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Con José Pedro Díaz

Memoria de los años dorados
Pablo Rocca

 

Poeta, narrador y crítico, José Pedro Díaz D'0nofrio (Montevideo, 1921) tiene una reconocida trayectoria académica, como profesor en Secundaria, el I.P.A. y la Facultad de Humanidades —donde ejerce su cátedra de Literatura Francesa— y también como ensayista. El último medio siglo de su vida fue compartido con la poeta Amanda Berenguer.

 

-¿CÓMO FUERON sus primeros  acercamientos a la vida cultural montevideana?

—Puedo recordar los hechos decisivos incluso con detalles de años. En mi adolescencia veraneaba en Malvín, que en los años treinta era un balneario de la clase media. En la playa solía ver a don Carlos Vaz Ferreira. Todo el mundo sabía que era muy importante, tanto que por esa fama yo había conseguido algún libro suyo, creo que Moral para intelectuales. Era un hombre flaco, de grandes bigotes, lento, con un andar como de langosta marina. Frecuentemente conversaba con otra persona de cara un poco larga, pero de expresión muy afectuosa: Luis Gil Salguero. Por ese entonces, en mis diecisiete años, un amigo solía prestarme libros de plástica, con los que me paseaba muy orgulloso por las calles de Malvín. Viéndome pasar frente a su casa, un día aquel hombre de cara larga me preguntó si estudiaba pintura. Le dije que no, pero ése fue el contacto con el que empezó una relación de visitas y amistad prolongada. Por su intermedio pronto descubrí a otro hombre de cara caballuna, que armaba cigarros lentamente y fumaba sin pausa, a quien los amigos llamaban "Paquito" Espínola; también conocí a Leandro Castellanos Balparda, a quien entonces sólo podía juzgar como tipo muy simpático.

 

Hubo otra casualidad contemporánea. Caminando con mi padre por la calle Paraguay, habíamos visto en la Casa del Pueblo del Partido Socialista un cartel que avisaba sobre una exposición de pintura. Entramos y vimos grabados en madera —negro sobre blanco— que me deslumbraron. Todos los días sufría con las noticias que pasaban en la radio sobre la guerra civil española y en esos grabados aparecía, por ejemplo, una bota tratando de aplastar un libro y de éste saliendo llamas; y en otro lugar, unos militares a caballo atacando a una muchedumbre y en la multitud una mujer herida; y en otro sitio, unos pobres indios paraguayos pisando maíz. Aprovechando que no había nadie más que nosotros, me acerqué a uno de los grabados, lo toqué y descubrí que en realidad todos eran dos grabados; abajo se escondía un estado posterior del mismo que estaba desarrollado o ilustrado con palabras. Me acuerdo que en el de los paraguayos decía: "Piden pan no les dan, piden mazacote y les dan chicote". No puede olvidarse que este tipo de leyendas como complemento de sentido aparecía en medio de la dictadura de Terra, por lo que tenía un significado muy especial en su momento.

 

Pero en aquel verano malvinense, una vez, mis nuevos amigos me invitaron a un asado de recepción a Pablo Neruda al que había empezado a leer —creo que ese mismo año— en la edición española de Residencia en la tierra. Nos citamos a las siete de la mañana, tomamos un ómnibus, nos bajamos en algún lugar y abordamos otro coche, hasta que en determinado momento vimos a Castellanos Balparda acompañado de un enorme ovejero alemán. Estábamos en Bella Italia y el viaje había concluido.

Una vez abierta la puerta de la casa, me encontré con el mismo letrero esmaltado que anunciaba la exposición de grabados. Entonces la emoción fue doble, porque no sólo se trataba de estar junto a Neruda sino también de enterarme que aquel plástico —que tanto me había impresionado— era el mismo veraneante con quien conversaba en la playa. Ahí conocí a los poetas Juan Cunha, Beltrán Martínez, Uruguay González Poggi, Enrique Lentini, Carlos Denis Molina —el único que tenía más o menos mi edad— y el cubano Juan Marinello, quien había venido con Neruda desde París.

 

UN ONETTI TACITURNO

 

¿En esta reunión se inicia el camino de su larga carrera?

 

De algún modo sí. En principio, a consecuencia de esta reunión se profundizó mi amistad con varios de ellos. En la pieza de pensión donde vivía Juan Cunha, en Eduardo Acevedo casi la Rambla, todos los miércoles empezamos a juntarnos con algunos de los que mencioné y, también con Casto Canel y con Juan Carlos Onetti. Este hombre flaco y taciturno era muy respetado por todos, si bien aún no había publicado El pozo. No entablé una relación con Onetti en esas jornadas, porque para mí era un tipo misterioso que fumaba y escuchaba la charla de los otros, hacía algún gesto, dejaba salir alguna palabra perdida y nada más.

 

Denis Molina estaba haciendo sus primeras experiencias poéticas, algunas ya difundidas en el libro La liga de las escobas (1937). Con él nos vinculamos al café Libertad, donde había un grupo en el que alternaban Luis Alberto Larriera, Canel, Guido Castillo, Pedro Piccatto, Líber Falco, Mario Arregui y —en algunas ocasiones— Paco Espínola. Los lunes nunca faltábamos con Denis a la Cosmopolita de Mozos, en la calle Canelones; se trataba de la gremial de obreros gastronómicos donde el pintor Julio Verdié organizaba espectáculos. Ahí nosotros perturbábamos la paciencia de los pobres empleados que llenaban con unción el patio del local, provocando y discutiendo a viva voz sobre cualquier cosa. Por ejemplo, un día nos pusimos máscaras y leímos himnos védicos, así como podíamos hacer otras tonterías de esa especie. Hubo una obrita de Denis que se representó en ese lugar y una farsa de tema romántico que escribí para el mismo destino. También aparecía Piccatto, que era chiquito, jorobado, con una expresión diabólica en la cara, enamorado de la poesía con una pasión inocultable. Todo esto ocurrió en 1938.

 

En 1939 usted publica el primer cuaderno poético titulado Canto pleno en la imprenta "Stella", de Casto Canel y Juan Cunha, el mismo año y en la misma imprenta que sacaría El pozo y Despedida a las nieblas, de Beltrán Martínez.

 

Y además las hojas de poesía de Cunha y después Memorial del mismo Beltrán Martínez. En el 40, llenos de deudas, la máquina de Canel y Cunha fue a parar a Paysandú 1011, donde estaba la imprenta UGU, que funcionaba en el sótano mientras la linotipo se ubicaba en la planta baja del edificio. Entonces le pedí a Cunha que me enseñara el oficio. El pobre Juan que tenía que ganarse la vida vendiendo avisos para el semanario Marcha —que había aparecido el año anterior—, no tenía tiempo para enseñarme nada, pero alcanzó a decirme cómo había que hacer. Con sus valiosas indicaciones y con lo que pude observar por las noches en la tarea de los obreros gráficos, aprendí lo suficiente, compré papel y compuse El abanico rosa, mi primer relato. El aprendizaje se completó casi a la perfección cuando se me cayó la plancha entera, la mejor lección que obtuve, porque me pasé el verano del 39-40 recogiendo letras del suelo y colocándolas en la caja.

 

En 1944 se casó con Amanda Berenguer y concurrió a las reuniones en el café Metro.

 

—Sí, pero un poco antes fracasó un proyecto que barajamos con Denis de formar las Prensas particulares del grupo Sexta Vocal —nombre que inventó él—. La cosa no funcionó; mientras tanto yo estaba estudiando literatura todo el día preparándome para obtener un puesto de profesor en Educación Secundaria. Los ratos libres se los destinábamos a las reuniones del café Metro, adonde íbamos con Amanda (Berenguer). A muchos de los integrantes del grupo del café Libertad se sumaron Felisberto Hernández, Tola Invernizzi, Carlos Maggi, María Inés Silva Vila, Manuel Flores Mora y Paulina Medeiros. Hacia fines de 1947 llegó José Bergamín.

 

Una ardua carrera

 

De a poco se estaba transformando de aprendiz en profesional de la literatura.

 

Di el concurso para transformarme en profesor de Secundaria en 1942 y creo que en 1943, que fueron cinco pruebas muy exigentes y agotadoras. Obtuve el primer puesto en los dos. Al año siguiente, me presenté para un cargo en el Instituto Normal y me ganó Domingo Luis Bordoli, y en 1945 volví a presentarme en busca de unas horas de clase en Preparatorios oponiéndome a Bordoli y Emir Rodríguez Monegal. Por último, en 1955 inicié mis pruebas de oposición para la cátedra de Literatura francesa en la Facultad de Humanidades, las que concluyeron al año siguiente con resultado favorable.

 

A Emir lo conocí en el concurso antes mencionado. Siempre hubo con él una cierta distancia y antipatía —personal y teórica—, lo que impidió que más tarde colaboráramos con él en la revista Número. Nos caía mal Emir y también sus opiniones, y teníamos una solidaridad con Maggi, dado que él se había enfrentado duramente con Emir, pese a haber sido condiscípulos en el Lycée Francais.

 

A Bergamín lo conocí al final de una conferencia que dicté sobre Cervantes en el 47. En la misma fecha nos trasladamos a esta casa de Punta Gorda, en la calle Mangaripé (hoy María Espínola), la única que había en toda la cuadra. Cuando nos casamos habíamos comprado una Minerva de fines del siglo XVIII, una imprenta monstruosa que llamamos "La Galatea". Y empezamos a imprimir libros, hojas y plaquettes, entre otros de Jules Supervielle, de Ida Vítale, varios de Amanda (El río, La invitación y Contracanto) y varios míos: El habitante, el Tratado de la llama, y la primera versión del estudio sobre Bécquer.

 

En esos años aparece la amistad con Ángel Rama, iniciada en las Jornadas arqueológicas del teatro, que organizó Lincoln Machado Rivas. Me fue encargada la dirección de un grupo de estudiantes para representar tragedias griegas, y entre ellos estaba Ángel. Recuerdo que en Antígona hacía el papel de Hemón, el hijo de Creonte.

 

Poco después se da cita en esta casa un grupo de escritores amigos, en torno a las inquietudes propias del oficio y, también en cierto modo, alrededor de "La Galatea". Todo eso empezó en el 47 y terminó en el 50, cuando nos fuimos a Europa donde permanecimos dos años.

 

Ángel venía con Ida Vitale; Maggi con María Inés Silva Vila; Flores Mora con María Zulema, hermana de María Inés; Mario Arregui con Gladys Castelvecchi, aunque cuando se casaron se fueron a vivir a Trinidad. En una oportunidad recibimos a Juan Ramón Jiménez y, sólo por esa vez, se acercaron Emilio Oribe, Emir e Idea Vilariño. Al mismo tiempo empezaron a hacerse frecuentes las visitas de Bergamín, así como nuestra concurrencia a sus clases en la Facultad de Humanidades.

 

En las reuniones que manteníamos en casa los enfrentamientos eran tremendos. Maggi y Maneco se ponían siempre del mismo lado, era como si funcionaran con una misma cabeza. Había una discusión clásica sobre los problemas de la creación y los aspectos técnicos de La Ilíada, así como sobre lo que se acababa de leer. Pero más que sobre otra cosa, se discutía hasta la impiedad a propósito de lo que cada uno escribía, lo que siempre era llevado a la reunión para que los demás lo despedazan. Una vez fue muy emocionante saber que alguien traía una novela, que estaba muy adelantada, y que estaba pensada y dedicada a un miembro del grupo. Ocurrió que ese "contertulio" le dio tal paliza al otro que la novela quedó ahí. Quizá esa feroz autocrítica nos podó mucha obra, aunque la cordialidad y el afecto nunca se borraban. En eso estábamos hasta que veíamos amanecer. 

 

Todos los libros

 

Poesía y prosa poética

 

Canto pleno. Primer cuaderno, Montevideo, Imprenta "Stella", 1939.

Canto pleno. Segundo cuaderno, Montevideo, "Imprenta de Juan Cunha Dotti", 1940.

Tratado de la llama, Montevideo, La Galatea, 1957.

Ejercicios antropológicos, Xalapa (México), Universidad Veracruzana, 1967.

Nuevos tratados y otros ejercicios, Montevideo, Arca, 1982.

 

Narrativa

 

El abanico rosa. Suite antigua. Montevideo, Prensas particulares del grupo Sexta Vocal, 1941. (Relato).

El habitante, Montevideo, La Galatea, 1949. (Relato).

Los fuegos de San Telmo, Montevideo, Arca, 1964. (Novela).

Partes de naufragios, Montevideo, Arca, 1969. (Novela).

 

Ensayo y crítica

 

Una conferencia sobre Julio Herrera y Reissig, Montevideo, s/e, 1948

Poesía y magia, Montevideo,s/e, 1949.

Gustavo Adolfo Becquer: vida y poesía, Montevideo: La Galatea, 1953. (Ediciones corregidas y aumentadas en Gredos, Madrid).

La búsqueda del origen y el impulso a la aventura en la narrativa de André Gide, Montevideo, Universidad de la República, 1958.

Balzac, novela y sociedad, Montevideo, Arca, 1974.

El espectáculo imaginario, Montevideo. Arca, 1986.

Juan Carlos Onetti. El espectáculo imaginario II Montevideo, Arca, 1989.

Felisberto Hernández. El espectáculo imaginario I, Montevideo. Arca 1991.

Novela y sociedad, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1992.

 

Felisberto entre nosotros

 

MI MADRE siempre recordaba que Felisberto iba muy a menudo a la casa de mi abuela, Josefa Giráldez; mi abuelo, don Pedro Bellán, murió en 1922. También se conocían y se trataban con la madre y las hermanas de Felisberto, a pesar de que mi propia familia materna era un poco renuente a las relaciones públicas. Me acuerdo que cuando yo era niña en casa se hablaba mucho de ellos.

 

Nuestro contacto maduro con él se inició en las mesas del café Metro, en la plaza Libertad, a mediados de los cuarenta. Luego, cuando nos casamos con José Pedro y vinimos a Punta Gorda, Felisberto nos visitó un par de veces. Todavía lo recuerdo sentado en el porche, una tarde de sol. Otra vez nos encontramos en Carrasco, en la linda casa en la que vivían Maneco Flores Mora y Chacha (María Z. Silva Vila), Ángel Rama e Ida Vítale y donde también se alojaba Bergamín. Por allí Felisberto llegó con María Luisa Las Heras, una española a la que había conocido en París y con la que se casó. Hicimos una comida bastante grande y no muy sabrosa, la que evocó María Inés Silva Vila en una de sus hermosas crónicas aparecidas en Jaque.

 

"La cena fue un desastre: las milanesas, resecas; los ravioles que eran un matete. (...) En honor a la bondad de Felisberto, debo decir que comió dos platos de ravioles (es un decir). "La pasta me gusta así, bien blandita", dijo para disimular el sacrificio.

 

Nos levantamos de la mesa sin postre, como chiquitines en penitencia y empezó la velada literaria propiamente dicha. Felisberto sacó los papeles, los acomodó sobre el escritorio de Ángel y empezó a leer el manuscrito de "La casa inundada "; para eso nos habíamos reunido. Estaba sin terminar". ("La noche que Felisberto nos felicitó", recogido en 45 x 1, Montevideo. Fin de Siglo, 1993).

 

Quizá una de las últimas veces que estuve con él fue en "Casa del Arte", cuando estrenó "Blancanieves", una pieza para piano que había compuesto. Aunque también pudimos verlo en dos homenajes que se le tributaron en otra institución muy prestigiosa, "Amigos del Arte", en los que participó José Pedro.

 

Amanda Berenguer

Pablo Rocca
El País Cultural N° 264
25 de noviembre de 1994

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