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El
ataúd flotante |
| Mí esperanza, yo sé que tú estás muerta. No tienes de los vivos más que la instable fluctuación perpetua; no sé si un tiempo vigorosa fuiste, ahora, estás muerta. Te han roído quién sabe qué larvas metafísicas que hicieron entre tu dulce carne su cosecha. En vano el mágico abanico de tus alas con irisadas ráfagas me orea soltando al aire turbadoras chispas. Yo sé que tú eres de esas que vuelven redivivas en la noche a decir otra vez su última verba... Ya te he visto venir blanca y piadosa como un santo espíritu sobre el vaivén de las marinas ondas; te he visto en el fulgor de las estrellas, y hasta los bordes de mi quieta planta danzan tus llamas en festivas rondas. Pero si al interior vuelvo los ojos Veo la sombra de tu mancha negra, miro tu nebulosa en el vacío dar poco a poco su visión suspensa; sin el miraje de los fueros fatuos veo la sombra de tu mancha negra. No llores porque sé los ojos míos saben vivir en lontananzas huecas; míralos secos y tranquilos; márchate y el flotante ataúd reposar deja hasta que junto a ti también tendida nos abracemos como hermanas buenas y otra vez enlazadas nos durmamos en el sepulcro vivo de la tierra. |
María Eugenia Vaz
Ferreira
"La Isla de los Cánticos"
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - Vol. 20
Ministerio de Cultura
Montevideo, 1956
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