|
El
Nietzsche de Deleuze Ruben
Tani[1]
y
María Gracia Núñez[2]
A
partir de la interpretación que realiza Nietzsche del mito de Ariadna es
posible el análisis del concepto de “eterno retorno” así como de las
nociones de “diferencia” y “repetición”. El eterno retorno,
pensado contra las leyes del pensamiento apolíneo, tiene un vínculo
fundamental con la voluntad de poder: la repetición en el eterno retorno
es la voluntad de poder. Según
Deleuze, Nietzsche expone una estrategia que interpela la expresión de la
unidad lineal del saber porque remite a la interpretación como unidad cíclica
del eterno retorno presente como un efecto desconocido en el pensamiento
lineal. El pensamiento afirmativo de la divergencia y de la multiplicidad
tiene como instrumento la disyunción. Se trata de un pensamiento que
opone multiplicidad a unidad, heterogeneidad y dispersión a homogenización
y totalización unificadoras. En este sentido, el
eterno retorno es activo y afirmativo; es la unión de Dionisos y Ariadna.
El laberinto es el eterno retorno mismo, esto es, aquello activo y
afirmativo, y ya no es más el laberinto del conocimiento y la moral, sino
el de la vida y del ser como viviente. La
tragedia del origen Según
Nietzsche la fuente original del lenguaje y del conocimiento no está en
la lógica sino en la imaginación, esto es, en la capacidad radical e
innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas, enigmas y
modelos. En este sentido, la naturaleza del lenguaje es esencialmente simbólica
y figurativa, fuerza la identificación de lo no idéntico introduciendo
la analogía en tanto no existe realidad-fundamento anterior al lenguaje
que opere como criterio de verdad distinguiendo un lenguaje literal de
otro imaginario o retórico. G.
Deleuze afirma que ya no buscamos en Nietzsche al profeta de la subversión
ni de la superación porque si hay un autor para quien la muerte de Dios,
la caída desde lo alto del ideal ascético no tiene ninguna importancia
en tanto que queda compensada por las falsas profundidades de lo humano,
mala conciencia y resentimiento, ése es sin duda Nietzsche: “él lleva
a cabo sus descubrimientos en otro lugar, en el aforismo y el poema, que
no hacen hablar ni a Dios ni al hombre, máquinas para producir el sentido
para medir la superficie instaurando el juego ideal efectivo.” (1). En
Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Nietzsche afirma: “¿Qué
es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias,
antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que
han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y
que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas
y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se han olvidado que
lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible,
monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como
monedas, sino como metal” (2).
En
el fondo de la definición de verdad como un móvil ejército de metáforas,
metonimias, antropomorfismos, encontramos otra idea más general que nos
presenta a la historia intelectual de la humanidad como una historia de la
metáfora y de la ilusión. Para desmontar la visión objetivista
imperante en la historia del pensamiento, Nietzsche revisa el lenguaje
porque es en él donde reside la construcción del mundo. “¿Es el
lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?”, se pregunta
Nietzsche. “Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen
en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una
expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos
lenguajes” (3). La
repetición de la metáfora, pone en cuestión la ley –la generalidad–
al denunciar su carácter nominal en beneficio de una realidad más
amplia. En este sentido, apropiarse de otra lectura significa imponer
formas, crear formas en relación con nuevas circunstancias. Así, el
poder de transformación de esa interpretación es la primera definición
de la actividad, según lo manifiesta Nietzsche en lo que llama
“voluntad de poder”, el elemento genealógico de la fuerza. La
inmanencia de las relaciones de fuerza es el eterno
retorno y el eterno retorno es la repetición no de lo mismo, sino de
lo otro. En las relaciones de
fuerza hay que distinguir, en primer lugar, las fuerzas afirmativas de las
fuerzas rectivas y, en segundo término, las fuerzas activas de las
fuerzas pasivas. Así como en la voluntad de poder es necesario distinguir
la voluntad afirmativa de la voluntad negativa. La tercera síntesis del
tiempo es el futuro. Deleuze lo analiza a través de Nietzsche con su idea
del eterno retorno. En efecto, el eterno retorno afecta a lo nuevo; la
rueda del devenir expulsa por selección lo débil y reactivo. El
eterno retorno es una idea que se sustenta sobre la base de fuentes
rechazadas por el platonismo que se construye sobre la voluntad de rechazo
al simulacro: la distinción del modelo y la copia funda la distinción
entre iconos y simulacros al tiempo que establece la diferencia
discriminando entre buenas y malas imágenes. Para Platón el modelo es lo
mismo y la copia lo semejante;
el mundo de la representación es entonces el mundo de la identidad, de lo
mismo. Es un mundo en el que imágenes
y semejanzas se someten a la identidad pura del modelo del original. Es el
carácter legitimador de selección y exclusión que Platón asigna a la
verdad lo que convierte, de acuerdo con Nietzsche, a la voluntad de verdad
en voluntad de poder, y así comienza la «inversión del platonismo».
Nietzsche concibe el simulacro al margen de la opción dualista del mundo
verdadero y el mundo aparente, del modelo y su reproducción, de la
identidad propia del original y la semejanza de la que participan las
copias. Logra pensar el simulacro como diferencia en una relación
inmediata de lo diferente con lo diferente, que no conlleve la repetición
eterna de la unidad, la identidad o la semejanza, es decir de lo Mismo.
Intenta lograr el simulacro por fuera de la representación.
La
voluntad de poder propone la interpretación del eterno retorno de la
producción diferencial del mito, de una des-semejanza, de una
des-igualdad. La voluntad de poder es el elemento diferencial de las
fuerzas, el elemento de producción de la diferencia entre dos o varias
fuerzas puestas en relación. Empleando
un procedimiento hermenéutico, Nietzsche re-interpreta el mito original
vinculando la significación emblemática de los personajes –Ariadna,
Dionisos, Teseo– como aspectos del “eterno retorno” y de la
“voluntad de poder”. G. Deleuze vincula el eterno retorno a lo que
parecía oponérsele o limitarlo desde fuera: “la metamorfosis integral,
lo desigual irreductible” (4). Esto sucede porque el eterno retorno no
produce un incremento cualitativo y progresivo, es intensivo y propone la
diferencia en el núcleo del mito “original”. En “El
misterio de Ariadna” Deleuze
afirma que Ariadna juega un rol esencial en la filosofía de
Nietzsche, no solamente porque es la mujer o el Anima, sino porque ella
está en el cruce de los conceptos principales de su filosofía. (5) El
eterno retorno es la interpretación del mundo a través del mito griego
recuperado con exclusión de toda identidad lógica previa. La diferencia
es la primera afirmación, el eterno retorno del mito es la segunda, esto
es, la eterna afirmación de la voluntad del ser. Teniendo en cuenta que
el eterno retorno reafirma la fuerza expresiva de selección donde lo
negativo como unilateral deja de retornar como principio único, puede
notarse que nada es igual, todo se basa en la diferencia, en su
desemejanza ahora reconocida y en su desigualdad originaria. Se
trata de una interpretación que denuncia la mistificación más profunda
y peligrosa del humanismo representado por el hombre superior que pretende
llevar a la humanidad hasta la perfección basado en una lectura
“racional” del mito. El retorno es lo único que se repite, no hay
repetición de lo mismo –así se piensa el devenir y la repetición de
lo otro ocultado. Retornar es la única mismidad del eterno retorno en las
variaciones del mito. Superando
la alienación apolínea, el hombre se constituye en una fuerza que afirma
y que se afirma porque el hombre superior no sabe del todo lo que
significa afirmar sino que presenta una visión parcial del mundo y cree
que afirmar es asumir la verdad, conocer y soportar una prueba. La
voluntad de poder no es la psyché en busca de un mundo (propio), sino la
physis que eternamente se desborda a sí misma. La physis es el camino a
la physis: el devenir, el “llegar a ser” lo que se es. Con la expresión
“voluntad de poder” Nietzsche imprime al devenir el carácter del ser:
lo piensa como un llegar (a ser) y como un dejar (de ser). La
metafísica -el mundo de los valores, de los fines, de los deseos, de los
sentimientos, de los significados- es la expresión de esta física
radical. Los valores son siempre efectos de superficie. Deleuze afirma que
remitir el mundo de los significados al orden de la physis es hacer su
genealogía: decidir qué quieren. Y, hablando de voluntad de poder, sólo
es posible querer una de dos cosas: o bien afirmar la vida o bien negarla.
Afirmarla en función de un “fin” o una “meta” ajena a la vida
misma -en virtud de una trascendencia- es en realidad negarla. Es preciso
afirmarla en su doble carácter: ascendente y descendente. Tal es la
cuestión decisiva. Es posible -es, en todo caso, más fácil- afirmar la
vida cuando ella misma es fuerza y desbordamiento, cuando es exuberancia;
pero afirmarla cuando decae, cuando declina, cuando se debilita y se hunde
en su ocaso, esa es la tarea del superhombre.
La
interpretación del mito de Ariadna Según
Nietzsche, al ser abandonada por Teseo, Ariadna comienza a relacionarse
con Dionisos en Naxos. Ariadna abandonada por Teseo –al que había
guiado en el laberinto– es raptada por Dionisos; es a partir de aquí
que se establece la profunda distancia: Teseo-Dionisos. (6) Si bien en una
primera lectura parcial Teseo es el héroe racional, competente para
descifrar los enigmas, frecuentar el laberinto y vencer al toro, en una
segunda instancia, aunque el toro es vencido, no es inferior a Teseo.
Teseo vence al monstruo, su propio enigma, el enigma que plantea el
laberinto o metáfora del mundo, cuestión que en realidad es solucionada
por la astucia de Ariadna. Desconoce que afirmar no es llevar, asumir lo
que es, sino por el contrario, liberar, descargar lo que vive. Teseo se
empeña en cargar la vida bajo el peso de valores superiores como única
forma de los nuevos valores vitales. El mito debe ser interpretado en el
juego de la transmutación del Minotauro en Dionisos. Afirma Nietzsche:
“El hombre superior pretende explorar el laberinto o el bosque del
conocimiento” (7). Pero el entendimiento no es más que el disfraz de la
moralidad: el hilo en el laberinto es el hilo moral que cumple la empresa
de querer matar al toro, es decir negar la vida, aplastarla bajo un peso,
reducirla a sus fuerzas reactivas. Mientras
Ariadna está junto a Teseo participa en la empresa de negar la vida
mediante falsas apariencias de afirmación, Teseo -el modelo- es el poder
de negación sí mismo y la figura de su propia escisión negada. En
contacto con Dionisos surge la actividad agonística consigo mismo,
aprende que lo que antes creía una actividad heroica no era más que
venganza, desconfianza y vigilancia afectivas, reacción de su conciencia
incompleta –sin Dionisos–; y, más profundamente, lo que creía ser
una afirmación no era más que un disfraz, un
modo de creerse fuerte porque se acarrea y se asume. El
laberinto ya no es el sendero por el cual se introduce, sujetando un hilo,
aquel que va a matar al toro, reside en Dionisos. Nietzsche escribe:
“Los hombres superiores no son más que los
grados inferiores de la voluntad de poder. Con ellos la voluntad de
poder representa sólo un querer-engañar, querer-dominar, una vida
enferma agotada que esgrime prótesis”. Sólo Dionisos, el artista
creador, alcanza la potencia de la metamorfosis gracias a la cual deviene,
dando fe así de una vida pletórica; lleva la potencia de lo falso a un grado que se efectúa no ya
en la forma, sino en la transformación; “virtud que da”, o creación
de posibilidades de vida: transmutación. La voluntad de este
procedimiento hermenéutico es una energía que es apta para recuperar la
complejidad originaria del mito y transformarse. “Son viles, o bajos,
aquellos que no saben disfrazarse, travestirse, es decir adoptar una
forma, y atenerse a una forma siempre la misma (8).
Esta
lectura replantea la unión de Dionisos y Ariadna en una tensión simbólica
con Teseo. El tema del eterno retorno del mito es el producto de la
re-interpretación de la unión
conflictiva de estos personajes y la afirmación dionisíaca recupera su
pleno significado. Esta interpretación propone una
transmutación simbólica de los personajes mitológicos y el
eterno retorno es el producto de una doble lectura, que hace volver lo
negado y hace devenir lo que es activo. Ni las fuerzas reactivas ni la
voluntad de negar volverán: quedan eliminadas por esta
transmutación hermenéutica que propone al eterno retorno como una
selección de lo reprimido. El
hombre superior ignora que afirmar no es cargar, uncir, asumir lo que (no)
es, sino al contrario desligar, liberar, descargar. No cargar la vida bajo
el peso de los valores superiores, incluso los heroicos racionales, sino
crear valores nuevos que
hagan de la vida lo ligero o lo afirmativo (9). En
tanto que Ariadna ama a Teseo participa de esta empresa de negar la vida,
bajo sus falsas apariencias de afirmación. Teseo es el poder de negar, el
Espíritu de la negación. Ariadna es el Anima, el Alma, pero el alma
reactiva o la fuerza del resentimiento. Ariadna es la que experimenta el
resentimiento contra su hermano el toro. Abandonada por Teseo, Ariadna
siente que Dionisos se aproxima. Dionisos-toro es la afirmación pura y múltiple,
la verdadera afirmación, la voluntad afirmativa: él no soporta nada, no
se carga de nada, sino aligera todo lo que vive. Sabe hacer lo que el
hombre superior ignora: reír, jugar, danzar, es decir afirmar. Él es lo
ligero, que no se reconoce en el hombre, sobre todo en el hombre superior,
sino solamente en el superhombre, en otra cosa que el hombre. Era
necesario que Ariadna fuera abandonada por Teseo: “Este es el secreto
del Alma: cuando el héroe la ha abandonado, se acerca a ella en sueños
el superhéroe”. Bajo la caricia de Dionisos el alma deviene activa.
Ella era pesada con Teseo, pero con Dionisos se aligera y descargada,
delgada, se eleva hasta el cielo. Aprende que, lo que tiempo antes creía
una actividad, no era más que propósito de venganza, desconfianza y
vigilancia, reacción de la mala conciencia y del resentimiento. Pero
Ariadna comprende su decepción en un momento en el que ya no se preocupa
más: Dionisos, que es un verdadero griego, se acerca; el Alma deviene
activa, al mismo tiempo que el Espíritu revela la verdadera naturaleza de
la afirmación. Deleuze sostiene: “Ahora la canción de Ariadna adquiere
todo su sentido: transmutación del Ariadna en la proximidad de Dionisos,
Ariadna es el Anima que corresponde al Espíritu que dice sí” (10). Dionisos
canta una canción de soledad, es el dios de la afirmación; ahora es
necesaria una segunda afirmación para que la afirmación sea ella misma
afirmada. Nietzsche distingue bien las dos afirmaciones cuando dice:
“Eterna afirmación del ser, eternamente yo soy tu afirmación” (11).
Dionisos es la afirmación del ser, pero Ariadna, la afirmación de la
afirmación, la segunda afirmación o el devenir activo. Todos los símbolos
de Ariadna cambian de sentido cuando se relacionan a Dionisos en lugar de
ser deformados por Teseo. No solamente la canción de Ariadna deja de ser
la expresión del resentimiento, para ser una búsqueda activa, una
pregunta que ya afirma. El laberinto no es más el laberinto del
conocimiento y de la moral; el laberinto no es ya el camino donde penetra
tendiendo un hilo el que va a matar al toro. El
vínculo agonístico entre Teseo y Dionisos presenta a Ariadna una cuestión
de salud y de curación. Dionisos es la afirmación pura; Ariadna es el
Alma, la afirmación desdoblada, él “si” que responde al “sí”.
Pero desdoblada, la afirmación retorna a Dionisos como afirmación que
redobla. En este sentido, el eterno retorno es el producto de la unión de
Dionisos y Ariadna. En tanto que Dionisos está solo tiene todavía miedo
del pensamiento del eterno retorno, porque teme que éste restituya las
fuerzas reactivas, la empresa de negar la vida. La afirmación dionisíaca
encuentra su pleno desarrollo en Ariadna. El
producto de la unión de Dionisos y Ariadna es el superhombre, lo opuesto
al hombre superior. Lo que el hombre superior presenta como la afirmación,
es sin duda el ser más profundo del hombre, pero es solamente la extrema
combinación de la negación con la reacción, de la voluntad negativa con
la fuerza reactiva, del nihilismo con la mala conciencia y el
resentimiento. De modo que la voluntad de poder tiene dos gradaciones: la
afirmación y la negación mientras que las fuerzas tienen dos cualidades:
la acción y la reacción. Estos son los productos del nihilismo, las
fuerzas reactivas que resisten. De ahí la ilusión de la falsa afirmación.
La moral a su vez es un laberinto: máscara del ideal ascético y
religioso. Del ideal ascético al ideal moral, del ideal moral al ideal
del conocimiento: es siempre la misma empresa que persigue, la de matar al
toro, es decir negar la vida, aplastarla bajo un peso, reducirla a sus
fuerzas reactivas. El hombre sublime no tiene más necesidad de Dios para
sojuzgar al hombre. Ha reemplazado a Dios por el humanismo; el ideal ascético
por el ideal moral y el conocimiento. El hombre se inviste de sí mismo en
nombre de valores heroicos, en nombre de valores del hombre. Afirmación
y resentimiento En
Nietzsche, según Deleuze, la crítica del concepto de hombre superior denuncia la mistificación más profunda del humanismo: el
hombre superior como ejemplo de perfección. Criticando una escisión en
el mismo concepto de sujeto pretende recuperar al hombre, superando las
alienaciones, el hombre integral en lugar de Dios, como una fuerza que
afirma y que se afirma: “La capacidad de afirmación no deber ser una
caricatura, afirmar no significa soportar un peso, confundiendo la
afirmación con el esfuerzo de los músculos tensos” (12).
Aunque
el toro es vencido por Teseo, hombre superior, Teseo es inferior al
monstruo: “Debería hacer como el toro, y su felicidad debería tener
olor a tierra y no a desprecio de la tierra. Quisiera verlo semejante al
toro blanco que resopla y muge delante del arado; y su mugido debería
cantar la alabanza de todo lo terrestre... Dejar los músculos distendidos
y la voluntad desuncida, eso es lo más difícil para vosotros los
sublimes” (13). Lo
que el hombre superior presenta como afirmación, es solamente la combinación de la negación con la reacción del nihilismo,
esto es, la mala conciencia y el resentimiento. El hombre superior que
busca el conocimiento pretende explorar el laberinto del conocimiento
(14). Pero el conocimiento es la máscara de la moralidad; el
hilo en el laberinto y el hilo moral. La moral a su vez es un
laberinto, máscara del ideal ascético y religioso: es siempre la misma
empresa, la de matar al toro, es
decir negar la vida, aplastarla bajo un peso, reducirla a sus fuerzas
reactivas. En
síntesis, Ariadna es la fuerza del resentimiento y por esta razón
Deleuze recuerda que en Zaratustra, la canción de Ariadna está puesta en
boca de uno de los representantes del hombre superior: el Encantador, el más
apto para travestirse, para disfrazarse de mujer, “penitente del espíritu”,
que carga precisamente el espíritu de venganza. Cuando
la afirmación dionisíaca encuentra su pleno desarrollo en Ariadna,
Dionisos a su vez aprende una cosa nueva: que el pensamiento del Eterno
Retorno consuela al mismo tiempo que es selectivo. No hay Eterno Retorno
sin una transmutación. Ser del devenir, el Eterno retorno es el producto
de una doble afirmación, que hace volver lo que se afirma y no hace
devenir más que aquello que es activo. Ni las fuerzas reactivas ni la
voluntad de negar retornarán: son eliminados por la transmutación, por
el Eterno Retorno que selecciona. Es por lo que Nietzsche lo compara, no
solamente con la oreja circular, sino también con el anillo nupcial. El
laberinto es el anillo, la oreja, el Eterno Retorno mismo; es aquello que
es activo y afirmativo. En cuanto al producto de la unión de Dionisos y
Ariadna, éste es el superhombre o el superhéroe, el opuesto al hombre
superior. El superhombre es el viviente de las cavernas o de las cimas, el
único niño que se hace desde la oreja, el hijo de Ariadna y el Toro. La
repetición de la repetición G.
Deleuze en Diferencia y Repetición
sostiene que Nietzsche, conocedor de los griegos, sabe que el eterno
retorno es su invención, la creencia intempestiva o del futuro porque el
eterno retorno no significa el retorno de lo mismo.
Así, Nietzsche vincula el eterno retorno a lo que parecía
oponérsele o limitarlo desde fuera: la metamorfosis integral, lo desigual
irreductible. En este sentido afirma: “La profundidad, la distancia, los
bajos fondos, lo tortuoso, las cavernas, lo desigual en sí forman el único
paisaje del eterno retorno”. (15) Zaratustra se lo recuerda al bufón,
pero también al águila y a la serpiente: no se trata de una ley de la
naturaleza. El eterno retorno se elabora en un fondo en el que la
Naturaleza original reside en su caos, por encima de los reinos y las
leyes que constituyen tan sólo la naturaleza secundaria. Nietzsche
contrapone su «hipótesis» a la hipótesis cíclica, «su» profundidad
a la ausencia de profundidad. El eterno retorno no es ni cualitativo ni
extensivo, es intensivo. Tal
es el vinculo fundamental del eterno retorno y de la voluntad de poder. La
voluntad de poder es el mundo de las metamorfosis, de las intensidades, de
las diferencias de diferencias: mundo de intensivas intencionalidades,
mundo de simulacros o de «misterios». El eterno retorno es el ser del
mundo con exclusión de toda identidad originaria, el medio de realizar
una trasmutación de los valores, contra las leyes de la naturaleza. La
diferencia es el objeto más importante de la voluntad de poder, la
repetición en el eterno retorno es el pensamiento más alto. La
diferencia es la primera afirmación, el eterno retorno es la segunda, «eterna
afirmación del ser», que nos conduce al límite del pensamiento. Lo
que no retorna es la cualidad, la extensión, porque la diferencia como
condición del eterno retorno se anula, incluida la repetición cuando se
halla sometido a la condición de identidad de una misma cualidad, de un
mismo yo; yo en el que la cualidad aparece
como signo en la distancia, o intervalo de una diferencia de intensidad. Y
si el eterno retorno en beneficio de una coherencia superior, lleva a las
cualidades al estado de puros signos, y no conserva de las extensiones
sino lo que se combina con la profundidad original, entonces aparecerán
las cualidades más bellas, los colores más brillantes, las piedras más
preciosas y las extensiones más vibrantes, puesto que, reducidas a su razón
seminal, y tras haber roto toda relación con lo negativo, permanecerán
para siempre apegadas al espacio intensivo de las relaciones positivas;
entonces, a su vez, se realizará la predicción final del Fedón, cuando
Platón promete, con la sensibilidad desprendida de su ejercicio empírico,
templos, astros y dioses como jamás se han visto, afirmaciones inauditas.
La predicción no se realizará, bien es cierto, sino con la inversión
del platonismo mismo. Notas
(1) G. Deleuze, Lógica del
sentido, Barcelona,
Planeta-Agostini, 1994, p. 90. (2) F. Nietzsche. Sobre verdad
y mentira en sentido extramoral. Madrid, Tecnos, 1990, p. 25. (3) F. Nietzsche, ibid., p. 22. (4) G. Deleuze, Diferencia y
repetición, Júcar, Madrid 1988, p. 389. (5) G. Deleuze, “El misterio de Ariadna”, en Cuadernos de
Filosofía Nº 41, Abril de 1995, p. 18. (6) G. Deleuze, Crítica y Clínica,
Barcelona, Anagrama, 1984, p. 140. (7) F. Nietzsche, Más allá
del bien y del mal, Madrid, Alianza, 1975, p. 213. (8) F. Nietzsche, Así
hablaba Zaratustra, Madrid, M. E. Editores, 1993, p. 63. (9)
F. Nietzsche, op. cit., 1993, p. 95. (10) F. Nietzsche,
Ditirambos dionisíacos. (11) F. Nietzsche,
Ditirambos dionisíacos, (12) Fragmento de un
prefacio para Humano, demasiado humano, p. 10. Cf. también la intervención de
Ariadna en Voluntad de poder,
II, 226. (13) F. Niezsche, op. cit.,
1993, p. 133. (14) Marcel Detienne, Dionisos
a cielo abierto. Buenos Aires, Hachette. p. 80-81. (15) G. Deleuze, Diferencia
y repetición, Madrid, Júcar, 1988, p. 390. [1] Ruben Tani. Uruguayo. Licenciado en Filosofía y Letras. Es profesor en el Departamento de Teoría del Lenguaje y Lingüística General, profesor en el Instituto de Profesores Artigas de “Lingüística” para Idioma Español y profesor de Teoría Antropológica en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en Uruguay. Sus publicaciones se centran en temas relativos a la filosofía del lenguaje y la reflexión sobre prácticas culturales y educativas respecto a la incidencia de temas filosóficos en el contexto cultural nacional. En este sentido ha considerado formaciones discursivas relativas a la conformación de la identidad y el imaginario cultural. [2] María Gracia Núñez. Uruguaya. Licenciada en Letras y maestranda en “Filosofía y Sociedad”. Se ha desempeñado como colaboradora docente de Literatura Uruguaya y docente de Lingüística para “Idioma Español” y “Literatura” en el Instituto de Profesores Artigas. Es co-autora de Nuestra Literatura, libro de texto para enseñanza secundaria y de varios artículos sobre aspectos filosóficos y literarios de la cultura. |
Ruben Tani, María Gracia Núñez.
|
Ir a índice de ensayo |
Ir a índice de Tani, Ruben |
Ir a página inicio |
Ir a mapa del sitio |