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Dos mariposas blancas en mi jardín |
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Apenas terminamos las clases, nos fuimos de vacaciones con mi familia a la casa del balneario. Queda cerca de la playa, tiene un jardín con muchas flores de colores, que mamá cuida mucho, y unos pinos tan altos que parecen hacerle cosquillas al cielo. Me encanta estar allí y descubrir los insectos que lo habitan: hormigas de todos los tamaños, grillos chillones, arañas, pero las pequeñas. Así fue que descubrí dos hermosas mariposas blancas, ¡muy blancas! que revoloteaban en el aire. El sol quemaba mucho. Yo siempre de sombrero para no achicharrarme y ellas cada vez más blancas y llenas de luz. Corría tras ellas porque me invitaban a su loco juego. Levantaba los brazos imitando sus ligeras alas. Me acercaba a las flores para tratar de oír lo que le susurraban. Ellas se elevaban con el viento. Subían, subían y parecían reírse de mí desde la altura. No se cansaban nunca, y yo tras ellas. Una mañana llovía torrencialmente. El cielo gris oscuro amenazaba una gran tormenta. Miraba desde la ventana el jardín: las hermosas flores tenían sus pétalos, tan cargados de agua, que habían curvados sus tallos hasta depositarse en el césped. Apachurradas de tanta agua. ¡Qué pena me dio! ¿Volverían a recobrar su frescura? En ese momento recordé a mis mariposas blancas. ¡Sus alas son tan parecidas a los pétalos de las flores! Me dolía imaginar que ellas quedaran mustias. Estuve triste todo el día. Mi familia creía que mi mal humor se debía a estar encerrado en casa. Eso era un poco cierto, pero no era esa mi preocupación mayor. De noche, ya en la cama le dije a mi madre el porqué de la rabieta. Entonces ella me contó: que la vida de las mariposas es muy corta. Algunos días no más. Sus alas son tan frágiles que nada pueden tocar. Cuando me dormí, soñé con el espacio lleno de mariposas blancas que reían con sonido a campanitas. Volaban, volaban, y no paraban de volar. A la mañana siguiente, brillaba el sol en el cielo azul. Salí corriendo al jardín. Busqué a mis amigas y no las encontré. Oí el chirrido de la chicharra. Me zumbó un mosquito. Disparé de un abejorro. Aspiré el perfume del jazmín. Aparecieron de golpe. Con la gracia de todos los días. Recordé en ese momento, las palabras de mamá:- «Nacen cada día y se lanzan a la libertad y a la vida». |
Dinorah Rodríguez
Cuentos viajeros
Selección: Sylvia Puentes de Oyenard
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