Santa Teresa y San Miguel:

de fortalezas a parques nacionales

Debemos enorgullecernos de poseer en nuestro suelo dos de las edificaciones militares mas interesantes de la época colonial: la fortaleza de Santa Teresa y el fuerte de San Miguel, mudos testigos de piedra de un pasado conflictivo, de un capítulo de la lucha de imperios por la vaquería del mar.

La Banda Oriental, llegada tarde al teatro de los intereses económicos, fue disputada con denuedo por los reinos de España y Portugal, dada su estratégica ubicación. Vestigios de aquellas luchas, las fortalezas guardan entre sus muros innumerables historias de odio. amor y muerte.

Todo comenzó con el tratado de Madrid, en 1750. Mejor dicho, en realidad todo comenzó, con la bula papal que separó "el mundo conocido y por conocer" con una línea recta imaginaria trescientas setenta leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. La indeterminación de esta división genérica fue propiciada siempre por la corte de Lisboa, que se sabía fuerte en argumentos de persuasión y buscaba ganar en los tratados y en las alianzas lo que no podía lograr con sus ejércitos, menos numerosos que los españoles, aunque generalmente más aguerridos y mejor disciplinados.

Fruto de esa rivalidad latente y, digámoslo con claridad, debido a la indolencia de España en ocupar el territorio de la llamada banda de los charrúas, luego Banda Oriental, fue que los portugueses asestaron un golpe, genial y persuasivo, al fundar  la Colonia del Sacramento en 1680.

Este primer paso, este asomarse al Río de la Plata y mirar de frente a Buenos Aires, que ya llevaba cien años de tranquila existencia y había comenzado una relativa prosperidad, le abrió un ariete insospechado.

Y esta ganancia de mano, puerta abierta al contrabando, enloqueció a las autoridades españolas. Fue como ponerles el dedo en la llaga porque sabían que, detrás del pequeño asentamiento fortificado, vendrían los colonos, los contrabandistas y muy especialmente los ingleses, consecuentes aliados de los lusitanos.

La corona española ordenó reiteradamente la conquista y destrucción de la Colonia, tantas veces como los portugueses volvieron a recuperarla por la habilidad de la diplomacia y las alianzas estratégicas.

Pasaría mucho tiempo hasta que, ahora sí con determinación, los españoles fundaran Montevideo (1726), Maldonado (1757) y más tarde otras ciudades.

En 1750 se firmó el tratado de Madrid, que le costó a España la onerosa pérdida de posesiones en tres puntos cardinales. A fin de recuperar la Colonia del Sacramento, sacrificó territorios que según el orden colonial le correspondían legítimamente, entre ellos buena parte del actual departamento de Rocha.

Sin embargo, el 12 de febrero de 1761 el rey Carlos ni de España, por el tratado de El Pardo, denunció el tratado de Madrid, dejándolo sin efecto y devolviendo las posesiones a sus antiguos límites.

El conde de Bobadela volvió entonces a demostrar sus quilates. Incorporado en su sangre el proverbio que dice que quien pega primero pega dos veces, decidió hacer caso omiso al nuevo tratado y fortificar el camino de la Angostura.

Tal vez un mapa político actual, con colores que distinguen los países, no nos diga nada. Pero un mapa de aquella época muestra claramente que la Angostura -la segura ruta entre el mar y la laguna Negra- era el único camino posible para entrar a la Banda Oriental. Todo el resto eran humedales, bañados y esteros poco fiables, máxime para los antiguos ejércitos, que trasladaban artillería y pesados implementos.

La trayectoria de las dos fortificaciones comparte un destino común, pero son diferentes los detalles y acontecimientos que a cada una le tocó vivir. Cuando sus ruinas amenazaban con desaparecer, ambas resurgieron convertidas en parques nacionales, para continuar juntas un nuevo destino: recordar las luchas del pasado y rendir homenaje al esfuerzo de quienes lograron su reconstrucción, con el mismo aire señorial que tenían en las épocas del virrey Cevallos y las huestes de Leonardo Olivera.

Primera etapa: la construcción

San Miguel

En 1734 se produjo la primera radicación en las sierras de San Miguel: era una partida española al mando del alférez Esteban del Castillo, con el objetivo de detener los movimientos de los portugueses, que necesitaban abrir un camino por tierra para aprovisionar la Colonia. Este dato fue corroborado, entre otros, por la Memoria de Andrés de Oyarvide, los escritos del marqués de Grimaldi y el diario de José María Cabrer.

Tres años después, el 17 de octubre de 1737, se produjo la fundación del fuerte, esta vez por los portugueses a cargo del brigadier José da Silva Páez, el fundador de San Pedro de Río Grande, Da Silva eligió un lugar de gran visibilidad en la sierra para consolidar la posesión de territorios para su corona. Las principales obras de fortificación se realizaron a lo largo del período portugués, específicamente entre 1737 y 1749.

Años más tarde, don Pedro de Cevallos, gobernador de Buenos Aires, tras haber tomado Colonia del Sacramento, avanzó sobre las posesiones portuguesas de Santa Teresa y San Miguel. El 19 de abril de 1763 cayó sobre la primera y, enterado del hecho, el destacamento de San Miguel se entregó también a las fuerzas españolas. Cevallos se dirigió personalmente a San Miguel para efectuar un control del lugar e impartir las órdenes correspondientes.

Desde 1771, dentro del período hispano, el fuerte comenzó a perder importancia estratégica y militar, hecho que también se constata en el desinterés demostrado por los portugueses durante las dos invasiones al suelo de la Banda Oriental, en1811 y 1816.

En la gesta heroica de 1825, el fortín quedó al margen. Las tropas de Leonardo Olivera, luego de apoderarse de la fortaleza de Santa Teresa, el 31 de diciembre, cayeron sobre el campamento brasileño del Chuy. Gracias a la sorpresa y el arrojo, los patriotas alcanzaron una señalada victoria.

En las jornadas de 1828, en cambio, las fuerzas de Olivera tomaron en primer término el viejo fortín, al tiempo que la estrategia prevista suponía llamar la atención de los imperiales hacia el bolsón de San Miguel. El 24 de enero los orientales recuperaron, definitivamente, el fuerte y sus alrededores."(1)

San Miguel

La mayor figura del Brasil portugués, el conde de Bobadela, ordenó al coronel Tomás Luis Osorio la fundación de una fortaleza para dominar la Angostura. Esa construcción sería la llave de la Banda Oriental, pero también defendería el camino hacia Río Grande, fundada en territorios de posesión indefinida.

El 6 de octubre de 1762, Osorio colocó la piedra fundamental de la futura fortaleza. El grueso de su tropa lo constituía el célebre regimiento de Dragones del Río Pardo, uno de los cuerpos de elite del ejército portugués, famoso por su arrojo y disciplina.

Se cantó misa con todo el fausto militar y se encomendaron los muros, de palo a pique, bajo la advocación de Santa Teresa, de la especial devoción de Bobadela.

Enterada España de esta naciente fortificación, respondió de inmediato. Ni corto ni perezoso, el gobernador de Buenos Aires. Pedro de Cevallos, emprendió una rápida contraofensiva. Llegado a la Angostura, sitió y bombardeó la fortaleza. El coronel Osorio, tras un fallido intento de contraataque para el cual no contó con el apoyo de sus tropas, que se encontraban dispersas, se rindió. Era el 19 de abril de 1763.(2)

Cevallos prosiguió su campaña hasta el río Grande, cincuenta leguas adentro del territorio actualmente ocupado por Brasil. Con ello daba prueba de su genio, que no se conformaba con las cosas a medias. Esa actitud le daría mérito, años después, para ser nombrado el primer virrey del Río de la Plata.

Tomando en cuenta la ubicación estratégica de la edificación que los portugueses habían comenzado, Cevallos ordenó continuarla. Mejor dicho: ordenó su construcción, porque prácticamente nada se aprovechó de lo que se había realizado hasta ese momento.

En principio las obras le fueron encargadas al ingeniero militar Francisco Rodríguez Cardoso, autor de varias fortificaciones en Montevideo, pero más adelante el propio Cevallos designó para la tarea al ingeniero Bartolomé Howel, francés al servicio de España, uno de los más grandes técnicos en fortificaciones de la época.

Howel no solo diseñó la planta defensiva de cinco lados, sino también una serie de obras interiores, muchas de las cuales no se llevaron a cabo. El resultado es una fortificación de tipo rasante, según el estilo del mariscal de Vauban, genial estratega francés que revolucionó el arte de la guerra durante el reinado de Luis XIV.

Tiempo después se produjo un nuevo conflicto entre España y Portugal. El marqués de Pombal, ministro de José I, rey de Portugal, ordenó atacar las posesiones españolas, al tiempo que organizaba un poderoso ejército de diez mil hombres al mando del general alemán Juan Enrique Bohn y una escuadra a las órdenes del almirante inglés John Mac Donald, con órdenes de dirigirse al Río de la Plata. Las fronteras de la Banda Oriental volvieron a quedar en suspenso.

Santa Tecla y Río Grande cayeron en manos de los portugueses. Decidido a poner fin al problema de los límites. Carlos III envió uno de los mas aguerridos y numerosos ejércitos españoles que hayan navegado las aguas del Plata. Lo capitaneaba Pedro de Cevallos.

La primera medida fue tomar la isla de Santa Catalina. Luego la flota continuó rumbo al oeste. Tras un desembarco fallido en la ensenada de Castillos, que una fuerte tormenta impidió, las tropas descendieron en Maldonado. Siguiendo la marcha arrasaron la Colonia del Sacramento hasta los cimientos y cegaron el puerto para que "nadie más apetezca esta manzana de la discordia".

Cevallos emprendió entonces el camino hacia el conflictivo Este, con el fin de recuperar las tierras españolas. Lo detuvo la paz de San Ildefonso, celebrada el 1° de octubre de 1777. España asumía el control de la navegación del Plata y los siete pueblos de las Misiones, mientras que a Portugal le correspondían los territorios de Río Grande del Sur, Santa Catalina y el Mato Grosso. Respecto de Río Grande, una vez más, los portugueses reconquistaban con un tratado lo que habían perdido en la guerra.

Desde entonces la fortaleza de Santa Teresa, en poder de España, cumplió su papel de fuerte militar y de escollo infranqueable en el camino de la Angostura.

El 19 de mayo de 1806 libró un duelo, más simbólico que real, con la fragata inglesa Leda, sin consecuencias para nadie. Frente a La Coronilla, la embarcación, que había precedido a la flota de Popham, envió un bote a tierra con un oficial y tres marineros para espiar el terreno. Los hombres fueron apresados por una milicia española que los llevó a Santa Teresa. No obstante las demandas del buque, la fortaleza se negó a devolver los prisioneros y se produjo entonces el tiroteo de referencia, que marcó el comienzo de las hostilidades.

Santa Teresa fue testigo de las vicisitudes y los hechos de armas de los distintos invasores, antesalas de las sucesivas conquistas y reconquistas de estas tierras.

En 1811, tras la Revolución Oriental, se rindió a las fuerzas del coronel Pablo Pérez Cerveño. La bandera española se arrió definitivamente de sus mástiles.

Meses después fue tomada por el general Diego de Souza, conde de Río Pardo, al frente de tropas portuguesas. Ante la imposibilidad de defenderla de fuerzas superiores en numero y armamento, los patriotas intentaron volarla, pero la escasez de pólvora se lo impidió.

Entonces incendiaron y devastaron todo lo perecible, incluso el pueblo de Santa Teresa, crecido al amparo de la fortaleza, desde donde -según consideran algunos autores- comenzó el éxodo del pueblo oriental, uno de los capítulos más importantes de la historia patria, también llamado la Redota.

El 8 de octubre de 1811, a instancias de la diplomacia, los portugueses abandonaron Santa Teresa, que volvió a manos de los patriotas.

En 1816 se produjo la segunda invasión portuguesa, un poderoso ejército al mando del barón de la Laguna. Carlos Federico Lecor, irrumpía en la Banda Oriental para cumplir el viejo sueño lusitano de extender sus dominios hasta el Plata.

Santa Teresa estuvo durante dos lustros bajo la dominación extranjera: portuguesa hasta 1822 y brasileña hasta 1828. En 1825 fue tomada por los patriotas al mando de Leonardo Olivera, en la madrugada del 31 de diciembre, una de las gestas heroicas que la historia perpetuaría. En 1828, tras la firma de la Convención Preliminar de Paz, la fortaleza fue desactivada.

Segunda etapa: el abandono

Desde 1830 en adelante la fortaleza quedó poco menos que abandonada. Problemas más urgentes afectaban al nuevo país, pero esta vez no eran amenazas externas sino de su propio seno.

Casi tres décadas más tarde, en 1859, el ingeniero militar general José María Reyes, en su obra Descripción geográfica del territorio de la República Oriental del Uruguay(3),  puso el grito de alerta sobre el estado de la fortaleza, semiderruida e invadida por las malezas.

Dos décadas después, Luis Melián Lafinur, intelectual y político, causó revuelo al escribir un artículo sobre las ruinas: "Pronto va a desaparecer el fuerte de Santa Teresa, dejando en las páginas de la historia la estela de sus desgracias y las glorias de que ha sido teatro", decía en tono profetice en 1881. El texto fue publicado, con diversas variantes, en distintos medios de prensa, por lo que alcanzó gran difusión.

Tres años después, en 1884, el ingeniero militar Roberto Armenio propuso un plan defensivo para la frontera este del país en caso de que el ejército brasileño invadiera territorio uruguayo o Argentina y Brasil entraran en guerra. El proyecto consistía en levantar una serie de defensas en Santa Teresa y San Miguel y crear baterías en distintas regiones.

Armenio creía que la defensa de la frontera noreste había sido bien concebida desde los tiempos de la colonia, pero que en 1884 las dos fortificaciones "no podrían retardar siquiera la marcha del enemigo sobre Rocha o Minas".(4)

El primero en interesarse realmente en la reconstrucción fue don Miguel Lapeyre, jefe político de Rocha. En 1895 ordenó la realización de algunas obras parciales con tropas que vivían dentro de la fortaleza. Pero el esfuerzo tuvo mejores intenciones que resultados, por cuanto no se basó en un criterio histórico ni en estudios adecuados.

Proyectos de presidio

En 1899, el coronel de infantería Ignacio Bazzano presentó al gobierno el proyecto de presidio-colonia en la fortaleza de Santa Teresa y campos fiscales circunvecinos.

Bazzano se había dedicado desde tiempo atrás a estudiar el problema del trabajo de los reclusos y conocía bien las condiciones en que cumplían su condena:

Es indudablemente ocioso explicar la condición actual de los penados en nuestra cárcel penitenciaria, la imposibilidad de poder establecer talleres en ella, y hasta de alojar a los mismos presos por deficiencia local.

Por otra parte, no es una novedad sino un verdadero principio generalmente aceptado, el de la conveniencia de hacer trabajar a los penados en colonias o presidios, alejados de las ciudades y centros populosos. No hay un país europeo que no siga el sistema en sus cárceles, y en América somos quizá el único país que no cuenta todavía con presidios donde los penados se dediquen al trabajo, que es el gran cooperador de la regeneración y el medio más práctico de devolver a la sociedad convertido en elemento útil el que fue arrojado de ella por el crimen.

Con tal filosofía fue a visitar la fortaleza de Santa Teresa para estudiarla en detalle. Tras la inspección quedó convencido de que el edificio cumplía todos los requisitos y ventajas para convertirse en presidio, en especial por las condiciones de seguridad que ofrecía y la cercanía de campos fiscales aptos para el cultivo. Para la vigilancia serían necesarias -increíble pero cierto- 275 personas entre oficiales y soldados, que se ocuparían de 250 reclusos.

Pero es que los reclusos estarían obligados a cultivar las tierras de la antigua colonia Grawert para producir el forraje que abasteciera todos los servicios públicos de Montevideo. Bazzano estaba convencido de que el producto de estos forrajes excedería por sí solo el presupuesto de la colonia penal y "el alivio que se obtendría en los gastos públicos en este medio (sería) un aliciente a favor del proyecto". El Estado se ahorraría grandes sumas anuales, con lo cual se justificaría el hecho de sostener y hacer frente a todos los gastos que se originaran en la cárcel.

Los demás productos generados por el cultivo se utilizarían como alimento de la tropa y los presos, y el resto podría ser vendido para cubrir parte de los gastos. Según Bazzano, también era conveniente la plantación de árboles "a fin de contener la invasión de las arenas con que los vientos del sur vienen esterilizando aquellos campos". Por este medio se obtendría la leña suficiente para el presidio y las industrias que podrían surgir a su alrededor.

Otras de las mejoras necesarias para llevar a cabo el plan consistía en destinar una fracción de terreno, a una distancia prudencial de la fortaleza, para la creación de un pueblo. Bazzano sugería que el gobierno escriturara gratis para cada individuo de tropa un solar de 20 metros de frente por 40 de fondo, y uno de 25 por 50 a cada oficial y empleado del establecimiento.

Recordaba que todos aquellos que fueran a cumplir tareas al presidio llevarían a sus familias; por lo tanto, aquel paraje dejaría de ser un lugar desolado. Bazzano creía que este emprendimiento. junto al proyectado puerto de La Coronilla, concedido al señor Cooper y la empresa de Andreoni para la desecación de bañados, llevaría el desarrollo a la zona, dado que alrededor del pueblo se instalarían comercios, industrias y fuertes núcleos de trabajadores.(5)

En 1906, Carlos Roxlo y Luis Alberto de Herrera elevaron un proyecto al Parlamento para restaurar la fortaleza con la finalidad de dedicarla a presidio y establecer en las inmediaciones una colonia de penados.

Comienza la esperanza

En 1917, finalmente, dos jóvenes visitaron la fortaleza. Desde ese momento, uno de ellos no descansaría hasta devolverle su pasado esplendor. Dejemos que nos cuente sus impresiones:

Recuerdos de mi primera visita a Santa Teresa

Prosiguiendo una vieja costumbre, iniciada desde mis primeros años de muchacho, de realizar excursiones al interior del país, en el deseo de conocerlo y de disfrutar de sus amenidades, como una etapa más de esa modalidad, en el ya alejado año de 1917, en unión de mi compañero de siempre, el Sr. César Ferreira, nos encaminamos a conocer el departamento de Rocha. Queríamos visitar el palmar de Castillos, la Laguna Negra, el litoral atlántico inmediato y la fortaleza de Santa Teresa, cuya silueta conocíamos por los dibujos de Masquelez v por el breve relato, totalmente sombrío, del Dr. Luis Melián Lafinur de su estada allí por el año 1881.

Salvo lo referido, el viejo monumento colonial era muy de vez en cuando mencionado. La distancia, los inconvenientes de un largo y penoso viaje, y el escaso interés de sus abandonados bastiones en estado de semi-ruina, justificaban, para la manera de pensar de esos años, olvido tan lamentable.

El ferrocarril sólo llegaba a la estación La Sierra y su posterior y no muy demorada prolongación a Maldonado no contaba con mucha concurrencia cuando luego se hizo.

Por ese entonces se ignoraban totalmente las atracciones de nuestra costa del Este. Los balnearios aún no habían surgido y apenas si unos hombres de empuje -Francisco Piria en el Piriápolis de hov; Juan Burnett, el coronel Mancebo en Maldonado, don Antonio Lussich en punta Ballena, entonces sólo accesible fácilmente por mar; Miguel Jaureguiberrv en las dos costas de la barra del Solís Grande, Mario Ferreira en la Atlántida, etc.- estaban realizando plantaciones de pinos marítimos v otras especies apropiadas al ambiente marítimo. Solo ellos avizoraban el inmenso porvenir que le estaba reservado a esos lugares para dentro de muy poco.

En la Sierra, no hacía mucho, había un pequeño hotelito, el de Munúa, y en Punta del Este -el pintoresco y suntuoso balneario de hoy-, un señor Risso había levantado otro, en extremo modesto y, desde luego, muy conocido pero escasamente concurrido.

El tráfico de pasajeros sólo era mantenido por los habitantes de las zonas que atravesaba esa línea férrea, Ferrocarril Uruguayo del Este -empresa particular propietaria de la línea desde el Empalme Olmos a Maldonado- y en dicho empalme, otra empresa extranjera, el Ferrocarril Central del Uruguay, usufructuaba la línea Montevideo-Minas junto con otras que formaban, para entonces, la más importante red del servicio ferroviario del país. Para nada se avizoraba el turismo.

El pasaje a Rocha transbordaba en San Carlos a los vehículos sucedáneos de una vieja línea de diligencias que antes había llegado a Montevideo, y, luego, acortándose su ruta conforme la vía férrea se iba desarrollando, ganaba la extensión de los campos destinados casi exclusivamente a la ganadería. Se había detenido en Pando primero, en la Sierra después.

Pero ya por esos años comenzaban a hacer competencia a las viejas diligencias los primeros vehículos automotrices. Los legendarios Ford, pintorescamente conocidos hoy por de "bigote" -alusión gráfica a su mecanismo de dirección-, valientemente, habían hecho su más o menos eficaz alumbramiento; por cuanto, por ejemplo en el invierno, desaparecían con el consiguiente alivio de los viejos mayorales que trasponían los barriales y los arroyos y cañadas crecidas con ventajas para sus pesados, pero indudablemente prácticos vehículos, incómodos en grado superlativo, pero que con más o menos retrasos, ponían el pasaje en sus puntos de destino.

Recuerdo, respecto a esta competencia de los Ford y a sus desapariciones motivadas por el pésimo estado de los caminos en invierno, que uno de ellos, de lo más simpático y dicharachero, en cuanto el ingeniero "Verano" mejoraba las rutas y aparecían -cosa que sucedía regularmente en la primavera- los llamaba "las golondrinas", alusión al alado visitante que anuncia el comienzo de la buena estación. Me refiero a Fausto Plada, dueño de una diligencia que más o menos desplazada por los modernos medios de transporte, atendía, con otros, la línea Rocha-Santa Victoria del Palmar, en el Brasil.

Claro está que nosotros, tripulantes del potente "Benz" de 50 hp, de propiedad del padre de Ferreira, hicimos el trayecto totalmente por tierra. La carretera llegaba más o menos sólo hasta la altura de lo de Munúa, en la Sierra, frente a la estación, y de allí empezaba la vía crucis, tanto más penosa para nosotros, desde que tripulábamos un coche potente, pero muy pesado, que se nos enterraba de continuo con lamentable reiteración.

Después de tres días de mucho bregar, venciendo grandes dificultades, por cuanto los "peludos" nos obligaron a dormir dos veces a campo y sólo una noche en hotel, llegamos el tercer día a Santa Teresa.

Se podrá tener una idea de lo que era aquello en ese entonces. No estaba abandonada por completo, como en la época en que la visitara Melián, un poco antes del año 1882, de regreso de un viaje a Río Grande, que había hecho por mar, regresando por tierra. Vivía un sargento con su señora y dos pequeñas hijas, gente tan huraña -en lo que se refiere al sexo femenino- que no hubo manera de establecer contacto con ellos en el par de días que permanecimos acampados. Este Sargento, de apellido Cruz, tenía como misión cuidar y reparar las haciendas del contorno que pastoreaban en los campos de posesión fiscal conocidos por "La Llanada", que iban de la fortaleza a la Coronilla. Su propiedad se cuestionaba al Estado desde la lejana época de la administración del capitán general Máximo Santos por la Sucesión Acosta, representada al principio, por el Dr. Gonzalo Ramírez, pleito que sigue aún sin resolverse, pero como el Estado, por habilidosa sugestión del abogado que lo continuó, era y es el administrador de las tierras en litigio, la Jefatura de Rocha había colocado a Cruz para vigilar e impedir que ganados ajenos al arrendatario pastaran en el predio. La impresión que recibí del arcaico monumento fue profunda. Aquella obra del hombre, que tanto decía de su capacidad para crear, abandonada en la inmensidad de los campos despoblados -entonces, en esa parte, ni siquiera con alambrados- estaba amenazada de ser sepultada por las arenas, cuya obra arrolladora me pareció muy difícil de contener -pues ya los médanos ascendían su flanco sur al punto que se podía penetrar al recinto sin dificultades mayores, ya que solían desbordar la cortina que une los baluartes de San Clemente y de San Martín-. Me sugirió, de inmediato, la realización de tres propósitos: escribir su historia, realizar su restauración y contener las dunas con plantaciones apropiadas.

Apenas dos años después, en 1919, el joven Horacio Arredondo, transformado en investigador por la fuerza de la pasión, publicaba en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay el trabajo más completo sobre la historia de la fortaleza: "El fuerte de Santa Teresa".

Tercera etapa: la reconstrucción

Conforme a la labor de toda una vida, Arredondo concibió y propuso al gobierno la restauración de la fortaleza. El proyecto incluía la declaración de Monumento Nacional, su conservación, la formación de un gran parque de árboles exóticos que cubrieran los médanos y detuvieran su avance, y la preservación de los típicos palmares y los montes indígenas en las orillas de la laguna Negra.

El primer paso era obtener el apoyo y el concurso del gobierno. Se trataba de una tarea de proyección nacional, que excedía todas las posibilidades de un particular, por más empeño que pusiera. Gracias a su amistad personal, de tiempos jóvenes, con el presidente Brum, logró entusiasmarlo para una visita. El propio presidente propició una extensión de la gira política que tenía prevista para octubre de 1920, de modo de incluir Santa Teresa. Tan impresionado quedó Brum que, por su cuenta y cargo, les encargó a Arredondo y al arquitecto Fernando Capurro un provecto de reconstrucción.

El segundo paso fue el discurso que el presidente Brum dirigió a la Asamblea General para explicar la importancia de la edificación:

Carátula de un folleto turístico publicado en la década de 1950 por la Comisión Nacional de Turismo. La reproducimos porque traduce, con el espíritu ingenuo y simbólico de la época, toda la importancia y orgullo que se sentía por la reconstrucción de la fortaleza de Santa Teresa y el parque circundante, una de las obras más importantes de nuestro pasado histórico.

El 18 de febrero de 1921 dirigí un mensaje a la Asamblea General, acompañando un proyecto firmado por el Ministro de Guerra General Buquet, que decía lo siguiente: "Tengo el agrado de solicitar la aprobación de V. H. para el adjunto proyecto de los que declaro comprendido entre los que motivaron la convocatoria a reuniones extraordinarias, por el cual se invierte la cantidad de cuarenta y cinco mil pesos, en tres cuotas de quince mil pesos cada una, en la ejecución de las obras necesarias para conservar y restaurar la Fortaleza de Santa Teresa".

En la visita que realicé a dicho Fuerte en el año último, pude comprobar que, además de su gran importancia histórica, merece cuidarse por un alto valor arquitectónico, y con poco sacrificio, podrían realizarse allí obras de conservación y restauración que aseguraran su existencia para los siglos venideros.  A ese efecto comisioné al señor Horacio Arredondo (hijo), que se ha especializado en el estudio de la Fortaleza, y al arquitecto don Fernando Capurro, para que proyectaran las obras necesarias para la restauración del Fuerte, obras que serán ejecutadas con los elementos del Ejército. Los señores Arredondo y Capurro dieron cima a sus estudios en la forma que se detalla en los documentos anexos. Creo que éstos son suficientemente explicativos de las obras que indico en el proyecto adjunto y que no dudo, merecerá la correspondiente aprobación respectiva.

El tercer acto, en 1923, fue el nombramiento de la primera Comisión Honoraria encargada de las obras de restauración. Las tareas dieron comienzo con un grupo de doce soldados de la unidad militar destacada en Rocha. Los materiales eran desembarcados en el puerto de La Paloma y de allí trasladados en carretas hasta la fortaleza. También comenzaron a llegar los primeros árboles para las plantaciones, en ferrocarril hasta San Carlos y desde allí en carretas.

Poco tiempo después, en abril de 1924, por una serie de desinteligencias, la Comisión fue disuelta y se suspendieron las obras.

El cuarto momento, de fundamental importancia, fue la promulgación de la ley del 26 de diciembre de 1927:

Fuerte de Santa Teresa

Se declara Monumento Nacional y se decreta la construcción de un parque público

Poder Legislativo

El Senado y la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, reunidos en Asamblea General, decretan:

Artículo 1°. Declárase Monumento Nacional la Fortaleza de Santa Teresa.

Artículo 2°. Autorízase al Poder Ejecutivo para invertir hasta la suma de treinta mil pesos ($ 30.000) en los trabajos de reparación y reconstrucción del citado monumento.

Artículo 3°. Decrétase la construcción de un parque público en los terrenos fiscales que rodean la fortaleza, debiendo preferirse las esencias vegetales que pueden ornamentarlo sin restarle mayores perspectivas.

Artículo 4°. Para dar cumplimiento a lo establecido en los artículos anteriores el Poder Ejecutivo nombrará una Comisión compuesta de tres miembros, de los cuales uno será propuesto por el Instituto Histórico y Geográfico y el otro por la Sociedad Amigos de la Arqueología, debiendo el tercero, que designará directamente el Presidente de la República, ejercer la Presidencia de la referida Comisión.

Artículo 5°. En las obras a que se refiere esta ley se utilizará, en cuanto sea posible, el concurso del Ejército, debiendo quedar a cargo del Ministerio de la Guerra el entretenimiento, cuidado y vigilancia de la fortaleza.

Artículo 6°. El Poder Ejecutivo tomará las providencias necesarias para limpiar y conservar el fuerte San Miguel y ordenar los estudios que correspondan para determinar la posibilidad de su reconstrucción.

Artículo 7°. Comuniqúese, etc.

Sala de Sesiones de la Honorable Cámara de Representantes, en Montevideo, a 13  de

diciembre de 1927.

En sus aspectos generales, como vemos, se obtenía la declaración de Monumento Histórico, se destinaba una partida para la reconstrucción, se ordenaba la implantación de un parque publico y se nombraba una Comisión Honoraria de tres miembros: uno del Instituto Histórico y Geográfico, otro de la Sociedad de Amigos de la Arqueología y el tercero, que ejercería la presidencia, designado por el presidente del República.

Cabe destacar, con justicia, el papel fundamental que significó en dicho momento la influencia y la visión del senador Alejandro Gallinal, que apoyó plenamente las inquietudes de Arredondo y le prestó todo su apoyo para la sanción de la ley.

Integraron la comisión el coronel arquitecto Alfredo Baldomir, jefe de Construcciones Militares, el arquitecto Fernando Capurro, por la Sociedad de Amigos de la Arqueología,  y Horacio Arredondo, por el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay.

Sobre la nueva comisión, que contó con el apoyo irrestricto del gobierno, recayó todo el peso de los trabajos de restauración y la formación del parque.

Mediante la ley del 16 de julio de 1931, Arredondo fue nombrado director honorario del Parque. En 1932 la Comisión Honoraria de Restauración y Conservación publicó un informe que comprende antecedentes, plano de trabajo y un detalle de lo realizado. Un año más tarde se hizo cargo también de la restauración de San Miguel.

El 29 de octubre de 1937 se dictó la ley 9.718 que declaró Monumento Nacional al fuerte de San Miguel y Parque Nacional al área fiscal que lo rodea.

La comisión pasó a denominarse Comisión Honoraria de los Parques Nacionales de Santa Teresa y San Miguel.

En 1974, según la ley 14.252, los museos de las fortificaciones, como parte de los parques nacionales mencionados, pasaron a depender del Comando General del Ejército. Dos años después, la Comisión Honoraria cambió su nombre por el de Servicio de Parques, Monumentos y Paseos del Ejército (SEPAE).

En 1981, por decreto del 14 de julio, los museos de los parques fueron afectados al Departamento de Estudios Históricos del Estado Mayor del Ejército.

Los Parques Nacionales

Junto con la restauración de la fortaleza, Horacio Arredondo propuso la formación de un parque que la circundara. Como director honorario de la Comisión de Restauración y miembro de la Comisión de Protección de la Fauna Nacional, presentó un proyecto para la formación de una gran reserva en el lugar, con el propósito de proteger las especies nativas.

La esencia del proyecto es un jardín del tipo apaisado:

El parque apaisado de caracteriza por la ausencia de dibujo. Las calles, que en el jardín regular son las líneas esenciales, tienen en él un valor completamente secundario. La senda imprevista, el atajo tentador, la huella del trillo, suplantan, con evidentes ventajas estéticas, el trazado geométrico o las líneas asimétricas rebuscadas.

El jardín apaisado o "romántico” o “irregular”, como también se le nombra, reconoce la influencia de los escritores y pintores ingleses del siglo XVIII, que preconizaron la vuelta a la naturaleza.

Inglaterra, precursora en materia de parques, ofrece antecedentes aun anteriores: Bacon, que propuso el jardín natural, y Milton, que dio el movimiento inicial de la nueva orientación, que luego seguirían brillantemente Addison, Pope, Thompson y el célebre William Kent.

La naturaleza quedará, pues, libre, y el esfuerzo principal radicará en propiciar sus valores. No será dable observar árboles torturados por la podadera, obligados a tomar tal o cual forma, o caminos enarenados que fuerzan al caminante a seguir su trazado quiera o no quiera. Ni fuentes más o menos convencionales; ni kioscos más o menos estéticos. Las fuerzas naturales se expandirán a su antojo y árboles y gentes procederán a su libre albedrío.

El proyecto tuvo muy en cuenta los efectos de la luz, las variaciones cromáticas según las estaciones, la topografía y las diferentes perspectivas:

Las leyes ópticas, que tan a menudo modifican los colores y las dimensiones, por causas que pueden radicar en el ángulo visual, en la claridad o en la nebulosidad de la atmósfera, no son olvidadas, como tampoco la combinación de la tonalidad de los follajes que, como lo dicen los tratadistas, es una verdadera ciencia; y el efecto decorativo que proporciona el sol al iluminar los árboles poniendo en los altos fustes tintes dorados o produciendo, con las sombras, raros y cambiantes efectos.

Arredondo procuró que el resultado no fuera un espacio más o menos indiferenciado, supremo escollo de estas concepciones. Para ello estudió los distintos juegos de plantaciones, césped, aguas y rocas, buscando que el predominio y el diferente empleo de unos y otros dieran fisonomía propia a cada lugar. Se proponía evitar también la monotonía emocional:

(...) un sector umbroso, densamente poblado de árboles coposos, es algo tétrico e incita a la melancolía; otros, en que predominan los céspedes, las verdes gramíneas, en los que entra el sol y picotean los pájaros en los claros, hacen al paisaje risueño, evocan las escenas bucólicas, dan alegría; y si las plantaciones así dispuestas lo son en terreno accidentado, en una topografía ondulada fuertemente o abrupta, es la característica pintoresca la que domina, máxime si hay rocas v si corre un arroyuelo. (...) En Santa Teresa se buscan estas tres finalidades. Pero habrá también otras variantes no menos fundamentales.

Entre ellas, el autor menciona el parque oceánico, las perspectivas sobre los inmensos esteros inaccesibles y el panorama sobre la laguna Negra.

No olvida Arredondo que el propósito de la belleza debe armonizarse con otros "igualmente primordiales": aquellos de orden cultural y científico.

Es así que la centenaria masa arquitectónica de la fortaleza cargada de líquenes emergerá con todos sus aspectos virreinales en un ambiente absolutamente nativo y colonial. (Será) una restauración genuinamente histórica (...).

La reserva de fauna ocuparía un lugar privilegiado, con un criterio pragmático que tanto tomaba en cuenta las especies autóctonas como algunas introducidas:

En los espacios abiertos de este parque nativo se agrupará la más completa representación de la fauna nacional -ciervos, venados, tamandúas, mulitas, avestruces, perdices grandes, etc.- y los de la extranjera que desde siglos atrás han tomado carta de ciudadanía. Se trata del equino, del bovino y del ovino criollo y aun del antiguo perro más o menos criollo, de tipo perfectamente definido, descendiente de los antiguos "cimarrones" del período colonial, que vigilará la fortaleza.

El proyecto consideraba además un espacio para la flora y la fauna exóticas:

Ocupará la zona arenosa v determinados lugares alejados de la Fortaleza el bosque de especies exóticas, en el que se tratará de reunir la mayor cantidad posible de los ejemplares de la flora mundial. Se desea formar allí un vasto "arboretum" que sea no solo un lugar de emociones estéticas sino que también un sitio de estudio para los naturalistas. Aspira a ser la continuación de la obra del gran ciudadano don Antonio Lussich. (...)

En los lugares ya indicados al efecto, se tratará de reunir, en aparente libertad, una serie de animales exóticos representativos, escogiendo las especies que por su naturaleza no ofrezcan riesgos a los visitantes. Es así que se ha reservado al efecto un valle de unas 150 hectáreas, totalmente cercado por el bosque, con aguadas, resguardos y topografía adecuada a la buena estada y fácil visibilidad de los ciervos, gacelas, cebras y animales similares de índole pacífica que se piensa lo pueblen.

Razones todas para adherirnos plenamente a la propuesta presentada por Ernesto Daragnés Rodero, fundador del Grupo de Exploración y Reconocimiento Geográfico del Uruguay y director de la Cátedra Ambiental del Uruguay, para que el parque que rodea la fortaleza sea llamado Parque Horacio Arredondo, como homenaje a quien le dedicó buena parte de su vida.

Juan Antonio Varese
Rocha tierra de aventuras
Ediciones de la Banda Oriental
Montevideo, setiembre de 2001

 

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