ideal (sic), amor místico, amor fetichista, amor brutal, amor sexual, voluptuoso, lujurioso, amor lésbico, sáfico, amor sádico o masoquista, en fin, toda la serie de amores cuya enumeración me llevaría muy lejos, todo es producto de un simple microbio! Aquellas grandes enamoradas de la historia que dominaron a sabios filósofos, conquistadores, fundadores y dueños de imperios y reinos, fueron intensas elaboradoras de microbios del amor. La Semiramis legendaria, la Cleopatra sensual, la reina de Saba misteriosa, Mesalina la infatigable, Popea la lujuriosa, Zoo y Teodora las emperatrices bizantinas, Catalina de Rusia, pozo inagotable de pasiones vulgares, Diana de Poitiers, Catalina y María de Médicis, la La Valliére la dulce ovejita, la Montespán sabia amorosa, la Pompadour genial y calculadora, la prosaica Du Barrí, la exquisita María Antonieta, la indiferente Josefina de Beauharnais, la pasional Waleska, la entusiasta condesa de Guiarciardini que esclavizó a lord Byron, Eugenia de Montijo frívola y calculista, Madame Recamier que se dejaba amar y amaba por y a Chateaubriand aun cuando éste la engañaba, María Barchischef la niña-pasión, la opulenta mulata de Baudelaire, Jorge Sand el fenómeno sensual y versátil, que engañó a Chopin con quien quiso y al fin de Musset con el robusto Pagello, Sara Bernhard, la curiosa de amor, la Rejane la buscadora de emociones fuertes, la Duse la intelectual de la pasión, Lola Montes bailarina y reina, la Otero la belleza venusta!, la Cleo de Mérode hierática y triste, la Cavalleri voluptuosa a la italiana, la Valeri lujuriosa a la francesa, y todas las mujeres galantes de todos los países y de todas las épocas fueron verdugos y victimas nada más que por y de el microbio del amor, ¿Y qué decir de los grandes tenorios que en el mundo han sido? ¿Qué de Alcibíades y Petronio? ¿Qué de Marco Antonio? Y Salomón el rey apasionador y apasionado? ¿Y toda la recua de emperadores sexuales desde Tiberio a Vitelio, desde Nerón a Heliogábalo, desde Cómmodo a Basilio? ¿Y los reyes trágicos de Inglaterra que amaban y eran amados por el terror? ¿Aquel Ricardo III y el monstruo de Enrique VIII? ¿Y los reyes galantes de la casa de Valois, Francisco I, Enrique II y Enrique III, el de los “miguones”? ¿Y el primero de los Borbones Enrique IV, y su nieto Luis XIV? Y aquel fachendoso Murat y el conde de Orsay y el actual conde de Castellane y hasta hace poco Gabriel D’Aununzio, tenorios irresistibles! ¿Qué fuego sagrado corre por sus venas? ¡Un simple microbio! Francamente no nos seduce el descubrimiento del sabio norteamericano. Reducir el amor, el sacrosanto amor, el dueño incontestable del mundo; el fabricante más activo de ataúdes, el causante de los dramas más bellos y complicados, el inspirador obligado de poetas, novelistas y dramaturgos, el rival de la muerte cuando no su colaborador más constante, el mantenedor de la vida y el conservador de las especies por excelencia, digo, reducirlo a la altura de una enfermedad contagiosa, colocarlo junto a las epidemias más mortíferas conocidas, el cólera, la viruela, el tifus exantemático, la gangrena gaseosa, etc., nos resulta humillante para la dignidad humana. Pronto veremos en los laboratorios de bacteriología junto a un tubito que contiene el bacilus prodigiosus, o el microbio de! amor! ¡Lo que llegará a suceder si se llega a romper el frasquito! Una epidemia instantánea, fulminante, más mortífera que el cólera, más dolorosa que la difteria, más espeluznante que la peste bubónica. De hoy más en adelante no habrá más tímidos o fríos, en materia del amor. Unos cuantos microbios ingeridos antes de visitar a una mujer a la que se pretende y ya está adquirido el entusiasmo y el ardor que faltaban. Unos pocos microbios desparramados en un ramo de flores que se le regala a una esquiva, coqueta y difícil mujer, y a los pocos momentos la pobre queda rendida a vuestros pies, solicitando a gritos apasionadamente vuestro amor. ¡Y aquí de las venganzas! El día, que no está lejano, en que se descubra el microbio de los celos, ese día el desastre de la humanidad será completo ... más completo e irremediable que en el momento actual. Porque a decir verdad, hasta ahora el amor ha sido algo como una fuerza ciega que brota al acaso como el rayo, por ejemplo. Hoy con el microbio del amor se va a encauzar el amor en una nueva vía ordenada, razonable, bien regimentada. Se aplicará el microbio a dosis razonables según el temperamento de cada individuo y como el descubrimiento de un microbio irá seguido naturalmente del de su vacuna o suero inmunizador, no está lejano el día en que a todos los que tienen exceso de... microbios, a los pasionales, a los botarates, a los enamorados trágicos en quienes la infección toma caracteres de virulencia inusitada, se les someta a !a inyección del suero que aminora la fiebre, suprima los efectos perniciosos y normaliza las funciones orgánicas del atacado. Prevenir es curar. También se aplicará la vacuna a los predestinados, a esos seres pálidos y románticos, que usan corbata a La Valliere, cadenas hechas con el pelo del ser amado, novios, esposos, amantes fatales, que sueñan con el suicidio colectivo, ya con la novia, con la esposa o con toda la familia. De esos seres pasionales con vistas al cementerio se hará discretos y mesurados maridos, buenos padres de familia, fieles esposos con sólo un lancetazo de bisturí acompañado de un caldito suave de vacuna anticupidesca! La edad no tendrá nada que ver con las pasiones. En combinación con Voronoff, el microbio del amor hará maravillas. Un anciano será motivo de pasiones tremendas por parte de jóvenes nubiles y viceversa, una anciana. . pero esto se ve todos los días. El problema de los sexos quedará resuelto fácilmente. Se obtendrán seres a gusto del consumidor. Cuestión de microbios más o menos masculinizados o afeminados. Me detengo. Es imposible predecir lo que originará en el mundo el descubrimiento que llega demasiado tarde para nuestros contemporáneos. Lo que hubiéramos hecho hace veinte o treinta años si hubiéramos podido disponer de uno de esos frágiles tubitos lleno de microbios del amor! |
Cuento de Otto Miguel Cione
Publicado, originalmente, en: Anales Revista Nacional Nº 95, marzo 1928, Montevideo pdf
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Ver, además:
Otto Miguel Cione en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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