Contrastes de Punta del Este

El Flaco y el Gordo

por Eduardo Vernazza (texto y dibujo)

Diario El Día (Montevideo, febrero de 1969)

Este año pensamos que habíamos agotado en pasadas temporadas, los típicos contrastes de Punta del Este.

Por el contrario, a cada paso salen a la vista con renovados bríos.

Ya no se trata, por supuesto, de los tan conocidos y grandes, como los pozos que todavía están en los caminos frente a residencias de millones, o en las más importantes carreteras.

Este es sólo un contraste “visual”. Un contraste que se puede sobrellevar con la sonrisa dé un recuerdo de niñez, o con la más tolerante de... “aquellos tiempos pasados fueron mejores”. Que los refranes, para toda aplicación sirven, por lo fácil que resulta leerlos y comprenderlos.

•••

Mismo frente a la playa. La perspectiva dejaba asomar la franja azul oscura del mar. Pequeñas líneas blancas marcaban las olas lejanas.

En un espacio que hasta el pasado año era otro de los contrastes grandes. (Frente al ex Nogaró, un enorme saco de pozos y tierra, a dos metros de Gorleró). Allí estaban; un carrito verdulero, y un enorme “colachata”.

Pero es indudable que a la mirada, ese simpatiquísimo carrito y su caballo, traen recuerdos lindos. Los niños, cuando se les pregunta qué desean ser, no es extraño que elijan la humilde “profesión” de verdulero. Más, si tienen a la vista un carrito y caballo como lo tenemos nosotros en este momento.

Su ampulosa presencia, su color vivo y brillante, su chapa y su línea aerodinámica, hará soñar a quien lo mira, con altas velocidades que tragan los caminos. Se sentirán tal vez dueños y señores de las carreteras, aunque arriesguen mucho, como han arriesgado también para poseerlos.

El del carrito, en cambio, será un delgado y chupado hombre de campo, que trae a la Punta su mercancía levantada tal vez con duro trabajo que el viento y el sol cuando sale, o el agua, cuando cae a mangazos, queman y maduran fuera de tiempo.

Así meditábamos en la soledad de la mañana, frente a este espectáculo de dos épocas y del testigo mar. Como todo termina, aparecieron los dueños.

Primero el del auto. Segundos afuera!!! Era un delgado y chupado hombre, de gafas oscuras y gorrito a cuadros, cabeza blanca y paso duro. . .

Le costó abrir la puerta. Allí se metió y salió lentamente, mudo como una estatua egipcia.

Esperamos al del carrito. Apareció al fin. Venía de un bar cercano con el rostro riente y rojo. Con un vientre bien nutrido y una faja rellena. Sus manos felices se paseaban por su panza, y acariciaban también la del caballo. ..

Subió al carro, tomó las riendas, y un grito que nos hizo saltar, arrancó de cuajo al bruto. Mientras encendíamos nuestro pequeño “carro”, oíamos un canto que se alejaba, y del cual no entendíamos una sola palabra...

por Eduardo Vernazza
Diario El Día (Montevideo, febrero de 1969)

 

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