"Tabaré": cien años
Dora Isella Russell

"Tabaré", por Tabaré Etcheverry

 

Por él vive siempre lo que fue un momento; por él hablará en canto perdurable, a las generaciones que se sucedan entre el Uruguay y el Plata, el espíritu que sopló sobre nuestra tierra y formó en ella un pueblo unánime".

Estas palabras de Lauxar a propósito de "La leyenda patria" son exactas. Y pueden aplicarse también a la sobrevivencia de "Tabaré"en los anales del romanticismo americano, que en cierto modo se clausura cronológicamente con la legendaria epopeya del mestizo hispano-charrúa.

1988: "Tabaré" cumple cien años, desde que vio la luz pública en la hermosa edición que Barreiro & Ramos, con tipografía y encuadernación nacionales, Imprimió en Paris. ¿Qué nueva interpretación podemos ofrecer a esta altura, de ese texto, qué hallazgos lingüísticos, qué aporte original que desentrañe en el estilo del poeta, la razón de aquel deslumbramiento que produjo su lectura, que todavía hoy despierta raptos de embeleso; las causas de su vigencia, cuando tantas escuelas literarias se han sucedido y poco cabe añadir a lo mucho que los mejores exégetas apuntaron a través de cien años; a lo mucho que recibió de elogios y censuras desde 1888 al presente? Muchas preguntas en una sola.

La bibliografía es copiosa. Los más sagaces críticos de España y de América dejaron ensayos trascendentes, comenzando por el extenso juicio de don Juan Valera, en la cima de su autoridad.

Los mejores traductores lo vertieron en lenguas universales; en 1890, impresa en Montevideo por Vázquez Cores, Dornalache y Reyes, aparece la traducción al francés de Jean Jacques Réthoré, que, revisada y ampliada por Jules Supervielle y con prólogo de René Bazin, se publica en las ediciones Nagel en París en 1954. En Montevideo, en 1920, editada por Serrano, se publica la versión italiana de Folco Testena. También existe otra en la misma lengua, de Luis Morandi. En 1956 la Pan American Union, en Washington, publica la versión inglesa de Walter Owen, con prólogo de E. Anderson lmbert y noticia sobre Owen escrita por Sir Eugen Milllngton Drake. Otra versión al inglés fuera de Ralph Huntington. Manoelito de Ornellas publica en 1948 su traducción al portugués, en la editorial "Globo", de Brasil. Siempre tentó a los traductores la epopeya del indio Tabaré. La más reciente y curiosa es la versión china del reverendo Chao, pulcramente impresa en Taipei, reproduciendo por cortesía de Barreiro & Ramos los famosos dibujos de Ulpiano Checa que ilustran bellamente la edición de "Tabaré" con que la mencionada librería conmemoró su siglo de existencia.

Los originales pueden verse en el Museo Juan Zorrilla de San Martín, por generosa donación de don Octavio O'Assuncao. Otros intentos de traducciones en otras lenguas, entre ellas el catalán, no han sido publicados. Pero baste lo enunciado para mostrar el interés que despertó siempre el poema, ya lejos de la fecha de su creación y sostenida a lo largo de una centuria. No menor fue el interés de los músicos, como el español Tomás Bretón, el uruguayo Alfonso Brocqua y el. argentino Alfredo* Schiuma, en obras que fueron respectivamente estrenadas en el Teatro Real de Madrid, el Solís de Montevideo y el Teatro Colón de Buenos Aires. El poema también fue utilizado para un filme mexicano, abominable, que más vale olvidar. Todo ello prueba la vitalidad y permanencia de un autor, un tema y un poema que siguen atrayendo lectores y público, con una lozanía y frescura que el tiempo no marchita, porque sin duda alguna y no obstante los inevitables reparos, "Tabaré" es, como nosotros, español a medias, encrucijada de razas. Así el poema de Zorrilla de San Martín se eleva a "símbolo americano", escribía en 1920 el ilustre peruano Ventura García Calderón en "Semblanzas de América" cuando aún vivía el "Poeta de la Patria".

Cabeza de notable expresión policromada, realizada por José Luis Zorrilla. (Museo J.Z. de S.M.)

Poeta que lo fue en tres instancias literarias decisivas: "Notas de un himno" editado en Chile en 1877; "La leyenda patria" de 1879 y en 1888, "Tabaré". Esas tres fechas, 1877, 1879 y 1888 señalan las apariciones poéticas representativas de Zorrilla de San Martín.

Es verdad que existen poemas dispersos, pero su fundamental creación en verso se cifra en los títulos mencionados. Después de "Tabaré" será, hasta su muerte la prosa magnífica, opulenta, la que recogerá el pensamiento y las emociones de aquel que, no obstante la superioridad cuantitativa de su prosa sobre su verso, siempre será llamado "el Poeta de la Patria". ¿Qué sucedió, después de "Tabaré"? El proceso de gestación de tantos años, ¿había secado el abundoso manantial? Cuesta creerlo, un hombre de tanta inspiración. ¿Fue voluntario su apartamiento de la poesía? ¿Sentía haber dado en su epopeya, lo máximo que podía decir en verso? ¿O los afanes del diario vivir y el sostén de una familia muy numerosa le enfrentaron con una realidad de hombre maduro que dejó atrás el deleite de aquellos dorados ocios líricos?

La verdad es difícil saberla. Siempre las grandes personalidades encierran su secreto, por más diáfanas que sean sus vidas. Aunque lo cierto es que el caudaloso material de ensayos, conferencias, discursos testimonia la permanente vigilia del escritor que levantaría en su prosa el magno pedestal de "La epopeya de Artigas", relampagueante de metáforas, de brillos estilísticos y de riquezas estéticas arquitecturando una obra de apasionada pero ceñida seriedad histórica.

Curiosa traducción de "Tabaré": portada de la versión china del Rvdo. Chao.

Tabaré lleva en sus brazos a Blanca. Bronce del escultor Garnelo, hermano del pintor. Sin poder confirmar el dato, leímos en algún libro que, en tamaño natural, la estatua adorna un paseo público de Barcelona (alto total: 31 cm). (Museo Juan Zorrilla de San Martín)

Dibujo de Ulpiano Checa en la cubierta de la versión china.

"Tabaré" y 1888: repitamos la fecha. La última gran obra romántica aparece en el mismo año en que la primera gran obra modernista consagra el movimiento que renovará todas las frondas líricas de Hispanoamérica: el "Azul..." de Rubén Darlo.

Sólo faltan doce años para que el "Ariel" de Rodó imponga en el mundo de nuestra lengua las alas soberanas del más ecuánime y sereno de los estilos, del "más ecuánime y sereno de los maestros". Pero ya en 1897, Rodó había precedido la gloria de "Ariel" con su profecía de "El que vendrá" en "La vida nueva" y había dado el espaldarazo consagratorio al nicaragüense, en el segundo fascículo de "La vida nueva" de 1899, "Rubén Darío".

La revolución literaria se desencadena a uno y otro lado del Atlántico. ¿Cómo logró imponer su indeclinable romanticismo el uruguayo y hacer vivir al indio Tabaré para siempre -cuando ya le salía al paso el nuevo acento en que se estaba fraguando una nueva sensibilidad estética -sin desmadro de su intocada permanencia?

Otras músicas poblaban el aire americano, una América de ruiseñores y tritones, de ninfas y de centauros, que no lograron desterrar ala enigmática criatura de cobrizo rostro melancólico y ojos azules.

Quizás con su penetrante lucidez, vio sagazmente Zorrilla que la competencia sería difícil para mantenerse a la cabeza de esas voces nuevas y asimilar nuevos ritmos y un estilo diferente del suyo. No quiso o no pudo hacerlo, abdicar de su numen becqueriano, abrazar mitologías exóticas. Y se encaminó hacia un territorio en el que marchó con palo seguro, entre la historia, la filosofía, el arte que le fueron no menos propios que la poesía.

Dame la lira y vamos: la de hierro,
la más pesada y negra;
Esa, la de apoyarse en las rodillas,
y sostenerse con la mano trémula,
mientras la azota el viento temeroso
que silba en las tormentas
y, al golpe del granizo restallando,
sus acordes difunde en las tinieblas;
la de cantar, sentado entre las ruinas,
como el ave agorera;
la que, arrojada al borde del abismo,
del fondo del abismo nos contesta.

Cuando concluye "Tabaré" deja caer esa lira de su mano; apenas tiene treinta y dos años cuando aparece el libro. ¡Y se siente viejo! Esto es del más puro cuño romántico. Lo dice en la dedicatoria a su esposa Elvira, que fallece sin ver impresa la obra; "Viejo ya, aunque sin canas y quizá sin muchos años...": sólo treinta y uno tenía al trazar estas líneas, en las que define sus conceptos de la vida, del arte, de la inteligencia, de la belleza. Están fechadas en agosto de 1888. Elvira fallece en enero de 1887. "Tabaré" aparece al año siguiente.

No abundaremos aquí en reiterar el conocido argumento, en enfrentar criticas positivas o negativas: no es el objeto de esta evocación, que sólo aspira a subrayar una fecha y un libro, una circunstancia y un hecho literario de perdurable resonancia. Baste acudir, entre muchos otros, al laudatorio ensayo de don Juan Valera; al medular estudio de Lauxar, no caracterizado precisamente por su generosidad pero si por su justicia; en el cual vierte lo mejor de su emoción y su penetración como crítico; a los diversos ensayos y prólogos de su ilustre yerno, don Raúl Montero Bustamante, al prólogo de Alberto Zum Felde al "Tabaré" de la Biblioteca de Clásicos Uruguayos de 1956; a la "Vida de Juan ZorrilIa de San Martín" de Domingo L Bordoli, en 1961; el extenso prólogo de Roberto Bula Píriz a las "Obras escogidas" de Zorrilla de San Martín publicadas por Aguilar en Madrid en 1987; al más reciente y detenido estudio de la edición crítica del Dr. Antonio Seluja, en 1984 -por solo citar, a excepción de Juan Valera, a algunos autores uruguayos- y de todo ello podrá emerger la imagen de un escritor que fue toda una época, el carisma de un hombre y la historia de un libro que representa el fin de une época literaria y la elegíaca despedida de una raza:

¿Épico, lírico? Poco importa, a esta altura, encasillarlo en una modalidad determinada, cuando es desde hace mucho un clásico de la literatura americana. ¿Que ha sufrido los desgastes del tiempo y la lija de otras modas y modos estéticos? Sin duda. Pero sigue indemne en el vórtice de esas dos vertientes que coinciden, que fluyen como río caudaloso para armar la gran escenografía dentro de la cual se mueve un extraño Indio melancólico y valiente: la Naturaleza, la sempiterna Naturaleza de los románticos, protagonista absoluta e indiscutible del extenso poema.

Que sigue atrapando al lector bisoño, no enviciado todavía por esas connotaciones de la crítica ácida y autosuficiente de las novedades de última hora, porque las musicales estrofas de "Tabaré" mantienen vivo el inicial fervor, la apasionada veta de una sensibilidad contra los cuales no puede el tiempo.

El personaje protagónico tiene lejanos antecedentes; está íntimamente ligado con el autor desde sus días de estudiante en Santiago de Chile, donde conoció por relatos del Padre Enrich la existencia de un cacique araucano de la tribu de los boroas, de ojos claros. Nació así su drama "Tabaré", que no llegó a representarse.

Quedó en su imaginación transfigurado en el futuro Tabaré, el extraño cacique charrúa. A través de muchos años fue madurando la entrañable epopeya; según Lauxar, "la comenzó a fines de 1879. Durante el verano, viviendo con su esposa y su primera hija en una quinta en el Paso de las Duranas". Pero creemos no equivocarnos al sostener que en su más remota y larvada forma, el tema alentaba en él desde los tiempos de Chile.

De cualquier modo, dura varios años la creación de los 4.738 versos que componen el poema, corregido en ediciones subsiguientes a la prlnceps de 1888, pero sin variar el número de versos. "Tabaré" nació maduro y definitivo; las correcciones posteriores sólo modificaron algunos detalles formales, sin tocar la esencia que lo vertebraba desde el origen.

La muerte fue, en la existencia de Zorrilla de San Martín, la visitante nefasta -¿cuándo no lo es?- que sin embargo nunca hizo tambalear su arraigada fe en los designios de Dios, acatando por lo contrario con serena entereza las dolorosas pruebas; con resignación aunque no sin inmensa tristeza. No pudo advertir, no tenía aún conciencia para ello, el desgarrador momento en que se fue su madre, pues sólo alcanzaba el año y medio cuando murió Alejandrina del Pozo. Pero al correr el tiempo y ser evocada en el ambiente familiar, fue sintiendo a Io vivo esa partida. La ausencia modeló sus emociones, acongojó tempranamente sus sentimientos y cabe afirmar, sin paradoja, que esa ausencia fue presencia en su vida.

Y esa ausencia determinó, sin duda, que transfiriera a su devoción por su novia, cuanto le faltó de su madre. Crecida en la distancia, al sentirla lejos, mientras él organizaba su destino bajo las estrellas chilenas. Determinó asimismo que viera en Magdalena, la cautiva española de su célebre poema, un resplandor de pureza que asoma también en Blanca, la suave heroína que turba extrañamente al charrúa con el remoto recuerdo de aquella madre que en rito primitivo le ungió a orillas del río con las aguas del bautismo. Zorrilla de San Martín, al igual que su criatura, superpone la imagen nunca vista de su madre, con la de Magdalena, con la de Blanca.

Surge la emoción, profunda y sincera, del hombre y del poeta. Y lo expresa por boca del Indio, en un pasaje memorable, una de las más felices instancias del poema:

"-Era así como tú... blanca y hermosa;
Era así... como tú.
Miraba con tus ojos y en tu vida
puso su luz;
Yo la vi, sobre el cerro de las sombras,
pálida y sin color;
El indio niño no besó a su madre...
¡No la lloró!
Las avispas de fuego de las nubes,
ellas brillaron más;
pero el hogar del indio se apagaba,
su dulce hogar.
Han pasado más fríos que dos veces
mis manos y mis pies...
Sólo en las horas lentas yo la veo
como cuerpo que fue.
Hoy vive en tu mirada transparente,
y en el espacio azul...
Era así como tú la madre mía,
blanca y hermosa... ¡pero no eres tú!

Es incuestionable que en arte, cuanto nace de la verdad es eterno. Así este célebre fragmento de intensidad poética y musical belleza.
Pero otra vez le herirá hondo la muerte, al llevar de su lado a la compañera que como legado de amor le deja cinco hijos pequeños; el sexto morirá a pocas semanas de nacido, tres días después que la madre.

Entre 1879 y 1885 vieron la luz María, Alejandro, Juan Carlos, Gerardo y Elvira.

Rafael Vicente nació el 21 de enero de 1867 y muerto el 3 de febrero del año siguiente. La esposa del poeta falleció el 31 de enero. El escritor lo consigna así, en un interesante "Memorándum" íntimo donde anota los acontecimientos familiares: "31 de enero de 1887 - A las tres de la tarde próximamente entregó su alma al Señor mi esposa Elvira después de haber recibido, pocos días antes, los santos sacramentos. Acaeció su muerte en el Tigre, en la casa del nacimiento de Rafael Vicente. Fue sepultada en el cementerio de las Conchas en el sepulcro de Dn. Ángel García que está a 20 o 25 varas de la entrada hacia el centro. Cierra el sepulcro una verja de hierro con vidrios; tiene a la vista varios ataúdes. El de Elvira se encuentra sobre el piso a mano izquierda; tiene en la cabecera las letras E. B. Z, grabadas con un cortaplumas en la madera (que es de color caoba). Dentro y sobre la caja de zinc que está soldada con estaño, se ven las mismas letras trazadas con estaño fundido.

Fueron trasladados sus restos a Montevideo el domingo 28 de julio de 1918.

El 25 de mayo de 1889 contraje segundes nupcias con Concepción Blanco... etc.

De 1890 a 1904 nacen Rafael María, que muere a los ocho meses; José Luis, Antonio, Ignacio de Loyola, Francisco, Alfonso Maria, que murió sin llegar a cumplir dos años; Juan León; Pedro; Concepción Vicenta y Agustín".

Nos pareció de interés esta digresión acerca de su descendencia porque revela la serenidad con que Zorrilla traza ese momento de sus grandes afectos, sin sensibelería con el afán de detallar días, fechas, nacimientos, muertes, nombres de padrinos, que de otro modo hubiera sido difícil obtener, en tan numerosa familia.

Pero volvamos a la hora de "Tabaré"; es indudable que cuando Zorrilla anota con mano segura, casi objetivamente el fallecimiento de su primera esposa, han pasado muchos años -puesto que el "Memorándum" llega hasta 1904, cuando nació Agustín, el último de su prole. De otro modo no se explicaría la anotación casi impersonal de dato tan doloroso, cuya oportunidad hacía casi patético el advenimiento de su poema a ella dedicado.

Es curioso asimismo que no comentó la muerte de su padre, ocurrida en el mismo año -1880-en que contrajo segundas nupcias con Concepción Blanco. Es indudable que la finalidad del "Memorándum" es la de referirse exclusivamente e las fechas íntimas de sus esposas e hijos.

La biografía de Juan Zorrilla de San Martín es un tumulto de andanzas, viajes, exilio, discursos, conferencias, noticias sobre sus intervenciones en público -que mientras vivió no se consideraba completo ningún acto patriótico sin su encendida voz y su arremolinada cabellera arengando desde las tribunas e públicos ávidos de escucharle con el deslumbramiento de lo que siempre se oía como por primera vez.

Esa fue la magia del Poeta de la Patria.

Admirado, querido, símbolo de verticales valores morales, como periodista fundador de "El bien público"; profesor, diplomático, fue ante todo y por encima de todo el autor de "La leyenda patria" de "Tabaré" de "La epopeya de Artigas".

Tuvo, según acuñada expresión del doctor Alberto Gallinal, "capacidad seductora", añadiendo un rasgo muy importante: "Buscaba siempre jerarquizar a su interlocutor". Han pasado cien años sobre "Tabaré". Se sigue indagando en vana polémica, si épico o es lírico, si el Indio es real o imaginario, si hay una verdad histórica que lo sostiene. ¿Importa a esta altura, cien años después de su glorioso amanecer al americanismo literario?

Pensamos que no. Que hay en el libro "Tabaré" y en Tabaré el Indio, una permanencia segura, por todo lo que representó en su momento y por todo lo que sigue representando.

Ya Tabaré a las hombres,
ese postrer ensueño
no contará jamás... Está callado,
callado para siempre, como el tiempo
como su raza.
como el desierto.
como tumba que el muerto ha
abandonado;
¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo!

Pero se equivocó el poeta. Ni callado, ni muerto. La leyenda de Tabaré le mantiene vivo y anda todavía.

 

Dora Isella Russell
Crónicas Culturales EL DIA
14 de febrero de 1988

 

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