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Temas del folklore
 

Sabiduría popular


por Fernán Silva Valdés

Hay un saber del pueblo —especialmente del pueblo campesino —que dimana de la experiencia milenaria, experiencia que representa una sabiduría aprendida en el libro del tiempo cuyas hojas son los días vividos por el hombre. Esta sabiduría muchas veces es sólo superstición y está reñida con la ciencia; pero muchas veces también obra de acuerdo con ella, sin dejar de ser superstición. Este que llamaremos libro de la vida nos dice, por boca del hombre del campo, cosas así: la luna ejerce su influencia en el estado de la atmósfera, y el tiempo bueno o malo —como vulgarmente se le llama— que coincida con la luna nueva, es el que regirá en cada faz de su evolución; pero si la coincidencia se repite en el quinto y octavo días, a partir de ese momento el tiempo reinante seguirá presentando las mismas características hasta el fin del período lunar; pues, como reza la conseja popular:

«Si como pinta, quinta,

y como quinta, octava:

como comienza acaba.»

Alguna vez me he puesto a observar si esto se realiza, y varias veces he comprobado que sí, como otras ha sucedido que nó, cortándose en última instancia con algún aguacero o con algunos días de sol, la hebra de buen o mal tiempo que de acuerdo con la conseja se venía dando. Pero alguna verdad debe haber en el episodio lunar para haber entrado a la leyenda y a la poesía popular. Esta leyenda poesía o sabiduría del pueblo es indudable que se complace en jugar con la luna. Si no, veamos otra creencia tan graciosa y poética como la ante dicha, y como todas las que a la luna se refieren: Cuando la luna nueva aparece con los cuernos algo inclinados hacia abajo, dicen que habrá tiempo lluvioso; y tiempo seco cuando los muestre ligeramente hacia arriba, pues el balde de agua que simboliza la lluvia se derramará en el primer caso, quedando enganchado en uno de dichos cuernos, en el caso segundo.

Como puede apreciarse, esta superstición encierra una inocencia y una poesía maravillosas. Recordamos aquí, ya que a estas cosas de la lima le estamos viendo la poesía, que tales creencias populares tienen antecedentes tan prestigiosos como milenarios, pues Virgilio, en un pasaje de sus «Geórgicas» dice, refiriéndose a nuestro astro:

«Y si (augurio infalible) al cuarto día

Nace brillante y con agudas puntas,

El mes que seguirá noche tan clara

No turbarán las lluvias ni los vientos»...

La influencia lunar en las siembras también es muy conocida y valorada por la sabiduría popular. Los labradores siembran cuando la luna está en menguante; episodio al que ellos llaman sembrar con luna vieja. Es de suponer que lo hagan así para que la semilla, al germinar, coincida con la luna nueva, y la planta brote con más vigor por la influencia del cuarto creciente. Esto —por lógica que encierra, no es de extrañar que el campesino lo tome como verdad. En cambio, no tiene lógica la creencia de que no se debe enfrenar (colocarle el freno por primera vez) al potro que se está domando, durante la luna nueva, porque de lo contrario, el animal saldrá baboso.

A las criaturas recién nacidas, no debe dejárselas expuestas a la luz de la luna porque esta les toma el alma. Esto, aunque más no fuera por la belleza de la expresión y por lo impresionante del episodio, es de interés consignarlo. Ahora, respecto a la influencia que pueda ejercer la luz lunar dando en pleno sobre un niño dormido, prefiero confesar mi ignorancia pero respeto la creencia, máxime cuando me consta que algunas personas perfectamente civilizadas —mujeres especialmente— no permiten que la luna les ilumine la cama mientras duermen, por producirles ello una sensación extraña.

Créese igualmente que la luna abomba la carne que se deja colgada al sereno, lo mismo que el pescado y ciertas verduras si se dejan expuestas a su luz.

Dejo sin comentario la influencia del mentado satélite de nuestro planeta respecto a las mareas, por corresponder ello a la ciencia civilizada —si se me permite la expresión—- al igual que la ejercida sobre la mujer, en ciertos momentos de su vida.

Antes de concluir esta enumeración ligera respecto a las cosas de la luna, anotemos que el Sol, con ser tanto más importante que ella, no tiene en su haber tantas leyendas. La fantasía se mueve mejor en la mentira de la noche que en la verdad del día; y los brujos y hechiceros son consonantes de la luna y disonancias del Sol, en el atrayente poema del misterio y la agüería.

Asociemos ahora al perro con la luna. En la noche de plenilunio, a altas horas, mientras jadea el silencio como una caracola recogida en la playa, los perros ladran a la luna durante horas. A veces el ladrido es triste como un llanto. Aúllan los perros a la luna y no se sabe por qué. ¿Llegará hasta ellos su misterio?

Otras veces los perros aúllan aunque no luzca el astro. Esto ya es otro asunto. La creencia popular dice que cuando el perro aúlla anuncia muerte. Esto tiene algo de verdad. Más de una vez he notado —tanto en pleno campo como en los barrios apartados, que allí donde se vela a un moribundo, o sencillamente a un muerto, los perros de la casa aúllan de un modo plañidero e impresionante. Dicen que para hacerlos callar hay que colocar los pies en cruz. Aquí entramos ya en el terreno de la superstición pura. Pero lo cierto es que si en vez de un velorio se trata de una fiesta, los perros podrán ladrar a los que llegan, pero no aúllan. Y tal diferencia en la actitud de dichos animales es digna de notar; pues para los perros —que es de suponer perciban los dos acontecimientos con la vista, el oído y el olfato— tendrían que ser parecidos ambos episodios representados por la aglomeración de personas, con su correspondiente conversación hasta la madrugada. Y bien sabemos que en los velorios antiguos a que nos referimos, hasta «se armaba timba». Así, la diferencia objetiva y superficial entre un velorio y una fiesta dimanaba de que en la velación faltaba música y sobraba un muerto, cosa muy perceptible para los humanos pero no para los perros, y sin embargo ellos lo perciben.

Por eso, en el campo cuando se asiste a un enfermo grave en tal rancho o estancia, y aúlla la perrada, los vecinos se preparan para asistir al velorio, porque consideran que el aullido de los perros es señal de que estos ya han visto la muerte.

Muchas de estas experiencias, el campesino nuestro de raza blanca las heredó de la conquista, y por ello coinciden con prácticas europeas de muy antigua data, como aquella de hacer descansar el campo sembrando, de tiempo en tiempo, semillas de índole distinta a las acostumbradas, lo mismo que la tan conocida costumbre de quemar el campo, prendiéndole fuego a los pastos, para que la ceniza los abone. Ambas enseñanzas las trae Virgilio en otro pasaje de las «Geórgicas» cuando dice:

«Asi el mudar de mies descansa el suelo»

y en seguida esto:

«Bueno es también que abrace un campo estéril

Paja liviana en chispeante hoguera».

Otras experiencias las heredó del indio, como aquella de poner un oído sobre la tierra, tapándose el otro, para saber si a lo lejos, más allá de lo que alcanzaba con la vista, había movimiento de enemigos representados por la percusión del caso de los caballos o dé los vacunos que venían arreando.

Por ser ajeno a todas estas pequeñas experiencias, un hombre de la ciudad no habituado a la vida del campo, cuando se encuentra en su medio agreste se siente disminuido ante cualquier peón analfabeto o cualquier campesino modesto, dejando en sus manos la iniciativa que en la ciudad está habituado a ejercer por sí mismo. Así nota con asombro que al recogerse y dar las buenas noches, el campesino le dice: «mañana vamos a tener cerrazón, o lluvia, o viento, o tiempo bueno; y si no al pie de la letra, de un modo aproximado esos anuncios se van cumpliendo. Al otro día el visitante sale a pasear a caballo, y el peoncito que lo acompaña le advierte: no galopee Don— que en este campo hay tucutucos. ¿Y como lo sabés? Yo no los veo. Yo tampoco, pero los siento tucutuquear —le contesta el muchacho. Entonces se detienen. El hombre de adentro quiere oírlos, pero no puede. Su oído percibe todos los ruidos a un tiempo, sin poder realizar ese divisionismo de que es capaz el oído experimentado del peoncito que lo mira y atiende sonriente, con una sonrisa que sin dejar de ser respetuosa encierra cierta superioridad, como diciendo: ¡usted que es tan poderoso entré los autos y el asfalto, qué cosa pequeña es pico a pico con la naturaleza!

Al día siguiente salen de nuevo. Se internan campo adentro. Hace calor; el señor está cansado, quiere dormir la siesta bajo el único ombú que se ve a la redonda. Llegan a él. Desensillan. Tienden la cama a la sombra. El señor, que ya está aburrido de ser enseñado y aconsejado, ata el caballo con un largo maneador en el enorme tronco, mientras el peoncito sonríe. El lo ha atado en algo sobre el propio suelo, en algo que no se ve.

Al rato el señor nota que su caballo no lo deja dormir, pues la ronda del maneador lo roza y lo despierta a medida que el caballo come caminando en busca del pasto más verde. Ambos hombres se miran. La mirada del señor de la ciudad es —ahora— de modestia.

Entonces el peoncito se levanta y a treinta o cuarenta metros se inclina, practica en la tierra un hoyito a punta de cuchillo. Desata al caballo del ombú, hace varios nudos en la punta del maneador, lo entierra y apisona. Ha hecho una estaca pampa, tal como lo practicaban los indios.

A la noche, durante la cena, el pueblero, asombrado de la pericia del joven, comenta el episodio. El dueño de la casa, mira al muchacho, interrogante, como diciendo que no era para tanto emplear un recurso así. Y el peoncito responde: si —patrón— podía haberme remediao de otra manera, pero lo hice de lujo nomás; pa que el señor viera que los campusos también tenemos nuestras artes.

Todos conocemos las extraordinarias páginas de Sarmiento tituladas «El rastreador» y «El baqueano». Sobre la experiencia de esos hombres paso de largo, ya que son tipos especializados de la sabiduría popular, pero recuerdo que hablando del gaucho en general dice Hernández:

«Las estrellas son la guía

que el gaucho tiene en la Pampa»

En este punto, y ya que menté a Hernández, viene al pelo recordar los consejos del viejo Vizcacha son todos ellos una muestra acabada de sabiduría popular, los cuales no trascribo por ser tan conocidos del hombre habitante de las tierras platinas.

Anotaré por último, una serie de pequeños saberes de las gentes que viven al contacto con la naturaleza, y que son frutos de la experiencia propia más que de esa otra heredada a que me he referido. Por ejemplo: saber la dirección del viento, en un sitio donde no hay árboles ni humo —indicadores estos demasiado fáciles— por el vuelo de las aves; o por la campanita de la iglesia del cercano pueblo.

Notar que se acerca gente a las casas por el modo de mirar y parar las orejas el caballo que estamos viendo atado al palenque. Saber, mientras se duerme en noche de verano a ventanas abiertas, ayudado por el arroró de los grillos, si anda cerca alguna persona o animal, por el modo que aquellos cortan su canto para continuarlo, o no, en seguida.

Y bien. Todos estos saberes y muchos más que dejo en el tintero, conforman la sabiduría popular; saberes que a veces son bellas y poéticas mentiras en las que se cree de modo tan formal que cobran visos de realidad. Porque el pueblo —como ya se ha dicho— «s un poeta múltiple, un niño grande creador de fantásticos embustes, y obra al igual de esas criaturas cuya pobreza les estimula la imaginación para crearse por sí mismo sus juguetes.

 

Fernán Silva Valdés
Revista Nacional Tomo LV Año XV Nº 165

Montevideo, Uruguay - Setiembre de 1952
Ministerio de Instrucción Pública (actual Ministerio de Educación y Cultura)

 

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