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Vicente Aleixandre
(1895-1984) I. Sobre Sombra del paraíso [1] «Cada vez me acerco más, sin embargo, a la certeza de qué último fracaso significa la poesía y qué sensación postrera de vergüenza ronda al poeta intuitivamente. Vergüenza, añadiré para los más romos, no de su inclinación a la poesía escrita, sino de su entrañable instinto poético». Y más adelante: «La vida —ella— cada vez la siento más absorbente y tiránica; única. La vida, naturalmente; no mi vida, y también mi vida». La certeza de Aleixandre se ha trocado. Su último libro estalla de euforia poética y de eso que lo ha invadido totalmente; la vida. Ni vestigios ya de la antigua sensación de vergüenza; en cambio, complacencia en la voz, gozo en las palabras, alegría de poder expresar sin límites, con voz madura y llena, un mundo de vida y muerte paradisíacas. Verdaderamente no parece Aleixandre un poeta de la triste España de ahora. Mujer, amor, naturaleza, algo de muerte. Eso es el libro. Parece todo. Eso y sus infinitas y extensas combinaciones. El canto es claro, las palabras poéticas, los versos entre libres y resonantes de solo la última vocal acentuada, sin consonancia ni asonancia estrictas, dispuestos libremente pero a menudo medidos: alejandrinos, endecasílabos y sus fracciones. Cómo nació el amor? Fue ya en otoño maduro el mundo, no te aguardaba ya. Llegaste alegre, ligeramente rubia, resbalando en lo blando del tiempo. Y te miré. Qué hermosa me pareciste aún, sonriente vívida, frente a la luna aún niña, prematura en la tarde, Otoño y hermosa; blando y tarde. En general se asiste a un discurrir contemplativo pero exaltado y dadivoso, que necesita un interlocutor. Este, necesidad o vicio retórico, se resuelve en el poema en formas dialogantes o invocativas que restan mucho y en ningún caso agregan: Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia Pero a quién amas, dime? Por momentos, por escasos momentos, el monólogo invocativo deja de aparecer retórico y se toma convincente y trágico: Pero yo soy de carne todavía. Y mi vida es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin verte, derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente te imitan. El valor es dramático más bien que poético. Dámaso Alonso denuncia esta obra como «una de las cimas de la poesía española contemporánea». Pero eso no es verdad. Más aún: se puede decir que el libro tiene poco de bueno y que ese poco es lo que le queda de Espadas como labios, de La destrucción o el amor, del Aleixandre de los «tigres del tamaño del odio» del que escribía: Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla, el momento en que los vestidos se convertirán en aves, las ventanas en gritos, las luces en socorro, y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas se convertirá en una espina que dispensará de la muerte diciendo: Yo os amo II. Sobre Nacimiento último [2] En 1935, cuando se publicó La destrucción o el amor, Aleixandre se plantó en la poesía española junto a Guillen y Salinas (Lorca es un caso aparte) encabezando el brillante grupo que se afirmó del 25 al 30. Fue una floración de poemas inteligentes y jocundos, más hijos —parece— de Juan Ramón que de Machado pero en guerra abierta con la melancolía en las letras y el romanticismo en la actitud vital (salvo, claro está, algún toquecito cuando quedaba muy bien). La línea poética que partiera del provocativo y confesado estímulo de «un psicólogo de incisiva influencia» culminaba en ese libro, el tesoro de su obra en verso y que puede mencionarse como un raro tesoro, ya que contiene —y ya es contener— una media docena de los más hermosos poemas de la moderna poesía en lengua española. Aparecía en Aleixandre mucho de lo que Salinas y Guillén se inhibían tanto; lo que les falta, según decía Jiménez quitándoles demasiado: «la embriaguez, la emanación, el acento, lo natural, mejor; naturalidad de lo gracioso, lo sensual, sobre todo en lo difícil, milagro auténtico de la poesía. Les falta ¡dios nos la dé! “gracia”». A él, en cambio, le faltó aprender algo del recato de aquellos, de su horror por la literatura, de su pudor. Y es por eso que, al pronunciarse un poco más ese desequilibrio, la fácil hermosura de Sombra de paraíso, el libro siguiente, sostenida aún por gracias y milagros, ya desinteresaba por su acusada falta de rigor, de contención. También porque se veía traicionado, reducido al encanto de algunas figuras sorprendentes, de algunas líneas felices, el interés que despertara la experiencia de los libros anteriores, que ha sido calificada de surrealismo. Surrealismo en todo caso que no parece haber partido de la profunda aventura surrealista francesa sino, como el mismo poeta parece afirmar, de las revelaciones del psicoanálisis. Después de Sombra de paraíso ya no podía extrañar mucho la inanidad de este último volumen[3]. Con criterio blando reúne poemas que no cupieron en otros libros, como los Retratos y dedicatorias (entre ellos «Las barandas», dedicado a Julio Herrera y Reissig), o que llegaron tarde y perdieron sus libros, como los Cinco poemas paradisíacos. Solo la primera parte, Nacimiento último, se justifica y reclama, por sus temas sobre todo —la muerte, la ausencia del amor, la voz que quiere callar—, la atención de quienes han seguido la obra de Aleixandre. Cantad por mí, pájaros centellantes que en el ardiente bosque convocáis alegría y ebrios de luz os alzáis como lenguas hacia el azul que inspirado os adopta. Cantad por mí, pájaros que nacéis cada día y en vuestro grito expresáis la inocencia del mundo. Cantad... Versos que como cualesquiera otros ejemplifican esa vistosa e insatisfactoria mezcla de encanto y debilidad, con su «ebrios de luz» imperdonable, sus adjetivos fáciles, su aparato paisajista, su retórica de invocaciones e imperativos. La facilidad tiene otros caminos: el de la sencillez, por ejemplo. Véase estas dos estrofas, las primeras del poema dedicado a Gabriela Mistral: Lago transparente donde un puro rostro solo se refleja. Grandes ojos veo, frente clara, luces, boca de tristeza. Como se ve, el libro es receptáculo de cosas demasiado distintas para que se pueda hablar en general, para que sea justo otro análisis que el de cada poema o grupo de poemas por separado. Es posible que lo más justo fuera pasar por alto esta aglomeración y esperar otro libro que fuera un verdadero jalón —para bien o para mal— en la carrera de Aleixandre. Nacimiento último es, más que nada, un testimonio de la complacencia consigo mismo de un poeta maduro y muy ensalzado en su país; de su convicción de que cuanto salga de su boca, de su pluma, es importante y se debe al mundo. III. Vicente Aleixandre, un gran poeta fracasado [4] «Alguna vez he escrito», recuerda Vicente Aleixandre en la nota .preliminar a su Poesía superrealista,' «que no soy ni he sido un poeta estrictamente superrealista[5], porque no he creído nunca en la base dogmática de ese movimiento: la escritura automática y la consiguiente abolición de la conciencia artística. ¿Pero hubo, en ese sentido, alguna vez, en algún sitio, un verdadero poeta superrealista?». Así es: no lo fue. Y por ello el título del libro es engañoso; entendido con mucha laxitud, podría abarcar toda la obra en verso del autor; aplicado con rigor, podría descartarla toda (excluidos, por su deliberada intención, los «poemas en prosa» que ocupan la primera parte del volumen). Treinta años antes, en su Literatura española, siglo XX, Pedro Salinas había hecho, más rotundamente aún, la misma afirmación: «Aleixandre no es un poeta superrealista». Y procedía a hacer una clara y precisa delimitación entre su sensibilidad, sus temas y su visión del mundo, de franca filiación romántica, y sus formas expresivas que, estas sí, habían asimilado las enseñanzas del surrealismo: «[...] en su lengua poética adopta decididamente y con brillantez y acierto no superados en español, ni acaso en otros idiomas, todas las libertades ofrecidas por esta escuela». Esas libertades rompen las estructuras lógicas, hacen saltar los esquemas verbales, por momentos vuelven críptico el texto (aunque el lector comprende siempre, a condición de sumergirse con el poeta), esas libertades despliegan sus bellezas y sus riesgos en especial, aunque no exclusivamente, en las formas figuradas. Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla, el momento en que los vestidos se convertirán en aves, las ventanas en gritos, las luces en ¡socorro! y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas se convertirá en una espina que dispensará de la muerte diciendo: yo os amo[6]. «El vals» Pero dichas «libertades», hoy, después de haber sido ejercidas por décadas en todos los grados del esplendor o de la pobreza, ya no resultan tan deslumbradoras como en los años treinta, si bien es cierto que, cuando alcanzaron plenitud y verdad expresivas, conservaron su impacto y su belleza: Se querían como las flores a las espinas hondas, a una amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran como lomos arcaicos que se sienten repasados: caricia, seda, mano, luna que llega y toca. «Se querían» A partir de La destrucción o el amor, seguramente el punto más alto de su poesía, la palabra de Aleixandre se ha ido haciendo más obvia, más explícita y aun retórica, aunque por momentos reaparezcan su hermoso desenfado, la osadía o la violencia de sus aproximaciones, el apasionado lirismo: ¿Quién soy yo que no escucho mi voz entre los truenos ni mi brazo de hueso con signo de relámpago ni la lluvia sangrienta que tifie la hierba que ha nacido entre mis pies mordidos por un rio de dientes? ¿Quién soy, quién eres, quién te sabe? ¿A quién amo, oh tú, hermosura mortal, [... ] a quién, a quién amo, a qué sombra, a qué carne, a qué podridos huesos que como flores me embriagan? «Tormento de amor» Frente a estos versos ya no hablaríamos hoy de surrealismo. Se trata de mecanismos definitivamente asimilados, incorporados a la poesía. Parece indudable, pues, que el título presente solo ha sido un buen pretexto para una necesaria antología de Aleixandre, para una bienvenida relectura de su obra. Siempre tendremos que agradecer que se nos recuerde la existencia de poemas como «Humana voz», como «Se querían», como el final de «Ven, siempre ven»: Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante que luces como una órbita que va a morir en mis brazos; Ven como dos ojos o dos profundas soledades, dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco. ¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo; Ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo; Ven, que ruedas como liviana piedra, confundida como una luna que me pide mis rayos! Pero esta antología, preparada por el propio autor, es además, también, muestrario de su fracaso, de las fallas y de las flaquezas de su obra. El de Aleixandre es uno de los casos más difíciles y hasta, diría, más dolorosos de la moderna poesía española. Ha escrito algunos de los más hermosos poemas o, más precisamente, algunos de los más hermosos pasajes, o, tal vez, algunos de los mejores versos de la lengua, «de los más ricos y traspasados de pasión», como escribió Dámaso Alonso, pero su trayectoria poética es la historia de un fracaso. Cuando en 1935 publicó La destrucción o el amor, podían parecer insinceras o incomprensibles estas palabras que escribió en 1932 para la Antología de la poesía española (1915-1931) de Gerardo Diego: «Cada vez me acerco más, sin embargo, a la certeza de qué último fracaso significa la poesía. Y qué sensación postrera de vergüenza ronda al poeta intuitivamente». Nada parecía más alejado de su hermosa obra de entonces. En 1972, en sus setenta y dos o setenta y cuatro años (el dato varía: 1898 o 1900), el repaso de este volumen parece darle la razón. Su enemigo parece haber sido la facilidad, la riqueza fácil de la expresión, el fácil flvir de la imaginación, la fácil retórica del discurso. Y, en otro plano, las limitaciones de su mundo poético, aparentemente tan vasto: amor-muerte-naturaleza. O más bien la fijeza de su incrustación en esos ámbitos, fijación que no dejó que se enriquecieran, perdiendo así vitalidad, intensidad, lujos. Es notable la continuidad casi obsesiva de ese vasto mundo cerrado a través de contingencias tremendas, como la guerra española. Por lo que conocemos, para su poesía es como si nada hubiera pasado. En lo que coincide con muchos otros grandes y pequeños poetas españoles que siguieron impávidos, redactando para la eternidad sus obras completas e incontaminadas mientras su mundo se derrumbaba y los poetas del mundo entero, conmovidos, escribían páginas desgarradoras. Volviendo a su facilidad, es posible que de ese y de otros pecados sea responsable el Neruda de las Residencias. Dicen quienes lo siguieron de cerca que, por su influencia, Aleixandre deja su primera y contenida poesía en versos cortos y rigurosos, en la línea de sus hermanos mayores, Salinas y Guillén, y se lanza al verso extenso, al poema largo y discursivo, apoyado cada vez más en cierta retórica. Sea como fuere, una vez que todas sus potencias, su vitalidad, su fuerza lírica, su capacidad de inversión en lo oscuro, su profundo erotismo, su espléndida sensualidad hubieron culminado en La destrucción o el amor, cada nuevo libro significa una pérdida o un desistimiento de lo mejor, pese a que aquí o allá reaparezcan ya el verso corto y mesurado, ya la antigua intensidad, el fiero destello apasionado que se estrella hermosamente en palabras. Pero esos retaceados relámpagos no son suficientes para declararlo «uno de los maestros vivos de la poesía castellana», como hace la contratapa. Los hay mucho mayores que este hombre excepcionalmente dotado para el lirismo que no pudo, no supo ser un gran poeta. notas: [1] Se publicó bajo el seudónimo de Ola O. Fabre en Clinamen, año II, n.° 4, enero 1948, p. 51.
[2] Se publicó en Número, año V, n.° 23-24, abril-setiembre 1953, pp. 263-264.
[3] Nacimiento último, Madrid, ínsula, 1953.
[4] Es el tercer escrito que Vilariño dedica a Vicente Aleixandre (1898-1984) y desde el título proclama que será el último. A pesar de este artículo, a Aleixandre le dieron el Nobel en 1977. Se publicó en Marcha, Montevideo, año XXXIV, n.° 1.618, 10 de noviembre de 1972, p. 30.
[5] Vicente Aleixandre, Poesía superrealista, Barcelona, Barral, 1972.
[6] Es la misma estrofa que Vilariño citaba en su reseña de 1948, en Clinamen. (N. de E.) |
por Idea Vilariño
Publicado, originalmente, en: Idea Vilariño De la poesía y los poetas,
volumen 208 de la Colección de Clásicos Uruguayos
Biblioteca Artigas del Ministerio de Educación y Cultura
Montevideo, impreso por Tradinco S. A. 15 días de noviembre de 2018
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