Viento y fantasma

poema de Manuel Andrade

 

Me contó en el teléfono mi padre que le había hablado Carmen para
        decirle que se murió Quina, mi tía Angelina, su hermana menor.

Y no lloré ni lo sentí ni otro estado del ánimo o del cuerpo, tan solo lo
        escuché porque la muerte siempre me deja absorto.

Y mientras lo escuchaba, me vino a la memoria el naufragio de siglos
        que rondaba la casa de mi abuela…

Era una tempestad cernida a piedra y lodo, un viento que furioso
        sacudía los vidrios, los aromas de su pequeña casa; era un
        sueño oloroso, piel de potro mojada en el rocío que sonaba a
        nostalgia y a tragedia…

A la tía Quina se le dibujaba, tenaz, la calavera, por el brutal ejercicio
        de sonreír a diario, sobre años de terror o de disgusto, y eso
        era lo de menos, como lo era su diaria cruda tequilera; lo grave
        era ese viento de cataclismo y de miseria, donde fluía la casa
        con una sensación de ingravidez: los seres y las cosas bailaban
        sin peso ni piso, con una sutileza aérea, vegetal.

Y ahora que ya se han muerto todas sus ocupantes, me invade la
        impresión y la tristeza de que eran solo un cuento que inventé;
        por eso mientras mi padre me contaba del funeral y la familia,
        me fui con indulgencia, a ojos cerrados, hasta la casa de mi
        abuela. 

Por su pequeño patio de azulejos podridos, llegué hasta el comedor,
        donde mi abuela volaba en su equipal, muy despacito, figurilla
        de barro recortada contra un muro de cales derruido, y su
        rostro moreno y sus anteojos no se inquietaron ante mi visita… 

Quina sedienta, en el vértigo vago del alcohol, bailaba lenta una
        tonada turbia, y Amalia con su rostro de piedra y hojarasca, la
        seguía pidiéndole perdón, otras veces, mimándola, ambas
        vestidas con vaporosas batas de colores, volaban por la casa,
        iridiscentes… 

Pequeñas brujas, delirantes locas, teñidas por un viento multánime,
        procaz, abandonadas al naufragio lento de envejecer  hasta la
        madrugada y volver a ser niñas con el sol…

Hasta el perico de ojos de obsidiana ignoró mi presencia entre la
        bruma (una infusión de hierbas y de diarios nocturnos tendía
        con voluptuoso manierismo un manto de colores por cada
        habitación)…

Pude verlas odiarse a través de años y de escuetos días, descubrí sus
        rutinas y placeres, abrí su corazón con manos adoptivas para
        mirar sus lágrimas amargas y sus lágrimas tercas, sus lágrimas
        volátiles al viento, tempestuosas, lágrimas infecundas; y volví
        tras mis pies, sin pena ni dolor.

Esa visión duró lo que mi padre tardó en contarme sombras y
        accesorios, mas devolvió  a la muerte su regalo al hacerme el
        fantasma que se queja sobre los adoquines y las lajas de aquel
        patio infantil donde mis tías...

poema de Manuel Andrade
 

Publicado, originalmente, en: Periódico de Poesía No. 93 / Octubre 2016

Periódico de Poesía es una publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Dirección de Lteratura,

Link del texto: https://periodicodepoesia.unam.mx/no-093-manuel-andrade/

 

Ver, además: 

 

              Manuel Andrade en Letras Uruguay

 

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