|
Yo
hacía las señales de vida. Tal era el oficio de mis antepasados.
Y aunque reducida a un arbitrario recinto, en la edad de la gran muralla
universal, esa disidencia me era, entonces, posible.
No podía ocultarla por entero. Y así, me delataba mi pavor ante los cirujanos y
mi rostro ambiguo ante otras gentes solícitos y ante otras gentes encadenadas.
Y así mi desvarío ante los grandes agujeros de la tierra a cuyo borde se me
obligaba o hablar con corrección, y ante esas piedras vivientes cuyos extraños
colores variaban, de las que debía dar, más tarde, testimonio ante jueces sin
imaginación. (Y en mi lengua no había más que adjetivos desesperantes.)
Y yo seguía procurando ser fiel a los Textos, y los escrituras habían sido
borrados.
Pero aquellos que hablaban del poema no me habían engañado
Ni aún aquéllos que fueron a Tanagra a aprender la mimesis del poema
Ni el alquimista diestro en las fosforescencias y en los miasmas
Ni el comensal que odiaba el fuego, el agua, el pan, la vida de los otros
Ni aquellos comediantes al servicio de las lenguas forenses
Ni los consignatarios de la gloria pedigüeños de gloria apestados de gloria me
habían engañado
¡Los yacimientos eran fuertes, más abajo eran fuertes! ¡Oh laberinto mi mansión!
Heraldo de los dioses, tergiversando el habla de los dioses, desmintiendo a los
dioses.
(Cristina abre los brazos y es la tristeza del infolio que cae.) ¡La fábula, la
fábula! Debo volver a comenzar.
Busco a los hombres cuya cabezo haya rodado alguna vez por los espacios
siderales.
Ellos se me unirán en la época de la interdicción divina.
Nuestra conversación será el único oasis en el interregno.
Como quien cambia de cabeza cambiaremos ideas absolutamente contrarías.
"Yo sé que las riberas del alba están siempre dispuestas a recibirnos Yo sé que
los lenguajes progresarán
Y que en cualquier lugar del cielo y de la tierra de relámpago a hombre sigue la
rebelión
Yo sé que el deshielo de la vida continuará
También la estirpe de los Silenciosos, los autores de grandes piedras talladas
en desiertos considerables y en edades azoicas, también ella, y la de los
grandes árboles y la de los grandes vientos, también ella continuará.
Yo festejo el incesante restablecimiento de los circuitos, la vuelta de los
lluvias libres, el eterno retorno de los fastos. Festejo el buen humor del
espíritu celeste, la adolescencia del incendio en extrañas galaxias, precursoras
de la fraternidad.
Yo festejo y no traigo ninguna solución".
Así
hablaba Caupolicán en la séptima luna de su danza con el madero implacable.
|