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José Fioravanti. El
escultor de la quietud armoniosa Inédito en Internet al 24 de septiembre de 2026. Escaneado, para Letras Uruguay, por su editor. Conste
Bajorrelieve de piedra destinado al hall de la Casa de Gobierno
Así como el silencio se halla poblado de voces, la quietad está llena de movimiento. ¡Pero, qué magia la del artista que acierta, con tal elocuencia! Porque de la quietud a la inercia, no hay más que un paso. La expresión en el reposo debe ser, pues, sorprendida en su actitud propicia. Labio mudo que habla; ala inmóvil que, \sin embargo, vuela... ; Presas que sólo puede cobrarlas el gran cazador! Es el juicio esencial que la obra de Fioravanti me sugiere. Porque este artista en plena evolución, obsedido ahora por un sueño de arte prefidiano, venía predispuesto para la plástica serenidad. Melancólico en su sentimiento, casto en su fecundidad armoniosa. Y fuerte, siempre, como el que más. Pero, sobre todos esos aspectos, un plasmador de quietudes persuasivas... Yo parto, para afirmarlo así, de su primera obra. La figura de la hermana. Que se halla en el Museo de Bellas Artes. Obra todavía influenciada por reglas clásicas de academia. Pero ya sugerente. |
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Y a través de diez años de labor y renovación, la comparo con sus últimas figuras de monumento. El alma es la misma. Sólo hay diferencia de forma. Pero idéntica sangre corre por esas venas. Y las manos que se levantan como para bendecir, son hermanas de las manos que, en reposo, parecían hilar el hilo espiritual de un sueño meditativo. Pero, con la forma, la técnica ha variado. Y decir de un artista que ha variado su técnica, es hablar de nuevas orientaciones. El ha sorprendido esta verdad: “Toda perfección, en una época artística, va precedida por su infancia y su desarrollo. Si queremos renovar el arte, no sigamos a los grandes maestros, que sabían mucho, que lo dijeron todo. Estudiemos a los precursores. Ellos, en su ingenua indecisión, abren caminos insospechados a nuestra ansiedad imaginativa ..." "¿Entonces? ..." Como el niño sé vuelve a la madre, el alma del artista se vuelve a la cuna del arte. Pero, ¿fue únicamente Grecia, la cuna del arte? No, indudablemente. Criatura robusta, destinada para todos los prodigios, creció Grecia bajo la enseñanza de una nodriza maravillosa. ¡El Egipto de las estatuas y bajos relieves! Y para un artista moderno, supone más, como excitante de concepción, un retrato de Seti I o de la reina Nofrit, que el Júpiter de Fidias o la Afrodita de Praxíteles. Y más todavía—por el cercano parentesco— esas estatuas de la Egina y de la Olimpia, precursoras, que guardaban aún el sello faraónico, algo gigante y desmedido de sus proporciones. Y quien habla de Egipto, habla también de Asiría, con sus estelas cinceladas y sus planchas de bronce, fundidas en bajos relieves. Un arte tan antiguo, tan vigoroso, que parece ya sabio hasta en sus arbitrarias ingenuidades... (Pensad en el toro alado de cinco patas y en el león que, en su salto de perfil, presenta de frente las dos zarpas abiertas). |
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En esta selva de encantamientos ha penetrado Fioravanti. Hace miles de años que en esa selva, yacía la belleza. El, como otros artistas del actual movimiento, por tierras y por mares, han Ido a rescatar el santo sepulcro. Y se encuentran con que, allí dentro, en vez de una momia desecada, sonríe, dormida, una doncella.. Y el arte de este escultor, que se inicia ya personal, en su primera obra, todavía de academia, que se desarrolla luego, con patética expresión y líneas tan serenas como vigorosas; el arte de este escultor adquiere una nueva simplicidad. Es ahora fresco, tierno, jugoso, como una cesta de manzanas. ¡Y qué unidad en toda su obra! En ella triunfa siempre la quietud armoniosa. ¡Pero, también, qué distancia entre lo de ayer y lo de hoy!.. Y no reside esa distancia en que el artista haya aprendido a modelar mejor. Tal vez, de intento, hará gala de olvidar, a ratos, esa demasiada ciencia aprendida. Es el maestro de orquesta que, apartando los cien instrumentos, queda sosteniendo toda la emoción con un simple coro de flautas. De tal modo se aquietan sus figuras en un éxtasis de belleza, que parecen adquirir a veces cierta gracia vegetal, como si fueran todas ellas el árbol encantado de la fábula, en donde el arte, como la palabra está latente y expresivo .... |
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Su arte del momento, es renovador de formas arcaicas. Y yo me siento delante de sus estelas y estatuas, como un ciudadano de Tebas, de Babilonia o de Olimpia, que después de milenios volviera a la vida, y emprendiera otra vez el ritmo interrumpido. Y esto me demuestra, una vez más, la unidad espiritual de nuestra civilización. ¿Debo pronunciar otra vez esta palabra mágica: Oriente? Sí, debo pronunciarla. El mismo Fioravanti no la calla.. Pero también habla de Bizancio. Significa mucho, en realidad, Bizancio, aun cuando se hayan escrito, anteriormente, nombres tan inmensos. Pero no sé si significa tanto para la escultura, como para otras artes hermanas. Núcleo de decadencia, en su seno agoniza la cultura greco-latina. Pero de allí mismo, como fertilizada por su propia descomposición, brota el gran cedro arábigo, y el mundo asiste al milagro del resurgimiento. Nace, en realidad, la música y su escritura; aparece un nuevo estilo arquitectónico. El milagroso Oriente, después de crear a Egipto, Grecia y Roma, impulsa otra vez hacia el Oeste el germen de la civilización. Y la nueva etapa se cumple en España y en Italia. Nace en aquélla el único gran filósofo de la Edad Media: Ibn-Rochsd, llamado Averroes. Y a esta última le cabe la gloria de producir el poeta más grande de la cristiandad: un árabe, por su alma y por su nombre: Alí-ghie-ri ... Estas verdades son claras, para quienes quieren entenderlas. Pero hay los engañados por propia voluntad. Leía, no ha mucho, un tratado sobre escultura, tomando este arte desde la época neolítica. Su autor, llamaba “celt” a la edad de piedra, en Europa, derivándola del hacha (de sílice) que es en realidad lo que “celt” significa. Era la edad de la caverna. La edad del celta, en una palabra. Luego, sorprendido por la inmediata civilización que le sigue de golpe, donde descubre ya el uso de los metales y la arcilla, se lanza a buscar sus orígenes. No es posible hablar de evolución. ¿Invasión, entonces? Y los halla, claro está, en el Oriente... Pero, para conciliar sus deseos y la verdad, se echa a buscar vagos escritores latinos, que hablaban con más vaguedad aun, de una vaguísima raza de... celtas, venida de Oriente, para enseñar las artes. Y, como finalmente, tampoco le satisface esta teoría, inventa él por cuenta propia una emigración de celtas al Oriente, donde crean todo lo creable, para luego volver a enseñárselo a los hombres de las cavernas. Y el que esto escribe no es un celta. Es un hombre de raza oriental ¡Ate usted cabos! |
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Fioravanti no es de los que se engañan a si mismos. La sinceridad de su arte lo demuestra. Su arte sano, robusto, sin gota de preciosismo—ni peligros de caer en el—por su masculina y sobria sensualidad. Fioravanti ha visitado el Museo Británico, y ha recibido lecciones de Khorsabad, de Luxor y de Olimpia. Y con su alma moderna, ha prolongado esta lejana emoción, la ha hecho renacer palpitante y nuestra. Se sentía hermano de aquellos artistas y continuador de su sensibilidad. Veía claro en el mundo exterior y adentro de sí mismo. Y entonces no podía realizar sino obras sinceras y bellas. Estas obras se han venido sucediendo, en una labor incesante. Estatuas y bajos relieves. Trabajaba en éstos, sobre la piedra directamente. Así ha logrado realizar escenas deliciosas, como esa destinada al gran "hall” de la Casa de Gobierno. No puede concebirse nada más armónico. La madre, que sostiene al hijo de pie, sobre sus muslos, siguiendo con maternal ternura el ademán del niño que suelta una paloma. Todo el arte de Fioravanti se encuentra allí: salud, gracia, armonía. |
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Y así ha podido realizar también su monumento a Beethoven, de sobria expresiva serenidad helénica. Y el monumento simbólico de la Rural, esa pareja de tan humana dulzura, de tan arcadica bondad. Y sus grandes figuras funerarias, entre las cuales me he paseado lleno de asombro, como si viera renacer, con una calma fuerte y profunda, un arte de gigantes desaparecidos. No me extraña, pues, sorprender a Fioravanti en su taller, delgado de cuerpo y pálido de color. Es la transfusión de sangre y de espíritu que el artista realiza, en los seres de su imaginación. Y como es el escultor—entre todos los creadores de belleza—el que más ha conservado el sello de los griegos, quisiera poder saludarlo con algunas bellas palabras en dialecto jónico... Pero, a falta de jónico, bueno es el criollo. Y tan bueno, que, sin habernos visto jamás, a los pocos segundos ya nos entendemos completamente. Y yendo y viniendo por las salas donde se agrupan sus obras, cambiamos impresiones. Fioravanti es un alma franca y recta, que va, como una flecha, a dar en el blanco de su verdad. Nada oculta. Allí están sus maestros. Allí, su cantera espiritual. Y de las venerables estelas, de las milenarias estatuas, cuyas reproducciones decoran las paredes, paso los ojos a sus propias obras. Veo el lazo de familia. Y la nueva expresión. Expresión de síntesis armónicas, donde se funden actitudes de muchas épocas y países. Y nada desentona. Porque el artista de Buenos Aires, fiel al abolengo de su estirpe, esculpe a orillas del Plata como lo hiciera su ante pasado a orillas del Eufrates, del Nilo y de los mil riachos ilustres de la Hélade. Y yo vuelvo a sentir cuán profundamente estamos unidos a esa cultura que, por mil caminos de dolor y esperanza, ha ido llevando la luz del espíritu a todo el resto de la humanidad. Cultura que sólo pudo extenderse cuando los hombres que la crearon, en migraciones sucesivas, se esparcieron entre las razas que, hasta ese instante, sólo habían dado señales de su fuerza primitiva ... El Oriente está vital en toda esa civilización. Así como en el Ibsen noruego se trasluce la herencia de algún otro Ibn-sem, filósofo o poeta. Simiente que peregrinara a través de centurias, desde Jerusalén o Damasco hasta Cristianía, para germinar por fin en una genial revelación de arte y humanidad. |
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A pesar de su verba elocuente, el escultor me habla también con los ojos y, sobre todo, con las manos. Manos, fuertes como de obrero, y elocuentes como de artista. Acostumbradas a plasmar la idea en la arcilla, modelan en el aires las palabras que su dueño modula. No quiero hacer diálogos. En estas cuartillas creo ya haber narrado algo de lo que me dijo y también de lo que yo iba pensando. Por lo demás, al escultor no vais a juzgarlo por sus palabras, sino por sus estatuas. Id a verlas, si no las conocéis. Empiezan a esparcirse por la ciudad. Ellas, junto con las de otros dos o tres artistas argentinos, empiezan a consolarnos de tanto frio mármol indiferente. Con ellas empezará recién nuestro pueblo a comprender y amar la belleza de la forma esculpida. Celebro en el escultor su laboriosidad. Pero él se confiesa el hombre menos trabajador del mundo. Tiene allí dos grandes monumentos en modelo. Uno dedicado a Sáenz Peña y el otro a Avellaneda. Acaba de exhibir las figuras del monumento a Carbó... Lo que él lamenta—yo comprendo—es no poder trabajar todavía más. Y en sus ojos febriles, leo la inquietud del Ensueño que llama, que sacude las aldabas con nerviosa impaciencia... Llega en todo instante, desde muy lejos, para traerle un nuevo presente. Y parece temer que, como un perfume sutil y exquisito, se le desvanezca... Se agita llama sin cesar... Hasta que el artista le abre las puertas. Y entonces el Ensueño, como esos fastuosos mercaderes de las fábulas, desatará los velos y descubrirá un nuevo prodigio ... |
crónica de Ernesto Mario Barreda
Publicado, originalmente, en: La Nación Revista Semanal Año I Núm. 5 agosto 4, 1929
Link del texto: https://ahira.com.ar/wp-content/uploads/2025/07/La-Nacion-Revista_n05.pdf
Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,
que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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