Bergamín decía que hablaba mejor que Valle Inclán

por María Inés Silva Vila

Francisco Espínola

"Las explicaciones más geniales sobre el gótico se las oí dar a Paco a propósito de una columna románica”, dijo un amigo comentando con respeto y humor el encuentro que había tenido con Francisco Espínola en París. Muchas veces, después, la frase nos ha permitido enternecer, con una sonrisa, la admiración seria y profunda que sentimos siempre por Paco. Su respuesta frente a las diferentes cosas del mundo no fue la del erudito que a veces quiso ser, sino la de un creador importante.

Sus grandes devociones —San José, Homero, Aparicio Saravia— llegaban a nosotros “vivitas y coleando”. Por eso, cuando se ponía a contarnos cuentos de San José en los lugares mas inverosímiles (en la mitad de una escalera, o en el medio de la Plaza Independencia, una noche de viento y frío) podía suceder, por ejemplo, que la destartalada cachila que hasta volaba un poco nos pareciera, por un instante, tan real como los automóviles que pasaban por la calle. “Esto es mágica, se podía haber dicho al escucharlo, para usar la frase de uno de sus personajes.    .

Bergamín decía que hablaba mejor que Valle Inclán. Pienso —y tuve bastante tiempo para observarlo— que Paco, más que hablar, “escribía” verbalmente, utilizando, aparte de su enorme talento, todos los trucos del oficio, enfatizando esto, creando suspenso allá, buscando un efecto con esto otro, presentando y no aludiendo, para hacer que la historia cobrara vida y sucediera. Por supuesto, que el tratar de desentrañar la técnica que empleaba no aclara el prodigio de que pudiera hacerlo, librado a las urgencias de quien precisamente está hablando y no escribiendo.

En las clases de la Facultad de Humanidades desmontaba cada canto de la Iliada como un mecánico puede desarmar un automóvil. Y así, desmontando cada pieza, mostrando cómo Homero anticipaba en un momento lo que iba a pasar mucho después, haciéndonos ver la fuerza de un adjetivo que “ni Dios lo pone” y que si se saca, todo, se viene abajo, nos estaba enseñando en realidad cómo se hace una obra para que funcione. También al enseñar mantenía el punto de vista de un escritor y precisamente por eso sus clases nos interesaban tanto a nosotros, que con mucho menos obras que aspiraciones, ya nos sentíamos escritores.

“Tomando mate con los griegos”, llamó un día con simpatía y humor, Onetti, a estas clases fuera de serie y en cierto modo tenía razón: durante todo el año estuvimos con Homero en un mano a mano tan estrecho, que si no terminamos tomando mate con Héctor y Andrómaca, fue de quedados nomás.

Onetti siempre hacía este tipo de bromas, como cuando le decía a Maggi “tu maestro”, refiriéndose a Paco. Le divertía que nosotros pudiéramos pensar que entre los dos había una pica que en realidad no existía. Creo que se estimaban de verdad y desde hacía mucho. Varios años antes, cuando Paco era corrector de pruebas en el diario Uruguay, Onetti, que no podía verlo trabajar en eso con sus ojos miopes, caía de noche por el diario y lo ayudaba.

Por suerte, Paco jamás se enteró de lo de “tomando mate con los griegos”; se tomaba demasiado en serio a sí mismo, como profesor, para tolerar ni siquiera la sombra de una broma.

Cuando Paco estaba en París, Roberto Ibáñez, que era una excelente persona, pero que no podía soñar la trascendencia que le iba a dar a sus palabras, le comento que su joven colega José Pedro Díaz opinaba que para enseñar Homero en una Facultad de Humanidades, había que saber griego. (José Pedro sostiene que no fue precisamente él el autor del comentario y que sólo se limitó a estar de acuerdo). De todos modos, no era más que una opinión y la cosa carecía de importancia.

El encuentro Paco-Ibáñez tuvo lugar en París y ya desde allí Paco les envió cartas a Maneco y a Maggi, furioso con José Pedro. El día de su regreso a Montevideo, José Pedro, que no estaba enterado de nada, quiso ir a recibirlo, pero no hubo forma que sus amigos le informaran a qué hora llegaba: le estaban evitando un mal rato. Pocos días después, Paco, que estaba de visita en el barrio, apareció en lo de José Pedro, diciendo que se había hecho una escapada para saludarlo, duró toda la noche y fue una largademostración de su erudición homérica. Nosotros estábamos allí, pero ¿cómo convencerlo que alguien tan valioso como él no necesitaba dar prueba de suficiencia? José Pedro no entendía nada de lo que estaba pasando y hubo que explicárselo a posteriori. Hace pocos días, recordando con él el episodio, todavía se agarraba la cabeza.

Otra de las grandes devociones de Paco, Aparicio Saravia o el partido nacional, que para él eran la misma cosa, estaba muy presente en sus conversaciones, junto con el mundo de su padre, que también anduvo en las patriadas. Todo eso, en sus labios, adquiría las resonancias de una épica que — como hacía con Homero— nos ponía al alcance de la mano. Le gustaba mucho contar cuando salió para Paso Morlón, en el año 35, vestido de traje negro, zapatos de charol y cuello palomita a hacer la revolución y terminó prisionero en Colonia, casi enseguida y sin haber disparado un solo tiro. Se le atascó la escopeta y quedó en el suelo boca abajo, protegiéndose con ella, sintiéndose en ridículo. Aunque no tanto, porque al compañero que tenía al lado lo mataron de un balazo. Podría hacerse una película chaplinesca con su versión de esta aventura y titularla “Paquito revolucionario”.

Contaba que al segundo día de estar preso, le anunciaron que tenía visita, nada menos que su esposa y que (mientras sus compañeros de prisión procuraban ponerlo presentable, prestándole un peine o un pañuelo para el cuello) él tenía los ojos llenos de lágrimas, pensando en la heroicidad de aquella mujer que atravesaba un país en guerra (cortado de noticias se imaginaba todo el país en llamas) nada más que para verlo. Disfrutaba contando estos detalles previos que hacían esperar una entrevista tierna y épica, (¿Andrómaca?) para que la sorpresa del giro inesperado que tomó el encuentro fuera aun mayor. Según decía Paco, su mujer —que era su primera esposa— apenas lo tuvo en la visual lo señaló acusadoramente y lo increpó:

— Te fuiste de casa a las ocho de la noche, pero no salieron de Montevideo hasta la una de la mañana. ¿Se puede saber qué hiciste en toda la noche?

“Se me cayeron los brazos”, comentaba Paco. “Me volví hacia el cabo que hacía guardia en la puerta y le dije: Lléveme preso de nuevo, y me fui para la celda”.

Tan grande era su devoción partidaria que cuando se hizo comunista estoy segura que se imaginaba a Marx y a Lenin de golilla blanca. Lo cierto es que, a pesar de su tradicionalismo político, el cambio no pudo sorprender demasiado a nadie. Ya no debía saber qué hacer con ese amor actuante y paternalista que tenía por los pequeños seres desamparados que pueblan este mundo.

En su relato “Qué lástima”, tratando de explicar el sentimiento que lleva a Juan Pedro a ofrecerle a su amigo hasta lo que no hay, dice:

“La realidad no daba más y su ardiente pasión quería más todavía. Y arrolló la realidad. Y salió al otro lado... . Lo mismo le pasó a él, la realidad no daba más y se hizo comunista. Yo, que no lo soy, lo entiendo y lo respeto. Siento no haber estado cerca de Paco en esa época: nos hubiera hablado del tema largo y tendido: mateando a la moscovita.

Paquito disfrutaba hablando, alternando recuerdos, comentarios, proyectos y en todos los casos, filosofando un poco.

Una vez fuimos con Maggi a visitarlos a él y a Dolly, su segunda esposa, que estaban pasando unos días en Colón, en casa de los padres de Dolly.

Eran alemanes y hospitalarios y todavía me acuerdo de las ricas tortas que comí ese día. Después de horas de charla, nos levantamos para retirarnos: el último tren para Montevideo salía a las once de la noche y estábamos a unas cuadras de la estación. Paco insistió en acompañarnos y ya en la primera cuadra empecé a inquietarme. Había tiempo de sobra, pero si seguíamos deteniéndonos cada pocos pasos, íbamos a perder el tren. Después de tres o cuatro altos que hicimos en la segunda cuadra —evidentemente los cuentos que nos estaba haciendo Paco estaban reñidos con el acto de caminar— yo entré a imaginarme llegando a mi casa con el sol alto y a imaginar, sobre todo, la cara de mi padre después de haber pasado la noche paseándose como un tigre enjaulado mirando el reloj y esperando a la nena.

Cuando faltaban dos o tres minutos para la hora fatídica y ya teníamos a la vista la plazuela que flanqueaba la vía del ferrocarril, echamos a correr, cortando a Paco en mitad de una frase y sin decir agua va.

En mitad de la carrera a través de la plaza me encontré, de golpe, tirada sobre el pedregullo, como si estuviera por ponerme a nadar estilo pecho, pero antes de que pudiera reaccionar, ya Maggi me había rescatado de la zambullida por un brazo y me llevaba casi volando hacia el tren que, indiferente a mis penurias, pitaba su salida. Recién cuando me desmoroné sobre el asiento y pude volver a respirar, comprobé el desastre de mis rodillas lastimadas y los dos grandes agujeros que a esa altura ostentaban las medias.

En la época de Don Juan el Zorro, solía leernos de noche durante horas lo que había escrito durante el día. Paco interrumpía la lectura vuelta a vuelta para explicar por qué había puesto una frase o por qué en otro momento del relato le parecía que la cosa no marchaba. Lo vi, además, en un gesto de modestia infrecuente los escritores buscar y aceptar sugerencias, creándonos la ilusión de que trabajábamos en equipo, cosa que, por supuesto, no pasaba, porque él se sobraba para bordar aquel texto solo. Pero era difícil sustraerse a la tentación de meter la cuchara, sobre todo para Maggi, que estaba realmente tomado por aquella prosa que Paco trabajaba a la manera de un excelso miniaturista.

A pesar del entusiasmo, una noche que ya era madrugada, a Maggi se le empezaron a cerrar los ojos. Se había pasado todo el día yendo de un trabajo a otro y su lucha por mantenerse despierto resultaba visible para Dolly y para mí. Dolly se levantaba, desaparecía por un momento y sin hacer el menor ruido le acercaba un pocilio de café. Paco, prendado de su propio relato, no se enteraba de nada y seguía leyendo. Maggi volvía a cabecear, el ángel bueno de Dolly iba por más calé y Paco seguía leyendo.

No era un fenómeno de egolatría, sino de entrega. Lo vi atender con igual cuidado los cantos homéricos y hasta lo vi leer en voz alta y analizar frase a frase un cuento de una principiante como yo. Era un enamorado del fenómeno narrativo en sí mismo: lo fascinaba contar y que le contaran. Como en todo narrador de verdad, subsistía en él el niño chico deslumbrado por ese pequeño milagro que siempre empieza: había una vez...

 

María Inés Silva Vila
"Jaque" Revista Semanario - Año II Nº 80

Montevideo, viernes 28 de junio de 1985

 

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