La raíz campesina en la poesía de Juana de Ibarbourou
Dora Isella Russell

La estrofa inicial de Raíz Salvaje (1922), segundo libro poético[1] de Juana de Ibarbourou, da la clave, desde entonces y para siempre, de su irrenunciable comunicación terruñera, lo que ha dado en señalársele como panteísmo, como expresión telúrica. Es, sencillamente, su entronque con el suelo natal, con los campos agrestes y fragantes de los alrededores de Melo, constelados de azahares, con el aire embalsamado de flores y de frutos en sazón, cruzado por el arroyo Conventos por cuya orilla paseó tantas veces su niñez andariega "Juanita Fernández, que era muchacha como de pájaros".... modesto anticipo de los anchurosos oleajes rioplatenses frente a los cuales vivió muchos años de gloriosa madurez: "Si estoy harta de esta vida civilizada!/¡Si tengo ansias sin nombre de ser libre y feliz!/¡Si aunque florezca en rosas, nadie podrá cambiarme/ la salvaje raíz!": ésa es toda Juana, la de entonces, la de después.

Mas hubo cambios, sí. La vida los impuso. Exteriormente, al menos.

Temprano dejó atrás su inolvidable Cerro Largo. Residió por períodos de diversa duración, en aquellos lugares del Interior del país donde el capitán Ibarbourou debía cumplir con sus obligaciones de militar. Pero un día de 1918 la corta familia formada por el marido, la madre de Juana, ella y un hijo nacido en agosto de 1914, se instalaba en Montevideo. Es fácil la cuenta; desde 1918 hasta el presente, son muchos más los años que la atan a la capital, que los que cerraron la etapa adolescente de Cerro Largo. 

Sin embargo, no consiguieron desdibujar el embrujo del solar arachán, aquellas sensaciones de luz, de pastos húmedos y aromáticos, la fruición de sentir sobre su cara las lloviznas pueblerinas, el recuerdo de sus vagabundeos por callejas soleadas y montes solitarios; nada pudo desplazar definitivamente, pese a la distancia -o tantas distancias- el hondo amor por esos elementos -agua, brisas, lluvia, frondas, plantas, pájaros, grillos, buenas bestezuelas de los campos-, todo cuanto fue suyo, su universo de infancia y adolescencia, a la cual regresará, casi como visitante foránea, en contadas ocasiones: para algún homenaje, o ceremonias en su agasajo, o inauguración de una rambla o una escuela con su nombre. Pero siempre de paso, como una desarraigada que no podía retomar a plenitud ya, el contacto con una realidad que, sangre adentro, perduraba intacta. Allá quedaban -y quedan- muchos seres amigos, entrañables; allá quedaban los familiares nombres, en las serenas tumbas del cementerio, aldeano entonces, que visitaba sin pavor de la muerte, sin conciencia de la muerte, detrás de doña Valentina: "no era una visita triste, sino amable, casi alegre". Había flores especiales para cada muerto, según la estación. En el cuento inicial de Chico Carlo, "Las coronas", las describe con tal vivacidad que parecen manojos que se caen de las manos, por su abundancia, y perfuman el recuerdo todavía. Para calar hondo en esa arraigada identificación de Juana con su medio nativo, hay que ir a las páginas de ese libro, memorias auténticas de una niña, "Susana", que es la propia Juana. "Han transcurrido más de treinta años[2] y, si cierro los ojos, todos estos recuerdos están dentro de mí tan vivos, tan nítidos, como si fuesen lo presente todavía. El pueblo ha de haber cambiado mucho. Me dicen que el cementerio está remozado por grupos de plantas espinosas y nuevos "cupresus pyramidalis"... "Pero yo sigo teniendo en mi corazón, tal como era entonces aquel plácido cementerio de mi infancia".

De igual modo, siguió teniendo en su corazón la atadura, virtual, de una nostalgia irrestañable. Las lenguas de diamante y Raíz salvaje, los dos poemarios que estrenaron su celebridad lírica, aún están muy cerca de ese pasado inmediato, y, sobre todo el primero, recoge muchas estampas, impresiones, añoranzas, sobre las cuales no habían volado aún las horas. El ayer estaba muy fresco, sin perspectivas ni trance de olvido. El paraíso todavía parecía próximo, al alcance de la mano. Pero, andando los años -cuando se va "andando, sufriendo y cantando"...-y muy lejano ya aquel paraíso, una fuerza misteriosa, atávica, subconsciente, aprieta los nudos invisibles, y sigue comparando, cotejando ayeres, sin darse cuenta. Volvían en jirones las auras de otras primaveras, de aquellas "en gracia de amor", de aquellas "en gracia de olor", y del manantial secreto fluye inevitable, la superposición de una imagen sobre otra, de un presente y un pasado que son las vertientes de su nostalgiosa madurez. Bien supo auto vaticinarse: "Ha de llegar el día en que he de estarme quieta ¡Ay, por siempre, por siempre!",desde la hora de Las lenguas de diamante. Hay presentimientos exactos en aquellos libros frutales y exultantes, en los que se describe "alegre, juvenil y morena", "crujiente de espinas la enagua". En el poemario inicial se incluyen, en ediciones posteriores a la de 1919, poemas lógicamente más tardíos, cuando la escritora residía en la capital hacía más de una década. A esas composiciones pertenece "Tregua en el campo", del cual subrayamos dos versos muy significativos: "¡Que bajo tu corteza gris de civilizada/ surja la campesina que adurmió la ciudad".

Siempre estará latente en Juana esa dulce campesina adolescente. En un hermoso poema de Raíz salvaje, "La copa" , fluye el añorante testimonio: "¡Cuántos años hace que yo bebo en copas, que he olvidado el vaso rumoroso y hondo!/ Se ha civilizado la muchacha loca. Cada día el pasado se hace más remoto". Porque el vaso verdadero, "el gusto de verdad del agua", sólo podía dárselo "el río elástico" en el cual hundía sus manos.

Fue aprendiendo, como anota en "El vendedor de naranjas", "lo que es la palabra nostalgia".

Y todo esto, corta experiencia entonces pero premonición a largo plazo, lo escribía casi al comienzo de su carrera literaria. Los años le darán la razón. En su libro Perdida, "Este y Sur" es el poema que más cabalmente resume su nexo con todo aquello que formó los días de infancia, el umbral de la adolescencia, tan decisivos siempre para modelar un temperamento sensible. "Ah, el Este que tuvo bajo su sol mi frente/ con la estrella del verso caliente y fulgurante"..."Este de guayaberas, pitangas y naranjos" ..."Tierra mía sin trueno de mares ni espesuras" ..."Yo emigré hacia el Sur para hacer mis poemas junto a la mar con flores de azufre en las rompientes". Estamos entresacando versos, que es casi mutilar, lastimar el magnífico poema. Pero lo que deseamos poner de relieve es ese ir al pasado y volver de él con la sensación de desposeimiento que tal desubicación implica: "Oh Sur que me ha clavado en la cruz de esta pena/ nutrida de una sombra que aún me besa en la boca!"

Y, más adelante todavía, en La pasajera, en su Diario de una isleña, en innúmeras poesías posteriores, el recuerdo golpea, tenaz, en el solitario discurrir de una mujer enclaustrada cada vez más en su retiro, enfrentando ahora sin pavor ni escándalo -muy lejos el acento de la muchacha que desafiaba a Caronte- ese viaje final y libre de equipaje, "para que nada pese en mis manos al irme".

¿Se dio cuenta, al escribir en su iniciado invierno, que estaba comparando, buscando, aquellos veranos, aquellos otoños? "Tantos veranos fueron míos... No, indudablemente. Los grandes poetas aciertan por intuiciones, por ráfagas geniales.

Con mas tiempo, y disponiendo de mayor espacio, podríamos abundar en ejemplos que evidencian que en más de medio siglo de vida literaria, Juana de Ibarbourou mantuvo fielmente encendida, sabiéndolo o sin saberlo, como una lámpara de óleo, esa vitalicia raíz campesina que jamás le permitió olvidarse de su Cerro Largo natal.

Curiosamente, de esa fidelidad lugareña nacería su universalidad.

 

Raíz salvaje

Me ha quedado clavada en los ojos
La visión de ese carro de trigo,
Que cruzó rechinante y pesado,
Sembrando de espigas el recto camino.
¡No pretendas, ahora que ría!
¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos
Estoy abstraída!
Desde el fondo del alma me sube
Un sabor de pitanga a los labios.
Tiene aún mi epidermis morena
No sé qué fragancias de trigo emparvado.
¡Ay, quisiera llevarte conmigo
A dormir una noche en el campo
Y en tus brazos pasar hasta el día
Bajo el techo alocado de un árbol!
Soy la misma muchacha salvaje
Que hace años trajiste a tu lado.

 

Amor

El amor es fragante como un ramo de rosas.
Amando, se poseen todas las primaveras.
Eros trae en su aljaba las flores olorosas
De todas las umbrías y todas las praderas.

Cuando viene a mi lecho trae aroma de esteros,
de salvajes corolas y tréboles jugosos.
¡Efluvios ardorosos de nidos de jilgueros,
Ocultos en los gajos de los ceibos frondosos!

¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia!
Perfume de floridas y agrestes primaveras
Queda en mi piel morena de ardiente transparencia.

Perfumes de retamas, de lirios y glicinas.
Amor llega a mi lecho cruzando largas eras
Y unge mi piel de frescas esencias campesinas.

 

[1] Subrayamos lo de segundo libro "poético", porque en la cronología de sus obras, sería en rigor, el tercero; el primero, no se publicó nunca y la imprenta que lo compró extravió los originales. Se titulaba "Manual para hacer flores artificiales en el hogar". Curiosa exigencia de la necesidad. 

[2] La primera edición de Chico Carlo, editado por Barreiro y Ramos, apareció en 1944.

Rioplatensas | Capítulo 6: Juana De Ibarbourou

Parlamento rinde homenaje a Juana de Ibarbourou

por Dora Isella Russell.

Almanaque del banco de Seguros del Estado - 1980 -

Texto digitalizado en el año 2003 por el editor de Letras Uruguay, años después se le agregaron los videos y la imagen.

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