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El fuego |
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HenEl alambrado les cortó
el paso. Más allá, la maleza hirsuta se escondía en una hondonada a la
que no llegaba el sol moribundo y rojo. Las luciérnagas comenzaban su
danza de fantasmas, y el viento se ponía frío. -Está lloviendo en algún
lado -dijo uno. Se apresuraron a
atravesar el alambrado. Carlos, a quien llamaban "El Abuelo",
pues tenía veinte años, fue el último en pasar. A cada instante miraba
el cielo, esperando las gotas. El más joven de todos, un chico de nombre
Ángel que aún no cumplía diecisiete años, recargó en sus hombros la
pesada mochila y apretó el paso. Daniela
y Teresa, las dos mujeres del grupo, y también las más jóvenes,
buscaban un lugar para orinar tranquilas. Un tercer muchacho, enorme y de
anchísimas espaldas, y que apenas era mayor que ellas, las perseguía
para sorprenderlas cuando se bajaran las bermudas.
Casi estuvo a punto de lograrlo. En el momento en que Daniela ya se
desprendía el primer botón detrás de un matorral escuchó el crujir de
un palito que el gigante, torpe en su acecho, no pudo evitar. Riendo, poniéndose
muy coloradas, huyeron hacia pastos más altos. El otro las siguió. Con
su metro noventa y sus amplias zancadas cruzaba sin dificultad las chircas
que se enredaban en las zapatillas de las muchachas. -Álvaro! -protestó Daniela-,
En serio, andate, que me meo. Alvaro abrió los
brazos como preguntando cuál era el problema. Teresa también reía
aunque estaba a punto de hacerse encima, y Carlos, deteniéndose, gritaba
que se les venía la lluvia. -¡Carlos!
-gritó Daniela al fin-.
Abuelo, decile
a Álvaro que no joda! Al oír el llamado, Ángel
se volvió hacia ellos. Tuvo que sonreír al ver a Álvaro parado, con las
manos en los bolsillos, detrás de Daniela y Teresa, que se metían las
manos entre los muslos para contenerse. Corrió hacia los
pastos y se puso detrás de las chicas cortándoles la huida hacia los
arbustos más espesos. Ellas, al ver la traición, intentaron alejarlos
con inútiles golpes de mochila. -¡Ángel!
-llamó Daniela. A lo lejos, parado
junto a la enorme mochila, Ángel contemplaba la escena sin
saber qué hacer. Sólo los miraba. Ellos también lo miraron. -Vamos -dijo Carlos
entonces-, que se van a mishar en serio-.
Álvaro hizo un ademán de fingido
fastidio y los dos se alejaron. Ángel, que había dejado la pesada
mochila en el suelo, miraba el cielo encapotado porque no sabía qué otra
cosa hacer. -Va a llover -repetía. Y como si no esperara
otra palabras, el cielo desplomó sobre ellos una densa llovizna, que a la
luz del atardecer perló de plata el
aire del monte. Una hora después,
apenas con tiempo para armar una de las dos carpas que llevaban, se
amontonaban los cinco, empapados y hambrientos, sin más alimentos que una
lata de sardinas y un paquete de cigarros, esperando que pasara la
tormenta, cada vez más furiosa. Ángel
intentaba sintonizar algo en la radio, pero sólo logró captar una
emisora local que transmitía mensajes para la gente que vivía en los
alrededores, mezclados con milongas y zambas de Los Chalchaleros. -Saca
eso -pidió Teresa-, prefiero escuchar la lluvia. Daniela gritó de
pronto, pues Álvaro le había pasado
la mano por la pantorrilla. Ella
respondió con un golpe en el hombro. La radio comenzó a desgranar una
despedida. "Falleció ayer: Eustaquia
Peña. Sus hijos: María, Inés, Ricardo, Alberto y Francisco..." - Por Dios, encerrados
en una carpa y escuchando necrológicas. ¿Quieren suicidarse? No le respondieron.
Carlos se había sumado a la pelea y sujetaba los frágiles brazos de
Daniela, mientras Álvaro le hacía
cosquillas en la barriga. Daniela reía como si
tuviera convulsiones, dando patadas a diestra y siniestra, y acertando
alguna en las costillas de Ángel, que no parecía sentirlas, absorto en
la radio. Teresa protestó de nuevo, contra las patadas y las necrológicas.
Álvaro pedía perdón a Daniela, y
fingía llorar, sin dejar por ello de pellizcarla. "... sus nietos:
Ana María, Marcelo, Rosanna, Claudia,
Favio, Javier, Gonzalo, Elena,
Esther y Alba...". Daniela y Álvaro
volvían a intercambiar cachetazos. Cuando Teresa ya volvía a protestar,
Carlos le metía la mano fría por la espalda. Los chillidos se confundían
con el rumor de la lluvia. "... sus
bisnietos: Mariana, Nicolás, Martín, Gabriela y Alberto...". Daniela
y Álvaro
se abrazaron y perdonaron mutuamente. Carlos y Teresa se abrazaron.
Daniela lanzó una bofetada incierta hacia el rostro de Carlos. -Tarado -dijo con una
carcajada. "... y demás
deudos participan con profundo dolor e invitan al sepelio que se realizará
mañana. Hora nueve. Empresa Méndez e hijos". Ángel
apagó la radio y solo se sintió el golpear de las gotas sobre la lona de
la carpa -Qué felicidad -dijo
Teresa. Quedaron quietos y en
silencio. Al cabo de unos segundos se escuchó un rumor sordo que fue
acompañado, poco después, de un olor penetrante. -Un pedo. ¿Quién se
tiró un pedo? Carlos, fuiste vos. -¿Yo?
Nada que ver -contestó
el aludido-,
fue la flaca Daniela. Y siguieron cambiando
acusaciones en medio de las risas. -Fue Ángel
-dijo de pronto Daniela. Esperaron que éste
contestara algo. No hubo respuesta. No se necesitaba luz para adivinar que
se había puesto muy colorado. Sus dedos jugaban nerviosos con el dial de
la radio apagada. -Estoy cansada y muerta
de frío -dijo Teresa al final-, vamos a dormir. A la medianoche se
mezclaban los ronquidos discordantes de Carlos y Álvaro.
En la oscuridad, Daniela se revolvía en su saco de dormir, dándose la
cabeza contra las rodillas de Teresa. La ropa no se le terminaba de secar
en el cuerpo, y escuchaba el gruñir de su estómago. Tiritando, sacó la
cabeza del sobre y vio brillar la brasa de un cigarro. -¿Ángel? La brasa se movió
hacia ella. -¿No
podes
dormir? -volvió a preguntar. -No tengo sueño
-respondió él apenas. -Tírate
acá. Yo tampoco puedo dormir. Salió del sobre no sin
pisar el pie de Carlos, que puteó entre sueños. Fue a acomodarse junto a
Ángel, que estaba de cuclillas a la entrada de la carpa. -¿Sigue
lloviendo? -Ya no. Se ven las
estrellas. -Me muero de frío.
Estoy empapada. Se acurrucó a su lado,
cruzando las manos sobre sus pechos pequeños. Ángel sintió el costado húmedo
de su brazo pegado al suyo. La miró y llegó a ver su perfil dibujado por
la escasa luz de las estrellas. Estiró el brazo hacia
su mochila y logró sacar una frazada. Se la echó por los hombros. -Gracias
-dijo
ella. -¿Querés
más sardinas? -preguntó Ángel después. -No. Si como más
sardinas voy a vomitar. ¿No se podrá aprontar un mate? -Habría que hacer
fuego. Toda la madera está mojada. No hablaron durante un
buen rato. Sólo estaban allí, tiritando y mirando el cielo. - Qué cagada la lluvia
-dijo ella más tarde-. Tenía tantas
ganas de venir a acampar con ustedes. Solamente con ustedes me siento
bien. Y como su amigo no
contestara nada, continuó: -En todos lados me
persiguen. En el trabajo dicen de todo de mí. Hay un tipo que me carga,
uno de los vendedores. Es un imbécil. Todos los días se pone un traje
nuevo, no sé de donde saca plata para comprarse toda esa ropa. Y se cree
que tiene la tal facha. -¿Y
no te gusta? -No, qué me va a
gustar. Me hace reír, lo único. Pero la
joda es que el loco antes se clavaba a una tipa que ahora la
pusieron de jefa de ventas, y me mira con un odio que creo que si me
agarra me arranca los ojos. Él la dejó, y ella se muere de celos. Es una
histérica. Bueno, son tal para cual. Miró hacia afuera. -Pero ahora andan
diciendo que soy una loca. En el barrio también. Sabes
lo que dicen de mí, ¿no? Distinguió la silueta
de la cabeza de Ángel moviéndose
negativamente. -Todo el mundo habla
mal de mí. Cuando tienen que hablar con vos, vienen y te dan un beso, y
te dicen: "¿Cómo andas,
Daniela, preciosa?".
Después te arrancan el pellejo. Quisiera que estuvieran en mi piel, a ver
si les gusta. Hay unos gurises en el
barrio, que yo jugaba con ellos en la escuela, ahora agarran un coche y se
ponen a dar vueltas a la manzana, y cada vez que pasan frente a la puerta
me tocan bocina y me gritan. ¿Te das cuenta? Eran mis amigos. Sonrió con tristeza.
Ángel, taciturno, le ofreció un cigarrillo. Fumaron en silencio. -¿Por
qué me odian? -preguntó. Ángel no respondió.
Una solitaria luciérnaga pasó frente a ellos. -Ahora andan diciendo -continuó
Daniela al cabo de un rato- que salgo con Carlos. ¿Te imaginas?
Es como si dijeran que ando contigo o con Álvaro.
Lo que pasa es que ustedes son los únicos amigos que me quedan. Son los
únicos que me apoyan. Ángel asintió
lentamente. Se escuchaba cantar los grillos. Daniela se arropó en la
frazada. -Por Dios -se quejó-.
¿Hasta cuando tendremos que esperar para hacer una fogata? Y después, como si sólo
tuviera ese momento y ese lugar para decirlo todo: -Quisiera irme.
Quisiera irme muy lejos. Irme a un lugar donde nadie me conozca. Pero
pienso, la gente es mala en todos lados. ¿En qué lugar del mundo hay un
lugar para mí? Ángel encendió otro
cigarrillo. -Mierda -gimió ella-,
me muero de frío y de hambre. Ángel la miró unos
momentos, acurrucada en un rincón de la carpa, envuelta en la frazada,
tan pequeña y mojada que parecía un pollito recién nacido. Las gotas caían
de vez en cuando y hacían un sonido extraño al golpear la lona. Dentro,
continuaban los ronquidos. Entonces tomó la
linterna y salió. -Ángel, ¿adonde
vas? -Voy a buscar algo para
hacer fuego. -¿Estás
loco? Te vas a perder, y está todo empapado. Ángel
miró el cielo estrellado. La vía láctea lloraba de luz. -Cuando veas la luz de
la linterna, llámame. Voy a caminar en
línea recta. Y antes de que ella
pudiera decir algo más, ya el haz de luz de la linterna se perdía entre
los pastizales, vacilando entre el follaje. Luego, de vez en cuando, lo
distinguió buscando a lo lejos, apareciendo y desapareciendo entre los árboles.
Después ya no observó nada. Todo quedó oscuro, y dentro de la carpa los
demás dormían. Sólo se escuchaba el cantar de los grillos. Se sintió
sola. Ángel caminó durante
una hora o más, perforando las tinieblas
con la linterna, buscando alguna raíz o piña que el agua no hubiera
tocado. Una o dos veces pensó que una serpiente podría saltar de los
troncos que palpaba, pero por extrañas razones esto no llegó a
preocuparle. Al fin comprendió que era inútil buscar, y que los
habitantes del siglo XX habían olvidado los secretos del fuego, que los
antiguos conocían tan bien. ¿Cómo podrían encenderlo con madera
mojada? Un poco más tarde
también echó de menos que se olvidara el antiguo arte de orientarse por
las estrellas. En vano enfocó el cada
vez más débil rayo de luz de su linterna hacia uno y otro lado. En vano
esperó que el viento le trajera el dulce llamado de Daniela.
Sólo escuchó el silbar de las lechuzas y los graznidos de los pájaros
nocturnos que los antiguos tanto consideraban mensajeros del alba como
compañeros de la muerte. Cuando la linterna ya
se agotaba, comprendió que de todas las ideas tontas que había tenido en
su vida, esta de encontrar unos palos secos en un monte húmedo debía ser
la más tonta; estúpida y delirante de todas. Se odió profundamente.
Cansado y dolido, se sentó en una voluminosa raíz y apoyó la cabeza
contra el tronco del árbol. Poco a poco, el frío pasó de su piel a su
alma, los músculos se le atenazaban en la espalda y sintió que caía en
un pozo cada vez más negro. Entonces todo se iluminó. Ángel se levantó
sobresaltado y vio una luz extraña que descendía de lo alto y se posaba
suavemente sobre los pastos mojados, arrancándoles destellos; luego
comenzaba a desplazarse hacia él con lentitud, notando
en el aire. En medio de la luz vio un hombre transparente, tan azul y
transparente como la luz, como si él mismo fuera luz. Aterrado, esperó.
La luz se aproximó hasta casi tocarlo y después, como si lo viera, viró
apenas pasando a su lado, y en su corazón sintió que moría. El hombre
transparente no lo miró. Se alejó seguido de un cortejo de luciérnagas,
dejándolo en la oscuridad. -No te vayas! -gritó
Ángel. Una idea se le había
ocurrido. Haciendo de tripas corazón, temblando de miedo, lo siguió.
Pero la luz no se detenía. -¿Quién
sos? -gritaba-.
¿Sos un visitante de otro planeta? ¿Sos un extraterrestre? Aterrado, notó que sus
piernas se ponían rígidas y no le respondían. Miró hacia abajo y
descubrió que se habían transformado en piedra. Gritó. La luz se
alejaba, ya se perdía entre los árboles. - ¿Por qué vienen? ¿Por
qué nunca contestan? Señaló la negrura del
monte. - Leña. Preciso leña.
La mujer que más quiero tiene hambre y tiene frío, y yo soy tan pobre
que ni siquiera puedo encenderle un fuego. ¡No se vayan! La luz se esfumó de
golpe. Ángel abrió los ojos y se
golpeó la cabeza contra el tronco del árbol a cuyo pie continuaba
sentado. La linterna se había apagado, pero a lo lejos se dibujaba una línea
clara. Entumecido y congelado,
se incorporó tratando de distinguir algo. No podía decidir cuánto
tiempo había dormido en la intemperie, ni dónde se hallaba, ni en qué
dirección se encontraba la carpa donde estaban sus amigos. Pero por lo
menos se veía algo más. Podía ver las copas negras de los árboles
recortadas en un costado del cielo. Las estrellas iban perdiendo brillo, y
casi podía distinguir la punta de sus championes.
Caminó, saltando para lograr que la sangre volviera a sus venas. A lo lejos percibió un
reflejo vacilante; tal vez la luz de una casa. Se encaminó hacia allá.
Al acercarse descubrió que no era una casa. Era una fogata, una generosa
fogata de gruesos troncos crepitantes encendida delante de una carpa. Había
un bulto en la entrada, y otros más dentro. Se acercó despacio. El bulto
era una mujer que dormía junto a la hoguera. Era Daniela. Le tocó apenas el
hombro. Ella se despertó, restregándose los ojos. -¿Conseguiste
leña? -preguntó extrañada-. ¿Cómo hiciste? Ángel no contestó. Se
quedó contemplando el crepitar de los gruesos troncos. Daniela despertó a los
demás. Comenzaba a amanecer. Teresa puso agua a calentar y Álvaro preparó
el mate. Luego sacaron una bolsa de arroz y unas papas. Carlos encendió
la radio, que volvía a pasar mensajes. "Para Ramón González,
de Cuchilla del Perdido. Llego hora once. Rosa". Daniela, bromeando, dio
un suave puntapié en la espalda de Carlos, que le sonrió. "Para familia Mendizábal.
La camioneta está pronta. Raúl". El sol deshizo las últimas
nubes de la tormenta. Los pájaros despertaron y cantaron como si ese
fuera el primer día de la existencia. "Para familia Alberti,
de parte del yerno. Isabel tuvo una nena. Todos bien". El sol brilló en la copa de los árboles. El agua hervía en la caldera. Ángel continuaba mirando el fuego, y ellos reían. |
Henry Trujillo
El
fuego y otros cuentos
Ediciones de la Banda Oriental
Colección Socio Espectacular
Montevideo, 2001
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