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La Teiniagua Suplemento dominical del Diario El Día Año XLIII Nº 2198 (Montevideo, 12 de octubre de 1975) pdf
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Quien se aproxima a la ciudad de Artigas, ya sea por ferrocarril o por la Ruta 30, ve a lo lejos, más hacia el Norte, del otro lado de la frontera, no lejos del Cuareim. un cerro de singular e inconfundible color azulado: es el Cerro del Yarao. Allá circulan leyendas que se cuentan en los viejos hogares lugareños, trasmitidos de padres a hijos, relacionados con ese azul centinela fronterizo sobre cuyas laderas —allá por los años de la imposición del Tratado de Madrid, mediados del siglo XVIII— se libraron combates por partidas indígenas y que conocieran las correrías de los indios charrúas que terminaron sus días —y muchos creen que, con error, su raza— a no muchos kilómetros de allí, al Sur del Quarahy, en tierra uruguaya. La leyenda que conocen popularmente los hombres y mujeres de la frontera se relaciona con explosiones del Yarao —alguien ha dicho que es un viejo volcán apagado— el humo que en circunstancias especiales ha salido de sus cumbres y el famoso “pavo de oro" que en oportunidad de cada explosión vuela a enterrarse frente a alguien que, al excavar en el lugar donde se mete en la tierra por la fuerza del impulso, encuentra allí su riqueza. Otras leyendas —cuyos antecedentes literarios e históricos no interesa resaltar a los efectos de este articulo— son prácticamente desconocidas en la tradición oral y sólo las encontramos en brillantes escritores "continentinos" o en buscadores del “folklore” nativo. Simoes Lopes Neto ha descrito la leyenda de la TEINIAGUA, bajo el titulo ''A SALAMANCA DO JARAU” en su obra "CONTOS GAUCHESCOS E LENDAS DO SUL”, con una rara belleza. No seguiremos a ningún autor en particular para reproducirla; queremos tener la libertad de darle el contenido —siguiendo lo más fielmente posible lo escrito sobre ello— que permita que esta leyenda, entre en el conocimiento del “hombre común” del Río de la Plata. De la vieja Salamanca española los moros derrotados, fingiéndose cristianos y buscando reencontrar el camino para ver tremolar de nuevo victoriosa en tierras peninsulares la Media Luna simbólica de su pueblo, trajeron la “varita mágica” que guardaba un ‘hada vieja” que realmente era una bella y joven princesa de su raza. Venían a buscar riquezas; oro, plata, piedras preciosas... para su empresa de Reconquista. Por primera vez —y protegidos por su varita mágica— cruzaron el Atlántico y en tierras cristianas buscaron reiniciar su tarea. Traían odio a todo lo que olía a Iglesia, a cura, a cirio y la visita del Diablo fue inmediata. Aquí lo llamaban en lenguaje indio "Anhanga-pitá” —en tupi-guaraní: “diablo rojo”. El pacto fue hecho. El hada transformada en "teiniaguá” y en lugar de cabeza incrustó en su reemplazo, la varita mágica que al amanecer el día se transformó en una piedra brillante, “carbunclo” de “color rubí” refulgente que con sólo mirarla podía enceguecer al audaz que lo hiciera. Le enseñó en cambio donde se encontraban todas las cavernas encantadas ("sala mancas”; llenas de tesoros y aquellos que escondieran en algún lugar cualquiera los avaros temerosos. Sólo olvidó, comenta el escritor brasileño, una cosa: “que la teiniaguá era mujer”. Y la “teiniagua" —o lagartija con cabeza fulgente— en una laguna cercana a Santo Tomé, próxima al Río Uruguay, estaba inmersa cierto mediodía de intenso calor cuando el sacristán de la Iglesia, abrumado por la resolana —el “mormazo” al decir fronterizo— dejó su pueblo silencioso y dormido y se acercó a la laguna. La laguna burbujeaba, hervía como si un caldero gigantesco le diera su calor mayor que el del sol. Asombrado vio salir la lagartija de cabeza de piedra refulgente y avanzar hacia él. Temeroso, pero aún decidido, tomó un cuerno, lo llenó de agua y consiguió meter a la “teiniaguá” dentro del mismo. Si del agua salía en el agua viviría, razonó el sacristán. Guardó el cuerno y su presa. Sabía que tenerla le podía significar ser poseedor de la mayor riqueza del mundo. Soñó en todo lo que podía tener. No obstante recordó que era necesario alimentarla. Buscó la más exquisita de las mieles. Y al liberarla de su encierro para darle su miel la “teiniaguá" se transformó en la más bella muchacha que hubieran soñado sus más altos sueños. —“Soy la princesa mora transformada por pacto con el diablo en "teiniaguá”, a quien sueñan apresar los hombros que buscan afanosos tesoros escondidos, pues sé el secreto de las cuevas encantadas y las joyas ocultas; he escapado de otros que me buscaban por su ambición; pero tú me encontraste cuando vine hacia ti y te has preocupado de buscar miel para mi sustento y pusiste agua en el cuerno para conservarme... Soy también joven, hermosa, mi cuerpo es fuerte y no tocado..." Se amaron... y se siguieron amando noche tras noche. En una de ellas la princesa deseó mezclar con la miel el "vino del sacrificio”. Se embriagaron. Tras la noche feliz vino un tremendo despertar. Los monjes en torno, graves, severos, viendo ropas de seda con media-luna bordada y sintiendo el perfume de mujer, pusieron esposas de hierro en las muñecas del sacristán, torturaron su cuerpo, machucaron sus carnes, lesionaron sus uñas y tiraron sus cabellos para que confesara quién era la "desconocida’' que junto con él había cometido el tremendo sacrilegio de pecar sobre el altar con el vino sagrado por bebida estimulante, La condena es la muerte, el método el garrote, así se la hace más infamante. Llega el momento de ejecutar la sentencia. El pueblo está frente al atrio de la Iglesia. Todo está pronto para que la justicia sea hecha. El altar profanado por el acto de la fecundación debe ser purificado por el ajusticiamiento de quien osó tamaña afrenta. El sacristía está demasiado ensimismado en su amor para tener miedo aunque tiemble su carne. De repente desde la laguna próxima donde la "teiniaguá" está inmune, a la justicia de los hombres, empieza algo a estremecerse. Sopla un viento. Los árboles inclinan sus ramas. La tierra se estremece. Las cosas y las casas sienten el cimbronazo. La gente huye. Solitario en la plaza, atado con hierros el sacristán espera el cumplimiento de la sentencia. Llega la “teiniagua” a libertarlo. Y se van juntos. Van hacia donde hay "tesoros escondidos". Y justamente eligen las cuevas del Yarao. Dicen las viejas consejeras que uno de los Bentos —el caudillo— hizo trato con las hechicerías del Yarao y datos históricos recuerdan que al terminar la Guerra de los Farrapos en 1845 sobre lo alto del Cerro se vieron salir gruesas bocanadas de humo y que en 1904 nuevas combustiones se registraron. Hay quienes más cerca se acuerdan que a principios de la década del 20 se estremeció levemente la tierra y los cuadros cayeron de sus clavos y las lámparas de colgaje de entonces oscilaron levemente en sus colgaduras. Quede ahí —con el sólo afán de intentar divulgarlo— narrado un bello sueño, una bella leyenda o una mezcla de hechos y cosas fantásticas que el hombre de esta tierra americana creó para embellecer sus días. A nosotros nos llega la belleza del símbolo: el amor venciendo a la hechicería, a la ambición de poder y a la muerte y uniendo a seres de pueblos dispares para hacerlos vivir una ilusión velada por la azulada cumbre de un Cerro cercano a un río de esta tierra americana. |
por Amílcar Vasconcellos Enero de 1974
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XLIII Nº 2198 (Montevideo, 12 de octubre de 1975) pdf
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
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Amílcar Vasconcellos en Letras Uruguay
Leyendas varias en Letras Uruguay y Anónimo
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