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Parábola del escéptico, de la estrella y del río

Carlos Sabat Ercasty

 

Un río y un árbol nos detuvieron en aquel momento de agonía, cuado la tarde iba desvaneciéndose en la noche. El otoño caía en las distancias y en las cosas, como tocándolas con manos de sueño. Caducas hojas doraban o bronceaban la penumbra del aire y de la tierra, o con desmayado peso, huían, más que el tiempo, en el fluir callado del agua.

Miró mi amigo el escéptico, lo lejano y lo próximo, siguió con la mirada al río en sus lejanías brumosas, levantó los ojos hacia el árbol reposado en su lenta savia y desde los ramajes semidesnudos, descendió su mirar hacia las hojas flotantes, cada vez más perdidas de su origen entre aquellas dos orillas —murallas de un destino—, y tan indiferentes al morir que las llevaba.

Mi amigo, el escéptico, encontrándose a sí mismo en aquel instante y en aquella contemplación, me dijo entonces:

—Cuento hasta extraviarme los hijos de la Tierra, y abrazo la caliente hermandad de las estrellas. Miro las altas y las bajas fuentes, y me pierdo en sus números. Aguzo los nervios en las presencias y en sus cualidades, hasta desvanecerme en sus cifras. ¿En dónde detener las saetas en cuyas puntas arde mi sangre?

Y tras la pregunta, continuó: —Imagino las procesiones de los átomos y el hormigueo vertiginoso de los electrones. Veo que todo se aproxima, se encuentra, se estrecha, se separa, e irrumpe de nuevo. Intuyo los choques, las disoluciones, los oleajes que avanzan y retroceden. Pienso la noche entera atravesada de luces, el vértigo del Éter hendido de relámpagos, el salto de las líneas, el fluir de los contornos, la épica de los vientos y las olas, las islas nacidas y las islas que crecen hacia la piel del océano. Capto los mundos, las órbitas inaplazablemente recorridas... ¿Y en dónde detener las saetas en cuyas puntas arde mi sangre?

Mi amigo el escéptico, juntó más a fondo su mirada con mi mirada, y añadió todavía:

—¡Ah, y yo estoy aquí, y mis sentidos son el único centro de la Creación. Y busco angustiosamente mi ley para justificarme a mí mismo. Y enfilo mis preguntas entonces, y siempre, y acumulo en mi tensión, vanamente, el verbo arcano para explicarme este misterio estremecedor.

El poco de luz diluida aún en la sombra, se aniquiló en la sombra misma. Mi amigo, el escéptico, sintió la totalidad de la noche, y pareció apoyarse en ella como en una columna de sus abismadas negaciones, y prosiguió más seguro de su sombra y a la vez más desafiante:

—¡Cuántas veces tomo mi esfinge y la multiplico en interrogaciones y a puñados, como arenas de mis desiertos, las arrojo a la infinitud! ¿Es que soy algo más, me digo a mí mismo, que esos puñados de preguntas, que esas arenas de fuego, que saltan de mis nervios al silencio?

¡Y cuántas veces mis ojos arden cual si fuesen heridos por una trágica intención, y zumban mis oídos, terriblemente, como crispados por vientos de locura! Y entonces mis ojos descifran claves tremendas, y mis oídos de adentro escuchan lo inaudito. Y afino mi temblor sensible, y me penetran mil palabras de mil idiomas. Es como un temblor que estremece el cosmos y me desfibra la vida. Y es entonces cuando ocurre el diálogo.

—¿Quién eres tú que nos indagas? —me dice el lenguaje de las estrellas.

—¿Quién eres tú que nos descifras hasta el miedo? —me dice el idioma de las sombras.

—¿Quién eres tú que nos hiendes y nos muerdes hasta la inmersión oculta de las algas? —me dicen los mares vibrando de pavor.

—¿Quién eres tú que nos mides insondablemente y nos persigues en nuestra fuga fatal, y clavas tus ágiles números en nuestro vuelo? —me dicen las nebulosas cósmicas en las orgías de su expansión.

Y entonces grita mi temeridad: Yo soy la pregunta infinita, la lengua de llamas y serpientes irradiadas desde el arco de mi propia vida. Soy la sed, la trágica sed, el hambre espantosa del misterio. Estoy entre la vida y la muerte horadando vanamente el silencio absoluto.

Y es al decir esto que mi verbo se abre de nuevo hacia el Ser. Y se incrusta en todas las formas, y todas las formas vibran hasta el espasmo, porque es como si con la rabia y el deseo les impusiese un castigo. Y todo mi yo es un vértigo de preguntas. Y me nacen desde el último fuego, desde los cráteres de la soledad.

Y recuerdo una vez en que, ante iguales vehemencias, hubo una estrella incalculable que rayó mi secreto oído con su ardiente confesión y me dijo en el idioma de los astros:

—Yo también pregunto. Soy la soledad de mi propio dolor. Desde miles de siglos mi luz me lleva, y en ella sumerjo mis interrogaciones. Y mi luz sabe ir con la sed, pero no sabe volver más a mi esperanza. ¿Comprendes lo que es un zarpazo que jamás llega a su presa? Sólo sé perderme en las sombras. Ni me sé yo misma, ni nadie me sabe. Allá, muy lejos, siempre, eternamente, cuando la noche culmina, indago hasta llorar. ¡Y cuán vanamente indago! Todo es silencio. Para el único, para el insondable único que sabe, para él todas nuestras preguntas son inaudibles, o acaso, desdeñadas. Cuando todos los oídos del Universo ansían oír, no escuchan más que nuestros vanos sueños.

Y con un suspiro de la luz, añadió la estrella:

—Amémonos, pues, en silencio, bajo el enorme dolor de nuestras esfinges. Hagamos la solidaridad del enigma. Vivamos en unidad de amor y de agonía. ¿No cabremos todos en la sombría hermandad del misterio? ¿No es como una venganza adorarnos con nuestras heridas? ¿No somos los impuros, las desterrados de las esencias? Al ignorarlas angustiosamente, la mutua piedad nos abraza.

¿No escuchas ahora mismo el vuelo de las interrogaciones? ¿No te llegan las preguntas de los mundos y de los átomos? ¿No oyes las inquisiciones de la sombra, de la luz, del Éter, de las hondas geometrías del Universo, de las mismas ideas que sólo sospechamos en la ansiedad de sostenernos sobre alguna seguridad?

Al terminar aquella confesión besé el último deslizamiento de su voz celeste, y al desvanecerla en mi oído, apoyé la cabeza en la Tierra y en el sueño. Como si fuera real en su dulzura, sentí o soñé una lágrima de la estrella fija en el abismo de mi sien, y dormí hasta tocar el linde de la muerte. ¡El otro gran silencio!

Finalizado este último decir de mi amigo, el escéptico, levemente brillaba de mundos el río en su silenciosa fuga. Sus gotas miriádicas no eran lágrimas, eran sí los diamantes y los zafiros que llevaba hacia el mar, donde moriría en un esplendor de gemas.

Aquel río trabajaba profundamente la tierra. Distribuía su agua vital en todas las raíces. Para él no había otoño, ni primavera, ni verano, ni invierno, no había más que el cambio eterno, la infinita transmutación. En cada latido del tiempo, puesto que su agua no se detenía jamás, el río era otro, como era otro el Universo que en él se reflejaba. Pero el río enriquecía las aguas del mar haciéndolo inagotable, y daba de beber a todas las raíces de sus márgenes. Su ser, era crear sus huyentes aguas, era una fecundación.

Estas mismas sugestiones y estas mismas ideas, las vertí en los oídos de mi amigo, el escéptico, con la misma razón que él me hizo escuchar la voz de su estrella dolorosa, y ante su irónica sonrisa, añadí estas palabras:

Cree en tu verdad, o en el sueño de tu verdad, pero no te apartes de tu propia afirmación, pues la necesitas para vivir. Tu mundo de absoluta negación, oh paradoja, es una muerte en vida, es como si fueras conducido por tu cadáver. Vive afirmándote en el poder de tu propio pensamiento, como esa intrépida estrella interrogante, que a pesar de sus preguntas, está clavada en la energía de su fuego, y dardea las tinieblas desde el pulso de su ígneo corazón. ¿Aniquila, cuando menos, su eternidad de astro? Tal, oh paradoja, también, te afirmas tú mismo negándote con temerario coraje. El desafío es siempre una hermosa violencia de la salud. Tu nieve no impide tus llamas, y a veces la tragedia del misterio sangra flores. Es como una soberanía y un desplante del orgullo, un puñado de sombras arrojado sobre una felicidad demasiado fácil. Tócate, púlsate tus arterias. ¿No son una verdad en su ardor y en su latido? De la vida, de la sangre de la vida humana, crecen no sé que potencias de afirmación en las que puedes apoyarte en cada instante de su tiempo. No está, sino en tu torturada conciencia, la idea que roe y pulveriza tu realidad creadora. La vida misma, terrible, profunda, implacable en su imposición es un pensamiento tallado en sangre y fuego, algo asombroso y tremendo, que hace palidecer la frente cercada por la sombra y por la duda. Eres actividad y vacilación, firmeza y angustia. Eres luz y sombra, afirmación y negación. Eres tal vez el enamorado, el apasionado de las tinieblas, el amante del misterio. Pero eres antes que nada, la vida misma. Hasta cuando piensas la nada, la piensas con la vida. Entra en ella como el rayo en la sombra, iluminando tu oscuridad. Verás que el rayo de tu afirmación no gasta su fecundidad en preguntas. ¡Crea!

Y mi amigo, el escéptico, me respondió:

—¡Crear...! ¿Y si es otro sueño?

Aún así no es poco esta extraña aventura del hombre sobre la Tierra. ¡Crear, sí, los grandes sueños que nos sostienen sobre el sueño infinito! Y deja que sea la vida la que resuelva el dilema, pues ella ha de inclinarse siempre hacia su propia defensa y cuando así te ocurra, salta de la negación a la afirmación. Tu escepticismo no será más que la ceniza de un fuego extinguido. Déjala hundir, y vierte la llama vital de la sangre en el hueco desde donde te helabas.

Carlos Sabat Ercasty
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - Vol. 166
Ministerio de Educación y Cultura
Montevideo, 1982

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