Las islas

Cuento de María Inés Silva Vila

Nunca les había preguntado si habían visto la isla; nunca los había oído referirse a ella.

Sabía que estaba allí, flotando en el agua como un cuerpo muerto. Recordaba muy bien el tiempo en que no existía para él; el mar entero era apenas otro motivo de juego; la pequeña cantidad de agua que llevaba en el balde y que cabía casi en el hueco de una mano. El mar era eso: algo tan familiar y propio como su trompo de colores.

Después todo cambió. Tal vez había sido la muerte de su padre. No sólo el mar sino todas las cosas tomaron su verdadera dimensión, y él llegó a sentirse muy pequeño.

Fue entonces, recién entonces, que había descubierto la isla. Al principio se recortó en la niebla: podía haber sido un humo espeso apretado sobre la superficie del mar. Una nítida línea de vegetación, la curva de una ensenada, no le dejaron lugar a dudas. Los días de sol, parecía enviar señales luminosas, como si estuviera empedrada de cristales rotos. Pero a la hora en que más le gustaba era al amanecer. Con la primera claridad la isla emergía del agua como si fuera un astro que adelantara su sombra. Pero tanta contemplación lo llenaba de angustia, lo volvía sobre sí mismo.

Al regresar por las noches a su casa iba directamente al comedor. Un paño blanco cubría su cena solitaria. Sus tías ya estaban durmiendo. Allí, mientras comía, repasaba lo que había hecho: sólo una larga caminata con paradas en la playa o en algún cafetín del puerto.

Conocía a todos los pescadores. Tenían olor a mar y a pescado después de la jornada que se mezclaba con el olor a caña de los vasos. “Hola Marcelo”, le decían y le palmeaban el hombro. Lo habían visto crecer.

Un día se animó:

—Quiero hacerme un bote —dijo—, qué necesito?

El viejo Olmedo se ofreció para ayudarlo y le indicó lo que tenía que comprar. Necesitaba un lugar y lo encontró entre los tamarices: una casilla abandonada y olvidada por todos.

Allí fue acumulando la madera, los clavos de cobre, las herramientas.

Olmedo vino una tarde para arquearle las cuadernas. Los tirantes de cedro, rígidos en un primer momento fueron curvándose como si el fuego los despertara de su letargo y los hiciera mover al ritmo de una música macabra y lenta.

Pasaron varios días. Marcelo se demoraba en la construcción de su bote, paladeaba ese tiempo que sabía único, perfecto, irrepetible. Le gustaba quedarse quieto, sentado sobre algún trasto, mirando aquel garabato de madera.

Hacia fines de enero su obra estaba terminada, y hasta tenía un nombre. Lo llamó: El Mirón.

Le enorgullecía pensar que sin él ese bote no estaría allí sobre la arena. Recordaba las primeras maderas dispersas y anónimas: las había separado del resto del mundo, organizándolas, dándoles un destino.

Arrastró el bote por la playa y lo metió en el agua como quien lleva un niño de la mano. La oscuridad iba cayendo impenetrable y fría. Y el muchacho, empapado, indefenso, ayudaba a su bote a subir la cuesta de las primeras olas.

Aflojó la cuerda que los unía y lo dejó solo, flotando en el agua. Por un momento le pareció que la isla había desaparecido para luego verla asomar repentinamente terrible como una negra fauce sobre la superficie del mar. Pero no tenía por qué temblar, debía llegar a ella. Renunciaba a la seguridad que le ofrecía el pueblo, quería estar libre de trabas, buscaba lo imprevisto, la sorpresa como el pan de cada día.

Se había hecho noche. Un poco más allá el bote se bamboleaba recortándose apenas en el aire oscuro. Se acercó tirando de la cuerda y el corazón le dio un vuelco: se estaba hundiendo. El agua brillaba adentro en un pequeño charco.

Tiró del bote y lo llevó a la orilla. Lo dejó sobre la arena como un despojo y salió corriendo a buscar a Olmedo. No pudo evitar la risa del viejo:

—Se me olvidó decírtelo: la madera tiene que hincharse.

El bote volvió al agua y Marcelo esperó tranquilo durante unos días.

Todos estaban detenidos en aquella larga siesta, repitiéndose como en una galería de espejos, ocupando el arco descansado de un sillón de estirar, dormitando sobre las sábanas frescas, o tendidos sobre la arena radiante.

El pueblo entero daba un largo bostezo y procuraba dormir.

Marcelo acomodó su último bártulo en el bote y saltó adentro. No tenía idea de cuánto demoraría en llegar. Se puso el sol y lo cubrió una ola inmensa y negra, mientras avanzaba sobre la mansedumbre del agua, que de tanto en tanto la luna hacía brillar en charcos azogados. Él los franqueaba como quien va de un sueño a otro, lentamente. Por momentos, la isla se acercaba pero de pronto se desvanecía o corría hacia el horizonte con la velocidad de un cometa. Empezó a remar con desesperación hasta recobrarla, y la vio blanca, con una blancura de piel recién descubierta, allí, al alcance de la mano.

Dejó el bote en una ensenada y se internó por el bosque nevado. Los pinos le recordaban las vidrieras de Sartri en las épocas de Navidad. Desembocó frente a una plaza rodeada de casas de madera. Cruzó la calle: del otro lado un letrero anunciaba un hotel. Ya adentro contempló el salón vacío, con las sillas dadas vueltas sobre las mesas y sintió lástima por toda la gente que podía estar allí y no estaba. Un hombre dormía apoyando la cabeza sobre el mostrador. No fue difícil despertarlo.

—¿Tiene una habitación? —preguntó.

—El otro no pudo disimular el asombro.

—¿Una pieza?

—¿No se puede?

En realidad se podía pero hacía mucho que no llegaba nadie.

—Sólo la muchacha. Hace unos cinco años que empezó a venir. Y ahora, usted.

—No entiendo. El sitio es lindo. ¿Es caro?

—Todo lo contrario. Completamente gratis.

Marcelo resolvió no insistir: o el patrón estaba loco o a su debido tiempo se presentaría con la cuenta.

Se concretó a pedirle que le enseñara su cuarto.

—Mejor lo elige usted mismo. Es el lema de la casa.

Se internó por el vestíbulo y fue pasando ante los cuartos cerrados hasta que algo lo obligó a detenerse. La puerta chirrió un poco y terminó por abrirse. La muchacha estaba recostada al ventanal iluminada por la vaga claridad de la noche, con sus pantalones ajustados y su pulóver rojo. Le sonreía con una sonrisa quieta y lejana que lo llamaba sin abandonar su ensimismamiento.

Marcelo adelantó un paso y ella retrocedió buscando el balcón. Quiso alcanzarla pero quedó atrapado: la ventana se había cerrado de golpe. Pudo verla a través del cristal, saltando la pequeña baranda de hierro y corriendo luego a través de la plaza, en dirección al bosque.

A pesar de la opinión del patrón, Marcelo pudo comprobar con el tiempo que era mucha la gente que visitaba la isla; sólo que no venían a quedarse. Bajaban apurados de las embarcaciones, buscando cada uno su lugar. A veces se dedicaba a observarlos, y llegó a sentirse amigo de muchos de ellos, de los que volvían una y otra vez, aunque jamás intentó dirigirles la palabra. Sabía que no podía participar en nada de lo que estaban haciendo. Se sentía diferente, y en el fondo lo fastidiaban por su simplicidad, por la trivialidad de las historias que los conformaban.

La muchacha podía aparecer en cualquier momento y encantarle la tarde con el juego de estar y no estar, de sorprenderlo y desvanecerse. Había algo más en todo eso, algo que no alcanzaba a comprender pero que tenía que ver con él mismo, con su rebeldía frente a un mundo aceptado por todos, un mundo rotundo y cerrado, inapelable. Semejante aceptación equivalía a estar muerto. Por eso, desde que se acordaba, había vivido intentando tocar la realidad con una mano y con la otra el milagro, la aventura, el riesgo, todo aquello que se animara a borronearle al planeta su impávida cara de monigote congelado.

La muchacha saldría de entre los árboles; ahora emerge del agua como una ondina; estuvo recostada a un ventanal; aparecerá en cualquier esquina, en cualquier ciudad, sentada en la mesa de un café o en la góndola de una calesita, la muchacha estará y todas las cosas temblarán un poco, como si empezara un deshielo.

Tal vez hubiera podido seguir toda la vida así, persiguiendo una imagen, porque el hecho de no alcanzarla, en lugar de sumirlo en la desesperación, lo alentaba a seguir esperando.

Fueron precisamente los visitantes, los despreciados excursionistas los que lo distrajeron definitivamente de su búsqueda. Porque llegó un momento que ya no significó lo mismo para Marcelo ver llegar al pelirrojo al estadio y hacerse dueño de la cancha y ya no le pareció tan trivial eso de jugar y ganar. Ni tampoco pudo sustraerse a la angustia que provocaba la anciana señora, con su cinta de terciopelo negro apretándole el cuello, arrugando los ojos para ver algo y no caerse, en medio de una corte de hombres jóvenes que la seguían a todas partes mientras ella consumaba su arte de hacerse la divina, contoneando aquel vestigio de cintura, hablando al oído de uno y otro sin quedarse con ninguno, todo un arte que debía haber sido ya olvidado y que sin embargo seguía tironeando con la burda intención de restablecer lo que no se puede, lo que está perdido.

El día que advirtió a la segunda muchacha, que era apenas una adolescente, casi una niña, de pelo suelto y vestido celeste avanzando por la costa, buscándolo, y él no pudo hacer otra cosa que esconderse y huir hasta sentir de nuevo aquella mirada que lo atrapaba en una esperanza ajena, la esperanza de la pequeña que lo seguía, mientras él rastreaba otras huellas sobre la arena y escudriñaba entre los árboles la presencia del pulóver rojo, de la cruel figura del ventanal, ese día, se sintió encadenado a una burla interminable, embarcado como un galeote en un mundo tan helado y tan inconmovible como el que había dejado.

En algún lugar se concretó otra isla y Marcelo supo que había llegado el momento de irse.

Cuando el cielo empezó a desgarrarse por el Este y la luz de un nuevo día se agolpó toda en un preciso lugar del horizonte, Marcelo estaba ya a mitad de camino, los ojos enrojecidos por el sueño. Descansaba de a ratos para remar luego con más brío, fijando los ojos en la isla que por momentos aparecía redonda y dorada como una moneda y se agrandaba a ojos vistas, mostrando de a poco su verdadera cara.

Pudo ver las palmeras, el filo de las rocas más próximas, la cinta blanca de la playa que la enmarcaba como en un mapa.

Pudo ver el muelle, los pilotes de madera clavados en el agua.

Cuando estaba amarrando el bote oyó que alguien bajaba los escalones del muelle y se volvió. Era un negro con el torso desnudo y pantalón remangado.

—Buenos días —saludó.

El negro no respondió. Se quedó quieto, esperando, hasta que Marcelo se decidió a seguirlo. Caminaron uno junto al otro por una explanada de piedra y se internaron entre las primeras casas.

Se detuvieron frente a una taberna. Había hombres en las mesas y un mostrador roído, sin nadie.

Su acompañante habló por primera vez señalándole al mismo tiempo el fondo del salón:

—Allí está el Jefe —dijo.

Se acercó al hombre solo que tomaba cerveza sin mirar a nadie. Tenía un sombrero de paja echado hacia atrás y un gato sobre la mesa.

Marcelo dejó sus cosas en el suelo y tomó con decisión una silla. Algo en la mirada del Jefe lo detuvo.

—Puedo sentarme?

—Puede.

No sabía por donde empezar y se remontó absurdamente muy atrás, cuando era niño y soñaba con una vida de aventuras. No le dio vergüenza confesarse ante un extraño. Quiso mostrarse como era, darse a conocer. Por un momento creyó ver enternecerse los ojos del otro.

El gato curvaba el lomo y lo miraba desconfiado.

El Jefe lo interrumpió de pronto:

—No me gusta la charla. Quiere trabajo? Acá tendrá todo el que quiera. Y a buena plata.

El gato saltó a otra mesa y se alejó desinteresado.

—Qué tengo que hacer?

—Lo que le manden y sin preguntas. Vaya con Santos, él lo alojará.

La callejuela parecía haberse despertado de pronto. Una mujer baldeaba el frente de su casa y el agua se escurría entic las piedras. Poco después Santos se detuvo. Habían llegado. Se veía un zaguán ancho y más allá un patio lleno de plantas. Entraron. El patio estaba desierto. Sólo un sillón seguía hamacándose como si alguien acabara de dejarlo. Santos se alejó por un corredor y volvió con una mujer de piel oscura y gran sonrisa. Mientras hablaba prendía y desprendía el primer botón de la blusa.

Marcelo siguió a la mujer y entraron en uno de los cuartos que daban al patio. Santos había desaparecido.

—Si quiere fresco baje la estera y abra la puerta.

Antes de dejarlo, agregó:

—Usted es nuevo, verdad? Yo soy Rosa.

El botón de la blusa había quedado definitivamente desabrochado y mostraba una piel más delicada y más blanca. Bajó la estera y se fue.

Los primeros días casi no salió, esperando que lo llamaran a trabajar. Pasaba las horas tendido sobre la cama, fumando los cigarrillos que le facilitaba Rosa, casi desnudo por el gran calor. Rosa canturreaba en el cuarto de al lado o pasaba taconeando delante de la puerta. El la llamaba y ella venía.

Un día lo citaron para la medianoche en la taberna. Caminaron hasta el muelle todos juntos como si fueran de paseo. Había un schooner esperándolos, pronto para zarpar.

Cuando estuvieron de regreso, Lorenzo —así se llamaba el Jefe— les dio una fuerte suma de dinero a cada uno. No podía entender. El había estado ocupado nada más que en las maniobras de popa. Podía ver el mar con sus surcos plateados y la luna arriba que parecía de papel, como una cometa. Oyó las risas, las voces de los otros. Alguno se acercó a hablarle. Después, los había visto afanarse, correr para pasar aquellas grandes cajas embaladas al otro barco que los había abordado. Nada más, nada que justificara tanta generosidad por parte de Lorenzo. Decidió no pensar más en el asunto. Le bastaba con hacer el trabajo.

Una noche —navegaban desde hacía rato— Marcelo estaba en su puesto de popa cuando oyó un tiroteo. Quiso preguntar pero lo mandaron para adentro. Se sintió disminuido, sin saber qué hacer.

En el camarote estaba Lorenzo limpiando una escopeta sin apuro, como si tuviera años por delante.

—Oyó...?! Una lancha. ..

—Ya lo sé —respondió el Jefe con calma.

—Y no piensa hacer nada?

—Las cosas están bien hechas. El riesgo es parte del trabajo. Hay que esperar.

No supo nunca cómo consiguieron escabullirse. Ni fue la última vez.

El tiempo pasa entretenido en las pequeñas cosas, corre y gasta lo que se ha hecho costumbre hasta que de pronto un día se le mira de frente como si fuera un espejo y no se encuentra nada. Y se vuelve a empezar, apurados por echar tan siquiera una sombra en la luna vacía.

Marcelo estaba por cumplir sus cuarenta años. Algo había cambiado en él o en el mundo que lo rodeaba, que parecía haberse apagado de pronto. Lorenzo había muerto hacía ya unos años y él había quedado de jefe. Ahora el negocio no tenía misterios para él. Acumulaba sus ganancias en el fondo de un cofre, como un pirata, y como un pirata se había enriquecido con el peligro. Pero ya no bastaba. Sentía que su vida era algo disperso, que no quería decir nada, que no alcanzaba a componer una historia.

A veces iba hasta un galpón del muelle donde guardaba su viejo bote. Olía siempre a pintura nueva. Se había ocupado de conservarlo en buen estado. Lo entristecía mirarlo: se sentía unido a la época de su pueblo cuando aún era un muchacho y lo agitaba una sensación de pérdida, como la que había tenido al morir su padre. Y como antes, buscó la playa solitaria, sumó a la esperanza la certidumbre y entrevio una nueva isla, que empezó a llamarlo en un reclamo de más en más imperioso.

Aguardó la oscuridad para que no lo viera nadie y abandonó la pensión sin despedirse. Llevaba todo el dinero en un maletín de cuero y nada más.

El bote ya estaba en el muelle. Saltó adentro y empezó a remar. Las olas lo levantaban y lo dejaban caer, y él absurdamente tocaba en cada ascenso el borde de un recuerdo.

No entendía por qué él, un hombre hecho, se detenía ahora en pequeñas minucias de su infancia; se esforzaba en recuperar, nítidas, imágenes ya inútiles, desvanecidas.

No lograba encontrar la razón que lo llevaba ahora a enternecerse con ese tiempo que sólo le había inspirado rechazo, mientras transcurría: se le venía a la boca el sabor del pan, percibía el olor limpio de las sábanas, se abatía sobre él el aire caluroso de los mediodías y parecía posible corretear de nuevo sobre el empedrado o escapar a la playa a ver el mar.

Ya estaba muy cerca de la isla. El amanecer se la entregaba entera, el borde oscuro de los tamarices, las fachadas aún dormidas de las casas. Más allá, se levantaba solitario el campanario de la Iglesia.

Cuando estaba amarrando el bote al muelle sintió que lo asaltaba una sensación familiar; que el hecho mismo de asegurar el bote, allí, en ese lugar, no era más que una repetición. Después, la casilla abandonada entre los tamarices, le hizo apurar el paso. Quería llegar al pueblo. Y era verdad: allí estaban las viejas callejuelas, los mismos faroles, la casa de los Ugarte, el café de Sánchez, la plaza frente a la Iglesia, la tienda de Sartri. Era su pueblo, no cabía duda. Sin quererlo, sin proponérselo, estaba de regreso y ahora sabía que eso importaba.

Se detuvo un momento frente a su casa. Se acercó a una de las ventanas y miró: sus tías estaban sentadas junto a la mesa del comedor. Fue en el momento de entrar que la puerta tembló hasta deshacerse frente a sus ojos asombrados y no ser más que un montón de polvo sobre el suelo. Tropezó con una silla: se desmoronó sin dejar rastro. Sus tías permanecían quietas, inmóviles. No pudo contener el abrazo ni el horror de espantar las cenizas en que se habían convertido. Huyó hacia la calle, despavorido. La casa crujió apenas como si sollozara y cayó entera, sin dejar escombros. El pueblo se convertía en una niebla espesa. Extendió las manos para ver si podía retenerlo, si aún era posible guardar algo. Pero ya no era tiempo.

Mientras corría hacia la playa todo lo que tocaba desaparecía: muros, columnas, árboles y perros solitarios denunciaban su condición de polvo.

Marcelo estaba ya en el muelle. Daba lástima verlo caminar tan solo, sin otra cosa que el maletín de cuero —toda su riqueza— en busca de su bote. No se veía ninguna isla en el horizonte.

 

Cuento de María Inés Silva Vila
De "Felicidad y otras tristezas"

Biblioteca Artigas Colección de Clásicos Uruguayos Volumen 187

Biblioteca Nacional de Uruguay Montevideo 2011

 

Ver, además:

 

                      María Inés Silva Vila en Letras Uruguay

 

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