Nuevos y viejos retornos a Delmira Agustini

Crónica de Augusto I. Schulkin
Especial para EL DIA

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVIII Nº 2409 (Montevideo, 16 de diciembre de 1979)

Inédito, al 17 de agosto de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Retrato inédito de Delmira Agustini, obsequiado el 6 de junio de 1913,

a su amiga Emma H. Buxareo, luego señora de Ferrari, con motivo de su onomástico

No por repetidas las grandes tragedias pierden dolorosa vigencia. Con más del sexagenario encima, la sangrienta inmolación de nuestra Delmira subleva, levantando perpetuas conjeturas. Mito, leyenda y verdad, siguen gravitando contra las furias del tiempo, contra un destino con tintes de maldición griega.

Raro el sino misterioso de aquella niña que a los siete anos arrullaba palomas entre un puñado de versos, y a los veinte subía las gradas del Templo de Eros para ofrendarle el numen de sus oblaciones.

Raro el todo envolvente de un Montevideo arrellanado todavía en letargos provincianos, estilos pacatos y señorialidades criollas. Raro el sino inexorable, que acunó el prodigio florecido en poesía, poesía difícil reservada a muy pocos, en el transcurrir del tiempo.

—“Con seis personas que me entiendan, me basta“[1], había dicho en la plenitud de sus fuegos líricos; y sin apearse del aristocratismo intelectual, extraña a la crítica, hizo de lo suyo un sacerdocio puro.

Alumna precoz bajo la rígida tutela materna, leyó a los cinco años, y compuso versos poco tiempo después, con la mayor naturalidad. Cuando lo descubrieron sus mayores la réplica fue desconcertante: — Nunca se lo dije, porque siempre creí que toda la gente los hacía"[2].

Como a todas las jóvenes coetáneas, soportó la rutinaria monjil del bordado en bastidor, los empeños pictóricos (bastante buenos los suyos en el taller de Laporte), y las infaltables lecciones de plano, bajo la férrea dirección de Madame Bemporat, tal vez la de mayor técnica.

Sin embargo, llegados los dieciséis años, todo lo depuso por la vocación lírica. El estímulo provino de sus padres, atentos sin medida cabal de los alcances de aquella criatura extraordinaria. Ellos mismos pasaban en limpio un difícil correr de pluma, que ya insinuaba, los tremendos borradores de la plenitud[3].

Madre e hija se entendían bastante, a pesar de las vallas infranqueables que pusieron las modalidades de época, tan cerradas al trato igualitario.

En lo social era de orden la retribución de visitas, o cumplirlas en familia, nexos mantenidos en todo tiempo. De tarde en tarde como se estilaba, solía vérselas en el balcón, abrazadas con esa ternura antigua que nos trasmiten las postales envejecidas.

Apenas interfirió la mesura del progenitor, por que Don Santiago Agustini, rentista y corredor de bolsa, vivía la asombrosa puntualidad de sus obligaciones. De sangre y educación alemana, su esposa María Murtfeldt, impuso un absoluto imperativo, del que sólo escapó el único varón, Antonio (Antuco), joven enamorado de París, de donde volvió casado.

Carátula de “Los cálices vacíos" obra del pintor

Carlos A. Castellanos

La cacería de ensueños

Delmira entre tanto, persiguiendo la rara posesión de imágenes, se adentra en el reino más extraño. Si estuviésemos en los tiempos clásicos, con noches de luna propicias, el astro tal vez pudiera columbrar una Diana cazadora en pos de todos los misterios. Transcurren así noches con el lápiz en ristre, sin más luz que una romántica vela, o la penumbra del foco cubierto de seda, junto a los que suele reclinar la estupenda cabeza.

Desordenada siempre, amontona textos alrededor: son las armas, una evasión, o la alfombra mágica que la transporta a las tierras del ensueño. Si falta papel en el discurrir, troza libros, mutila hojas, y en angostos márgenes imprime letras menudas, hasta que otras las suplantan.

Un febril imaginar, sin oriente fijo, entremezcla libros, autores y épocas. Gusta los finiseculares, los contemporáneos, sin negarse a las cimeras románticas. Paladea al escalofriante Poe, goza las crudezas de Baudelaire, el revoloteo parnasiano, la impronta de José Asunción Silva, el rimado de Vasseur, los esfuminos literarios de Herrera y Reissig, pero le transportan dos poetas que desde allende América traen vientos renovadores: Amado Nervo y Rubén Darío.

En suma, las búsquedas inciden urdiendo formas e ideas originales dentro de propios cánones, para oblarlas a la muerte y el amor. El logro, fruto de torturas y sacrificios, de un penoso hilar y deshilar, la empujará hasta los vértigos de la creciente neurastenia. Tributo irremediable a la obra maestra, muy pocos escaparán del sacrificio que impone su creación. Ni las erudiciones de Rodó, su veteranía en el campo de las letras, le deparan a veces el hallazgo de la palabra justa que engarce con la precisión de una joya.

Pero Delmira va más allá. Floreciendo en incorpóreas visiones, funde en una estética inquietante, poderosas fantasías, plenas de fuertes pinceladas modernistas. Habla así de “crisálidas de piedra", “nidos de vértigos", "vainas del rayo”, "perfil de las estrellas", “escamas de misterio”, "estatuas de lirios“, o "cadenas de rosas”.

Descubre además precozmente las dualidades, física y espiritual que anida, para deslindar presto, la prosa del trajín diario, y las alas del estro soñado. Definirá por esto el Dr. Carlos Vaz Ferreira que la trató de cerca, su transcurrir común, junto al, envolvente demoníaco[4]. El temible YO sin contenciones, espíritu del infinito divagar, temperamento tan viejo como la humanidad. Ni Goethe lo rehuye por boca del Doctor Fausto[5]. A todas estas incidencias se agrega un definible romanticismo, que por lo sutil, no lleva miras de envejecer.

Clásica Dafné para Rubén Darío, su consagración de 1913 franqueándole la puerta grande del parnaso, trascendería aquí con ribetes insólitos, pero el juicio polivalente del poeta nicaragüense además, señaló metas en América. No importa por ende, que algunos contemporáneos lo creyesen perecedero, a la par de los rubores de las hojas otoñales[6].

Comparte éstas fruiciones poéticas con María Eugenia Vaz Ferreira, recita versos a su doble parienta y mejor amiga María Amalia Ramírez de Blixen[7], y la tercera María del afecto, es también de su sangre, María Triaca, deslumbrante beldad en las grandes épocas del Club Uruguay.

Gusta las clásicas tardes de la calle Sarandi, trajín de la sociedad y la juventud dorada. Suele acompañarla Julieta de la Fuente de Herrera y Reissig, cónyuge del poeta, o Emma Helena Buxareo, depositaría de confidencias y alegrías.

Impone entre todas la imagen de la bella Delmira. Se brindan felices ditirambos al paso.

Así parece deslizarse sin premuras la existencia de nuestra Dafné, pero le espera la noche cavilosa, dueña de mundos lejanos y sueños infinitos. Es su otra compañía, que recién le invita al reposo, con los primeros celajes del alba.

Despierta siempre tarde, esperándola el celo materno, con una frase de tierno ritual: "¡Por fin salió el sol!".

Un noviazgo borrascoso

Vidente en todas las manifestaciones Intelectivas. descubre pronto el asecho inexorable de la fatalidad. Esta sombra premonitoria le acompañaré hasta el trágico fin. Lo repite de niña al, condiscípulo André Guiot de Badet, pero no vislumbra el recodo del camino donde le esperan los dioses implacables.

En marzo de 1913, cumplió cinco años su noviazgo con Enrique Job Reyes, apuesto hijo de Florida. Introvertido hasta tornarse huraño con los ajenos, soñaba con el hogar del común de los mortales. Funcionario de la Jefatura local, amanuense luego, del escribano Crosa de Montevideo, terminará rematando caballos pegasos, dirá más tarde un frecuentador de las musas.

Delmira lo conoció con los últimos arreboles de una calma tarde veraniega, en la quinta familiar de Sayago. Airoso jinete de fuerte empaque inglés, venía a trote corto, casi marcial, sobre un brioso alazán. El próximo silencio del ocaso, el verdor oscurecido de los jardines, ponían un encuadro de ensueño y amor. Nuevos paseos anudados por la fatalidad, estrecharon un trato imposible, por que ella vivía pendiente de las estrellas, y él de terrenas miras.

A diez años de la tragedia, en 1924, el recio celo materno recordaba una vez más, las seguidas desavenencias de los novios. Ni el trato vuelto costumbre, pudo acercarlos.

En cierta ocasión, con visos de una próxima ruptura, Reyes exasperado, no tuvo reparos en decirle al objeto de sus tormentos; —"El día que tú no me quieras, yo te mato”.

Y la espantada madre, muy próxima a los dos, sólo atinó a replicarle: —"Con un hombre así, yo no me casaría"..[8].

Saliendo de sus habituales ensoñaciones, al fin terció Delmira para musitarle con su voz de seda: — No le haga caso, Mamita, perro que ladra no muerde"[9].

Dos meses antes del casamiento, en junio de 1913, las relaciones flaqueaban sin miras de arreglo duradero. Los celos irrumpieron en su justa medida. Hoy, las cartas dirigidas por Delmira al publicista argentino Manuel Ugarte confirman un platonismo que pudo llegar a mayores.

Recuerdos de una fiesta literaria

Así las cosas, Emma H. Buxareo decidió festejar su onomástico el 6 de junio, pero de consuno fue también el agasajo a Delmira, triste y ensimismada. En aquel sábado inolvidable, densas las tinieblas nocturnas, la residencia de Canelones 1224, recibió los invitados de rigurosa etiqueta, trayendo cada uno su presente. Delmira ofrendó su retrato con dedicatoria, inédito que hoy reproducimos.

La ocasión fue propicia además, para estrenar una corta pieza teatral escrita por la invitante, que intituló "Sueños", brochazo costumbrista de proyecciones morales, formalidad en boga. Antes de la cuenta, se ensayó el entremés por los improvisados actores Julio Munóz, Raúl Chíarella, y las jóvenes Rosa Amespil, Elvira Benítez, Alclra de Tezanos y Juana Chartier.

Portada de “El libro blanco", feliz composición del pintor italiano Althenore Goby, artista múltiple que dejó numerosas obras en el país. Se conceptúa el retrato de Delmira, como el de mayor parecido, ya que la fotogenia no le favorecía.

 

El tema resultaría indiferente a la poetisa, quien extraña a todo, pareció sumirse en sus pensamientos en arrobo casi místico, lejano de la opulenta sala victoriana, pródiga en ricos brocatos y óleos señoriles. Reclinada junto a la señora Ludovina Rodríguez de Buxareo y su hija Emma, recién pareció salir del letargo con los aplausos que sellaron el fin del drama, y las ovaciones renovadas por unas romanzas de que hizo gala Juanita Chartier.

Gran parte de la velada culminó en un animado baile. Delmira plena de encanto femenil, conversaba con el conocido vate Alfredo Belo Herrera, propició a otras modalidades literarias.

Sin proponérselo entre tanto, la tácita invitada de honor centró la atención general. Su estupenda figura había cautivado desde el arribo. Bien puesta, con el atuendo de pana rubí al talón, envoltura de fino corte, y un presentarse de indefinible distinción, le conferían la majestad de una princesa nórdica, coronada por la infaltable diadema.

Marcio Falco, cronista social de EL DIA, reprodujo el 6 de junio un incompleto trasunto de la fiesta, pero nadie pudo vaticinar que fue una de las postreras de aquella malograda beldad.

El matrimonio

Como que el destino quisiera precipitarlo todo, sobrevino la reconciliación de los novios, y el rápido enlace celebrado el 14 de agosto de 1913. En lo civil atestiguaron por la novia, los doctores Juan Zorrilla de San Martín y Carlos Vaz Ferreira, completando la nómina el escritor Manuel Ugarte, llegado de Buenos Aires esa misma mañana. Por Reyes firmaron el doctor Carlos M. Berro, y los señores Richard Hughes y Dionisio Coronel.

Fue en momentos de estampar la firma, que Delmira indecisa, febril, preguntó fuera de si: —“¿Qué hago? ¿Me caso?" La mirada de su padre apuró sin querer el sacrificio, cayendo en medio del azareo, sobre el acta nupcial, "un borrón que anunciaba la salpicadura de sangre"[10]. Explica hoy este insólito arresto, la tardía pasión epistolar que suscitara Ugarte.

Al tanto del penoso noviazgo, en momentos de impartirse la bendición, Zorrilla de San Martín se dirigió a Monseñor Luquese para reiterarle con énfasis: —"Cásemelos bien casaditos, para que no se descasen más"[11]. Inmensamente bueno, el Poeta de la Patria, no vislumbró ni en su beneplácito augural aplaudido por la concurrencia, los nubarrones de la próxima tormenta.

Más tarde él mismo, en un aparte, pidió a Reyes que no vedara a su flamante esposa el camino de las musas, a lo que el citado, con las manos en los bolsillos, sólo atinó a replicarle: —"Por mí, doctor, que haga lo que quiera", contestación que decepcionó a todos.

Difieren por completo las noticias de Ugarte, a quién Reyes habría manifestado esa misma noche: —Yo me encargare de romper los devaneos y de alelarla de toda preocupación intelectual. Es una mujer como las otras, la poesía y el piano son entretenimientos de soltera, sin ninguna significación".

La madre de la novia entre tanto, sollozaba en un ángulo del salón. Cuando un circunstante amigo quiso interferir, la señora de Agustini como un descargo a sus tremendos pesares, respondió: —“Yo sola se porqué lloro"...

Un mes y veintitrés días después, Delmira volvió al hogar paterno, dando por toda explicación una frase célebre: — "Huí de la vulgaridad".

El epilogo

Mientras se substanciaba el divorcio, los protagonistas lo aceptaron de común acuerdo, transformándose en amantes. Nada sabía el férreo sentimiento materno, que a fuerza de una liberación, les hizo llover sus cartas a tres días del casamiento, pidiendo el regreso de su hija.

Reyes, hombre de sentimientos firmes, no perdió las esperanzas del reencuentro definitivo, porque de otra manera, su vida no tenia objeto.

En una pensión sita en los altos de Andes y Canelones, Reyes esperaba las visitas de su ex esposa. Pero ésta se opuso a los formulismos legales de un nuevo hogar. Todas las insistencias chocaban contra la decidida negativa, respaldada una vez más por los inefables celos familiares. Pero en este juego de pasiones, que parece remedar los dramas venecianos del siglo XVIII, no faltó el enamoradizo Arlequín, pertinaz, cruzado al paso. Y Montevideo, con muchas trazas de aldea, agregó más leña a la pira funeraria.

Por lo menos en tres ocasiones el ingenuo optimismo de Reyes, puntualizó el próximo casamiento, en Buenos Aires, "por el qué dirán"[12]. La fría realidad era otra. Y sin fuerzas para liberarse de una pasión inextinguible, prefirió el sacrificio.

En la media tarde del 6 de julio de 1914, un coterráneo floridense, desocupado entonces, que tenia sus cuarteles en la Giralda Vieja, café donde luego se alzará el Palacio Salvo, notó Andes abajo, un tumulto inusual. Pronto supo que el condiscípulo Reyes había matado a su ex esposa de un par de certeros balazos, suicidándose después, en la pensión de los González[13].

Incrédulo, pudo abrirse paso entre la multitud, y permitido su acceso escaleras arriba, encontró aún con vida al infortunado amigo. Delmira en breve ropa, con la albura del mármol, parecía esas estatuas sagradas que los sismos envidiosos de su gloria, arrojan a nuestros pies.

Fuentes de Información:

[1] [2] [3]  Noticias de la Sra. Emma H. Buxareo de Ferrari (1940).

 

[4] Ofelia Machado Bonet. "Delmira Agustini". Editorial Ceibo. 1944. Pág. 31.

 

[5] Roberto Bonada Amigo. "La vida trágica de Delmira Agustini". (1914-1964).

 

[6] Machado. Obra cit. Pág. 19.

 

[7] Referencia de la Sra. Julieta de la Fuente de Herrera y Reissig. (1942).

 

[8] Datos de un contemporáneo.

 

[9] Manuel Ugarte "Escritores Iberoamericanos del 1900". Ed. Orbe. Santiago de Chile. 1943. Pág. 69.

 

[10] Machado. Obra cit. Págs. 31-32.

 

[11] [12] [13] Datos de un contemporáneo.

Crónica de Augusto I. Schulkin

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVIII Nº 2409 (Montevideo, 16 de diciembre de 1979)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                     Delmira Agustini en Letras Uruguay 

                    

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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