Visibilidad homo erótica en Buenos Aires: 

una aproximación al análisis de los estereotipos
gay en el cine argentino, 1933-2000
Lic. Ricardo Rodríguez Pereyra 
Candidato al Doctorado en Historia 
Tutora: Dra. Francis Korn 
Universidad Torcuato Di Tella 
Posgrado en Historia 
Buenos Aires 
2004

Versión para Letras Uruguay. No incluye anexo con imágenes. Agradezco a Carlos Echinope Arce por su apoyo de siempre. Enero, 2009.

 

 

Sumario

 

Lista de  siglas y abreviaturas

Agradecimientos

 

Primera parte

 

Introducción

 

Capítulo 1:

Aspectos teórico metodológicos.

 

Segunda parte

 

Capítulo 2:

Entre la invisibilidad y el disimulo: los comienzos del estereotipo, 1933-1960.

 

Capítulo 3:

La década del sesenta.

 

Capítulo 4:

La década del setenta.

 

Capítulo 5:

La década del ochenta.

 

Capítulo 6:

Dos películas paradigmáticas de la representación homoerótica: Adiós,

Roberto y Otra historia de amor.

 

 

Capítulo 7:

Del noventa al fin de siglo: los gays en el cine y en la televisión.

 

Capítulo 8:

Consideraciones finales.

 

 

Tercera parte

 

Anexo I:

Fuentes documentales.

 

1. Películas argentinas analizadas y citadas en la obra (Fichas técnicas en orden cronológico)

 

2. Películas extranjeras analizadas y citadas en la obra (Fichas técnicas en orden cronológico)

 

3. Indice alfabético general de películas argentinas y extranjeras analizadas y citadas en la obra.

 

Anexo II:

Fotografías y afiches de películas

 

Bibliografía citada.


Listado de siglas y abreviaturas

AGN - Archivo General de la Nación

APA - American Psychiatric Association

APA - Asociación Psicoanalítica Argentina

ATP - Apta Todo Público

B/N. - Blanco y negro

BCRA - Banco Central de la República Argentina

CEDOSEX - Centro de Documentación en Sexualidad)

CEISAL - Consejo Europeo de Investigaciones de América Latina

CHA - Comunidad Homosexual Argentina

COMFER - Comité Federal de Radiodifusión

CONADEP - Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas

CONICET - Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

DSM - Diagnostic and Statistical Manual of Psychiatric Disorders

ECOSOC - Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas

FIFA - Federación Internacional de Fútbol

FLH - Frente de Liberación Homosexual

ILGA - Asociación Internacional de Lesbianas y Homosexuales

INCAA - Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales 

ITDT - Instituto Torcuato Di Tella

LGBT - Lesbian Gay Bisexual Transgender

OEA - Organización de Estados Americanos

PACS - Pacto Civil de Solidaridad

SAM - Solamente Apto Mayores

SIDA - Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida

SIGLA - Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina

SLAS - Society for Latin American Studies

UBA - Universidad de Buenos Aires

UTDT - Universidad Torcuato Di Tella

VOX - Asociación Civil sin Fines de Lucro (Rosario)

                             

Agradecimientos

 

En primer lugar agradezco a Francis Korn, quien me alentó a comenzar con la investigación, y aceptó realizar la supervisión de esta tesis, cuando la misma era apenas una idea que se me antojaba casi una temeridad por distintas razones que no viene al caso reseñar, pero que se vinculan con la falta de tradición de trabajos como este en Argentina, y al prejuicio que todavía pesa sobre la homosexualidad a pesar de que el rechazo hacia la misma, se haya quedado sin el sustento científico que la confinó en el pasado y hasta épocas recientes a los dominios de la enfermedad y la criminología. He realizado varios seminarios con Francis, cuando cursé el Posgrado de Historia Política y Social, en el Instituto Torcuato Di Tella durante el período lectivo 1990-1992 y posteriormente, en la Universidad Torcuato Di Tella, ya en el doctorado de Historia, en el año 2000. En cada uno de esas oportunidades fue reconfortante volver a descubrir de su mano, que es posible vencer el peligro que encierra “la pereza de contar hasta catorce”[1] y que para entender las respuestas hay que saber qué preguntamos.

 

Agradezco también el apoyo brindado por los profesores de la Universidad Torcuato Di Tella, en especial a: Ezequiel Gallo, Klaus Gallo, Guillermo Ranea, Andrés Reggiani y Darío Roldán.

 

En cuanto a instituciones debo agradecer el apoyo económico recibido de la Universidad Torcuato Di Tella, durante la gestión de los rectores Gerardo della Paolera   y Juan Pablo Nicolini, a través de la media Beca que me fuera concedida para la realización del Doctorado. En la Universidad Di Tella encontré siempre un clima de pluralidad y apertura académica que me animaron a llevar adelante este proyecto de tesis. Durante el tramo final de la redacción de la misma, Perla Fuscaldo, Ariel Guiance, y mis compañeros del Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas del CONICET me brindaron una contención académica y humana, que resultaron invalorables. A nivel internacional agradezco a The Society for Latin American Studies, de Londres, por el full scholar grant recibido, el cual me permitió participar en el congreso anual de dicha sociedad, en la Universidad de Leiden, en abril del 2004 y obtener el impulso necesario para llegar a la etapa final.

 

Un agradecimiento especial para mis padres, Berta Pereyra Ríos y Oscar Rodríguez Betancourt (in memoriam), y mis hermanos Osvaldo (in memoriam), Jorge, Elizabeth y Gerardo por el afecto, el apoyo y nuestra historia compartida, y a mis cuñados Graciela, Alberto, Margarita (in memoriam) y a mis amigos y colegas repartidos en varios países, en especial a mis hermanos de la vida: María del Pilar Saenz, Diana Entin, Lidia von Semasco, Edelmira Mas García, Mercedes Achard y Pablo Ameneiros.

 

Un especial reconocimiento a mi amiga Marta Zabaleta, de Midlesex University, no sólo por su afecto, sino también por sus comentarios, sugerencias y su estímulo académico, dentro y fuera del marco de su Grupo de Trabajo sobre Género del CEISAL, que ella dirige y el cual tengo el orgullo de integrar.

 

También mi agradecimiento a mi amiga, María Clara Medina, de la Universidad de Gotemburgo, por el afecto, apoyo y estímulo intelectual, y en especial por sus comentarios a los primeros borradores, durante sus visitas a Buenos Aires.

 

Y por último, pero no menos importante, mi agradecimiento a José Fuster Retali por su incondicional apoyo y por la lectura de innumerables borradores, así como por haber compartido conmigo, generosa y desinteresadamente a lo largo de estos últimos veinte años, su enorme caudal de conocimientos sobre el cine argentino. Varios de sus artículos aparecidos en distintas publicaciones internacionales, han sido un  verdadero estímulo intelectual y un ejemplo a seguir. Por todas esas razones y por muchas más que él conoce, le estaré siempre agradecido.

 

Si bien son muchas las personas que de una y otra forma, han colaborado a lo largo de este último lustro para la concreción de esta tesis, y, dejando en claro que todos los errores que puedan existir son de mi exclusiva responsabilidad, no puedo dejar de mencionar también a:

 

Hugo Arana (Argentina)

Eugenia Borgogno (Argentina)

Marcelo Canto (España)

Patricia Casagrande (Argentina)

Stella de Gregorio (Argentina)

Haydée Díaz (Argentina)

Babi Fernández (Argentina)

Mónica Fiorini (Argentina)

David William Foster (Estados Unidos)

Rafael Freda (Argentina)

Araceli García Acosta (Argentina)

Silvia Guijo (Argentina)

Osvaldo Guidi (Argentina)

Esteban Gutiérrez (Argentina)

Marie Christine Lacoste (Francia)

Adelco Lanza (Argentina)

Juanita Martínez de Marrone  (in memoriam, Argentina)

Blas Matamoro (España)

Marcela Olans (in memoriam, Argentina)

Yrma Gladys Patrone (Argentina)

María del Carmen Rico Naveira (Argentina)

Carlos Russo (Argentina)

Rosina Scher (Argentina)

Enrique Torres (Estados Unidos)

Víctor Torres (Puerto Rico)

Arturo Tubío Ces (España)

 

También mi agradecimiento a las siguientes bibliotecas y archivos:

 

Archivo General de la Nación

Archivo del Teatro Municipal General San Martín

Biblioteca del Teatro Nacional Cervantes

Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia

Biblioteca de la Escuela Nacional de Cinematografía

Biblioteca del Congreso Nacional

Biblioteca Nacional

Biblioteca del Instituto y Universidad Torcuato Di Tella

CEDOSEX (Centro de Documentación en Sexualidad)

SIGLA (Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina)

VOX Asociación Civil sin Fines de Lucro (Rosario)

 

P r i m e r a    p a r t e

 

INTRODUCCIÓN

 

Presentación del tema.

Esta tesis intenta abordar el análisis de la representación de la homosexualidad masculina en el cine argentino a partir del comienzo del cine sonoro en 1933. El tema se entronca con dos aspectos de la historia, que en un primer plano tienen una fuerte vinculación con la cultura contemporánea: homosexualidad por un lado, cine por otro. En realidad, ambos temas vienen de orígenes remotos. Está demostrado que la atracción sexual entre individuos de un mismo sexo ha existido siempre, en distintas razas, estratos sociales, civilizaciones, e incluso en la especie animal. Por el lado del arte, también el cine se entronca con la historia del hombre, y quizás su origen pueda remontarse a las pinturas rupestres de miles de años atrás, y a la suma de distintas disciplinas técnicas que culminaron con el invento del cinematógrafo a fines del siglo XIX, fecha desde la cual ha influido notablemente en el desarrollo cultural y social de la humanidad. Ya que el cine es un producto artístico, técnico e industrial, de un arte para ser mirado, y que aquí será confrontado con la homosexualidad, es interesante señalar que la mirada que la misma ha recibido a lo largo de la historia ha pasado por distintos estadios, en los cuales ha recibido, aceptación, rechazo y castigo.[2]

 

Las películas, como las obras teatrales, literarias, y aun la televisión, como productos surgidos y consumidos por la cultura popular, son  el reflejo de un tiempo y de un espacio geográfico y social determinado. En el caso de las películas "retratan su tiempo en una doble dirección: describen la vida social y política de los pueblos, registrada en el acontecer contemporáneo, y advierten asimismo sobre las apetencias y referencias del receptor medio, el hombre de la calle, que llena o deja vacíos a los cines".[3] Desde sus comienzos en el período mudo el cine se nutrió de elementos que venían de otras artes, como el teatro, la pintura y la arquitectura, y estableció reglas de juego propias y criterios narrativos que fueron variando con el correr del tiempo. Dentro de éstos, se establecieron personajes arquetípicos o estereotipos y entre los más recurrentes –y que venían del teatro y la literatura- podemos citar el héroe, el villano, la mujer virtuosa, la vampiresa o mujer fatal y también el homosexual.  Dentro de este último, durante décadas y en casi todas las filmografías, el estereotipo más difundido ha sido el del hombre afeminado, conocido ampliamente en el Río de la Plata y en América Latina, como maricón o mariquita.

 

Es oportuno aclarar que este trabajo no incluye el tema del lesbianismo –que espero abordar en próximas investigaciones- pero se hacen referencias al mismo para clarificar ciertos aspectos teóricos. También es pertinente adelantar que el lesbianismo es casi inexistente en la cinematografía argentina del período[4], y que recién comenzaría a ser mostrado en programas de ficción televisiva a partir de la década del ’90.

 

Objetivos de la tesis:  

Las preguntas básicas que orientaron esta tesis se refieren a los estereotipos gay (varones homosexuales) y cómo fueron recreados en la cinematografía nacional a partir del inicio del cine sonoro en 1933. Se ha tomado esta fecha porque coincide con un período de mayor desarrollo de la cinematografía como industria, y porque es precisamente en esa fecha cuando aparece en escena el estereotipo del homosexual en el segundo film sonoro nacional, Los tres berretines (1933, Enrique Telémaco Sussini). Aunque no es un objetivo en sí mismo, se ha tratado de rastrear testimonios sobre los orígenes históricos de la visibilidad homosexual en la ciudad de Buenos Aires a través del tiempo, para analizar otro de los aspectos en cuestión: si existe un punto de contacto entre la realidad de los hombres pertenecientes a una minoría demarcada por la orientación sexual, y los diferentes personajes que el cine ha mostrado.

 

Se intentó también investigar la posible evolución en la representación de los varones homosexuales en el cine argentino, y tratar de responder si estas representaciones reflejaron puntos de contacto con la realidad, a partir de las vinculaciones de las películas, que mayoritariamente han acompañado un modelo de normatividad heterosexual.

 

Aún sin desconocer el peligro de tomar como verdad histórica el documento fílmico de carácter ficcional, para los fines de esta tesis se han tomado las películas como auténticas fuentes históricas, a través de las cuales analizar la representación de los estereotipos construidos y trasmitidos por el cine, y finalmente re-significados en ese espacio común que podríamos denominar el imaginario popular, vinculado estrechamente con el fenómeno de la visibilidad.

 

Otra de las preguntas que se plantean es si la despatologización de la homosexualidad a partir de la década del 70 -cuando las más reconocidas instituciones de salud mental del mundo: la American Psychological Association y la American Psychiatric Association, y luego la Organización Mundial de la Salud, dictaminaron que la homosexualidad no era una enfermedad ni requería ningún tipo de tratamiento-  comenzó un período a partir del cual esta orientación sexual perdió su vinculación con el crimen y la enfermedad, y por último, si esto se reflejó en la producción fílmica argentina y en una mayor aceptación por parte de la sociedad.

 

Resumen.

Se analiza la visibililidad homoerótica en Buenos Aires, a través de la representación de los gays en el cine nacional durante el período comprendido entre 1933 y 2000. Se hace una revisión de la producción fílmica relacionada con el homoerotismo de las décadas siguientes, y su comparación con producciones del exterior, especialmente del cine norteamericano.

 

La tesis se presenta en tres partes: la primera, comprende la introducción y el capítulo 1, los aspectos teóricos-metodológicos, entre los cuales se analiza el estado del arte del tema elegido en Argentina, su comparación con otros países, particularmente Estados Unidos; líneas de investigación, fuentes  bibliográficas y aspectos relacionados con las minorías LGBT.[5] También se presenta una serie de aclaraciones terminológicas para brindar una mayor posibilidad de comprensión acerca del tema.

 

La segunda parte, en su capítulo 2, presenta una serie de acontecimientos ocurridos durante la primera  mitad del siglo XX, en especial desde 1933-1960,  en términos de visibilidad homoerótica. Incluyen la aparición del primer personaje gay cinematográfico, Pocholo, interpretado por Homero Cárpena y algunos hechos sobresalientes como la expulsión del cantante español Miguel de Molina, el affaire conocido como el “escándalo de los cadetes del Colegio Militar” y la represión policial.  En el capítulo 3 se presenta la producción cinematográfica de la década del sesenta. En el 4 y 5, las producciones de las décadas del setenta y ochenta, mientras que el 6 está dedicado a dos películas paradigmáticas de la representación homoerótica argentina, Adiós Roberto y Otra historia de amor. En el capítulo 7, se analiza la producción de las dos últimas décadas del siglo veinte en relación al homoerotismo, incluyendo un breve racconto de lo acontecido en el campo de la televisión y cómo ha evolucionado la visibilidad gay en este medio de comunicación de masas. El capítulo 8 contiene las consideraciones finales a las que pudo llegarse a modo de conclusión de la investigación realizada en base a los lineamientos propuestos desde el comienzo de la misma.

 

La tercera parte incluye dos anexos: en el primero aparece el detalle de las fuentes utilizadas en la investigación, con las fichas técnicas de las películas analizadas y citadas (comprende detalles de dirección, guión, intérpretes, fecha de estreno, observaciones argumentales y otras informaciones), en primer lugar aparecen las producciones argentinas, y en segundo, las extranjeras, ordenadas en forma cronológica. En tercer lugar aparece un listado general de títulos de películas argentinas y extranjeras citadas y analizadas, ordenadas en orden alfabético. El segundo anexo contiene algunas imágenes de películas argentinas mencionadas en la tesis. Por último se presenta la bibliografía citada, en forma alfabética.

 

 

CAPITULO 1.

ASPECTOS TEÓRICOS METODOLÓGICOS

 

Estado del arte.

Aunque en Argentina todavía no se advierte un interés académico significativo en el campo de la historiografía gay-lésbica, a la manera de lo que ocurre en países del exterior, es interesante citar la reflexión  de Maria Pramaggiore, sobre este campo de investigación. Según la autora, la historia de las películas gays y lesbianas abarca la producción, recepción y respuesta crítica de los filmes dirigidos a un mercado masivo; también incluye al cine underground, una forma artística de producción razonable, a la importancia del tema que la industria de los filmes de gran producción reprime sutil o abiertamente. La mayoría de los estudios de la representación en las películas gays y lesbianas enfocan películas de los Estados Unidos y Europa y combinan el análisis de imágenes de películas de esta temática con relatos de las vidas de gays y lesbianas en la industria cinematográfica. La historia de Hollywood –un lugar que es significativo tanto en términos de su poder económico como debido a su impacto en la imaginería cultural- y los “secretos” estilos de vida gay-lésbicos de sus integrantes ofrecen oportunidades adicionales para los investigadores en el nuevo campo emergente de la historiografía gay y lesbiana para reconsiderar las historias oficiales de las películas.[6]

 

Sin entrar a considerar el campo cinematográfico, en términos de investigación académica sobre sexualidad, a nivel internacional, en las últimas tres décadas,  se han extendido los trabajos sobre temas referidos a los estudios de género, como producto de una creciente comprensión de la distancia que existe entre los aspectos biológicos y culturales del sexo. Algunos antropólogos comprobaron la inexistencia de un comportamiento universal femenino y masculino en las distintas culturas, si bien todas atribuyen actitudes  y personalidades diferenciales a varones y mujeres. Existe una creencia universal que adjudica bases biológicas a la masculinidad y la femineidad, pero no las características que se atribuyen a uno y otro sexo ni al estilo de relaciones que se establecen entre ellos. Anne Oakley da cuenta de casos de varones y niñas que nacieron sin pene y sin útero pero que desarrollaron una identidad masculina y femenina, porque crecieron en un medio familiar que los formó de acuerdo con las pautas sociales y culturales que corresponden a los criterios "normales" de masculinidad y femineidad.

 

Las características de personalidad que históricamente se han atribuido a las hembras y a los machos en cada cultura están relacionadas con las funciones que cada uno de ellos tienen en la reproducción humana aunque no son atribuibles totalmente a dicha función. La domesticidad, vinculada con el rol afectivo de protección y contención, es una prerrogativa femenina y la división social del trabajo entre los sexos, su rol en las crianza de los hijos y su lugar en la producción y en la organización política tienen que ver en casi todas las culturas con una cierta división entre el mundo público y el mundo privado. Esto implica modalidades de relaciones interpersonales y vínculos de poder. Diversas teorías dan cuenta de los orígenes de la subordinación entre los sexos, por ejemplo en raíces griegas que relegaban a los siervos, a los niños y a las mujeres al mundo de la casa, de los servicios personales y de los afectos. Otras teorías creen en la existencia de poderes y mundos paralelos, concomitantes con el afuera y el adentro de la vida cotidiana. Las teorías de la subordinación establecen diferencias de jerarquía entre el mundo femenino de la domesticidad y la vida pública de la política y de la racionalidad en la que los hombres priman, por su capacidad de liderazgo y de agresividad desarrollada en el comienzo de la socialización.[7]

 

El tema de la homosexualidad y su vinculación con estudios culturales o de género.

En Argentina, recién en 2002 se inauguró el Centro de Estudios Queer, en el ámbito del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la Universidad de Buenos Aires. En principio, fueron un  conjunto de investigadores que estudiaban temas vinculados a la sexualidad LGBT, pero sin una estructura organizada. Esta línea de investigación parece deslizarse también por caminos similares a los grupos de militantes por los derechos de las minorías sexuales. El tema de la homosexualidad no parece ser un tema  de interés analítico, excepto escasas excepciones, y hasta el momento no se han realizado estudios referidos al cine nacional o extranjero. No ocurre lo mismo en el exterior, donde, en varias universidades norteamericanas se abrieron departamentos de estudios sobre queer theory a partir de 1991 y se están realizando estudios queer en letras hispanas en las siguientes instituciones: Arizona State University, University of Iowa, University of Colorado, Colorado State University,  University of Georgia, New York University, University of Oregon, Harvard University, Princeton University, University of Illinois, Ohio University, Ohio State University y Stanford University.[8]

 

Evolución de los estudios sobre homosexualidad y minorías LGBT.

En 1990, mientras tanto en Europa como en Estados Unidos comenzaban los estudios académicos basados en la teoría queer, en Argentina la Corte Suprema de Justicia de la Nación había ratificado el fallo de la Cámara de Apelaciones que confirmó la resolución de la Dirección de Personas Jurídicas que denegó la personería jurídica a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). En enero de 1992, luego de un cambio de autoridades, se dio trámite favorable a la CHA. Al mismo tiempo, en Canadá, el Ministerio de Inmigración le otorgó el status de refugiado político al estudiante de la Universidad de Córdoba, Jorge Alberto Einaudi, quien había demostrado que por su orientación homosexual, era miembro de un grupo social perseguido en la Argentina. En julio de 1993, el Consejo Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones Unidas, responsable de la observancia de los derechos humanos, otorgó a la Asociación Internacional de Lesbianas y Homosexuales (ILGA) su inclusión en la lista con el voto favorable de la Argentina. El caso de la personería jurídica a la CHA promovió un encendido debate en los medios de comunicación, pero los otros dos casos pasaron inadvertidos. En ninguno de los casos se oyeron los puntos de vista de los científicos argentinos. "Fuera de la Argentina, la investigación sobre las causas y el significado de la homosexualidad se ha desarrollado de forma muy importante en los últimos años".  Los científicos argentinos no investigan sobre el tema, ni en la UBA ni en el CONICET, tampoco en la Asociación Psicoanalítica Argentina. Jaime Stubrin, miembro didacta de la APA, señala que no tuvo inscriptos en los seminarios que ofreció la asociación. "Subraya que hay que señalar el tema en una sociedad enferma de homofobia, en especial 'los homosexuales y los psicoanalistas". La APA no admite candidatos homosexuales.[9]

 

En 1973, la American Psychiatric Association retiró la homosexualidad de su Manual de Diagnósticos y Estadísticas de Desórdenes Psiquiátricos (Diagnostic and Statistical Manual of Psychiatric Disorders, DSM III)[10] y en 1990 reiteró su posición con la oposición a la exclusión o rechazo de los homosexuales por las fuerzas armadas. Barrios Medina[11], sostiene que el proceso de despatologización había comenzado en 1957 con la psicóloga Evelyn Hooker quien administró tests proyectivos a individuos heterosexuales y homosexuales cuyo resultados fueron evaluados por colegas que desconocían esa orientación sexual y que no pudieron discriminar ninguna patología entre los testeados.

 

La homosexualidad, en la primera edición del DSM había sido incluida bajo el rubro de los trastornos de la personalidad sociopática. Años más tarde, en 1968, en la segunda edición, fue reclasificada como una desviación sexual, incluida entre las perturbaciones psicóticas.  “La categoría desviación sexual incluía a los individuos cuyos intereses sexuales se dirigían hacia objetos sexuales diferentes a las personas del sexo opuesto o hacia actos sexuales diferentes al coito o que lo comprendían en circunstancias bizarras”.[12] En 1973, la tercera edición del DSM eliminó la homosexual, aunque contenía el diagnóstico de “homosexualidad ego-distónica” según el cual “describía a individuos con un patrón sostenido de conducta homosexual no deseada o que les provocaba malestar, acompañada del deseo de ser heterosexual”.[13] La modificación en la nosología psiquiátrica obedeció en parte a la evolución de la disciplina, pero fundamentalmente a la presión ejercida por el naciente movimiento de gays y lesbianas en el sentido de despatologizar la homosexualidad.[14]

 

En Argentina, recién a principios del siglo XXI pareciera haber un creciente interés académico por la temática gay, alejada de los planteos psicológicos y enmarcándose en estudios de género, quizás como ocurrió en otros países (Europa y USA principalmente) derivados de los pioneros estudios sobre mujeres realizados por feministas.

 

En 1995, David Foster dictó un seminario de postgrado en la Universidad de Buenos Aires, sobre el tema del homoerotismo en la cultura latinoamericana, que constituyó una verdadera novedad académica para la Argentina[15], y probablemente para América Latina. Frente a la falta de materiales en lengua castellana, Foster preparó los apuntes que más tarde darían forma a uno de sus libros[16].

 

Foster sostiene que cualquier intento de entablar una discusión acerca de la herencia lesbiana y gay para América Latina, remite inevitablemente al problema de las culturas dominantes y su influencia sobre este continente. En el caso de Brasil, considera que debe ser tomado como un continente en sí mismo y remonta su tradición de producción cultural homoerótica a la novela de Adolfo Camina,  O bom-crioulo (1885) hasta llegar a nuestros días con Joao Trevisan. En América Latina el homosocialismo y la división entre vida pública y privada siempre ha incluido oportunidades para las relaciones entre personas del mismo sexo, lo que no necesariamente se deriva en algo semejante a la construcción de la identidad homosexual. Analizó autores del siglo XX de México (Luis Zapata)[17], Cuba (Reinaldo Arenas), Venezuela (Isaac Chocron), Puerto Rico (Luis Rafael Sánchez) y Argentina (Manuel Puig). En el caso de Argentina, además del análisis de la obra de Puig;  sostiene que la cuestión de la visibilidad para los gays y las lesbianas, no puede ser visto simplemente como un intento de abrir a la discusión pública el tema de la sexualidad, tanto heterosexual como queer.[18] 

 

Ültimamente, libros como el de Rafael Freda, Hombres que hacen sexo con hombres[19], o la ya citada creación del área de estudios queer en el Centro Cultural Rojas, parecen estar demostrando el comienzo de una zona de investigación que hasta pocos años no hubiera sido posible imaginar entre la comunidad académica rioplatense. A nivel de la UBA también debe señalarse el trabajo de Ana Lía Kornblit, Mario Pecheny y Jorge Vujosevich, Gays y lesbianas: formación de la identidad y derechos humanos.[20] Sus autores manifiestan que esta obra “representa el primer esfuerzo sistemático realizado desde la Universidad de Buenos Aires por encarar algunos aspectos de lo que se ha dado en llamar ‘estudios sobre gays y lesbianas’ (…) configurando un campo interdisciplinario en el que confluyen la historia, la sociología, la antropología, la psicología social, los estudios literarios y los de comunicación social”.[21] El libro incluye un estudio realizado sobre la población general con el objetivo de conocer el grado de homofobia en distintos grupos poblacionales de la ciudad de Buenos Aires.

 

Aclaraciones sobre la terminología empleada.

Un trabajo de esta naturaleza requiere la aclaración previa de ciertos términos que se manejarán a lo largo del texto, para brindar la posibilidad de una mayor comprensión por parte del lector. La figura del homosexual, que en términos europeos, por ejemplo, es considerada relativamente reciente[22] –mediados del siglo XIX- para los rioplatenses, en cambio es un sujeto histórico contemporáneo de la formación de la Nación; aunque como ya veremos más adelante, existen testimonios desde los tiempos de la colonia, sobre la visibilidad del hombre homosexual. 

 

Aclaraciones sobre el término gay.

Desde hace más de un cuarto de siglo, la primitiva denominación de maricón fue cambiado por otra menos peyorativa, la actualmente conocida: gay. Según Freda, durante el transcurso de la segunda mitad del siglo XX comenzó a esbozarse un rudimentario principio de articulación comunitario de homosexuales que daría lugar a que se fuera armando un vocabulario que en la actualidad tiene “contenidos imprecisos, innovaciones excesivas y categorías incoherentes, implícito sistema de pensamientos conflictivos y resonancias emocionales destempladas”.[23] Sin embargo, a principios del siglo XX no había nombres neutros de uso común que designaran a  personas homosexuales y los que existían eran “vulgares e insultantes” aunque también eran usadas por los mismos homosexuales, que de esta manera perpetuaban el estigma. Existían en cambio neologismos técnicos: homófilos y uranistas para los hombres, sáficas y tríbadas, para las  mujeres. Las palabras perversos, inmorales e invertidos formaban parte de las designaciones sancionadoras, mientras que entre los vocablos técnicos tanto para los hombres como para las mujeres estaba el adjetivo homosexual. A mediados de siglo, “la sociedad argentina tenía en uso común las expresiones homosexual, pervertido y amoral, en las que confundía contenidos médico-psiquiátricos y morales (…) Los homosexuales habían creado un ámbito de socialización al que llamaban el ambiente. Su jerga incluía expresiones redundantes de límites semánticos fluctuantes: beter era sinónimo de gente de ambiente. Esta frase designaba a todos los diversos tipos de minorías sexuales; los heterosexuales eran paquis; a los varones masculinos de clase baja o media baja con conducta homosexual y que decían estar en la joda y en el ambiente se les decía chongos. La pareja homosexual estable se llamaba aferato, y cada uno de sus integrantes afer (del francés affaire)”.[24]

 

Desligado de cualquier controversia moral u ontológica, a los fines de mi investigación usaré el término gay como un sinónimo para designar a varones homosexuales, sin considerar las líneas de reflexión y las posiciones dialécticas provenientes de los grupos de activismo por la defensa de los derechos humanos de las minorías sexuales, y que pretenden fijar diferencias entre ambos, atribuyendo la existencia o inexistencia de un estilo de vida definido, o la aceptación pública o el ocultamiento en relación con la orientación sexual. Acepto la distinción y las distintas tomas de posición, sobre todo en otro tipo de estudios referidos al aspecto de género o sociológicos, pero a los fines de mi investigación -anclada en lo histórico- creo que la simplificación en el uso del término gay u homosexual, en forma indistinta, puede contribuir a brindar mayor claridad y no lo contrario. Quiero aclarar que, si bien el término gay es relativamente reciente, ya que comenzó en Estados Unidos  a partir de la segunda mitad del siglo pasado, su popularización en el Río de la Plata[25], recién comienza a principios de la década del ochenta. Asimismo, en algunos pasajes, aún cuando resulte anacrónico continuaré refiriéndome al gay, en la confianza de que se comprende que estoy hablando de un mismo sujeto histórico, aunque su denominación haya variado del siglo XIX al presente.

 

Giddens[26], sostiene que la popularización de esta palabra como término auto descriptivo, es ejemplo de un proceso reflexivo donde un fenómeno social puede verse apropiado y transformado por medio de un compromiso colectivo. Merton señala que existe una polarización de la sociedad entre "los de adentro" y "los de afuera", como consecuencia del florecimiento de movimientos basados en la clase, la raza, el sexo, la orientación sexual y la religión. Esos movimientos expresaban la afirmación pública del orgullo por cierto status y la solidaridad con colectividades que durante largo tiempo han sido socialmente degradadas, estigmatizadas o acosadas de otras maneras en el sistema social.[27] Esta afirmación, sostiene Barrios Medina,[28] "es aplicable a los movimientos que afirman el derecho a la identidad y la diferencia  de la orientación social". El historiador de la homosexualidad, John Boswell, considerado el más importante en la materia, plantea que la historiografía de las minorías y el desarraigo histórico es "uno de los estigmas de la colectividad de lesbianas y gays quienes a diferencia de otras minorías perseguidas como los judíos, son despojadas del sentimiento de comunidad en el presente, y con el pasado, que resulta de la rememoración histórica".[29]

 

En Buenos Aires, cuando se rastrea la palabra gay nos encontramos que en 1913, era una expresión del lunfardo que designaba al centavo, como una unidad monetaria del sistema de juego de los canillitas (vendedores de diarios)[30]. Gobello en su diccionario del lunfardo también registra la expresión conocida en la actualidad, para designar a los varones homosexuales, citando que tiene su origen en el lenguaje de “vida airada” de Estados Unidos y como una voz muy difundida a partir de la década de 1970.[31] Este autor también registra otras expresiones de uso corriente en el lenguaje popular tales como trolo: “homosexual pasivo”[32], comilón: “pederasta pasivo”[33] y brisco, también referido a un “pederasta pasivo” en alusión al “durazno prisco que se abre con facilidad”.[34]  En tanto que manflora, es una expresión que también designa a un hombre afeminado tomado de la expresión americana en su diminutivo “manflorita” es una “corrupción del culto hermafrodita: que tiene o parece tener los dos sexos”.[35] Por último, bufarrón, en el habla popular designa a un “pederasta activo” como una deformación del castellano “bujarrón” por cruce con bufar. “Es frecuente el apócope bufa y corre también la forma festiva retambuja”.[36]

 

En Estados Unidos,  con medio siglo de abundante literatura científica e incluso de divulgación, sobre el tema de la homosexualidad, los actuales lesbian and gay studies, manifiestan nuevas tendencias y enfrentamientos, surgidas del interior de lo que podría denominarse comunidad gay –sin pretender entrar en una discusión polisémica del alcance del término comunidad-; y lo mismo ocurriría en Francia según lo manifiesta Didier Eribon cuando explica por ejemplo, las posturas enfrentadas de quienes defienden el reconocimiento legal  de las uniones de hecho (PACS) y la de los que se oponen, ya sea porque lo consideran innecesario, o porque son una copia homosexual de un modelo burgués de normatividad heterosexual.

 

Teoría queer (queer theory).

La palabra queer comenzó a sonar en el Río de la Plata en forma reciente. En un sentido casi literal, podríamos decir que queer significa raro, curioso, excéntrico, amanerado, y originalmente también aludía de manera despectiva al homosexual.[37] En el mundo desarrollado parecen multiplicarse los  estudios de “queer theory”. Antes que nada, la palabra “queer”[38] con la que se designa a los homosexuales y que en castellano tendría el mismo significado que “maricón”, o una forma despectiva de referirse a un homosexual, ha evolucionado en los últimos años abarcando otro tipo de sexualidades que podríamos catalogar como no convencionales. Cuando los estudios gay-lésbicos emergieron como un campo académico en Estados Unidos, los investigadores comenzaron a disputar sobre una designación convencional. Algunos sostenían que el término “gay”o “lesbian” podía ser excluyente; otros argüían que tales términos necesariamente implicaban que la identidad sexual es un atributo esencial más que una construcción social. A fines de los ’80 y principios de los ’90 del siglo XX, ciertos investigadores respondieron a esto desarrollando el término “Queer theory”, que intenta incluir además de a gays y lesbianas, a bisexuales, transexuales y gente heterosexual que no entraría dentro de los parámetros considerados normativos, como sujetos pasibles de ser examinados críticamente, al mismo tiempo que rechazaban el esencialismo implícito en la definición “gay  lesbian” de identidad sexual.[39]

 

Caracterización del estereotipo:

Para una orientación general al tema de los estereotipos, a pesar del tiempo transcurrido sigue siendo invalorable la obra de Gordon W. Allport, La naturaleza del prejuicio[40], aunque las investigaciones y ejemplos de este volumen se basan sobre todo en el medio norteamericano, como él mismo  autor sostenía, el análisis que hacía de la dinámica del prejuicio tenía validez universal.[41] La obra de Allport parece insuperable en términos de descripción y formulación del concepto de estereotipo; no obstante en lo que se refiere al tema de esta tesis, por tratarse de un personaje de estudio limitado al campo de la cinematografía y de la orientación o deseo sexual, me he visto obligado a delinear algunas concepciones propias para lograr mejores condiciones de explicación del objeto de mi investigación. En el caso de la construcción del estereotipo de los homosexuales, existirían características tales como la vestimenta, la gestualidad e incluso el manejo de la voz. Una de los símbolos semióticos más difundidos es el de la muñeca quebrada, un gesto delicado de mover la muñeca, que se usa para designar a un gay en forma peyorativa o simplemente informativa sobre su orientación sexual, y el tono de voz afeminada similar a la de una mujer. Estos elementos semióticos parecen estar presentes en diferentes países, y han sido representados en distintas filmografías.

 

Existen escasos trabajos en nuestro medio, sobre los distintos tipos de varones homosexuales. Perlongher ha definido en especial el estereotipo del chongo vinculado con la prostitución, pero su investigación está referida al escenario urbano de la ciudad de San Pablo, Brasil[42]; también Sebrelli[43] ha analizado el mismo estereotipo, pero para la ciudad de Buenos Aires. Rafael Freda, autor de Hombres que hacen sexo con hombres[44], ha hecho su aporte sobre los distintos tipos de homosexuales, que él clasifica básicamente, en los “de ambiente” y  los de “cultura gay. Volveré más adelante sobre el tema en el punto en el cual trato la caracterización de los estereotipos.

 

No obstante, sería fácil suponer que deben existir distintos tipos de hombres homosexuales, como existen distintos tipos de heterosexuales, pero a los efectos de establecer algunos parámetros de investigación he preferido definir algunos estereotipos que aparecen en las películas analizadas, y que también tienen su correlación real en la sociedad porteña.

 

En una persona, el estereotipo estaría compuesto de una serie de elementos materiales e inmateriales, desde la psicología interna del personaje, hasta las características de su voz, la manera de hablar, el tono de la voz, la impostación o el susurrar. Otros elementos estarían relacionados con la manera de manejar el propio físico, la forma de caminar, de sentarse, los ademanes al hablar, la manera de mirar y también la vestimenta. Este amplio conjunto integrado por tan diversos elementos, se entronca con las fantasías propias de los individuos pasibles de ser considerados estereotipos, y la fantasía del mundo que los percibe como tales, donde los integrantes aportan su propio conocimiento del saber popular adquirido a través de la educación formal e informal, el medio cultural y social donde el individuo se desarrolla. Ligados a estos elementos están las representaciones surgidas del mundo de la cultura, las producciones de la literatura, el teatro, la televisión, y de la materia que nos ocupa, el cine.

 

El sentido que pretendo darle al término estereotipo es el que se entiende usualmente como un equivalente a “personaje”. En general suele equivaler a criatura, clisé, prejuicio; aunque también implica referencia, simplificación, reiteración o fijación de comportamientos y actitudes, así como opiniones. Walter Lippman, ya en 1922 introdujo el significado científico para referirse a ciertos mecanismos cognitivos de simplificación de la realidad. Esta simplificación, impuesta por razones de economía del esfuerzo, trae aparejada el peligro de la distorsión. En el marco de las ciencias sociales se ha tratado de diferenciar conceptualmente términos tales como “actitud”, “imagen”, “prejuicio” y “estereotipo”.  Gerhard Kleining (1959)  hacía equivaler la “imagen” al complejo anímico legítimo de la persona; el “estereotipo” designaría un falseamiento de la realidad en tanto que el “prejuicio” se limitaría a un falseamiento negativo de la misma. Reinhold Bergler (1966) sitúa el concepto de estereotipo a un nivel genérico del que los prejuicios, por ejemplo, serían una especificación”.[45]

 

Estereotipo “primario gay”.

A través de las representaciones culturales, en especial del cine, la literatura y también de la televisión argentina, se tiende a asimilar al varón homosexual con la mujer, como derivado de construcciones colectivas. A partir de esta forma de estereotipo, se trataría de acomodar todas las categorías de subordinación femenina  al varón homosexual, otorgándole un rango de inferioridad en cuanto al liderazgo y el poder físico y la virilidad, aunque ejemplos de homosexuales célebres como el actor Rock Hudson, la primer víctima famosa de SIDA, no confirmen la regla de hombre homosexual igual mujer igual afeminado. Esta asimilación con la mujer no sólo proviene de la mirada heterosexual sino que la podemos encontrar en autores gay, como Manuel Puig, uno de los mayores exponentes del homoerotismo a nivel nacional. Este estereotipo es designado en el habla popular como marica, maricón, trolo, puto, etc.

 

Estereotipo “tapado o falso straight”.

Diferentes autores consideran que la cultura machista –entendiendo cultura como comportamiento social, público y privado de los varones- latinoamericana es altamente machista, y que Argentina, y por lo tanto Buenos Aires, no escaparía a esta clasificación. Por lo tanto, individuos homosexuales, deben camuflarse en sus actitudes públicas como hombres heterosexuales, sin mencionar a sus parejas del mismo sexo, e incluso en algunos casos, mintiendo acerca de relaciones con novias verdaderas o imaginarias. A este tipo de homosexual yo lo designo como tapado o falso straight. Ejemplo de éstos, aparecen en el cine nacional, y serán analizados en las diversas películas, fuentes de esta investigación. Este varón que vive a escondidas su sexualidad y que muchas veces sojuzga su propio deseo, - y donde en algunos casos esta tensión se mezcla con la homofobia interna del individuo- podemos encontrarlo en otras cinematografías, por ejemplo en dos producciones mexicanas que están en las antípodas: la divertida y desprejuiciada comedia Doña Herlinda y su hijo (1984, Jaime Humberto Hermosillo) y en la dramática El lugar sin límites, (1977, Arturo Ripstein, sobre la novela homónima de José Donoso) donde el travesti La Manuela, quien suele bailar vestido de bailarina española en un burdel, es asesinado por un rudo camionero que no tolera los sentimientos y el deseo, que aquél –o aquélla- le despiertan.

 

Estereotipo del “Chongo”.

El chongo podría ser definido como un individuo homosexual –a veces bisexual- de características viriles muy acentuadas, que desempeñaría un papel activo en la relación homoerótica,  por la cual percibiría una retribución material o económica. Uno de los autores que más extensamente ha analizado el estereotipo del chongo es Sebrelli[46], y también Perlongher[47] y recientemente Salessi[48]. Sebrelli comenta:

 

 “el chongo se agotaba en el esfuerzo de representar el estereotipo de la masculinidad, hasta convertirse en casos extremos en una caricatura del ‘macho’, exagerando la rigidez, la dureza, con los gestos recios, con la manera de pararse con las piernas abiertas, caminar moviendo los hombros, mostrar los brazos musculosos, llevarse la mano a la entrepierna marcada por los pantalones muy ajustados, no usar nunca anteojos, lo cual sería un signo de debilidad, o tan sólo a veces anteojos negros, porque lo usaban los duros en los filmes policiales”.[49]

 

Otro aspecto a tener en cuenta es la jactancia del chongo acerca de su heterosexualidad, ya que aduciría únicamente un papel activo en el acto sexual e identificaría sólo al pasivo con la homosexualidad, error que según Sebrelli, “forma parte de las convenciones arraigadas en el común de la gente y que deriva de la tradición mediterránea, del folclore de la antigüedad grecolatina”.[50] Según el autor, la liberación sexual que comenzó en la década del sesenta, la legalización de la homosexualidad en la del ochenta, el cambio de costumbres, “la pérdida de los rígidos roles masculino y femenino en las nuevas generaciones y la subcultura juvenil con su composición del tipo andrógino han provocado el ocaso del chongo tal como lo hemos descrito, si bien no ha desaparecido del todo, y es posible hallarlo todavía en los barrios más apartados y en los pueblos suburbanos de Buenos Aires, de Rosario o en Maldonado (…) El taxi boy –el  vocablo mismo está señalando su carácter mundano, cosmopolita y aburguesado- es el heredero transfigurado, en los tiempos del capitalismo tardío, del mítico chongo”.[51]

 

La homofobia.

La homofobia es un término que comenzó a ser utilizado desde las ciencias sociales y la psicología para designar una variedad de fenómenos que tienen en común una posición negativa frente a la homosexualidad. Si bien el término surgió en el marco de la psicología norteamericana para referirse a un tipo psicológico hostil hacia la homosexualidad, su sentido “se fue extendiendo hasta designar todo tipo de discriminación por orientación sexual”.[52] En realidad no se trata exactamente de una fobia, sino de un rechazo o de un temor irracional de estar frente a un homosexual. También se ha extendido el uso del término a homofobia internalizada, para designar el rechazo que sienten algunos homosexuales por su propia orientación sexual. Según  Eliason[53] a pesar de que el término internalized homophobia se encuentra definido en forma vaga se lo reconoce universalmente como fenómeno. George Weinberg introdujo el término homophobia en 1972 y lo definió en dos sentidos: el odio o el miedo irracional de algunos heterosexuales a estar en proximidad a una persona homosexual, y a los propios sentimientos de auto rechazo de algunos homosexuales.[54] Sears y Williams definieron la homofobia como el prejuicio, la discriminación o los actos de violencia contra minorías sexuales, incluyendo lesbianas, gays, transexuales y bisexuales que se evidencia en el odio asentado en el profundo miedo de ser amados y deseados por personas del mismo sexo.[55]

 

Respecto al “pánico a los gays”, un estudio realizado en la universidad de Northeastern, Boston, habría demostrado que cuando los varones heterosexuales sienten que su masculinidad está en peligro, su respuesta es sentir una profunda hostilidad hacia aquellos. Así, “los hombres que sienten su ego masculino amenazado por los gays son los más homófobos y los más violentos hacia los gays; aquellos que se sienten seguros de su masculinidad sienten menos hostilidad, ha declarado el director del estudio, el doctor Richard H. Gramzow”.[56] El estudio fue presentado en una reunión de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología de Boston y habría demostrado además que las mujeres no sienten hostilidad ni ante los gays ni ante las lesbianas, pues su feminidad no se siente amenazada. Otra de las conclusiones fue que “el machismo tiene mucho que ver con la homofobia, pues son los hombres que valoran más negativamente a las mujeres, los que sienten más antipatías ante los gays”.[57]

 

Heterosexismo.

Según Rebecca Condit, se podría definir el heterosexismo como una corriente de significativa importancia para la sociedad en su conjunto, y en particular para la comunidad gay, lesbiana y bisexual. Para que la sociedad pueda prosperar, las oportunidades y beneficios deben ser accesibles para todos, y se debe animar a los individuos para que alcancen sus metas mas deseadas. No se debe olvidar que la sociedad ha tenido grupos oprimidos durante una época, y que luego los ha aceptado, y ese cambio ha beneficiado a la sociedad entera, más que a un único sector de la misma. Estos procesos requieren tiempo y causan angustia en ambos, en los opresores y en los oprimidos. Estos cambios  sociales conllevan la lucha contra cargas de tipo religioso, emocional, cultural y psicológico. Los hechos y la evidencia científica con respecto a la orientación sexual y el impacto que el prejuicio tiene en todas las partes involucradas se deben considerar cuidadosamente. Los años noventa –concluye Condit- trajeron adelantos significativos en la investigación referente a respuestas heterosexuales frente a la homosexualidad. Tal investigación ha tomado un acercamiento más empírico que en el pasado, y se ha divulgado cada vez más en los diarios, libros y revistas.[58]  

 

Identidad homosexual.

El concepto de identidad homosexual apareció en la literatura científica norteamericana en la década del setenta “y se refiere al sentido que tienen de sí mismos los gays o las lesbianas como personas que no sólo practican sexo con otras de su mismo género sino que se identifican como homosexuales”.[59] “La identidad homosexual es un concepto abarcativo, que incluye, además del comportamiento, el deseo homoerótico, el sentido de uno mismo como homosexual y las imágenes que el sujeto tiene” y que acompañan ese deseo.[60] Kornblit et al, citan una investigación llevada a cabo en Brasil por Freire Costa[61] en 1994, con sujetos gays donde los atributos que los entrevistados asociaban con mayor frecuencia con el comportamiento homosexual eran los siguientes:

 

- Continuidad y constancia en las relaciones homoeróticas.

- Pasividad en el coito.

- Pasividad como actitud y ausencia de agresividad.

- Afeminamiento en las maneras y en el modo de hablar.

- Gusto por actividades lúdicas y profesiones tenidas como tradicionalmente femeninas.

 

En cuanto a los atributos que se asociaban con mayor frecuencia con el deseo erótico eran:

 

- Mayor atracción física por hombres que por mujeres.

- Mayor ternura hacia hombres que hacia mujeres.

- Mayor excitación sexual por fantasías homoeróticas que por fantasías heterosexuales.

 

Según el autor de la investigación citada, “para estos entrevistados, los atributos que pesaban más con respecto a la rotulación de una persona como homosexual eran los vinculados al deseo y no al comportamiento”. Kornblit et al, señalan que la mayoría de las respuestas muestran un perfil del homosexual masculino con los atributos del hombre afeminado, que rechaza los rasgos masculinos. “Sin embargo, las investigaciones realizadas en los países anglosajones, en los que la cultura gay está más consolidada, dan cuenta de un surgimiento de un nuevo tipo de homosexual, que reivindica su ser masculino y rechaza el afeminamiento. En la identidad gay, los hombres atraídos por hombres no renuncian a sus características masculinas”.[62]

 

Acerca de la expresión “Salir del armario”.

Salir del closet, o salir del armario, es una expresión tomada del inglés: comming out the closet,  con la que se designa el proceso mediante el cual algunos homosexuales y lesbianas hacen pública su preferencia sexual. “La decisión de salir del closet la toma cada persona cuando lo considera oportuno, eligiendo cuidadosamente el momento y las personas a las que va a revelar su intimidad. En los tiempos que corren la Internet ha sido, para algunos, una herramienta útil para comenzar a vivir este proceso.”[63]

 

Aclaraciones sobre el término visibilidad.

En los actuales estudios de género y también en los llamados estudios culturales, el término visibilidad aparece vinculado a los hechos políticos de algunos homosexuales agrupados en distintas organizaciones a partir de la década del sesenta del siglo XX. Estos movimientos habían comenzado en otros países, en Europa y en Estados Unidos desde fines del siglo XIX, y tuvieron un desarrollo importante en este último país a mediados de la década del cincuenta del XX.

 

No me propongo en mi tesis un análisis del discurso político de los activistas –que podrían agruparse en una primera y gran categoría como aquellos que pretenden lograr la libertad de asumir públicamente una sexualidad diferente a la de la mayoría y la igualdad de derechos jurídicos, uniones civiles, leyes de adopción y herencia, etc.- ni un análisis de las diatribas de quienes rechazan a los homosexuales[64]. De todos modos es inevitable la inclusión a referencias históricas que plantean las distintas posiciones de la tensión entre la aceptación y el rechazo; y subyacentemente, el tema de la identidad y la sexualidad en una sociedad globalizada, donde el sexo parece estar ampliamente difundido, aligerado de los tabúes de otras épocas –según las regiones del planeta- pero que en el fondo sigue despertando posiciones encontradas según sea el grado de permisividad de las sociedades en materia sexual.

 

En los últimos años, en Argentina, y a partir de la década del 90, comenzaron a realizarse estudios de género que intentan rescatar las diversas variantes sexuales que coexisten con el modelo hegemónico de normatividad heterosexual. Pero esta producción académica pareciera correr el mismo riesgo al que están sometidas algunas personas con una sexualidad diferente: el repliegue sobre si mismos y la conformación de guetos. Los estudios de género comenzaron con la temática que luego se conocería como feminismo, a los que siguieron los lesbian and  gay studies, y más tarde por los estudios queer que intentan cobijar a la variedad de individuos agrupados bajo la denominación de la sigla LGBT, ya mencionada.  

 

Algunos aspectos metodológicos sobre artículos genéricos.

Creo conveniente resaltar que cuando se trata de alusiones a travestis, se ha respetado el artículo masculino “el”, a pesar de que en el lenguaje coloquial rioplatense, se advierte la tendencia a brindar un trato femenino a los travestis, anteponiendo el artículo femenino “la” –sobre todo cuando éstos son conocidos por su carácter público, por su pertenencia al mundo del espectáculo-, en consonancia con la indumentaria y el género que han adoptado los sujetos. Considero que en una materia tan plástica, y en apariencia rápidamente cambiante en estos últimos tiempos, donde la sexualidad parece abandonar el ámbito privado para volverse cada vez más pública o exhibicionista, no debería extrañar, esta dualidad nominativa de “él” o “la” para individuos que siendo de un sexo biológico eligen trasmutarse –con intervención quirúrgica o sin ella- en un género diferente. Una última aclaración sobre el tema de los artículos de género: para algunos homosexuales, la utilización del pronombre femenino es utilizada como forma de tratarse entre ellos, quizás –explican algunos autores, como Freda- como una forma de burlarse del estigma y la homofobia proveniente del entorno exterior y resignificarla como una forma de aceptación y autoestima.[65]

 

Fuentes utilizadas:

Las fuentes primarias para mi investigación son las películas argentinas filmadas entre 1933 y 2000 –que gracias a la tecnología del video son fácilmente accesibles en este formato- y las secundarias las constituyen obras sobre el cine argentino e internacional y las numerosas críticas y comentarios  cinematográficos publicados en los diarios y revistas de Buenos Aires, y también en menor medida del exterior. Consulté también otro tipo de fuentes, numerosos libros y diccionarios sobre el cine argentino e internacional; y páginas de internet. Además de las películas otras fuentes analizadas fueron los programas de televisión, especialmente para el período 1970-2000.

 

Si bien fueron vistas más de seiscientas películas, de las cuales se seleccionó para su análisis un corpus de un centenar, considerando también algunas extranjeras, las que fueron desechadas no son explicitadas en forma exhaustiva, ya que algunas sólo contienen referencias verbales a la homosexualidad y breves apariciones de personajes gays en líneas secundarias de narración. He trabajado también con ensayos académicos sobre estudios de género y teoría queer que el lector encontrará en la bibliografía en notas al pie de página y al final de la obra.

 

Fuentes bibliográficas.

La bibliografía relacionada con producciones culturales y homoerotismo es casi inexistente en términos nacionales, de todas formas, se la encuentra en abundancia a nivel extranjero, en especial norteamericana y también europea.

 

A nivel internacional existe otro corpus de literatura que podría llamarse reivindicatoria o militante, con obras tendientes a dignificar el derecho a una sexualidad diferente a la mayoría heterosexual. En este grupo encontramos las obras provenientes del feminismo marxista, con autores como Judith Butler[66], y otros, cuyo pensamiento plasmado en libros y artículos de revistas a nivel norteamericano, y en una escala no académica en revistas nacionales de reciente aparición como NX, Magayzine e  Imperio G. En un plano con mayores pretensiones académicas la revista Espejo, de SIGLA y artículos provenientes de esta asociación y también de la CHA. También en varias provincias existen distintas asociaciones GLBT, que no son mencionadas aquí, dado que mi investigación se refiere al ámbito de la ciudad de Buenos Aires, como centro de la industria cinematográfica y como escenario urbano donde se desarrollan la totalidad de las películas analizadas.

 

A nivel local existen también agrupaciones de lesbianas y no se puede dejar de mencionar a dos mujeres que fueron pioneras en términos de activismo, Ilse Fukova y Claudina Marek, quienes escribieron en conjunto Amor de mujeres[67] constituyendo uno de los primeros casos de reconocimiento público de una sexualidad diferente. Estas mujeres dieron un grado de visibilidad importante al tema de la homosexualidad en el país. Supieron aprovechar el juego sensacionalista de los medios de comunicación para confesar la relación amorosa que las unía y dar batalla por la aceptación y visibilidad del lesbianismo y de los gays en la Argentina.

 

Fuentes secundarias:

En términos de bibliografía nacional, los estudios sobre homosexualidad y cine son casi inexistentes con excepción de algunas menciones en internet. Si bien aparecen numerosos hits cuando se realiza una búsqueda que contenga ambos términos “cine” y “homosexualidad”, los aciertos disminuyen notoriamente al agregarle el país. Y dentro de los resultados para Argentina, las páginas web se refieren a todo tipo de sitios, fuera de un contexto académico, menciones a películas extranjeras estrenadas recientemente, críticas, pornografía, lugares de encuentros para la comunidad gay, merchandising y distinto tipo de ofrecimientos de servicios.

 

En cuanto a trabajos resultantes de investigaciones académicas sobre la homosexualidad, desde el punto de vista de las producciones culturales y en especial sobre cine, realizadas en el país, son inexistentes. Se trata de un tema escasamente trabajado y en la mayoría de los casos es más fácil encontrar trabajos sobre la homosexualidad referida a temas del campo de la psiquiatría. En el plano internacional existe una abundante producción referida al homoerotismo tomado desde distintas variantes; se encuentran numerosos artículos de publicaciones periódicas, académicas y de divulgación, o destinadas al público homosexual, pero en general todas coinciden en una característica común, la escasez de referencia a la representación de los varones homosexuales en la pantalla.

 

Para una introducción general al tema de la homosexualidad masculina y femenina, Reader´s guide to lesbian and guide studies[68], constituye una importante herramienta para la aproximación a innumerables tópicos referidos a esta área académica de estudios. La vasta temática comprende temas tales como cultura afro-americana, SIDA, arte y artistas, ciencias biológicas, cultura lesbiana y gay, films, televisión, video, estudios de género, queer theory, estudio transgéneros, estudios urbanos y regionales. Aunque la obra organiza un corpus específico de literatura y conocimiento producidos por académicos norteamericanos en su mayoría, y también por europeos –con parámetros inexistentes en nuestro país- ha sido de gran ayuda a la hora de seguir el análisis de los temas relacionados con la homosexualidad, a saber: homofobia, visibilidad, salida del armario, etc. La obra en cuestión, de características enciclopédicas incluye datos de autores y reseña de la producción académica en el campo de los lesbian and  gay studies[69] a partir del comienzo de los mismos, que Murphy data en 1970.

 

En el caso específico del cine, ante la ausencia de títulos vernáculos, fue estimulante el aporte de obras como Las leyes del deseo: la homosexualidad en la literatura y en el cine, de Paul Julian Smith[70], y The celluloid closet[71], de Vito Russo. El libro de Smith está considerado como un trabajo pionero y solitario en este tipo de análisis, referido a la literatura y filmografía hispana del período 1960-1990. Smith analiza varios textos y películas, autores como Goytisolo, directores como Pedro Almodóvar, y los vincula a un debate teórico general sobre las cuestiones que afectan el desarrollo de las identidades gay y lésbica, con los análisis locales de trabajos individuales, pasajes, o secuencias cinematográficas. Según el autor “en los estudios hispánicos sólo se ha tratado la homosexualidad de forma fragmentaria; y la mayoría de lo que se publica no muestra un conocimiento de las novedades recientes en los estudios gay y lésbicos”[72] La obra incluye un glosario de términos cinematográficos tomados de Film art: an introduction, de David Bordwell y Kristin Thompson (New York, 1990) para facilitar la comprensión del lector sobre distintas descripciones técnicas. La obra de Russo, aunque escrita en 1985, es considerada la más influyente para los scholars y la producción académica y no académica en cinema queer. A pesar de que se le atribuyen generalizaciones en su análisis de un siglo de cine norteamericano, ofrece una inteligente visión y sólidos comentarios sobre comedias clásicas y sobre queer comedies. Su título en inglés alude al “armario” donde gran parte de los actores homosexuales estuvieron encerrados, así como la represión temática de la homosexualidad durante un prolongado período del siglo veinte.

 

Para el caso del teatro, el cine y la literatura latinoamericana debo citar también Gay and lesbian themes in Latin American writings[73] y Producción cultural e identidades homoeróticas[74] de William David Foster, con quién además tuve la suerte de mantener varias entrevistas tanto en sus visitas a Buenos Aires, como en mi pasaje por la Universidad de Arizona, en su sede de Tempe, en el año 2001. Los comentarios de David siempre fueron generosos y arrojaron luz sobre qué camino seguir en la investigación de determinados temas relacionados con esta tesis.

 

Para un enfoque general del tema de la homosexualidad en la Argentina no pueden desconocerse las obras de Carlos Jaúregui, Zelmar Acevedo y Jorge Salessi, así como el reciente libro de Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli, que arrojan luz sobre el universo de la vida cotidiana de los gays durante la última dictadura militar argentina, 1976-1983. Cabe acotar que estas obras comparten un hilo conductor y que es el denominador común de la narración efectuada a través de una voz plural denominada “nosotros”, con lo cual presupone desde un comienzo una posición y actitud apologética sobre la identidad homosexual.

 

La obra de Acevedo, Homosexualidad: hacia la destrucción de los mitos[75], publicado poco después del retorno del país a la democracia, es un ensayo, desafiante, sobre la liberación del homosexual y contra la homofobia y prejuicios de la sociedad. Según el propio autor, la obra intenta sacar a los homosexuales de la clandestinidad que tan frecuentemente han utilizado, obligados por la censura y la represión oficial y no oficial. Acevedo señala que han sido los heterosexuales los que han llevado a cabo el análisis sobre la homosexualidad, formulado juicios y que sus manifestaciones muchas veces son fruto de prejuicios ancestrales, miedos y fantasías.[76] Esta obra puede considerarse pionera en su estilo, puesto que no había antecedentes apologéticos y que el tema de la homosexualidad no se imponía como moda.

 

La obra de Jáuregui, La homosexualidad en la  Argentina[77], podría decirse que es continuadora de la anterior, y sin centrarse en la psicología ni en las ciencias biológicas, hace un repaso de la vida social y los derechos humanos. Los dos primeros capítulos se ocupan de la sexualidad en el mundo antiguo hasta la aparición del cristianismo y del cambio de ésta bajo la influencia judeo-cristiana. Los siguientes capítulos exploran las relaciones de la sexualidad con la ciencia, los sistemas de poder y el derecho, los medios de comunicación social y la vida cotidiana. Se refiere también a los movimientos de liberación gay existentes en ese momento, la represión de la sexualidad en la Argentina y la Comunidad Homosexual Argentina, de la que fuera su primer presidente en 1984.

 

Una obra reciente, Médicos, maleantes y maricas, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación argentina, Buenos Aires 1871-1914, de Jorge Salessi,   propone una relectura de un período de la historia argentina a partir de una exhaustiva investigación motivada por su tesis de doctorado. A partir de la cita de documentos sobre sanidad, artículos médicos y psicológicos, ponencias criminológicas y textos autobiográficos de travestis de principios del siglo XX da cuenta de la existencia de la visibilidad homoerótica y cómo ésta se relaciona con la construcción de la identidad nacional,  enfrentando las versiones canónicas de la cultura argentina.[78]  

 

Las obras de ficción también resultaron de gran utilidad para una aproximación a la comprensión de los estereotipos gay y su vinculación con el imaginario urbano –por llamar de alguna manera rápida a la percepción de las personas heterosexuales acerca de las minorías sexuales, y en algunos casos la auto percepción de estas mismas minorías- de Buenos Aires. En el caso de la literatura argentina debo citar las obras de Oscar Hermes Villordo, y las novelas de Manuel Puig y Manuel Mújica Láinez. En mayo de 2000 se publicó Historia de un deseo: el erotismo homosexual en 28 relatos argentinos contemporáneos, una recopilación de Leopoldo Brizuela, que reunió cuentos sobre el erotismo homosexual de la literatura argentina contemporánea, que permiten un acercamiento al tema de la visibilidad en diferentes momentos históricos, dentro de un marco de producción muy escasa debido a  que  “toda publicación de una obra con ‘tema homosexual’ fue un acto de política editorial muy combativo y muy riesgoso”; la mayoría de los textos para la compilación, señala Brizuela, estaban escondidos en medio de una colección, “sin referir directamente al tema desde el título, y sin dar título, por supuesto, a casi ninguno de los volúmenes.”[79]  Para un análisis comparativo de la literatura de ficción homoerótica a nivel extranjero debería destacar al autor David Leavitt, cuyas  novelas El lenguaje perdido de las grúas (The lost language of cranes), Baile en Familia (Family dancing), Arkansas (Arkansas. Three novellas)  y Mientras Inglaterra duerme (While England sleeps)[80], entre otras aportan una nueva visión del estereotipo gay, donde los personajes no son seres estigmatizados y los problemas vitales no se relacionan con la orientación sexual, sino con una serie de conflictos de la sociedad actual. Según Ulanovsky Sack, “dada la importancia que la homosexualidad y las relaciones familiares light tienen en sus libros, un periodista de los Estados Unidos lo catalogó como ‘el poeta de la nueva familia americana’, para marcar el paso de una cultura tradicional a otra con una moral desafiante para el statu quo”.[81]

 

Por su aporte para la compresión del ambiente social y su vinculación con el homoerotismo, podría mencionarse, a pesar de su carácter de literatura de ficción, a un escritor como Oscar Hermes Villordo, autor de la trilogía La brasa en la mano, La otra mejilla y El ahijado, publicados a partir de mediados de la década del 80, y que revelan el telón de fondo de algunos hombres gays desde la década del 50 en adelante, en las cuales describió ambientes sórdidos, un estereotipo trágico y la persecución policial.[82] También podría incluirse, la reciente novela de Osvaldo Bazán, La más maravillosa música (una historia de amor peronista).[83] La novela, que según la  crítica se apoyó en un exhaustivo trabajo de investigación[84], mezcla la militancia política de las décadas del sesenta y setenta con una relación sentimental entre dos hombres. El tema central de esta novela, que podría inscribirse dentro de la casi inexistente rama de la ficción gay nacional[85], trata sobre el regreso al país de un exitoso escritor que en su juventud vivió una relación homoerótica con un montonero. A través de la técnica del racconto lleva adelante la historia de la creación y disolución del FLH, en medio de los agitados años de la década del setenta, el regreso del general Perón, la guerrilla montonera; la clandestinidad de Rubén es mostrada como en un juego de cajas chinas, el personaje del guerrillero vive otra clandestinidad, interna, la de ocultar su propia orientación sexual que lo obliga a renunciar al amor que siente por Héctor, el escritor.

 

Para el análisis del cine argentino, además  de la visión y relevamiento de numerosos filmes[86], se utilizaron diversas fuentes secundarias, ensayos, artículos y críticas aparecidas en publicaciones periódicas especializadas y diarios, diccionarios y páginas de internet nacionales y extranjeras. Si bien no existe bibliografía referida al tema de la homosexualidad en el cine argentino, se dispone en cambio de una diversidad de obras y autores –no demasiado extensa en relación con la producción académica extranjera- que constituye un corpus especializado en cinematografía nacional, desde sus orígenes hasta la actualidad. Una fuente insoslayable la constituye Historia del cine argentino, de Domingo Di Núbila[87], pese a que data de más de cuatro décadas atrás, y que su actualización no alcanzó a ser completada debida a la muerte del autor en 2001.

 

Un verdadero complemento a la obra de Di Núbila, lo constituye los libros compilados por Claudio España: Cine argentino en democracia[88] y Cine argentino, industria y clasicismo 1933/56[89]. Para la reconstrucción de las distintas épocas y los momentos políticos y sociales donde fueron apareciendo las películas analizadas en esta tesis, fueron consultadas entre otras, las obras de Ciria[90], Varea[91], Corbata[92], Couselo[93], González y Rinesi[94] y los artículos de Fuster Retali[95] mencionados al pie.

  

En cuanto a diccionarios debo mencionar en primer lugar el de Manrupe y Portela[96], y en segundo el de Kriger y Portela[97].

 

En el campo literario, Literatura y homosexualidad, de Luis  Gregorich, representa una importante herramienta de crítica literaria. La breve obra de Gregorich, contiene artículos referidos a distintos escritores: Oscar Wilde, Genet, Barthes, Carpentier, Roa Bastos y García Márquez, pero el título está tomado del primer capítulo, dedicado precisamente al primero de los nombrados: Literatura y homosexualidad: Oscar Wilde o el doble fondo de la literatura.  Según Gregorich este ensayo que encabeza el volumen y le da título no se refiere sólo a la expresión o a la alusión o a la transformación de la homosexualidad por la literatura, ni tampoco a la mera descripción e interpretación “del admirable De Profundis de Oscar Wilde, sino también a una concepción de la literatura misma que he ido consolidando durante años”.[98] En este ensayo, Gregorich afirma que el lector actual, después de Gide, Proust, Genet y James Baldwin –nótese que no menciona a ningún autor argentino, ¿quizás porque todavía no aparecían las novelas homoeróticas de Hermes Villordo?- está acostumbrado a la “descripción detallada de las relaciones homosexuales, lo cual, por supuesto, no significa que las acepte desde el punto de vista moral o social”.[99] Gregorich sostenía que si bien no había conseguido hasta entonces una plena legalidad en el centro de nuestra cultura, la homosexualidad había construido un código de comunicación que la intensificaba y particularizaba en la literatura y en el arte, y que desde hacía muchos años había dejado de ser algo innominado. Para él, “ese acceso a la designación, al nombre, ¿no es acaso un primer paso para el reconocimiento definitivo?”.[100] Según Rafael Freda, este crítico, ayudó a consolidar una de las vertientes  más arraigadas del estereotipo gay negativo: el homosexual como ser trágico.[101]

 

Para una aproximación al tema de la identidad gay, entre otros, pueden consultarse las obras de Didier Eribon, Identidades: reflexiones sobre la cuestión gay[102] y Homos de Leo Bersani. En la primera, Eribon lleva a cabo el objetivo de divulgar el discurso sobre los diferentes aspectos de las identidades gay y lesbianas, desde una perspectiva casi autobiográfica. En una serie de breves artículos, Eribon analiza temas tales como la homofobia, la visibilidad y la injuria, con el propósito de hacer un aporte a los derechos individuales desde el punto de vista de grupos cuyas reivindicaciones ponen de manifiesto la existencia de la desigualdad tanto a nivel jurídico como social. En la segunda obra, Bersani, profesor de la Universidad de Berkeley, considerado uno de los más importantes críticos culturales contemporáneos y defensor de las identidades homosexuales, analiza la homosexualidad en forma polémica, cuestiona y revisa la teoría queer, los trabajos de Foucault, el psicoanálisis y la imagen del “gay fuera de la ley” en los trabajos de Gide, Proust y Genet y en especial analiza la visibilidad homosexual, sobre todo a partir de la experiencia de la sociedad norteamericana. Homos fue elegido por el Voice Literary Supplement como uno de los mejores libros de 1995. De todas maneras, tanto la obra de Eribon, como la de Bersani están referidas al contexto de culturas extranjeras y las similitudes y diferencias que pudieran darse con la experiencia argentina exceden el marco de esta investigación.

 

Para el panorama del cine a nivel internacional, además de las obras ya mencionadas, que tratan temas específicos de homoerotismo, fueron utilizadas obras consideradas clásicas como la Historia del cine de Roman Gubern[103], y las de Homero Alsina Thevenet referidas al cine norteamericano[104] y europeo[105] respectivamente.

 

Durante la primera etapa de mi investigación, a fines de la década del noventa, tuve la intención de incluir la producción literaria argentina. Luego me di cuenta de que era imposible en términos de tiempo y posibilidades prácticas, y decidí dar un corte al proyecto de investigación, dedicándome sólo al cine; pero fueron muy útiles algunas observaciones ya realizadas en el transcurso de la recopilación y análisis de datos, para el conjunto de la tesis, ya que me permitió comparar en algunos casos las obras literarias de ficción trasladadas al cine como en el caso de las películas La tregua, Bajo bandera y Una noche con Sabrina Love, analizadas respectivamente en los capítulos dedicados a las décadas del setenta y noventa. Sin embargo, el aporte de las obras de ficción también resultaron de gran utilidad para la comprensión de los estereotipos gay y su vinculación con el imaginario urbano.

 

Citación de fuentes:

Los títulos de las películas aparecen escritos en negritas, a continuación y entre paréntesis aparece el año del estreno, nombre del director y título original en el caso de las películas extranjeras. También aparece en algunos casos, el título de la novela o la obra de teatro sobre la que luego se hizo la versión cinematográfica. En el caso de las obras de teatro, se adoptó el mismo criterio, mientras que para las novelas se mencionan en letra cursiva. Para el caso de las citas bibliográficas en general se utilizaron las normas de estilo de la  Universidad de Chicago.

 

Otros aspectos metodológicos (entrevistas).

Además las entrevistas mantenidas con académicos, investigadores y gente vinculada al mundo del espectáculo, como actores que han interpretado roles de gays en el cine y la televisión nacionales (cuyo listado figura al final de la bibliografía citada en la obra), no puedo dejar de mencionar a un conjunto de gays que desean permanecer en el anonimato. Estos individuos, a través de las técnicas de entrevistas personales, -que constituyó desde el plano metodológico un verdadero ejercicio de historia oral-, y a veces a través del anonimato del correo electrónico; compartieron generosamente sus experiencias y puntos de vista, respondieron mis consultas y aportaron en definitiva, cierto conocimiento que me resultó de gran utilidad en los momentos de reflexión sobre los estereotipos y la visibilidad homoerótica que traté de descubrir en las películas visualizadas a lo largo de estos años.

 

CAPITULO 3.

LA DÉCADA DEL SESENTA

 

En el caso de la visibilidad de los gays en el cine argentino, se pueden encontrar hasta los años sesenta muy escasas películas que contengan personajes secundarios con esta orientación sexual, pero en la mayoría de los casos se trata de breves apariciones o referencias verbales a la homosexualidad masculina.

 

Algo similar ocurrió en otras filmografías, tanto a nivel europeo como norteamericano.  En Estados Unidos, por ejemplo, desde el período mudo se venía recreando el estereototipo de la mariquita, los sissy. Esta representación según Russo, tenía que ver con el disimulo; se trataba de hombres de los que se advertía que eran “como mujeres”, eran “hijos de mamá”, reflejos de una sobreabundante influencia femenina. Estos personajes se transformaron en tema de cantidad de películas mudas destinadas a salvar a la juventud que se debilitaba y a restaurar su masculinidad. Aunque al comienzo no existía una ecuación entre la mariconería y la homosexualidad real, el peligro de “lo gay” como consecuencia de tal comportamiento se escondía siempre en el entorno.[106] Esta situación se vio agravada a partir de 1922, con una campaña moralizadora del cine, sobre temas  y maneras de Hollywood, supervisados por Will H. Hays, a la que siguió la adopción del Código de Producción (1930) o Código Hays, y la Oficina del Código (1943), que debía conferir un sello de aprobación, y por la formación de la Liga de la Decencia (1934) y de otros grupos moralizadores. Estas disposiciones incluían a la homosexualidad dentro de las temáticas prohibidas para el cine norteamericano. Esto justificó que, por ejemplo, cuando el productor Samuel Goldwyn compró los derechos para la adaptación cinematográfica de la obra teatral The Children’s hour  de Lillian Hellman, que trataba un caso de lesbianismo latente entre dos maestras, la Oficina del Código de Producción le prohibiera usar el tema y el título, razón por la cual se debió cambiar la base argumental, y transformar el problema en un triángulo amoroso con un vértice heterosexual, el médico (Joel McCrea) del cual ambas mujeres (Merle Oberon y Miriam Hopkins) están enamoradas. Así se pudo llevar al cine la obra, que se conoció como Infamia (These three, 1936, William Wyler). El artículo II del Código Hays, en su apartado 2 decía: “la perversión sexual” –que era lo que se consideraba el lesbianismo en 1934- “o cualquier alusión a ella está prohibida”.[107]

 

Pero a partir de 1956 el código vio debilitada su fuerza censora, y la prostitución, la droga y la homosexualidad pudieron ser incluidas en los argumentos, si bien todavía suavizadas en sus alcances y verbalizaciones. Así, si en 1951 se había debido atemperar la versión cinematográfica de Un tranvía llamado Deseo (A streetcar named Desire, Elia Kazan) suprimiendo todas las referencias a la orientación sexual del marido de la protagonista, que estaban presentes en el drama teatral de Tennessee Williams, en 1959, se pudo filmar otra obra del mismo autor De repente en el verano (Suddenly last summer, Joseph L. Mankiewitz), manteniendo el nudo argumental del homosexual Sebastián Venable, quien utiliza a su prima como cebo para conseguir compañía sexual, hasta que finalmente es literalmente devorado por una horda de campesinos mexicanos. La mayor liberalidad en el tratamiento de este tema permitió también la versión cinematográfica de Té y simpatía (1956, Vincente Minnelli sobre la obra teatral de Robert Anderson), aunque se obligó a los adaptadores a incluir una escena final en la que aparecía el castigo al adulterio de la protagonista femenina, con la paradoja de que lo censurado no fuese la posibilidad de la homosexualidad del joven estudiante, sino la concreción de una relación heterosexual.  

Para la misma época, el cine inglés filmó casi simultáneamente dos versiones de los procesos que a fines del siglo XIX llevaron a Oscar Wilde a la cárcel. Se trató de La tragedia de Oscar Wilde (Oscar Wilde, 1960, Gregory Rattoff, con Robert Morley en el papel del escritor) y El hombre del clavel verde (The trials of Oscar Wilde, 1960, Ken Hughes, protagonizada por Peter Finch). Recién en Los vulnerables (Victim, 1961, Basil Dearden) la palabra maricón (queer) apareció en la pantalla inglesa y los espectadores no sólo la escucharon sino que la vieron impresa en grandes caracteres sobre la cortina metálica de un garage.[108] En su momento se trató de una película valiente y vigorosa, que condenaba sin rodeos la anticuada legislación británica sobre la homosexualidad. También de esta época es Sabor a miel (A taste of honey, 1962, Tony Richardson, sobre la obra teatral de Shelagh Delaney), donde aparece un homosexual que se transforma en el único amigo y protector de la joven protagonista embarazada. El mismo año, se estrenó en Argentina Tormenta sobre Washington (1962, Advice and consent, Otto Preminger), que narra la historia de un candidato a senador en Estados Unidos que es chantajeado por un episodio homosexual ocurrido en su primera juventud, cuando prestaba servicios en el ejército, en una base alejada de su hogar. La situación llevaba al personaje, interpretado por el actor Don Murray, a suicidarse, cortándose el cuello con una navaja. Un hilo conductor unió todas estas producciones: tanto la figura histórica, como los personajes de ficción pueden ser encuadrados dentro del perfil del homosexual trágico.

 

En la Argentina de comienzos de la década de los sesenta, este tema pareció perder los caracteres risibles con los que lo había asociado en las producciones cinematográficas de las décadas anteriores. En algunas películas de lo que luego fue llamado el “nuevo cine argentino”, argumentistas y directores se atrevieron a incluir entre sus personajes a jóvenes de ambos sexos que podían ser fácilmente reconocibles como gays. Por ejemplo, entre los muchachos y las chicas que se reunían en la caseta de la playa en el segundo episodio de Tres veces Ana (1961, David José Kohon), o entre los que se encerraban en La terraza (1962, Leopoldo Torre Nilsson), transformando ambos lugares en cotos cerrados para los mayores, dominados por los “diferentes”, y en los que “el normal” (Alberto Argibay en el primer caso, la niña Belita en el segundo) se convertía en víctima propiciatoria de los demás.[109] Entre estos seres que pasaban largas horas discutiendo sobre la insatisfacción de sus vidas y la crítica a los sistemas políticos o sociales, y haciendo alarde de su libertad sexual, no habría resultado extraña la inclusión de algún –o alguna- homosexual. Lo cual pareciera estar insinuado por las imágenes, si bien aún no explicitado en los textos. En efecto, alguna mano femenina demorándose sobre el hombro o el brazo de una compañera, algún cruce de miradas más intenso que lo habitual entre dos muchachos, algún diálogo innecesariamente susurrado con los rostros peligrosamente cercanos, dejaban entrever que el hecho estaba allí, implícito, y libraba a la inteligencia o a la sensibilidad del espectador la comprensión última de las claves.

 

A mediados de 1961 visitó nuestro país una compañía de actores norteamericanos del Actor’s Studio para realizar una temporada teatral. La productora cinematográfica Aries aprovechó la ocasión para filmar dos versiones simultáneas de la obra de Jean Paul Sastre Huis clos (A puerta cerrada). Una de ellas fue dirigida por Ted Danielevsky, director del grupo visitante, según una adaptación de Georg Tabori e interpretada en inglés por Viveca Lindfors, Rita Gam, Ben Piazza y Morgan Sterne, y se llamó No exit. La versión en español conservó el título original de Huis clos (1962); fue realizada por el director teatral Pedro Escudero, en su única incursión en la dirección cinematográfica, y estuvo interpretada por Inda Ledesma, María Aurelia Bissutti, Duilio Marzio y Frank Nelson, según la misma adaptación.[110] Como es sabido, la obra original plantea el encuentro en el infierno de una lesbiana, una prostituta y un asesino. Pese a su escasa repercusión en el momento de su estreno, esta película adquiere un interés especial para este trabajo porque es la primera vez que un personaje lésbico aparecía abiertamente en la pantalla argentina, más allá del lejano antecedente de Deshonra, cuyas características desarrollaré más adelante.  En esa época El rufián (1961, Daniel Tinayre) y Extraña ternura (1964, el mismo Tinayre) y Tiro de gracia (1969, Ricardo Becher), al final de la década tocaron el tema de la homosexualidad, si bien la tercera, incluso encaraba el aspecto de la prostitución masculina.

 

Como había sucedido en décadas anteriores, durante este período la visibilidad homosexual estuvo ligada en diversas oportunidades a hechos policiales que tuvieron su eco sensacionalista en la prensa, por ejemplo, la detención de un travesti, que robaba en las casas donde trabajaba –continuaba la práctica del robo bajo el disfraz femenino como a principios de siglo lo habían hecho Luis Fernández “La Princesa de Borbón”) y Culpino Alvarez (“La Bella Otero”)[111], amalgamando los elementos que consolidarían el estereotipo primario del homosexual equiparado con una mujer, a los que se sumaban la transgresión del género y de la delincuencia-, de un feroz pistolero que resultó ser mujer y el proceso a un médico que operó a un transexual. Los titulares gráficos en general se referían a los homosexuales como amorales –personas desprovistas de sentido moral según la Academia Española- cuya transgresión de orientación sexual los transformaba en una vaga categoría de seres despreciables o de delincuentes que los códigos no alcanzaban a punir ni la medicina a curar.

 

En el campo de la medicina, en 1965, el intento de corregir quirúrgicamente un caso de hermafroditismo, resultó en un caso penal por el cual un médico fue acusado de mutilación. La revista Así, daba cuenta de la grave acusación que enfrentaba el médico cirujano Francisco Defazio, acusado por la justicia, de gravísimas lesiones en perjuicio de varios hombres a los que había operado para convertir en mujeres, castrándolos quirúrgicamente y mediante el injerto de órganos femeninos de plástico. El cirujano era un prestigioso  profesional, jefe del  servicio de guardia del Hospital Nacional de Clínicas, del Instituto de Clínica Quirúrgica y docente libre de Clínica Ginecológica de la Universidad de Buenos Aires y era rector de la Universidad del Oeste. La detención del médico se produjo a raíz del descubrimiento de sus prácticas quirúrgicas del cambio de sexo, que habría realizado a dos docenas de hombres. Debido a la jerarquía profesional y al prestigio docente de Defazio, el proceso se inició con una aureola de escándalo. El 2 de abril de 1958, había operado a Mauro Fernando Vega, entonces un hombre 32 años. La justicia, se apoyó en el veredicto de diez médicos que indicaron que Vega era en realidad un hombre y padecía de un falso hermafroditismo, que en ningún caso podía avalar la “intervención mutilatoria”.[112] El cirujano fue procesado por transgredir el artículo 19 del Código Penal que establece la represión de quienes ocasionen lesiones graves a un semejante, y debió cumplir tres años en prisión.  

Vega, nacido en 1925 sobrellevaba la contradicción desde niño de sentirse una mujer y ser un hombre para los demás. Había sido intervenido quirúrgicamente varias veces por el doctor Defazio, y finalmente era una mujer. Pero el juez Bunge Campos, asesorado por una decena de médicos negaba la afirmación del doctor Defazio en el sentido de que Vega pertenecía ahora al sexo femenino. Para la justicia la transformación de Vega era artificial y se cuestionaba la idoneidad del médico, a pesar de que el magistrado reconocía que la apariencia del operado era de difícil clasificación, tenía “complexión robusta, casi atlético, hombros anchos, caderas relativamente estrechas” y desde el punto de vista genital “su aspecto es femenino”. Para Vega la resolución era injusta, sobre todo teniendo en cuenta que su caso no tenía solución médica ni social adecuada. Se lo acusaba de homosexual y aunque él no criticaba esa tendencia pues la consideraba una enfermedad, no admitía tampoco que un hombre se hiciera castrar y recurriera luego a la justicia para legalizar un estado de falsa apariencia sexual”.[113]

 

El semanario se refería a la homosexualidad como un problema social de dimensiones que todavía no habían sido calculadas con precisión en la Argentina. Se afirmaba que la causa de la prosperidad económica de algunos médicos era exclusivamente que se dedicaban a la operación de invertidos transformándolos en mujeres mediante la emasculación y mutilación de sus órganos genitales, “lo que convertía a los pacientes en incapaces para cumplir con la función sexual propia del sexo masculino. Por otra parte, se les injertaba un falso aparato genital femenino de plástico. Por lo que resulta que no estarían habilitados para cumplir tampoco ninguna función reproductora femenina.”[114]

           

La visibilidad de los homosexuales, y también de las lesbianas –vertiente oculta y silenciada con mayor rigor que en los primeros- se vinculaba de una u otra forma a lo delictivo, como en el caso del travestismo de una mujer delincuente, detenida por la policía de Moreno, en la provincia de Buenos Aires, en octubre de 1967. La mujer, travestida, capitaneaba una banda de peligrosos delincuentes, bajo la identidad de Jorge Ricardo Baigorria, de 33 años de edad. El rudo cabecilla de la banda era en realidad una mujer, Elvira Baigorria, que desde hacía muchos años se hacía pasar por hombre. Empleaba documentación falsa y había trabajado como obrero en Vialidad Nacional; había vivido con mujeres y “hasta convenció a una de ellas de que era padre de su hijo. Después formó una banda de asaltantes y la capitaneó. Sus integrantes nada sabían. Elvira desempeñaba su papel de varón con increíble verismo y era obedecida ciegamente por sus compinches, que le temían por su violencia.”[115]

 

Para aumentar la confusión sobre delincuentes, amorales y pervertidos, el travestismo de un joven delincuente, alimentó los prejuicios desde la prensa sensacionalista. En Bahía Blanca, en 1970, Raúl Eduardo Cardozo, un joven de 22 años disfrazado de mujer, con el nombre de Alicia Quintana comenzó a trabajar como empleada doméstica en casa de Elba del Carmen Vejar. El travesti, se supo después, tenía una modalidad delictiva que consistía en conseguir trabajo en casas de familias adineradas para poder robarles. El motivo: conseguir fondos para someterse a una operación de cambio de sexo. La mucama les resultaba un poco original a sus patrones, realizaba su trabajo en forma normal, pero les había llamado la atención por la forma exagerada en que cuidaba de su aspecto personal. Se acicalaba con frecuencia en todo tiempo libre que encontraba, a la vez que ensayaba modales de gran dama. La insólita mujer duró poco tiempo en el empleo ya que desapareció luego de robar alhajas y prendas de vestir por un valor de aproximadamente de 80.000 mil pesos de la época, alrededor de 230 dólares.[116] La señora Vejar hizo la denuncia en el Destacamento policial del barrio Villa Rosa, por lo que el comisario inspector Andrés Martínez, dispuso que los oficiales César Triventi y Claudio Kussman, con personal a sus órdenes, ubicaran el paradero de la denunciada en otra casa donde se desempeñaba como doméstica sin retiro. En su poder le encontraron los efectos sustraídos a su anterior patrona. Una vez que fue examinada por un médico se comprobó que “la coqueta señorita era nada menos que un hombre”. De la confesión de Cardozo surgió que había llegado dos meses antes a Bahía Blanca, procedente de Tres Arroyos y ante los requerimientos de la policía manifestó “haber adoptado esa caracterización para satisfacer sus inclinaciones femeninas”, y que cometía los robos para obtener el dinero suficiente que le permitiese ser operado. La información periodística daba cuenta de que el joven, caracterizado como una mujer, había trabajado en Mar del Plata, Bariloche y Bahía Blanca, cometiendo importantes robos, usando distintos nombres femeninos.[117] Cardozo reconoció su relación “con otro amoral” Juan Carlos Lagasti y una amiga de éste, Elsa Quintana, con quienes había cometido numerosas fechorías. El texto enfatiza la condición de amoral del sujeto y está acompañado de dos fotografías –“en ningún momento dejó de posar coquetamente para los fotógrafos”, dice la nota-  que muestran la imagen de una mujer joven, con pañuelo a lunares cubriendo su cabeza, un saco de lana prendido y pollera hasta las rodillas según la moda de entonces. Es interesante la visión de estos “amorales” en el imaginario del anónimo redactor, que se corresponde con las presunciones de los investigadores: “La policía presume que profundizando este caso podrá llegar hasta el submundo de los amorales y determinar con exactitud si verdaderamente están integrados en un grupo que cultiva el delito”.[118] 

 

Si bien, nuevamente la visibilidad de los homosexuales quedaba ligada a la criminología y a la medicina, en el mundo del espectáculo se mantenía cierta licencia de mayor libertad. Es interesante observar dentro de la tensión entre delito y enfermedad, y entre rechazo y aceptación, el interés que despertó por ejemplo, Coccinelle, a principios de los ’60. Se trataba de un hombre devenido mujer, que se había convertido en una estrella del espectáculo; visitó Buenos Aires y debutó en el teatro con éxito de público. En efecto, Jacques Charles Dufresnoy, el primer transexual famoso internacional, gracias al film Europa de noche (Europa di notte, 1958, Alessandro Blassetti) había arribado a Buenos Aires para trabajar en espectáculos de revistas en el teatro Maipo.[119] También participó en un número musical de la película Los viciosos (1962, Enrique Carreras), rodada en nuestro país y en la que trabajaban entre otros, los actores Graciela Borges y Jorge Salcedo.[120] 

 

Durante el gobierno de Humberto Illia (1963-1966) hubo una atmósfera más tolerante para las libertades individuales y surgieron lugares de reunión para homosexuales, en esquinas céntricas, boites gays, “coadyuvando al estrechamiento de un ambiente homófilo que por primera vez se animaba a dar la cara, fuera de las comprimidas elites de antaño”.[121] Con el golpe de estado de Onganía, fue nombrado nuevamente el comisario Margaride como Jefe de Policía, quien  ya había desempeñado esa función durante el gobierno de Frondizi y a quien la comunidad gay solía referirse como a “la tía Margarita”, apelativo que por extensión se empleaba también para referirse a la policía. El ambiente homosexual que se había desarrollado en esos últimos años, quedó totalmente desarticulado. Se clausuraron las boites, se hicieron operativos en los cines donde se reunían homosexuales y se realizaron razzias en los subterráneos, cerrando las puertas para detener a los presuntos sospechosos que estaban en los andenes. Sin embargo, en 1969, como consecuencia de un fortalecimiento de la izquierda, que llevó a áreas de discusión en el terreno sexual y de la conciencia de la mujer, aparece el Grupo Nuevo Mundo, que fue el primer intento de crear una organización de homosexuales en la Argentina, luego de una reunión en un conventillo de un suburbio porteño. Estaba constituido en su mayoría por activistas gremiales de clase media baja, liderados por un ex militante comunista que había sido expulsado del partido por su orientación sexual. Durante dos años se dedicaron a enviar boletines mimeografiados a favor de la liberación homosexual, a las oficinas de redacción de los medios de Buenos Aires. En 1971 se unirían a un grupo de intelectuales inspirados en el Gay Power americano y darían lugar al “nacimiento oficial del Frente de Liberación Homosexual de la Argentina”[122]

 

Además de la importancia en la historia de los movimientos de “liberación gay”, esos años fueron importantes también en la vida política del país. En 1969, el 29 de mayo tiene lugar el levantamiento popular de la ciudad de Córdoba, conocido como “El Cordobazo”, que terminó volteando al régimen autoritario del general Onganía, quien poco después debió renunciar.

 

Las películas del período.

Las ya citadas El Rufian (1961) y  Extraña ternura (1964, ambas dirigidas por Daniel Tinayre, abordaron el tema de la homosexualidad masculina. Una década atrás, en 1952, el director había incursionado en el tema del lesbianismo, con la película Deshonra, un melodrama policial, donde buena parte de su desarrollo transcurre en una cárcel de mujeres. En principio el film había estado pensado para un vasto elenco de actrices desconocidas, pero Raúl Alejandro Apold, el subsecretario de Informaciones de la Presidencia de la Nación durante 1949-1955 le impuso a Tinayre a la actriz Fanny Navarro. Esto motivó que el director y el productor Juan José Guthmann convocarán a un elenco de estrellas que terminó por dar al film el carácter de un gran espectáculo popular. La película, más cercana al grandguiñol que al drama, incluyó “toques sádicos (castigos atroces a las reclusas, peleas feroces entre ellas), no disimulado lesbianismo.[123] En este último aspecto, Deshonra puede ser considerada una adelantada en su género, ya que fue la primera vez que una relación amorosa entre dos mujeres (Golde Flami,  Diana de Córdoba) se mostró de manera tan desembozada en la pantalla, si bien se siguió relacionando la homosexualidad con el mundo del delito, ya que una de las integrantes de la pareja es una asesina y la otra, alcohólica y drogadicta.

 

El film debió incluir además, por la mitad de la historia la aparición de una nueva directora de la cárcel (interpretada por Mecha Ortiz) que pronunciaba discursos oficiales sobre las bondades de las cárceles bajo el peronismo y trata a las reclusas con carino, transformando el penal en “un modelo de higiene, salubridad y convivencia.”[124] Esto último resultaba inevitable dentro de la política de comunicación del partido gobernante, que pretendía mostrar sus modificaciones y adelantos, fueran éstos reales o ficticios, en todos los órdenes de la vida.[125]

 

La historia narrada en El rufián es la de un triángulo amoroso formado por una rica señora apasionada e insatisfecha interpretada por Egle Martín, el marido homosexual (Daniel de Alvarado) y el chófer (Carlos Estrada) que logra ejercer su dominio sobre ella. La crítica de la época manifestó su rechazo a la película, desestimando “los posibles atractivos folletinescos del relato y hasta asumió una postura moralizante frente al film, que parecía excederse en su descripción de caracteres, en la franca sugerencia de la promiscuidad y las relaciones homosexuales y hasta en el insólito nudismo con que exhibía a buena parte de su elenco”.[126]

 

Las películas del director a partir de El rufián tendrían como fórmula los siguientes ingredientes básicos: “el sexo como motor de las historias y de los personajes; el desnudo, el erotismo y la alusión pícara como condimento infaltable; cierta dosis de morbo y sensacionalismo, presentados cada vez con menor disimulo.”[127] Debido a algunas escenas cortadas, la versión disponible en video en la actualidad es bastante morigerada respecto de estos comentarios y han desaparecido los desnudos.   

Si tenemos en cuenta que la homosexualidad era considerada todavía una enfermedad –y lo seguiría siendo por varios años más- se observa una variante en la inclusión de este personaje, que abandonaba el estereotipo de los clichés cómicos de las escasas películas anteriores que mostraban a un homosexual, aunque la formulación del personaje de Daniel de Alvarado siguiera fortaleciendo las características trágicas originadas a partir de su orientación sexual. 

 

Extraña ternura, (sobre Cette étrange tendresse, novela de Guy des Cars) tocó de una manera sutil la extraña relación de un millonario (José Cibrián) por su joven ahijado (Norberto Suárez). La historia partía de la investigación de la muerte de un adolescente; por medio de la técnica narrativa de flash back se describía el despertar sexual del muchacho y su relación con una cantante de cabaret (Egle Martín), y por sobre todo, “salía a la luz la ambigüedad del inconfesable amor que por el chico siente su protector (José Cibrián). (...) Frente a los excesos de El rufián, el tratamiento de Extraña ternura se ve mesurado y hasta sobrio, tiene los previsibles brillos formales y no le faltan su cuota de strip-tease, alguna canción de letra atrevida, alcobas en penumbras”.[128]

 

 Era la segunda vez que Tinayre tomaba como base una novela del escritor francés; en 1962 había filmado Bajo un mismo rostro, sobre  Les filles de joie. El argumento de la película giraba en torno a la prostitución y a la homosexualidad, aunque tratada ésta, de una manera elíptica. Eduardo Borrás, el adaptador de la novela, concibió el guión cinematográfico en forma de raccontos y alternancias temporales, dentro del estilo de filmación de Tinayre. La historia narraba el enamoramiento de la cantante de cabaret (Egle Martin) del joven adinerado y la oposición planteada por su padrino, por motivos que parecían sobrepasar el fundamento vinculado con la reputación de la mujer y las diferencias sociales. Un crítico de la época, parafraseando el título de la película, comentaba que el director no había pulsado extrañeza o ternura “en los vaivenes que estrechan relación entre una burguesía vulnerable y un bajo fondo sin pautas para la dualidad”.[129] Para otro crítico en cambio,  si el film creaba una atmósfera y marchaba por una línea narrativa atrayente, era debido a la indudable capacidad de Tinayre para contar una historia.[130] Visto en la actualidad, podría decirse que el blanco y negro, contribuía  a  acentuar en el film cierta atmósfera mórbida en la contraposición de escenarios de un cafetín y la casona del millonario, donde transcurría la historia, un vehículo tardío de la nouvelle vague. Como contribución al análisis de los estereotipos gay, puede rescatarse que aunque el tema de la homosexualidad nunca es planteado de manera explícita, no difieren demasiado de los característicos de esa época, donde el homosexual es visto como un ser trágico, encerrado en una perversión de orden patológica o moral. Ninguno de los dos personajes masculinos en ambas películas está planteado desde el afeminamiento, son educados y podrían enmarcarse dentro del estereotipo del falso straigth.[131] A pesar de que el argumento pretendió mostrar sólo al padrino como un homosexual latente, escondido,  la presencia física del actor que interpretaba al ahijado, y cierta máscara trágica en su rostro y su actuación lo vinculan también a un personaje gay, y obliga a nuevas lecturas del film que llevarían a pensar que el triángulo planteado contenía dimensiones más intrincadas, que las que en su momento se atrevió a filmar Tinayre.

 

La película sirvió también para el lucimiento de Egle Martin  como cantante y del joven Norberto Suárez como actor, entonces de veinte años de edad, que había empezado su carrera como extra cinematográfico poco tiempo antes. Algunos años más tarde ganó popularidad como galán de telenovelas, por ejemplo, interpretando a “el niño Raúl” de Nuestra Galleguita (1969, Canal 7), y al padre de varios teleteatros protagonizados por la entonces actriz infantil Andrea del Boca. Si bien en la vida real el actor permanece soltero, en su época de apogeo sostuvo un romance armado con fines promocionales, según sus propias declaraciones, con  la actriz Erica Wallner.[132]

 

 Tampoco el médico de El rufián, interpretado por Daniel de Alvarado, está planteado como un personaje de características afeminadas, sino como un exquisito. En realidad, la máscara del actor, su aspecto masculino –y al mismo tiempo los rumores sobre su preferencia sexual- hacen más interesante el juego del conflicto en términos de orientación sexual del personaje que interpretó, vinculado sentimentalmente, a un médico

joven de su clínica, según se denuncia desde el texto. No hay acciones físicas que demuestren la relación que desencadena el drama planteado en el film.

 

Como ya mencioné, los primeros años de la década del sesenta parecieron brindar a los realizadores cinematográficos argentinos, dentro de los límites impuestos por una sociedad que seguía siendo marcadamente conservadora y reacia a los cambios, la posibilidad de trabajar con una relativa libertad de creación y de comprometerse con temáticas de contenido menos pasatista y mayor trascendencia social o profundidad intelectual. Fue así que tanto directores ya consagrados, por ejemplo, Fernando Ayala o Leopoldo Torre Nilsson, como jóvenes debutantes –Manuel Antín, Rodolfo Kuhn, David José Kohon, Leonardo Favio- brindaran en este período obras que en muchos casos pasaron a ser consideradas referentes obligados de la actividad cinematográfica del país. Entre éstos, uno de los más importantes, sobre todo por su filmografía posterior, fue Leonardo Favio, quien ya en su primera película, Crónica de un niño solo (1965), filmada con muy pocos medios y casi al margen de la industria, encara un tema tan comprometido como la vida de los internos en los institutos de menores. Si bien la obra no es un estudio sobre la homosexualidad, Favio no vacila en incluir la escena de la violación de un amigo del protagonista, evitando todo sensacionalismo en la descripción de las imágenes:

 

 “En la secuencia de la violación del amigo de Polín en Crónica de un niño solo, (casi un corto dentro de la película) Favio recrea un recurso utilizado por Bresson. Hay un momento en el que los chicos que están por atacar al futuro violado se pasan un cigarrillo entre ellos. La cámara se sostiene en un plano-secuencia sobre el río, está la mano que entrega el ‘pucho’ y la del otro que lo toma y sale del cuadro. (..) Hay un tiempo de espera, que después se vuelve a ocupar con la mano de uno de los chicos que devuelve el cigarrillo y la del otro que lo recoge nuevamente”.[133]

 

En esta total ausencia de morbosidad en la presentación de la escena está intensificada su dimensión dramática, y  pese al aparente regodeo con los cuerpos desnudos de los chicos en la secuencia previa, Favio deja claro que no está considerando el hecho homosexual como proveniente de una alteración del instinto sino como una consecuencia más del abandono afectivo y el mal trato al que están sometidos sus jóvenes personajes. Según Farina, el protagonista del film “no es el niño inmaculado que está pervertido por el medio, sino que Favio lo hace formar parte de él, así como la película también se involucra con lo que cuenta”.[134] Más allá de las implicancias sociológicas de la secuencia, en ella se encuentran las imágenes más homoeróticas del cine argentino del período.  

En 1957 se había creado el Instituto Nacional de Cinematografía, y un año más tarde, poco después de que el doctor Arturo Frondizi asumiera la presidencia de la nación, se creó una Comisión Nacional Calificadora de Películas Cinematográficas, que contaría con nueve miembros, entre representantes de la exhibición, de la producción y del directorio del INC.[135]. En un principio esta comisión se limitó a decretar la obligatoriedad o no de la exhibición de las distintas películas, calificando como A las de exhibición obligatoria y como B a las opcionales. El riesgo de esta calificación era que las películas cuya exhibición no era obligatoria tampoco tenían acceso a los premios que el Instituto otorgaba anualmente. Pero en 1961 el director Enrique Dawi acusaba al INC de ejercer censura, al decidir la aprobación previa de libros para el otorgamiento de créditos, mientras que en julio de ese año se reglamentaba una Subcomisión Especial Calificadora de Películas Cinematográficas, basada en “la necesidad de establecer un ordenamiento que, sin constituir un procedimiento de censura, permita el ejercicio del poder de policía con la garantía de la intervención judicial, para el contralor efectivo de la calidad educacional de un bien dedicado al público”.[136] Al comienzo de sus actividades, los reales episodios de censura surgidos de esta Subcomisión fueron aislados, como por ejemplo la objeción de una escena sexual en Alias Gardelito (1961, Lautaro Murúa, sobre un cuento de Bernardo Kordon). En este caso, el fiscal Guillermo de la Riestra acusó a la película de obscena por la inclusión de una secuencia en la que su protagonista, Alberto Argibay, aparecía en la cama con la actriz Nora Palmer; el fallo del juez Eduardo Vila, desestimó la acusación en los siguientes términos:

 

“Que al denunciante no le gusten este tipo de temas, no quiere decir que ellos sean obscenos. La escena que se realiza en la cama no es obscena  para mayores de 18 años que son los que, por las reglamentaciones vigentes, pueden contemplar la película. Y si se arguyera que ocasionalmente pueden contemplarla menores, en violación de las normas legales, tal consideración, induciría a cerrar hasta la Facultad de Medicina, por suponerse que pudieran entrar en ella pudibundas personas que podrían asustarse con espectáculos de desnudez”.[137]

 

En setiembre de 1963, por decreto-ley 8205, se creó un Consejo Nacional Honorario de Calificación Cinematográfica, dependiente del Poder Ejecutivo a través del Ministerio de Educación y Justicia, que contaba con tres representantes de dicho ministerio, junto a tres del Ministerio de Defensa, uno del Ministerio del Interior, tres del Consejo Nacional de Protección al Menor, tres del Consejo Nacional de Educación, y uno de cada uno de las siguientes instituciones: Liga de Padres de Familia, Liga de Madres de Familia, Instituto de la Familia, Movimiento Familiar Cristiano, Obra de Protección a la Joven, Unión Internacional de Protección a la Infancia y Obras Privadas de Asistencia al Menor. Productores y distribuidores también tendrían en el Consejo sus respectivos representantes, aunque estas dos personas tenían derecho a opinar pero no a votar.[138] El director de este organismo era el fiscal Ramiro de la Fuente.

 

Los hechos de censura más notables que desarrolló el Consejo fueron contra las películas Morir en Madrid (Mourir a Madrid, 1964, Frederick Rossif), que no fue bien vista por su enfoque republicano de la guerra civil española, y que llevó a su exhibidor Néstor Gaffet a estrenarla sin el correspondiente permiso de exhibición; y sobre todo contra El silencio (Tystnaden, 1963, Ingmar Bergman), cuyo estreno fue prohibido y finalmente autorizado bajo la insólita calificación de “prohibida para menores de 22 años”. Esta situación hizo que el clima de liberalidad temática que parecía imperar en los primeros años de la década se fuera enrareciendo, y argumentistas y directores buscaran refugio en temas de escaso compromiso y segura repercusión. Fue así que no vuelven a aparecer películas de temática homosexual dentro de la producción cinematográfica argentina de la época, si bien hay algunos filmes extranjeros que tocan el tema, como la versión cinematográfica de la novela de Roger Peyrefitte Las amistades particulares (Les liaisons dangereuses, 1964, Jean Delannoy), Reflejos en sus ojos dorados (1967, Reflection in a golden eye, John Huston, sobre la novela de Carson McCullers), que describe el tormento interior de un oficial del ejército estadounidense  (Marlon Brando) obsesionado por un subalterno (Robert Forster), a quien finalmente asesina al descubrir que su objeto de deseo está enamorado de su esposa (Elizabeth Taylor); o los casos de lesbianismo retratados en Las dulces amigas (Les biches, 1968, Claude Chabrol) y Amores borrascosos (The fox, 1968, Mark Rydell, sobre novela de D.H. Lawrence), aunque en estos últimos dos ejemplos la situación termina siendo “normalizada” por la presencia de un tercer integrante heterosexual (Jean Louis Trintignant, Keir Dullea). En el cine nacional vuelve a tomar vigencia el estereotipo tradicional que había caracterizado a los personajes gays en las décadas previas cuando en general se los veía como personajes patéticos, mezcla de payasos y caricatura femenina. La más clara representación de los mismos está dada dentro de las películas de Armando Bo, por los caracteres interpretados por el actor y coreógrafo Adelco Lanza, quien personificó a una decena de mucamos, todos iguales, muy amanerados, que recibían a las visitas masculinas que morían de amor por las heroínas encarnadas por la actriz Isabel Sarli.

 

La última película argentina en tocar el tema de la homosexualidad durante este período fue Tiro de gracia (1969, Ricardo Becher). Basada en una novela de su protagonista, el actor Sergio Mulet, y filmada al margen de la gran industria cinematográfica, la película presentaba la particularidad de agrupar en su elenco a actores poco conocidos en ese entonces (Alejandro Holst, Perla Caron, Juan Carlos Gené, Susana Giménez, Marucha Bó), con rostros familiares en el mundo del modelaje (Marta Cerain, Horacio Bustos, Mario Skubin, Clao Villanueva, etc.) y con artistas de distintas disciplinas provenientes del entonces famoso Instituto Torcuato Di Tella (Poni Micharvegas, Roberto Plate, Alfredo Planck, Alfredo Rodríguez Arias, etc.), y buscaba retratar los conflictos de desorientación y falta de proyecto vital que se creían representativos de una parte de la juventud porteña de esa época. La estructura narrativa del film en la mayoría de sus escenas presentaba una marcada influencia de las películas francesas de la nouvelle vague, y mostraba que uno de sus protagonistas masculinos ejercía la prostitución como medio de vida, si bien el énfasis está puesto en la alusión a partir del diálogo de los personajes y no en la imagen. El joven taxi boy le cuenta a un amigo, que los baños son un buen lugar para levantes. Y mientras tanto se lo ve entrando a uno, y cerrando la puerta detrás de sí, sin que haya ninguna toma interior. Lo interesante de Tiro de gracia, es el alejamiento de los estereotipos más comunes; el joven es masculino, nada parece diferenciarlo del resto de los otros hombres heterosexuales del film. También se observa la homofobia, manifestada a través del rechazo y la agresión física. El muchacho confunde a un hombre con un posible cliente, y lo aborda, la cámara muestra como el desconocido lo derriba de un puñetazo, mientras el amigo observa la escena desde la vereda. La película fue estrenada en cines de segunda línea, con escasa promoción y en plena dictadura de Onganía. La crítica la recibió con dureza o en el mejor de los casos con indiferencia, pero en la actualidad está considerada como una “película de culto en sus escasas revisiones”.[139]

 

Como ya he mencionado en la revisión de la filmografía de las décadas previas, el travestismo, fue un enfoque frecuente utilizado como recurso de comicidad, no sólo en el cine argentino sino mundial. En la década del sesenta aparece nuevamente en Coche cama alojamiento,  (1968, Julio Porter), una de las típicas películas nacionales de episodios cómicos y picarescos en ámbitos definidos desde su título, tales como hoteles, trenes, la zona de los Bosques de Palermo conocida como Villa Cariño, etc.[140]; en la citada película, dos detectives (Alfredo Barbieri y Don Pelele) se disfrazan de enfermeras para tratar de resolver un crimen ocurrido en un tren de larga distancia. Los personajes no tienen connotaciones de género pero son exponentes de la comicidad de la época. En su momento la película fue catalogada como “el film sexy-humorístico, con multitud de historietas entrelazadas y gran dotación de actores cómicos, vedettes seductoras, cantantes de moda y coristas, exhibe otra variante en este viaje picaresco a bordo del expreso Buenos Aires-Mendoza (…) Dos estrafalarias enfermeras no son en realidad enfermeras sino detectives que persiguen a una banda de ladrones”.[141]

 

Un hecho digno de mención, dada la rigidez de la censura de la época, fue el estreno en el Teatro Payró, el 1º de setiembre de 1969, de la obra de teatro Ejecución (Fortune and the men’s eyes) de John Herbert, dirigida por Agustín Alezzo, que trataba un caso de relaciones homosexuales en una cárcel, y cuyos cuatro personajes representaban distintos estereotipos de gays: Reina, un travesti, quien ejerce el mayor poder dentro de la celda, Mona, un homosexual pasivo, dulce y silencioso, Tony, un joven sin experiencia y confundido ante esa nueva realidad que se le presenta y de quien Mona se enamora, y un chongo, que se enamora de Tony. La pieza era dura en su descripción de la vida carcelaria y de las relaciones interpersonales en términos de poder y dominación, en las que el sexo aparecía como factor determinante. Si bien no se llegaba a mostrar desnudos, el tratamiento de los cuerpos era sumamente audaz para la época. La censura la ignoró y la obra fue un gran éxito de crítica y público, manteniéndose largo tiempo en cartel.[142] Poco antes, en julio del mismo año, se había estrenado en el Instituto de Arte Moderno la obra de Charles Dyer La escalera (Staircase), dirigida por Marcelo Lavalle, que contaba de un modo tragicómico, frecuentemente amargo, la convivencia de una pareja homosexual de edad madura. Uno de ellos se muestra con aspecto y conductas viriles y el otro más amanerado, cumpliendo roles de ama de casa y preocupado por su incipiente calvicie, a la que procura disimular cubriéndose la cabeza con pañuelos y turbantes, y ambos dedicados con fruición a destruirse mutuamente al mejor estilo de ¿Quien le teme a Virginia Wolf? de Edward Albee. La obra se representó sin problemas, así como su versión cinematográfica, estrenada al año siguiente, con dirección de Stanley Donen e interpretada por Rex Harrison y Richard Burton, cubriendo los personajes que en Buenos Aires interpretaran Ignacio Quirós y Oscar Ferrigno, este último reemplazado por Duilio Marzio, en la reposición de la obra en 1971.

 

El 1° de noviembre de 1968 entró en vigencia en los Estados Unidos un nuevo código de producción, mucho más liberal que los anteriores. Tiene el valor legal de un acuerdo de autorregulación entre las empresas productoras tendiente a alentar la expresión artística al ampliar la libertad creadora; asegurar que la libertad que concede al artista permanezca siendo responsable y sensible a los estándares de la sociedad. En su Declaración de Principios, además de los mencionados, se declaraba que la censura era odiosa y que el ciudadano tiene derecho a elegir el espectáculo.[143] Detrás del nuevo código había una intención realista relacionada con la libertad sexual, y una actitud más tolerante hacia la homosexualidad. En un momento en que algunas aberraciones de conducta, crímenes sexuales, uso de drogas y adulterio, pasaban a ser material corriente en las noticias de los diarios y revistas, resultaba artificial que el cine no lo admitiera. Mientras que la censura se debilitó en países como Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Suecia, India, Holanda y Dinamarca, Argentina tenía su ley de censura, la número 18019, de diciembre de 1968, de carácter realmente severo. Tanto el texto como su aplicación práctica permitían restricciones, cortes de filmes y hasta la prohibición total de exhibir algunos, con el agravante de que era prácticamente imposible apelar contra su arbitrariedad.[144] En efecto, de dicha ley surgió el denominado Ente de Calificación Cinematográfica, dependiente del Poder Ejecutivo a través de la Secretaría de Cultura y Educación, cuyas funciones durante la década siguiente resultarían verdaderamente inquisitorias, excepto en el breve período comprendido entre fines de 1972 y 1975, donde pareció recuperarse una mayor libertad temática y el cine argentino abordó argumentos que habían resultado inabarcables hasta ese entonces.

 

CAPITULO 4.

LA DÉCADA DEL SETENTA

 

Según Solanas, después de la promesa que había significado el conjunto de directores de la década del sesenta, a principios de la década siguiente, el cine argentino –para realizadores como él, comprometido políticamente e integrante del movimiento que más tarde sería conocido como “Cine y Liberación”- atravesaba una crisis que tenía relación con la política argentina. Sostenía que la verdadera razón de que no se pudiera hacer un cine mejor del que se venía haciendo era culpa de la ausencia de intelectuales y de un movimiento de autores que sostuvieran una conciencia ideológica y política más profunda, que fueran capaces de convertir sus ideas en hechos y obras, lo que en definitiva era una manera de operar políticamente.[145]

 

En el plano político y social, el movimiento de reacción contra el gobierno del general Juan Carlos Onganía que había tenido lugar en la provincia de Córdoba en mayo de 1969, denominado “el Cordobazo”, y posteriormente el secuestro y asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu, uno de los líderes de la Revolución Libertadora que derrocara el gobierno peronista en setiembre de 1955, y a quien se hacía responsable de los fusilamientos del general Valle y de un grupo de militantes peronistas en la represión de un intento de golpe ocurrido el 9 de junio de 1956, motivaron el inicio de la decadencia del gobierno de facto que sucediera al derrocamiento del presidente constitucional Arturo Illia. Aramburu fue secuestrado y asesinado el 29 de mayo de 1970, y este hecho, que fuera reivindicado por la agrupación Montoneros, marcó a la vez la aparición pública de este grupo armado y el desgaste de la figura de Onganía al frente del gobierno. El general renunció el 8 de junio de 1970, y luego de intensos cabildeos dentro del ejército, se decidió que sería reemplazado por el general Roberto Marcelo Levingston, quien a la fecha de su designación se encontraba prestando funciones en Washington. Levingston asumió como presidente el 18 de junio de 1970; fue un hombre de bajo perfil político, y no obtuvo el apoyo de sus compañeros de arma, quienes poco después lo desplazaron, obligándolo a renunciar el 23 de marzo de 1971. Al día siguiente asumió la primera magistratura el general Alejandro Agustín Lanusse, quien se mantendría en el poder hasta el 25 de mayo de 1973, luego del triunfo peronista en las elecciones de marzo de ese año.

 

La presencia de Lanusse en el poder pareció alivianar la rígida censura que había imperado durante la llamada Revolución Argentina. Se estrenaron muchas películas que hasta el momento habían figurado como prohibidas, si bien muchas de ellas padecían cortes que a veces incluso alteraban la continuidad narrativa, y por ende entorpecían la comprensión del espectador.  Dentro de estos filmes estrenados, se puede citar, a los fines de esta tesis, la presentación de Fellini-Satyricon (Federico Fellini, 1969), en la cual, el evidente contexto homoerótico venía disfrazado por el prestigio universal de la obra de Petronio en la cual se basaba. Recordemos que el poema original del siglo I D.C., narra las aventuras de dos jóvenes romanos, Encolpio y Alcysto (interpretados por Martin Potter y Hiram Keller), rivales en el amor del esclavo adolescente Gitón (Max Born). Si bien la película se enriquecía y se diferenciaba de la obra clásica gracias a la desbordante imaginación del director, y no había en ella escenas de sexo explícito, la base de la historia era evidente y se veía una libertad inusitada para la época en el tratamiento de los cuerpos masculinos así como en la muestra de varias escenas de ternura entre sus protagonistas. Un rasgo mayor de audacia lo constituyó la representación de la boda de Encolpio con el noble Licas (Alain Cuny), en la cual éste último aparece travestido.

 

Otra película que puede relacionarse temáticamente es Teorema (1968, Pier Paolo Pasolini), a la cual el propio director había descrito como “una historia religiosa, un dios que llega a una familia burguesa, bello, joven, fascinante, ángel y/o demonio. Ama a todos, desde el padre hasta la criada”.[146] La película es una alegoría sobre las modificaciones que este ambiguo personaje, presumiblemente angélico, encarnado por Terence Stamp, provoca en la vida de los miembros de una poderosa familia industrial, con todos los cuales mantiene relaciones amorosas, lo cual implicaba la existencia de vínculos homoeróticos con el padre y el hijo.  “Aprobada en abril de 1969 por el Ente de Calificación Cinematográfica, prohibida al mes siguiente por sugerencia del Ministro del Interior, Guillermo Borda, autorizada nuevamente y estrenada con cortes en abril de 1970, fue de nuevo prohibida por Ley 18641 del Poder Ejecutivo, considerada ‘una película que manifiestamente no sólo carece de finalidad educativa, sino que será un vehículo perjudicial para la sociedad’. Firmante de esta ley junto a Onganía, el nuevo ministro Francisco Imaz declaró más tarde a la revista Gente que no había visto el film y que sólo se basaba en comentarios de sus asesores. Desplazados Onganía e Imaz de sus cargos y renovadas las gestiones del distribuidor Vicente Vigo ante la justicia, en noviembre se autorizó definitivamente el estreno de Teorema, que finalmente se produjo en enero de 1971”.[147]  En el ya citado artículo de Freire se sostiene que “hablar de este film prohibido durante mucho tiempo en la Argentina, es hablar de un universo que llevó a la homosexualidad a la categoría de lucha política (…) En la poesía como en el cine de Pasolini, el punto de reunión es el cuerpo de los muchachos pobres, del suburbio de Roma,  la homosexualidad de Pasolini unida al cuerpo del sub-proletariado italiano, primero, y del Tercer Mundo (Africa), después. La homosexualidad en el cine de Pasolini está vinculada a un ideal de sexualidad nómada, itinerante, opuesto al de la norma burguesa de la reproducción familiar (…) La homosexualidad, entonces, es un viaje infinito: en el rito de la repetición, el cuerpo se amplía, y es de todos y es de nadie, aparece y desaparece como una forma que cambia y permanece”.[148] 

 

Para la misma época se estrenaron dos películas del cineasta inglés Ken Russell, en 1970 Mujeres apasionadas (1969, Women in love, sobre una novela de D.H. Lawrence), y en 1971 La otra cara del amor (1970, The music lovers). En la primera, que es un manifiesto a favor de la libertad sexual femenina en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, hay una escena muy sugestiva consistente en una lucha de sus dos protagonistas masculinos, Alan Bates y Oliver Reed, en la cual ambos están totalmente desnudos, y que tiene un contenido homoerótico muy marcado, tanto desde el plano visual, con el tratamiento de los cuerpos, realzados en luces y sombras por el hecho de que pelean en un recinto iluminado solamente por un fuego de leños, como desde lo conceptual, ya que se conecta con el texto final del guión, en el cual uno de los hombres (Bates) reconoce haber amado al otro, quien se ha suicidado. La segunda es una biografía del músico Piotr Illich Tchaicovsky, (Richard Chamberlain) a quien se presenta como debatiéndose entre un matrimonio sin amor y no consumado, con una prostituta que finalmente enloquece (Glenda Jackson) y su amante homosexual (Christopher Gable), y responsabilizando a esa lucha interna por su crisis creativa. Según el argumento de la película, esta tensión no resuelta lleva al músico a suicidarse en Venecia, bebiendo agua contaminada durante una epidemia de cólera. El final del personaje protagónico remite al comentario de Vito Russo respecto de que “en los veintiocho filmes que tratan temas gay rodados entre 1962 y 1978, los principales personajes gays en la pantalla terminan en suicidio o muerte violenta”.[149] 

 

También en la Venecia de principios de siglo XX y durante una epidemia de cólera se situó el filme de Luchino Visconti Muerte en Venecia (1971, Morte a Venecia, sobre la novela homónima de Thomas Mann), en la que el director contaba la confusión de sentimientos de un músico (Dirk Bogarde) quien en su cincuentena se siente extrañamente atraído por un adolescente, Tadzio (Bjorn Andressen) que veranea con su madre y sus hermanos en un lujoso hotel de la ciudad. Si bien el actor trasmitía dolorosamente el drama íntimo de su personaje, el problema de misscasting en la elección del joven que interpretaba a Tadzio daba a la historia un contenido muy ambiguo respecto de la atracción que ejercía sobre el viejo compositor, ya que la imagen de Andressen se correspondía más con la de una jovencita andrógina que con la de un efebo.

 

Probablemente el estreno más importante de una película extranjera en esta época y sobre esta temática haya sido el de Dos amores en conflicto (1971, Sunday, bloody Sunday, John Schlesinger), que planteaba, a partir de un solidísimo libreto de Penélope Gilliat, una relación amorosa triangular entre un joven escultor, Bob (Murray Head), una ejecutiva divorciada de alrededor de treinta años, Alex (Glenda Jackson) y un médico judío homosexual, Daniel (Peter Finch). La historia abarca poco más de una semana en la vida de estos tres seres, y según comenta Alsina Thevenet: “el retrato de Daniel es el más complejo e integrado: en él coexisten el médico sensato, el judío obligado a la ceremonia religiosa familiar, el solterón que prefiere no dar explicaciones por serlo, y también el homosexual que ha resuelto aceptar su propia naturaleza y procede en consecuencia. Esta es, en la historia del cine, la primera vez que un homosexual aparece presentado como un hombre sano, sin adjuntarle otras perversiones ni vergüenzas, sin describirlo siquiera como un chismoso de voz fina y ademanes llamativos”.[150] Al respecto es válida la comparación con el tratamiento del personaje del amante en la ya citada película de Ken Russell sobre Tchaikovsky, el que es presentado con toda una galería de amaneramientos, miradas de soslayo y gestos lánguidos. Dos amores en conflicto se estrenó en abril de 1972, con un solo breve corte, que censuraba un beso entre los personajes de Head y Finch. Lo curioso es que no era la primera vez que aparecía en pantalla un beso entre dos actores. En ese momento existían los antecedentes de Panorama desde el puente (1963, A view from the bridge, Sydney Lumet sobre la obra de teatro de Arthur Miller), y de El sargento solitario (1968, The sergeant, Lamont Johnson). En la primera de ellas Raf Vallone, un estibador enamorado de su propia sobrina, besaba a Jean Sorel, el novio de ésta, para demostrarle a la joven la diferencia de virilidad existente entre ambos, y en la segunda, Rod Steiger interpretaba a un sargento enamorado de un soldado, John  Phillip Law, a quien besaba para probarle su autoridad sobre él. Resulta paradójico que la censura haya permitido la exhibición de estos dos últimos casos y haya rechazado la caricia entre los personajes del film de Schlesinger, lo que mueve a la reflexión de que probablemente resultara más “ofensiva” la muestra de ternura entre dos hombres que se besaban en un gesto espontáneo de amor, que el beso tomado como una actitud de humillación en la que resultaban claramente definidos los roles de víctima y victimario. Lo mencionado hace evidente, que para los parámetros de aceptación y rechazo de la homosexualidad vigentes en la época, resultaban más permisibles la violencia y la agresión que la sexualidad libremente ejercida como transgresión.    

 

Mientras que en el cine extranjero el tema de la homosexualidad era cada vez más frecuente, en la producción cinematográfica argentina volvía a estar silenciado o a ser tocado tangencialmente en algunas escasas producciones. Una de ellas fue Los neuróticos (1970, Héctor Olivera, secuela de una exitosa comedia anterior del mismo director, Psexoanálisis, 1968). La comedia de Olivera retomaba el personaje del doctor Sigmundo, interpretado por Norman Briski, un falso psicoanalista, cuyo propósito es seducir a sus pacientes. Los integrantes de la terapia de grupo eran una ninfómana, un pintor que tenía una fijación con los bustos femeninos, una mujer obsesionada por las violaciones, una esposa frustrada sexualmente, un granjero atraído por una oveja, un erotómano reprimido y un maníaco  sospechosamente unido a una perra. Según la crítica: “estos personajes provocan tremendas complicaciones en la vida del doctor Sigmundo, especialmente luego que uno de ellos –quien se ha transplantado cierto órgano de un difunto pederasta- empieza a encontrar ‘atracción’ femenina en el falso psicoanalista”.[151] Las escenas estaban jugadas en extravagantes ambientes con decoración psicodélica que contribuía a crear una atmósfera alocada. La homosexualidad está incluida en este clima, y es una vez más, motivo de risa.

 

Párrafo aparte merece el estreno postergado de la película de Armando Bó filmada en 1968, Fuego, que tuvo lugar en 1971. Armando Bó se había iniciado como actor en la década de 1940, y en sus primeros intentos como productor (fundó la Productora SIFA) y director había procurado tratar temas de contenido social retratando ambientes y personajes humildes, como puede verse en sus primeras películas Sin familia (1954) y Adiós, muchachos (1955). A partir de su encuentro con Isabel Sarli, en su versión de la novela de Augusto Roa Bastos El trueno entre las hojas (1956), que trataba sobre la explotación de los obreros en las selvas paraguayas, el costado social fue perdiendo terreno frente a la incursión cada vez más desembozada en el erotismo, al comienzo escondido tras otras variantes temáticas, como la pesca del sábalo en las costas mesopotámicas en Sabaleros (1958), o la matanza de lobos marinos en Punta del Este, en Y el demonio creó a los hombres (1959), y luego cada vez más basado en los abundantes atributos físicos de su actriz fetiche y compañera sentimental. A esta serie pertenece Fuego, en la que se atreve a incursionar en el lesbianismo, tema que sólo tenía en el cine argentino el lejano antecedente de Deshonra, pero que nunca había sido tratado de manera tan abierta. La película es ingenua en el desarrollo de un caso de ninfomanía, pese a declarar en sus títulos que se contó con asesoramiento médico y psiquiátrico, pero tiene un tratamiento visual muy audaz que incluye  escenas bastante explícitas para los cánones de la época, de relaciones sexuales entre la protagonista y la actriz Alba Mujica, quien interpreta a su ama de llaves y amante. Por supuesto, pese al amor que siente por su esposo (el mismo Bó), el personaje no logra superar su grave problema, y finalmente busca alivio en el suicidio, arrojándose a las aguas de las Cataratas del Iguazú. Obviamente, la trasgresión sexual no podía tener otro fin que la muerte. 

 

El mismo año se conoció la ópera prima de Mario David, El ayudante (1970). Este film trata la historia de un rudo camionero, Aristóbulo (Pepe Soriano) que tiene problemas para comunicarse con los demás, incluso con su esposa, y que inesperadamente consigue entenderse con un joven sordomudo, Cacho (Carlos Olivieri) que comienza a trabajar con él, como forma  de terapia de recuperación indicada por los médicos que lo atienden. Las desventajas físicas del sordomudo llevan al camionero a establecer una verdadera comunicación espiritual con él, lo que lo lleva a desarrollar un hondo afecto y a cambiar su propia visión del mundo. La historia presenta apuntes interesantes sobre el tipo de relación que puede establecer un sordomudo con el mundo, especialmente en la escena del baile al que acude Cacho, donde aparecen grandes carteles luminosos que indican el ritmo que se debe bailar en ese momento, así como su debut sexual con una prostituta, narrado de manera elíptica, pero que no deja dudas respecto de su orientación sexual, lo cual es importante sobre todo en relación con los acontecimientos posteriores. La narración llega a un trágico final cuando el muchacho muere acosado por un “pervertido sexual y el camionero decide vengarlo”.[152] Mario David era un crítico y cortometrajista marplatense y se inició en el largometraje, precisamente con esta película, que según Mahieu, se trató de una “historia lineal, sencilla y de gran austeridad dramática”.[153] Si bien el tema central de la película se basaba en la incomunicación y la solidaridad, los apuntes homosexuales que aparecen en ella están desprovistos de los caracteres ridículos con que solían presentarlos otras películas, pese a que se mantiene la figura de la homosexualidad asociada a la perversión y al crimen en la figura de José Slavin, quien interpreta al linyera. Además se vuelve a hacer hincapié en la desconfianza que suele despertar el “diferente” en el imaginario popular a partir del comentario de Elvira (Lidia Lamaison), la mujer de Aristóbulo, al enterarse de la muerte del muchacho: “Andá a saber cómo fue la cosa. Ese mudito era medio raro”.[154]

 

También el teatro participó de este movimiento de apertura temática propio de comienzos de la década. El 8 de junio de 1970 se estrenó en Buenos Aires Hablemos a calzón quitado, de Guillermo Gentile, interpretada por el autor, Humberto Serrano y Juan Carlos Puppo, y dirigida por Gerald Huillier. La obra trataba sobre un joven detenido en su desarrollo afectivo y sexual por la presencia de una dominante figura paterno-materna, encarnada en el personaje del padre, de rasgos autoritarios, quien a la vez se traviste por las noches para ejercer la prostitución y chantajear a sus posibles clientes. El argumento representaba un abordaje en una temática prácticamente virgen en nuestro teatro, si se descuentan los antecedentes de Los invertidos de José González Castillo, que fuera conocida y prohibida en 1914, y Los extranjeros de Jorge Grasso, estrenada en 1960. La pieza no tuvo problemas con la censura de la época y se transformó en un gran éxito manteniéndose varios años en cartel. En ocasión de su estreno la crítica dijo de ella: “…es una obra visceral, sanguínea, tiene sinceridad pese a su tema un tanto circunscrito al mundo de las anormalidades psíquicas y los personajes llegan al espectador con fuerza”.[155] Observada a la distancia es interesante destacar que acorde con los patrones médicos y psiquiátricos de la época, para la crítica, la homosexualidad y el travestismo seguían tratándose de enfermedades. Ya en tiempos del Proceso militar, y con el ya lejano antecedente de la citada Ejecución, Rodolfo Ledo escribió y estrenó en 1978 Proceso interior, que volvía a tratar el tema de la homosexualidad carcelaria. Es interesante destacar algunos conceptos que juegan con la paronimia entre el título de la pieza y con la autodenominación de la dictadura. “…el enfrentamiento y oposición que cotidianamente ocurre entre el fin trascendente humano y la hipocresía del medio cultural y social que rodea a los personajes. Pero cuando el hombre se aísla de esa censura de formas y fondos, suele existir un PROCESO INTERIOR despiadado, violento, amargo, y en la medida que ese proceso lo lleva a la pureza y verdad de sentimientos, a la asunción total de sí mismo, se producirá el PROCESO EXTERIOR de su personalidad que lo mejorará y lo transformará en herencia y gen positivo para una humanidad que precisa recapacitar su presente y consecuente futuro”.[156] El mensaje subyacente pareciera ser, según la ideología imperante, la conveniencia del sufrimiento y el dolor -¿tal vez la tortura?- para obtener ciudadanos alejados de la anormalidad, entre las cuales la “desviación sexual” –“un hecho sentenciado y procesado como anormal por la sociedad”[157]- actuaría como parábola de la subversión de un orden político establecido.

 

Para la misma época (1978), se estrenó en el teatro Ateneo la versión teatral de Postdata, tu gato ha muerto, que en su origen había sido una exitosa novela de James Kirkwood. La pieza fue dirigida por Emilio Alfaro e interpretada por Luis Brandoni y Gerardo Romano. Su argumento desarrollaba la relación entre un ejecutivo joven y un ladrón que entraba en su vivienda y a quien el dueño de casa lograba reducir inmovilizándolo sobre una mesa. Entre los dos se iba estableciendo un vínculo claramente homoerótico, que incluía la relación física, sugerida en escena por un apagón.  El espectáculo no tuvo problemas de censura, lo cual es doblemente curioso, dada la índole del tema, que además contaba con un final feliz –la concreción de la pareja masculina- y por el hecho de que Brandoni era en ese momento un actor que figuraba en las listas negras de la dictadura.[158]

  

En 1973, luego de la asunción de Héctor J. Cámpora como presidente, hubo un corto período en el cual pareció alcanzarse la libertad de exhibición, con el nombramiento de Octavio Getino, otro de los integrantes del movimiento Cine y Liberación, y responsable junto con Solanas, de la dirección de La hora de los hornos (1969), película representativa de dicho movimiento revolucionario. Getino ocupó la dirección del Ente Nacional de Calificación, mientras que el cantante, actor y director Hugo del Carril asumía la dirección del Instituto Nacional de Cinematografía, con Mario Soffici como subdirector.[159] Las ideas de los nuevos funcionarios permitieron que pudieran llegar a nuestras pantallas cinematográficas películas tales como Los muchachos de la banda (The boys in the band, 1970, William Friedkin), que había estado retenida por la censura hasta ese momento y que presentaba la particularidad de la franqueza de su lenguaje, ya que todos sus personajes eran homosexuales y la acción se desarrollaba durante una fiesta de cumpleaños a lo largo de la cual cada uno de ellos desarrollaba distintas facetas de los estereotipos gay de la época en Estados Unidos. Según Vito Russo, la culpa internalizada y el odio a sí mismos de ocho hombres gays en una fiesta de cumpleaños en Manhattan representó el mejor y más potente argumento para la liberación gay jamás ofrecido en una forma de arte popular. Suministró ejemplos concretos y personalizados de los efectos negativos de lo que aprendían los homosexuales sobre sí mismos a partir de las distorsiones de los medios de comunicación masivos.[160]

 

Dentro de este mismo clima de liberalidad se estrenó sorpresivamente, en octubre de ese año, Ultimo tango en París (Last tango in Paris, 1972, Bernardo Bertolucci), que venía precedida por un aura de escándalo por la audacia de su temática (la relación puramente sexual entre un hombre de cuarenta años cuya mujer acaba de suicidarse, y una joven desconocida) y  sus imágenes de actos sexuales. Pocos días después de su estreno, se la prohibió por inmoral, formándose proceso por exhibiciones obscenas a los responsables de la sala, a la distribuidora Artistas Unidos y a Octavio Getino, por haberla autorizado. A través de un comunicado de la Liga de la Decencia de Rosario, se felicitó de inmediato al juez Edmundo Samaritano y al Ministro de Educación Jorge Taiana, por el secuestro de la película. El 2 de agosto de 1974 se anunció que: “La Sala en lo Criminal y Comercial de la Cámara de Apelaciones en lo Federal sobreseyó definitivamente a Roberto Angel Saccone, gerente de la distribuidora de películas cinematográficas Artistas Unidos, y a los apoderados de la sala Cinema 1 en la causa que se les siguió por supuesto delito de exhibiciones obscenas por Ultimo tango en París”.[161]  Pese al sobreseimiento, y debido al clima cada vez más enrarecido de la censura imperante, la película sólo volvería a exhibirse luego del retorno de la democracia.

 

Al mismo tiempo se separó de su cargo a Agustín A. Gordillo, profesor titular de la cátedra de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho, quien había escrito un ensayo sobre “Planificación, participación y libertad en el proceso de cambio”, en cuyo capítulo X , “Libertad  y represión sexual” exponía una hipótesis referida a que las instituciones en vigencia, incluido el Estado,  trataban de imponer una ideología represiva de la libertad sexual y que por dicha razón debía iniciarse el camino de la liberación sexual en todas las instituciones, principalmente, la familia, la escuela y la universidad. La resolución por la cual se lo apartó, argumentaba que la tesis de Gordillo justificaba toda suerte de aberraciones sobre la base de que toda actividad sexual gratificante para el individuo era admisible y valiosa, a excepción de las violaciones. Se añadía que “esta teoría atentaba contra los principios más elementales de la moral argentina y era inadmisible en alguien que, como el profesor Gordillo, debía educar a la juventud no sólo con conocimientos técnicos sino también con una ‘sólida formación moral´”.[162]

    

Estos hechos, así como que el comisario Margaride fuera nombrado nuevamente en el cargo de Jefe de Policía, a poco de instalarse Perón en su tercer período presidencial, definieron la política peronista en materia sexual. El breve interregno de liberalidad quedaba atrás y volvían a aparecer los rígidos controles de la censura. En noviembre de 1973 Getino cesó en su cargo por disposición del Ministerio de Cultura y Educación, luego de un enfrentamiento con el Secretario de Cultura Alberto Rocamora, al negarse el director del Ente a prohibir la exhibición de la película chilena Voto más fusil (1971, Elvio Soto), que había sido previamente autorizada, pero cuyo estreno se consideraba inconveniente en ese momento para no alterar las relaciones con Augusto Pinochet, quien dos meses antes, el 11 de setiembre, había derrocado al presidente chileno Salvador Allende y que a la sazón se había transformado en el dictador del vecino país. Según declaraciones posteriores de Getino “le escribí a Jorge Taiana diciendo que tenía que definirse: la censura iba a ser realmente reducida y gradualmente liquidada, o se la confirmaba”.[163] Poco tiempo después, a comienzos de 1974, Hugo del Carril renunció a su cargo y fue reemplazado por Soffici, y el Ente de Calificación fue intervenido con Eduardo Bordo a la cabeza.[164]  La intolerancia que continuaba escondida tras la aparente liberalidad, se puso de manifiesto cuando en 1973 se incendió el Teatro Argentino, propiedad de Alejandro Romay, a la vez dueño del Canal 9 de televisión, escasos días antes del estreno de la ópera rock Jesucristo Superstar de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, y posteriormente,  el 1º de enero de 1974, con los atentados contra los cines que anunciaban la versión cinematográfica de la misma obra, dirigida por Norman Jewison en 1973. Grupos de extrema derecha ultra católicos se adjudicaron los atentados. El teatro nunca fue reconstruido ni la obra estrenada, y la película sólo pudo exhibirse, con escasa repercusión, en 1985. El 1º de setiembre de 1974 asumió Miguel Paulino Tato como interventor del Ente de Calificación, lo que motivó protestas de la Asociación de Cronistas Cinematográficos, a la cual el nuevo funcionario pertenecía. “Esta asociación no tardó en ‘deplorar’ su aceptación para desempeñar las funciones de censor, y más tarde la DAC consideró que la censura que Tato comenzaba a ejercer al frente del INC significaba ‘retrotraerse a no poder reflejar libremente los temas que preocupan al hombre argentino y que lo ayudan a encontrar su identidad’”.[165] Tato había tenido lejanos y pobres antecedentes como director de cine, con una poco feliz experiencia en 1952, cuando dirigió Facundo, el tigre de los llanos, pero como censor demostró realizar su tarea con verdadera fruición, lo que motivó que fuera uno de los poquísimos funcionarios que no fueron removidos de sus cargos en ocasión del golpe militar de 1976. El cineasta Andrés Di Tella lo presenta en su documental Prohibido (1996) durante una entrevista en la que se jacta de la cantidad de películas que ha censurado y manifiesta que su ideal sería llegar a prohibir doscientos films por año. Su actividad gozó del aplauso, y también de la crítica, de diversos sectores. Mientras monseñor Adolfo Tortolo, presidente del Episcopado Argentino, expresaba su “adhesión” a la labor desarrollada por el Ente, elogiando a Tato por su “valiente y constante defensa de los principios morales y del espíritu nacional, desde su arduo deber”, el escritor Ernesto Sábato se lamentaba: “Con el cuento de impedir la pornografía y la violencia, impide cualquier tentativa de decir verdades”.[166] 

 

Sin embargo, la homosexualidad volvió a aparecer en las pantallas argentinas, con mayor profundidad que hasta el momento en dos películas. Una de ellas, La piel del amor (1974, Mario David) narraba la historia de un hombre adinerado (Héctor Alterio) que finge estar casado con una atractiva mujer (Susana Giménez), quien en realidad, lo ayuda en sus conquistas homosexuales. El drama se desataba cuando el falso marido pretendía conquistar a un muchacho (Claudio García Satur), enamorado de la mujer. Si bien la película, filmada en Mar del Plata, tenía el marco de las comedias románticas de verano, fue audaz por la temática abordada, ya que hasta ese momento no era frecuente el tratamiento tan explícito de la homosexualidad en el cine argentino. El gay de esta película es representado sin amaneramientos –se trata de un supuesto hombre casado, por lo tanto heterosexual- y la atracción que siente por el otro, está dada a través de los textos. Hacia el final de la película, en una escena donde los tres están en la playa el gay obliga a la pareja a bailar. El juego erótico se da a través de la situación de voyeur en que se coloca el personaje de Alterio. Finalmente tiene lugar una secuencia donde ambos hombres libran una lucha cuerpo a cuerpo, rodando por la arena y luego dentro del agua. La escena de la lucha resulta poco creíble, debida a la escasa violencia física y quizás a cierta reticencia de los actores a mantener un contacto físico con el cual se quería enmascarar una relación homosexual deseada al menos, por el personaje del millonario.[167] Esa escena recuerda a otra famosa de la década del cincuenta; la escena amorosa de la playa que juegan la Giménez y Satur, es demasiado parecida a la de Deborah Kerr y Burt Lancaster en De aquí a la eternidad (From here to eternity, 1953, Fred Zinnemann) y también el guión del propio director, Mario David y de Isaac Aisenberg, se asemeja a las desventuras que sufría el personaje de Elizabeth Taylor, como señuelo para atraer muchachos para su primo Sebastian Venable, en De repente en el verano (Suddenly last summer, 1959, Joseph L. Mankiewitz)[168]. El personaje de Alterio, si bien no es el estereotipo primario gay, no escapa del destino del estereotipo trágico: se suicida ahogándose en el mar, mientras que la pareja heterosexual logra consolidar la relación amorosa.  Tampoco se puede dejar de mencionar la lucha de Alan Bates y Oliver Reed en Mujeres apasionadas, aunque la variante es que en esa película ambos hombres están completamente desnudos y la cámara abunda en tomas frontales, mientras que en la producción argentina, están vestidos con ropa de playa, pantalones cortos y camisas. La cámara no insiste en la exhibición de los cuerpos, por ejemplo, como en algunas ya clásicas escenas donde muestran los torsos masculinos o femeninos cubiertos por telas mojadas como recurso para acentuar el erotismo.

 

La crítica no trató bien a la película, a la que acusaba de ser un aburrido paneo por playas marplatenses. Según Morelli “la insuficiencia anecdótica del asunto escogido torna lánguido y perezoso un trámite visual que, sin pretenderlo, se aproxima peligrosamente a la vacuidad arrogante de cierto cine francés”.[169]  Mirado a la distancia, el film era osado por la temática propuesta, más allá de las críticas de los especialistas.

 

La balada del regreso (1974, Oscar Barney Finn) contó la historia de un teniente salteño que regresa a su tierra al mando de tropas unitarias y debe sitiar la estancia de una familia federal junto a quienes ha pasado su infancia y juventud. La película trataba el enfrentamiento entre ambas facciones luego de la Batalla de Pavón, con un cierto criterio revisionista, y presentó también sutiles rasgos homoeróticos al describir la relación entre el teniente (Hugo Arana) y el hijo de la familia federal (Adrian Ghio), a quienes ha unido en el pasado una profunda amistad. En una escena que recuerda también a Mujeres apasionadas, ambos hombres cabalgan juntos hasta unos montes alejados de la casa, y allí comienzan a perseguirse hasta caer abrazados en una falsa lucha, en la que terminan sonriendo y recordando su pasado afecto. La semejanza, como en La piel del amor, estriba en el significado subyacente en la lucha como vehículo permitido de contacto físico entre dos hombres, pero difiere en el tratamiento de los cuerpos, pues ambos actores están totalmente vestidos.

 

En 1974 La tregua (Sergio Renán) tocó el tema de la homosexualidad masculina de una forma que habría resultado impensable pocos años antes. El guión se basó en una novela de Mario Benedetti, escrita en 1960; cuyo contenido homofóbico, quedó atemperado en su paso a  la pantalla. Por primera vez el cine argentino mostraba un personaje homosexual surgido del seno de una familia de clase media. Oscar Martínez, el actor que representa al gay, podía ser el chico de la puerta de al lado, alejado del estereotipo de la mariquita que entonces y después seguiría siendo moneda corriente en las escasas producciones que mostraron varones homosexuales. El personaje de la novela del escritor uruguayo Mario Benedetti (Tacuarembó, 1920) no era un jovencito afeminado y no respondía a las características clásicas con los que el cine argentino –y también la mayoría de las producciones extranjeras- había pintado a los homosexuales desde el principio del cine sonoro. En realidad se trataba de un adolescente que no había tenido todavía una iniciación sexual pero que debía aceptar que su orientación sexual no era como la de la mayoría.

 

En La Tregua aparece por primera vez con un planteo serio la figura del varón homosexual, presentado bajo distintos estereotipos. Uno de ellos es el joven de apariencia común a la mayoría, torturado por asumir y ocultar una sexualidad diferente. Otro presenta al gay seguro de sí mismo (interpretado por Sergio Renán), de cuarenta años, cínico y de vuelta, con experiencia vital y algo afeminado, que enfrenta al padre del muchacho (Héctor Alterio) al mundo desconocido de una sexualidad diferente. El tercer estereotipo está dado por el personaje del obsesivo oficinista interpretado por Antonio Gasalla, un hombrecito histérico, afeminado y patético, al cual los compañeros de oficina le juegan una broma cruel. En el fondo las distintas imágenes no componen una visión positiva de la homosexualidad, se la muestra como motivo de infelicidad, neurastenia y burla por parte de la sociedad.

 

El personaje de Oscar Martínez está vinculado desde la imagen al mundo de la literatura y el arte. Por ejemplo cuando se lo ve en su habitación juntando sus pertenencias para irse de la casa, se le cae de las manos una pila de libros; esta escena se conecta con la imposibilidad de manejar la carga cultural que lo condiciona y lo culpabiliza a la hora de decidir una elección de vida diferente a partir del eje del conflicto al que lo enfrenta su sexualidad. Se vincula con el estereotipo del intelectual. En cambio, el personaje de Renán es presentado como un hombre vestido en forma excéntrica, quizás como la descripción de los personajes de la novela de Arcidiácono Ay de mi Jonathan. La impresión que recibe el padre del joven es la de un ser cínico, desagradable y amanerado. Es quizás la visión del futuro que él imagina para su hijo como consecuencia directa del ejercicio de una sexualidad contraria a lo establecido. Además, lo enfrenta con la comprobación de la falta de diálogo que ha tenido con su hijo y con el sentimiento de ser culpable de alguna manera de su elección sexual. Sin embargo, la historia del personaje gay no es central para la película, sino una de las líneas secundarias que rodeaban al tema central: el romance de un oficinista a punto de jubilarse con una muchacha de la edad de sus hijos interpretada por Ana María Picchio.[170]

 

Es interesante observar el universo masculino de estos tres hombres (los dos hermanos y el padre) que viven con la hermana (Marilina Ross), la única mujer de esa familia que ha perdido a la madre años atrás. La historia plantea diversos temas, la felicidad y los distintos caminos que pueden conducir a la misma, la diferencia de edades entre la pareja (heterosexual), la soledad, la frustración del hijo mayor ante la falta de futuro y también la homosexualidad. Si bien la película se basa en una novela que transcurre en el Montevideo de fines de la década del cincuenta, la adaptación la ambientaba en Buenos Aires en la época actual (comienzos de la década del setenta). La reacción del padre ante la noticia de la homosexualidad de su hijo, a pesar de que él mismo vive una historia de trasgresión –al menos en cuanto a la diferencia generacional- aunque de mayor aceptación dentro de los cánones sociales contemporáneos, demuestra que los criterios para la comprensión o el rechazo del tema homosexual no habían variado mayormente en ese período.

 

En ocasión de su estreno, un crítico comentó lo siguiente: “La tarea de llevar a la pantalla el diario de Martín Santomé no es precisamente una empresa fácil, y Sergio Renán y Aída Bortnik han fijado en el lúcido guión, cada una de las imágenes principales de la obra original, apoyados en un trabajo actoral inusual en nuestro medio (…) Es la suya una concepción moderna y porteña del modelo típicamente uruguayo, y uno de sus mayores méritos consiste en la formulación dramática de una historia esencialmente conmovedora, expresando con singular sensibilidad las imperfectas felicidades y las cotidianas desventuras de cada una de sus máscaras”.[171]

 

La revista Panorama,[172] en marzo de 1975 mostró en su portada a una joven mujer y a un muchacho, ambos de espaldas, vestidos sólo con jeans ajustados hasta las rodillas y anchos en la bocamanga, muy de moda en esa época. La fotografía muestra a los jóvenes subidos a una escalera  en el momento en que están pintando con letras rojas la palabra “sexo” la cual  ocupa el centro de casi toda la portada. Sobre el margen derecho se lee: “La hora de su apogeo”.  En su interior un artículo titulado “La invasión del sexo” dedicaba cinco páginas con ilustraciones en color y en blanco y negro, mostrando una pareja besándose en Saint Tropez, un fotograma de la película Nuestros años felices (1973, The way we were, Sydney Pollack) donde se podía ver a Barbra Streisand y Robert Redford, acostados en la cama, cubiertos con la sábana, ella hasta los hombros y él con medio torso desnudo, otra foto de un apasionado momento de La Mary (1974, Daniel Tinayre), con Carlos Monzón y Susana Giménez, y una foto de la obra teatral Hair que se había representado en Buenos Aires a comienzos de la década, donde se veía a un joven con camisa y un pequeño slip. En otras fotos aparecían Sean Connery y Brigitte Bardot, en un momento de la película Shalako (1970, Terence Young), con la leyenda: “El beso de dos de los símbolos del erotismo contemporáneo”, y la imagen de la escultura “El beso de Rodin“, con la leyenda “Un clásico del sexo y el amor”.[173] Otras fotos mostraban a María Schneider y Marlon Brando en  Ultimo tango en Paris (1972, Last tango in Paris, Bernardo Bertolucci) donde según la revista se habían alcanzado los límites tolerados (ya he mencionado el episodio de censura que motivó su prohibición días después de su estreno), y también Leonard Whiting y Olivia Hussey en una escena de Romeo y Julieta (1968, Franco Zeffirelli) y Rommy Schneider y Alain Delon en La piscina (1968, Jacques Deray).  Había referencias a los “oficiantes del sexo” de ese momento: Raquel Welch, las hermanas Norma y Mimí Pons, entonces vedettes de los teatros de revista argentinos y a los “productos del sacerdote del sexo comercial Armando Bo”. Esta proliferación  de alusiones sexuales, los diálogos familiares asociados a lo sexual, las películas que nunca eludían el sexo aunque viniera envuelto en el prestigio de un creador; según la revista, “no han crecido de golpe”. Y agregaba: “Junto a la formidable crisis de valores que soporta un mundo con energía nuclear, genocidios, viajes a la luna y creaciones artísticas maravillosas –todo junto- crece también un sexo desordenado, despistado pero como si fuera un elemento religioso, omnipresente.”[174]  

Para la revista, el sexo había caído sobre la sociedad argentina y la había sorprendido con su desafiante presencia; si bien no había que mirarlo como una novedad absoluta ya que siempre había estado presente, “aunque a veces inhibido, desterrado, condenado. Y, de Freud en adelante, ha ido arrojando las cortinas que lo ocultaban. Parte inseparable de una vida equilibrada, regresará de algunos excesos y será con el amor del que nunca debió estar separado, fuente de felicidad.”[175] El artículo mencionaba también a la violencia unida al sexo, sobre todo a partir del cine y de la literatura: Espantapájaros, (1973, Scare crows, Jerry Schatzberg), Perdidos en la noche, (1969, Midnight cowboy, John Schlesinger), Busco mi destino (1969, Easy rider, Dennis Hopper) y hasta La fuente de la doncella (1960, Jungfruskallan, Ingmar Bergman), junto con títulos  de la novelística norteamericana de la época: Holocausto, de Robert Marasco y Acuéstala sobre la hierba de James Hadley Chase, como ejemplos de autores de sexo y violencia, que sin explotar lo comercial, “van siguiendo tal vez sin saberlo, el influjo de una época”. El sexo no escapaba de ninguna manifestación contemporánea, “un nadador bien fotografiado puede aumentar la tirada de una revista deportiva o la venta de cualquier producto, como lo demostró el olímpico Mark Spitz”.[176] Dentro de ese contexto, la homosexualidad no era nombrada, aunque estaba presente a través de la mención de Perdidos en la noche que narraba la historia de un ingenuo joven campesino norteamericano (John Voight) que abandona su pueblo para terminar prostituyéndose como taxi boy al servicio de hombres y mujeres, en una gran ciudad, mientras desciende rápidamente en la escala social. La película de Schlesinger “se atrevió a hablar sin tapujos de todo esto en un momento en el que nadie quería saber de cosas como esta”.[177] Otra alusión hiperbólica se refería a los posters de Mike Jagger, denominado ”el semidiós (sic) hermafrodita”. Días antes de que la revista saliera a la calle, el 13 de marzo se había estrenado la película Mi novia el... dirigida por Enrique Cahen Salaberry.

 

Dentro del cine humorístico que solían frecuentar sus protagonistas y su director, Mi novia el… representó una experiencia de mayor seriedad que lo habitual. Estaba interpretada por Alberto Olmedo y Susana Giménez, y probablemente se hubiera inspirado en Viktor-Viktoria, una vieja obra teatral alemana que ya había conocido una versión cinematográfica en la década del 30 y que volvería a ser filmada por Blake Edwards en 1982, representando un gran triunfo personal para la actriz Julie Andrews. La película argentina centraba su historia en un muchacho de barrio que cree haberse enamorado de un travesti, quien en realidad es una chica que para abrirse camino en el mundo del espectáculo se ha hecho pasar por hombre, ya que considera que los travestidos tienen mayores posibilidades de éxito. La película reflejaba las actitudes del mundo circundante frente a este tipo de parejas (la homofobia de los amigos, la decepción de la antigua novia del protagonista que se siente desplazada por un hombre, etc.), aunque finalmente llegaba el happy end cuando todos se enteran de que en realidad el travesti es una verdadera mujer. El film, cuyo título original era Mi Novia el Travesti, tuvo que enfrentar problemas con la censura de la época que obligó a sacar la palabra "travesti" del título. En definitiva con el pronombre masculino "él" seguido de puntos suspensivos el título dejaba abierta la ambigüedad de una manera más desconcertante.

 

El Ente de Calificación le quitó el derecho de obtener el subsidio de fomento industrial, por considerar su argumento incluido entre los “temas o situaciones aberrantes”. Una crítica de la época sostenía que “los ciegos censores que le quitaron el subsidio parecen no haber advertido que Susana Giménez es en realidad una mujer, y entienden que su relación con Olmedo en el film es anormal”. Al mismo tiempo el crítico hacía referencia a la calidad de la película, afirmando que si bien no era de gran envergadura, era una comedia bien urdida, y que había que “felicitar a los productores por arriesgarse en la zona del grotesco, camino transitado con éxito por los italianos, con Monicelli a la cabeza. Sin embargo, los censores prefieren la rutina: las comedias burdas pasan; a ésta, que apuntaba un poco más alto, le asestan el hacha”.[178]

 

El hecho de que el personaje interpretado por Alberto Olmedo se sintiera perturbado por el travesti –en la ficción se suponía que se trataba realmente de un hombre travestido para su espectáculo musical- resultaba provocador como tema para un film porque cuestionaba los valores tradicionalmente aceptados respecto de la virilidad. La línea argumental, si bien no planteó un estereotipo, permitió una suerte de debate sobre el tema del travestismo y del deseo homoerótico inédito en nuestra cinematografía. Según Oscar Viale, el libretista de la película, habían procurado darle al falso machismo –un mal de la sociedad- un leve contenido crítico.[179]

 

Párrafo aparte merece El Pibe Cabeza (1975, Leopoldo Torre Nilsson), que sin ser una película centrada en lo homoerótico presentaba un análisis de las relaciones entre hombres en lugares cerrados, en este caso una cárcel. El Pibe Cabeza narró la historia, la vida, la carrera, la persecución policial y la muerte de Rogelio Gordillo, un famoso delincuente de la década del ’30, que había logrado contar con cierta adhesión popular y era considerado por algunos como un moderno Robin Hood:

 

“Hay delincuentes con adhesión popular y otros que sufren el odio de las gentes o, lo que es peor, su indiferencia. En la galería de los amados el Pibe ocupa el primer lugar, reinando en este siglo como le tocara reinar en el anterior a Juan Moreira. No fue sangriento; fue audaz, ingenioso y valiente. Tuvo un sentido del humor donde se combinaba la malicia pueblerina con el escepticismo porteño.  Buscó más la aventura que la seguridad, aún dentro del delito. Y buscó la muerte para dispararle al aburrimiento.”[180]

 

La película muestra como el homoerotismo carcelario es utilizado por el Pibe –interpretado por Alfredo Alcón- para escapar del penal de Sierra Chica, donde ha sido llevado luego de ser acusado de una violación, que en realidad no ha cometido. A poco de ingresar al mismo, el Pibe observa como en el recreo un grupo de presos escuchan un tango ejecutado por una improvisada orquestita. Cuando le toca el turno a un valsecito, algunos presos comienzan a bailar entre sí. Un guardia elige a uno de los presos y comienza a bailar con él. “El Pibe observa interesado esta nueva incorporación, como si de alguna manera lo inspirara. Le llama la atención el llavero que cuelga del cinturón del guardia.”[181]  

En términos de estereotipos se muestra también la figura del homosexual afeminado. El mismo libreto arroja luz sobre la terminología, aclarando que a estos hombres se los llama, Martinas; mientras que también están los Gratas, presos que se constituyen en verdaderos patrones sexuales de la cárcel.[182] En una de las escenas vemos al Pibe en un baño del penal, orinando en un mingitorio, a su lado se instala una Martina que lo mira con curiosidad y le pregunta:


”-¿Así que estás acá por hacer de noviecito?

  -No, por hacer de boludo…Decime: ¿Los guardias siempren entran en la joda?

  -Y…el que se calienta…” responde con malicia la Martina.[183]

 

La película muestra escenas de violencia entre los presos, como el juego de la Gallina Ciega donde una de las Martinas es golpeada por un Grata, ante las carcajadas de los demás. Cuando el  chico homosexual se quita la venda de los ojos se advierte que los tiene maquillados con hollín. La visión del improvisado maquillaje, corrido por las lágrimas, contribuye a aumentar el patetismo de la figura del gay. En la escena que da lugar a la huida, se observa el travestismo de tres Martinas que de alguna manera quieren imitar a Carmen Miranda[184]. Llevan pañuelos en las cabezas y camisas colgando de las cinturas a manera de polleras. Los improvisados travestis bailan y se contonean al compás de una armónica.  

“Las Martinas, siempre en su pequeño show, sacan a bailar a los Gratas. (…) Con una mirada de inteligencia, se incorpora a la fiesta el Descuidista. Tentado por una de las Martinas, uno de los Guardias resuelve participar. Al hacerle señas a otro de que cuide su lugar, descubre las llaves en la cintura. (…) La Martina arroja al Guardia, como un muñeco excitado, en brazos de una de sus compañeras. El último de los guardias también se decide a participar de la fiesta, sobre todo cuando la Martina pasa, provocativa, a su lado. Sin abandonar su posición, estira el brazo y la fuerza a acercarse a la reja. En ese preciso instante se cruza con el Descuidista, que hábilmente le saca las llaves.”[185]

 

Es evidente desde el texto la presencia del homoerotismo carcelario, mostrado más a través de las relaciones de poder entre los Gratas, las Martinas y los demás presos, que por actos sexuales explícitos La imagen describe el juego de seducción entre hombres, en un ambiente de rudeza y encierro. Al mismo tiempo instala uno de los prejuicios vinculados a los roles: sólo son considerados homosexuales, los pasivos, los que ocupan un falso rol femenino –a partir de ser objetos penetrables- mientras que los otros son hombres que disfrutan de favores sexuales de otros hombres devenidos mujeres. La cámara al mostrar un baile entre hombres; con un primer plano de dos pelvis masculinas, en apretado abrazo, pretende poner el énfasis en el interés por el manojo de llaves que cuelga del cinturón de un guardia, pero no puede dejar de evidenciar el deseo.  De todas maneras queda claro que la intención de Torre Nilsson, va más allá de mostrar la visibilidad del homoerotismo carcelario; le interesa contar qué circunstancias pudo aprovechar el Pibe Cabeza para escapar del presidio. Es evidente, a través de las manifestaciones del propio director, que el libreto original debió ser modificado por problemas con la censura cinematográfica, pero deben haber sido originadas en otros motivos que los meros apuntes de la sexualidad carcelaria. Según Torre Nilsson:  

Siempre es más cómodo hablar de las censuras de los demás que las propias, por esa razón dejo sin abrir el capítulo que refiere nuestras andanzas con el libreto de El Pibe Cabeza, pero siento que después de las observaciones que me hizo Censura, el libreto salió fortalecido porque si me pidió que el protagonista fuera más violento para tener menos identificación con el público y la violencia le hizo bien, le dio más coherencia a ese remoto pasado de ‘coiffeur’ con el notorio y publicitado posterior de delincuente entre ingenioso, audaz e irresponsable.”[186]

 

La otra variante a partir de la cual se visualizaban los estereotipos gay en el cine argentino era la imagen frecuentemente burda y chabacana del mariquita. Esta visión arrancaba casi en los comienzos del cine sonoro, con el ya citado personaje de Pocholo en Los tres berretines, y se continuó a lo largo de las décadas siguientes. Con la asociación de Armando Bó e Isabel Sarli aparece el personaje del mucamo, habitualmente representado por el coreógrafo y bailarín Adelco Lanza, a quien se puede visualizar desde Favela hasta personajes más importantes en Fiebre (1972), Intimidades de una cualquiera (1974) y Una mariposa en la noche (1977.), donde el tema fue tratado como una pincelada ligera de comicidad, si bien más allá de los rasgos habitualmente ridículos de sus criaturas, el actor trasmite una cierta imagen positiva en cuanto al cariño y el cuidado que manifiesta hacia su patrona. Sin mayores variantes, también puede encontrarse personajes de estas características en medio de una situación de enredos, por ejemplo, el ladrón que se traviste para entrar a un hotel de alta rotatividad con fines delictivos, como ocurría en Crimen en el hotel alojamiento (1974, Leo Fleider).

 

Como ya mencioné, el período comprendido entre 1972 y 1975 representó una bocanada de aire fresco para los creadores del cine nacional, y un sensible aflojamiento de las normas de la censura que habían imperado hasta ese momento. Es la época en que se estrenan, con gran éxito de crítica y público, películas tales como Los siete locos (1973, Leopoldo Torre Nilsson, sobre las novelas Los siete locos y Los lanzallamas de Roberto Arlt), Boquitas pintadas (1974, Leopoldo Torre Nilsson, sobre la novela de Manuel Puig), La Patagonia rebelde (1974, Héctor Olivera), Quebracho (1974, Ricardo Wullicher), Juan Moreira (1973, Leonardo Favio), La Raulito (1975, Lautaro Murúa), y la ya analizada La tregua, entre otras. La gran cantidad de espectadores que acudieron a ver estas películas hicieron que se hablara de un renacimiento del cine argentino, idea que se vio fortalecida por los premios que algunas de estas películas obtuvieron en festivales internacionales, como por ejemplo el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1973 y el Premio al Mejor Film en el Festival de Cartagena ese mismo año para Los siete locos, el Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián de 1974 para Boquitas pintadas y el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1975 para La Patagonia rebelde.

 

Pero el 1º de julio de 1974 murió Perón y el gobierno quedó en manos de su tercera esposa María Estela Martínez, conocida popularmente como Isabelita. La escasa capacidad demostrada por la viuda del general para conducir el país hizo que en realidad el poder recayera sobre su Ministro de Bienestar Social, José López Rega, quien fue responsable de la creación de la Alianza Argentina Anticomunista, conocida como la Triple A, que se dedicó a perseguir a todos aquellos sospechosos de ideologías izquierdistas. Fue así como numerosos artistas e intelectuales debieron abandonar el país para defenderse de las amenazas contra su vida. Al mismo tiempo volvieron a recrudecer las normas de censura, mientras imperaba en el país un clima creciente de inseguridad fruto de las luchas entre la guerrilla y el terrorismo de Estado. El 24 de marzo de 1976 tuvo lugar el golpe militar que derrocó a la viuda de Perón, quien fue llevada prisionera a la residencia El Messidor, en el sur del país. Se inauguraba así el período de la última dictadura argentina en el siglo XX, que se extendería desde 1976 a 1983. Si bien habían existido varios golpes de Estado que habían interrumpido la vida democrática del país, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional pretendió legitimarse a partir de la lucha contra la violencia de la guerrilla urbana. “Los dos primeros años de este régimen, 1976 y 1977, marcan la culminación del enfrentamiento entre los guerrilleros y las Fuerzas Armadas, período dramático en el que la ciudadanía quedó atrapada entre la violencia de unos y de otros, sin mayor información imparcial, ni salidas políticas posibles”.[187] Fue durante este período cuando se estima que desaparecieron entre ocho y veinte mil personas. Como consecuencia del terror se instauró la censura y la autocensura que eliminaba toda referencia a las víctimas por parte de los medios masivos y hasta por parte de familiares y amigos. La cultura se vio amordazada, se incrementaron las listas negras de actores prohibidos, y fueron varios los temas considerados tabú para la dictadura, entre ellos el de la homosexualidad.

 

Una de las primeras medidas del Proceso de Reorganización Nacional fue colocar al capitán de fragata Jorge Enrique Bitleston como interventor del Instituto Nacional de Cinematografía, quien el 30 de abril de 1976 dio a conocer las pautas por las que debía regirse el cine argentino de allí en más, informando que serían apoyadas económicamente “todas las películas que exalten valores espirituales, morales, cristianos e históricos o actuales de la nacionalidad, o que afirmen los conceptos de familia, de orden, de respeto, de trabajo, de esfuerzo fecundo y de responsabilidad social, buscando crear una actitud popular optimista en el futuro y evitando en todos los casos ‘escenas y diálogos procaces’. Las películas en preparación debían ‘adecuarse’ a dichas normas”.[188]

 

En ese clima, el abril de 1976 se anunció el estreno de Piedra libre (1976, Leopoldo Torre Nilsson). La película fue prohibida el día antes de su estreno por el Ente de Calificación, quien vio en el film “ataques contra la familia, la religión, la moral y las distintas clases sociales, la tradición y otros valores básicos de nuestro sistema de vida”.[189] La censura del gobierno militar probablemente haya objetado en realidad la participación de la actriz Marilina Ross, integrante de las célebres listas negras, y una supuesta situación de lesbianismo sugerida en el film, donde interpretó a una jovencita hija de un matrimonio de actores que recorren el país en un viejo automóvil. Al quedar huérfana, por la muerte accidental de sus padres, pasa a vivir con una antigua compañera de colegio (Luisina Brando), junto con la abuela de ésta, (Mecha Ortiz), en una antigua casona señorial. El primer día que la joven pasa en esa casa, inmediatamente después de la muerte de sus padres, las muchachas se bañan juntas, y la huérfana comienza a llorar, como una catarsis debajo de la ducha; la amiga la abraza y consuela fraternalmente. Sin embargo, esta escena, fue interpretada como la representación de un acto de lesbianismo por un sector de la crítica, y en especial por la férrea censura imperante. Esto significó forzar al máximo la interpretación de la escena, ya que posteriormente, en todo el resto del metraje, no aparece ningún otro indicio que pudiera ser considerado lésbico. Otro error, que comete por ejemplo, Varea[190], ha sido considerarla como una parábola sobre los desaparecidos, a partir de la huida de la joven rica, el día de su boda, y de una frase que dice el personaje de Mecha Ortiz en ese momento: “Hay cosas que no se pueden averiguar para que una sociedad siga existiendo. Si se revuelve el estiércol, siempre aparece toda la mierda”.  Vincular Piedra libre a los desaparecidos es cuanto menos una falsedad histórica y argumental, ya que en la historia el personaje de Marilina Ross sabe que su amiga se ha escondido en un banco veneciano del parque de su casa, donde se supone que morirá por asfixia, y por otra parte, el verdadero período histórico donde se produjeron las desapariciones masivas, es inmediatamente posterior a la filmación de la película, con lo cual ésta tomaría un carácter profético. En julio de ese mismo año, el fiscal de la Cámara Federal, Dr. Enrique Santiago Petracci, se pronunció a favor del amparo interpuesto por la productora de la película para la exhibición de la misma, y declaró: “Una nación con desarrollo dinámico no necesita aduanas rígidas para las ideas del pueblo. Por el contrario, requiere el mayor grado de libertad posible para constituir un proyecto común; proyecto éste en cuya articulación deben participar todos los argentinos. Es claro que esa libertad debe ser compatible con los fines del gobierno de erradicar la subversión. Sería incoherente esperar, en este momento, que quienes tomaron el poder con aquella finalidad, entre otras, permitieran la libre expresión de los grupos que han decidido reprimir”.[191] Piedra libre se estrenó finalmente en setiembre, y representó el último film de Torre Nilsson, quien murió dos años más tarde sin volver a filmar.

 

Comenta Fuster Retali que “a partir de la asunción de James Carter, en enero de 1977 como presidente de los Estados Unidos, la política oficial de ese país fue la defensa de los derechos humanos en el mundo. Ante la gran cantidad de denuncias acerca de las sistemáticas violaciones a los derechos ocurridas en la Argentina, Carter creó una secretaría a cargo de Patricia Derian para que investigase el tema. Derian visitó en 1977 tres veces a la Argentina, fue recibida por Videla pero con resultado infructuoso. El cúmulo de informes desfavorables sobre la situación argentina hizo que al país se lo sancionara –según lo previsto en la legislación de los Estados Unidos- con la suspensión de la ayuda militar de esa nación. Fue un duro golpe para la Junta Militar, que se sentía entrañablemente alineada al bloque occidental”.[192] Este estado de cosas era también ampliamente conocido en Europa, donde muchos de los exiliados argentinos encontraban refugio y la protección de distintas asociaciones defensoras de los derechos humanos. “Paradójicamente, esto permitió al gobierno adoptar el papel de víctima y divulgar la idea de que en el exterior existía una campaña antiargentina. La revista Gente, de Editorial Atlántida, incitaba a sus lectores a escribir cartas contando ´la verdadera situación del país’ y suministraba direcciones de ‘activistas’ contra la Argentina, entre los cuales se contaban Amnesty Internacional, la OEA, la Comisión Internacional por los Derechos Humanos y la cantante italiana Ornella Vanoni, quien a su regreso de una serie de recitales dados en Buenos Aires en 1977 había declarado: ‘l’Argentina è un inferno’. En este último caso se intentó justificar el comentario de la cantante diciendo que había sido sacado de contexto, y que en realidad ella se había referido al estado de algunas zonas de la ciudad, entonces en obras por la construcción de las grandes autopistas, uno de los más ambiciosos proyectos del intendente, el brigadier Osvaldo Cacciatore. El mismo criterio se siguió en ocasión del Campeonato Mundial de Fútbol en junio de 1978, cuando se suponía que nuestro país recibiría gran cantidad de turistas extranjeros atraídos por el evento, lo que en realidad nunca ocurrió. Esperaban la presencia de 60.000 visitantes, pero al iniciarse el campeonato sólo habían llegado 7.000, en su mayoría periodistas. Como una forma de contrarrestar la ‘campaña antiargentina´ se contrató a la empresa norteamericana Burson y Marsteller para mejorar en todo el mundo la imagen del país o, más específicamente la de su gobierno, a un costo de medio millón de dólares, la que pergeñó la frase `los argentinos somos derechos y humanos’, irónico juego de palabras que lucía en los parabrisas de los transportes públicos y automóviles particulares, y que fue difundido ampliamente por cines y televisión, contando, de buen o mal grado, con el consenso de gran cantidad de figuras del deporte y el espectáculo”.[193] 

 

Como parte de la política de “limpieza” previa al XI Campeonato Mundial de Fútbol de la Copa de la FIFA en 1978, el aparato represivo de la Policía Federal y en especial la Brigada de Moralidad, clausuró en forma aparatosa algunos locales de reunión de lo que podría llamarse la comunidad homosexual. Estos lugares, clubes y bares, habían permanecido abiertos durante los últimos años del gobierno peronista; y según Jáuregui, funcionaban en forma casi clandestina, amparados por algún sector policial bajo el mecanismo de la coima.[194] A pesar de este mecanismo, las detenciones eran producto de rivalidades internas de distintos grupos policiales. Por ejemplo, en junio de 1978, debido a las presiones del obispo de San Martín, la policía detuvo a doscientos parroquianos en el bar La Gayola de Caseros y luego se repitieron procedimientos similares en otros locales con un saldo de mil cuatrocientos detenidos. Se dice que la policía, para efectuar las detenciones en la vía pública habría empleado a menores prostitutos para que sedujeran a quienes luego denunciaban como corruptores. Las víctimas de esta estrategia policial eran por lo general hombres mayores de edad que aparentaban gozar de una buena posición económica, con frecuencia abogados, médicos y de otras profesiones, quienes terminaban entregando dinero a cambio de la libertad y el silencio. Es fácil imaginar que no era exactamente un afán de limpiar las calles de sujetos indeseables lo que orientaba este lucrativo ejercicio de moralidad, a pesar de las declaraciones del Jefe de la División de Moralidad de la Policía Federal en las Jornadas de Psicopatología Social realizadas en junio de 1977. Este funcionario atribuía estas operaciones a la búsqueda de “espantar a los homosexuales de las calles para que no perturben a la gente decente”.[195]

 

La realización del Campeonato Mundial, en el cual nuestro país obtuvo el título en disputa, fue utilizada por el gobierno de la Junta Militar para permitir la salida masiva del pueblo a las calles, como una manera de aprovechar la euforia popular que despertaban los triunfos de la Selección futbolística para generar una oleada de triunfalismo que mejorara la imagen externa e interna de los responsables del Proceso. Al año siguiente, cuando ya las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos tomaban cada vez mayor estado público, y la OEA abría en la céntrica Avenida de Mayo una oficina para recepcionar e investigar las mismas, se intentó nuevamente obtener provecho de los ecos de la competencia deportiva empleando el material filmado por los documentalistas brasileños Maurice Capotilla y Paulo Cesar Saraceni en una película que se llamó La fiesta de todos (1979, Sergio Renán). Este director, además de La tregua, basada en Benedetti, autor que en ese momento se encontraba prohibido por su ideología izquierdista, había filmado a continuación Crecer de golpe (1976-1977), sobre la novela Alrededor de la jaula, de Haroldo Conti, quien fue uno de los tantos desaparecidos durante la dictadura. La fiesta de todos fue una especie de documental panegírico, unido por breves secuencias argumentales en las que conocidas figuras del espectáculo –Luis Sandrini, Malvina Pastorino, Nélida Lobato, Graciela Dufau, entre otros- manifestaban su adhesión y su entusiasmo ante el evento. Un hecho curioso son las declaraciones del historiador Félix Luna registradas en el film:

 “Es lo más parecido a un pueblo maduro, realizado, vibrando con un sentimiento común, sin que nadie se sienta derrotado o marginado, y tal vez, por primera vez en este país, sin que la alegría de unos justifique la tristeza de otros”.[196] En la misma línea de pensamiento se encuentra el siguiente texto: “La aspiración de encontrar una legitimidad popular para el proyecto refundacional llevaba a Carlos Conrado Helbling a reflexionar sobre las manifestaciones producidas a raíz del Mundial de Fútbol, en las que creía percibir la expresión de la ‘confraternidad de clases desconocida en la Argentina’. El hecho mostraba como, ante ‘grandes gestas’ se lograba la adhesión de la sociedad.”[197]

 

Más allá de estas concesiones oportunistas, la censura seguía ejerciéndose con toda rigidez –con su inevitable consecuencia de autocensura. El ya citado Miguel Paulino Tato permaneció al frente del Ente de Calificación hasta setiembre de 1978, cuando se acogió a la jubilación. Fue reemplazado por Alberto León, miembro de la Liga de Padres de Familia, en lo que, en rigor, se trató sólo de una sustitución de hombres, ya que la metodología imperante no tuvo modificaciones. Paradójicamente, uno de los mayores beneficiados por la estrictez de las normas censoras fue el binomio Armando Bó-Isabel Sarli, quienes tradicionalmente habían sido víctimas de prohibiciones y cortes en sus películas. Pero en 1978 supieron aprovechar los conflictos limítrofes con Chile en la zona del Canal de Beagle, y filmaron El último amor en Tierra del Fuego (1979), en cuyo argumento la voluptuosa actriz disminuyó su habitual cuota de desnudos en beneficio de una historia familiar en la cual luchaba por ganarse el amor de un niño huérfano de madre, y terminaba ejerciendo el magisterio en una escuela de Tierra del Fuego e izando la bandera argentina en el último fotograma de la película, que se estrenó sin los problemas ni las dilaciones a los que el binomio estaba acostumbrado.

 

Era obvio que, ante este estado de cosas, la homosexualidad desapareciese como vertiente temática posible. Al respecto vale la pena confrontar la ya mencionada Deshonra con otra película ambientada en una cárcel de mujeres, Las procesadas (1975, Enrique Carreras). En la primera, una de las líneas secundarias del argumento contaba bastante explícitamente para los cánones de la época (1952) la relación lésbica entre dos reclusas (Golde Flami y Diana de Córdoba); en la segunda no hay el menor atisbo de una relación de este tipo. Sin embargo, los personajes gays se deslizaban como caracteres secundarios en algunos filmes, por ejemplo el de Enrique Pinti en Juan que reía (1976, Carlos Galletini), donde interpreta a un vendedor de tienda de gestos amanerados y lengua filosa, o viñetas incidentales, muchas veces de escasos segundos de duración, como en el film Yo también tengo fiaca (1978, Enrique Cahen Salaberry), que incluye una escena donde aparece un personaje gay, de escasa estatura, vestido de blanco y notoriamente afeminado, quien intenta entablar un diálogo con el protagonista en la fila de compra de pasajes de ómnibus para la costa atlántica. Es probable que esta breve secuencia haya escapado a la censura en medio de un tema mucho más escabroso como era el de la rebelión de un ama de casa que decide independizarse y realizar un viaje sin la compañía de su esposo, quedando así expuesta al peligro de cometer adulterio. De todas maneras, la figura del homosexual no entrañaba peligro para los bienpensantes por estar incluida dentro de una situación pretendidamente cómica.[198]

 

Dentro de las películas extranjeras, la homosexualidad fue uno de los motivos que justificaron la abundante cantidad de prohibiciones. Sin embargo, en 1978 se estrenó, si bien con algunos cortes en escenas de desnudos de sus protagonistas, Valentino (1977, Ken Russell), en la cual se desarrolló una semblanza biográfica del famoso actor del cine mudo norteamericano. Como es sabido, más allá de su fama pública de latin lover, Valentino fue sospechado de homosexualidad, especialmente por su cuidado en el arreglo personal, la afectación de su estilo interpretativo y el hecho de que sus dos esposas, Jean Acker y Natacha Rambova, eran presumiblemente lesbianas y protegidas de la famosa actriz Allia Nazimova. Uno de los ataques más despiadados sufridos por Valentino provino de un escritor del Chicago Tribune, quien el 18 de julio de 1926 se refería a él en términos nada ambiguos: “Borlas de polvos rosados”. Dentro de su texto incluía los siguientes párrafos: “¿Es que a las mujeres les puede gustar este tipo de ‘hombre’ que en un lavabo público aplica polvos rosados a su rostro o se arregla el cabello en un ascensor, en medio de todo el mundo? (…) Rudy, el bello hijito de un jardinero, es el prototipo del macho norteamericano”.[199] Valentino reaccionó contra el periodista retándolo a duelo, o si lo prefería a un combate de boxeo. La película registra estos episodios pero suaviza la vertiente homosexual, presentando al personaje, encarnado por el bailarín Rudolf Nureyev, como un amante apasionado con abundantes aventuras femeninas, y vuelve idílica la relación de Rambova (Michelle Phillips) con Nazimova (Leslie Caron) y él, mostrándolos como un trío que se divierte filmando películas caseras y transgrediendo los prejuicios de la época vistiéndose con ropas de inspiración griega que los muestra semidesnudos. Sin embargo, hay un profundo contenido homoerótico en toda la narración, que se hace evidente en la visión negativa que se da de los personajes femeninos, con la única excepción de la guionista June Mathis (Felicity Kendall), quien aparece como una verdadera amiga y con rasgos positivos.

 

También merecen citarse los habituales personajes travestidos de las comedias de Alberto Olmedo y Jorge Porcel, por ejemplo en Así no hay cama que aguante (1980, Hugo Sofovich), con Porcel vestido de mujer para engañar a un prestamista a pedido de unos amigos con problemas económicos, o A los cirujanos se les va la mano (1980, Hugo Sofovich), con ambos cómicos disfrazados de enfermeras. Es plausible suponer que el retrato esperpéntico que los citados actores hacían de la figura femenina tenía como intencionalidad poner más de manifiesto la belleza física de las jóvenes actrices y vedettes que los acompañaban en el elenco de su vasta filmografía que abarca, sin mayores variantes, hasta mediados de la década siguiente. Es interesante hacer notar el doble discurso existente en la época, ya que mientras en las “pautas para la orientación y calificación de la producción cinematográfica” que habían emanado de la Oficina de Prensa de la Presidencia, y en las cuales se desalentaba aquellos films “que carecen totalmente de valores artísticos o de entretenimiento o que atenten contra los propósitos de reintegrar y revitalizar nuestra comunidad, ofendiendo los sentimientos mayoritarios de sus habitantes y de sus nucleamientos”, y se señalaba que este tipo de películas “no serían permitidos y su exhibición sería prohibida en forma parcial o total, temporaria o permanente”, se alentara la abundante producción de películas erótico-picarescas que poblaron las carteleras argentinas durante este período.

 

No sólo el cine, y en general la industria del espectáculo, sufrió los embates de la censura durante la segunda mitad de la década del 70. En literatura muchos autores desaparecieron por prudencia de las librerías o la circulación de sus obras fue prohibida directamente. En algunos casos, la medida se explicó por la afiliación de los escritores a posiciones políticas de izquierda, consideradas “disolventes” para la ideología del momento, y los mismos sufrieron además el castigo del exilio o la desaparición física. Tal el caso de Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Francisco Urondo (los tres desaparecidos durante el Proceso), Juan Gelman (su hijo y su nuera embarazada desaparecieron), Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Osvaldo Bayer, etc. En otros, la prohibición obedeció a razones más difusas y, a veces, hasta incomprensibles como con El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, o el retiro de los libros de María Elena Walsh de las currículas escolares. Finalmente, en ciertos casos puntuales, lo censurado fue la temática elegida. Como ejemplo de este último grupo, que hace a los fines de esta tesis, se puede citar lo ocurrido en 1975 con la novela de Héctor Lastra La boca de la ballena.

 

La novela narra el despertar a la homosexualidad de un adolescente perteneciente a una familia en decadencia. Fue prohibida bajo el gobierno de "Isabelita", María Estela Martínez de Perón y elogiada por la crítica nacional y del extranjero. Es una obra con un claro enfoque político, el último período del gobierno de Perón, cuando se preparaba la Revolución Libertadora, con una corriente ideológica que muestra la dicotomía entre peronistas y antiperonistas. Está contada en un tono intimista por su protagonista, del cual nunca se menciona el nombre a lo largo de toda la historia.

 

En cuanto a los estereotipos gay que se muestran están relacionados con el del homosexual trágico. Además de la voz narradora, un chico de una ciudad cercana a Buenos Aires, de la zona norte, cuya sexualidad se comienza a perfilar como inequívocamente homosexual, está la figura de un hombre travestido, que fue obispo en un pueblo del interior, que ha decidido encerrarse en una casona para siempre, luego de haber debido abandonar su pueblo por el escándalo creado al ser descubierto en una orgía. El otro estereotipo está representado en Pablo, el tío del protagonista, que vende favores sexuales al obispo, y que más tarde pasará a ser protegido de un marino. Pablo encajaría en el estereotipo de chongo. Hay varias mujeres en la novela, la madre, la tía Melche, la prima Julia y una institutriz, la señorita Devoto; también están su primo Martín, y el tío Adolfo, que debe refugiarse en Montevideo, a causa de su oposición con el régimen peronista. También está Pedro, un muchacho de una zona de rancheríos, quien en varias escenas parece despertar el deseo sexual en el joven protagonista, si bien el mismo aparece mezclado con el sentimiento de amistad y con la atracción que producen en él esos ambientes sociales hasta entonces desconocidos. Como contrafigura de Pedro, se incluye el personaje de un vagabundo que tendrá una importancia decisiva en la obra, ya que al final de la misma viola al protagonista.

 

Por sobre los personajes y los conflictos de la sexualidad, está el fantasma de Evita y el escenario político y social de la Argentina de la mitad de la década del cincuenta del siglo XX. Dentro de lo que llamaré literatura gay argentina, es la primera novela con una clara intención de narración de la historia reciente del país. En la época de su publicación está narrando hechos que habían ocurrido dos décadas atrás. Quizás por eso, por referirse a un tema de profunda inflexión en la historia argentina del siglo XX, y no sólo por la homosexualidad, es que la novela fue censurada. Si bien no deseo hacer un análisis político de La boca de la ballena, creo que no es una novela antiperonista; aunque el anónimo protagonista pertenece a una familia opositora, ya que hay referencias a la pasión que despertaba en la familia de Pedro el recuerdo de la difunta Eva, muerta tres años antes de la acción de la novela.

 

Respecto de los movimientos tendientes a lograr una visibilidad social de la homosexualidad que a fines de la década anterior habían dado lugar al Frente de Liberación Homosexual, en la década del setenta éste aparece en escena en medio de un clima de politización, contestatario y de crítica social generalizada, como la reacción de una minoría esclarecida que quería participar del cambio y posicionarse en contra de la dictadura instaurada en 1966. Los integrantes del FLH deseaban sentirse parte de un proceso de cambio presuntamente revolucionario, desde el cual conseguir un lugar que les permitiera plantear sus condiciones vitales y su orientación sexual. “Tanto la sincera necesidad de liberarse de un machismo profundamente anclado en la sociedad argentina, como la convicción de que esa liberación no podía sino producirse en el marco de una transformación revolucionaria de las estructuras sociales vigentes, constituyen elementos constitutivos del movimiento gay argentino, que aparecen a lo largo de toda su historia”.[200]

 

Los primeros integrantes del FLH se plantearon actuar como un movimiento de opinión dentro de un marco de categorías ideológicas marxistas, pero el ingreso en 1972 de un grupo de alumnos universitarios, anarquistas y comunistas, agrupados bajo el nombre de Grupo Eros, imprimieron al movimiento una tónica de agitación que no habían previsto en sus inicios. Una profunda polémica se reflejó en el primer número del Boletín del FLH (marzo de 1972) que reproducía dos documentos contrapuestos. Por un lado se planteaba que el objetivo del FLH era lograr que la izquierda incorporara las reivindicaciones homosexuales a sus programas; y por otro se ponía el acento en el papel de la sexualidad, al tiempo que hablaba con escepticismo de los “cincuenta años de revoluciones socialistas”. A pesar de la existencias de estas diferencias se logró confluir en ciertos puntos básicos de acuerdo, lo que constituyó el programa del recién creado movimiento y que partía de la exigencia del inmediato cese de la represión policial antihomosexual y la libertad de los homosexuales presos. Además se caracterizaba al modo de opresión sexual de “heterosexual compulsivo y exclusivo”, como propio del régimen capitalista y de todos los sistemas autoritarios.[201] Por último se llamaba a la alianza con los demás movimientos de liberación nacional y social y con los grupos feministas.[202]

 

Sobre el origen de los movimientos de activismo por los derechos gay-lésbicos en la Argentina, Rafael Freda, quien fuera el segundo presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), sostiene que “en la historia secreta de Sebrelli empieza con el Grupo Nuevo Mundo, me parece que debe haber sido allá por el 69, 70. Yo no estaba todavía con ellos. En el 73 yo ya estaba actuando dentro del Partido Socialista de los Trabajadores, con la dirección de Nahuel Moreno, había una pequeña oficina que decía ‘Prohibido para militantes’ que era donde se reunía el Frente de Liberación Homosexual. En aquel momento estaba en contacto con ese grupo porque la persona que hacía de puente entre el Partido y el FLH era una muchacha que salía conmigo. Pero de todas maneras arranca el Grupo Nuevo Mundo, después el FLH; y con la dictadura se disuelve”.[203]

 

Por su parte, Jáuregui comenta un aspecto trágico como es el de la desaparición de homosexuales dentro de las víctimas del Proceso: “Es muy difícil precisar si alguna persona desapareció a causa de ser homosexual. No hay información ni –desgraciadamente- la habrá nunca. Como sabemos, los asesinos se cuidaron de borrar el mayor número de huellas posibles. Pero el convencimiento íntimo nos llevaba a creer que entre los miles de compañeros desaparecidos, víctimas del terrorismo de Estado, debía haber, cuando menos, algunos centenares que fuesen homosexuales. El dato estadístico no es oficial, no figura en el Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas Nunca Más, pero uno de los integrantes responsables de la CONADEP afirma la existencia de, por lo menos, cuatrocientos homosexuales integrando la lista del horror. El trato que recibieron, nos informó, fue similar al de los compañeros judíos desparecidos: especialmente sádico y violento. En su totalidad fueron violados por sus moralistas captores”.[204] 

 

Todo este cúmulo de circunstancias hizo que el tema de la visibilidad homosexual, así como tantos otros que exigían libertad de pensamiento y expresión, debieran aguardar, tanto en la cinematografía como en la literatura y en la televisión, hasta la década siguiente para volver a ser objeto de tratamiento y discusión dentro de la producción cultural del país.

 

CAPITULO 5.

LA DÉCADA DEL OCHENTA

 

Según Bidart Campos “la obediencia que se presta por la fuerza es la que denota más debilidad en el sujeto que manda y en la misma relación de mando; al mando no se lo puede sostener sólo por la fuerza, porque le es aplicable la aguda reflexión de Santo Tomás: ‘si un hombre se pone de acuerdo con otro no espontáneamente, sino coaccionado por el temor de un mal que le amenaza, tal concordia no es auténtica paz’. El miedo –sigue diciendo- es un fundamento débil, porque los que se someten por miedo, cuando ven la ocasión de escapar impunes, se levantan contra los gobernantes con tanta mayor furia cuanta mayor ha sido la sujeción forzada, impuesta únicamente por el temor”.[205]

 

La cita anterior sirve para describir la situación que se vivía en la sociedad argentina a comienzos de la década del ochenta. La lucha contra la guerrilla prácticamente había acabado, habían tomado estado público las violaciones contra los derechos humanos que los militares del Proceso de Reorganización Nacional habían cometido desde que tomaran el poder en 1976[206], y el descontento de la población contra el régimen imperante era cada vez más marcado. Esto se agravaba con el fracaso de la política económica de José Alfredo Martínez de Hoz, primer ministro de economía del Proceso, y con la evidencia cada vez más flagrante de que el intento de los militares era perdurar en el poder, a despecho de las libertades políticas y personales de los ciudadanos. Esta situación de insatisfacción motivó que cada vez fueran más frecuentes los brotes de oposición a las censuras del momento.

La primera manifestación pública de resistencia pacífica contra la dictadura militar estuvo a cargo de un grupo de mujeres cuyos hijos habían desaparecido durante el primer año del Proceso. Ante la falta de respuesta a sus reclamos, decidieron acudir el 30 de abril de 1977 a la Plaza de Mayo, con la intención de plantear sus inquietudes directamente a las autoridades de la Casa Rosada; pero descubrieron que al ser un sábado, ninguna de éstas estaba en funciones, por lo que resolvieron volver a reunirse al jueves siguiente para presentar un petitorio. Como la existencia del estado de sitio impedía las reuniones numerosas en lugares públicos, se mantuvieron caminando en pequeños grupos alrededor de la pirámide ubicada en el centro de la plaza. En principio fueron conocidas como “las locas de la Plaza de Mayo”, y su vinculación inicial es descrita de esta manera por Jo Fisher:

“Las mujeres que organizaron la primera protesta pública contra la estrategia represiva del gobierno no parecieron una fuente adecuada de oposición a la regla militar. Había poco que las unía en términos de sus orígenes geográficos, entornos sociales y económicos, y creencias religiosas y políticas. (…) La decisión de instalar una presencia semanal permanente en Plaza de Mayo fue un acto de desesperación más que uno de resistencia política calculada. Fue un sentido de desesperación, el cual las mujeres creían que sólo otras madres que hubieran perdido  a sus hijos podrían compartir”.[207]

 

La acción de las Madres de Plaza de Mayo pronto tuvo imitadores en otros sectores de la población, y primero tímidamente y luego con mayor fuerza, comenzaron a alzarse voces discordantes. Después de 1978, el diario Clarín de la ciudad de Buenos Aires comenzó a publicar en las ediciones de los sábados, dentro de su Suplemento de Espectáculos, una sección titulada “El cine que no podemos ver”, donde se comentaban películas prohibidas, en muchos casos haciendo una breve sinopsis argumental que servía para mostrar lo arbitrario de muchas de esas prohibiciones.[208] El mismo diario publicó el 16 de agosto de 1979 un artículo de la escritora María Elena Walsh,  titulado “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes”, que se convirtió desde el momento de su aparición en un verdadero manifiesto contra la censura. Respecto de su publicación, la misma Walsh comenta lo siguiente: “… ésta es una serie de artículos periodísticos pergeñados por alguien que respeta tanto como desconoce las reglas del oficio, por ejemplo la rapidez,  aunque algunas veces debió adoptarla porque las papas quemaban y la obligación era enteramente interior y no sugerida por jefes de redacción: había que sacarlas del fuego o atizar las llamas. Eso sucedió con “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes”, cuando la asfixia por la censura paradójicamente me impedía seguir callando. Fernando Alonso, director del suplemento Cultura y Nación del diario Clarín, se sumó a la patriada y se abstuvo de corregir una sola coma. El artículo suscitó un escándalo de euforia y adhesiones, se agotó la edición del periódico, circularon fotocopias por el amplio circuito occidental de exiliados, contribuyó a aliviar la presión oficial, y lo que es más extraño, hasta ahora es reproducido total o parcialmente en otros medios. (…) No sufrí represalias del poder, salvo la inmediata prohibición de aparecer en salas oficiales o emisoras de TV, todas en manos del Estado omnipresente, omnipotente y omnisciente.”[209]

 

Por su parte, el sindicalismo también comenzó a reaccionar contra el régimen de presiones y silencios, y el 27 de julio de 1979 realizó su primer paro general contra las políticas del proceso. La huelga tuvo un éxito total y demostró el grado de sensibilización que iba alcanzando parte de la ciudadanía que en un comienzo había apoyado el golpe. Para la misma época, los partidos políticos, cuya actividad había quedado prohibida desde 1976, comenzaron a reunirse para lograr encontrar una salida consensuada que permitiera, más tarde o más temprano, el retorno a la democracia. De esas reuniones surgiría en 1981 lo que se conoció como la Multipartidaria, y un hecho puntual, el sepelio del viejo líder radical Ricardo Balbín en 1981, se transformó en una verdadera manifestación popular.

 

Tal vez como un intento de recuperar el apoyo de la población, el gobierno militar permitió el aflojamiento de la censura autorizando el regreso a la actividad pública de varias figuras que habían debido exiliarse años antes o que se encontraban incluidas en las ya mencionadas listas negras. Tal es el caso de Héctor Alterio, quien regresó de España para filmar Tiro al aire (1980, Mario Sabato), Volver (1981, David Lipszyc) y Los viernes de la eternidad (1981, Héctor Olivera sobre la novela de María Granata), con la única condición de que no se le hicieran reportajes con motivo de las campañas publicitarias para el lanzamiento de dichas películas; Marilina Ross también volvió de España a comienzos de 1981, para iniciar una segunda carrera como cantante y compositora, primero en reductos pequeños como el Teatro de la Piedad, ubicado en el pasaje del mismo nombre, y luego en espacios más amplios, hasta transformarse en un nuevo ídolo para la juventud que no la había conocido en su fase de actriz en la década anterior[210]; Norma Aleandro mostró su madurez como actriz en una larga temporada teatral con La señorita de Tacna, de Mario Vargas Llosa, escrita especialmente para ella y que se mantuvo en cartel durante los años 1981 y 1982. Probablemente el hecho más destacado de este renacer cultural haya sido la creación de Teatro Abierto, un movimiento que convocaba a veintiún autores (entre ellos Roberto Cossa, Carlos Gorostiza, Carlos Somigliana, Pacho O’Donnell, Ricardo Halac, Eugenio Griffero, Aída Bortnik, etc.), quienes debían escribir una obra breve, de no más de treinta minutos cada una, que se representarían a lo largo de toda la semana, a razón de tres por día. Veintiún directores serían los responsables de ponerlas en escena, y más de doscientos actores ofrecieron sus servicios de manera gratuita, reuniéndose bajo el sistema de cooperativas. El movimiento debutó en junio de 1981 en el Teatro del Picadero, con una impresionante repercusión popular. El público hacía largas horas de cola para obtener las entradas para los distintos espectáculos, los que, más allá de las distintas estéticas de sus autores y directores, estaban unidos por el tema común de la crítica a la represión y al autoritarismo. De manera más o menos metafórica o frontal, las obras se referían al exilio, a los desaparecidos, al silencio forzado y al castigo por la libertad de pensar y de animarse a ser diferente. Semejante éxito no tardó en molestar a las autoridades y al fin de la primera semana de funciones, el teatro resultó misteriosamente incendiado y destruido en su totalidad. Sin embargo, el hecho vandálico no obtuvo el resultado deseado sino todo lo contrario, ya que más de veinte empresarios de salas teatrales las ofrecieron para que las funciones programadas pudieran llevarse a cabo. Se eligió el Teatro Tabaris, en plena avenida Corrientes, y el ciclo se prolongó durante meses sin nuevos inconvenientes. La gente de teatro descubrió que a través de este evento había encontrado un canal válido para expresar las ideas largo tiempo silenciadas, por lo cual la experiencia volvió a repetirse en los dos años siguientes.[211]

 

Al mismo tiempo, el Ente de Calificación Cinematográfica decidió liberar algunas de las películas que se encontraban prohibidas desde tiempo atrás, y en diciembre de 1981 permitió una semana de pre-estrenos entre los que se incluyeron producciones tan disímiles como Norma Rae (idem, 1979, Martin Ritt), la historia de una obrera sindicalizada que lidera un movimiento de rebelión contra sus patrones y por la cual la actriz Sally Field ganara el Oscar a la mejor actriz en 1979; El ansia (The hunger, 1981, Tony Scout), una historia de vampirismo sobre dos hermanos (Catherine Deneuve y David Bowie) que necesitan asesinar a sus amantes para asegurarse la eterna juventud, y que incluía un subtema de lesbianismo entre Deneuve y Susan Sarandon; y La jaula de las locas (La cage aux folles, 1978, Edouard Molinaro), divertida comedia sobre una pareja de homosexuales maduros (Ugo Tognazzi y Michel Serrault), quienes regentean una discoteca gay en la Costa Azul y que se ven impelidos a disimular su relación para no perjudicar los planes de boda del hijo de uno de ellos con la hija de un conocido político de derechas. La película se basaba en la obra de teatro de Jean Poiret que ya había conocido una versión teatral en Buenos Aires en la década del sesenta, dirigida por Eduardo Vega e interpretada entre otros por Tincho Zabala y Elina Colomer. Todas estas películas se estrenaron comercialmente al poco tiempo, si bien algunas lo hicieron con cortes. De cualquier modo, la presencia en las carteleras de filmes como El ansia o La jaula… implicaba volver a aceptar que los espectadores estaban maduros como para enfrentarse con la temática homosexual.

 

En la misma época se estrenó Cruising (idem, 1980, William Friedkin), una película de alto contenido homofóbico sobre un policía de la ciudad de New York (Al Pacino) que se finge gay para resolver un serie de asesinatos de homosexuales, lo cual lo lleva a enfrentarse con su verdadera orientación sexual. El filme se estrenó con cortes, uno de los cuales alteraba su final, no dejando en claro la crisis personal del protagonista; tuvo gran éxito de público, y un año más tarde alcanzó gran notoriedad al relacionárselo con los crímenes contra homosexuales que tendrían lugar en Buenos Aires y a los cuales me referiré en extenso más adelante.  También se estrenó Nijinsky (1980, Herbert Ross), sobre la vida del famoso bailarín ruso y sus tormentosas relaciones con su protector Diaghilev, creador de los Ballets Russes. En este caso, el final del bailarín, perdido en la locura, vuelve a emparentar la figura del homosexual como un estereotipo trágico. Con mucha timidez, en Sentimental (1981, Sergio Renán) volvió a aparecer un personaje homosexual encarnado por Enrique Pinti mostrado como el ya mencionado estereotipo primario gay y una vez más relacionado con el hampa y la corrupción, es decir estableciendo nuevamente una sinonimia entre orientación sexual y delito. Más allá de sus diferencias ideológicas, las tres películas citadas difieren en el tratamiento visual que reciben los cuerpos: en Cruising, hay escenas en las que el desnudo y el erotismo se transforman en un vehículo para la violencia y el crimen; en la historia del bailarín ruso se juega con la estética del cuerpo masculino, sobre todo en las escenas de ballet, sin acercamientos físicos entre los amantes (hay un beso dado a través de un pañuelo, que no describe una situación afectiva sino que sirve para mostrar la hipocondría de Diaghilev), que temía a los contagios de cualquier índole; mientras que en la producción nacional se apela al clásico amaneramiento externo del personaje.

 

En abril de 1982 contemporáneamente con el comienzo de la Guerra de las Malvinas, se produjo el estreno de Señora de nadie (1981, María Luisa Bemberg), donde apareció un personaje homosexual, interpretado por el actor Julio Chávez. Era la historia de una mujer, Leonor, (Luisina Brando) que decide dejar a su marido (Rodolfo Ranni) luego de enterarse de que ha sido engañaba nuevamente por él. Leonor tiene alguna aventura pasajera y finalmente se muda a la casa de un amigo homosexual. Este personaje tiene aspectos positivos, es leal, solidario, no es un estereotipo afeminado, aunque se lo muestra como un hombre sensible. Está enamorado de un jugador de fútbol brasileño (Joao Adeles), casado, que le saca dinero, y termina golpeándolo. Aunque podría ser enmarcado dentro del estereotipo trágico del gay tan frecuente en la literatura argentina, fue sin duda “un retrato serio de un personaje homosexual”.[212] Fuster Retali sostiene que “el personaje del homosexual es el único carácter ‘masculino’ positivo”[213] en el citado film. La película, según afirmaba un crítico tuvo “más detractores que lo normal, quienes argumentaban que los hombres heterosexuales son demasiado castigados en la historia” -aunque en realidad continuaba: “pocas veces el cine se atrevió a mostrar de manera negativa actitudes de los hombres que muchos otros filmes mostraban como grandes valores. Como es lógico, el personaje homosexual es lo contrario al estereotipo. No cabe duda de que el cine feminista es inmensamente más democrático que el machista.”[214]

 

El guión de la película había sido objetado durante cinco años por el Ente de Cinematografía y recién se filmó sobre el fin de la dictadura. A partir de 1986 se aprobaron leyes sobre el divorcio, la patria potestad compartida, la igualdad de los hijos ante la ley, todas comprometidas con la igualdad jurídica de mujer. Pese a que Señora de Nadie fue filmada con anterioridad a esta evolución legislativa, reflejaba un sentimiento de desajuste e incomodidad, de marginación y soledad, vinculada a la dificultad de la mujer para asumir su condición de persona.[215] El amigo de Leonor, la protagonista, a quien conoce de su grupo de terapia psicoanalítica, “por su condición de homosexual, por no estar dirigido por su instinto viril, descubre en ella a esa persona valiosa que otros hombres, ni siquiera su propio marido, son capaces de ver”.[216]

 

Una de las ventajas para la cinematografía vernácula fue que la vuelta al régimen democrático trajo aparejada una flexibilización en las leyes de censura, lo que colaboró en la gestación de numerosos proyectos fílmicos que intentaron narrar el período dictatorial que recién culminaba, las violaciones a los derechos humanos por parte de los diferentes gobiernos militares, el sufrimiento de las víctimas en los campos de concentración clandestinos, el accionar de las fuerzas paramilitares y la Guerra de Malvinas. Sin embargo, es interesante señalar la observación de Fuster Retali en el sentido de que el cine de la época, que abundó en películas sobre la dictadura, ignoró, por ejemplo, el importante episodio del juicio a las Juntas Militares, mencionado tangencialmente en algún diálogo de La amiga (1987, Jeannine Meerapfel), “cuyo estreno fue demorado precautoriamente casi dos años, pese a contar con el aval que significaba que sus dos protagonistas –Liv Ullman y Cipe Lincovsky- hubieran ganado ‘ex aequo’ el Premio a la Mejor Interpretación Femenina en el Festival de Berlín.”[217] La reconstrucción de la época inmediatamente anterior fue intentada a través de títulos tales como En retirada (1984, Juan Carlos Desanzo), Los chicos de la guerra (1984, Bebe Kamin), La historia oficial (1985, Luis Puenzo) y La noche de los lápices (1986, Héctor Olivera); esta última basada en el testimonio de Pablo Díaz, único sobreviviente de un grupo de estudiantes secundarios de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, a 60 kilómetros de la Capital Federal, que fueron secuestrados y desaparecidos por los militares, como consecuencia de su activismo político en procura de obtener un  boleto estudiantil de transporte público a menor precio, hecho ocurrido en 1976. Otro tema que también fue tratado en  la filmografía de la década fue el del exilio a través de El exilio  de Gardel: tangos (1986, Fernando Solanas), Sentimientos: Mirtha de Liniers a Estambul (1987, Jorge Coscia y Guillermo Sara) y Las veredas de Saturno (1985, Hugo Santiago).

 

En términos de género policial El desquite (1983, Juan Carlos Desanzo), narraba la historia de cómo un escritor fracasado, después del asesinado de su mejor amigo, debía hacerse cargo de regentear los clubes nocturnos y negocios ilegales que le habían pertenecido. En el film aparece la homosexualidad del lado de los malos y es castigada con la muerte. Tal el caso de los mafiosos que interpretan los actores Pablo Brichta y Jorge Sassi, falsos straight. En una escena de alto contenido de violencia, el personaje de Lucrecia Capello le grita a Sassi: “¡Puto de mierda!” mientras lo escupe en el rostro. Esta acción desata la ira del mafioso, quien le arranca la peluca a la mujer, la golpea en la cara con el revólver y la tira al piso donde le pisa la mano. En tanto, Toby, el gay interpretado por Brichta, corta los pezones a otra muchacha con una navaja; pero recibirá su merecido en la secuencia en la que está en la cama con un joven amante y entran a asesinarlos dos matones de la banda enemiga al grito de “¡Hablá, putito!”.  La cámara toma a los amantes tratando de resistir de una curiosa manera: dando la espalda a los asesinos se apoyan con las manos en alto contra la pared, con lo cual quedan expuestos y semidesnudos: visten sólo musculosas y la toma es de plano general, mostrando las nalgas de ambos al descubierto. La imagen se vuelve casi un apunte obvio y de connotaciones ligadas al imaginario popular que vincula a los homosexuales con seres pasivos, pasibles de ser penetrados –son muertos a tiros por la espalda- y dados vuelta. “Fulanito se dio vuelta”, es una expresión repetida para referirse a un gay que salió del armario o ha sido descubierto contra su voluntad. Pero la homosexualidad en esta película es apenas un apunte secundario, en realidad el argumento es sobre un escritor fracasado (Rodolfo Ranni) que al ser asesinado un amigo suyo (Gerardo Sofovich) dueño de dos clubes nocturnos, debe hacerse cargo de sus negocios y entrar en conflictos con la mafia. Fue la ópera prima de Desanzo, “en un momento en que el cine nacional se volcaba a lo político, un policial duro, fuera de los común y que marcó un estilo a seguir por muchos, incluyendo al director”.[218]

 

Otras películas del período, como las del director Eliseo Subiela, se dedicaron a una mirada poética y filosófica sobre el destino de la humanidad, la locura, la muerte, y sobre los diferentes como en Hombre mirando al Sudeste (1986), y Ultimas imágenes del naufragio (1989). También hubo expresiones de un cine feminista Señora de nadie (1981, María Luisa Bemberg) y también de la misma directora Camila (1984), candidata al Oscar de la Academia de Hollywood.  En ésta, la narración de un hecho histórico real: la pasión trangresora entre Camila O’Gorman y el sacerdote Uladislao Gutiérrez (Susú Pecoraro e Imanol Arias), mostraba bajo el telón de fondo del período rosista, más allá del rol de la mujer en la sociedad post-virreynal, una alegoría de la dictadura reciente.

 

Pero además de los temas testimoniales que intentaban narrar el pasado reciente en su mayoría, con excepción de Camila o La Rosales (1984, David Lipszyc)[219], la represión, los desaparecidos y la derrota de la Guerra de Malvinas; merced al aflojamiento de la censura y una mayor liberalidad en las costumbres, la filmografía argentina tuvo un costado menos serio y las comedias populares se volvieron más atrevidas en temas relacionados con la sexualidad, incluyendo temas tales como infidelidad, prostitución, homosexualidad masculina e incluso lesbianismo.[220] La pantalla argentina de películas clase B[221] se colmó de escenas lésbicas en las cárceles de mujeres: Atrapadas (1984, Aníbal Di Salvo) y Correccional de mujeres (1986, Emilio Vieyra), pero no surgieron filmes con historias lesbianas como eje central excepto una película de ínfima categoría Relación prohibida (1987, Ricardo Suñer).[222] Unos años más tarde, el director Luis César D’Angiolillo en Matar al abuelito (1993), contó de una manera poco comprometida y casi anecdótica la relación lésbica de dos jovencitas, aunque no estaba comprendida dentro de las principales líneas de la historia, que giraba sobre un anciano que vivía en una mansión y que para llamar la atención cometía un intento de suicidio, razón entraba a la casa una jovencita para cuidarlo. Es probable que la ausencia de películas y de visibilidad lesbiana en el cine argentino constituya el reflejo de la sociedad y del legado histórico que durante siglos pareció ignorar el amor lésbico.

 

En la línea de las comedias picarescas y humor grueso, son paradigmáticas las comedias de Hugo Sofovich. En 1979, el director había estrenado Expertos en pinchazos con Jorge Porcel y Alberto Olmedo, quienes continuarían como  popular dupla en los envíos de Sofovich: A los cirujanos se les va la mano (1980), Así no hay cama que aguante (1980) y El telo y la tele (1985). Se trataba de comedias burdas, sin pretensiones estéticas ni argumentales, pero que contaban con un público seguro constituido por los admiradores de los cómicos y de vedettes como Moria Casán. Eran historias mínimas, apuntaladas por un erotismo ligero, con abundancia de desnudos femeninos y toques de humor grueso y de connotaciones sexuales. En general los argumentos estaban referidos a las correrías de maridos infieles en pos de señoritas de anatomía curvilínea, con las cuales eran sorprendidos por sus esposas legítimas. Resulta curioso que esta sexualidad nunca llegaba a concretarse debido a múltiples razones, por lo cual los espectadores sólo alcanzaban a ver los prolegómenos de relaciones sexuales que nunca se concretaban, y que por lo tanto, en una mirada general parecería mostrar una suerte de impotencia generalizada, o de situaciones destinadas a un mero plano onanístico, donde el objeto de deseo estaba constituido por el estereotipo de la mujer fatal.[223]

 

Sin embargo, estas comedias vistas con cierto alejamiento temporal permiten analizar la contribución a la visibilidad homoerótica en el cine argentino. En la década del ochenta, en la mayoría de estas películas comenzó a aparecer, con mayor frecuencia que en la década anterior, la figura de un homosexual. Aunque enmarcado en una viñeta risueña y dentro de historias donde la heterosexualidad  era la norma, el gay estaba presente. Casi siempre se trataba del estereotipo primario gay, sin ninguna incidencia en la trama, excepto en Susana quiere, el Negro también (El que quiere celeste…) (1987, Julio de Grazia), donde el director, un actor popular de masculinidad acentuada, interpretaba a un gay amigo de la protagonista, y estaba presente a lo largo de todo el film, en un papel que en principio habían otorgado a Adelco Lanza.[224] El argumento es bastante simple, “Celeste vive en la provincia de Mendoza, donde ejerce la prostitución. Con su amigo un homosexual al que llaman ‘La Culi’, se instala en Buenos Aires, donde el azar la conecta con Aristóbulo, un maduro viudo de vida recoleta. Se enamorarán, pero una sociedad hostil se les pondrá en contra”.[225] El personaje llamado “La Culi” es presentado como el estereotipo primario en una de sus versiones más exageradas.

 

En forma paralela la televisión comenzó a incluir personajes gay, ridiculizados en su mayoría en distintos programas cómicos, y también a tono con la televisión de Estados Unidos,  empezaron a aparecer personajes homosexuales, en roles secundarios, en algunos teleteatros.[226] También aparecieron caricaturas de varones homosexuales en las películas de Jorge Porcel y Alberto Olmedo, quien representó su propia versión de Tootsie. Los cómicos interpretaron una serie de personajes gay o travestidos, siempre justificados en el argumento por la persecución de provocadoras mujeres, cuyos roles eran jugados por vedettes, como la ya citada Moria Casán.

 

Si bien el tema del lesbianismo encarado como eje central de una historia tampoco tuvo lugar en los ochenta, la pantalla se pobló de escenas lésbicas con asiduidad en las cárceles de mujeres, por ejemplo en Atrapadas (1984) y Correccional de Mujeres. También en Sucedió en el internado (1985, Emilio Vieyra) la historia transcurría en un colegio de señoritas donde comenzaban  a sucederse crímenes y desapariciones de alumnas. El ambiente se enrarecía y las pasiones se exacerbaban sin que nadie pudiera sospechar quién era el asesino. Mientras tanto, algunas alumnas sostenían “fogosos romances, entre sí y con algún profesor, y una joven profesora intenta dilucidar las cosas”.[227]

 

Otro ejemplo de comedias eróticas fue La clínica loca (para ellos, ellas y…los otros) (1988, Emilio Vieyra), vigésimo noveno film del director, narró la historia de un nuevo enfermero en una clínica dedicada a tratamientos de revitalización sexual que resulta confundido con un supermacho alemán del cual dieron noticias los cables informativos, y que, según éstos, debía fornicar por lo menos nueve veces por día. El equivoco da lugar a una serie de incidentes en los cuales Pepe, el protagonista, “es perseguido por infinidad de mujeres y también por algunos hombres”. [228]

 

A mediados de los años '80 se filmaron los dos únicos filmes con temática exclusivamente homoerótica, de esa década y aun de la siguiente. En forma paralela la televisión comenzó a incluir personajes gay, ridiculizados en su mayoría en distintos programas cómicos, y también a tono con las series norteamericanas, empezaron a aparecer personajes secundarios en los teleteatros. También aparecieron caricaturas de varones homosexuales en las películas de Jorge Porcel y Alberto Olmedo, quien hasta llegó a representar su propia versión de Tootsie. El dúo de cómicos interpretó una serie de personajes gay o travestidos, siempre justificados en el argumento por la persecución de provocadoras mujeres, cuyos roles eran jugados por "vedettes" surgidas en su mayoría de la televisión, y donde el énfasis estaba puesto más en las condiciones físicas, que en las actorales.

 

El tema del travestismo fue tocado en Abierto de 18 a 24 (1988, Víctor Dínenzon), que narró la historia de una extraña y sensible mujer, que en realidad era un hombre travestido. En una “vieja casona de un barrio de Buenos Aires alberga a Carla, una cuarentona que vive con su madre ciega y da clases de tango a un grupo de habitués y vecinos, entre ellos Dorys, la peluquera del barrio. Allí también, el veterano Josecito enseña danza clásica, y un grupo de estudiantes de teatro concreta sus ensayos. La llegada de Julio, con su carga de misterio, melancolía y sensualidad, altera la rutina de esa casa habitada por seres solitarios.[229] 

 

En una escena donde Carla (interpretado por Horacio Peña), se confiesa al visitante le dice: “Yo tendría que haber nacido mariquita y listo, pero Dios no lo quiso”. Es evidente que desde su identidad travesti, el personaje se siente una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre.  Si bien considero que sólo las mencionadas Adiós, Roberto y Otra historia de amor, son las películas paradigmáticas en cuanto a un argumento homoerótico, habría que rescatar el film de Antonio Larreta Nunca estuve en Viena (1989), puesto que una de sus principales líneas de narración tiene que ver con un romance homosexual que altera toda la historia narrada. La película podría ser considerada como un intento de historia social, que a través de un sutil argumento homoerótico narró la relación entre dos hombres de distinta condición social, en la Argentina del Centenario. Dirigida por Antonio Larreta, también autor del guión, se estrenó el 13 de abril de 1989. La actriz uruguaya, China Zorrilla tuvo a cargo el papel Carlota García Dubourg, una abuela de una familia tradicional, sobre la que ejerce un implacable matriarcado gobernando la conducta de sus cuatro nietos: Adela, Eugenia, Carmen e Hipólito, y evitando a toda costa que el apellido sea mancillado, en el marco de una casona de San Isidro. Un crítico afirmó: “Morosa pieza que quiere mostrar la decadencia con estilo visual y se resiente por un desarrollo demasiado hablado. El proyecto primero lo tuvo Agustín Alezzo y resultó ser la ópera prima de Larreta”.[230] En realidad la película es morosa y en cierto punto aburrido; quizás uno de los mayores logros lo constituya la reconstrucción de época –sobre todo en términos escenográficos- y tiene el atractivo de brindar un cliché sobre lo que podría llamarse la “aristocracia” porteña de principios del siglo XX, aunque en ocasiones algunos diálogos resulten falsos y estereotipados. En esta película no podría hablarse de un estereotipo gay definido; si tuviéramos que encasillarlo en una categoría podría ser la del “tapado”. Ambos hombres responden al tipo clásico de masculinidad, que imaginamos no debe haber variado desde comienzos del siglo XX. La película, dentro de las diversas líneas argumentales muestra la relación de Marcelo, hijo de Carlota, un personaje de la alta clase porteña (Alberto Segado) quien mantiene una relación homoerótica con José, un antiguo criado (Xergi Mateu), hijo del jardinero de la familia, devenido en importante pintor y escenógrafo. José regresa de Europa con Marcelo, convocado por el Teatro Colón para la puesta de Rigoletto. El conflicto se produce cuando José deja embarazada a Adela, una sobrina de Marcelo, con la que se reencuentra después de los quince años que pasó en Europa con el tío de la chica. La relación homosexual está narrada a través de los diálogos y en ningún momento se muestra un vínculo físico entre los personajes. Hay ciertos detalles con los cuales el director intentó marcar la intimidad física entre los hombres, por ejemplo, cuando la sobrina va a la casa del tío, encuentra a su amante en bata, porque estaba durmiendo en el momento de su llegada. En otra escena vemos a José dormido, la cámara muestra su torso desnudo. Entra en cuadro Marcelo, recién terminado de vestir, le sube la manta hasta los hombros; recoge su sombrero y los guantes y la escena se funde mientras él abandona la estancia. Es evidente que ambos han pasado la noche juntos. “El desenlace del conflicto provoca la muerte de Carlota, de rígidos valores morales y sociales, y dispersa a toda la familia.”[231]

Es interesante como otra de las aproximaciones del cine nacional al tema de la homosexualidad masculina en la década del ’80, en el período inmediatamente posterior al retorno de la democracia y como una de las pocas que dedicó atención argumental casi exclusiva al tema del homoerotismo.

 

En agosto de 1983 Espérame mucho (1983, Juan José Jusid)[232], constituyó una crónica intimista de la vida cotidiana de una familia durante el peronismo de los años cincuenta. El film tuvo problemas con el ente de censura que la obligó a estrenar con una escena cortada que mostraba a un grupo de varones en la ducha de una colonia de vacaciones, cuando intentaban sodomizar a uno de ellos. Pese al reclamo del director, que se negaba a estrenar, la película fue a los cines sin ese fragmento; y recién en sus posteriores exhibiciones por televisión se incluyó la escena cuestionada. La secuencia mostraba el juego de unos niños en el baño y un diálogo franco sobre las erecciones y las consabidas comparaciones de tamaños de los miembros viriles, y el intento de sodomizar a uno de los chicos, interrumpido por la llegada del celador interpretado por Osvaldo Santoro. La escena estaba inmediatamente unida al momento en que la madre del protagonista va a practicarle un enema, delante del padre y de la tía. La toma muestra a Juancito (Diego Olivera) desnudo, boca abajo en la cama, sometido al miedo y al bochorno de la situación mientras la madre manipula la jarra y el irrigador, la silueta de la hermana recortándose detrás de los vidrios de la puerta y las palabras del padre, alentándolo a ser valiente, porque “los hombres aguantan”. Desde una perspectiva psicoanalítica resulta cuanto menos inquietante la compaginación de escenas que marca que van pautando la narración, como una continuación de la escena anterior narrada elípticamente.

 

En 1984 se estrenaron El juguete rabioso de José María Paoloantonio (1984) y Pasajeros de una pesadilla de Fernando Ayala; ambas películas mostraron personajes gay. El juguete rabioso contó con el guión de Mirtha Arlt sobre la novela homónima de Roberto Arlt. Pasajeros de una pesadilla recreaba una historia policial ocurrida en Buenos Aires en el otoño de 1981, durante la dictadura militar. El guión fue la versión libre de Jorge Goldenberg del libro Yo, Pablo Shocklender , que éste había escrito en la cárcel de Villa Devoto, donde se encontraba detenido acusado de haber asesinado a sus padres con la  complicidad de su hermano Sergio. La historia comenzaba con el descubrimiento de los cadáveres del ingeniero Bernardo Foguelman (Federico Luppi) y su esposa Susana (Alicia Bruzzo) y en forma de racconto, a partir de la detención de Diego (Germán Palacios), el hijo de ambos, mostraba la “destrucción moral de una familia hasta llegar a ese trágico final”.[233]  La homosexualidad del padre, un industrial judío, enriquecido en negocios con los militares de la última dictadura argentina del siglo XX, es mostrada tangencialmente a partir de algunos diálogos de la esposa o breves escenas que insinúan que mantiene relaciones con jovencitos y con un secretario. El personaje del ingeniero, interpretado por un ya consagrado actor, Federico Luppi, no es mostrado bajo el estereotipo clásico del afeminado; pero su orientación sirve para subrayar los aspectos negativos de su personalidad. La película mostró de alguna manera, como las víctimas eran en realidad responsables de su sangriento final: padre corrupto y gay; madre incestuosa y adúltera. De todas maneras el film no arrojó demasiada luz sobre el crimen del matrimonio. Sergio Shocklender cumplió su condena y salió en libertad, mientras que su hermano Pablo, fugó y luego fue atrapado y fue ingresado nuevamente en prisión.[234]

 

El estereotipo de El juguete rabioso, también era negativo: se trataba de un joven de clase alta que frecuentaba hoteles miserables en busca de muchachos de los cuales conseguir favores sexuales a cambio de dinero. La película ambientada en la década del ’30, como en la novela homónima, respondió al estilo de Arlt, oscuro y dramático. La visión del gay se asemeja a la de la obra teatral de González Castillo, Los invertidos; y vuelve a recrear lo femenino encerrado en un cuerpo masculino. El personaje protagónico, Silvio Antier (Pablo Cedrón) es un joven inventor que trabaja de dependiente en una librería, a la que trata de incendiar sin éxito. Realiza una prueba para ingresar a la escuela de mecánica de aviación y luego de un breve paso por la institución es dado de baja.

 

En términos de homoerotismo, es interesante analizar el discurso escondido en las imágenes. Hay   una escena que tiene lugar en el dormitorio del cuartel donde un soldado los obliga a vestirse y desvestirse en forma continuada como un ejercicio de disciplina y poder. Finalmente la orden es que se desnuden completamente y que se arrastren por el piso hacia las duchas. La escena muestra una docena de hombres jóvenes desnudos que se arrastran por el piso en un entrevero de torsos, piernas y brazos. Toda la escena, desde el comienzo está envuelta en un clima de homoerotismo, desde las órdenes del soldado que humilla a los conscriptos, que recuerda testimonios de los tratos a los subordinados en los cuarteles y a casos infelices, como el del soldado Carrasco[235]; hasta en una visión totalmente opuesta por su falta de dramatismo, se acerca a las películas pornográficas gay norteamericanas, donde el estereotipo del soldado es utilizado con frecuencia como objeto de deseo. Cuando los chicos llegan a las duchas juegan de manos y rodean a uno de los jovencitos a quienes le tocan las nalgas, en un ambiente de risas y camaraderías, en medio de una cofradía masculina que no logra ocultar el homoerotismo subyacente, que probablemente el director de la película no haya querido resaltar. El tratamiento de los cuerpos es audaz para la época de la película, ya que no eran muy comunes en el cine nacional los desnudos masculinos frontales.[236]

 

Cuando a Silvio le dan de baja pregunta los motivos y recibe la respuesta “Las órdenes no se cuestionan. Se cumplen”. El joven piensa “así derrotado a mi casa no puedo volver” y va a una pensión. Al entrar, la escena muestra a una mujer joven saliendo con un anciano, la imagen sugiere que se trata de una prostituta con un cliente. El lugar es sórdido. La siguiente escena muestra a Silvio siendo despertado por la voz de un muchacho que le avisa que se ha quedado dormido con la ropa puesta. Se trata de una habitación donde hay dos camas de alquiler. El joven que lo despertó no parece pertenecer a ese lugar, está vestido en forma elegante y demuestra ser educado. Cuando Silvio acepta la invitación a fumar, el desconocido le dice que saque los cigarrillos del saco que ha dejado colgado en el respaldo de una silla.  Silvio sigue las indicaciones y en lugar de sacar un atado de cigarrillos saca un mazo de fotos pornográficas. El otro le pide disculpa, aduciendo que se equivocó al indicarle el bolsillo y le pregunta si las fotos le gustan. Cuando Silvio se da vuelta descubre al joven sentado en la cama, vestido con ropa interior femenina. “Me llamo Tristán o Tristana” se presenta. Le confiesa que tiene un arreglo con los dueños de hoteluchos como ese para que cuando aparezca un muchacho joven y sin dinero, le avisen.  

“Por la calle es muy difícil porque después te siguen a todos lados chantajeándote y te sacan hasta lo que no tenés”. Silvio al verlo en ropa interior femenina le dice indignado: “¡Pero entonces usted es un degenerado, usted es....!“  

“No, no lo diga, por favor”- le ruega Tristán.  

Le cuenta la historia de sus comienzos con un profesor de matemáticas que le daba clases particulares a domicilio. Cuando el profesor terminaba de darle la clase y se iba, él enseguida lo seguía al departamento. El mucamo lo hacía pasar directamente al dormitorio del profesor que lo esperaba vestido con ropa interior femenina de seda y puntillas. Silvio dice, “ahora debe estar en la cárcel”.  “No”, le contesta Tristán, “se ahorcó en el baño de una confitería. Nunca fue feliz”.  

Silvio le dice que tendría que ver a un médico de los nervios. Tristán le responde que es un error de la naturaleza, que él debería ser una mujer y estar casada viviendo feliz con su marido”. Intenta un acercamiento pero Silvio lo rechaza violentamente.

 

Durante la secuencia queda claro que la homosexualidad es una enfermedad, una perversión y una desgracia, que conduce a la muerte como castigo final (Tristán le cuenta a Silvio que el profesor que lo inició sexualmente terminó suicidándose). Está presente a lo largo de toda la escena la idea del homosexual como un ser trágico y sórdido. El muchacho trata de conseguir sus presas en hoteluchos “con olor a humedad”, tiene vicios propios de la clase alta, y padece de un mal que ni siquiera puede ser nombrado. Plantea una visión muy difundida desde la aparición de la categorización del homosexual, y que Arlt recoge en su época, sobre el error de la naturaleza y el del alma femenina atrapada en el cuerpo de un hombre.[237]

 

Si bien es una visión innegablemente homofóbica, la película recrea en forma seria, uno de los estereotipos más difundidos sobre los gays, que ha persistido en el tiempo. A pesar de las ropas femeninas, Tristán, no es el clásico hombrecito afeminado de las comedias argentinas que venían desde el arqueológico personaje de Pocholo en Los tres berretines.

 

Casi al final de la década, Atracción peculiar (1988, Enrique Carreras) formó parte de la vertiente que venían desarrollando los cómicos Jorge Porcel y Alberto Olmedo.[238] En general los gays mostrados en los filmes donde actuaban el dúo, responden al estereotipo primario, el mariquita, personaje pasible de las burlas de los cómicos,  y a veces representado por ellos mismos, ya sea travestidos  o fingiéndose homosexuales para lograr el objetivo de acceder a conquistar mujeres. La polisemia de Atracción peculiar,  nada sutil desde el mismo título, no deja lugar a dudas sobre las segundas intenciones y a la vez refleja el contenido de la película a partir de la connotación sexual ya que en el argot porteño “culear” designa la cópula entre un hombre y una mujer, y por extensión también entre dos hombres. El título de la película se vincula también con un fuerte culto a los glúteos femeninos que ha sido explotado visualmente desde la televisión en campañas publicitarias, programas de televisión del rubro cómicos, principalmente, y también en las películas. El guión fue firmado por otro cómico conocido, Juan Carlos Mesa, con un perfil más blanco o familiar, por lo que puede sorprender las pinceladas de humor grueso. Atracción peculiar narra las aventuras de un periodista, Trolombati (Alberto Olmedo) al principio de apariencia afeminada, y un fotógrafo, Amatisto (Jorge Porcel) que deben hacerse pasar por gays para investigar a una banda de travestis delincuentes. Comienza con una vista panorámica de Mar del Plata, sobre la que van apareciendo los créditos y como fondo se escucha una canción cantada por un coro de chicas. La letra anticipa la historia, ya que refiere que “llegaron los trolos que son fanáticos del siete y de la marcha atrás” y también incorpora los juegos del casino a partir del número siete, que también designa al culo en el habla coloquial rioplatense. 

 

Es interesante como este tipo de películas, dirigidas en general a lo que algunos llaman como “el gran público”, tienen mensajes contradictorios con la líneas de moral media de la sociedad: ya se trate de infidelidad femenina o religión e incluso homosexualidad.  En una escena, mientras la cámara enfoca de atrás a tres chicas dispuestas a todo para lograr triunfar como cantantes, a pesar de que a lo largo del film, sus nalgas tienen más presencia que las voces; uno de los periodistas exclama: “Qué lindos culitos que Dios me dio”. Es obvio que si Dios le ha dado esos “culitos” son solamente para el placer y no para la procreación y la perpetuación de la raza a través de los sagrados lazos del matrimonio, objetivos que no parecen estar presentes en las tres señoritas que retozan en la misma cama con el personaje interpretado por un extrañamente afeminado Pablo Codevilla. Como tantas películas argentinas de verano, la acción transcurre en la ciudad balnearia ya mencionada. Hay recursos en la comedia que ya fueron utilizados anteriormente hasta el hartazgo: el amante se esconde en  el balcón ante la imprevista llegada del marido[239], y debe arriesgar su vida para no ser descubierto. En el caso de Atracción peculiar, el personaje interpretado por Olmedo debe esconderse en el balcón y está a punto de caer al vacío. En la vida real, en un confuso episodio, Olmedo murió al caer del balcón al día siguiente del estreno de la película. 

 

El obeso actor cómico Jorge Porcel interpreta el papel de un fotógrafo de una revista de actualidad, “TV Lunga”[240] al que el director de la revista (Tincho Zabala) le encarga la misión de viajar a Mar del Plata con un periodista (Alberto Olmedo) para llevar a cabo una investigación periodística sobre una banda de travestis vinculados con el contrabando de drogas. El personaje de Olmedo es una caricatura que pretende imitar a la del personaje de Michel Serrault en La jaula de las locas –que también transcurría en una ciudad balnearia- pero con elementos nada sutiles. Filmada en una época en que se ponía de moda el aerobic, Olmedo aparece ataviada con coloridas calzas y buzos de lycra y con bincha en la frente, llevando colgado del hombro su bolso de gimnasia. Al caminar su contoneo mueve a risa por la exageración. A lo largo de toda la película se juega con el equívoco del personaje del fotógrafo, quien gracias a la interpretación del actor, lleva el estereotipo de la mariquita a límites que van más allá de la exageración. Cierto es recordar, que los gays de las películas del binomio Porcel-Olmedo, suelen ser criaturas exageradas y objetos de burla de los integrantes heterosexuales de las historias. Hacia el final de la película –para tranquilidad de los seguidores del popular capocómico- que en realidad no es gay y que ha estado representando un papel para ocultar su verdadera identidad de agente secreto de la policía.  Si bien la historia que pretende narrar la película es de estos dos periodistas que tienen que investigar al grupo de travestis, éstos no aparecen en ningún momento. Aparecen algunos hombres travestidos hacia el final de la película. Se trata de una fiesta en un barco donde se celebra la parodia de casamiento entre dos hombres. El que aparece vestido de novia fue interpretado por un galán de la década del ’50 Ignacio Quirós, cuya masculinidad nunca fue puesta en duda y que compone un personaje afeminado, maquillado en forma ridícula y sin afeitar, en realidad un esperpento. El travelling sobre los asistentes a la boda denuncia a algunos extras sentados en las mesas, travestidos.

 

El film muestra una confusión a la hora de recrear a los gays y travestis, no encuentra una línea divisoria, todo es lo mismo. Hay una burla homofóbica al término gay, que comenzaba a difundirse a finales de la década del ’80. El director de la revista, al principio de la película, haciendo un clásico gesto que designa a los varones homosexuales, girando la muñeca con la palma hacia arriba manifiesta: “Ahora los llaman gays”. Otros aditamentos de la película, más allá de la homofobia manifestada a través de la comicidad, es la mirada cómplice sobre la infidelidad masculina en un contexto de machismo.

 

El telo y la tele (1985, Hugo Sofovich, guión de Ricardo Talesnik) es una típica comedia de humor grueso y sexual, de una serie de historias de hoteles alojamientos que ya habían comenzado veinte años antes, con títulos como los ya mencionados en el capítulo dedicado a la década del sesenta. La historia transcurre en un albergue transitorio en donde los huéspedes no saben que están siendo observados por cámaras de televisión que los registran en video para los fines de un congreso sexológico. En la película aparecen dos gays amanerados que representan el estereotipo primario gay. Es una comedia mediocre y chabacana que gira sobre la realización de un congreso de sexología internacional. Como muestra de lo burdo del guión obsérvese que el encuentro se denomina P.E.N.E.S. y para mitigar la connotación fálica se explica en los carteles que se trata del Primer Encuentro Nacional de Estudios Sexuales. El actor Busaid, interpreta a un gay que se refiere a sí mismo en femenino (“soy soltera”). Los diálogos refieren una “capacidad sexual del ser nacional reprimida”, que quizás pretendiera ser una crítica al discurso militar de la dictadura que había terminado dos años antes.

 

Es uno de los escasos filmes donde se hace referencia al lesbianismo, aunque en un contexto de humor grueso y quizás con segundas intenciones. Para referirse a dos lesbianas que participan del evento, uno de los personajes afirma “para hacer tortillas se necesita tener huevos”. Esta frase podría ser resignificada desde una mirada propia de la comunidad homosexual, si bien por un lado podría ser tachada de homofóbica, por otro lado podría referirse a la valentía de transgredir la normatividad sexual en un contexto machista.[241]

 

También se puede mencionar El caso Matías (1985, Aníbal Di Salvo), como un caso de visisbilidad homoerótica en el contexto de una película con pretensiones de seriedad testimonial. En la misma aparece la historia de un anciano polaco alcohólico y adicto a las drogas, termina en un manicomio argentino donde es sometido sexualmente por otros internos y por un enfermero.

 

Visibilidad a través de la prensa: razzias, persecución y asesinatos.

Durante la dictadura hubo diversos temas que no podían ser mencionados en forma oral ni escrita. Los medios de comunicación no podían referirse a los métodos anticonceptivos, a las relaciones prematrimoniales, ni al aborto y tampoco a la homosexualidad. Esta prohibición se llevó a cabo sobre todo en los primeros años del Proceso de Reorganización Nacional. En 1981, se pudo leer una breve noticia en el diario The Buenos Aires Herald que daba cuenta de una razzia policial ocurrida en la tradicional feria de la Plaza Dorrego, en el barrio de San Telmo. Durante la realización de un espectáculo musical al aire libre, la policía había irrumpido deteniendo a veinte asistentes e incluso al cantante, bajo la acusación de que había “mucha gente amoral, homosexuales y ese tipo de gente en la plaza”.[242] Otro de los aspectos que señalaba Jáuregui respecto de los gays en tiempos de la dictadura tiene que ver con los desaparecidos y la violencia. Según las manifestaciones de uno de los integrantes de la CONADEP, estimaba que al menos cuatrocientos gays habrían desaparecido.[243] También tuvo lugar una veintena de asesinatos entre 1982 y 1983, perpetrados contra homosexuales, la mayoría de los cuales no fueron esclarecidos. La información suministrada por la policía a los medios de comunicación fue escasa, y en los casos en que se afirmaba haber detenido a los asesinos, no se brindó la identidad de los mismos.[244]

 

 También otro incidente relacionado con el fenómeno de visibilidad tuvo lugar en 1982, cuando un autodenominado Comando Cóndor envió un comunicado a los diarios manifestando su intención de acabar con los teatros de revistas y con los homosexuales. Este comando, un mes más tarde se hacía responsable del atentado con explosivos que ocasionó el incendio del Teatro El Nacional.

 

En setiembre de 1983, otro grupo similar, autodenominado Comando de Moralidad, expulsó del país al cineasta alemán Werner Schroeter, quien se encontraba en Buenos Aires trabajando con un grupo de estudiantes del Instituto Goethe, en distintos temas y uno de ellos relacionado con la situación de los marginados, desaparecidos y homosexuales, y en un proyecto sobre el tango y la sociedad argentina. Según trascendidos, el comando clandestino había amenazado al Schroeter en repetidas oportunidades por medio de llamadas telefónicas de distintas personas, donde se lo instaba a abandonar sus investigaciones sobre marginados, desaparecidos y homosexuales. El plazo que le dieron para abandonar el país fue hasta el 28 de setiembre a las dieciocho horas. Caso contrario colocarían una  bomba en su residencia. El cineasta viajó a Montevideo el 29 de setiembre, desde donde continuaría viaje hacia Alemania. La prensa de la época informaba que también había sido amenazado el director del Instituto Goethe, Lennertz Gunther.[245]   

 

La prensa como aporte a la construcción de los estereotipos.

El tratamiento que la prensa otorgaba a hechos delictivos relacionados por o contra homosexuales hacía pasar el eje  de la noticia por la orientación sexual de las víctimas o los implicados en distintos sucesos.[246] En el caso de la “fiesta del sombrero”, una razzia llevada a cabo el 10 de setiembre de 1983 en las postrimerías de la dictadura militar –tres meses antes de la asunción del primer presidente electo luego del Proceso Militar, Ricardo Alfonsín- en una casona de alquiler para fiestas familiares, en el barrio de Belgrano, “La casona de Ricardo”, es un ejemplo acerca de la manera de narrar los acontecimientos y es reveladora en cuanto a los prejuicios desde donde pueden observarse varios elementos que constituyen los estereotipos en el imaginario popular, y el entorno histórico de la dictadura que casi finalizaba.[247] La indumentaria extravagante de los invitados, fue uno de los motivos de sospecha y de denuncia, también la ausencia de mujeres, para algunos, y la presencia de éstas, “esculturales”, según otros, y hasta la actitud bulliciosa de los invitados que iban ingresando al lugar.

 

Las noticias de prensa referidas a este evento resultan interesantes para el análisis de la visibilidad homosexual en Buenos Aires, cada vez en aumento. El caso de la fiesta del Barrio de Belgrano evidenciaba una comunidad de hombres vinculados sentimental y amistosamente, pertenecientes a estratos socio económicos acomodados –las noticias hablaban de profesionales, médicos, odontólogos y hasta empresarios- que tenían un estilo de vida similar al que se desarrollaba en los Estados Unidos en esa misma época, reflejado en películas como Su otro amor (1982, A. Hiller) en una visión positiva de relaciones de pareja estable y la homofóbica Cruissing (W. Friedkin). De la época anterior, ya se habían conocido filmes como Nijinsky (1980, H. Ross), A un dios desconocido (1977, Jaime Chavarri), El diputado (1978, Eloy de la Iglesia), La jaula de las locas (1978, Molinaro), Valentino (1977, Ken Rusel) y algunos títulos más. Estas películas cuando podían sortear los mecanismos de censura, eran testimonio de la existencia de los gays, y si bien los mismos eran planteados en casi todas las cinematografías, estadounidense o europea,  bajo la perspectiva trágica, se alejaba cada vez más del estereotipo primario, e iba instalando en la sociedad la existencia de un grupo de hombres diferentes, cuya presencia, aunque desagradara no se podía ignorar.

 

Por otra parte, la noticia periodística recogía de la realidad cotidiana y difundía en la sociedad, la palabra gay para designar a los homosexuales. Así en las diversas noticias referidas a los homosexuales, que comenzaban a ser conocidos también bajo el término gay se pueden leer titulares y copetes como los siguientes:“como se les llama en Europa”, “Qué milonga con los gays”[248], “Detienen a 50 gay drogadictos en restaurant de Once”[249]. La palabra amoral era también sinónimo de homosexual: “El crimen de un amoral”[250], “Un submundo casi inexpugnable. Un amoral dirigía una pandilla”[251], “Allanan un refugio homososexual y se llevan a 31”.[252]

 

Visibilidad homoerótica en la década del ochenta.

Durante la década del ochenta en Buenos Aires comenzó a rearmarse cierta actividad de colectivos gays y lésbicos, que habían comenzado en 1969 con la creación del Grupo Nuestro Mundo, integrado por delegados sindicales, obreros y militantes del Partido Comunista que terminaron siendo expulsados del partido por su orientación sexual. Estos movimientos o grupos, se disolvieron o pasaron a cierta forma de clandestinidad durante el período de la dictadura comenzada en 1976. Sin embargo, a partir de 1982, en el tramo final de la dictadura, no sólo en Buenos Aires, sino en varias ciudades del interior del país comenzaron a constituirse grupos homosexuales, y en abril de 1984, se concretaría la fundación de la CHA. En 1982 la revista El Porteño comenzó a incluir una sección gay en su suplemento Cerdos y Peces, donde denunciaba la represión de gays durante la dictadura. Al mismo tiempo comenzó a surgir el tema del SIDA, conocido en una primera etapa como peste rosa, aunque su difusión en los medios y en la sociedad alcanzaría mayor importancia en los años siguiente. Para entonces las faltas de campaña de prevención y los propios hábitos sexuales de la población mundial hicieron que el índice de contagio se disparara en forma inimaginable, transformándose en una de las terribles enfermedades del último cuarto del siglo XX.

 

En 1983, a partir del regreso a la democracia, si bien por un lado continuaban las razzias policiales, también es cierto que comenzó la apertura de bares y discotecas para el público gay. Pero también continuó la serie de asesinatos comenzada el año anterior, en cuyas noticias, la prensa enfatizaba la orientación sexual de la víctima. Jáuregui sostiene que “cuando muere una persona homosexual, para los medios, no ha muerto un ser humano, lo que muere es su sexualidad. Si la víctima de un crimen es una persona común y corriente, la noticia de su muerte es anunciada por los periódicos, generalmente, según la profesión de la víctima, o de acuerdo a conceptos generales como ‘persona’, ‘individuo’, etc. En cambio (...) los homosexuales muertos son homosexuales o, mejor dicho son ‘amorales’, apelativo con el cual una sutil segunda lectura tiende a la justificación, a la explicación, cuando no a la aprobación del hecho.”[253]  Jáuregui analiza en su libro, un reportaje a dos ex comisarios de la Policía Federal, Donatto y Urricelqui, en tiempos de la serie de crímenes contra homosexuales[254] que ocurrieron entre 1982 y 1983. Las respuestas de los policías dan cuenta del arraigo de creencias y prejuicios. Respondía Urricelque:

 

“...desde que se inició esta verdadera cacería de desviados sexuales...existen varios tipos de consumación en estos homicidios. Por una parte está el matrimonio de desviados, que puede concluir con el crimen de uno de ellos por problemas de celos o desavenencias.” (...) También encontramos al homosexual que va a los baños públicos y mira por encima de los mármoles el sexo de los hombres y llega a desabrocharles la bragueta”.[255]

 

Respecto a los asesinatos, Donatto, encontraba las siguientes explicaciones:

 

“Son frecuentes los casos de individuos de vida equívoca que son masacrados mediante la aplicación de golpes en la cabeza. Esto puede explicarse por la especial posición que ocupan los amorales durante la relación. (...)Las mismas víctimas buscan su autoeliminación porque a veces a ellos mismos les falta valor para suicidarse. (...) Es un problema de psicosis de los homosexuales que buscan la mano ejecutora de su muerte. Los desviados saben que el suicidio no puede publicitarse, es por eso que recurren a alguien que logre el mismo objetivo saliendo del anonimato.”[256]

 

Es comprensible que siguiendo esta línea de razonamientos, los crímenes continuaran impunes. Sostenía Jáuregui:

 

“Al leer los conceptos antes mencionados, nos preguntamos cómo es posible que, quienes sustentan esas ideas, sean los encargados de investigar los crímenes, ya que para ellos la condición de homosexual parece justificar el accionar del victimario. El asesino asume en el discurso de los represores el papel de vengador anónimo de la sociedad mancillada por las acciones del homosexual.”[257]

 

Respecto al papel del periodismo como clave para mantener el orden vigente, Alfredo Marcotegui, del grupo de psicólogos de la C.H.A., de esa época, sostenía:

“Por más esfuerzos voluntarios que éste o cualquier otro periodista ponga, siempre será víctima de una ideología de la que no siempre él es consciente. De hecho, estará volcando en sus notas los prejuicios con los que la sociedad lo educó. Y no hará otra cosa que volcarlos, tanto en sus notas como en todo contacto que tenga con su realidad circundante”.[258]

 

En mayo de 1984, un mes después de su creación, la CHA publicó en el diario Clarín su primer solicitada bajo el título “Con discriminación y represión no hay democracia[259]. Se exigía la derogación de leyes y edictos policiales que atentaban contra las libertades individuales de los homosexuales. En la misma se informaba que “los integrantes de la Comunidad Homosexual Argentina compuesta por más de 1.500.000 de ciudadanos y ciudadanas, manifestamos a la opinión pública que: La Organización Mundial de la Salud (OMS) de la cual participa la República Argentina como país miembro de las Naciones Unidas ha retirado a la homosexualidad de su lista de enfermedades. No existirá la democracia verdadera si la sociedad permite la subsistencia de los sectores marginados y de los diversos métodos de represión aún vigentes”.[260] La solicitaba afirmaba que los integrantes de la CHA eran personas que “trabajamos, estudiamos, sentimos, amamos, nos preocupamos por la realidad nacional” y que también habían transitado la dictadura. Los cinco puntos exigidos en la solicitada eran los siguientes:

“1) La derogación de las leyes y edictos que reprimen nuestras libertades individuales.

 2) Cese de la detención arbitraria por averiguación de antecedentes.

 3) Cese inmediato de toda represión en los lugares frecuentados por nuestra comunidad.

 4) La libre elección y ejercicio de la sexualidad. Así como el fin de toda discriminación   sexual en lo laboral, social y moral.

 5) La investigación y esclarecimiento de los asesinatos de homosexuales.

 6) El cese de la campaña