Ionesco y los tenedores

por María Inés Silva Vila

La realidad tiene que ver con Ionesco.

Publiqué un artículo en “Acción”, a propósito de un proyecto de jubilación para las amas de casa. (No sabía nada de jubilaciones y creo que no sabía y que sigo sin saber qué son las amas de casa). Y el artículo hizo sonreír a alguien y años después me llegó una propuesta estrafalaria: que utilizara el sentido critico y el buen humor para hacer crítica de teatro. Por supuesto, esa tarea no es cosa de broma y yo me la tomé en serio; iba a sustituir a Angel Rama y el nuevo cometido me encontraba en pie de lucha: hacía siete años que era persona de teatro a full time. Casada con un autor, no solo veía todo lo que estrenaba aquí la competencia local y extranjera, sino que además, con cada obra de mi marido, pasaba por la experiencia de escucharla, mecanografiarla en sus diferentes versiones, asistir a todos los ensayos y después espiar al público de casi todas las funciones.

Mientras trataba sin método ni sistema de escribir relatos de literatura fantástica, dedicaba, metódica y sistemáticamente, treinta horas semanales a la carrera teatral de Maggi. En menos tiempo pude ser astronauta. No se si la fama de tanta adhesión llegó hasta las esferas directrices de Acción, pero pienso que sí y que por eso me fue ofrecido el puesto: por seguidora y por fiel.

Trabajé con entusiasmo casi un año hasta que llegó Galileo y me enojé. Al secretario de redacción se le ocurrió que la crítica debía salir publicada al otro día del estreno; yo sabía todo lo que habían trabajado Brecht, Yañez y Candeau y el resto del elenco y los técnicos, escenógrafos y vestuaristas y no estaba dispuesta a juzgar todo eso de una sola plumada, en una primera impresión. Con la crítica entregué mi renuncia una semana después. En realidad, ya no podía más con los problemas de conciencia que me creaba cada estreno. Conocía a cada uno de los que trabajaban, los estimaba y a muchos los admiraba y cuando tenía que decir “mal”, me sentía mal. La imparcialidad puede llegar a molestar como una culpa.

Durante varios años me desvinculé de la crítica —no de los escenarios- pero terminé reincidiendo y haciéndome cargo de la página teatral de “Ya”. El trabajo realmente me gustaba. Me atraía la aventura de seguirle los pasos a una obra, leerla primero y ver después como funcionaba en el escenario. Fue por esa costumbre de la lectura previa que empecé a darme cuenta que algunos directores de teatro independiente estaban empezando una campaña independientista del... autor.

La puesta en escena que hizo el talentoso director Ornar Grasso de la obra del talentoso escritor Jacobo Langsner, “El tobogán”, me llevó a escribir: “Nos parece que el estilo por el que optó el director para montar “El tobogán” es tan fuertemente abstracto que se separa en muchos momentos de lo que está pidiendo la obra y corre solo y hasta juega en contra. Si bien la pieza admite y hasta está exigiendo la distorsión y aun la exasperación de las formas, no se aviene a las técnicas de distanciamiento por estar jugada fundamentalmente en la tensión y en la sobrecarga y no en la respuesta racional del espectador. Un ejemplo: el rompimiento del diálogo. Algunas veces, cuando dos personajes están hablando, en vez de mirarse uno al otro, lo hacen enfrentando al público y este recurso solo consigue enfriar, trabajar en contra de la temperatura caldeada, enardecida, de lo que están diciendo. Grasso es un creador —lo ha demostrado con anterioridad— pero parecería que, en el trabajo de dirección, no hay que perder de vista el hecho de que la invención debe estar limitada por las leyes de juego que decreta la obra”.

“El Tobogán”, de Langsner (o mejor: de Grasso) sucedió hace quince años; de entonces hasta ahora la independencia de los directores sublevados contra la dictadura del texto ha crecido.

Eugenio Maxera —tal vez el mejor testigo de nuestro teatro— se va enojando cada vez más y hemos leído en JAQUE ejemplos precisos de su furia.

Escribió Maxera (13/9/85):

“Hay una especie de cultivo intenso de lo formal en detrimento del concepto y a tal punto llega esta locura que nos hace desembocar en el afán oscurecedor de lo que ya está hecho con toda claridad, es decir: se toma algo claro y se lo envuelve y retuerce en efectismo y distracciones que engolosinan a los talenteadores que realizan piruetas de lenguaje al par que logran la complicidad de ruidos y luces que lejos de clarificar el concepto lo anulan y a veces el espectador no sabe si dedica su aplauso a la muestra que enfrenta o a la ópera integrada arbitrariamente al espectáculo”.

Pero quiero volver al absurdo que también tiene su lógica. Si no me equivoco estaba tratando de rehacer en esta nota mi breve y feliz vida de crítica teatral. Ejercía ese poder público cuando la Compañía de Jacques Mauclair estrenó en Montevideo un buen conjunto de obras de Ionesco: “Asesino sin sueldo”, “El salón de automóvil”, “Las sillas”, “La joven casadera”. Y lo mas importante: con la compañía llegó el propio Ionesco; había leído sus obras años antes de tener oportunidad de verlas y lo consideraba una especie de monstruo sagrado, creador de grandes mitos.

Los grandes autores siempre están muertos. Pero no. Conocí a Ionesco durante un almuerzo y nunca llegué a saber si me invitaron por cónyuge de autor, o invitaron a Maggi porque estaba casado conmigo, que era la prensa. Contra esta tesis estaba el sobre de la invitación que no decía “María Inés Silva Vila y Sr.”

Lo cierto es que fuimos los dos y que ahora, por ordenada y conservadora de recortes puedo servirles ese almuerzo en bandeja, tal como salió publicado el 15 de junio de 1970 en “Ya”. A veces la crónica social tiene que ver con él proceso intelectual del Uruguay.

“Era una mesa de diez comensales y sirvieron paté de hígado; cuando me dispuse a probarlo observé que estaban cinco a cuatro; dudé un momento y me decidí por las virtudes del equilibrio: quedamos cinco utilizando el tenedor chico y los otros cinco, el más grande. Una verdadera derrota para los buenos modales.

Está segregando su estilo —pensé— . Este es el principio de un disparate significativo. Si la mitad de nosotros no puede probar el segundo plato por haberse quedado sin cubiertos y uno protesta y otro rompe a llorar, aquí empieza algo como “El salón de automóvil” o “La joven casadera”. Pero él ni se fijó en eso; masticaba lentamente a la derecha del Embajador de Francia y aunque en esa reunión, bastante formal, era el único sin corbata, su polera blanca estaba impecable y comía pulcramente pasando sus manos pequeñas y blandas sobre el plato para llegar hasta el pan y partirlo en pequeños trocitos, mientras hablaba en voz baja y solo se notaba un tanto diferente a los demás, porque se notaba menos.

Discretamente el mozo proveyó a los equivocados del tenedor adecuado y así se perdió la oportunidad de hacer vanguardia en la realidad. Ahora la conversación derivaba —a la deriva, como después de un naufragio— hacia la política.

Marx se equivoca absolutamente — dijo Ionesco— cuando cree que hay lucha de clases. Las revoluciones triunfan cuando la clase dominante deja de creer en sí misma y se autodestruye.

El agregado cultural traducía las contestaciones de Paco Espínola que se resistía a hablar en francés, porque no es el idioma oficial de San José y porque, según explicó una vez, a un hombre, grande le da vergüenza, fuera de París, amontonar la boca para decir “U”, a la francesa.

El invitado dijo que en el Uruguay se podía comer discutiendo y también recordó su visita ionesquina al conventillo del Medio Mundo; no hay palabra en francés, para decir conventillo.

Yo seguía observándolo, tratando de dar con la frase que lo definiera: desdibujado, mínimo indefinido, está ausente de todas las partes al mismo tiempo porque no tiene ojos para ser visto, sino dos grandes pliegues como de fieltro donde se abriga; dos párpados cremosos que le cubren la cara y dan en su lugar la máscara del payaso sin pintura; alguien a quien se le hizo tarde y necesita dormir y se quedó sin cigarrillos, solo y sin ganas de nada.

El comía con sencillez mientras yo, porfiadamente, lo movía en la platina del microscopio. ¡Qué raro! Este hombrecito de color almendra y forma de mandolina, este pequeño señor que no quiere meterse en nada, es sin embargo el gran forzudo que de un golpe rompió el teatro y puso en su lugar otras ocurrencias, con la decisión de quien estrella una jaula contra el piso. Pero, ¿cuáles son los pájaros que se le vuelan al fuerte y fofo escritor llamado Ionesco?. Justamente, los de esa contradicción; la voluntad de defender hasta sus últimos extremos nuestra manera de transcurrir desolados y sin sentido. El derecho de preguntar sin la obligación de responder. La fortaleza de alegar furiosamente en favor de lo que cada uno tiene de desvalido, derrotado, personal, perecedero, insuficiente, irrepetible, sagrado, impotente, es decir, esta condición de seres hechos, lastimosamente o hermosamente, en la proporción humana.

Parecería que los ademanes —ya que no las palabras— de este aterido hablador son un modo heroico de abogar por los que no son héroes. Y el ser humano necesita de todos los abogados para completar su defensa porque está permanentemente asediado por el lobo, que son los demás hombres y por el desierto, que también lo devora.

Se retiró de la reunión pálidamente, como había llegado: desleído transparente, acompañado por la extravagancia menor de su esposa, vestida con un traje lila, sombrero lila, medias y zapatos lilas, monocromática, como ciertos sueños.

Tomé un ómnibus. En la esquina, de Br. España y la Rambla subió una mujercita parecida a Mme. Ionesco, pero envuelta en un tapado marrón y coronada por un pañuelo lila, también de Dalí. Viajaba de pie, en el pasillo; pagó el boleto y se echó a cantar; y cantó en clara y alta voz y con toda naturalidad, con los gorgoritos de una soprano, aunque sin ademanes. Quedó libre un asiento y se sentó al lado de un señor muy compuesto, algo así como un boticario con portafolio. La cantante —que debió ser calva bajo el lila del pañuelo— empezó ahora a soltar su monólogo interior, deshilvanado, contradictorio, mezcla como siempre de generalidades, cosas concretas y obscenidad. De pronto detenía su ímpetu joyciano y preguntaba con toda fineza: —¿Podría decirme si la Rambla del Perú pasa por la Rambla? El señor condenado a compartir el asiento miraba empecinadamente hacia adelante, tratando de poner de manifiesto que nada tenía que ver con aquel escándalo, que viajaba solo. Y juro que no invento, que no exagero, que no hago trampas para favorecer a Ionesco. Saben que lo que digo es verdad todos los pasajeros que viajaron en ese 104 por Br. España y la Rambla, rumbo a Carrasco, a las tres y cinco de la tarde, exactamente el día 9 de junio.

¿Quién podría coleccionar todos los síntomas que presentó esa tarde la ciudad, bruscamente impregnada por la presencia de un ínfimo rumano, cazador de rinocerontes de nombre Eugene Ionesco?”

Compruebo, al releer, que he dicho todo menos lo que quería explicar. Explico: Ionesco impone a su teatro del absurdo el tratamiento más naturalista y lógico. Así acota sus obras y así las ponen los doctores que trabajan sometidos a su presencia, entre ellos, el gran Barrault. Ionesco opina que las pesadillas no son expresionistas. Soñamos buenamente. Kafka participa de esta opinión: el horror tiene cara de inocente. Por supuesto, nada impide hacer una puesta de “Rinocerontes” llevando la distorsión hasta su último extremo, pero la audacia compromete a mejorar la obra y no a borronearla con espejismos que la desvirtúan cerrando su significado. Como dicen los que saben, en materia de creación hay que robar y matar y si no, no. Lo que no se puede, es hacer de un texto un mero pre-texto para colgar invenciones menores. El resultado puede ser un árbol de Navidad. Y yo digo: si la inquietud creadora es demasiado compulsiva, ¿por qué no sentarse y escribir otra obra?

Jugar a cambiar, sin ton ni son es un delito. En literatura, la frivolidad merece pena de muerte. Y así actúa la historia del arte, barre y barre, eliminando lo superficial.

 

María Inés Silva Vila
"Jaque" Revista Semanario - Año II Nº 93

Montevideo, viernes 27 de setiembre de 1985

 

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