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Diciembre: tiempo de fiestas. No siempre resplandecían las luces en los arbolitos y abundaban los regalos.
Hace años, en campaña, las cosas eran diferentes.
La Navidad se acercaba en el almanaque y en los dibujos de algún libro de cuentos o revista que nos llegaba, pareciéndonos algo tan lejano.
De otros.
Hablábamos de ella como de los cuentos de hadas.
Misteriosa historia ajena.
Sólo nos llegaban los Reyes Magos, casi siempre en coches de ONDA, que bajaban extraños paquetes que desaparecían en la casa sin ser abiertos.
Al aproximarse la Nochebuena, algo cambiaba en el aire que hacía sonreír a los árboles.
Algo mágico casi se podía palpar.
Comenzaban los bichos de luz a tejer guirnaldas en la humedad del campo, a colgarse de los árboles, entrelazándose en las ramas de los pinos.
Estrellas más grandes y brillantes se estampaban sobre un cielo azul oscuro, y un perfume nacido de la tierra, envolvía la noche como para un regalo.
De pronto la luna, que venía subiendo la cuesta, llegaba a un pino y se detenía ante nuestros ojos niños.
La Navidad se iba haciendo un lugar en el campo en la voz de los abuelos, que acercaban historias de pesebres, ángeles, el Niño, María y José.
También nos contaban de arbolitos nevados y casas con chimeneas por donde entraba Papá Noel.
El espíritu navideño iba adueñándose de nuestra mente, trepaba por cerros y montes, se respiraba en el ambiente.
En el campo, lejos de las vidrieras, mirando un pino que hacía guiños con su luna resplandeciente, el Niño Jesús tan presente en nosotros, los Reyes apareciendo como sombras entre los cerros, pastores con las caras de los vecinos llegaban a la imaginación, acompañados de sus animales. Sentíamos una extraña inquietud que nos hacía estar despiertos hasta tarde.
Finalmente, las luciérnagas y estrellas adornando los pinos, nos obsequiaban el mejor árbol que podíamos tener.
Entonces, a Batoví llegaba la Navidad. |