Recuerdos bibliotecarios
Dr. Ricardo Rodríguez Pereyra
[1]

Disertación en la Dirección de Cultura y Educación de Azul, Provincia de Buenos Aires, el 13 de setiembre de 2008, con motivo de la inauguración de la Biblioteca Municipal de Autores Azuleños.

Quiero agradecer la invitación de la Dirección de Cultura y Educación, y en especial a la profesora Paula Tártara, que me permite estar hoy con ustedes -señoras y señores, autoridades, colegas, amigas y amigos- en esta hermosa y hospitalaria ciudad, con motivo de la inauguración de la Biblioteca Municipal de Autores Azuleños. No he venido a brindar una conferencia de carácter técnico sobre la profesión bibliotecaria. Aprovechando que hoy se festeja el Día del Bibliotecario,  se me ocurre que podría contarles sobre mi propia experiencia como tal. Antes que nada quiero pedir disculpas si estas palabras les parecen demasiado centradas en mi persona, pero creo que es mejor, tratar de reflejar lo que uno conoce, por los estudios y la práctica diaria de la profesión. Como decía un famoso intelectual español: “perdonen que hable de mí pero es el ser humano que tengo más a mano”.

Antes que nada me gustaría decirles que la ciudad de Azul, las bibliotecas, y los bibliotecarios parecen estar ligados en mi vida. Ahora que transito la cincuentena, cada vez más siento que la vida es un rompecabezas, y que según las creencias de cada uno, puede atribuir a un designio religioso, o a juegos del destino. ¿Por qué digo esto? Nunca antes había estado en Azul, pero sí había escuchado el nombre de esta ciudad que remite a uno de los colores más bellos del universo, a un nombre de mujer y en muchos países a un símbolo patrio. Hace veintiséis años, no soñaba con vivir en la Argentina, y estando todavía en mi Montevideo natal, fui becado por la Organización Mundial de la Salud para realizar un curso de dos meses en BIREME, la Biblioteca Regional de Medicina, en la ciudad de Sao Paulo, en Brasil, ya entonces uno de los focos más desarrollados de la profesión. En ese curso de nueve personas, todas mujeres menos yo, había seis brasileñas, una venezolana, y una bibliotecaria de una ciudad argentina, Azul, en la provincia de Buenos Aires. Esa bibliotecaria se llama Beatriz Albisini y ojalá esté hoy entre nosotros para poder saludarla personalmente.

Y el nombre de Beatriz, me lleva a una serie de relaciones inevitables y muchas veces citadas, pero no por ello menos apropiada. Me refiero a la  Beatriz del Dante como guía en la  Divina Comedia, o a Ariadna que conduce a Teseo por el laberinto. No es una novedad decir que la profesión bibliotecaria es mayoritariamente femenina y que los hombres que transitamos esta carrera, hemos sido influidos siempre por maestras de estos saberes. Quiero recordar hoy a una de las mujeres que más me estimuló en la profesión bibliotecaria, la señorita Lucía Botta, directora de la Biblioteca Nacional de Medicina, de Montevideo, Uruguay, donde yo comencé a trabajar a los veintiún años. Ella entonces apenas pasaba los sesenta, delgada, con nariz aguileña y anteojos de aumento, cuya armazón imitaba la forma de los ojos de los gatos, representaba el estereotipo de la solterona, estado civil del cual se declaraba orgullosa. Desconfiaba de los hombres desde su adolescencia cuando fue testigo del suicidio de una amiga por una pena de amor. Todavía recordaba la agonía sufrida por la chica, y como la espuma que despedía su cadáver, consecuencia del veneno ingerido, desbordaba el ataúd y caía por el piso. Cada vez que escuchaba su relato me parecía ver la imagen de la desgraciada doncella en el ataúd, envuelta en tules, vomitando una interminable catarata blanca. Y más tarde, me ha parecido volver a verla alguna vez, leyendo un cuento de Gabriel García Márquez. El andar de Lucía era rápido y silencioso, calzaba zapatos de taquito muy bajo y de estilo Guillermina, con una pulserita y un botón al costado. Nos sorprendía de pronto, apareciendo a nuestro lado, y si encontraba a alguien fumando, su rezongo era como una golpiza. ¡Ya había pasado por un incendio en la biblioteca y no estaba dispuesta a pasar por otro! Gritaba fuera de sí. Había fotos en revistas de la década del sesenta que mostraba a varias bibliotecarias que todavía trabajaban allí, secando libros, introduciendo hojas entre las páginas empapadas por las mangueras de los bomberos, al lado de gigantescos ventiladores. No vacilo al considerarla una pionera, poco conocida, de la bibliotecología uruguaya; sus ideas acerca de las bibliotecas y la computación, por ejemplo, eran verdaderamente de avanzada, y confieso con cierto pudor, que muchas de las chicas y yo mismo, a veces nos reíamos de sus proyectos. De ella fue la idea de una red de bibliotecas comunicadas por la informática, el acceso a bases de datos remotos, el uso del télex y el fax, aparato éste último que apenas se conocía en Uruguay de fines de los setenta. Durante unos meses estuvimos enviando télex -(yo mismo era uno de los encargados de operar el antiguo aparato de madera y vidrio, luego sustituido por uno más moderno, similar a las computadoras de escritorio de la actualidad)- y cartas a distintas universidades del mundo para ver si tenían aparato de fax, para poder enviar y recibir artículos que necesitaban los médicos, como forma de acelerar los tiempos del intercambio de bibliografía especializada. Las respuestas fueron escasas, alguna de Japón y otras de Estados Unidos, las demás informaban que todavía no usaban ese aparato.  En estos tiempos de un avance vertiginoso de las tecnologías de la información, a nadie le llamarían la atención sus ideas, pero pasaron más de treinta años de cuando ella soñaba con la posibilidad de teleconferencias, digitalización de textos y toda suerte de recursos que nos sonaban a ciencia ficción. Un extenso periplo por las bibliotecas universitarias norteamericanas, a principios de la década del sesenta le había abierto la cabeza respecto al desarrollo que era necesario en el ámbito bibliotecario. En 1987, ya en Buenos Aires, tuve el privilegio de que el Centro Lincoln me convocara para integrar el panel de dos especialistas que nos comunicaríamos en la primera teleconferencia que se realizaba en el ámbito bibliotecario entre Buenos Aires, Caracas y Washington. No me di cuenta hasta ahora, cuando preparaba estas palabras, que ya entonces, lejos de casa, y más de una década después, concretaba sin proponérmelo el sueño de Lucy.

Lucy –como la llamábamos casi todos los colaboradores más cercanos- llegaba de su casa con un abultado portafolio de cuero marrón y sacaba el diario donde ya aparecían recuadrados con birome azul distintos artículos y noticias. Siempre estaba recortando rectángulos y tiras del diario que luego distribuía entre los potenciales interesados de las informaciones. En forma meticulosa, con una enorme tijera que centelleaba con la luz del sol entrando por los altos ventanales que daban a la avenida General Flores, en su oficina situada debajo de uno de los cuatro torreones del edificio; en su feudo de papeles, carpetas y expedientes, flanqueada por anaqueles de libros encuadernados en negro que parecían trepar al cielo, recortaba los pedacitos de papel impreso y los sujetaba con los clips de metal, sobre los que anotaba los nombres de los destinatarios de los mismos.

Ella había leído alguno de mis cuentos y tenía confianza en mi futuro. Me alentaba a estudiar bibliotecología para que cuando me recibiera pudiera irme con una beca a París, donde podría perfeccionarme en la profesión y desarrollar una carrera literaria. París, parecía seguir siendo para los rioplatenses, la meca de los aspirantes a escritores, como lo había sido desde finales del siglo XIX. Tres años más tarde, cuando me recibí de bibliotecólogo, la posibilidad de esas becas se había desvanecido en manos de la burocracia que también controlaba la dictadura militar, y ya no estaban destinadas a los bibliotecarios. De todas maneras, hubo un premio consuelo: la beca de dos meses a BIREME, que mencioné antes. Y a pesar de que con el correr de los años vinieron más becas, cursos y seminarios en lugares diferentes, algunos de ellos, tan exóticos como pueden serlo el desierto de Arizona o Estambul, el curso de San Pablo constituyó una suerte de verdadero mojón iniciático en aspectos vitales y profesionales.

Con la distancia de los cuarenta años que nos separaban, tal vez Lucy, me había adoptado en cierta forma, como un hijo o como un nieto consentido, aunque sus críticas cariñosas, no perdonaban ni a “esas patas de moscas”, como ella calificaba mi letra manuscrita. Para el día de mi cumpleaños –ella cumplía al día siguiente pero estaba prohibido felicitarla ni darse por enterado del acontecimiento- me hacía traer de alguna librería céntrica un libro. Días antes de mi onomástico, llevaba a cabo un insistente interrogatorio acerca de cuál me gustaría leer, y cuando no podía vencer mi resistencia, su estrategia iba por el lado de averiguar con las bibliotecarias que sabía eran más amigas mías. También, a partir de mi palidez, solía decirme que tenía el “mismo color de las lombrices de tierra”, y en ocasiones se le ocurría que debía salir a dar una vuelta, o a tomar sol a la plazoleta de enfrente, delante de la Facultad de Química, del otro lado de la avenida. Ante mi negativa comenzaba a llamar a alguna de las chicas para que me acompañaran. En ocasiones me alentaba a que fuera al cine –en horario de trabajo- para despejarme un poco porque no me veía buena cara. Y a veces, pensaba que mi negativa a aceptar su permiso era por falta de dinero y entonces pretendía pagar ella la entrada. Por alguna razón que va más allá del sentido de responsabilidad, nunca pude aceptar esas prebendas, excepto el regalo anual de los libros. En especial recuerdo una traducción de los Poemas del desamor de Cesare Pavese,  realizada por Alicia Migdal, en una primorosa edición que simulaba un papel amarilleado por el tiempo.

Pocos años después, me instalé en Buenos Aires, y desde mi llegada pude apreciar cuán ciertos eran muchos de los conceptos de Lucy respecto de la profesión. En Argentina mi carrera tomó una dimensión inesperada y casi veinticinco años más tarde son muchos congresos y conferencias a los que vengo asistiendo a esta altura de mi vida y no quisiera aburrirlos, citando a autores famosos y teorías sobre la comunicación y la virtualidad, sobre la explosión de la información y las ya no tan nuevas tecnologías.

Mi experiencia mayor es en el ámbito de las bibliotecas universitarias y especializadas, dirigí durante 18 años la biblioteca del Instituto Torcuato Di Tella y luego la de la Universidad del mismo nombre; y ahora me desempeño en una biblioteca de un instituto de historia del CONICET. Las áreas de investigación son Antropología y arqueología, Egiptología, Historia Medieval y Geografía. Pero pienso, que quizás, mejor que centrarme en una sola experiencia laboral, debiera remitirme a mi propio derrotero vital, para ir tejiendo esa red formada de innumerables acontecimientos, estudios, familia, amigos, amigas, colegas, cursos, trabajo cotidiano, todo lo que nos va formando como personas y bibliotecarios al mismo tiempo.

Dentro de unos meses se cumplirán cuarenta y dos años desde que pisé una biblioteca por primera vez, y treinta tres, desde que comencé a trabajar en una. Cuando tenía doce años vivía en un barrio de la ciudad de Montevideo, llamado El Buceo, era un típico barrio montevideano, nacido en las cercanías del puerto del mismo nombre, habitado por gente más acomodada a medida que las casas se acercaban a la playa, “eso que los uruguayos llaman mar”, como me dijo una vez, nuestra querida y siempre recordada Emma Linares; a medida que se alejaban del mar, las casas eran más humildes. Yo vivía a cinco cuadras de la playa. Por la época en que les decía, 1966, pasaron dos cosas que alteraron la fisonomía y la tranquilidad del barrio: por un lado, comenzó la construcción de lo que entonces llamaron “supermercado”, y que en realidad no era más que un galpón bastante grande, mucho más grande que los almacenes cercanos donde se podía compra yerba, fideos, y demás comestibles, al peso, un cuarto litro de aceite o medio litro de vino. El otro hecho fue que en un conjunto de viviendas comunitarias, o municipales, lo que hoy llamaríamos monoblocks, comenzaron a construir una biblioteca. El local era del tamaño de un departamento pequeño.

El padre de unos amigos vecinos era un artista plástico, cuyo hermano, otro pintor sería mi profesor de dibujo en la Escuela de Artes Aplicadas, años más tarde. El padre de mis amigos, también profesor de esa escuela, comenzó a llevarnos a sus dos hijos, y a mi hermano y a mí, a esa biblioteca en formación. Recuerdo que una de las primeras cosas que me llamaron la atención fue el olor a pintura y a cemento, frescos todavía. Otros padres ayudaban a hacer las sencillas estanterías de madera. Hasta Gerardo, mi hermano adolescente ayudó a construir las pequeñas gavetas de madera que alojarían a las fichas del catálogo. Esas fichas que representaban la existencia de los libros que los propios vecinos de ese complejo habitacional, y del barrio iban acercando  a la biblioteca. Si bien, desde chico estuve en contacto con la lectura –mi madre me enseñó a leer desde antes de ir al colegio- en esa biblioteca encontraba otros libros, y tenía el ritual de firmar en las tarjetas de préstamo que guardaba la bibliotecaria en una cajita de cartón muy prolija.

No sé, si este temprano encuentro con una biblioteca barrial –y no la defino popular, o pública, a propósito- fue lo que definió mi vocación bibliotecaria, y la de carpintero de mi hermano. Pero recuerdo las caminatas desde casa hasta la biblioteca, la figura de la bibliotecaria, una señora vaya a saber entonces de qué edad, -a los doce años, los mayores siempre nos parecen viejos-, la recuerdo decía, conversando con  el padre de mis amigos: de libros, de la necesidad de que la gente se involucrara en el crecimiento de la biblioteca. Se hablaba también de un jardín maternal, al que pudieran concurrir los hijos de las mujeres trabajadoras de la zona. Esto también se dio felizmente, al poco tiempo. Y las madres que llevaban a sus hijos pasaban por delante de la biblioteca, y algunas comenzaron a entrar y a retirar libros en préstamo. Y la gente del barrio comenzó a venir cada vez con mayor frecuencia. Además, el supermercado les quedaba de camino.

Cuando comencé la carrera de bibliotecología a fines de los ‘70, ya estaba trabajando en la Biblioteca Nacional de Medicina, en la sección de Historia y Bibliografía Nacional; pero además debía cumplir con prácticas anuales obligatorias en distintos tipos de bibliotecas. Una de las que más disfruté fue la de la Biblioteca Infantil del Castillo del Parque Rodó. Se trata de una biblioteca alojada en una construcción con forma de castillo, en un tamaño a escala, muy reducido, en medio de un parque centenario, y al lado de un lago artificial. Allí venían los pequeños desde que sabían leer hasta adolescentes y seguramente, muchos se habrán beneficiado toda su vida de la posibilidad de contar con un sitio gratuito donde poder tener acceso al conocimiento. En la biblioteca se reunían a charlar de libros con el bibliotecario dos o tres hombres, y mientras yo hacía mi trabajo, podía al mismo tiempo ir escuchando acerca de libros y autores.

Cuando me tocó dar el examen final de Catalogación, con otra inolvidable maestra, Ermelinda Acerenza, directora por entonces de la escuela –la única escuela universitaria que la dictadura uruguaya no cerró, gracias a la perseverancia de esta mujer- fui con un estupendo catálogo de madera que imitaba una verdadera gaveta con vástago y tapa corrediza. Nunca fue una materia de mis preferidas, pero aprobé con buena nota, y el fichero hecho por mi hermano para esa ocasión, fue pasando por las manos de varios y varias compañeras y compañeros que iban poniendo sus fichas antes de entrar a rendir. Recuerdo las uñas muy pintadas de la directora, pasando las fichas y elogiando la construcción del catálogo. Y me imagino su sorpresa a medida que la cajita de madera reaparecía con cada uno de los estudiantes que entraban a rendir.

Allí en la EUBCA, la Escuela Universitaria de Bibliotecología de la Universidad de la República Oriental del Uruguay, me dieron todas las herramientas que luego emplearía en el trabajo cotidiano. Aprendí la importancia del bibliotecario en la comunidad, y más allá de Paul Otlet y Lafontaine, de Taylor y Fayol, de la ficha universal, de la organización y el método, e incluso de la espléndida reflexión de Ortega y Gasset, quien ya a principios del siglo XX sostenía que el bibliotecario debe ser un verdadero filtro entre la información y los usuarios. A mediados de los setenta no había un trabajo académico que no hablara de la explosión de la información, de la disponibilidad de las publicaciones y del acceso universal. También aprendí en teoría lo que había visto de chico, la integración de la biblioteca en la comunidad, acerca de la necesidad de las bibliotecas para cárceles, de las bibliotecas para ciegos. En primer año de la carrera escribí una monografía sobre las condiciones que debería tener una biblioteca para cárceles, y la verdad, no me gustaría volver a leerlo. En más de una ocasión he fantaseado con robarme ese trabajo –si fue conservado- de la biblioteca de la Escuela, para poder destruirlo.

Hace menos de una década tuve la oportunidad de asistir al Primer Seminario de estudios sobre la Biblioteconomía en Alemania, en la Biblioteca Diozesana, de la ciudad de Colonia, invitado por la Asociación Alemana de Bibliotecarios. Allí pude ver las bibliotecas populares de varias ciudades. En esas bibliotecas le daban a los usuarios la información sobre qué rutas y caminos recorrer para ir de una ciudad a otra, cómo llegar a un pueblo alejado, resolvían temas necesarios para cada comunidad, sobre trámites comunales, sobre fertilizantes; en fin, un variado abanico de informaciones. Recuerdo también las instalaciones de una biblioteca pública con iluminación especial en sus baños para evitar que los usuarios adictos se inyectaran dentro de ellos. La iluminación no les permitía ver sus venas. En estos cuidados se observa todo el amplio espectro de detalles que deben contemplar las bibliotecas. También recuerdo la experiencia de Dinamarca, donde pude visitar una biblioteca que brindaba servicios a una comunidad de inmigrantes, como forma de bajar los índices de delincuencia juvenil, y contener a los adolescentes provenientes de otros países, con problemas de adaptación al nuevo medio. La biblioteca estaba inserta en un barrio de monoblocks parecidos al de mi infancia, no muy lejos de Copenhagen. Asimismo me comentaron que en las épocas de la crisis del 2001 nuestra biblioteca del Congreso atendía por las noches a personas que no tenían dónde guarecerse, y allí encontraban café y medialunas. Quizás me pregunten qué tiene que ver esto con los servicios bibliotecarios. Pienso que los bibliotecarios, como todos y todas las que han elegido carreras de servicio a la sociedad, no podemos dar la espalda a la realidad de nuestro entorno.  No sé cómo será el estado actual de las bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires, he leído en internet que varias de ellas están cerradas por refacción.

En una charla que di en abril pasado, en la Reunión Anual de Bibliotecarios, hablé de la integración de la biblioteca en la comunidad. Y me alegra que la Biblioteca Municipal de Autores Azuleños emprenda esta tarea. En esa oportunidad, en abril, decía que la integración debe darse a nivel social, temático y también entre colegas. Es cierto que en Argentina, las y los bibliotecarios tienen en general una excelente formación, hay diversos centros donde estudiar la carrera a lo largo y ancho del país. Hoy en día, cuando los Derechos Humanos vuelven a estar en la preocupación de los gobernantes, más que nunca es necesario integrar todos los intereses comunitarios. Sin olvidarnos de las bibliotecas más alejadas, ni de las poblaciones indígenas. Sin olvidarnos de nada, en realidad, porque las bibliotecas, aún en este mundo que cada vez parece más virtual, tienen que seguir siendo contenedores de memoria.

Es frecuente leer en la lista de correo de ABGRA, los pedidos de donaciones para una biblioteca alejada en equis provincia, o para una biblioteca en formación de tal barrio bonaerense. Además de las políticas públicas desarrolladas por los gobernantes de turno, la población debe involucrarse en el desarrollo de las bibliotecas. Y no me refiero sólo a la donación de materiales, sino a proyectos como el que lleva a cabo la Fundación  Mempo Giardinelli, inspirado en un modelo anglosajón, el “Programa de Lectores Amigos”, gente voluntaria que da veinte minutos de su tiempo, una vez a la semana para guiar en la lectura a jóvenes y adolescentes. Creo que debemos integrar a todos los sectores de la sociedad, independientemente del color, raza, orientación sexual o política.

Pero no es mi deseo abusar de este amable auditorio y para terminar me gustaría volver a los inicios, contarles que mi madre me enseñó a leer y a escribir los primeros palotes antes de que comenzara a ir al colegio. Desde entonces, los libros se mezclan con mi vida. Desde temprana edad me peleaba con mis hermanos mayores por las revistas de historietas y después por los libros, aquellos de tapas amarillas, de cartón duro, de la inolvidable colección Robin Hood. Quien se haya emocionado hasta las lágrimas con Corazón, Mujercitas, o la versión para los varones, Hombrecitos, quien haya disfrutado con las aventuras de las Veinte mil leguas de viaje submarino o galopado junto a Azabache, seguramente sabe de qué estoy hablando. Ojalá que todos hayan conocido y disfrutado del placer de la lectura. Los libros son parte de nuestra memoria y de nuestra formación como personas, acompañan nuestros recuerdos desde la infancia, cuando todas las fantasías eran posibles, y el mundo era mucho más grande que lo que después nos mostraron los aviones; estaba lleno de gnomos, de hadas, de caballeros con armadura y príncipes valientes que salvaban princesas y se amaban para siempre. Y también estaban las lecturas prohibidas que debíamos leer a la hora de la siesta, a hurtadillas, con el rostro encendido y los primeros síntomas de cosas que desconocíamos, pero que la biología había instalado en nosotros desde el inicio de los tiempos. Finalmente llegaron los clásicos y los tediosos libros de estudio que se debían leer aunque uno no quisiera y que aprendimos a valorar un poco más tarde, incluidas las Reglas de Catalogación Angloamericanas y la CDU.

Ahora está de moda la aldea global, las nuevas tecnologías de la información y se ha instaurado una suerte de controversia entre el papel impreso y los soportes digitales. Los reproductores de estos productos se vuelven obsoletos en menos de lo que canta un gallo. ¿Quién tiene ahora una PC que lea disquetes de los cuadrados flexibles?, las notebooks traen lectores grabadores de CD y DVD y hasta incluyen cámaras de video, pero ya no leen disquetes ni de los chicos ni mucho menos de los grandes. Muchos piensan que el problema de la falta de espacio de las bibliotecas se va a resolver cuando los bibliotecarios nos dediquemos a digitalizar todo el material impreso y a coleccionar sólo soportes virtuales.

Una década atrás el famoso escritor de ciencia ficción, Ray Bradbury visitó nuestro país, invitado para la Feria del Libro. Y esa visita me hizo extrañar todavía más a mi hermano mayor, Osvaldo, que había muerto inesperadamente en la navidad del año anterior, antes de cumplir los cincuenta y con muchos libros todavía por leer. Mi hermano me dejó una diminuta cicatriz en el labio, producto de una de esas disputas por las revistas, de las que les contaba al principio de la charla. Me tiró un soldadito de plástico y el rifle me hirió el labio. No sé si esa cicatriz es visible, pero me gusta tenerla, es un recuerdo tangible de mi hermano y la lectura.

En mi adolescencia él ya era un hombre de veinte años y entonces me hizo conocer la literatura de ciencia ficción, y por supuesto a Bradbury. Nunca olvidaré Farenheit 451 y la alegría de tantas charlas compartidos sobre los mundos que nos recreaba la ciencia ficción, (los libros se mezclan con nuestra memoria, siempre). En muchas obras de este autor, la tecnología y la mecanización convierten al mundo en un universo totalitario, donde los libros son prohibidos o destruidos. Pero según dijo Bradbury, en esa ocasión de la Feria del Libro de 1997: "Siempre habrá libros. Porque la computadora es un aparato lejano, distante; en cambio, el libro es como un niño, uno puede tomarlo y abrazarlo contra el pecho. Es algo mucho más hermoso”.

Hace más de una década escribí en algún artículo, que la tecnología no era la panacea que resolvería por sí sola los problemas que enfrentaban nuestras bibliotecas. La tecnología es una magnífica herramienta y nadie puede dudar hoy día del impulso que ha dado a las bibliotecas que disponen de ella, sin embargo, las nuevas generaciones de bibliotecarias y bibliotecarios no deberían olvidarse de que el único motor de nuestra profesión es el servicio al usuario. Y para eso, debe existir una auténtica integración entre nosotros y la comunidad a la cual servimos. Por eso, me parece que la oportunidad que se le abre a la comunidad de Azul, con esta inauguración de la Biblioteca Municipal de Autores Azuleños, es formidable.

Referencias:

[1] Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas, CONICET, Buenos Aires.

Dr. Ricardo Rodríguez Pereyra

Disertación en la Dirección de Cultura y Educación de Azul, Provincia de Buenos Aires, el 13 de setiembre de 2008, con motivo de la inauguración de la Biblioteca Municipal de Autores Azuleños.

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