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Paco (Espínola): personajes en persona

por María Inés Silva Vila

 

Supe, sí, que había llegado anoche: por los cohetes —le dijo con su voz de pito el viejo Villanueva a Paco Espinóla y se hizo notorio que lo consideraba más que merecedor de semejante recibimiento. Totalmente ajeno al hecho de que estuviéramos en época de elecciones, ni siquiera se le había pasado por la cabeza que los cohetes que había oído desde las afueras del pueblo, la noche anterior, podían ser —como habían sido— el anuncio de un acto político.

Paco, Maggi y yo estábamos en el patio del hotel con aquel viejo nómade que había venido expresamente quién sabe de dónde a encontrarse en Durazno con su importante amigo. Era chiquito, muy sólido y erguido y los ojos, que asomaban en la cara curtida y arrugada como una nuez, parecían mantenerse indecisos entre la picardía y la inocencia.

Vivía —como siempre lo había hecho— yendo de un lado para otro, sumándose por unos días a la peonada de las estancias donde prestaba sus servicios de albañil. Aunque parezca mentira, el hecho de no tener domicilio fijo no le impedía cartearse con Paco, que le escribía a las comisarías del interior, dándole noticias de cómo iban los trámites de la jubilación aunque en realidad lo que hacía era darle esperanzas, más que noticias: hacer el cómputo de servicios, en un caso como el suyo, era prácticamente imposible. Cuando Villanueva llegaba a ciertos y determinados lugares, se presentaba en la comisaría y preguntaba si había correo para él: a veces encontraba una carta de Paco. Por eso sabía que iba a estar en Durazno ese preciso día y había llegado a presentarle sus respetos. (Paco tenía que dar una conferencia, como enviado de la Biblioteca Nacional, que realizaba por ese tiempo un plan de Extensión cultural, a cargo de Maggi).

Cuando salimos del hotel, después de charlar un rato, ya para él, nosotros (Maggi y yo) éramos ‘‘el matrimoñito” (nos habíamos casado tres meses antes) y así nos siguió llamando después, cuando nos mandaba saludos en sus cartas.

Lo llevamos en auto hasta el sitio donde había acampado, en las afueras del pueblo y de la manera más cortés y hospitalaria nos invitó a ver su hogar rodante: el carrito de dos ruedas, que era techado y todo, tenía dormitorio y demás comodidades: su camita, su pequeño ropero, su cocinita y hasta su "galponcito de herramientas”, todo en un metro ochenta. El reino de Liliput.

— Si gustan almorzar, tengo crema de natillas— ofreció y mostró una lata de aceite, muy pulcra, el asa soldada con estaño en forma de signo de interrogación.

Le dijimos que Paco tenía que regresar al hotel, a trabajar en su conferencia y ya nos disponíamos a irnos, cuando Villanueva dio un largo silbido y explicó:

— Quiero que conozcan al potrillo.

Al segundo silbido apareció el potrillo, que aparentaba tener más años que su dueño. Era un caballo viejo, flaco, inmensamente peludo y desvencijado, pero para el viejo seguía siendo el potrillo y tenía con él toda clase de miramientos. Viajaba sin subirse al carro para no aumentarle el peso.

“Camino al lado”, decía y le acariciaba el lomo, en señal de camaradería. Al potrillo peludo, al menar la cabeza, se le alborotaban las crines. Tal vez pocas cosas hablen tanto del alma delicada de Paco como su relación con el viejo Villanueva. Como Paco hubiera dicho, esa relación era ‘‘cristal y raso”.

Uno o dos años después de ese encuentro en Durazno, Villanueva, urgido por jubilarse, decidió bajar a Montevideo. Convencido que Paco todo podía, le manifestó su deseo de hablar personalmente con el Presidente de la República — que era Luis Batlle— para que moviera la Caja de Jubilaciones. Forzado por la fe que Villanueva depositaba en él y por las ganas que tenía de ayudarlo, Paco consiguió que el secretario de la presidencia, que era un amigo, lo recibiera. Se produjo así una cadena de Quijotes. La entrevista en Casa de Gobierno terminó bien. Previa consulta con Luis Batlle, el albañil fue enviado a la Caja de Jubilaciones en el auto presidencial.

— Cuando pasábamos, todos hacían la venia— le contó después Villanueva a Paco— Y yo les contestaba : no tenía problema, porque sé hacer los dos saludos, el antiguo y el moderno. Es que había servido en la del 97 y en la del 4; por blanco en la primera, llevado por la leva en Masoller.

Ya en la Caja de Jubilaciones, el propio chofer del “Número 1” se encargó de conducirlo hasta el despacho del jerarca que lo estaba esperando: le habían telefoneado.

Cuando salió otra vez a la calle, contento con la entrevista, Villanueva se dio cuenta que había dejado el sombrero en la Presidencia y se lo dijo al chofer, que estaba esperándolo para conducirlo a su hospedaje. Después comentaba el viejo:

— Yo sabía que el sombrero estaba en buenas manos... ¡No iba a desconfiar del Señor Gobierno!

Y tenía razón: al otro día el Señor Gobierno le mandó el sombrero en el Numero 1. Lo que no sé es, si al verlo llegar, Villanueva le hizo el saludo antiguo o el moderno.

Como dice Maggi, a Paco se le venían sus propios personajes: el viejo Villanueva parecía inventado por él.

En un viaje a la ciudad de Rivera, Maggi tuvo oportunidad de conocer a otros personajes paquianos, ‘‘provocados” por Paco, en cuanto se alejaba de Montevideo.

Estaban con Paco en un café, de esos que tienen horno de pizza, una nochecita fría que ahuyentaba a la gente de todos lados. Charlaban, sentados cerca del fuego, cuando entró un muchacho de unos veinticinco años, bajo y gordo, que recordaba a esos muñecos “tentetiesos’' que se mueven para todos lados sin llegar a caerse nunca. Una gorra de vasco, encasquetada en forma horizontal, le achicaba aun más la frente mínima.

— ¿Cómo te va, Ciríaco? —dijo el hombre del horno; le cortó dos pedazos de pizza, dos de fainá y se los dio.

Paco ni siquiera se dio vuelta para mirar, pero fue a él que se dirigió el hombre del horno cuando dijo:

— A este lo ayudo, yo. No hay vez que venga que no le dé algo. ¿Vio cómo es? Bueno, es el único de los hermanos que se quedó con la madre. Retardado y todo, la ayuda. Los otros... Hay uno que trabaja en oficina, en Montevideo. Si te he visto no me acuerdo. Ninguno aparece por donde está la madre. ¿Y qué me hace a mí un par de pedazos de pizza?

Pasaron unos diez minutos y entró un cuarentón con cierto aire de cajero de banco y se sentó en la mesa de al lado. Miró hacia donde estaban los forasteros y sin ningún preámbulo, dijo:

— Yo no sé si a ustedes les gustan los perros, pero yo tengo un galgo que caza. Es un fenómeno.

Paco dijo:

— Cuando salen inteligentes, son más inteligentes que un cristiano.

— Claro —dijo el otro y se acercó a la mesa. Bajó un poco la voz y empezó a confesarse: — A mi no me quieren creer; tengo un amigo que tiene perro, también. Y bueno. No quiere reconocer. Lo dice por porfiar. Dice que el perro de él es mejor que el mío y quiere salir conmigo el domingo para hacer una prueba. Yo no quiero.

— Claro —dijo Paco— Un perro no es un juguete.

— No — dijo el hombre— Que gana el mío está clavado.. Pero es un lío. Si hacemos la prueba y mi perro gana ¿cómo queda mi amigo? Y si me achico y no voy ¿cómo queda mi perro?

No esperó respuesta y volvió a su mesa.

Salieron del café y Paco dijo:

— Está desesperado, ese, pero viste, no necesita consuelo: le basta con abrir el alma y mostrarla.

En ese mismo viaje, ya liberado de la conferencia que tenía que dar y viendo que les quedaba la mañana baldía, Paco dijo:

— En este pueblo, solo hay una cosa para ver: un hombre imponente, Julio Barrios. Peleó dos o tres guerras de este lado y otras dos o tres del otro lado de la frontera.

Eran las diez de la mañana. Averiguaron en el hotel y fueron a dar a una casa de zaguán y cancel, a unas tres cuadras de la plaza. Tocaron el timbre y salió don Quijote: pantalón negro, camisa blanca, alto, ñaco y con barbita blanca. Paco se sacó el sombrero v lo mantuvo a una cuarta por arriba de la cabeza. Sin mover esa mano, dijo:

— Comandante: nosotros venimos del sur a hablar de las cosas que importan.

Julio Barrios contestó con toda naturalidad y cortesía:

— Pasen, señores, que yo he tenido el gusto y el honor de servir en ambos partidos.

Se sentaron en unos sillones de mimbre, en un patio con claraboya y empezó la revolución de 1904, que duró hasta la una y media de la tarde.

Julio Barrios le hizo perder a Aparicio —que lo persiguió inútilmente— dos días y una noche. Mi abuelo, el coronel Leonardo T. Vila le hizo perder —sitiando inútilmente Santa Rosa— muchas horas preciosas. Mientras tanto, Galarza recibió los refuerzos que necesitaba y cuando se encontró con Aparicio en Masoller, lo derrotó.

Mi abuelo resistió con un puñado de hombres, sitiado por todo el ejército blanco y al final se escapó navegando, nadando y flotando aguas abajo del río Uruguay.

Julio Barrios le explicó esa mañana a Paco por qué le decían El Zorro de la Sierra de la Aurora: las fuerzas de Aparicio lo habían localizado a media tarde y empezaron a perseguirlo a la distancia. Cuando cayó la noche —decía Julio Barrios— nos metimos en el monte y tendí a mi gente en una línea. No éramos más de cuarenta. Pero cada uno se puso a treinta pasos del otro y encendió un fogón. Cuando llegó Aparicio vio la cantidad de fogones y decidió esperar. A medianoche hicimos camino hacia la sierra y esa tarde nomás las fuerzas de Aparicio nos sitiaron en la punta de un cerro. Hubo tiroteo, pero el camino había sido largo y se les vino la noche encima. Y otra vez decidió esperar. Nosotros fuimos despacito y lastimando mucho a los caballos y rompiéndonos la ropa, nos tiramos por la barranca y nos hicimos humo.

Así dijo Julio Barrios, “un hombre imponente” y además un personaje que bien podía haber figurado (como el muchachón del café llamado Ciríaco, como el hombre del horno, como el viejo Villanueva) en la obra literaria de Paco. Estoy segura que en un medio más estimulante que éste, para un escritor, Paco hubiera escrito por lo menos un relato con cada uno de ellos y todos hubiéramos ganado. Ahora, solo queda tratar de rescatarlos un poco, desdibujados por quien no ve el mundo paquianamente ni puede bordar su prosa como el gran Paco.

Ver. además, sobre Francisco "Paco" Espínola, en Letras Uruguay: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/espinola_francisco/index.htm

 

María Inés Silva Vila
"Jaque" Revista Semanario - Año II Nº 81

Montevideo, del 5 al 12 de julio 1985

Digitalizado y editado por el editor de Letras Uruguay el día 18 de mayo de 2017, se agrega foto y video.

Twitter: https://twitter.com/echinope / email: echinope@gmail.com / facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce 

 

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