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Elegía a Julio Herrera y Reissig

poema de Carlos Sabat Ercasty

 

Para Juan Carlos Sabat Pebet

 

¡Oh, poeta!
Ahora los años han corrido por igual

sobre tu vida y sobre tu muerte.
El ala resplandeciente de tus sueños

vuela inseparable del ala de tu sombra.
Y el misterio de tu sonora sangre
calla en el misterio de tus cenizas silenciosas.
Mas tu voz. ..
¡Tu voz es la inmortalidad!

 

¡Oh, poeta!
El mundo que te cercaba murió en cada noche

y renació en cada aurora.
En miles de sombras revivieron las estrellas,

y, melancólicas,
naufragaron en los mares de la mañana.
Las horas llegaron danzando a las orillas del presente,

y, espigas del tiempo, fueron segadas por el tiempo.

Cuántos ojos de oro, de niebla, de zafiro,

cuántos extáticos ojos en tu presencia mágica,

cuántos ojos ceñidos por tu verso a tu collar de ojos,

deshechos en la eternidad, renacerían para verte.
Mas tu voz.. .
¡Tu voz es la inmortalidad!

 

¡Oh, poeta!
He visto abatidos los robles

en las montañas de tus éxtasis.
La paloma nostálgica en la grieta de tu peña,

aquella de las alas nevadamente azules,

la del arrullo del amor en el llanto de la tarde,

tronchada fue en su celeste vuelo

y el halcón devoró su destrozado pecho.
Fatigarías tus o jes de clara luz y de dulzura triste,

si en la montaña de tus éxtasis

buscaras a la pastora del gemir supirado.
El adivino, el sabio, el abuelo, duermen bajo las cruces

del mismo pino que les daba sombra.
Otro es el valle, otras las cumbres,
otro el musgo de la quebrada ermita,
otros los ramajes y las rosas, los romeros y los hinojos.
El tapiz del mundo nace y muere

oh sueño del color,
oh efímera luz en el telar de las imágenes.
Mas tu voz...
¡Tu voz es la inmortalidad!

 

¡Oh, poeta!
La muerte que te arrancó de la luz,

es la terrible insomne.
Si ella se durmiera,
apoyada la nuca en la siniestra hoz,
la vida caería a sus pies.
Y tú lo supiste: la mitad de la vida es la muerte!
La sangre asciende o desciende, hierve o se postra.
La savia fulgura esmeraldas en el mediodía,

y al otoño la bebe la sombría tierra.
De las pálidas cenizas se desprende la purpúrea rosa.
Al pie del tronco carcomido

sube su niñez la vara del nardo.
No vemos cómo se mueve la rueda,
pero la rueda se mueve de la vida a la muerte
y de la muerte a la vida.
Mas tu voz.. .
¡Tu voz es la inmortalidad!

 

¡Oh, poeta!
No me interrogues por los seres y las pasiones de la Tierra,

desde tu vasto silencio.
No me interrogues por los parques de tu soledad,
por los senderos donde alguna vez lloró tu corazón,
por los jardines de tus melancolías grises,
donde aprendiste el misterioso dolor de la amorosa nostalgia.
No me preguntes por las praderas de Ciles alucinada,
por el laurel rosa donde la herida de la belleza
derramó la música de tu pecho.
No me interrogues por el guardabosque y el labrador,
por Alicia y Cloris en el despertar dichoso,
por los ángeles de ingenua oración,
por las flechas aladas de la vencida noche,
por el arquero de la mañana y la cacería de las estrellas.
En donde está tu alma acaso ya nunca más se interroga.
Pero si todavía tu ansiedad pregunta

por la vehemencia del amor humano,

sabe que las cosas son y no son,
que el nacimiento y la muerte son hermanos eternos,
que el Universo es una esfinge de imágenes que se desconocen,
que el telar del tiempo teje y desteje las imágenes,
que no somos sino sueños de un inmenso sueño.
Mas tu voz. . .
¡Tu voz es la inmortalidad!

 

¡Oh, poeta!
¡Tu voz es la inmortalidad!
Porque abriste la vida y bebiste el misterio de la vida.
Porque desgarraste el amor y sorbiste su goce y su locura.

Porque heriste la piedra de la esfinge

y apoyaste tu frente en su sombra.
Porque tomaste en tus sueños la copa de la noche
y en su borde oscuro,
ebrio bebiste la claridad de los astros.
Porque tu paso rodeó la montaña

y la adoraste en candor y sencillez.
Porque en tu soledad de música caminaste jardines,

y supiste junto a la rosa que hay una tristeza inevitable,

y supiste junto al amor que hay una angustia inmortal.
Porque desafiaste a la locura

y por trágica ansiedad provocaste el delirio

y quisiste la abstrusa desesperación.
Porque tu sed humillaba a los laberintos y a las tinieblas,

y les arrebataste los torturados acordes

y los crispantes alaridos.
Porque fuiste ilimitado, feroz, insensato, en el hambre de la belleza,
y uniste en monstruosa cópula el éxtasis y el vértigo,

la serenidad y el aquelarre.
Y llegaste a la esencia,

a la ebriedad única,
al licor final que aniquila los nervios,
al más allá donde las alas de los arcángeles se hielan aterradas.
Y allí comprendiste la fuga del hombre

y la fuga del Universo.
Y allí tus ojos cayeron derrotados
y tu carne padeció la última soledad.
Y allí supiste toda la muerte y toda la vida,

y contemplaste la rueda de la creación
y la rueda de la destrucción.
Y sufriste el despojo de los héroes,
la pérdida de los altos imperios y los infiernos íntimos.
Y todo se fue de ti,
y también tú te fuiste en el torrente de los sueños!
Mas tu voz...
¡Tu voz es la inmortalidad!


Carlos Sabat Ercasty

Revista de la Biblioteca Nacional Nº 13

Montevideo, abril de 1976

 

Texto digitalizado, y editado, con el agregado de imagen, por el editor de Letras Uruguay Twitter: https://twitter.com/echinope  / email: echinope@gmail.com  / facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce  linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/  Círculos Google: https://plus.google.com/u/0/+CarlosEchinopeLetrasUruguay

 

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