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“La partida de un tren”, realidad y recurso literario

José María del Rey Morató  

La partida de un tren es el instante en que arranca, comienza a moverse, sale: es cuando comienza la acción. El ferrocarril, que había estado detenido, quieto, se agita, y sus enormes y pesadas ruedas comienzan a girar sobre los rieles para arrastrar el tren hacia su nuevo destino.

La escritora Clarice Lispector (Ucrania, 1925 - Rio de Janeiro, 1977) en su cuento famoso utiliza esa “partida” como un disparador de las actitudes, expresiones y palabras de los personajes.

Desde el título de la obra – “La partida del tren”– ella reclama la atención del lector. Y vuelve a mencionar el asunto en el primer párrafo: “Cuando la

locomotora se puso en movimiento, se sorprendió un poco…”. Cuarenta y tres líneas después, en la página 2, dice: “Fue entonces cuando el tren de pronto dio una sacudida y las ruedas se pusieron en movimiento”.

Desde el título de la obra – “La partida del tren”– ella reclama la atención del lector. Y vuelve a mencionar el asunto en el primer párrafo: “Cuando la locomotora se puso en movimiento, se sorprendió un poco…”. Cuarenta y tres líneas después, en la página 2, dice: “Fue entonces cuando el tren de pronto dio una sacudida y las ruedas se pusieron en movimiento”.

Pero debemos seguir leyendo hasta la página 9 para enterarnos –recién ahí, tantas páginas más tarde– que: “Cuando finalmente el tren se puso en movimiento”. A esta altura del cuento, cuando el relato ya está terminado y el lector se asoma al final del texto, Lispector decide, por fin, mover el ferrocarril: entonces nos regresa a la realidad exterior, física y objetiva.

¿Qué pasó? Para los personajes de la historia la partida del tren estuvo presente todo el tiempo, como un elemento que esperaban se concretara para sentir un cambio. Ello determinó sus posturas, expresiones, palabras y–sobre todo– pensamientos. Fue un elemento clave para la acción sicológica de los personajes.

Los pensamientos son más rápidos y se proyectan hacia varias direcciones, mientras que el ferrocarril es más lento y se mueve en una sola dirección. La presencia duradera, constante de la idea de la “partida del tren”, aunque en los hechos demore en concretarse, determina toda la acción psicológica.

En la dimensión objetiva, física de la realidad, esa “partida del tren” ha sido postergada en la escritura una y otra vez, y así hasta el final del relato. No importa, el cuento igual funcionó.

Los protagonistas son, por orden de aparición, Angela Pralini, de 37 años, que puso fin a su tercera relación afectiva, y se evade hacia un establecimiento rural. Deja los siete whiskeys que era capaz de tomarse por día, en un rato, y se trepa a la esperanza de volver a beber leche natural, de vaca, tibia, recién ordeñada. Extraña el perro que deja en la ciudad y sueña con andar a caballo.

Y María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo, 77, que añora un pasado en que era alguien y disfrutaba sus riquezas. Ahora, viuda, deja atrás una hija, profesional y fría que la deposita en el ferrocarril, como si ella fuera un paquete que será recogido en otra estación, horas más tarde, por un hijo productor rural, simple, que la quiere un poco más. 

“Cuando finalmente el tren se puso en movimiento” (penúltima página de este cuento de 10 hojas), ya pasó todo lo que había que decir en este “cuento”.

La magia de Clarice Lispector –renovadora de la narrativa brasileña– utilizó esa “partida” como un recurso literario que nos hizo viajar en el pensamiento mucho más que por sobre los rieles.

Leer el cuento La partida del tren

José María del Rey Morató
jmdelreym@hotmail.com

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