El Salto y sus Saladeros - Don Pascual Harriague
Eduardo S. Taborda

Desde antes de nuestra independencia nacional, la industria ganadera y saladeril han sido las fuentes inagotables de la riqueza de la región norteña de lo que hoy constituye nuestro país.

Empezó ésta, puede decirse, allá por el año 1823, cuando el señor Leandro Velacie funda nuestro primer Saladero en el paraje conocido por Corralitos, próximo a la desembocadura del Río Daymán.

Establecimiento éste montado con todos los adelantos requeridos por su importancia y las necesidades de la época; en el se llegó a sacrificar muchos miles de reses vacunas.

Pocos años después, en lo más recio de la lucha por nuestra independencia, en las inmediaciones de Salto Chico, es establecido por un tal Farías otro Saladero tan importante como el de Corralitos, el cual desarrolló durante varios años una intensa actividad. A estos dos establecimientos de la industria pecuaria, se sumaron dos más; -uno en el Camino a Paysandú muy próximo al Paso de las Piedras de Daymán y el otro en el Cerro paraje conocido por nosotros por las Aromas, esta último establecimiento era propiedad del señor Federico Texo, hombre este de grandes empresas, que desarrolló entre nosotros distintas actividades comerciales que han afianzado su nombre hasta nuestros días.

En épocas más cercanas a nosotros, según datos de escasa seguridad, por el año 1840, más o menos, el Sr. Juan Olaveríe, funda en el paraje hoy conocido por el Saladero Quemado, próximo al puente del Ceibal otro establecimiento Saladeril, que como los otros anteriores desarrolló grandes actividades y que, también como los otros, desapareció consumido por un voraz incendio.

En el año 1860 Don Pascual Harriague funda el Saladero de la Caballada, establecimiento éste que, desde aquel entonces hasta nuestros días, lo circunda una aureola de alto prestigio, debido a los interesantes y fecundos matices que le supo dar aquel hombre extraordinario que fue Don Pascual Harriague.

El Saladero "La Conserva" fue fundado el año 1875 por el señor León Domec quien más tarde hace sociedad con el señor Emilio Sulez quienes imprimen a este establecimiento un fuerte ritmo de actividad comercial.

Estos dos Saladeros en su desenvolvimiento ascendente llegaron a faenar anualmente hasta 80.000 cabezas de ganado dando ocupación a más de mil trabajadores.

Esta es en síntesis brevísima la historia del desarrollo de la industria saladeril en nuestro pueblo que tan hondos cimientos supo cavar para afianzar nuestro progreso material.

Ahora hagamos capítulo aparte y digamos algo sobre aquel hombre extraordinario y excepcional que fue Don Pascual Harriague a quien tanto debe nuestro pueblo la solidez de su grandeza.

El señor Harriague nació en Hasparren -Bajos Pirineos- en 1819 y llegó a nuestro país en 1838, apenas cuenta 19 años.

Trabaja algún tiempo en un Saladero del Cerro de Montevideo y luego se traslada a la ciudad de San José donde se emplea como dependiente de una pulpería.

Vino a Salto en el año 1840 llamado por Don Juan Claveríe, propietario como se ha dicho del Saladero Quemado del Ceibal, -dato éste que nos demuestra de que éste es muy anterior al de "La Caballada".

Al establecerse en esta ciudad, -anexa al citado Saladero- la primera Curtiembre, establecimiento éste, que unos años más tarde, es transformado en una Grasería y Fábrica de Jabón y Velas, hasta el año 1860 en que funda "La Caballada".

En este mismo año el Sr. Harriague, en una chacra que poseía en San Antonio Chico, hace ensayos de cultivos de uva criolla, que no logran éxitos.

Abandona estos tanteos hasta el año 1874 en que prueba plantar cepas francesas, que un cultivador había aclimatado en Concordia R. A., buscando la producción del vino de Burdeos.

Esta nueva experiencia fue de resultados favorables y pronto éste hace un plantío de 35 hectáreas de viña en terrenos de su saladero.

A los dos años se recogieron sus primeros frutos y con ellos se inicia en nuestro país la industria vitivinícola por primera vez.

Desde el año 80 al 83 la Granja Harríague en un franco progreso almacenaba en sus tres bodegas más de 300 bordalesas, las que aumentaron en el año 1887 a más de 1.000.

Se elaboró en ella los más variados tipos de vinos: tintos, claretes, blancos, secos, Bursac dulce y Coñac de una alta destilación y estacionamiento, que en alas de la fama traspusieron las fronteras patrias y abrieron mercados de Francia en las ciudades de París, Marsella. Y Bayona.

El señor Pascual Harriague es premiado por sus realizaciones y afanes con una medalla especial en la que se alude a "su personal constancia y patriotismo en la resolución del cultivo vitivinícola en la República".

El ejemplo de Harriague cundió en una noble emulación y en un corto lapso de tiempo Salto contaba con más de 90 granjas entre grandes y pequeñas y las cepas de Harriague marcharon al Sur del país a formar los viñedos de Montevideo, Canelones, etc.

La filoxera y la langosta arrasó con todo este noble y estupendo esfuerzo, llevando a la ruina a muchos trabajadores que habían ayudado a forjar un sueño de amor y de grandeza para nuestro pueblo.

La personalidad del Señor Harriague estaba formada con tal diversidad de brillantes facetas que para enunciarlas y describirlas no es posible hacerlo en estos pocos minutos de charla radial; necesitan las páginas de un libro amplio y sincero en las cuales se vuelquen con amor minucioso todas las inquietudes de este gigante laborioso.

A él, a Don Pascual, también le debe el Salto otras nobles manifestaciones industriales, -fue a su impulso y a la visión de sus ojos escrutadores del porvenir, de que en tierras de sus viñedos se plantara, por primera vez, también entre nosotros, el olivo y ,la morera, en, gran escala ésta, para el cultivo del gusano de seda, que también a él se le debe su introducción y cría entre nosotros.

La exquisita frutilla salteña tan codiciada en los mercados de ambas márgenes del Plata, a Harriague también debe su fama, él fue quien hizo sus primeros cultivos, trayendo para este efecto semillas y un cultivador experto de Francia, a Monsiur Playé, el que enseñé en nuestro medio la forma eficaz de su cultivo.

El señor Harriague murió en la ciudad de Bayona, capital del Departamento de los Bajos Pirineos, el día 14 de Abril de 1894 a la avanzada edad de 75 años.

Las manos filiales de sus hijas Pascalina, Octavia y Teresa, trajeron hasta nosotros sus cenizas; ellas descansan en el Panteón familiar; la tierra de Salto, la que él tanto amó, lo guarda en su seno blando y cariñoso.

Cuando éstas llegaron hasta nosotros, llegaron en silencio; no hubieron, honores oficiales, el pueblo ignoró tal acontecimiento y así, en silencio, fueron depositadas en nuestra necrópolis.

Sus hijas residían en Buenos Aires y habían venido a cumplir la piadosa misión de la última voluntad paterna por vía argentina, al terminar ésta, retornan otra vez por vía argentina; para embarcarse en el vapor que las espera en la vecina ciudad de Concordia, toman en nuestro Puerto una lancha que las conduzca a él.

Es una mañana clara, llena de sol, una mañana salteña.

La lancha marcha rápida, aguas abajo; a las viajeras acompañan algunos familiares y personas de sus amistades, todos se asoman a las ventanillas a contemplar la belleza abrupta y agreste de nuestra costa. Ya está casi a su término el viaje, se está frente al Saladero, los viajeros lo miran resucitando hondos recuerdos; a todos se les antoja viva la figura de Don Pascual...

Tres pitadas sonoras vuelan al espacio desde la sala de máquinas del Saladero y una honda emoción embarga al pasaje, es el saludo, el último adiós que el padre da a sus hijas desde lo más alto de su grande obra.

Eduardo S. Taborda
Salto de Ayer y de Hoy
Selección de charlas radiales - Salto 1947

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