Juana de Ibarbourou, vida y obra
por Ida Vitale

Juana de Ibarbourou

Cuando ella empieza

Ahora, desde la crisis, se hace juego de imaginación reconstruir el Montevideo que, en torno al primer cuarto de siglo, gusta de si mismo, seguro de las virtudes que ciertas fórmulas de halago de origen nacional o ciertos diplomas de la convivencia internacional estipularon como nuestras características definitivas.

Por esos tiempos, nuestra economía recorre líneas ascendentes. La Atenas del Plata resplandece, próspera, en desarrollo, olímpica incluso. La ciudad, todavía apacible, no tiene el tenso nervio que su poeta adoptivo, e1 peruano que quiso ser uruguayo, Parra del Riego, trata de trasmitirle a través de su poesía; pero las glorias del fútbol le agregan a la suave satisfacción de ser un estado de bienestar, insólito en nuestra América, la publicidad y la satisfacción de completar su imagen de armoniosa integración de las diversas caras de ;u cultura: física y espiritual.

El dechado de las instituciones en reposo, que diría Martínez Moreno, no merecía aún la ironía. El país, abrigado por leyes obreras y sociales todo previsoras, se veía ante un camino holgado y con fuerzas sobradas para recorrerlo. Ejemplos más exultantes, incluso el próximo de Buenos Aires, no humillaban. Alcanzarlo parecía cuestión de tiempo.

En lo cultural, todavía disfrutábamos del renombre que un grupo de escritores nos había deparado; grupo contradictorio y rico como el que más en el ámbito latinoamericano: Acevedo Díaz; Rodó, Viana, Vaz Ferreira, Vasseur, Herrera y Reissig, Delmira Agustini, Florencio Sánchez, Quiroga, Maria Eugenia Vaz Ferreira, por nombrar tan sólo a los que tienen mayor y más continental renombre.

Dos rasgos concitaban reiteradamente el asombro: lo densidad intelectual de este centro, aparentemente desproporcionado al país, y la existencia de una poesía de calidad escrita por mujeres; varias, para mayor abundamiento.

En Chile, la excelente Gabriela todavía no había alcanzado su magnitud final, pese a que su primer libro había despertado ya la devoción de un vasto público conmovido por la trágica experiencia que esta poesía desnudaba.

En Argentina, la emotiva e irregular Alfonsina Storni luchaba esporádicamente con la forma, publicaba libros que más tarde querría borrar, Juana de Ibarbourou, de voz tan cuidada, pese a la juventud en la que escribió sus libros iniciales, y tan hermosa a la vez, surge, muerta Delmira, relegada Maria Eugenia por su desencantado silencio, como la llamativa figura que ofrecía al Uruguay la continuidad de una exportable nombradía cultural.

Con ella se afirma en nuestro país un movimiento de aproximación a la realidad, paralelo al que se produce en toda la literatura latinoamericana. La venturosa ensoñación romántica tardía que nos deparara el Tabaré, había introducido en nuestra lírica (legítimamente dentro de la modalidad de la escuela) sauces y flotantes camalotes, juncales y tigres amarillos, que reconocimos como propios, aunque al refugiarse en busca de exotismo en uno imposible selva perdida se nos alejaran sensiblemente. En Julio Herrera y Reissig, la naturaleza había pasado por un proceso especulativo total: insólitas metáforas la transformarán en otra cosa: dalias que recuerdan promesas, sauces mudados en viejos sacerdotes, nirvana gris de la naturaleza, etc. En Delmira Agustini, en Maria Eugenia Vaz Ferreira, poetas ciudadanas, el paisaje apenas aparecía, servicial, en imágenes: un campo muy vasto de ensueño y milagro, o como símbolo: mar sin nombre y sin orillas. En otro montevideano, Sábat Ercasty, los animales del campo o el paisaje dejan de ser tales para transformarse en armonía; la naturaleza toda es el exaltado vehículo de una corriente energética con la que el poeta también parece confundirse. Son pues una abstracción. Como la pitagórica música que en ella escucha Emilio Oribe.

Una obra continua

En Juana, gradualmente, el paisaje se transforma en comprobación tenaz de lo natural, en búsqueda, de lo concreto, no del símbolo o del simulacro, sino de la suma de elementos verídicos y verificables, esos mismos que una mirada simple descubre en el contorno. Cualquier lector de las Lenguas de diamante puede comprobarlo a través de una lectura ordenada de sus poemas. La naturaleza aparece al comienzo como la esplendorosa escenografía: luna de cobre, arenas de bronce, laurel florido, contra la cual el poeta vive su aventura amorosa. No es una noción abstracta y estéril, en cuanto aislada de la relación humana, sino que está en sensualísima interacción. En Toilette suprema, término extremo de esta relación, el agua oscura del río en una luz de tormenta es marco aún más intimo: Jamás caprichoso azar / ha dado, a ninguna amante, / Un lecho más fulgurante / Bajo el amado mirar.

Progresivamente, un soplo doméstico toca este mundo extremado, al que la acumulación de elementos magnifica y decora. La naturaleza se hace más íntima, como una gran alcoba acogedora, dulce y gobernable: Una parva es un lecho que Amor aroma y mulle, o como una hermana a la que la poetisa acude con francos y humildes pedidos: Oh lino madura, que quiero tejer / Sábanas del lecho donde dormirá / mi amante, que pronto, pronto tornará! A la vez los elementos elegidos determinan lo total accesibilidad del lenguaje empleado. Lo exótico, que el modernismo impuso y que tanto podía ocasionar alusiones mitológicas como conjurar una población bucólica de zagales y pastoras, es relegado en honor a la verdad. Juana de Ibarbourou tendrá el indiscutible mérito de no haber abjurado de su Tacuari natal y del ámbito agreste de su adolescencia y de no haber hecho otra concesión que el titulo de su libro inicial: Los lenguas de diamante. Un libro en prosa El cántaro fresco, de 1920, prolonga el mismo clima de intimidad tierna, de amor por las cosas nimias, por la naturaleza domesticada con un lenguaje claro, sencillo.

La primera edición de Los lenguas de diamante, no incluye poemas que ediciones posteriores agregaron al final. Constituyen la transición hacia el tono que primará en su segundo libro, Raíz salvaje. Aquí el poeta, o la poetisa, como ella dice preferir, denota haber tomado clara conciencia de los elementos que singularizan su poesía. Su feminidad exultante cambia de ámbito, se refugio en el hogar, definido por la enumeración de elementos próximos, ¿Diremos que esta mudanza no es satisfactoria pese a que esté determinada por el nuevo ámbito del amor? También el alma en soledad y tristeza se concibe como "una choza cerrada a cal y canto"; el abatimiento o la angustia se don en imágenes. de encierro; restricto: Parece que ml vida presente fuera un pozo / una angosta cisterna profunda y circular... (La cisterna) o de límites aparentemente más amplios: "Mujer que te has venido con el alma estrujada / Por la ácida, y torva vida de la ciudad"... (Tregua en el campo).

Fuera de sutiles cambios evolutivos relacionados con la afinación del instrumento del lenguaje, aparte de las respuestas diferentes adecuadas a nuevas circunstancias, hay una gran unidad entre Las lenguas de diamante y Raíz salvaje. Unidad de intención, unidad de tono, e incluso una gran proximidad de sentido.

Ambos libros corresponden a una poesía hipervital, neorromántica, en la que priman, no la búsqueda de novedades expresivas, no la discusión de la forma, sino la confianza en los impulsos íntimos del creador, la expresión de una sensualidad sana, fuente no muy escondida de alegría y de tristeza.

Delmira de Agustini -siendo ella poeta tan poco anecdótica- había acostumbrado a nuevos lectores uruguayos al escándalo de las confidencias, no todas claramente inteligibles, quizá, para los muchos desavisados que las leyeron, pese a estar comunicadas en un lenguaje de metáforas tan claramente expresivas, de símbolos nítidos, buenos conductores de la válida corriente pasional que tensa su poesía.

Juana, temperamento afín en algunos aspectos a su antecesora genial, continuó esta misma modalidad; Las lenguas de diamante heredó, además de la libertad de contar el amar total, una cierta inclinación temática, e inicialmente un vocabulario, impuesto por el modernismo, que refractaba levemente la realidad. Su visible independencia creadora, que la inevitable aceptación de influencias ambiente no disminuye, la hará apartarse de maneras que habían dado ya sus frutos, para afirmar lo que haría la peculiaridad de su estilo; frescura, humanidad, apariencia de espontaneidad, que puede esconder una operación critica constante.

Pero ambos libros presuponen una confidencia, un poeta que se abre, dichosa o dolidamente sobre un lector solidario, compasivo, y hacia el cual el poema se extiende como un circulo creciente.

Otro camino y un reposo

El acto consagratorio de 1929, en el Palacio Legislativo, cierra este periodo de la poesía de Juana, y a la vez un cierto estilo de comunicación entre poeta y lector.

Alrededor de 1921, Jorge Luis Borges, uno de los creadores del ultraísmo español, de retorno o la Argentina, promueve allí el nacimiento de la primera generación vanguardista. "Se nos ha querido imponer la obsesión de un eterno y mustio universo, de ramaje agobiado bajo las grises telarañas y larvas de pretéritos símbolos. Y nosotros queremos descubrir la vida. Queremos ver con ojos nuevos. Por eso olvidamos la fastuoso fantasmagoría mitológica, que en toda hembra lúbrica quiere visualizar una faunesa ..." ...."esa luna que surge tras un azul edificio no es la circular eterna palestra sobre la cual los muertos han hecho tantos ejercicios de retórica, sino una luna nueva, virginal y auroralmente nueva".

Esa actitud vital, esos ojos nuevos, ese desdén por el agobiador manejo de las muletas mitológicas estaban en los libros primeros de Juana de Ibarbourou. Pero también estaba la dulzura de nuestra vida de última comarca del mundo. ¿Angustias interiores? Si; pero también tranquilidad material. La estética nueva pide otro clima espiritual. Juana dará lo espalda, en cierto modo, a poco de su consagración triunfal, a la obra que se la había deparado, para entregarse a esa nueva corriente que trae el estremecimiento de la postguerra en que nació y que conjugo tantos elementos: la velocidad, el ansia de viajes, el espacio, la geometría, como los que e1 nuevo titulo de nuestra autora conjuga: La Rosa de los Vientos. Temas y lenguaje convierten este libro en un paréntesis de experimentación. La expresión impulsiva cede y da paso a un paseo de metáforas; una aceleración casi mecánica vuela por el libro, pero disminuye hacia el final, agotadas sus posibilidades. El número la invade.

Zum Felde, que escribe su "Proceso intelectual" estando ya en prensa La Rosa de los vientos, verá en este libro, leído antes de su publicación, "el influjo de las nuevas corrientes suprarrealistas": "la poetisa no se ha dejado seducir por ninguno de los extremismos fanáticos y negativos de las escuelas llamadas "de vanguardia", (que, dentro de veinte años serán de retaguardia, naturalmente) ni ha incurrido en las extravagancias efímeras, sólo justificables como elementos bélicos, en el momento de la lucha contra la retórica conservadora".

Sin embargo, hoy, con la perspectiva que no pudo tener Zum Felde en ese momento, es innegable que aquel libro cerraría un periodo sin futuro. Después de él sobrevendría un largo paréntesis de veinte años de mutismo poético.

La prosa

Entre 1930 y 1950, Juana de Ibarbourou no publica ningún libro de poesía. En ese largo lapso edita en 1934 Los loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia; en 1944, Chico Carlo; en 1945, Los sueños de Natalia.

Cabe trazar alguna relación entre ese apartamiento relativo de la poesía (pues aunque hay muchos poemas circunstanciales en ese periodo que, con otros excluidos de los primeros libros integran Dualismo, editado por primero vez en las Obras completas de Aguilar, falta el impulso del libro unitario) y la índole de la creación que la reemplaza. Tanto los Loores como las Estampas son libros de esquema dado. Católica practicante desde la niñez, la autora celebra en el primero los nombres de la Virgen en prosas breves, temblorosas de fe, lujosas de dicción, obras de una devoto que son también expresiones de una estética: la del encantamiento verbal y el decir de melodioso fraseo.
Nada más opuesto a una actitud de distanciamiento que la sensibilidad con que el poeta intenta moldearse sobre el personaje recreado en las Estampas; nada menos abstracto que esta literatura que podría tomar un epígrafe de Voltaire (este autor tan dogmáticamente reñido con una poesía religiosa): "La poesía está hecha de detalles hermosos". La sensualidad oriental que Gálvez encontraba en Las lenguas de diamante esplende aquí en su centro en la suntuosa ambientación de coda página sobre lo que se eleva, en primera persona, la palabra que Juana presta a Rebeca, a Débora, a Sara, a Joyel, a Juval, a Noé, a Moisés.

Lo misma frescura juvenil de los primeros libros renace en lo prosa de Chico Carlo. Estos cuentos, ligados por tema y por tono, reconstruyen el mundo de Susana, la niñez de la autora. Su escenario es un pueblo de campaña humilde y verídico como los personajes que lo viven (la criada negra, el compañero de juegos, las amigas) en torno a la fija luz de la madre. El estilo ha recobrado la naturalidad; las anécdotas mínimas, como corresponden a este mundo sencillo y de pocos acontecimientos, están dichas en un lenguaje que las metáfora, no agobian. Todo está pigmentado por una melancolía suave, que nace de la presencia constante del adulto que narra y al que sentimos yendo y viniendo en un permanente balanceo desde la felicidad humilde de ese mundo restricto, pero seguro, al presente, duro y ya sin sueños.

Como a igualdad de valor suele corresponder mayor popularidad para los libros de ficción, Chico Carlo se ha convertido en el más leído de los libros de la autora. En el ámbito de la literatura para niños y adolescentes comparte la suerte de "Platero y yo", libro con el que tantas, y no muy sutiles veces, ha sido comparado.

Tema y estilo

Pese a que el intento de La rosa de los vientos resultara desafortunado, respondía a una actitud positiva, cuyo constancia aseguró a Juana de Ibarbourou la posibilidad de seguir legitimando su prestigio a través de los libros posteriores; actitud que deriva de saber que los hombres -poetas incluidos- varían, con el paso de los años, y que su obra, su orientación estética, su gusto, liso y llano, se modifica. A menudo los temas parecen no sufrir cambios, pero aun el poeta menos versátil, encara sus aparentes reiteraciones con distinto lenguaje, con distintas intenciones y con distinto resultado.

A través de toda su obra poética, la autora es fiel a ciertos temas; algunos, aunque no sean exclusivamente privativos de ella emanan de una experiencia vivida, que no comparten necesariamente otros poetas: el ansia de libertad, como deseo de vida natural y como deseo de viajar, de cortar amarras, y a la vez el sacrificio de este impulso ante el amor; la rebeldía ante la astringente vida ciudadana, los temas de la vida doméstica. Otros temas son los grandes tópicos de la poesía universal: el amor, la muerte, el destino ultraterreno, la fugacidad de la vida. Este último, insistido, resuena peculiarmente en ella. Juana como mujer de su época y condición, se siente constreñida en sus posibilidades, mientras el tiempo pasa llevándose ocasiones que no vuelven; y su paso, además, la priva de sus armas exclusivamente femeninas, su belleza, su frescura. Por lo general, este tema de la fugacidad de la juventud, no espera la crisis de la edad madura para hacer su aparición: suele anticiparse en plena juventud, cuando se está tan lejos aún de la caducidad. Juana no fue excepción. En Las lenguas de diamante, hay numerosas anticipaciones de esta angustia. Y no me refiero al famoso: "Caronte, yo seré un escándalo en tu barca", que testimonia la actitud vital y rebelde del poeta; pienso en La hora: .... "Oh, amante, ¿no ves / Que la enredadera crecerá ciprés"?, en Laceria: "No codicies mi boca. Mi boca es de ceniza....", en Cansancio, que se continúan en Raíz salvaje, en su poema inicial, Cenizas, y en Fiebre, Carne inmortal, etc.

Pero los años pasan, la muerte toca en torno y se lleva los amores mayores del poeta -marido, madre, amigo- y empieza a verse sola, y esta soledad se le hace anticipo de otra soledad más radical. El tema se replantea entonces con la persistencia de las cosas que obseden de verdad y que, en tanto no son pensamiento casual, sino idea constante lentamente absorbida por el acervo temático del poeta, se expresa, no con la violencia de lo que presiona en forma excepcional sino con la melancolía de lo que es presencia inevitable:

Se me acabó lo muerte
Que cultivé hasta ahora,
La muerte de romance o de leyenda,
Tránsito de cinema en alba o sombra,
Deslumbramiento de película.
Curiosidad gustosa.

Ahora tengo la muerte
Sin voz, sin ojos, sin color ni cara,
La que no es presencia, ni paisaje,
Ni terrena esperanzas
La muerte indefinible
Sin infierno ni cielo.
La que lo toma todo y no da nada: 
Muralla del misterio.

Los temas son los mismos, pero las circunstancias que a ellos nos conducen han variado, y el acto lírico resultante tiene nuevas características. De los libros siguientes del poeta quizás sea Perdida, de 1950, con cuya publicación reanuda ante el público su continuidad lírica, el que mejor demuestra el difícil equilibrio logrado entre la necesidad confesional -proclamada desde el adjetivo del titulo- que sigue sosteniendo su poesía, y la velada discreta expresión.

Si ésta fue transparente y sin conflictos visibles en los libros iniciales, rígida en el siguiente, en Perdida se vuelve elíptico sin ser oscura, más sugerente que directa, más misterioso. Abunda en palabras de doble significación, una más obvia y accesible otra, en lo que se apoya el alcance último del poema. Se hace necesario muchas veces que el lector establezca relaciones entre diversos poemas y rastree lo que se ha llamado "signos de indicio" en busca del sentido que determinada palabra cobra en cada poema, como ese Octubre que aparece en algunos no consecutivos: "Traspasado de menta se va Octubre, el soleado..." "La clara fuste de su sed de Octubre", "y fui la llama de su mes de Octubre", "me trae el mes de Octubre nardo y pomo", que se hace más claro en "Octubre de mi amor, generaliza / el aquí estoy discreto de mi dicha". "En la profunda alba del secreto/ Nace de nuevo la mujer de antes". Este secreto que la mujer busca, pide al poeta la ambigüedad, las metáforas que velan, los subterfugios varios para decir pudorosamente lo que pugna por salir al verso. Por lo demás, los modos poéticos de la época se lo permiten. El superrealismo con lo que tiene de tendencia neorromántica, de admisión de todos los buceos interiores, había abierto las puertas, como es bien sabido, por las que pasaron atropelladamente, rompiendo las formas, grandes poetas de la lengua española: Lorca, Alberti, Aleixandre, Neruda. En ese eterno movimiento de péndulo, que efectúan las artes desde que se han propuesto "la originalidad", esa labor de Sísifo, de nuevo se buscan moldes, bridas formoles, un lenguaje lujoso, otra vez exquisitamente distanciado de lo popular. Bernárdez en Buenos Aires, Sara de Ibáñez entre nosotros, por citar tan sólo dos ejemplos rioplatenses, retoman una forma rigurosa, la lira, tendiendo a un nuevo clasicismo. Ciervos, nardos, agapantos, heliotropos. La rosa se volverá, gongorinamente, "vegetal paloma". Pasa la lluvia "en su caballo de ligero vidrio", "el viento juega con espadas", Juana utiliza este nuevo lenguaje con naturalidad, equilibradamente en su oficio seguro, sometiéndolo siempre al servicio del sentimiento conductor. Pero el oficio tiende a ser dictatorial, y es una suerte de riesgo, una casa de hermosura tan tiránica que impide o su dueño salir de entre sus paredes. Azor, de 1953, es su paso más extremo en este sentido: la primera parte del libro es una alegoría que exalta, encerrado en el símbolo del azor, ave vigilante, leal, celosa, al ser amado. Cada uno de sus atributos se exaltan referidos fielmente a la clave común de todo el libro. Muy rico formalmente, con imágenes complejas, tanto la primera parte, Divino amor, como la segunda, Amor divino, en la que nuevamente testimonia sus devociones de católica, demuestra la maestría del poeta y su búsqueda constante de distintos modos expresivos. Pero Mensajes del escriba, 1953, que reaparecerá muy ampliado con el nombre Oro y tormenta, nos hará oír de nuevo su voz llana y flexible, no por eso menos preocupada del quehacer artístico: "El áureo hexámetro o la cuaderna vía/ domar quisiera para hallar el canto ..." El amor, la angustia de la soledad, una legítima melancolía, la vaciedad de quien no cree esperar nada de la vida, son los temas que se entrelazan, ya no bajo el signo de la pasión arrebatada, sino de la pasión reflexiva: "y tan sólo Minerva a mi costado/ me habla, doctamente, de poesía". Si dejamos de lado los Romances del destino, editado en 1955, romances y coplas, cuya determinación formal le da un tono distinto, estamos dentro del periodo cuyo último hito se encuentra en el muy reciente libro La pasajera, de 1967. Dos partes en verso, y quince textos de prosa lírica, certifican la persistencia creadora, la ductilidad permanente, la fidelidad a sus temas, y la capacidad de legítima adaptación a nuevas corrientes, con los que Juana de Ibarbourou confirma una consagración tan excepcionalmente temprana.

¿Qué seremos después que estemos juntos? 
Como se eligen cosas en los sueños, 
como dice una niña: Seré reina, 
y un pobre niño: Yo seré guerrero,

por ti mi corazón y yo jugamos 
qué cosa eterna a Dios le pediremos 
y si es posible que a la tierra vuelvan 
una mujer y un hombre sin infierno 
a ser lo mismo, una mujer y un hombre, 
con idéntico amor, y en el destino 
de nueva vida y otra nueva muerte, 
siempre quererse y siempre estar unidos.

No sé si hay en todo el universo 
nada más grande y nada más perfecto

No sé si algo hay más tierno.

Juana: Vida y destino

1895 -8 de marzo- Nace Juana Fernández Morales en la ciudad de Melo, Cerro Largo, hija de Vicente Fernández, nacido en 1851 en Villanueva de Lorenzana, Lugo, España, y de Valentina Morales, nacida en Tacuari, Cerro Largo, en 1858.
Hace estudios primarios. Sus primeros poemas se publican en "El Deber Cívico" y "El Nacionalista", y el mensuario "Apolo" de Montevideo.

1915 -28 de junio- Se casa con el capitán Lucas Ibarbourou, en Melo. Comienza a usar el seudónimo Jeannette d'Ibar.

1917 -Nacimiento de Julio César Ibarbourou.

1918 -La familia se instala en Montevideo, después de haber recorrido distintos departamentos, Rivera, Tacuarembó, Rocha, Canelones, según lo exige la carrera del esposo. Vicente Salaverri, "Antón Martín Saavedra", a quien el poeta muestra sus poemas, le dedica en "La Razón" un articulo consagratorio: "La revelación de una extraordinaria poetisa".

1919 -Primera edición de Las lenguas de diamante, con prólogo de Manuel Galvez, en Buenos Aires.

1920 -Se publica en Montevideo Poesías escogidas y la primera edición de El cántaro fresco, Maximino García, Montevideo.

1922 -Primera edición de Raíz salvaje. Ed. Maximino García, Montevideo.

1924 -Publica Páginas de literatura contemporánea.

1927 -Se edita en París La touffe sauvage, traducción de Francis de Miomandre. Publica Ejemplario.

1929 -El 10 de agosto, en el Palacio legislativo, recibe el titulo de Juana de América, en acto presidido por Juan Zorrilla de San Martín y en el que interviene Alfonso Reyes.

1930 -Primera edición de La rosa de los vientos, Ed. Palacio del Libro. Montevideo. Se edita en Madrid. Sus mejores poemas, primera antología.

1931 -Esta obra recibe la Orden Universal del Mérito Humano, en Ginebra.

1932 - Muere su padre.

1934 -Primera edición de Loores de Nuestra Señora, y primera edición de Estampas de la Biblia, con prólogo de Gustavo Gallinal. Ambas editadas por Barreiro y Ramos, Montevideo.

1935 -Medalla de Oro de Francisco Pizarro, del Perú, Publica San Francisco de Asís.

1937 -Orden del Cóndor de los Andes, de Bolivia.

1938 -Orden del Sol, del Perú. Interviene en los Cursos Sudamericanos de Vacaciones, en Montevideo, junto a Gabriela Mistral y Alfonsina Storni. Vicepresidencia del P.E.N. de Montevideo.

1942 -Muere su esposo, el mayor Lucas Ibarbourou.

1944 -Primera edición de Chico Carlo, cd. Kapelusz, Buenos Aires.

1945 -Orden del "Cruzeiro do Sur", de Brasil.

Primera edición de Los sueños de Natacha. Ed. Independencia. Montevideo.

Primer premio del Ministerio de Instrucción Pública del Uruguay y medalla de oro.

El Estado adquiere los derechos de propiedad literaria de su obra édita en prosa y verso y de tres inéditos.

1946 -Cruz de Comendador del Gran Premio Humanitario, de Bélgica.

1947 -Ingresa a la Academia Nacional de Letras, como miembro de número y recibe la medalla de oro de la misma.

1949 -Muere su madre.

1950 -Primera edición de Perdida. Ed. Losada. Buenos Aires.
Presidencia de la Asociación Uruguaya de Escritores, acabada de fundar.

1951 -Huésped de honor permanente de la Ciudad de México, y medalla de oro.

Orden Carlos Manuel de Céspedes de Cuba.

1953 -Es designada "Mujer de las Américas 1953", y viaja a EE. UU.

Primera edición de Azor. Ed. Losada. Buenos Aires.

Se publican sus Obras completas, que incluyen Mensajes del escriba, poesía y Puck y Destino, prosa, con prólogo de Dora Isella Russell. Ed. Aguilar, Madrid.

Cond. de Andrés Floy Alfaro del Ecuador.

1955 -Romances del destino. Ed. Cultura Hispánica, Madrid.

1956 -Publica Oro y Tormento, ed. Zig Zag, Chile.

1958 -Publica Canto rodado, en colaboración con J. Pereira Rodríguez. Ed. Kapelusz. Buenos Aires.

1968 -Orden al mérito, de Bolivia.

El Estado le devuelve los derechos de autor.

Primera edición de La pasajera. Ed. Losada. Buenos Aires.

Recordamos a Juana de Ibarbourou a 125 años de su nacimiento

Publicado el 10 mar. 2017

VEA ESTE CONTENIDO EN EnPerspectiva.net: http://www.enperspectiva.net/en-persp... El pasado miércoles, en coincidencia con el Día Internacional de la Mujer, se cumplieron 125 años del nacimiento de uno de los nombres fundamentales de la poesía uruguaya: Juana de Ibarbourou. Este año el aniversario de la autora, que supo descollar en América Latina en los años 20, 30 y 40 del siglo XX, viene con dos novedades: la reedición de la novela de Diego Fischer Al Encuentro de las Tres Marías, y el comienzo del rodaje de una película sobre su vida, esa vida marcada por un lado por el éxito pero también por la violencia doméstica, la soledad y la adicción a la morfina. La Mesa de los Viernes con Yvette Trochón, Mauricio Rosencof, Juan Grompone y Gonzalo Pérez del Castillo.

por Ida Vitale
Capítulo Oriental Nº 20
Centro Editor de América Latina

Ver, además:

 

                     Juana de Ibarbourou en Letras Uruguay

 

                                                                          

                                         Ida Vitale en Letras Uruguay

 

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