|
Pedaleando Así que me quedé con la bicicleta, a pesar de su aura demodé y del peligro que entrañaba. David Byrne Hace diez años aprendí a manejar bicicleta, y es el único vehículo que conduzco. Quizá mi pésima relación con las ruedas, ya sean de tracción humana o motorizadas, se pueda explicar por una cuestión de fondo: de niño, nunca tuve una bicicleta. No es que fuéramos tan pobres o peligrosísimo nuestro barrio en Lima como para que mi familia descartara esta compra navideña, sucede que me daba miedo montarme en una; cada vez que lo intenté, el asunto terminó mal. Recuerdo la tarde en que fui hacia el Volkswagen de un vecino porque la inercia se impuso a mi voluntad de esquivar su escarabajo estacionado; donde cualquiera se habría salvado con virar a tiempo, yo hice el ridículo. En una ocasión, me di contra un poste por la incongruencia de mi cuerpo para frenar con las manos y, a la vez, dejar de pedalear frente al obstáculo. Y fueron demasiados los fines de semana en que asumí la condena de seguir eternamente en línea recta, pues era incapaz de dar vuelta sin caerme. Dos ciencias tan relevantes como la física y la anatomía se pusieron de acuerdo para hilar la conclusión de que, ante mí, una bicicleta se convertía en una bestia metálica tan humillante como destructiva; humillaba y destruía mi fofa autoestima. A esta presunción interdisciplinaria me sometí hasta 2009, en que me casé. No es que mi esposa me enseñara a manejar una bicicleta como se hace con los pequeños: corriendo detrás y con sus manos en el asiento para contribuir a la estabilidad del movimiento; ella logró convencerme de que ese vehículo para acróbatas también podía ser para mí. Por encima de los postulados fundacionales de Isaac Newton para la física y Andrés Vesalio para la anatomía, estuvo su estímulo para que yo intentara superar mis capitulaciones del pasado. Lo primero fue comprarnos unas, justamente en Navidad. Era Lima y el verano, en que contraje el hábito de mi montañera negra de seis velocidades para tramos cada vez más largos; aunque me bastaban dos: cansa y no cansa. Luego fue el entrenarme en destrezas básicas como pedalear, acelerar, adelantar, virar, frenar y parar; así, mis extremidades ganaron en autonomía y reforzaron otras codependencias musculares. Circular a rapidez media y estatura ventajosa, transforma la impresión de estar atrapado en el trajín urbano de los peatones apurados y los conductores agresivos; todo se torna volátil y hasta pasajero, un despertar de los sentidos que dulcifica la rigidez de la realidad. Asimismo, mi concepción del equilibro, tanto para atravesar las calles como para vislumbrar la vida, tiene un origen marital. Durante el 2010, mi seguridad para montar la bicicleta fue creciendo. De los recorridos al mercado en el distrito de Jesús María y los paseos dominicales en los carriles de la avenida Arequipa, arriesgué hacia una aventura de mayores distancias: abarcar los cinco kilómetros de nuestra casa al lugar donde entonces trabajaba, en el corazón financiero de San Isidro. Iba los lunes y los miércoles, en que mi jornada terminaba poco después del mediodía. En aquella época, por lo general, evitaba manejar de noche; a los peligros que entraña avanzar entre el caos vehicular de Lima, más amenazante que un enjambre de avispas, anexaba cierta vacilación personal por mi astigmatismo de borracho y la miopía de invidente con que compagino la vida. En esos tramos de obligación laboral afirmé una característica de mi manera de conducir: hacerlo sin apuros, como siempre han afrontado la calle los panaderos que pedalean. Aquel año también nos mudamos; no solo de ciudad, sino de país. De agosto a setiembre vendimos muchas cosas, incluido el departamento que habíamos estrenado solo unos meses atrás; pero no rematamos las bicicletas. En 2010 cambiamos de orilla y de hemisferio; todavía no era la vida en Barcelona, aunque sí bastante cerca: llegamos a Valencia, 9737 kilómetros al noreste de Lima. Si bien viajábamos para estudiar, también lo hacíamos con la intuición de que esta mudanza definiría el tipo de pareja que seríamos. Resueltos los asuntos de alquiler, hicimos cuentas a fuerza de pesimismo para entrever el costo de vivir ahí durante un año; ante la suma total, decidimos concentrar al máximo la inversión en trasporte: adquirimos un par de bicicletas para movernos en la ciudad, lo que redujo los gastos de bus, metro y tranvía. El uso de la bicicleta ha venido a definir mi relación con las ciudades: mi arraigo comienza en la superficie que abarco con el pedalear. Las compras de la semana las hacíamos a pie y los paseos de fin de mes, en tren o en avión cuando surgían ofertas para las cruzar fronteras nacionales; para lo demás, como ir a la universidad o a las reuniones de amigos o al centro de las prácticas laborales, teníamos la bicicleta. La utilicé para gozar del sol en primavera y bajo la lluvia de otoño, me monté en ella con ropa de casa y también con traje sastre para dictar alguna conferencia, la manejé casi siempre sobrio y no faltó la madrugada en que lo hice ebrio en la Gran Vía del Marqués del Turia; era el 2011 y todavía no se imponían las restricciones para el uso de los audífonos, que yo conectaba a mi música para los trayectos que estiraba. Mis recuerdos de Valencia están adheridos a la banda sonora de una docena de canciones que ponían el ritmo a esa libertad calmosa con que pedaleaba aquella bicicleta rudimentaria que compramos un domingo en Carrefour y que, siete meses después, me robaron. Nos habían advertido sobre la delincuencia en Valencia: tendía a nula, salvo por la propensión local a las bicicletas. La mía se la llevaron a pesar de la cadena con que la aseguraba en el estacionamiento de la universidad, a un lado de la cafetería de la facultad. Hacía años que nadie me robaba, y tenía que pasarme con un bien tan necesario. No recuerdo mucho cómo fueron aquellas noches indignadas sin mi vehículo de excepción, a lo mejor limité mi contacto con el mundo exterior porque lo echaba en falta como un don Quijote a su Rocinante o un Han Solo a su Halcón Milenario; lo que sí recuerdo fue el modo en que compartí con otros estudiantes del Máster mi irritación de latinoamericano en Europa por el robo. Fea trama y peor ironía eso de rapiñar a un peruano del Perú en España. Una compañera, tan noble y valenciana como Joanot Martorell, ofreció prestarme una bicicleta de las suyas, que tenía varias y ninguna usaba. Los últimos meses en esa región del Mediterráneo, entre horchatas y naranjas, los hice sobre ruedas ajenas, tan amargado por el delito como agradecido por la generosidad. De regreso al Perú, también volví a la bicicleta de mi primera Navidad de acróbata, pues mi tía la había guardado con su candor de madre y sus habilidades de almacenera especializada en conservación patrimonial. Para entonces, yo manejaba de día, de tarde, de noche, de madrugada; incluso con la izquierda, aunque nunca lo hago sin manos. Frente a las enseñanzas de Isaac Newton y Andrés Vesalio, cualquier intento de estabilidad sobre dos ruedas continuas con los brazos inertes a ambos lados es un despropósito; para qué insultar a la ciencia con arrebatos de imbecilidad, si el manubrio está para asegurar el equilibrio. Ignoro cuánto dominan los mecánicos para arreglar una bicicleta, ni siquiera tengo claro eso de meter la cadena en la catalina; bastante aprendizaje ha sido el aprovechar los cambios de velocidades y lo que implica orgánicamente el ir y proseguir. Por ello, preferimos internar la bicicleta en un taller para su mantenimiento; además la pintaron, renovaron las luces y agregaron un cacharro de plástico en la parte trasera, sobre una parrilla, donde comencé a llevar mis libros. Para cualquiera, yo no era un escritor con trabajo de oficina, sino un repartidor de comida sin uniforme distintivo. ¿Qué gritaba la gente, sobre todo los choferes, al verme avanzar en mi bicicleta? Habitualmente, "misio"; o sea, pobre, tacaño... miserable, por no tener el dinero para comprarme un auto como la adultez demanda. Aquella era la simplista interpretación de tantos al presenciar mi pedaleo de un vehículo. Ciudad de contrastes, extrema en lo nocivo, ganada por un materialismo del exceso: los desprecios venían de quienes estaban subidos en cuatro ruedas, el doble de aquellas que me bastaban para moverme. Para entonces ya usaba casco y guantes, aunque siempre me resistí a la indumentaria de medallista olímpico que promociona el mercado del ciclismo; a lo sumo, yo era un panadero con luces refractantes en los tobillos. Por otro lado, cuando rememoro aquella última etapa en el Perú, mi amor masoquista por la capital está revestido de luminosidad: tiendo a evocar mis recorridos matutinos como eventos soleados, con brillo entre los árboles de la avenida Dos de Mayo en la ciudad gris. Sé que, contra los dictados de mi memoria, seguiré idealizando esos desplazamientos de quince o veinte minutos como ratos íntimos en que preparaba mi escritura: el esbozo de argumentos para mis historias, hilar frases en mi mente y poner a prueba el sonido de otras a punta de repetirlas contra el viento. Desde entonces, mi literatura es pedaleada. Ese tiempo en Lima duró unos años, hasta que volvimos a otra España mediterránea: Barcelona. Para aquella mudanza no vendimos el nuevo departamento ni el estacionamiento, que habíamos comprado para guardar el auto que usábamos los fines de semana. Asumí que mi bicicleta, trajinante al límite, debía ser tratada como un jornalero: fueran de justicia sus días descanso; por ello, cuando ofertamos nuestro BYD F0, su kilometraje era menor que el de las bicicletas que regalamos. Así como nunca he comprado un animal, tampoco especularía con una bicicleta usada (o un libro), es un bien para trasferir en vez de la ordinariez de revender; lo máximo que hice fue destinarla a un amigo que la necesitaba para los repartos de comida en su restaurante: a cambio de mi vehículo, me hizo llegar la excelencia de su menú durante varios días. Con Barcelona regresamos al nomadismo de una vida de pareja transoceánica, renovando nuestra afición al desapego y admitiendo con naturalidad la implantación de la incertidumbre económica en nuestras expectativas. Mis primeras acciones de incorporación ciudadana en Barcelona, luego de las gestiones preliminares del empadronamiento en la ciudad y una cuenta bancaria, fueron sacar el carné en la biblioteca del barrio e inscribirme en el Bicing. Ambas operaciones se complementaban: con una le multiplicaba las oportunidades a mi mundo interior mediante la lectura y con la otra aseguraba un vehículo para abarcar lo exterior, desde los rincones más próximos a los más lejanos. Si en Valencia habíamos optado por comprar, en Barcelona adoptamos el sistema de alquiler de bicicletas públicas, a través de un pago anual. Pasamos de la posesión particular a los bienes comunitarios; con ello, la posibilidad de acceder a cualquiera de las siete mil en una red de doscientos kilómetros de carriles. Hay cierta monarquía de la bicicleta, por encima de otros medios de transporte y esparcimiento, lo cual se debe a que montado en una se consigue una estatura y un ritmo que favorece la contemplación de la arquitectura modernista catalana, a la par naturalista e inquieta. Nada como circundar los edificios sinuosos del XIX, con un vehículo que fue ganando popularidad desde aquel siglo. Aunque es convencional la elección de la ruta más corta para ir a un lugar, en mi binomio de Barcelona y bicicleta a veces procuro el itinerario largo para imponer el disfrute del camino a la mera llegada; itinerario porque montado en dos ruedas la cosa no se reduce a partir de un sitio para alcanzar otro, sino en identificar puntos intermedios por donde pasar a mirar, a tocar, a oler, a degustar. Manejar para demorar. El binomio, que algo tiene de ejercicio físico, es la predilección por lo sensorial. En Barcelona amplié mis usos para la bicicleta: es el vehículo para hacer la compra en el supermercado, repartiendo los pesos en una mochila a la espalda y la canastilla delantera, equilibrando la fragilidad del pescado con la robustez de las botellas. En Barcelona he sufrido mi único accidente sobre ruedas, fuera de las múltiples caídas de infancia en el barrio donde crecí: aquella vez surcaba el carril especial en la avenida del Paral-lel, desde el monumento de Colón hasta la Plaza España, cuando me arrolló un triciclo motorizado por querer adelantarme. Terminé en el suelo, el pantalón roto a la altura de la rodilla, la piel abierta y sangrante; aunque ya no tengo la autoestima fofa, algo destruye y algo humilla un impacto así. No existe una fotografía de mí con el malabarismo de los bultos alrededor o de mí contra el asfalto como un trapo mojado, en tanto imágenes serían bochornosas por igual; sin embargo, sigo manejando con un orgullo inmaduro y tercamente juvenil. Es lo que tiene la bicicleta en una ciudad que la reivindica: nada está por encima de la inclinación a usarla, introduciendo adicción al apego. Anoche, en Noche Buena, pedaleaba por el Passeig de Gracia con diez grados de temperatura y un invierno sin abundancia de turistas. Barcelona parecía solitaria, hermosa por solitaria, también por insólita y por luminosa en la oscuridad. Tres meses atrás había partido a la Argentina para disfrutar de una estancia de escritura e investigación en la Universidad de Buenos Aires, semanas de semanas en que no toqué una bicicleta; demasiado tiempo de abstinencia para una forma de satisfacción que consiste en exprimir una ciudad, aglomerar recuerdos y despertar los sentidos hasta para escribir. Inspirado por la sensiblería de la Navidad, anoche montaba sobre la vida tal cual la imaginé. |
cuento de Juan Manuel Chávez Barcelona, 2019
Publicado, originalmente, en: Inti: Revista de literatura hispánica No. 93 abril de 2021
Providence College’s Digital Commons email: DigitalCommons@Providence
Link del texto: https://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1/iss93/35
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
Email: echinope@gmail.com
X: https://twitter.com/echinope
facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce
instagram: https://www.instagram.com/cechinope/
Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/
Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay
|
Ir a índice de narrativa |
![]() |
Ir a índice de Juan Manuel Chávez |
Ir a página inicio |
![]() |
Ir a índice de autores |
![]() |