La punta del hilo

por María Inés Silva Vila

Mario Vargas Llosa cerca del año 1980

Estábamos en Buenos Aires, almorzando en el comedor del Romanelli, cuando descubrimos a Emir Rodríguez Monegal en una mesa próxima. Viviendo (él y nosotros) en Montevideo, hacía años que no lo veíamos.

Con todo, no nos pareció oportuno acercamos e interrumpir su diálogo animado con un desconocido. Pero pasados unos minutos vimos venir a Emir hacia nosotros y la cordialidad del encuentro borró definitivamente cualquier rastro de viejas polémicas que pudiera quedar entre el y Maggi. Habían sido compañeros de escuela y habían peleado mucho, en torno a Marcha, por razones puramente literarias.

Emir se volvió hacia el muchacho que lo acompañaba y nos presentó. Era Mario Vargas Llosa, con menos años y menos fama que ahora, pero ya muy conocido.

Creo que fue en el momento de bajar la mano, después de saludarlo, que reparé en el aspecto de mi pollera azul: amarilleaba. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, mientras hablábamos junto a la mesa y sin sentarnos, porque ellos tenían el tiempo justo para llegar al aeropuerto, estuve tratando, disimuladamente, de desprender las pelusas amarillas que se adherían a la pana. El peruano era encantador y “La Ciudad y los Perros” una gran novela, pero a mí la industria argentina me tenía furiosa. Tuve que esperar a nuestro regreso a Montevideo .para conocer a Vargas LLosa y tuve buen cuidado de no ponerme ese día el cashesmere amarillo. Mario Vargas habló en el Paraninfo y explicó la novela como algo que sucede “allá lejos y hace tiempo” y desarrolló, también, su preciosa teoría sobre “la muda”, la mutación posible de una historia realista hacia algo simbólico o significativo. Esa noche fuimos con él, Amanda Berenguer y José Pedro Díaz a una parrillada en la calle Rivera, “Mi Tío”, y Vargas elogió el asado a la criolla; sonreía y masticaba con entusiasmo y fluía de él la fuerza y la salud de un joven cachorro; recuerdo su dentadura recia y blanca. Me pareció demasiado aplicado y pensé: todas las mañanas a las 8 en punto se siente Mario Vargas Llosa y se pone a escribir y escribe diez páginas gravemente, concienzudamente, obligatoriamente, infaltablemente. No sabe perder el tiempo; se ríe poco.

Al despedirnos, unos días después, en el Aeropuerto, supe que a su máquina de escribir, que lo acompaña siempre, le llama (en broma, pero no mucho) “la sagrada”.

Cuento estos detalles de Mario Vargas (que son provisorios, porque después aprendió a ser menos serio y hasta se le fue la mano: en “Pantaleón y las Visitadoras” por ejemplo, se nota en muchos momentos que es un recién venido a la sonrisa, una especie de nuevo rico del humor) porque tienen que ver con la historia de nuestro viaje a Buenos Aires; mejor dicho: con el trabajo infinito que da escribir una novela.

Como abogado del Banco República, a Maggi le había tocado vender un rascacielos en Corrientes y Florida, propiedad de un Banco en liquidación; por eso estábamos allí. Cosa poco común en ese tiempo, nos quedaban horas libres para dar rienda suelta a la alegría de no tener nada que hacer. Aclaro, que como yo no me veía afectada por ninguna clase de obligación, me alegraba el doble. Nunca he tenido prejuicios contra la hermosa institución de perder el tiempo. No digo que me sirva para encontrarme a mí misma, como se empezó a decir después de Sigmund Freud, porque jamás me perdí de vista y en el caso de haberlo hecho, vaya a saber si me hubiera tomado el trabajo de perseguirme. Pero siempre que dejo correr las horas para nada, se me ocurren cosas y precisamente esa vez, en Buenos Aires, necesitaba de toda mi capacidad de ocurrencia: hacía semanas que andaba dándole vueltas y vueltas a un proyecto ambicioso.

Cuando Magi terminaba con su trabajo, salíamos a caminar por el centro. Estábamos con el mejor humor del mundo y el simple hecho de vagar a la deriva se convertía en un juego. Me acuerdo que un domingo, después de almorzar, mientras recorríamos las calles vacías, empecé a leer los carteles y rótulos publicitarios que me asaltaban desde todos los frentes y no sé porqué se me ocurrió leerlos en voz alta y al hilo,
como quien recita versos de un mismo poema. Declamaba, por ejemplo:

Seguros, seguros de vida,
Seguros de incendio,
Seguros contra todo riesgo.

Decía poniendo énfasis en cada palabra y haciendo pausas profundas:

Tabiques divisorios
Cerramientos
Cierra balcones (pausa)
Mesas rebatibles (pausa)
Reparación de suspensiones, Amortiguadores
Y gatos en general Fábrica integral De juntas
Para motores De explosión interna Oh Dios...!
Tasadores para asuntos oficiales
Aparatos para sordos

Opacamos, decoramos
Y hacemos interiores

Botas de lluvia y pesca

Tubos fluorescentes

Tubos de todas las medidas y colores.
Ramón García Rebollo Médico
Calle Sarmiento

Quinientos veinticuatro bis.

Otro día salimos a ver vidrieras para comprar una valija y aplicamos la lógica viva de Vaz Ferreira. De esa experiencia real y verdadera nacieron los “Cuentos de Humoramor” que poco después publicó Maggi. Aunque el primer cuento sucedió casi textualmente, eso no quiere decir que todo lo que se dice en ese libro sea verdad. ¡Oh no! Los personajes, por lo pronto nada tienen que ver con nosotros: él es un infeliz y ella una pedante sargentona. Que quede puntualizado con toda precisión. No y no. Ella no es yo. Nunca supuse que alguien pudiera identificar esa Sisebuta llamada Isabel conmigo, pero pasó: una despistada lectora le dijo a Maggi:“¡qué lindos los cuentos que escribió sobre su señora!”. Yo estaba presente y además, indecisa siempre, no me animé a entrar en aclaraciones.

El cuento que pasó en Buenos Aires se llama “La Valija” y Maggi lo escribió así, agregándole un final muy breve:

“Sucedió que fuimos a comprar una valija y la única buena era demasiado cara.

— No importa —dije— compramos una del mismo tamaño aunque no sea de cuero: esa, por ejemplo.

— Pero es muy fea —dijo mi mujer.

— Se le pone una funda.

— ¿Y adentro? ¡Es ordinaria!

— Adentro se le hace un forro.

Pero mi mujer, que es de una lógica impecable, dijo:

— Si hacemos una funda para afuera y un forro para adentro, ¿para qué compramos la valija?

Tenía razón y decidimos no comprar nada.

Caminamos unos pasos y ella se en-treparó, me tomó del brazo y produjo esta hermosa conclusión:

— Si no hay valija en. el medio, el forro tampoco se necesita.

— La funda, vista por dentro;.-puede quedar fea —aventuré yo, aplicando su premisa anterior; pero Isabel dijo:

— A la funda se le hace costura inglesa y queda reversible, con lo cual ya no hay ni forro ni funda, sino otra cosa, algo único y doble a la vez; aunque te digo —agregó pensando intensamente— nuestra intención es llevar la ropa con la cual viajamos ¿no es así? .

— Claro—dije yo.

— Y bueno, Fabián —se me quedó mirando — . Si la ropa sola ya es demasiado problema ¿a qué complicarse la vida llevando otras cosas, y dobles, para peor?

Por ser fiel a esa lógica, es que traigo todo así, sobre los hombros. Yo sé. Parezco un ropavejero, un desgraciado, pero es por ser fiel a mi mujer. ¡Es tan inteligente!.”

Este diálogo tuvo lugar caminando, creo, por la calle Santa Fe y nos causó tanta gracia que a la otra mañana, en la pieza del hotel, Maggi se sentó y lo escribió de corrido, inspirándose, para confeccionar los personajes, —vuelvo a aclarar y puedo jurarlo— en el matrimonio que se alojaba en la habitación de al lado. Todo el tiempo, desde el momento que nos instalamos en el hotel, nos había acribillado a través de la pared la voz doctoral y avasallante de esa mujer apabullando al pobre Fabián, que se limitaba a contestar:“Evidente, Isabel” “Exacto, Isabel”. “Claro Isabel". Eran paraguayos.

Mientras Maggi escribía, también yo me enfrenté al desafío de una hoja en blanco tratando de llevar adelante el proyecto ambicioso. Hacia el mediodía, cuando Maggi dio por terminado su trabajo, dijo:

— Si me leés, te leo.

— Leé tú — dije, y sabía porqué.

Cuando me tocó el turno, después de oír “La Valija”, dije riéndome:

— ¿Sabés qué escribí? Escuchá:“El enojo de Bernarda con Carmelo Cocucci venía durando más de 15 años”. Es todo.

Y era verdad. Había escrito gozosamente dos líneas de una novela que iba a tener 300 páginas (“Salto Canean”) y esas dos líneas ni siquiera iban a constituir el punto de partida, como pensaba en ese momento; con ellas empieza el tercer capítulo de la versión definitiva, que me llevó tres años de trabajo diario. Pienso en Vargas Llosa y su torrente narrativo, en su facilidad continua y me crece una admiración que no cabe en esta nota.

 

María Inés Silva Vila
"Jaque" Revista Semanario - Año II Nº 91

Montevideo, del 13 al 19 de set de 1985

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

Facebook: https://www.facebook.com/letrasuruguay/  o   https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

Círculos Google: https://plus.google.com/u/0/+CarlosEchinopeLetrasUruguay

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

 

Ir a índice de crónica

Ir a índice de María Inés Silva Vila

Ir a página inicio

Ir a índice de autores