La tijereta  

cuento de Serafín J. García

 

—¡Mire qué golondrina tan rara, don Fausto! ¿Por qué le habrá crecido de ese modo la cola? — pregunté a mi inseparable compañero de andanzas, una tarde de diciembre en que habíamos salido a recorrer el campo a pie.

—¡Ah, pueblerito chambón! —mofóse amicalmente el viejo paisano—. Confundiste una tijereta con una golondrina. Aunque reconozco que se parecen bastante, y hasta he oído decir que pertenecen a una misma familia.

—¿Que se parecen, dice usted? De no ser por el distinto tamaño de la cola, resultarían idénticas.

Era extraordinaria, en efecto, la semejanza de aquel curioso pájaro, que yo veía por primera vez, con la universal golondrina migratoria. Difícil hubiera sido establecer, a simple vista, diferencias entre el tamaño y la forma de ambas aves, que por otra parte tenían casi igual el trino breve, agudo y penetrante como el rechinar de un engranaje metálico. Similar era también el plumaje, de un color blanco apagado en el pecho y el abdomen, negrísimo en la cabeza, pardo en las alas, y de un azul oscuro, brillante, en el dorso y en la parte superior del cuello, donde por momentos la luz del sol ponía reflejos verdosos.

—¿Estás seguro de que sólo la extensión de la cola distingue a la tijereta de la golondrina? —me preguntó Fausto, luego de aguardar que yo examinara el pájaro a mis anchas.

—Segurísimo —afirmé con infantil ligereza.

—Existen entre ellas otras diferencias, sin embargo. Mira: casualmente viene volando ahí una golondrina. Fíjate cómo lo hace, y observa luego el vuelo de la tijereta.

Hice lo que mi viejo amigo me indicaba y así pude advertir que ambas aves diferían muchísimo, efectivamente, en la forma de volar. La golondrina se desplazaba por el aire a gran velocidad, y en apariencia sin ningún esfuerzo. Iba y venía en línea recta como una flecha, o viraba a su antojo bruscamente, o se dejaba caer hasta casi rozar el suelo con las rémiges de sus largas alas, para luego tornar a elevarse con prestancia y gracia incomparables hasta el azul purísimo del cielo. Su dominio del espacio era absoluto, y ella parecía complacerse en demostrarlo. En cambio la tijereta efectuaba vuelos mucho más cortos, ascendiendo o descendiendo en parábola o zig-zag, y hasta trazando a ocasiones breves espirales. Faltábanle, evidentemente, la gallardía y la armoniosa precisión de movimientos que caracterizan a la golondrina. Diríase que su larguísima cola conspiraba contra la desenvoltura y rapidez de sus desplazamientos. Y sin embargo era ella la que, abriéndose y cerrándose en el aire al igual que una tijera —de ahí seguramente el origen del nombre de aquel pájaro—, oficiaba de timón, regulando y dirigiendo el vuelo.

—Tiene razón, don Fausto, lo reconozco — dije—. Cuando vuelan, en nada se parecen.

—¿Te convenciste, entonces? Me alegro, porque eso demuestra que no eres terco. Pero hay también diferencia en las costumbres de esas aves. La golondrina gusta de la cercanía del hombre, y suele anidar con mucha frecuencia en los aleros y en las paredes de terrón de los ranchos, que ahueca previamente con las uñas y el pico, hasta lograr el espacio necesario.

La tijereta, en cambio, prefiere vivir en la soledad de los campos, a cubierto de zozobras e inquietudes, y construye por lo general su nido en la copa de los más altos árboles, ocultándolo bien entre el follaje.

La golondrina gusta de integrar a menudo bandadas numérosas y recorrer largas distancias en busca de alimento, ya subiendo hasta perderse de vista en el espacio, ya rozando los pastos de la llanura, en un ir y venir a ras de tierra, o bien dando admirables volteretas de acróbata, por el sólo placer de lucir la destreza estupenda de sus alas. La tijereta es reacia a esas congregaciones, que además serían difíciles de realizar porque su especie no es muy numerosa. Vive con su pareja en el campo, sin alejarse mucho del sitio donde anida.

—¿Y al nido con qué lo hace?

—Con pajas y pastos secos. A ía parte interior la reviste de pelusilla de cardo u otros materiales de parecida suavidad y blandura. Los huevos son de color blanco amarillento, con numerosas manchitas de un marrón muy subido. Su número oscila entre dos y cuatro, sin que jamás sobrepase esta última cantidad. El proceso de incubación requiere unos doce días.

Y apenas los hijos aprenden a volar y a cazar por sus propios medios los insectos y arañuelas de que se alimentan, el casal se separa de ellos y se va a otro lugar del campo, donde nada turbe la simplicidad y la paz de su existencia.

—¡Cuántas cosas sabe usted acerca de las aves, don Fausto! ¿Dónde aprendió todo eso? —pregunté admirado.

—Observando la Naturaleza, simplemente. Ella es la única maestra que tenemos nosotros los paisanos —repuso con su modestia habitual mi compañero.

Ambos permanecimos todavía un largo rato contemplando la tijereta, que sin preocuparse en absoluto de nuestra presencia seguía efectuando cortos vuelos, a intervalos muy breves, para atrapar los insectos que su vista penetrante descubría en el espacio. Mientras lo hacía', su desmesurada cola se abría y cerraba en el aire, cual una tijera de la que su cantito monocorde parecía imitar el ruido: “chrrin... chrrin... chrrin...”.

Serafín J. García 
del libro "Blanquita" (Nuevos relatos de “El totoral”)
Autorizado como libro de lectura para las escuelas públicas por el Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal

Mosca Hnos. S. A. 1969

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Link del texto: http://www.autoresdeluruguay.uy/biblioteca/Serafin_Garcia/lib/exe/fetch.php?media=serafin_j._garcia_-_blanquita_-_nuevos_relatos_de_el_totoral.pdf

 

Ver, además:

La leyenda de la tijereta (autor anónimo)

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

 

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Serafín J. García

Ir a página inicio

Ir a índice de autores