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El Seminario El Seminario es una tradición medieval, aparentemente de origen vikingo, practicada en universidades a lo largo y ancho de Europa, que se ha extendido con ahínco en Norteamérica. Me dicen que también se practica en la América del Sur e inclusive algunos lugares de Asia. El Candidato llega por la mañana, impecablemente vestido, generalmente mal dormido, pero teniendo siempre que mostrar su mejor sonrisa. Su entusiasmo, aunque forzado, es evidente. La Recepcionista lo recibe, con una que otra palabra de cortesía banal, y lo conduce a su Oficina provisional, donde deja su abrigo, el maletín con El Computador y La Presentación. Espera unos minutos, menos de media hora, y empieza una serie de reuniones que lo tendrán ocupado por el resto del día. En una de ellas, finalmente conoce al Profesor, con quien ha estado intercambiando mensajes, para coordinar la visita, pero a quien se imaginaba de otra manera. En la foto de su página de internet se ve al menos veinte años menor, con pelo y sin canas. Además, con su trayectoria y su poder, nunca pensó que fuera tan corto de estatura, ni tampoco se esperó encontrar semejante desorden en su oficina, bastante pequeña. Se pregunta qué hace en el piso una pelota de hule rojo y le parece extraño que tenga un hacha de decoración. Excentricidades de La Academia, piensa. La serie de reuniones le dan poco tiempo para reflexionar. A duras penas alcanza a respirar, aunque logra escaparse al baño, gracias a una cancelación de último minuto. Parece que solamente en este espacio nauseabundo, puede respirar tranquilo, vaya paradoja. Para el almuerzo, se encuentra con Los Estudiantes. Son bastante jóvenes, más cercanos a su edad que Los Profesores, con quienes se ha reunido durante la mañana. Le cuentan sobre sus proyectos de investigación, inicialmente con mucho entusiasmo, fingido. Le dicen que lo llevarán al mejor restaurante de la universidad, aunque en realidad termina siendo una cafetería cualquiera, vieja, aunque con buena vista a la bahía. Pide algo ligero, un plato de poco peligro, pues no es el momento de experimentos gastronómicos. En el transcurso del almuerzo, Los Estudiantes se sinceran poco a poco y le cuentan sobre el carácter temperamental del Profesor. También se quejan sobre sus sueldos mínimos y en general sobre un programa que en el fondo detestan. Su angustia existencial termina siendo notable. Aunque un poco aterrado, aprecia la sinceridad de Los Estudiantes, que contrasta con la jovialidad aparente de Los Profesores. Se regresan caminado al Departamento, donde un Profesor Asistente lo recibe para tomarse un café. Aprovechan para conversar mientras caminan un poco alrededor del edificio. Aunque con menos candidez, este Profesor Asistente, que debe tener su edad, también hace un comentario sobre el carácter del Profesor. La verdad es que en su Universidad las cosas son parecidas y siempre hay alguien que esconder en El Departamento o sobre quien advertir a los Profesores Visitantes. Recuerda que hace un par de semanas terminó haciéndole exactamente la misma advertencia a otro Profesor Visitante, antes del Sacrificio. El día se la ha ido de reunión en reunión, que hasta este momento parecen una sola conversación interminable, más que citas concretas. Las de la tarde se pasaron más rápido que las de la mañana y finalmente tiene media hora, que en realidad son veinte minutos, para revisar su Computador y retocar La Presentación. Solamente hace un cambio, para citar un nuevo trabajo del Profesor, que la verdad no conocía y le parece relevante y cortés mencionar. Se siente un poco cansado, pero preparado para la faena, solamente un poco nervioso, sonríe. Al Seminario, asisten la mayoría de Profesores y Estudiantes con los que se ha entrevistado durante el día. Recuerda que un par se excusaron por no poder asistir, pero entre la concurrencia están El Profesor, junto con otros Profesores de Planta, muy renombrados, que justamente sólo conoce de nombre. El Seminario comienza relativamente bien, hasta llegar a un primer escollo precisamente sobre la nueva referencia al trabajo del Profesor. Al parecer no lo ha citado de manera adecuada, algo que en ese momento le parece evidente, pues ni había leído el nuevo trabajo y solamente lo hizo por cortesía. Ha sido un zarpazo incómodo, pero leve. Un error menor, piensa y sigue con El Seminario de la manera prevista. Pero es en el análisis cuantitativo, donde se da cuenta que ha cometido un error garrafal en La Presentación. Afortunadamente nadie lo ha notado y puede salvar la situación. Sigue su curso, sonríe nerviosamente. Pero de repente ve con terror la mano levantada del Profesor y una gota de sudor frío corre por su frente. Le hace una pregunta y le pide retroceder a la diapositiva con el error. Lo hace, no tiene escapatoria, y es ahí cuando siente el primer mordisco. Los dientes han rasgado su traje y no sabe si la herida ha penetrado hasta el hueso, pero el dolor en el brazo es innegable. Los otros Profesores de Planta, también atacan. Lanzan mordiscos, mientras siente un arañazo punzante en la espalda y luego un hachazo en la pierna, que en otro sitio hubiera sido mortal. Es como una jauría de perros, alcanza a pensar. Hay dos que no lo sueltan, de los tobillos y el muslo. Son como tiburones, o pirañas, parece alcanzar a distinguir. Algunos lo muerden muchas veces, mientras que otros le proporcionan grandes mordiscos, que terminarán siendo letales, lo sabe. Después de algunos minutos, que ha sufrido como si fueran horas, pierde el conocimiento y cae al piso, donde los Profesores Asistentes, incluido su contertulio de la mañana, ahora se han unido a la rapiña. Los Profesores de Planta no han dejado mucho por morder, pero igual los más jóvenes siguen, obedientes, el ataque. Saciados, van saliendo poco a poco, y ordenadamente se unen al banquete algunos Estudiantes. El espectáculo tampoco dura mucho, hasta que también ellos se retiran, todavía hambrientos. El Profesor manda luego un correo a todos los estudiantes, por si alguno todavía quiere ir por los restos del Sacrificio, siempre respetando perfectamente las jerarquías. Algunos Estudiantes, que nunca habían oído sobre el Profesor Visitante, se acercan, aunque ya no queda prácticamente nada. Es tarde y prefieren volver a su Oficina a preparar su propia Presentación, con la que sueñan, algún día poder dar un Seminario en otra Universidad, como la del Profesor Visitante. Una hora más tarde, cuando ya casi está oscuro, entra La Señora del Aseo. Limpia algunas de las porquerías que han dejado, aunque esta vez la verdad es que no ha quedado mucho. Recoge las trizas del vestido, algunas todavía manchadas con sangre. Coloca los huesos, casi limpios aparte y los mete en una bolsa plástica, en una rutina aprendida. Otro Seminario, exclama para sus adentros, mientras una gota de sudor caliente resbala por su frente. |
cuento de Felipe Valencia Caicedo
Publicado, originalmente, en: Inti: Revista de literatura hispánica No. 93 abril de 2021
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Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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