De los días escolares

poema de Manuel Andrade

 

Cuando la tonta practicante regresó de su viaje por Europa, con la
        valija llena de recuerdos, de fuentes y de plazas (en esas muy
        antiguas transparencias turísticas, con su dispositivo giratorio
        tras la lente de aumento); y, sobre todo, de la consabida
        exposición a la mirada ardiente de un grupo de muchachos
        italianos que abiertamente la ruborizaron y la hicieron soñar…

Tú ya te habías decepcionado de los ojos verdes de cualquier
        colegiala prototipo, y también de las piernas curvilíneas de tres
        o cuatro brujas pedagogas —tan llenas de tu madre—, mucho
        mejor dispuestas y maduras; pero no importa, caíste en la
        trampa de enamorarte de ella: lo que entonces fue solo decir su
        nombre ya olvidado sobre el puro vacío de las tardes, para
        tener alguna distracción, en vez de abandonarse a ese jadeo de
        sentir la existencia entre las sienes, la inmensa finitud contra
        un cielo vacío, o todavía peor, contra un cielo perverso que
        poblaba un idiota inventor del dolor y del deseo (y cuyo cuento
        es solo un parloteo que nada significa…

Así, las tardes tenían por lo menos el buen momento de su nombre
        grato; de su rostro pecoso al que enmarcaba su cabello cenizo,
        siempre recién pintado, y ese sabor pecaminoso y frío, casi
        infantil, pero ya no platónico del amor imposible, adolescente…

Para que te mirara la maestra, te hacías sacar de su aburrida clase, y
        podías verla sin que ella advirtiera la sensualidad que
        despertaba: te tirabas al sol, contra el techo ondulante de la
        Fanal, la fábrica de vidrio que hacía frontera con la escuela, y
        un ojo al gato (: el par de largas piernas, acaso imaginadas,
        más que vistas, en su contorno lateral), y otro al garabato (: la
        cinta, abajo, donde avanzaban brillantes botellas, que un
        obrero rompía, indiferente, en pequeños pedazos, antes de
        entrar al horno, en donde ardían).

Y el gato, luego, se hacía el garabato; porque el pensar gracioso,
        imperturbable, era sobre qué hacerle a la maestra, mirando el
        fuego en que se iban fundiendo, en una masa espesa, chocolate
        (si así como lo mueve, así lo bate), los distintos fragmentos de
        los vidrios…

Literatura erótica, muy de primera mano, sobre el techo de asfalto y
        los olores recios, hasta angustiantes, redoblados al sol: daban
        las doce, en el sonido de las botellas al romper se mezcla aún la
        voz de la maestra, y el murmullo apagado de la clase viene
        como un oleaje hasta el quejido nocturno de mi voz…

En el rudo calor de la techumbre, la forma transparente y recortada
        de esta botella rubia se funde y vuelve líquida en el horno
        impregnado de silicios y arenas de mis días escolares…

poema de Manuel Andrade
 

Publicado, originalmente, en: Periódico de Poesía No. 93 / Octubre 2016

Periódico de Poesía es una publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Dirección de Lteratura,

Link del texto: https://periodicodepoesia.unam.mx/no-093-manuel-andrade/

 

Ver, además: 

 

              Manuel Andrade en Letras Uruguay

 

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