La belleza del arte en los defectos de la naturaleza

por Eduardo Vernazza (Especial para EL DIA)

Suplemento Huecograbado del diario "El Día",

Montevideo, 7 de febrero de 1965

DURERO. En este dibujo, a pesar de tratarse de la imagen del artista, el gran pintor no renuncia un ápice a definir

e¡ carácter, aunque la "fealdad" de la Naturaleza salga a relucir con marcada agudeza, en favor de una obra genial.

Una gran paradoja que pone frente al Arte y la Naturaleza, la conjunción que puede ser sólo realizable con la grandeza del artista.

Si la belleza suprema de las formas, de una raza casi milagrosa en su civilización del cuerpo y el espíritu, fue la de los griegos, cantada por sus poetas y modelada por sus escultores con perfecta rítmica del movimiento, y la clásica pureza de sus rasgos, la evolución del arte fue creando luego de la época romana, una claudicación de este idea!, tal cual lo inspiraban aquellos atletas, cuyas esculturas estuvieron debajo de la tierra durante siglos. El renacer fue esporádico, y comulgaba siempre con la admiración de artistas, pintores y escultores, que se deslumbraban con un ideal inalcanzable. Esta musa tentó a David, y luego a Ingres, pero sus obras no podían ubicarse en la perfección de una época original. Sin embargo, fue tan grande el hechizo, que con el talento de estos pintores, renació una obra de admirable dibujo. “Yo soy un griego” gritaba Ingres cuando se le pidió definiera su personalidad. Cuando se le hablaba del volumen como importante factor de la pintura, su “Nada me importa... ahora se quiere que la cosa ruede”, dejaba sin palabras a sus detractores. Pero la realidad de las cosas empezó a pesar en la vida y la obra de los artistas, y Rodín no escatimó la fealdad de la humanidad, para realizar una obra de heroica faceta universal. Ya antes, Velázquez lo había creado con sus portentosas pinturas de los enanos y locos de Palacio, y Durero tampoco dejó pasar la fealdad, como vulcanizadora de nuevas formas. El genio de Goya, adelantado muchos años, vio la fantástica realidad interior, y los temas de violencia los tomó y pintó con un valor temerario. Aún los aguafuertes de Rembrandt, tienen en algunas series, vinculaciones de fealdad prodigiosa, pero esto es porque el genio salva al tema, cualquiera sea su expresión humana.

Posiblemente tiente más a un pintor de hoy, el ropaje matizado de manchas de un obrero o tipo característico, que el de un smoking o un vestido de raso o seda. Porque aquél dará en sus distintas variaciones de formas y dibujo descuidado, la impronta vivencia que el artista espera de las cosas para hallar el universo de color que aspira. Luego, como toda expresión libre, rota la represa que contenía la formalidad básica, el desborde culminó con un caos propio de los días agitados de pos-guerra, y el material acumuló una combinación de agregaturas en la eliminación del tema. El color suplió todo, y este a su vez, también fue puesto sin la atención debida en muchos casos, lo cual determinó que la fealdad aumentara y terminara por derrocar el equilibrio que en los grandes artistas predominara con grandeza.

Toulouse Lautrec Esquina en el Moulin de la Galette. Las faciones abotagadas por una naturaleza degenerada en el vicio, fueron para el eximio pintor, reveladora de su personalidad, al destacarlas con una incisiva marcación de sus acentos más acusados.

La confusión en la interpretación de la belleza en el Arte, surgió de inmediato, y hubieron quienes no transigían en la nueva virtud, que ya tenía como dejamos sentado, geniales antecedentes. Una y otra forma de expresión cuentan en lo universal con su gran cuota. Veamos los enanos de Velázquez. Esa humanidad doliente que deambulaba por los enormes aposentos de Palacio, donde topaba con los señores a los cuales tenía que divertir. Esta sencilla evocación clouwesca. poseía su fondo de filosófica realidad. Velázquez as! lo sintió, y pintó en sus rasgos expresiones de una infinita ternura y de una inteligencia que se conectaba con su escrutada búsqueda de la belleza interior. ¿Puede desecharse acaso esta fealdad como una incursión detestable en el arte? El pintor la supera notablemente y su gran vitalidad expresiva concentra la atención, sumada a una técnica admirable, que es un regalo para los ojos, sin renunciar a sus más tristes deformaciones. La Naturaleza no ha dado a dichos seres, la más mínima belleza, sin embargo el pintor supo elevarlo con su sugerente posesión del carácter. Y aquí viene lo fundamental de esta paradoja. El carácter. Esto es lo que buscaron y buscan los verdaderos artistas, sin renunciar por ello a la Naturaleza, al tema, al motivo comprensible. Y ello es también lo más difícil de lograr.

Todo en la simplicidad.

Aquellas fantásticas escenas que pintara Goya en las calles, y que terminara en su casona donde sus últimos días revelaron en él una visión casi fantasmal, que germinaba ya, y adelantado por muchos años, las más escondidas realidades del subrealismo. Goya fue siempre directo al carácter. A definir sin miramientos y con rudeza la fealdad suprema de las cosas. A colocarlas delante de su pueblo y del mundo, como lo hiciera Balzac en su Comedía Humana. Arrancó el alma aterrorizada por el mal, en su pintura negra, y criticó con máscaras de una humanidad doliente y creada, una vida deformada por el mal de los hombres.

Honoré Daumier Queremos Barrabás Ecce Homo. En sus tuertes contrastes de luz y sombras, este gran captador de los rasgos salientes de ¡a naturaleza, no sofrenó su impulso en aras de una belleza mal entendida. Caricaturizó casi a sus personajes, buscando infatigablemente, la verdad de sus almas en una expresión única.
 

Rodín, en la búsqueda de su yo, admiró sin igual a los griegos y a Miguel Angel. Se colocó en medio, para dar una expresión moderna. No fue comprendido indudablemente en su principio por los que deseaban dejar atascado en el barro la media rueda de! mundo del arte. Se sobrepuso sin claudicar y triunfó. Aun cuando realizó belleza pura como en la Edad de piedra, no se le creyó, y cuando el notable Balzac levantó su imponente figura de pájaro, en la noche, con su bata envolviéndole, logró sacaría de la realidad corriente. Fue poco menos que vituperado. Hoy ese Balzac se admira, porque es la verdadera esfinge de un carácter descubierto. Que encerraba una vida interior agitada por sus noches intoxicadas, y por la sensación sublime de que su obra se le escapaba ya de sus manos poderla concluir. Esas cuencas “feas” de sus ojos, ese gesto estilizado que alcanza a su vestimenta, imposible en aquel tiempo, el gesto que parece mirar desde una cumbre los personajes del mundo que él supo desgranar en su escoria, Rodin lo concretó en su versión total, dentro de una sencillez tremendamente difícil. “Hay que creer que alguna elocuencia tiene mi obra” — dirá Rodin — "para provocar expresiones tan enérgicas. Por otra parte, no cabe duda de que estas personas temen las verdades filosóficas demasiado rudas”, y proseguirá: “Y del mismo modo, cuando Shakespeare pinta a Yago o a Ricardo III, cuando Racine a Nerón o a Narciso, la fealdad moral, interpretada por dos espíritus tan claros y penetrantes, se convierte en un maravilloso tema de belleza. El carácter es la intensa verdad de un espectáculo natural cualquiera, hermoso o feo”. Así cuando modela esa mujer seca, “La Vieille Heaulmiere”, las superficies denotan toda la trágica pérdida de la tersura, y las manos crispan el descubrimiento. En seguida la apoteosis de su “Invocación” nos brindará la forma tal cual la entiende Rodin en su manifestación natural, y estos contrastes son los que nos dan el alma de esa belleza que él tan bien supo plasmar, con la fuerte personalidad de su genio.

Todo esto no lo eximía de admirar la Venus de Milo, ni en la noche, y con una vela, recorrer el desnudo en sus más pequeños detalles, de una estatuilla antigua, que conservaba como reliquia. ¿Y si abordaos las caricaturesca? obras de Daumier, donde la “fealdad” y defectos de la naturaleza se aplican a una exagerada como fuerte sensación del carácter? Sus tipos, sus magistrados y políticos, las escenas callejeras, son temas que sirven al artista para hincar el diente de su lápiz y color, y arrancar en sus agudos trazos las expresiones más elocuentes de una época vivida en la misma piel del motivo. Y sin embargo, esa¡¿ obras son admirables en su contenido pictórico, en su demostración de técnica. El medio empleado por el pintor y dibujante, es de una honestidad y revelación directa extraordinarias. Sus contrastes en las luces y sombras, asaltan la imaginación, y develan el misterio del alma. Aun en sus grupos de la calle, en sus cantores y escenas de! foro, se perfila la punta de su lápiz certero, y de rigurosa y vigorosa verdad. No precisa bucear mucho para darse cuenta de que si Daumier hubiera sido un más blando ejecutante, y menos imaginativo, su obra hubiera caído como la de tantos, en el olvido de la historia del arte. Esa ridícula fealdad que conmueve, que deja desollados a sus modelos fugaces, que no escatima una poderosa reacción social (cuando pinta y dibuja los pasajeros de un tren simplemente) es precisamente la faceta más interesante de su obra, la que le descubre en su más íntimo sabor humano, y en sus ansias de poner a flote la vida, los vicios y las costumbres de su tiempo.

Goya dibujo y pintó a la gente de¡ pueblo en sus juegos y en sus dolores. Salió a la calle y dibujó los “feos” y harapientos andrajos -de los castigados por una ley que no reparaba en nada. Su serie de “brujas”, en tas que coloca a no pocos personajes de la época, vierte una rara y compleja fisonomía casi extraterrena. Se pregunta si esas figuras no pertenecen a otra especie, y si la fantasía puede elevarse hasta ese extremo de fealdad, dentro de los contornos del mundo. Sin embargo, no dejamos de admirarlos, de ver en ellos una lección terrible. Como una inusitada moraleja continuarán martillando dentro de nosotros esas visiones que se extienden luego a sus caprichos, en los cuales ahonda aún más el atormentado sentimiento de su rigurosa sentencia. Rembrandt en su serie de pordioseros, dibuja la fealdad en sus más tristes defectos, aún los mutilados son modelos suyos, y ese viejo que asoma en un autorretrato se burla de la ancianidad, claudicante ya, y de la cual el destino hizo un mendigo, como los que él dibujara en su juventud. ¡Pero cuánta virtud espiritual y técnica! Serán sus obras, algunas de ellas cumbres. En la pintura moderna encontramos en Picasso ejemplos notables de esta paradójica realidad. Elegiremos sin embargo a Rouault, como ejecutante de una bella fealdad.

“La petit famille” reúne a un conjunto de personajes de circo, tan tratados por el artista. Acusan el carácter con contornos de negra y fuerte línea. Sus rasgos, como les llamaría el público, son feos y deformados. Esa angustia de la forma, ese recorrer trágico que se encuentra en casi toda su obra, posee una expresión que cautiva de inmediato, y que “olvida" esos defectos de la naturaleza. Sus magistrales composiciones de color, inspiradas en los vitraux, crearon una nueva manifestación pictórica, al tiempo que servían para ubicar sus personajes en el más característico marco. La iluminada idea le proporcionó un lugar de selección entre los grandes modernos, porque se avenía perfectamente a la época sin renunciar al tema ni a la figura, logrando encausarla en una manifestación total. Las feas expresiones acusaban la ruidosa o silenciosa virtud de aquellas pobres almas que pululan en e! registro de la vida, y en la sencillez de actuaciones repetidas, que sólo el artista sabe sacarlas a un ritmo quemante de color. No se puede desconectar a Salvador Dalí en algunas de sus obras de su época surrealista, ni olvidar tampoco, mucho antes, a Toulouse Lautrec, que llevaba como una simiesca imitación, la propia figura desformada. Lo inédito casi le encuentra en su salsa, al dibujar y pintar escenas y tipos en los “cabarets" de entonces. Son generalmente viciosos, y aunque el artista no se propone con ello corregir ningún mal, ni ponerlos al descubierto para ejemplo, ya que él mismo vive con el veneno en el cuerpo, su maravillosa captación llega hasta lo hondo, recorriendo en los ojos y las fláccidas como marchitas facciones, en los cuerpos degenerados por el vicio, toda una gama decadente que sólo la virtud de su arte tuvo el privilegio de recrear en el carácter de su pintura. Su propia naturaleza enana, le permitió asentar un punto de vista original —de abajo hacia arriba— y perfilar en esa difícil perspectiva, las salientes mordientes de los ojos hinchados, de las bocas deformadas, y de las facciones abotagadas. No busque el público esa belleza conocida y fácil, en las obras de Chagall, ni en casi ninguno de los más grandes pintores modernos. Sólo predomina la gran belleza del carácter o simplemente la belleza del color e imaginación en si, en su composición y en su manifestación intuitiva. Pero por sobre todo, en lo más inconfundible para descifrar una personalidad.

Francisco de Goya – Dos viejos comiendo [1820-1823 – Museo del Prado, Madrid. Con el genio del gran español, las mas ruines fealdades supieron mantenerse en su obra. Supo burlarse drásticamente, y definió el carácter maligno con abundante juego de tipos.

 

por Eduardo Vernazza (Especial para EL DIA)

Suplemento Huecograbado del diario "El Día",

Montevideo, 7 de febrero de 1965

 

Ver, además:

 

La lección de Rodin, por Eduardo Vernazza - Diario El Día (Montevideo) enero de 1962 c/videos

 

Rodin A 50 años de su muerte - por Eduardo Vernazza - Suplemento Huecograbado del diario "El Día" - Montevideo noviembre de 1967 c/video

 

Una gran exposición de Goya - por Eduardo Vernazza - Diario El Día (Montevideo) Marzo de 1962 c/video

 

Ver el blog

Catálogo pinturas y dibujos del artista de Uruguay Eduardo Vernazza por el cineasta Dennis Doty (Irlanda/Estados Unidos)

 

Ver Dennis David Doty en Letras Uruguay

 

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