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Parábola de las resurrecciones

Carlos Sabat Ercasty

 
 

Aquel hombre, profundamente identificado con la Naturaleza y con el Universo, había presenciado el instante en el que sobre el centro del bosque, la tempestad nocturna, abriéndose paso trágicamente, desprendió su rayo más vibrante de luz y de incendio en la ancha plenitud del árbol que levantaba su copa sobre todos los otros en la vital potencia de la selva.

Ardió, repentinamente, todo el contorno del árbol elegido, mas la savia se resistió al fuego y lo contuvo cuando iba a penetrar en los ramajes más vigorosos.

No obstante, hasta el fondo de las raíces llegaron el dolor y el horror del follaje carbonizado, y el tronco sintió correr la muerte en la recóndita vibración de sus fibras. La raíz dijo entonces:

Mi obra ha sido despojada de todo su esplendor y de toda su belleza. Tremendas son mi pérdida y mi herida.

Y por su parte, el tronco se decidió a no sostener como antes el peso de ennegrecidos y resecos ramajes. Ya no viven, decía, ¿a qué erguirlos en mi fuerza? Mejor la ruina total que aquel miserable despojo.

Todo lo que restó del árbol lloraba su angustioso, su inesperado destino. Ya no era el rey de la selva. Ya no sobresalía por encima de sus hermanos. Ya no era al mediodía el preferido de la luz, ni en la medianoche lo elegían más las miradas de las estrellas. Ya el pájaro de la aurora y el pájaro del crepúsculo no cantaban entre su frescura y su verdor. Ya la misma serpiente no se enroscaba a la maciza vertical de su tronco. Y hasta el mismo hombre no lo elegía para apoyar su cabeza y sus sueños en las salientes de sus raíces.

¿Vivía? El rayo sólo lo había herido. En lo profundo, en el tronco, por debajo del tronco, en el surgimiento de sus ramas, vivía aún. Pero el árbol ansiaba ahondar hasta la nada su propia agonía. Ya no era más el rey de la selva, y se sumergió en su renuncia, y clamó por la muerte. Y las raíces cerraron su sed. Antes era el héroe orgulloso entre los otros árboles. Ahora era la triste raíz y el tronco desierto de su humillada grandeza.

En su quietud y en su silencio, el árbol herido sintió a la vez un doble llamado. La selva entera lo ansiaba de nuevo, y el viento lo atraía para vibrar su rumor entre las hojas resplandecientes. Todos los hermanos árboles de la selva lo llamaban, y las aves del canto lo atraían con el deseo de poblarlo. Mas el árbol mutilado hacía más honda su agonía para desvanecer, su propia raíz en la última sombra.

No obstante su propia negación, la raíz estaba sumergida en la madre Tierra, y de pronto sintió el rozamiento del imperativo vital. Y desde las entrañas de la madre irrumpía la savia de las resurrecciones. Y los días se subieron sobre los días, y las noches se subieron sobre las noches, y entre tanto también subía por el tronco la verde reaparición de la primavera. Y las raíces fluyeron hacia las ramas, como si la madre Tierra volviese a crear a su hijo. Y surgieron los finos ramajes y las hojas verdes volvieron a beber la luz de los mediodías, y las miradas de las medias noches descendieron desde los ojos de las estrellas. Y a la vez atravesaba el viento por la selva y todos los hermanos árboles subían en el aire el himno de las resurrecciones.

Y sintió el rey de la selva que comenzaba a sostenerse a sí mismo, e intensificó como nunca su propia afirmación y cada vez que recordaba al rayo que lo sumergió en la agonía, bendecía su fuego y el dolor de su incendio, el dolor ya vencido, el dolor que hizo más grande y sublime su propio ser. Y la raíz exclamó en el tacto de la madre Tierra: —Siento de nuevo el ascenso y el descenso. Revivo más alto que nunca. El rayo existe todavía, pues su más alta luz no se extinguirá nunca en mí misma. Luz de parto, luz de dolor. Esa luz suprema es la profundidad de la sombra, el abismo abierto y sólo traspasado por la más pura idea o el éxtasis más inefable.

Ya lo dijimos. Un hombre, desde su misterio de hombre, contempló la tempestad, el rayo implacable, el incendio del rey de la selva, su drama, su agonía, su renuncia y su resurrección desde el ímpetu vital y maternal de la Tierra. Y pensó: —No debo blasfemar contra el dolor. Acepto el rayo en su terrible enigma. Yo también fui herido por la tempestad. Y yo también me levanté por el íntimo impulso de mi propia savia lograda con el contacto del Ser universal. Ya no soy el mismo. Lo que gané en el dolor y en la angustia, y lo que gané en mi propia resurrección, me han levantado a un destino que jamás había sospechado. Y por eso bendigo a la tempestad y a sus rayos. Nunca más grandes los hombres que cuando nos levantamos de nuestras propias heridas. Y supe así que la vertida sangre puede ser un ala.

Carlos Sabat Ercasty
21 de setiembre de 1956.
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - Vol. 166
Ministerio de Educación y Cultura
Montevideo, 1982

Texto escaneado y editado por el editor de Letras-Uruguay, Carlos Echinope Arce - echinope@gmail.com

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