La pesca en la Península

Un deporte que está al alcance de todos

por Eduardo Vernazza

Diario El Día (Montevideo)

Edición Punta del Este 27 de enero de 1969

Cuando el turista apronta su viaje hacia La Punta, es un “atado de nervios”. Confecciona una lista de las cosas que tiene que llevar. Con seguridad traerá todo ...  menos lo que necesita realmente.

Sin embargo, no todos se dejan tentar por el olvido ante la eufórica partida. Estos traen consigo —en el sitio más cómodo del coche, por supuesto—- los implementos de pesca. Dejarlos sería como olvidar “su brazo derecho”.

La pesca —alegan— es el deporte preferido del hombre. Los don juanes playeros lo niegan, mientras sonríen de “oreja a oreja”. Para los, peces, los pescadores son la peor epidemia de verano que arriba al balneario.

Así y todo, los adeptos a este deporte no duermen sin dejar listos reeles, carriles y cañas para la mañana siguiente.

La fase previa a la emoción del ¡¡"picó”!! es un poco enmarañada. Hay que desmenuzar la tanza, el transparente y “aguantador” piolín cazador. No siempre es fácil.

Cuando todo está pronto, llega la primera acción: El envío del maligno anzuelo hasta las fauces mismas de los confiados peces. Pero éstos, duchos en las escabullidas para no ser atrapados por la carnada, -demoran en caer. Alargan la incertidumbre, estiran las horas hasta que el cielo se cierra de oscuridad y se puebla de estrellas.

La espera lleva horas. En tanto la presa no "prende” el paciente pescador fuma su pipa, se acomoda el chambergo que lo cubre del sol y da rienda suelta a sus aprisionados pensamientos ciudadanos. Su infinito es su punto de mira; el rugido de las olas, la música de fondo; el silencio, el oasis donde descansa sus pasiones, sus ansias y donde muere la libertad de acción.

La vigilia es larga. Hay que tener paciencia de samaritano, corazón de león y ojo de lince.

Con el tiempo se acostumbran a distinguir matices, a valorar síntomas, a conocer detalles reveladores. Porque no todas las veces que el hilo se tensa es porque cayó uno. A veces el viento da manotones y el agua salta con más fuerza.

Los veteranos conocen, como la palma de su mano las horas precisas en que sus víctimas sienten apetito. Saben de las debilidades golosas, de estos bichos acuáticos. Por eso esperan el momento culminante, supremo, vital y embriagante de la caída del pez con sabia parsimonia.

“Después de la captura” —film de Torre Nilsson que nada tiene que ver en este asunto— el pescador coloca al atrapado en una valija o caja casera, para volver de nuevo a sumergirse en el mundo de la espera sin fin. Por eso es dable observar a cientos de pescadores, sentados, que aguardan...que sueñan, que meditan, mientras a su lado las olas mueren y los peces...“luchan por su vida”.

por Eduardo Vernazza (Texto e ilustración)

Diario El Día (Montevideo)

Edición Punta del Este 27 de enero de 1969

 

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