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Por los tiempos de Felisberto Hernández

por María Inés Silva Vila

 

Pudiera ser que el hombre estuviera tomando un capuchino o una cocoa e incluso que algunas veces mojara rápidamente, como una travesura, el borde de una plantilla en el líquido humeante. Lo que sé es que lo asocié en seguida a la imagen que nos han dejado las novelas del siglo XIX de los notarios de provincia.

Al acudir al llamado que nos había hecho desde el interior del café, golpeando la vidriera empañada con los nudillos, Maggi había dicho “Ahí está Felisberto” y antes que pudiera aclararme quien era el dueño de aquel nombre antiguo, ya estábamos adentro y saludándolo. Pensé que se trataba de un tío o primo mayor de Maggi, quizá porque además del aire notarial, tenía cierto parecido con alguno de mis propios tíos, de esos que no llegué a conocer, pero que había aprendido a reconocer y a nombrar al toparme con ellos en el destartalado álbum de fotografías de la familia.

Por la conversación, supe que era pianista, que había hecho giras por el interior y que su representante se llamaba Venus González. Contó que cada vez que llegaban a un pueblo, los organizadores del concierto que habían cruzado cartas con el representante, pegaban un respingo de sorpresa, al verse frente a aquel hombrón de barba blanca: no podían creer que alguien llamado Venus no fuera una mujer.

Antes de irnos y naturalizando seguramente con alguna frase el cambio de tema, dijo:

— El arroz me hace mal: me llena la boca de granos.

Fue el primer chiste de Felisberto que escuché. Después supe que ese tipo de humor bonachón y un tanto desganado siempre estaba presente en sus conversaciones y no se por qué se me ocurrió pensar que era su manera de hacerse perdonar la fachada de hombre común a que su timidez lo obligaba. Claro que todo esto lo pensé cuando ya había leído “El caballo perdido" y “Por los tiempos de Clemente Collins" y sabía que Felisberto Hernández distaba mucho de ser un hombre común. Había todo un mundo adentro de él y ese mundo solo se expresaba en lo que escribía. Allí daba su verdadero tamaño. Me impresionó, sobre todo, por su manera de naturalizar lo insólito y desacomodar lo natural, por la manera de relacionar las cosas y los hechos con una leve y querida inadecuación que las hace saltar de una realidad banal a un modo de ser más expresivo. Hasta las cosas más cotidianas se vuelven un poco extrañas en Felisberto, tal vez porque al despojarlas de lo consabido, las hace renacer para nosotros con más fuerza, como si estuvieran a punto de convertirse en personas. Es lo que sucede con los muebles y sobre todo con una silla de memorable pollera, al principio de “El caballo perdido”: “Primero se veía todo lo blanco; las fundas grandes del piano y del sofá y otras, más chicas, en los sillones y las sillas. Y debajo estaban todos los muebles; se sabía que eran negros porque al terminar las polleras se les veían las patas. Una vez que yo estaba solo en la sala, le levanté la pollera a una silla; y supe que aunque toda la madera era negra el asiento era de un género verde y lustroso”.

Cuando volvimos a encontrarnos con Felisberto, yo también había aprendido a ver con otros ojos y me pareció menos gris que el día del café.

Era realmente muy tímido; daba la impresión de que no sabía qué cara poner para impresionar mejor. Se me ocurrió pensar que todo el tiempo estaba consciente de su cara y que por eso buscaba distraer la atención hacia sus manos cortas y regordetas, que se movían como dando saltitos, mientras hablaba.

Estábamos en la puerta de un cine, en 18 de Julio. Mientras los hombres hablaban, yo me quedé mirando “felisbertianamente”, los pelos que le salían de la oreja al escritor de las fundas blancas y las quintas del Prado y sonreí. “Tengo un bicho peludo en cada oreja”, le había dicho un día a Maggi (creo que además lo escribió en algún lado) y recordar la frase me hizo gracia.

Felisberto nos invitó a ver la película, pero Maggi dio un pretexto cualquiera y nos despedimos. Apenas nos habíamos alejado unos pasos, me dijo:

— No se puede ir al cine con Felisberto.

— ¿Por qué no? —dije yo, que me había quedado con ganas de ver la película.

— Se sienta en la primera fila — aclaró Maggi y me explicó que la costumbre le venía de la época en que era pianista del cine mudo.

Felisberto contaba que como el piano estaba debajo de la pantalla y muy cerca y él tenía que mirar la película para acompasar el ritmo musical a lo que allí sucedía, se había acostumbrado a ver “el biógrafo” desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás y arriesgando pescarse una tortícolis. De ahí la costumbre de la primera fila.

Cada vez que nos encontrábamos con Felisberto, si no se trataba de ir al cine, pasábamos horas juntos. Hacía unos años que se conocían con Maggi y Felisberto solía visitarlo en compañía de Paulina Medeiros. Mi suegra los llamaba “los novios” y debió comadrear mucho con ellos, porque siempre siguió recordándolos. Por la época que yo lo conocí andaba muy solitario o por lo menos así me pareció. Cuando se casó con una española, que era modista y muy simpática, nos invitó varias veces a su casa. Pero no fue esa su primera incursión en el matrimonio: había estado casado con Amalia Nieto, esa excelente pintora que parece remansar, con su sola presencia, el lugar donde está. Por lo que yo sé, su última esposa fue Reina Reyes, otra mujer muy valiosa, que nos habló con inteligencia y cariño de Felisberto, una noche, en casa de los Díaz.

Cuando nos casamos con Maggi, Felisberto venía a veces a casa, como el día de la cena con Onetti, cuando Ida Vitale y yo estuvimos a punto de eliminar de un solo plumazo (culinario) a lo más representativo de la narrativa uruguaya.

Me llamaba la atención en todos esos encuentros con Felisberto, la manera casi despavorida que tenía de comentar las cosas, sobre todo los artículos de Emir Rodríguez, a partir de una mentada crítica que le hizo. Emir, nuestro “entrañable contrario” y cada vez más amigo, al que tanto me gustaría ver de nuevo en Montevideo y levantando polvareda con sus notas, con Felisberto se equivocó (también Homero parpadea). Por lo que recuerdo, más que hacer una crítica de su obra, intentó sicoanalizarlo y se lo perdió. Las manos cortitas de Felisberto se aturullaban más que nunca al hablar del episodio. Era, en ciertos aspectos, como un niño y se escandalizaba con facilidad.

También a veces lo atacaba como un miedo infantil por algunas de sus responsabilidades de adulto; por ejemplo, su empleo en AGADU, que para él no era un empleo sino una pesadilla. Se sentía atrapado, creo, en un complicado engranaje y no podía salirse ni quedarse. No sé si era el tipo de trabajo, el horario o la cara del jefe, pero sospecho que para él ese empleo fue una experiencia kafkiana. Sin embargo, yo lo vi cumplir durante meses con una obligación que se impuso y cumplió santamente.

Club de Teatro andaba mal de finanzas. Taco Larreta, Pepe Estruch, Sergio Otermin, Carlos María Gutierrez, Andrés Castillo y Maggi se abocaron a la tarea de planear, escribir y montar una comedia musical para recaudar fondos.

Desde el principio, se acordó que nadie iba a cobrar nada, ni por dirección, interpretación, autoría, escenografía o vestuario. Compenetrados del espíritu del teatro independiente, nadie sintió en ningún momento que esa renuncia a cualquier clase de remuneración fuera un sacrificio. Era lo natural y el solo hecho de presenciar la aventura, fue una fiesta.

La dificultad eran los músicos. Solo se podía contar con Almada, que participaba del fuego sagrado y compartía la responsabilidad de musicalizar las canciones con Lamarque Pons y Gianola. Pero Enrique Almada trabajaba muchas veces de noche y no podía comprometerse a meses de ensayos y funciones. Se había pensado en un principio contar con una orquesta, pero a los pocos días el sueño de la orquesta había quedado reducido a un piano solo y aun esto resultaba oneroso. Fue entonces que a Maggi se le ocurrió la idea y soltó el nombre: Felisberto Hernández.

No deja de ser extraño que pensara en él como posible pianista: hacía años que había dejado la música por la literatura.

Siguiendo su loca ocurrencia, Maggi corrió detrás de Felisberto —hacía mucho que no lo veíamos— hasta dar con él en La Paz, donde pasaba unos días.

Cuando volvió de su excursión, estaba todo arreglado. Había encontrado a Felisberto disfrutando de sus vacaciones en una quinta parecida a las quintas del Prado que tanto figuran en su obra y allí, en medio de ese paisaje de principios de siglo, le planteó el asunto.

Tres días después, a las ocho de la noche, Felisberto estaba en la salita del Club, en la calle Rincón, tal como había prometido. Incluso después de tenerlo ahí persistía cierto escepticismo: la fama de bohemios, desordenados e impuntuales que tienen los artistas en general, conspiraba contra él.

Pero Felisberto cumplió. Llegaba puntualmente media hora antes de los ensayos y hacía ejercicios de calentamiento tocando música clásica en el piano. Cuando los actores entraban al escenario y Taco o Pepe daban la orden de largar, Felisberto viraba de golpe hacia el ritmo revisteril. No faltó nunca, tampoco cuando Club de Teatro estrenó la revista (que se llamó “Caracol col col o largando el coturno”) en Punta del Este y buena parte del elenco —incluido el pianista— se quedó a dormir en casa. Era una casita chica, alquilada, que el propietario había bautizado con el nombre de Nazareth.

Todos durmieron allí esa noche, hasta en el suelo, menos Maggi y yo, que por falta de sitio, dormimos en el auto. “Todo sea por el teatro”, decíamos riéndonos, mientras veíamos amanecer en la rambla. Que nosotros hiciéramos eso o cualquier otra cosa por el teatro, no tenía gracia. El teatro es el mundo natural de un dramaturgo y Maggi ya había estrenado “La trastienda” y “La Biblioteca”. Yo, por mi parte, me sentía totalmente integrada al movimiento independiente, a Teatro del Pueblo, a Club de Teatro. Pero que un narrador que alguna vez había sido pianista, llegara allí como caído del cielo y se pusiera al servicio de una revista musical, sin cobrar un centésimo, por amor al arte, era algo inusitado. Es una de esas cosas que conviene no olvidar. Reconforta. En 1959, cuando se estrenó Caracol, Felisberto Hernández tenia cincuenta y siete años.

Y su juventud estaba intacta.

 

María Inés Silva Vila
"Jaque" Revista Semanario - Año II Nº 82

Montevideo, del 12 al 19 de julio 1985

Digitalizado y editado por el editor de Letras Uruguay el día 22 de mayo de 2017, se agrega foto

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