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Una noche menos Cuento de Omar Barrientos Nieto |
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—¿Has
venido a perdonarme? Escogiste un mal momento. No puedo estrecharte la mano,
mucho menos abrazarte. Pero, dime, ¿desde qué hora estás aquí? No te vi llegar.
Es raro porque siempre estoy frente a la ventana, observando la avenida
Insurgentes, cada vez más silenciosa y torpe. No, no me das miedo. Al final supe
que vendrías. Pero no me haré el valiente. Sí, le temo a los maniquíes: los
recojo de la sala y los encierro en el armario, junto a la máquina de coser y
las telas de mi mamá; y de pronto, se escapan del mueble y se sientan en los
sillones. Cuando los veo de vuelta, inmóviles, las piernas se me entumen. Veo
sus cinturas estrechas, sus cuerpos enteramente desnudos y huyo a la habitación.
Cierro la puerta y le tomo la temperatura a mi mamá. A veces los oigo tocar, el
golpe ligero se extiende en la habitación; en otras ocasiones han girado la
manija y entreabren la puerta, se asoman y, con sus ojos ausentes, me miran.
Saben que les temo, saben que pronto tendrán el valor de atravesar la puerta.
Pero, ¿no te aburro con mis historias? Debo admitir que me da gusto que estés
conmigo. Ahora sí, y antes de que te vayas, debo pedirte una disculpa. ¿Te
parece si te cuento cómo me he sentido?, ¿está bien para ti? Bueno, poco después
de lo que pasó, el calor llegó a la ciudad. El sol estalló sobre nosotros,
abrasó el cielo y las casas. Las paredes reverberaban una luz blanquecina. Y,
sin embargo, en la tarde cayó la lluvia. Las gotas resbalaban lentamente sobre
la ventana. Las noches se volvieron largas; a veces ni siquiera estoy seguro de
que hayan terminado. Me despertaba nauseabundo. Desde que llamaron para avisarme
de tu fallecimiento, los días y las noches son así, llenos de lluvia y calor;
siento que todo se convirtió en un sueño, un sueño sordo e iracundo. Lo peor es
que pude haber ido contigo. Pude estar ahí, despidiéndome, pero no lo hice. No
existía el encierro ni la cuarentena. Los pájaros volaban con ramas en los picos
y los perros ladraban desde las azoteas. Hace mucho que no oigo ladrar a los
perros. Ahora sólo se escuchan rumores. A todas horas me repetía lo mismo:
¿por qué no estuve ahí? La misma noche en que me avisaron de tu funeral, me
imaginé un cuarto blanco, con flores, olor a muerto, y en medio un féretro. Tu
féretro. La caja de madera estaba rodeada de sillas vacías. Tú no debiste morir
así. Merecías más. Después de unos días, mi alcoba comenzó a oler a muerto. Fue
entonces cuando mi mamá presentó síntomas. Preferí mudarme a su habitación para
cuidarla. Me duermo en el piso, junto a su cama, y me cubro con una sábana
tejida por ella. He tenido pesadillas. Entran por nosotros la fiebre, los
maniquíes. No puedo dormir y sólo atino a tomarle las manos cada vez más
calientes. Pero ahora que estás aquí me siento irremediablemente tranquilo. |
Cuento de Omar Barrientos Nieto (Ciudad de
México, 1996). Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Publicado, originalmente, en
Revista Punto en Línea julio-septiembre
2020 / No. 87-88
Revista Punto en Línea
es una publicación bimestral
editada por la
Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la
Dirección de Lteratura
Link del texto: http://www.puntoenlinea.unam.mx/index.php/1541
Editado por el editor de Letras Uruguay
Email: echinope@gmail.com
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