|
El hormiguero |
|
HenTodavía se recuerda
por aquí el día que enterraron a la niña Alicia. Todo estaba lleno de
crespones negros. Más que la cantidad, llamaba la atención, para quien
fuera recién llegado, el silencio de la gente que acompañó el cortejo.
No se oían condolencias, ni murmullos, ni sollozos. Hasta las ancianas
que solían llenar con sus alaridos los entierros de los solitarios
estaban mudas de espanto. Los padres de Alicia permanecieron lejos, y al féretro
lo llevaron personas extrañas en medio del silencio, cargado de angustias
y resplandores del mediodía. El cortejo marchaba
lentamente hacia el cementerio. Yo, en realidad, ya no recuerdo bien ese día
que quedó sin tarde. Recuerdo sí una noche anterior a ese día, cuando
Alicia desapareció. Ella se había ido a jugar con Martín y Diego a los
galpones de Rodríguez, que en aquella época daban para el fondo de casa.
La única forma de llegar allí, no siendo por el frente, que ese mes
permanecía cerrado, era atravesando mi patio y la quinta que tenía a
continuación donde, debo decirles si es que están dispuestos a creerme,
ese verano crecieron zapallos de un tamaño que nunca antes se había
visto. Los gurises acostumbraban cruzar
el alambrado desde la casa de Diego a la mía, y de ahí a los galpones.
Esa tarde los vi cruzar como a las cinco. Yo daba vuelta tierra de este
lado de las cañas, así que no me vieron. Pero yo sí los vi a ellos. Los
dos varones corrían, la niña pedía que no la dejaran atrás. Después
los perdí de vista un largo rato. A las seis, cuando
terminé de trabajar, todavía no habían regresado. Creí haber visto a
Diego, de reojo, caminando en el techo del galpón. Pensé que podía
caerse y me acerqué para gritarles un rezongo. Pero cuando llegué ya no
había nadie en el techo ni en ninguna otra parte que pudiera ver. Guardé
la pala y el azadón en un cajón que tengo al lado de la cocina y volví
para cerciorarme. No vi a nadie. A las nueve apareció
la madre de Alicia. Ya hacía un rato que llovía fuerte y su hija no
aparecía. Para peor acababa de encontrar a Diego y Martín a dos cuadras
de allí, junto a la cañada. Habían estado jugando en el terraplén
hasta que cayeron las primeras gotas. En ese momento, Alicia había
emprendido el regreso a su casa y ellos se habían refugiado en el almacén
de Medina. Hacía de eso como una hora, y no la habían visto más. Y como
usted sabe, ella es muy obediente, decía la buena mujer, si se le dice
que vuelva a las siete vuelve a las siete, y más con la lluvia, tiene que
haberle pasado algo. Y así seguía todavía cuando llegamos a la casa de
Diego. Pero Diego se había acostado temprano y estaba dormido. Parecía
tener fiebre, explicó su madre, y había querido irse a la cama apenas llegó.
Fuimos entonces a la casa de Martín, que sí estaba despierto. Enseguida que empezó a
llover Alicia se fue para la casa, dijo Martín. Yo y Diego nos fuimos corriendo
a lo de Medina y estuvimos ahí hasta que vimos que la lluvia no iba a
parar, y entonces nos vinimos derecho para acá. Y yo a Alicia le dije:
anda derecho para tu casa que si no tu
mamá te va a retar. Ahora no recuerdo bien todas las palabras de Martín,
pero recuerdo que me miraba y las soltaba una tras otra sin vacilar. Yo
estaba fastidiado por tener que salir a buscar bajo la lluvia, casi a
medianoche, una gurisita sinvergüenza
que se había escapado, y no le di importancia a
todo eso. Lo cierto es que buscamos toda la noche. Preguntamos en casa de
todos los amigos y los parientes donde pudiera haber ido, y también en la
comisaría, donde a veces iba porque los milicos la dejaban jugar en el
patio. Allí dimos parte de la desaparición y regresamos. Nadie sabía
nada de ella. En el camino de vuelta
pasamos por el terraplén. El terraplén, que fue construido para sostener
la carretera nueva, corre paralelo a la cañada. Con la lluvia, el hilo de
agua se había transformado en una correntada
que golpeaba los costados de las casas. No veíamos el agua, sólo la
escuchábamos. -Es inútil- dijo
alguien-, de noche es inútil. Decidimos terminar la búsqueda
al otro día. Cuando llegué a casa eran casi las dos de la mañana y
continuaba lloviendo. Yo me había arrepentido de pensar mal de Alicia.
Algo le había sucedido. Al día siguiente también
fue inútil. La cañada se había inundado por completo. Veinte años
antes, un intendente imaginativo había resuelto canalizar la cañada para
evitar que las inundaciones transformaran la zona en un pantano cada vez
que llovía. Ahora ya no había pantano, pero sí un chorro de agua que
amenazaba llevarse hasta el Río Negro a cualquiera que se atreviera a
poner un pie dentro. Recorrimos un poco ambas orillas, de todos modos. No
esperábamos encontrar nada. Pero no había más para hacer. Al mediodía volví con
mis almácigos. Fue allí, enterrado en el barro, que vino a verme el
agente de la policía, enviado por el comisario para averiguar lo que ya
todo el mundo sabía. Le conté que la tarde anterior había visto a los
tres niños cruzar por detrás de las cañas. "¿A
qué hora?", preguntó. Le dije
que a las cinco y él repuso que era extraño. Ellos habían dicho que habían
salido de la casa de Diego hacia el terraplén. Estábamos conversando aún
cuando aparecieron Diego y Martín, cruzando por el alambrado. El policía
les preguntó sobre lo que yo le había dicho. - Claro-
contestó Martín-, cruzamos por acá para ir al terraplén. -¿Por
qué no lo dijeron?-preguntó el agente. -No nos acordamos -contestó
él alzándose de hombros. Al final el milico se fue. Yo fui a buscar la
pala para hacer un almacigo nuevo y
descubrí que no la había guardado en la caja. Empecé a revolver todo,
la caja, el galponcito, la cocina,
debajo del fregadero, donde también guardo algunas cosas, y siempre Martín
y Diego detrás. -¿Por
qué no me ayudan a buscar, par de zánganos?-les dije. Se quedaron mirándome. A veces me pasa que soy
distraído, y no veo las cosas que están bajo mis narices, así que
renuncié a buscar por el momento y me metí en la cocina. Los dos gurises
me siguieron y se quedaron de pie, como esperando una orden. Yo andaba con
pocas pulgas, volví a rezongados y los
mandé de nuevo a buscar la pala. Encendí la radio
mientras calentaba el agua para el mate. Pensé que tal vez mencionaran
nuestro pueblo en el informativo. Una vez, cuando mataron un botija en Drable,
hasta fueron periodistas de Montevideo. Pero ahora no hubo caso y en la
radio no dijeron nada, aunque todavía no habían pasado veinticuatro
horas. Y ojalá no pasaran más, pensé, qué carajo,
pobre gurisita, y ojalá que estuviera
muerta antes que otra cosa peor, aunque lo mejor es que estuviera viva,
claro. Entonces descubrí que Martín y Diego me miraban desde la puerta. -¿Y
ahora qué quieren? -La pala. Y Martín la puso
frente a mí. La pala. Resulta que estaba junto a la higuera, al lado de
las cañas. Se le debió haber olvidado ayer, explicaba Martín, cuando
estuvo dando vuelta tierra. Tan distraído no soy, pensé decirle, y además
la pala estaba limpia. Si realmente la había olvidado, debió ser después
de haberla limpiado, y en ese caso estaría depositada cerca de la casa,
no al lado de la higuera. Un golpe en la puerta me sacó de esas
cavilaciones. Era la madre de Martín
que venía a buscarlo. Con los ojos bailando detrás de los lentes contó
que la habían encontrado, sí, la habían encontrado, pobrecita.
Dios me libre y me guarde, y en qué estado, parece que la violaron,
pobrecita, qué gente inmunda y roñosa,
no se les puede decir otra cosa, parece que la subieron a un auto,
pobrecita, mire que yo no quiero decir estas cosas delante de los niños
pero me los llevo porque ahora todo el mundo está asustado y no quiero
que el mío ande solo, que dicho sea de paso estaba ahí mirando con los
ojos muy abiertos. La madre
lo llamó. Martín obedeció sin protestar y fue hacia la puerta, pero
antes de salir se volvió y llamó a su amigo, que había quedado como
clavado en su sitio. Me quedé escuchando la
radio y tomando mate, mientras la ventana se pintaba de gris. Inútil, no
pasaban nada. Nadie se acordaba de nuestro pueblo ni aunque lo borraran
del mapa. Sin querer me puse a pensar en Alicia y tuve que asombrarme de
lo poco que me había fijado en ella. Quizás porque molestaba menos que
sus amigos, aunque siempre estaba corriendo tras ellos. Diego seguía a
Martín y ella seguía a Diego, que estaba mirándome desde el otro lado
del alambrado, a través del patio, mientras regresaba a la quinta a
terminar lo que estaba haciendo. Al rato de estar
trabajando, caí en la cuenta de que Diego me observaba fijamente, ahora
al lado mío. No pronunciaba una
palabra. -¿Qué
te pasa?- le pregunté-.
¿Se te perdió tu amigo? -¿Se
enteró ya? -preguntó él. -¿Enterarme
de qué? -No encontraron a
Alicia. Lo único que encontraron fue un zapato de ella tirado al lado de
la cañada. Levanté la cabeza
sorprendido, pero no me miraba. Señalaba hacia las cañas. -¿Vio
los almácigos? -No. ¿Qué tenés con
los almácigos? -Están llenos de
hormigas. ¡Carajo!
Era cierto. Las hormigas negreaban entre las plantitas
como si fueran un único animal. Rascándome la cabeza, me puse a pensar cómo
era posible que de la noche a la mañana surgieran como de la nada. -Yo sé dónde está la
olla. Volvió a sorprenderme,
y tampoco ahora encontré su mirada. Me hacía señas para que lo
siguiera. Fue hacia las cañas y
señaló un montículo de barro del que surgían a puñados. Me incliné a
mirarlas con mayor detenimiento. Entraban y salían con rapidez llevando
todo tipo de pequeñas cosas, blancas, rojas y negras. -¿Cómo
las descubriste? - pregunté. Me había dejado solo.
No lo había escuchado irse, pero tampoco tuve tiempo para pensar más,
pues desde la entrada venía avanzando un vecino que saludaba. De lejos meneó la
cabeza, comprensivo, al verme inclinado sobre el montículo de barro.
"Hormigas", dijo, "sí, también se me han ganado en el
fondo de casa", y habló un poco más de un veneno que estaba usando,
que era el mismo que yo había usado alguna vez, y cuando le pregunté si
le daba resultado recordó por qué había venido. Era para preguntarme si
estaba dispuesto a dar una mano al otro día, que iban a buscar el cuerpo
de la pobrecita esa que se perdió
siempre y cuando la correntada hubiera bajado
un poco. Así que al otro día tendríamos que damos un baño en el
chiquero, que otra cosa no era la cañada, con el agua hasta el pecho,
nadando entre cuanta porquería se les ocurría echarle adentro a los
vecinos. Pensé con tristeza en los días de mi niñez, cuando la cañada
era un hilo de agua que corría perdido entre los ligustros, y donde íbamos
con mis amigos a cazar sapos y cangrejitos
de agua dulce. En aquel tiempo no ocurrían estas cosas. Y ahora estábamos allí,
con el agua hasta la cintura, nadando entre porquerías, batiendo el lecho
de la cañada con palos a riesgo de que la correntada, todavía fuerte,
nos arrastrara hasta el más allá. Al menos el hedor había disminuido.
En las orillas, en el espacio entre casa y casa, los que no participaban
de la búsqueda esperaban con paciencia que apareciera el cadáver, y
mientras tanto tomaban mate y conversaban. Pero llegó el
atardecer y no se encontró nada. Empapados y tiritando se resolvió
archivar a la niña como desaparecida, o muerta, o lo que correspondiera.
Cuando dejamos atrás el puente sobre la cañada ya nadie parecía
acordarse del asunto. O mejor, parecía que hubiera pasado a formar parte
de todos aquellos sucesos que, siendo dolorosos, ocurren tan lejos que sólo
merecen comentarse en las charlas que los vecinos sostienen sobre los
alambrados. De pronto, el tiempo no muy favorable para la próxima cosecha
ocupaba la mayor parte de las preocupaciones. Los hombres sencillos y
avejentados caminaban, cabizbajos, y señalaban las nubes violetas en el
horizonte. Yo no podía olvidarme
así nomás, porque encontré
que Martín y Diego me estaban esperando, sentados en el escalón de la
puerta de casa. Entraron conmigo sin decir una sola cosa. -¿Vio
las hormigas?-preguntó Martín, clavando los ojos en los míos. -¿Se
puede saber qué tienen con las hormigas? -¿Le
va a poner veneno en la olla? -¿Me
van a ayudar? -Claro. Martín continuaba con
la misma mirada irrespetuosa que usaba siempre. Diego a veces lo miraba y
a veces me miraba a mí, sin parar la vista en ninguna parte. Puse el agua
a calentar y fui a cambiarme la ropa mojada. Después volví a la cocina,
tiré despacio la yerba vieja, pensando en todo eso. Ellos permanecían en
silencio, aunque Martín estudiaba, como solía hacer, la colección de botellitas
que tenía en el aparador, sobre la cocina. Diego, sentado, miraba mi
espalda mientras yo continuaba sacando la yerba del mate. -Bueno- dije al fin-,
mañana voy a comprar el veneno. ¿Me van a ayudar, entonces? Vengan de
tarde. -Claro- respondió Martín-.
Mañana venimos. Vámonos, Diego. Quedé solo. Encendí
la radio y terminé de aprontar el mate mientras pasaban las noticias de
las ocho. Tampoco hoy mencionarían a nuestro pueblo. Me senté a mirar lo
que quedaba del cielo por la ventana. Traté de no pensar en hormigas, ni
en Martín, ni en Diego, ni en nadie. De Alicia no me acordaba más. A las nueve apagué las
luces y me acosté. Rígido, mirando el techo. Dormí sin soñar nada, con
sueño de cansado y de quien quiere olvidar, casi sin darme cuenta. Cuando
abrí los ojos, ya el primer relumbrón de la mañana aparecía en la
ventana. Despacio me levanté y
prendí al radio. La voz de Gardel se
desgranó en una guitarra metálica y gimiente.
Tomando mate, esperé que se pusiera claro del todo. Entonces tomé la
pala y me fui hasta el hormiguero. Hundí la pala en medio
del montículo, hasta que tocó algo más duro. La saqué y volví a
hundirla, ahora en el borde. Entró en la tierra negra y húmeda con toda
facilidad, y al tirar del mango la parte superior del hormiguero se
desprendió como la tapa de una cacerola. Dentro, el cadáver de Alicia
flotaba en un hervor de hormigas, que entraban y salían de su vestido
rosado, de sus ojos y de su boca, llevando pequeñas cosas negras, rojas y
blancas. Tenía los pies muy juntos y las manos cruzadas sobre el pecho,
como si estuviera rezando, como acomodan a los muertos en la funeraria. Demoré media hora escasa en quitar la tierra que la cubría y rodeaba. Al final, eran las ocho. Cansado, regresé a terminar el mate. Era temprano para ir a molestar al comisario. |
Henry Trujillo
El
fuego y otros cuentos
Ediciones de la Banda Oriental
Colección Socio Espectacular
Montevideo, 2001
|
Ir a índice de narrativa |
Ir a índice de Trujillo, Henry |
Ir a página inicio |
Ir a mapa del sitio |