Dialéctica de la Revolución

(Notas sobre una polémica entre Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, 1964, a propósito de

El Siglo de las luces, de Alejo Carpentier)

por Pablo Rocca

 

Dos personajes en una novela confrontan opiniones. Por un instante ensáyese una imposibilidad y olvídese quiénes son esos personajes, cuál es la novela, quién su autor, cuándo y dónde se editó, en qué circunstancias. Por un momento anúlese el contexto social para concentrarse, exclusivamente, en el contexto discursivo. Podría irse más lejos aun y suponer que el intercambio se da entre dos sujetos no necesariamente envueltos en ese paquete que solemos llamar “literatura”.

El caso es así: alguien afirma

que esta vez la revolución ha fracasado. Acaso la próxima sea la buena. Pero, para agarrarme cuando estalle, tendrán que buscarme con linternas a mediodía. Cuidémonos de las palabras hermosas: de los Mundos Mejores creados por las palabras. /.../ No hay más Tierra Prometida que la que el hombre puede encontrar en sí mismo.

Otro replica que

no podía vivirse sin un ideal político; la dicha de los pueblos no podía alcanzarse de primer intento; se habían cometido graves errores, ciertamente, pero esos errores servirían de útil enseñanza para el futuro /.../ los excesos de la Revolución eran deplorables, pero las grandes conquistas humanas sólo se lograban con dolor y sacrificio.

Estos argumentos pudieron oírse en miles de bocas, por lo menos después que las revoluciones, cualesquiera sean, triunfaron en algún punto del mapa, en algún segmento del tiempo. De hecho, palabras más o menos semejantes renacen cuando en una discusión se menta esa espina en la carne de la izquierda latinoamericana que se llama Revolución cubana. La revolución, su jefe, su proceso largo, sus acontecimientos presentes. Se sabe: nada marcó de manera más profunda los sesentas latinoamericanos que la consolidación del proceso cubano. Sin ir más lejos: opiniones como las de los personajes de El siglo de las luces, de Carpentier, Esteban y su prima Sofía -a quienes, para romper el ilusionismo inicial, pertenecen los pasajes transcritos-, opiniones de esa clase, en sustancia, reaparecieron por estas orillas en el correr de abril del año 2002. En esa fecha se desató una cadena de fricciones entre los gobiernos de Cuba y de Uruguay que desembocó en la fractura de relaciones, planteada por el Poder Ejecutivo de este último país.

Casi cuarenta años atrás, en 1964, se vivía en Uruguay un cuadro semejante: unos propugnaban la ruptura con Cuba, vista como una amenaza para la democracia, otros defendían con ardor al régimen isleño, apreciándolo en su coraje, en su antimperialismo, como si fuera la concreción cabal de la segunda independencia. Desde luego, más allá de las diferencias, del reducido voltaje actual de los entusiasmos y, en buena medida, del viraje o el travestido de las acusaciones, los hechos son los mismos. La sombra -y la mano- de la injerencia norteamericana, ayer como hoy, se proyectó sobre las alternativas de los dos enfrentamientos. Una vez más podría recordarse la célebre afirmación de Marx en el prólogo al 18 Brumario donde, recuperando la idea hegeliana de que "todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces”, agrega que esa duplicación se presenta la primera vez como tragedia, y la segunda como farsa (Marx y Engels, s/d: 250)

Entre mayo y junio de 1964, El siglo de las luces se transformó en algo más que un objeto literario que llegaba algo tardíamente a estas orillas, y que era leído con deslumbramiento por una crítica y un público ávidos. En esos atribulados años sesenta atrapó la atención un aspecto del texto, por cierto central: la “traducción” -o podría decirse, pensando otra vez en Marx, la duplicación- de la Revolución francesa en el Caribe, hacia fines del siglo XVIII y con las primeras luces del XIX. Esta zona del libro detonará una polémica acrimoniosa entre Ángel Rama (19261983) y Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), un debate que no ocurrió en similares términos en ninguna otra parte del planeta donde la novela de Carpentier se había difundido ampliamente, en dos ediciones -una cubana y otra mexicana, ambas de 1962-, y en versiones francesa e inglesa.

Un libro, en los sesentas, promovía la pelea, encendía los ánimos y hasta movilizaba detrás de la Idea o de la Certeza. Eso aunque tal libro fuera un texto complejo, que no renunciara al lenguaje suntuoso, que no temía acudir al arcaísmo, a la descripción de códigos de paisajes o de objetos tan remotos para la sensibilidad del lector ajeno a los usos y costumbres del entorno antillano del siglo XVIII. Si una novela de esas características era capaz de despertar una refriega entre dos intelectuales clave, era porque el destino de la Revolución cubana se vivía en un clima de tragedia, como si esta fuera, a la vez, reflejo y metonimia de todos los pueblos latinoamericanos.

Ninguna novela o ninguna otra propuesta textual, en cambio, incidió en la farsa de abril de 2002 o, al menos hasta ahora, se produjo como consecuencia de esas jornadas. Eso, también, a pesar de los fusilamientos de otro abril, el de 2003, ocurridos en la isla en aplicación de una ley revolucionaria que ha despertado una polvareda aún mayor, ya más compleja y más honda que el penoso episodio uruguayo. Podría pensarse que tal es el grado de perplejidad o de resistencia, más o menos encubierta, frente a las soluciones del nuevo liberalismo posdictatorial y ante el desarrollo de los acontecimientos en la Cuba posterior a la caída del Muro. Podría decirse que a tal grado llega la desesperanza que oblitera la fe en los intelectuales, y los conduce al silencio o el quejido. Hay algo más ilustrativo: a falta segura de “guías” culturales, de “intelectuales faro” -tomo el sintagma de Bourdieu-, como fueron Rama y Rodríguez Monegal, ni una sola discusión se generó en el territorio literario uruguayo del oscuro año 2002. Muchas, en cambio, sacudieron el mundo y el país un año después: desde la declaración sonada de José Saramago hasta las críticas de Eduardo Galeano, desde la adhesión semincondicional de Mario Benedetti hasta la continuación de la fe en intelectuales clave de Cuba, como Roberto Fernández Retamar.

Si se lleva la distinción de Austin entre actos de habla constatativos y actos performativos al plano del enunciado, esto es, si en una novela los hechos -más allá de su fidelidad al referente “real”- se disponen como elementos de una totalidad retórica, se hace posible -como subraya Eagleaton-

concebir el discurso ideológico como una compleja red de elementos normativos y empíricos en el que la naturaleza y la organización de los primeros esté determinada finalmente por las exigencias de los últimos. En este sentido, una formación ideológica es parecida a la novela. (Eagleaton, 1997: 45).

Visto de este modo, quizá pocas novelas latinoamericanas como El siglo de las luces, por el momento en que emergió, así como por las relaciones horizontales y verticales con su medio y con la historia, sean capaces de poner en cuestión la disidencia entre el signo y su referente material, entre el discurso y la historia. O quizá pocos textos como El siglo de las luces potenciaron o problematizaron los efectos performativos, prefigurando la “nueva novela histórica” o encabezándola, si se sigue la observación de Seymour Menton (Menton, 1975; 1993).

Estos contrastes fueron entrevistos en la polémica que transcurrió entre mayo y junio de 1964, pero más rápido de lo que podría esperarse, el texto fue olvidado o se convirtió en una especie de juguete rabioso, de objeto incontrolable o solo controlado por otras capas del sentido. Hay que remarcarlo: Rama y Rodríguez Monegal escribieron simultáneamente sobre El siglo de las luces. Rama da a conocer la primera parte de un extenso comentario en Marcha el viernes 22 de mayo; el segundo, reseña el libro para el diario El País dos días después, por lo que es verosímil inferir que no pudo leer el texto anterior mientras redactaba el suyo. Al viernes siguiente, cuando sale la segunda y última parte del artículo de Rama, este se encarga de lanzar la primera piedra contra la interpretación de Rodríguez Monegal en una nota de título nada anfibológico: “Falsedades y Cia”. La polémica se enciende deslizándose por tres andariveles. Primero, el texto se convierte en un pretexto para la discusión política, que a su vez se bifurca en dos motivos: 1) la posibilidad o su negación de lo que podría llamarse una dialéctica de las revoluciones francesa y cubana, tanto como la posición asumida por Carpentier frente a ellas; 2) la situación política, social y cultural de América Latina y, más particularmente en Uruguay. Un segundo nivel involucra las reflexiones sobre las responsabilidades del intelectual en el mundo dependiente. Por último, la querella no esquiva ni disimula la lucha por el poder en el fértil campo literario montevideano. Es decir, la disputa por el monopolio en la crítica en Uruguay, por orientar la pujante producción latinoamericana, en una encrucijada en que se intersectan la maduración estética de un número considerable de escritores (o de textos), con la comparecencia de un público por primera vez significativo, el que por su lado confía, como indicara Halperin, que la “tormentosa historia” de América Latina “había entrado en una etapa resolutiva” (Halperin Donghi, 1987: 281).

Está claro que, entre los dos intelectuales en cuestión, por sus ideas estéticas e inclinaciones políticas, Rama estaba en mejores condiciones objetivas que Rodríguez Monegal para convertirse en el hermeneuta de esa hora, así como este último, en forma inversamente proporcional, pudo ocupar ese sitio en la etapa de lucha por la modernización literaria en el ciclo que va de 1945 a 1959. Es que los años sesenta comportaron la efectiva erosión de una práctica crítica iniciada veinte años atrás, ahora inevitablemente permeada por lo político específico, condicionamiento que era irrelevante en la tarea anterior. Y aun más, el cruce de acusaciones en esta polémica supuso el cierre simbólico de una labor modernizadora de las letras hispanoamericanas llevada adelante por los dos críticos desde sitios divergentes o casi nunca convergentes. Sólo para dar una muestra de algo sobre lo cual, en otra oportunidad, se han aportado algunos indicios (Rocca, 1992: 182-188), adviértase que esta encarnizada discusión golpeó con dureza al grupo que hacía la revista Número, cuyos miembros -a excepción de Rodríguez Monegal- simpatizaban con el proceso cubano y a raíz de la polémica en torno a Carpentier pensaron que las diferencias eran infranqueables, que era imposible seguir sacando una revista cultural no alineada. No sólo esto. Como se desprende de una insinuación de Rama en su nota titulada “El sometimiento intelectual”, y como ha declarado en alguna ocasión Mario Benedetti (Alfaro, 1986: 45-46), es altamente probable que por ese entonces Rodríguez Monegal hubiera recibido la propuesta de la Fundación Ford para transformar a Número en la revista del Congreso por la Libertad de la Cultura. La trama, como se ve, es muy compleja. De ahí que en esta comunicación sólo podrá revisarse el primero de los términos en disputa: las implicaciones políticas de la novela de Carpentier.

A lo largo de sus tres notas polémicas, Rama postula que la defensa y la lealtad de Carpentier a la Revolución cubana inhiben, en cuanto escritor, la fijación de cualquier clase de homología entre el novelesco gobernante dictatorial de una isla (Víctor Hugues) y el dirigente cubano al mando en la isla de Cuba (Fidel Castro). La interpretación, aun a su pesar viciada por la mirada positivista, encontraba su límite último en el juicio de la fracasada Revolución burguesa de fines del XVIII, negando cualquier contacto del texto con el jardín de la Revolución coetánea. En la hipótesis contraria, Rodríguez Monegal sugiere que los elementos constatativos del discurso de Carpentier, en virtud del fuerte sello impuesto por la realidad (pasada y presente), lo transformaba en una enunciación performativa sobre el proceso en que el autor estaba inmerso. Una y otra perspectiva importan lecturas modeladas por la ideología en una notable trabazón con la política de los primeros años sesenta. Rama considera que el cubano es un escritor revolucionario que, combinando marxismo y barroco, sabe carcomer la “imagen cada vez más edulcorada y beatífica de las revoluciones burguesas”. Nada, en cambio, admite que se proyecte sobre el presente. La única alternativa que le resta al crítico para que la novela no se escape del cerco de la remota época representada, salvo para acusar el fracaso prospectivo (y por ende actual) de la burguesía, es la de concebir al relato como crónica de un momento “concreto” y de una clase concreta, aunque narrada con un lenguaje refinado y montada sobre una arquitectura formal exquisita.

Si para Rama no hay contacto ni contagio entre una y otra revolución, en cambio Rodríguez Monegal introduce la sospecha de la traslación. Un símbolo, dice este último, priva en la novela: el de la Máquina, la guillotina. “Ahora el símbolo puede ser una pared de ladrillos, picoteada por las balas”, comenta. Según Rodríguez Monegal el hecho de que Carpentier no diga nunca en su libro “Revolución cubana” es lo que lo “hace más explosivo”. Aun más, llega a sugerir que Carpentier ensaya en la ficción una doble forma de la disidencia, estética y política: “Como cubano, ha ido a ayudar a la Revolución, pero como escritor no ha querido ser uno de los genuflexos[,] uno de los que dicen amén a todo lo que el Gobierno manda”. Lo que no puede decirse abiertamente, lo que Monegal nombra en el libro con la violenta metáfora de la explosión, habilita a que “muchos lean en forma muy distinta y hasta opuesta lo que el libro dice”. Desde su ángulo, la novela desnuda “la visión rica, compleja, luminosa y sombría a la vez de los excesos revolucionarios”, entendiendo por tales los surtidos actos de violencia de la Revolución francesa (plano evidente de la historia de las aventuras de Hugues), y aquellos a los que sólo alude a través de la sinécdoque de las paredes “picoteadas por las balas”: los juicios y fusilamientos de los agentes y servidores del régimen batistiano. Como el crítico sabe que su análisis puede ser tomado en tanto explosión de fervor antifidelista, inducido por enemigos al sistema revolucionario, como -en el fondo- concibe que toda acción discursiva se sustenta en un objeto material, propone una analogía y, de inmediato, la soporta con una semiplena prueba:

Por eso, Víctor Hugues, que empieza siendo un sórdido comerciante, arribista, que se convierte a la causa revolucionaria y arriesga por ella cien veces el pellejo, termina siendo un dictador, un asesino al por mayor. Una presentación semejante del tema revolucionario aún amparada en la lejanía que da el tiempo y el clima histórico, es de tal audacia que se explica que este libro [...] no circule en Cuba ni tampoco circule mucho en los países enemigos de Cuba.

Rama demostrará que esta información es falsa, que el libro ha sido editado en La Habana, en el 62, con un tiraje de 5.500 ejemplares. Rodríguez Monegal contesta acusando a su antagonista de “censor” -a quien nunca refiere por su nombre-, minimiza la cuantía de la edición isleña y apela al vago testimonio de “cubanos, partidarios del régimen y lectores ávidos de Carpentier”, quienes le contaron que el libro no circulaba en la isla con el beneplácito de sus autoridades. Cuando un lustro después reescriba este artículo, Monegal dejará caer a sus anónimos informantes cubanos y dirá que fue “el humorista (sic) mexicano Jorge Ibargüengoitia” quien le había pasado mal esos datos (Rodríguez Monegal, 1977: 287). Pero más allá de este problema de encubrimiento y de falsos testimonios, en 1964 no había que ser muy perspicaz para darse cuenta que Rodríguez Monegal imaginaba en su reseña a Fidel Castro como encarnación de Hugues, o como su reencarnación, a juzgar por la historicidad del personaje. Si el comerciante dieciochesco derivó en guerrero con agallas, luego en émulo de Robespierre y al fin en “asesino al por mayor”, al otro le espera el mismo destino. Por eso, con sus plenos poderes, censura un libro que entraña una visión tan decepcionante sobre una revolución pasada que, de acuerdo con la misma lógica, equivale a la presente. No es tan evidente, sin embargo, por qué si en el libro se despacha esa imagen de Castro y de su revolución, se lo mire mal en los “países enemigos de Cuba”. Más bien esto parece una limitada compensación, un frágil autohomenaje a la “objetividad” que Rodríguez Monegal perseguía desde sus comienzos. O una estratagema para amortiguar los golpes que, inevitablemente, sobrevendrían en aquella atmósfera erizada de enfrentamientos y de suspicacias. Golpes que Rama no tardaría de asestarle, y que lo anonadarían.

Como sea, los dos críticos parecen coincidir en que un texto determinado por el referente tiende a la univocidad. Dice Rodríguez Monegal que hay una lectura “ortodoxa” que sólo comprende un texto en el circuito interno; hay otra lectura, más osada -la suya-, que saca a la novela de ese encuadre y permite dotarla de un subtexto político también concreto: reflexionar desde el cumplimiento de una revolución presente sobre las consecuencias de una revolución pasada. Dice esto, con otro lenguaje, y retrocede; se pone a recaudo en el propio artículo: “Mi lectura (que no tiene por qué ser la ortodoxa) revela en Carpentier una muy sabia cautela en cuanto al curso de la Revolución”. Cuando acusa recibo del primer golpe del contendor se cura un poco más en salud, agregando que la suya ha sido una lectura “completamente personal”, que “jamás pretendí que mi análisis del libro de Carpentier tuviera validez universal y fuera aceptado por todo lector. El papel de un crítico, es siempre, leer algo más que lo obvio”. De esa manera no descarta que haya lecturas que podríamos llamar ‘prescriptivas’, con un elevado porcentaje de verdad, y otras tentativas, elaboradas desde los márgenes en los que se sitúa el receptor privilegiado, el crítico, cuyo saber le permite ver más allá. A la vez, la mención a la “ortodoxia” no oculta un sentido irónico que descalifica implícitamente a los seguidores del gobierno revolucionario, quienes en cuanto tales se hallan fuera del sentido crítico superior del que Rodríguez Monegal se aprecia como portador.

No obstante, en el primer round de la polémica, “lectura ortodoxa” se asume como sinónimo de aceptación cándida del plano ostensible, lo que no deja de ser peyorativo, ya que apunta a catalogar a quienes prefieren la adhesión política al goce de la experiencia estética.

Rama se instala en una perspectiva materialista ingenua. En otras palabras, señala que no se le puede hacer decir a los textos lo que los autores no piensan ni refrendan con sus acciones. Puesto que Carpentier adhiere fervorosamente a la Revolución cubana desde múltiples declaraciones y cargos, en la medida en que -informa- el cubano le ha remitido un ejemplar con la dedicatoria “este libro sobre una revolución frustrada desde una revolución triunfante”; ergo, no hay equivalencia legítima entre la historia representada en la ficción y el presente imaginado y vivido como auspicioso. Para Rama, cuando el intelectual se enfrenta a contenidos tan delicados y urticantes que involucran lo colectivo, no queda espacio para la especulación que no respete el sentido literal de las conquistas revolucionarias. Cualquier desviación interpretativa, si es que existe, más que convertirse en un acto de “falsa conciencia”, deviene en acto de conciencia reaccionaria.

Nunca antes, entonces ni después, Emir Rodríguez Monegal frecuentó el pensamiento marxista; por el contrario, Rama se había filiado a comienzos de esa década a las posiciones de algunos teóricos de literatura de ese cuerpo de doctrina (Hauser, Lukács, Escarpit, Della Volpe). Justamente concluye la primera parte de su reseña de El siglo de las luces amparándose en Marx y en su discípulo italiano.

Pero, por esa época, no consta que los críticos uruguayos tuvieran familiaridad con la obra de Adorno, si bien luego Rama lo leerá y asimilará con fruición. Aunque resulte paradójico, sólo Rodríguez Monegal parece haber intuido, oscuramente, “que las obras de arte son exclusivamente grandes por el hecho de que dejan hablar a lo que oculta la ideología”. Es decir, que estas implican la superación de la conciencia falsa, la mostración de lo que la ideología oculta (Adorno, 1962). Rama desestimó esta lectura, aun en la hipótesis de que la conociera, porque para él una novela como El siglo de las luces no admitía contradicción entre las palabras y las cosas.

Una y otra mirada podría ser interpelada por un personaje: Esteban. A Rama no le pasa inadvertido y lo evalúa como el “intelectual que aborrece de las simplificaciones y que pretende conservar, bajo la tormenta, una independencia difícil de cohonestar con las exigencias de la acción” (Rama, 29/V/1964: 29). Rodríguez Monegal lo saltea, obsesionado por Hugues, que favorece su línea de razonamiento, en la que persiste cuando en 1969 reescribe casi por completo su reseña de un lustro atrás, atenuando o encubriendo su animosidad ante la Revolución cubana, insistiendo sobre el riesgo que asume, “porque la beatería de la crítica literaria latinoamericana impide todo análisis serio de la literatura cubana, o deja el análisis en manos de fanáticos de bandos opuestos” (Rodríguez Monegal, 1977: 282). Ángel Rama no volverá a escribir sobre El siglo de las luces, pero sí a partir de 1971, ante el “caso Padilla”, se distanciará del régimen cubano, como acaba de probarse con la publicación de su Diario. En este texto póstumo hay una anotación, datada el 24 de febrero de 1980, en la que saca enseñanzas de un episodio que vivió en el 69 en la isla, donde “nadie podía contestar, así fuera sosegada y criteriosamente, a una mítica instancia, que era el poder” (Rama, 2001: 132).

“Hay épocas hechas para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus”, dice Carpentier al final de un episodio de su novela (Carpentier, 1979: 187). Revestidos de esa especie de aura con que suele mirárselos, los años sesenta supieron de esa dispersión, a menudo muy cruda. Esta polémica, olvidada hasta por sus protagonistas, ayuda a conjurar la nostalgia, contribuye a pensar los sesentas latinoamericanos en este nuevo siglo en el que parece que las luces corren el riesgo de extinguirse o de enceguecer.

Bibliografía

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.................“Falsedades y Cia”, en Marcha, Montevideo, N° 1.207, 29 de mayo de 1964, p. 30. [Réplica al artículo de Emir Rodríguez Monegal sobre El siglo de las luces]

.................“El sometimiento intelectual”, en Marcha, Montevideo, N° 1.209, 12 de junio de

1964, p. 29. [Primera réplica a la respuesta de ERM].

.................. “La frivolidad intelectual”, en Marcha, Montevideo, N° 1.210, 20 de junio de 1964, p. 30 [Segunda réplica a la segunda respuesta de ERM].

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.................. “De censor a verdugo”, en El País, Montevideo, N° 14.652, 14 de junio de 1964, p. 16. [Segunda respuesta a Ángel Rama].

................. 1977. “Trayectoria de Alejo Carpentier”, en Narradores de esta América, tomo I. Buenos Aires, Alfa Argentina, pp. 270-287. [1969]

 

por Pablo Rocca
Cuadernos del CILHA (Año 6, Nº 6)

Revista del Centro Interdisciplinario de Literatura Hispanoamericana
Institución Editora: Universidad Nacional de Cuyo. Facultad de Filosofía y Letras

http://bdigital.uncu.edu.ar/app/navegador/?idobjeto=480

Link del texto: http://bdigital.uncu.edu.ar/app/navegador/?idobjeto=491

 

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