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Parábola del cóndor y la serpiente

Carlos Sabat Ercasty

 
 

Aquella vez, llevado por la necesidad del alimento, el cóndor abandonó su imperio sobre los Andes, y tras el goce del tacto azul con el cielo, descendió a la concavidad de un profundo valle.

Se abreviaba el horizonte, se ensanchaban hacia su base los conos enérgicos de los montes, el aire mismo iba perdiendo su pura levedad, y la luz se destrozaba contra las rocas y, rota en chispas, se hundía en la densidad del humus.

Pesaba en los ojos del ave aquella gravedad de la materia, y su instinto de elevación se oscurecía, en tanto el valle íbase abriendo al reposado movimiento de sus alas.

Al fin sus garras prensiles se engarfiaron nerviosas a las menudas hierbas. Giró su cuello. Miró con desdén el espesar de la tierra, y vuelto ya hacia la izquierda, sorprendió el deslizamiento casi fluido de una serpiente.

Es mi opuesta, pensó, la enemiga del ala. Toda su longitud es un largo pie que jamás se separa del polvo que lo sostiene. Me mira desde la reconditez tenebrosa de su astucia. Sabe que no puede vencerme, que ya es mía, y sin embargo, en lugar de huir como otras veces, profunda de hipocresía, mueve en sus ojos un amoroso saludo.

Entonces, el cóndor también suavizó los violentos metales de sus pupilas, hechas al rayo de la más pura luz, y sin temor, aguardó a la serpiente, aceptando su amistosa proximidad.

Dibujo de Vernazza

Y el reptil, maravillado de aquellas pupilas brillantes de infinito, de aquellas alas bebedoras de azul, de aquel pecho aproado donde el cuerpo del humean se partía en dos, de aquella frente besada a fuego por los mediodías, no pudo reprimir su elogio, y saltando con su silbo sobre su envidia, exclamó, como para que todo el valle lo escuchase:

-¡Cóndor, eres magnífico! ¿Cómo te hizo la Tierra, que a mi me ató a su lodo, para que levantases sus mensajes por encima de las montañas y las nubes? ¿Te creó para que la pensaras con el vuelo, o para que fueses tú mismo su propio pensamiento?

Y rápido, interrogó a su vez el cóndor:

-¿Me contemplaste, acaso, en mi poderoso volar? ¿Has contado con números mis vivos aletazos? ¿Desde la luz te cubrí con mi sombra viajera? ¿Has visto mis círculos tan misteriosos y audaces como las órbitas de los mundos?
-Cóndor espléndido, nací para admirarte y, con temor y humildad, llamarte mi hermano. ¿Y por qué no decirlo?, mi dios! Soy tu opuesto, lo soy de un modo desesperado y tristísimo. Y si no fuese por el horror y el asco de la envidia, te diría que te envidio cuando levantas los mensajes de la Tierra, y hundes el dardo de tu pico de fuego en el azul de los mediodías. ¡Qué embriaguez, qué liberación! ¡Ah, qué viva profundidad eres en las claridades del Universo! ¿Comprendes ahora mi dolor? ¿Perdonas mi envidia, si es que así he de llamarla? Toda grandeza es generosa, y el más alto pensamiento no teme ninguna hermandad.

-Innúmeros son los destinos, -contestó el cóndor- y ahora lo comprendo más que nunca. Yo nací para apoyarme en el vuelo, para levantarme en ascendentes curvas, sobrepasando montes y nubes. Se diría que nací de la frente del planeta, que soy su aspiración ideal, que cuando él sueña su más alto destino yo emano desde la roca intacta donde apoyo mi nido, y voy, todo en la luz, imantado por el Sol.
-Así, arrastrándome -confesó la serpiente- te veo, hasta que de tan triste, cierro los ojos y me duele la tierra donde se manchan mis escamas. Pediría la muerte, pero soy también cobarde. Todo lo que vive puede aplastar mi miseria. No tengo más poder que el engaño. Cuanto más me disimulo, cuanto más me borro a mi misma, más certera es la muerte que preparo. Mi cuerpo es frío, pero es más frío aún el odio de todos los que me miran. Brillan como gemas mis escamas, pero debajo de esa luz no hay más que sombra. Tú eres el ala, el alto mensaje de la Tierra, su justificación. En el instante en que el planeta se piensa a si mismo y crea su más alto destino, tú naces. Mi cuna es el pantano; mi patria única, el lodo sobre el cual ondulo; mi genio, la hipócrita astucia ¡Sólo nos iguala la muerte! Tal vea por eso, en ciertos momentos, la siento tan hermosa... ¿Comprendes ahora mi angustia y mi envidia?

-Pero si haces pensar y soñar a tu propia frente -contestó el cóndor-, puedes volar tanto como yo.

La idea que concibas puede ser tan sublime como yo mismo. Por la noche, -tan amiga tuya-, podrías sobrepasarme y engarzar tu pensamiento en los hondos metales de los astros. Tal vez la Tierra te ata, tan amorosa, así misma, porque te necesita en el plan de sus profundas armonías.

-No trates de consolarme -replicó la serpiente-. Lo que tú eres y lo que tú vives, eso no se aprende sino volando como tú vuelas. Sería maravilloso ir contigo, participar de tu genio, olvidarme de mi esterilidad, romper el pacto maldito con el lodo sobre el cual me arrastro. Una vez, siquiera una sola vez, me complacería hasta el infinito irrumpir contigo hacia el azul del mediodía, bañarme en la sublimidad de tu destino y de tu audacia. Me enroscaría a tu cuello, y abriría hasta el martirio los ojos, para abarcar los grandes horizontes, para disfrutar de tu prodigioso ensueño. ¿Por qué no me llevas hermano, hermanito mío?

-¡Ven - exclamó conmovido el cóndor-. Repta hasta mi cuello. Afírmate en él. Irrumpiré, entonces, en el más temerario de mis vuelos. Me has ganado el corazón. Durante una hora te identificarás a mi destino.

Y la serpiente respondió:

-Ah!, nunca soñé tan honda y tan subida felicidad! Voy hacia ti. Llévame a tu luz, dame siquiera una chispa de tu mensaje.

Y se estremecieron sus ojos, y vibraron sus escamas como si en cada una de ellas viviese una pupila.

Y cuando el reptil se enroscó delicadamente en el cuello del cóndor, éste creó su más amplio vuelo. Anchas y tenaces sus alas zumbaban en el viento. Quemantes ojos, unían a la luz vital la luz solar. La proa del pecho hendía repentinas distancias. El cuello, recto y erguido, se complacía sintiendo las curva envolventes y elásticas del reptil. La espiral entera sólo tenía el peso de una caricia.

-¿Eres dichosa? - interrogó el cóndor.

-Como jamás pude soñarlo - suspiró la serpiente -. Bebo la inmensidad. Me siento tu igual en tu patria celeste. Una hora en tus alturas es más que una eternidad allá abajo, donde sólo puedo arrastrarme sobre el lodo. ¡Imposible una embriaguez que embriague más mis ansias!¡Gracias hermano mío!

Cuando el vuelo del cóndor se detuvo ya, planeando en el infinito, abiertas las alas, sublime la serenidad, insuperable la contemplación, el cóndor comenzó el descenso. Y fue entonen que empezó a sentir en el cuello una presión cada vez mayor. Vibraba el reptil estrechando sus anillos. Corría por su espiral un júbilo siniestro. En un temblor supremo sufrió el cóndor el espasmo de la agonía. Rápido descendió su cuerpo abatido. Dio en tierra, y se apagó en su corazón el latido último. Las alas entreabiertas quedaron apoyadas sobre la oscuridad del lodo.

Suavemente el reptil se desenroscó del tendido cuello del cóndor. Se deslizó en silencio buscando el contado oscuro y viscoso del pantano. Su astucia había vencido. Su opuesta, el ala del cóndor, reposaba para siempre en la muerte, pesada del abismo sobre el polvo efímero. Ensimismada, pidió después el sueño a la noche, pero la noche le negó su dulcísima gracia. De pronto se aterró por su crimen. Vencida el ala de sus hondas tinieblas, ¿a quién iban a envidiar? Nada más terrible que la soledad del mal cuando comienza a clavarse en sí mismo. La soledad del odio es una agonía que no acaba nunca en la muerte. La peor agonía... un espanto entre la existencia y la nada. El mal crea la más honda venganza del mal.

Carlos SABAT ERCASTY
Especial para Suplemento Dominical EL DIA
11 de diciembre de 1966

Texto, e imagen recopilados, escaneados y editados por el editor de Letras-Uruguay, Carlos Echinope Arce

echinope@gmail.com

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