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Tres planos (inclinados) sobre Luce Fabbri - Cressatti
Pablo Rocca

Ensayaré tres planos o, si se quiere, tres acercamientos sobre la profesora Luce Fabbri-Cressatti. Diré mejor, tres planos inclinados, sólo para jugar con una doble metáfora, entre cinematográfica y geométrica. Se trata de una tríada de la visión que podría vincularse, para el caso, a la evocación. Según el Diccionario de la Real Academia Española, evocar admite dos acepciones: 1. "Llamar a los espíritus y a los muertos, suponiéndolos capaces de acudir a los conjuros e invocaciones"; 2. "Traer alguna cosa a la memoria o a la imaginación". Evocar sería, entonces, un arriesgado acto de videncia. O un poner en evidencia discursiva lo ya inmaterial.

Lo de plano en sentido geométrico debería entenderse como imagen que pretende resguardarse en su parcialidad, en su provisionalidad, en la dificultad, en suma, de la mirada que a menudo se propone como total pero que, de hecho, apenas si puede provocar un efecto ilusorio. Estos dos recursos –lo visual-cinematográfico, lo geométrico– obedecen a una especie de imperativo que se impone en situaciones como en la que ahora estamos empeñados, cuando la evocación supone la recuperación, el recuerdo en acto, la participación nada ambigua, por tanto, de quien habla.

En un sentido fuertemente testimonial, yo no sería el más apropiado para tomar aquí la palabra. Conocí a la doctora Luce Fabbri-Cressatti sólo en el correr de sus últimos ocho años de vida, es decir una porción ínfima de tan larga y riquísima trayectoria. No fui su alumno, y sólo tuve el privilegio de conversar con ella, por cierto largamente, en apenas cuatro ocasiones. Sin embargo, uno es uno y es la suma de las voces y de las memorias ajenas. La unanimidad de quienes conocía y que la conocían desde muchas décadas atrás, me hablaban de su calidez, su dulzura, su fineza, de una inteligencia y sabidurías que se concentraban, como un curioso milagro, en esa mujer pequeña, frágil y firme. Una nada frecuente garantía de calidad humana. De algún modo esa imagen de los otros se reforzó, también, en mi lectura de algunos de sus textos. En especial sus ensayos sobre Dante recogidos en la fenecida Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias y de su libro sobre La poesía de Giacomo Leopardi, publicado por el Istituto Italiano di Cultura de Montevideo y, finalmente, la edición-antología de algunos cantos de la Commedia de Dante, traducidos por Luce con la colaboración del profesor José Pedro Díaz, libro que editara nuestra Universidad a poco de que la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación nombrara Profesora Emérita a Luce Fabbri. Con motivo de la aparición de este libro escribí un pequeño artículo para un semanario. Nunca había visto a la profesora Fabbri. Ella consiguió mi dirección, me envió una carta generosa y así pude aprovechar para visitarla y tratar de recuperar un mínimo del tiempo perdido.

En una de esas entrevistas, mientras naturalmente la trataba de "usted", de pronto hizo un silencio, bajó la cabeza y me dijo: "¿Podríamos tutearnos, no le parece?" Yo le contesté que no, que no podía. Que ella sí, claro. Cuando me inquirió, con sorpresa, por qué no podía, le hablé del respeto, la admiración… Me miró como si estuviera ante un ser de otro planeta, y dijo: "Bueno, entonces yo tampoco lo voy a tutear". La modestia y la discreción no tienen en nuestra era posmoderna mucho prestigio. Quisiera hacer la exaltación de estos valores que esta mujer representó a cabalidad.

Un segundo plano puede reconstruirse desde la distancia, sin necesidad de la intromisión del testimonio. Luce Fabbri y el universo social y político. Es sabido, pero no hay por qué no traerlo a colación aquí. Es decir, conviene evocar esa dimensión de su vida en cuanto ejercicio de memoria y de convocatoria. Su padre, Luigi Fabbri, uno de los principales teóricos del anarquismo italiano, debió escapar de su tierra, con su mujer y sus dos hijos. En la precipitada huida, el único país que no reclamaba pasaportes era el Uruguay. Esta política, aquí, se agotó pronto; pero qué buen ejemplo para las políticas migratorias europeas en la actualidad.

Luce acababa de terminar su doctorado, pero sólo conocía rudimentos de la lengua española. No es muy difícil imaginar el dolor, el desconcierto de esos primeros años, la segura soledad amortiguada por el cálido recibimiento de algunos pocos compatriotas y de varios uruguayos, como Emilio Frugoni o las hermanas Paulina y Luisa Luisi. En el capítulo XI del libro que escribió sobre su padre, Luigi Fabbri, Storia d’un uomo libero (Pisa, 1996), hay un pasaje que me permití traducir, a pesar de que circula una muy buena traducción* de este libro editada por Nordan, en Montevideo, pocos años atrás. Es una pequeña pero significativa anécdota sobre aquellos días primeros:

"Un día, recibimos […] la visita de un señor muy gentil, casi obsequioso, quien poco después hizo el siguiente discurso: «Señor Fabbri, pertenezco a la policía y vengo a pedirle un favor. Su Legación insiste en conocer sus actividades. Quieren saber cómo vive, a quién recibe, dónde trabaja... Hemos llegado a un punto en que debemos responderles cualquier cosa. Usted dígame qué tenemos que informar». Papá comenzó a responder: «Informe la verdad. No hay nada que ocultar. Mis medios de vida son...» El otro lo interrumpió: «No nos interesa su vida privada, ni la exactitud de la información. Sólo díganos cualquier cosa para que podamos responder». Eso era el Uruguay de 1930. Pero no duró mucho".

En efecto: esa tolerancia de la democracia radical uruguaya duró muy poco. Pero en Italia la situación era aún peor, mucho peor que la que se precipitó sobre Uruguay después del golpe de Estado de marzo de 1933. Como sea, la marca de ese país tolerante al que Luce y su familia llegaron, me animo a decir que contribuyeron de manera decisiva a la idea de un quehacer sereno y plural a pesar de la siempre firmeza de sus convicciones ácratas. Del pasaje precedente sale claro que en Luce hubo, además, una virtuosa capacidad para narrar. Es decir, además de una ética, un estilo. Y este es un punto crucial. Luce siempre fue anarquista, hasta el último día de su vida. Hasta que le dieron sus fuerzas colaboró con los grupos y las publicaciones en las que creía, como la pequeña revista Opción Libertaria, en la que hay algunos artículos doctrinarios y políticos de una lucidez asombrosa. Antes, allá lejos en el tiempo, su padre había editado en Montevideo la revista Studi Sociali. Revista del libero esame y cuando murió, en 1935, según nos informara la propia Luce: "seguí sacándola como pude –con la ayuda de mi madre y de mi marido– hasta 1946. La mayor parte de la revista se distribuía entre italianos en Francia y en Estados Unidos y se solventaba con la colaboración solidaria de los lectores". Acto de entrega y de coraje. Pero no el único, porque ser anarquista en Uruguay, entonces, no era nada fácil. Recurriré, para fundar este último aserto, a otro testimonio que acaba de difundirse. En la reedición de la polémica novela Rebelión en la granja, de George Orwell (Montevideo, Banda Oriental, 2008) Heber Raviolo escribió un breve pero notable prólogo, entre testimonial y reflexivo, que empieza de este modo:

"Cuando a comienzos de la década de los años 50 iniciamos nuestra actividad gremial estudiantil en el Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (IAVA), lo hicimos adhiriendo a una recién formada Agrupación Reforma Universitaria (ARU) que, bajo su adhesión a la reforma cordobesa de 1918, apenas podía disimular su filiación anarquista. Ese disimulo no se debía a ningún tipo de maquiavelismo sino a lo impotable que para la mayor parte de ese alumnado de 16 a 18 años resultaba la sola palabra «anarquista», cuando todavía estaban frescas en ambas orillas del Plata las acciones de los «anarquistas expropiadores», con sus violentos asaltos y atentados de la década del 20, la mítica fuga del Penal de Punta Carretas en 1931 y el asesinato del comisario Luis Pardeiro y su chofer en febrero de 1932".

Los escritos de Luigi y de Luce Fabbri fueron, para aquellos muchachos, una guía, un ejemplo, un descubrimiento para reorientar sus opciones libertarias. Porque en Luce el anarquismo fue, siempre, una convicción teóricamente asentada, una racional profesión de fe (para decirlo un poco paradójicamente), una práctica indeclinable. Su bibliografía sobre el punto es extensa y elocuente, diseminada en publicaciones periódicas y, en particular, en su trabajo de 1983: El anarquismo más allá de la democracia. Anarquismo fue, para ella en los terribles años treinta –como para muchos italianos de entonces– un camino esperanzador e inclaudicable de resistencia al fascismo. En su libro Camisas negras, de 1935, resalta el conocimiento de primera mano de la represión fascista, pero también el paciente trato con la bibliografía disponible entonces, cuando tan lejos estaba la Segunda Guerra Mundial y, consiguientemente, el fin de Mussolini y el de su siniestra invención política.

De hecho, los primeros pasos de Luce Fabbri por estas latitudes no fueron inadvertidos por los representantes diplomáticos del fascismo. Esa vigilancia la unió a otro imprescindible inmigrante italiano, el editor Orsini Bertani (Cavriago, 1869 – Montevideo, 1939). De origen anarquista, Bertani cultivó amistad, entre tantos otros, con Malatesta y con Luigi Fabbri en Buenos Aires y Montevideo. Luego de efectuar una amplísima y sacrificada labor editorial en Montevideo, Bertani suspendió sus actividades. Regresó con un último título: I canti dell‘ attesa, el único libro de poemas que Luce dio a conocer y que, por cierto, cuando una vez le dije que lo había conseguido en una librería de viejo, recibí como única respuesta el rubor que tiñó la blanca piel de su rostro. Debo a mi colega Clara Aldrighi un documento elocuente, que encontró en el Ministero dell’ Interno, en Roma, sobre el control que la diplomacia fascista ejercía sobre estos animadores culturales. No por sensibilidad poética, estos diplomáticos creyeron relevante informar a sus jerarquías la aparición del "volumetto [di Luce Fabbri] in parola dal titolo I canti dell’attesa, sarebbe stato editato da un tal BERTANI, pure anarchico, tipografo, con stamperia in Montevideo, forse Calle Juncal Nº 1527, ed abitante in Calle 21 de Septiembre Nº 586 della predetta città".

El tercer plano tiene que ver con lo que podríamos llamar la pasión humanística de Luce Fabbri y que, por cierto, no puede deslindarse de los anteriores. Por el contrario, habría que verlo como una continuidad estricta con los anteriores: la calidez humana, la militancia por un ideal que procura cambiar el mundo, la reivindicación de la plena libertad que podría epitomizar a todos estos términos. Inmersa en los avatares del terrible siglo XX, Luce reflexionó siempre sobre un problema que hoy está, felizmente, en ardua discusión en Uruguay: memoria e historia y, aun más, en el dilema historia reciente o historia contemporánea.

En 1991, se dio a conocer, en el Nº 6 de la revista Garibaldi, la última entrega de una serie de conferencias de Luce Fabbri sobre "Italianos en el Uruguay". El tema no era nuevo. Pero el enfoque, que aunaba erudición auténtica con claridad y sólida serenidad expositivas, removía todo lo conocido hasta entonces. Cuando no sin ansiedad uno esperaba la evaluación de las seis décadas precedentes de las que la autora había sido testigo, saltó esta declaración: "de lo que se vive no se puede hacer historia". Luce Fabbri enseña, así, los riesgos de interpolar historia y memoria. Cierto es que parece postular que el distanciamiento en el relato historiográfico sería capaz de estatuir una suerte de contrato de verdad hasta cierto punto infalible. O, por lo menos, parece inducirse a creer que hay un mecanismo cuya operatividad se pondría en duda cuando la primera persona, atributo básico del testimonio, pasa a confundirse con el objeto. Como sea, experiencia de trabajo y aventura vital, le habían dado credenciales suficientes como para pensar esta distinción.

Este tercer plano, el de su vocación y pasión humanística, se bifurcó en dos caminos que a su vez vuelven a entrecruzarse: la actividad en la enseñanza y la práctica de trabajo intelectual en cuanto investigadora. Lo primero, en Educación Secundaria, a la que tanto contribuyó como docente pero también con su reflexión sobre la necesaria autonomía técnica y política. Y, luego, con su incorporación, en 1949, a la entonces Facultad de Humanidades y Ciencias en la cátedra de Literatura Italiana, en la que permaneció hasta que la dictadura la expulsó. Y a la que pudo volver en 1985 cuando concluyó este régimen ominoso. Lo otro y complementario, la investigación, está en la raíz de su formación universitaria en Italia, y siempre se continuó, aunque como lo prueba su bibliografía, cobró fuerza con su labor en la Universidad de la República.

Tanto en sus clases en la Facultad como más tarde en el Istituto Italiano di Cultura, trabajó sobre temas y problemas de la literatura italiana con un grado de amplitud y comprensión asombrosos: de Dante a Eugenio Montale, de Leopardi a Césare Pavese. Suyos son los trabajos más penetrantes, y aún no superados, sobre el diálogo entre la literatura italiana y la del Río de la Plata en su etapa de consolidación en los alrededores del medio siglo XIX. Muy pocos especialistas los han citado porque, seguramente, no los han leído a pesar de que en ese estudio las fuentes literarias, prensa periódica y textos doctrinales y políticos peninsulares son examinados con esmero y clarividencia para ahondar en la alta cultura letrada.[1] Con todo, no fueron estos textos clave los que han sufrido este destino de divulgación homeopática. Supe por la propia autora, pero también por Diego González Gadea, quien se ha desempeñado a lo largo de muchos años como librero, que no era infrecuente que llegaran a Montevideo investigadores europeos en procura del libro La poesía de Leopardi (Istituto Italiano di Cultura, 1972). Una vez le pregunté a Luce cómo había sido la recepción de este libro monumental. Su respuesta fue algo melancólica: "Trabajé mucho con ese libro y en verdad lamento que no se haya difundido, a veces tengo la sensación de que nunca salió".[2]

Poco antes de morir, a fines de 1999, después de cierta insistencia y con bastante escepticismo de su parte, la Dra. Fabbri nos legó su papelería para que se la custodiara en el archivo literario, que acabábamos de fundar en la Facultad, y que hoy se llama Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras (SADIL, FHCE, UDELAR). En verdad, nos entregó lo que aún conservaba, porque durante la dictadura había enviado a Europa la documentación política, antes de que esta cayera en manos de la represión. Nos quedan decenas de inéditos, cursos enteros que escribió prolijamente como una muestra más de su responsabilidad profesional; y también artículos, ensayos, notas. Hasta ahora, y a pesar de ingentes esfuerzos –en los que nos ha acompañado, siempre, el Doctor Alcides Beretta–, apenas hemos conseguido rescatar su biblioteca particular, que Luce indicó a sus herederos que legaran a nuestra Facultad, y que sólo en el correr de los últimos meses comenzó a catalogarse.[3] Pero la obra inédita sigue, todavía, en esa condición.

Ahora, en el centenario del luminoso nacimiento de Luce, ¿hay otra forma mejor de evocarla y de convocarla que publicar su obra? No creo que exista mejor homenaje que este en el que memoria e historia se aunarían, quizá, por lo menos en el curso del próximo siglo.

Notas

[1] Se trata de Influenza della letteratura italiana sulla cultura rioplatense. Montevideo, Nuestro Tiempo, 1966. (Con el título "La Letteratura", incluido en el volumen colectivo Influenza della Filosofia, della Letteratura e della Lingua Italiana nella Cultura del Río de la Plata. Montevideo, Istituto Italiano di Cultura in Uruguay, 1966), así como "Algunas raíces italianas del romanticismo rioplatense", en Presencia italiana en la cultura uruguaya. Montevideo, FHCE, 1994.

[2] Esta declaración y la anteriormente citada en "Con Luce Fabbri Cressatti: Humanista en el siglo XX", Pablo Rocca, en El País Cultural, Montevideo, Año X, Nº 492, 9 de abril de 1999: 10-11. [Entrevista].

[3] En 2005, se recibió un apoyo económico para la compra de algunas estanterías con destino a la biblioteca de la Prof. Fabbri por parte del Dr. Angelo Manenti, exdirector del Istituto Italiano di Cultura, luego de gestiones que realizáramos por iniciativa del Dr. Beretta.

Con precisión y eficacia, el inventario de la Colección Luce Fabbri-Cressatti fue efectuado, en 1999, por Luis Volonté, Colaborador Honorario de la actual SADIL, entonces Programa de Documentación en Literaturas Uruguaya y Latinoamericana.

* La traducción corresponde a la Prof. María Sagario (Nota del R.)

"Garibaldi"
Publicación anual de la Asociación Cultural Garibaldina de Montevideo
Año 23 - Montevideo - 2008
Gentileza del Sr. Carlos Novello y de Imprenta cba - Juan Carlos Gómez 1461
Montevideo

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