Mocosita 

 
Visconti Romano, con aquella voz engolada de barítono retirado, le llamaba El Tambo. A veces con tono que parecía despreciativo y otras cariñoso. El nombre provenía -según las mentas de los que tienen más años que yo- de que a principios de siglo un vascuence noblete y tozudo se había instalado en aquel lugar y con la ayuda de tres o cuatro ubres generosas surtía de alimento vital al vecindario. Hasta que un día una severa ordenanza municipal barrió con todos los tambos ubicados en el perímetro urbano y allá marchó el lechero con sus vaquitas, sus tarros y sus plantillas.
Montevideo ya había dejado de ser una aldea. Y para justificar su categoría de ciudad con pretensiones necesitaba un cabaret. Uno más, porque el Moulin Rouge ya no alcanzaba para calmar las ansias de relajo de los muchachos divertidos de la época.
Y allí, de las cenizas del tambo, surgió el Royal Pigall. Según la literatura tanguera un antro de perversión, escenario de orgías desenfrenadas, en el que las flores de fango iniciaban el trágico camino que fatalmente desembocaba en el hospital. Pero la verdad es que los letristas de tango -en general- éramos por aquellos tiempos, además de cursis, exagerados.
El Pigall era un lugar de diversión. La última etapa de todas las despedidas de soltero, de todas las alegrías encendidas por un ascenso o por un viaje, de todas las fijas acertadas en Maroñas. Esa era la clientela que se podría llamar variable. La de los sábados y los domingos.
Pero estaban además -y esa era la salsa del cabaret- las barras de habitúes. Las de los bacanes y las de los patos.
En las mesas de los bacanes, champagne, mujeres caras, Partagás de un metro, propinas de príncipe y una corte numerosa de adulones siempre pronta a festejar ruidosamente los desplantes o las ganzadas del patrón.
La barra ateniense militaba en la otra categoría. Como si dijéramos en la serie B. Sus atributos eran el buen humor, el ingenio para divertirse con poca plata, la desfachatez y, naturalmente, la simpatía. Todo ello, apuntalado por un decreto generoso de Visconti: los copetines a precio de artista, es decir, bonificados en un 50 %. Era una mesa alegre y, por eso, atrayente. Las "minas contratadas" de que habla Contursi, muchas veces amuraron a algún estanciero platudo, de esos que hacían sonar las monedas de oro en el cinto, para pegarse a la mesa, las noches que los muchachos estaban en vena. Lily era una de las chicas que más asiduamente frecuentaba la barra. Una amiga alegre, desinteresada, que reía aparatosamente los chistes y aceptaba las bromas con un amplio espíritu envidiable.
Por aquellos días, Matos Rodríguez -infaltable a las tenidas de cada noche- había escrito un nuevo tango. Y ya se tarareaba en la mesa. Alguien le hizo una letra canalla, de esas que aún en el cabaret había que cantar en voz baja. El tema era Lily y con ese nombre se le empezó a conocer. Pronto hubo que cambiarle el nombre, y naturalmente, la letra.
Pegado al cabaret estaba el teatro. Se llamó Odeón en los tiempos de Alonso, cuando el auge de la zarzuela y, luego, Royal, vidriera de varietés y escenario triunfal de Cotorrita. Por allí desfilaron el calculista Inaudi, fenómeno portentoso que donó el cerebro a la Academia de Ciencias de Francia, el negro Johnson, campeón mundial de box que daba trompadas en el escenario del teatro y tocaba el violoncello con la orquesta del Pigall y algunas cantantes y bailarinas como Las Castellanitas o las Hermanas Colindas que hacían estragos entre los abuelos de la primera fila.
En 1925, los viejos y relativos prestigios de la sala, algo alicaídos, por otra parte, eran defendidos con mucho entusiasmo y poca fortuna por una compañía de revistas que dirigía Panchito Aranaz. Los dos Panchos, Visconti y Aranaz nos dragoneaban a Roberto Fontaina y a mí para que escribiéramos alguna cosa. Ya habíamos evitado algún naufragio en otros mares y era fama que teníamos influencia beneficiosa sobre los bordereaux. Nos tragamos algunos rencores -nuestro amor propio sangraba hacía ya cuatro meses desde el día en que en ese teatro le habían dado con la puerta en las narices a "Au Printemps", nuestro primer vástago- y nos pusimos a escribir.
La revista se tituló "Seguí Pancho por la vía" y a la reconocida eficacia de Pepita Cantero -ahora vedette en este elenco- confiamos la responsabilidad del tango imprescindible. Era aquel famoso Lily de las jaranas del Pigall; pero ahora, con otras pilchas, se llamaba "Mocosita". Dos noches después del estreno triunfal, la Cantero, vencida por los nervios y los ensayos agotadores, cayó enferma. Y Luisito Viapiana, que integraba con Cohén un aplaudido dúo criollo con intervención destacada en la revista, apechugó con la misión ingrata de transformar a "Mocosita" en "Mocosito".
La noche del estreno los autores y Visconti ocupábamos un palco. Ya en el primer cuadro se palpaba el éxito. Y en los siguientes el público se entregó atado de pies. No de manos, porque le eran fundamentales para expresar su satisfacción. Visconti estaba viviendo una noche que en el teatro no se le había dado con frecuencia. Estaba resplandeciente. De pronto, como rubricando un aplauso y poniendo cara de circunstancias -era un actor capaz de todas las caras, quizás para justificar su extraordinario parecido físico con Sacha Guitry- termina un suspiro diciéndonos: "Estas eran las revistas que yo había soñado". Nos dimos vuelta en la silla para corresponder al piropo con una sonrisa y comprobamos que no miraba al escenario. Toda su atención se concentraba admirada en la platea donde no había una sola butaca disponible.
Así, con tropiezos y dificultades, dio los primeros pasos "Mocosita", cuando empezó a caminar por la vida. Pero anduvo en muy buena compañía, llegó lejos y fue feliz.
Cuando Libertad Lamarque subió por primera vez a un escenario en Buenos Aires para iniciar su gloriosa carrera de cantante, "Mocosita" fue uno de los tangos que aquella noche señalaron la aparición de una gran estrella.
En Estados Unidos, Carmen Cavallaro lo incluía en sus famosos recitales de piano y lo llevó al disco.
En París, en las salas de "El garrón" y "Le Perroquet", Pizarro y el tano Genaro la acunaron en sus bandoneones de magia.
En España anduvo por los merenderos, los colmados, los teatros y estuvo en boca de todas las Hermenegildas. Se saltó a la torera la tapia donde reinaban el chotís y el paso doble -terreno vedado a los intrusos- y se hizo amigo de los pianos de manubrio de La Bombilla.
Ya en las últimas horas de la monarquía española, cuando Alfonso XIII andaba de capa caída y de corona ladeada, brillaba en los teatros madrileños un estupendo excéntrico musical que se llamaba Ramper. Por esos días, la prensa y la radio lanzaban publicitariamente, a todo vapor, una marca de jabón: "Sales de España". Una noche, en uno de sus espectáculos, Ramper le preguntó al público desde el escenario: ¿Saben ustedes cuál es el jabón que prefiere el rey Alfonso?... Y se respondió riendo: "Sales de España". Al día siguiente todo Madrid comentaba el chiste. Y al día siguiente también, invitado por el jefe de policía, con maneras no muy ceremoniosas, Ramper hacía de apuro la maleta y salía de España. Pero horas más tarde el rey, invitado por el pueblo, se dirigía a Cartagena, donde le esperaba el "Príncipe Alfonso", barco que le trasladaría luego a Francia para siempre.
Ramper era un cómico graciosísimo, un malabarista de excepción, un músico que manejaba todos los instrumentos. ¡Hasta cantaba! Ahí anda grabada en discos "Gramófono", "La Mocosa" una acertada parodia de "Mocosita" que fue en su época un caballito de batalla del gran artista.
El máximo galardón que puede merecer un tango, la condecoración que con más orgullo puede ostentar en el pecho, la distinción que lo hace orgulloso y sobrador, es poder decir que lo acarició la voz de Carlitos Gardel. Pensar que "Mocosita" tuvo esa suerte y tuvo que tragarse el orgullo de proclamarlo durante casi cuarenta años. Cuando sorpresivamente apareció en venta la grabación de Gardel, recién muchos años después de la muerte del zorzal, se propalaron numerosas versiones tendientes a explicar el motivo de aquella tardanza. Algunas aproximadas a la verdad; otras completamente descabelladas.
Esta es la única, la verdadera: Perico Bernat, mi compañero de "El Plata", buen amigo y representante de Gardel, llegó un día con un abrazo, una felicitación y una gran noticia: Carlitos había grabado "Mocosita". Se le anunciaba en una carta, que me mostró y en la que se le rogaba que obtuviera mi autorización para lanzar el disco a la venta. Se agregaba que Matos, que andaba entonces por Buenos Aires, cuando fue requerido contestó que, por su parte, no había ningún inconveniente; pero que yo debía tomar la resolución final.
Era, naturalmente, el sueño máximo de todos los tangueros; el espaldarazo que abría de par en par las puertas de la Orden de los Caballeros del Tango. Todo eso lo pensamos en aquel momento; pero pensamos también que cuando dábamos los primeros pasos vacilantes por un camino que, felizmente, se abrió después generoso y simpático, Rosita Quiroga nos había tomado de la mano, había alentado nuestras ilusiones y fortalecido nuestras esperanzas. Habíamos contraído con ella un compromiso que no estaba registrado en ningún papel y que ni ella misma conocía: no permitir que los tangos que ella cantara fueran registrados por otra voz que no fuera la suya. Y desde mayo de 1926 "Mocosita", grabada por Rosita Quiroga, se entregaba como pan bendito en las casas vendedoras de Montevideo y Buenos Aires. La respuesta fue negativa. Bebón Blixen, también compañero de "El Plata" y gran amigo del astro inigualado, trató de torcer mi voluntad. "Esto significa cerrarte el camino hacia Gardel para siempre", me decía. Pero mi decisión era firme y, aunque las posibilidades de que se cumpliera el vaticinio de Bebón eran muchas -el tiempo demostró luego que no se equivocaba cuando sentenció- no flaqueó mi resistencia sometida a una prueba tan dura.
Tuve noticias alguna vez de que el disco se había vendido, a pesar de todo, en España. Lo busqué en los comercios de Madrid; recorrí los puestos de discos viejos del Rastro -donde encontré grabaciones de cosas mías de las que no tenía ni la más remota noticia- pero fue en vano.
En ocasión de los homenajes a Gardel cuando a un tramo de la calle Isla de Flores se le puso su nombre, conocí en uno de los canales de televisión a don Horacio Loriente, el hombre que posee la más completa y valiosa colección de discos de Carlitos y una figura respetada y querida por todos los que, de alguna manera, se sienten vinculados a la canción criolla. Él sabía de las andanzas de "Mocosita" mucho más que yo. Sabía que, de no haber mediado mi negativa, debió haber aparecido a la venta acompañado en la otra faz del disco por un vals cuyo nombre no recuerdo y que cuando la grabación se lanzó en España, su compañero era "A media luz".
Decididamente en la vida todo es sorpresa; todo es imprevisible. A veces pequeños detalles intrascendentes, con el correr del tiempo, se transforman y toman volúmenes insospechados. Un chiste, una broma, pueden convertirse por un golpe de suerte o porque "está escrito" en un éxito pleno, en un triunfo rotundo. Cuántos músicos y letristas del tango trabajaron conscientes de la insignificancia de su tarea, pero estimulados por algo que les venía de muy adentro, sin otra pretensión que la de sacarse el gusto, y luego comprobaron que el fruto de su preocupación tomaba proporciones nunca soñadas.
La casualidad quiso que por el mes de octubre de 1964 nos encontráramos seis uruguayos turistas en Hong Kong: el general Porciúncula, Américo Gil, Santiago Casasnovas, Raulito Fontaina, mi compañero de viaje Calito Acosta y Lara y yo. Seguramente esta coincidencia de hallarse en aquel paraíso asiático media docena de orientales -me incluyo- se daba por primera vez. La representación consular de nuestro país la ejercía un muchacho de simpatía desbordante, Nelson Iriñiz Casas que -lo pudimos comprobar enseguida- disfrutaba de una posición envidiable en el ambiente de la diplomacia. Vivía en la isla, en un apartamento de sueño, con una terraza sobre la bahía maravillosa que, al caer la tarde, ofrecía panoramas deslumbrantes. Allí fue el agasajo, prestigiado por muy agradables amistades del dueño de casa entre las que, lógicamente, se contaban varios diplomáticos americanos.
Whisky y tango. El anfitrión, cuando la nostalgia no le dejaba olvidar lo mucho y grande que había dejado por aquí, le confiaba al tango toda su angustia. Y sus alegrías como aquella tarde.
Sofía Karicas, embajadora de Panamá en Formosa charlaba conmigo en la terraza, cuando de pronto del combinado surge "Mocosita". Y la embajadora empieza a cantar. Cuando termina me atrevo a decirle que las palabras eran mías y ella, sorprendida y risueña, comenta: "Este tango era mi favorito en Panamá cuando mis años de niña. Nunca olvidé la letra. Nunca pensé tampoco que un día iba a tener la dicha de conocer al autor".
Yo también apunté un comentario: Cómo pude pensar cuando en pocos minutos, para salir del paso rápidamente, escribí esta letra, que un día habría de escucharla en Hong Kong y cantada por la embajadora de Panamá.

Mis tangos y Los Atenienses
Víctor Soliño
Libros populares Alfa
Editorial Alfa. Montevideo, 1967

 

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