Amazonas por los bosques de Cantegril

por Eduardo Vernazza (Texto e ilustración)

Diario El Día (Montevideo)

Edición Punta del Este 2 de marzo de 1969

La trápala de los caballos hiere el eco de la fronda. El tropel de color se acerca por el camino del bosque. El relincho es un saludo al sol que dora la salida que da al mar ...

Las amazonas bien montadas apuran sus cabalgaduras y, desde lo alto de los lomos del caballo, detienen la mirada hacia el horizonte» Un horizonte azul que confunde los colores del cielo y el mar. Un azul intenso, transparente y bordado en blancos cuellos de espuma. Por el cielo las gaviotas deslizan su vuelo sereno. El viento las lleva y galopan con sus alas el universo del espacio.

Las amazonas detienen ese instante de luz, de belleza inefable.

Son un grupo de seis muchachas jóvenes, risueñas, que miran todas a un punto fijo. Un yate que como una gaviota más hincha su velamen y deja en la estela blanca un surco de pureza...

Son los dos polos. Uno en mar, otro en tierra. En medio, la vorágine.

Una Punta del Este que hierve de gente. El misterio y la soledad del silencio en el mar y en el bosque. El movimiento tenso, la frivolidad, el zumbido de los automotores y la vida que se esconde en cada uno y en todos los turistas que pasean por Gorlero su inquietud en ese ir y venir latiente de ansiedades. .

Las amazonas han irrumpido en Punta del Este como una tromba del pasado. Los caballos parados parecen saludar en su nerviosismo la visión que tiene enhiestas a sus jinetes.

El sol se cuela entre los árboles. Guiña entre las hojas su dorado esplendor. Los médanos parecen más blancos que la nieve, y en su cumbre azulada reflejan los rayos del astro en un cálido ocre.

Rojos, amarillos, verdes, blancos, las blusas de las amazonas.

Son colores que destacan su luz entre el verde nuevo de los árboles. Entre el rojo ocre del camino. Manchas que en un minuto cambiaron el destino de la mirada y detuvieron al paisaje en un arrebato de violentas secuencias cromáticas.

El viento vuela los cabellos de las amazonas y estira las hojas de los añosos pinos. Hay algo en la naturaleza que no puede modificar el hombre. Algo como los elementos que siempre conjugarán el poema que el hombre insiste en mantener, como regalo sensible del espíritu.

Los caballos cocean, las amazonas cambian la ruta de su mirar.

Vuelven al camino marcado da huellas de autos. Las pisadas de los caballos confunden aquéllas como se confundían el azul del mar y del cielo.

El tropel enreda sus patas en la distancia. El camino se cierra a lo lejos, y ya son puntos vulnerables al tiempo. Fue sólo un pequeño instante que cambió la ruta del silencio. El bosque vuelve a la soledad del momento. Todavía era una hora temprana en que el roncar del motor no hería el suave gemir de la brisa.

El sol no penetraba totalmente con los rayos verticales...

Se acostaban sombras entre la maleza. La inocente chicharra no hacía oír aún su chillido de matraca.

El mundo moderno se despierta tarde. Las amazonas se perdieron entre un mundo de verdes hojas. Como flores del campo. Que brillan su color en la humildad del camino, y salpican a lo lejos sus manchas rojas, amarillas verdes, blancas...

por Eduardo Vernazza (Texto e ilustración)

Diario El Día (Montevideo)

Edición Punta del Este 2 de marzo de 1969

 

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